"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."
"Diecisiete"
Capítulo XXXVII
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El 4x4 avanzaba a poca velocidad por el camino que ascendía hasta la pista principal. Algunos tramos eran difíciles de maniobrar y la conducción brusca pero hábil de Diecisiete obligaba a los niños a agarrarse de donde podían para no golpearse la cabeza contra los vidrios laterales.
Pese a todo Blake no osaba decir palabra. Ya había tenido la oportunidad de comprobar cómo se las gastaba aquel Ranger y no le apetecía provocar un segundo asalto.
Auri, por su parte, lanzaba miradas curiosas a través de las ventanillas, abriendo los ojos con asombro de vez en cuando, cuando conseguía avistar alguna ardilla saltando entre los árboles.
—Señor Ranger…
Diecisiete miró el reflejo de la niña en el espejo retrovisor. Parecía estar aguardando a tener la atención del androide para continuar con su frase.
—Sigo teniendo sed —confesó la niña a media voz.
—Ya lo sé —respondió él, entre dientes.
Incluso él, que jamás necesitaba comer ni beber para subsistir, sentía que podría beberse un litro de agua después de haber experimentado la sacudida del repentino y perturbador recuerdo de él y su hermana antes de ser androides.
—¿Falta mucho para llegar?
—Noo… —gruñó Diecisiete. Se estaba poniendo nervioso… Necesitaba pensar.
—¿Por qué está enfadado? —preguntó Auri, con curiosidad y cambiando de tema radicalmente. Él entornó los ojos y volvió a mirarla a través del espejo.
—No lo estoy —replicó con rudeza.
—¿Le caemos mal?
—Noo…
—¿Entonces por qué está enfadado con nosotros?
—¡He dicho que no estoy enfadado! —explotó el androide.
Auri cerró la boca al recibir el grito de Diecisiete. Pero siguió observando sus ojos azules, detenidamente, reflejados en el espejo.
—Señor Ranger…
—¡¿Qué?!
—… ¿Falta mucho?
Diecisiete se frotó los párpados en un gesto de desesperación mientras continuaba conduciendo con una mano. Lo que le estaba sucediendo tenía que ser algún tipo de broma…
...
En el Centro de Recuperación, Ruby hacía la tarea rutinaria de control de especímenes ingresados. La redacción de informes era parte de la tarea del zoólogo al cargo del cuadrante, algo ineludible que solía ocupar muchas horas de su jornada, y más desde que contaban con el necesario Centro de Recuperación.
La joven rellenaba formularios y redactaba informes en su laptop con actitud aburrida, mientras jugueteaba distraídamente a sujetar un lápiz entre su nariz y su labio superior.
Adler pasó junto a la mesa en la que la chica trabajaba y miró con desinterés la pantalla de la computadora.
—Y, finalmente, la prometedora zoóloga terminó enterrada en papeleo cibernético —narró el hombre—. ¡Como cualquier zoólogo que se precie! Esa vuestra condena: terminar como "tocateclas".
Ruby le miró, sorprendida por la conclusión a la que Adler había llegado. El veterinario se detuvo ante un refrigerador de muestras sanguíneas y extrajo uno de los pequeños tubos transparentes etiquetados de forma escrupulosa. Al inclinarse hacia la nevera abierta, la bata blanca reveló una pequeña parte del tatuaje que ocupaba buena parte de su espalda y que terminaba en un lateral de su cuello.
—No estoy enterrada en papeleo… —se defendió ella—. Esto es rutinario… Y es temporal —concluyó ella. Pero parecía que hablaba más bien para autoconvencerse a sí misma que para refutar las palabras de su compañero.
—¿Recuerdas la última vez que te perdiste en el bosque, te subiste a un árbol y te sentaste a esperar a que una familia de zorros hiciera su aparición y tomar notas? Digo una familia de zorros, pero puede también un grupo de alces en época de celo, o incluso una osa recién despertada de su letargo invernal.
—¿A dónde quieres llegar, Adler? —preguntó ella, impaciente—. ¿De qué se me acusa, doctor?
—De conformista decadente —espetó él.
Y dicho esto, Adler volvió a pasar de largo y desapareció por una puerta en dirección al laboratorio.
Era cierto, y ella no tuvo argumentos para responderle. A fin de cuentas, observar las especies y estudiar su comportamiento en su hábitat natural era el principal motivo por el que Ruby había estudiado aquella carrera, y no por el rellenado exhaustivo de documentos.
Ruby resopló y se cruzó de brazos. No era que el veterinario no tuviera razón, de hecho había dado en el clavo. Pero, ¿qué podía hacer ella? Ruby era una profesional al cargo de una zona natural protegida por un sistema de control y vigilancia que hacía uso de una metodología demasiado cuadriculada. Pero así era como se hacían las cosas en el Decovisa.
Los controles eran necesarios, igual que los informes y las conclusiones acerca de los resultados del laboratorio. Todo sumaba a que fuera más fácil estudiar las especies y llevar un exhaustivo control de los ejemplares.
Suspiró, se levantó de su silla y se estiró. Tal como le había dicho a Adler, aquella situación era temporal. Estaban en otoño, en época de celo, de cambios estacionales y el trabajo de documentación se multiplicaba. Era normal.
No había de qué preocuparse…
Buscó un comprimido analgésico en su mochila y lo ayudó a pasar mediante un trago de agua. Luego rescató de la mesa el paquete de galletas de chocolate y se desplazó hasta el rincón que utilizaban de zona de descanso y office para prepararse un café. Abrió el paquete de dulces y comprobó que sólo quedaba una. El chocolate era el tranquilizante perfecto para Ruby cuando estaba en "sus días", de modo que trataba siempre que no le faltara. Debía comprar más.
Con su taza humeante en la mano y mordisqueando aquella última galleta, la chica se acercó al único ventanal de la estancia y se recostó en el marco. Su mirada se dirigió a través de los cristales hacia la espesa arboleda que comenzaba apenas a treinta metros del edificio de la clínica.
Y justo entonces el todoterreno de Diecisiete emergió de los árboles a bastante velocidad, dando los característicos brincos resultantes del pilotaje delicado y cuidadoso de su novio en aquel terreno lleno de baches.
—Joder… Pobres niños… —musitó ella.
Ella siempre terminaba con dolor de cabeza cuando le acompañaba en aquel coche. No entendía porqué le gustaba tanto pasar por la trazada complicada del camino. No habían sido pocas las veces que había roto la transmisión del coche o que había perdido la placa protectora del cárter en una roca.
Y aún así, Diecisiete parecía disfrutar de forma sobrehumana.
Preocupada por el estado de salud de los niños, Ruby dejó su taza y su galleta en la mesa donde había estado trabajando, agarró su anorak granate del perchero y se apresuró a salir al encuentro de los recién llegados.
Diecisiete detuvo el motor del coche tras estacionar, sin demasiado cuidado, en paralelo a los dos vehículos presentes delante del edificio de la clínica. Salió colgándose la escopeta del hombro, sin decir nada a los ocupantes de los asientos traseros y seguido por el lobo, que, sin perder tiempo, procedió a husmear los alrededores y renovar sus propias marcas de olor.
Medio adormilados por el traqueteo del coche, los niños se bajaron del vehículo y observaron a su alrededor con una mezcla de interés y timidez. Las sombras de los árboles ya eran más largas y el viento más fresco, el sol estaba bajando.
En el amplio claro había un edificio prefabricado de madera y cemento y, junto a él, una zona de acceso restringido rodeada con una verja a través de la cual se podían vislumbrar varias jaulas con animales.
La puerta del edificio se abrió en cuanto Diecisiete comenzó a caminar hacia allí y del interior salió una chica joven poniéndose un anorak. Llevaba el cabello trenzado a un lado de la cabeza y dicha trenza, larga hasta el vientre, oscilaba como un péndulo con cada paso que daba.
Bajó los escalones con andares saltarines. Avanzó decidida hacia ellos, pasando a muy poca distancia del Ranger y mirándole con los ojos oscuros entornados en una expresión de reproche. Él, en cambio, le devolvía la mirada con rostro inexpresivo.
Pero su aire retador se fue al garete cuando el enorme lobo del Ranger saltó sobre ella y la arrojó al suelo. Tristan movía la cola y lamía su rostro, nervioso y contento. La muchacha luchó por quitárselo de encima, en vano.
—¡Diecisiete, ayúdame! ¡No puedo con él! —suplicó. La fuerza de Tristan era descomunal.
La mayoría de las veces Diecisiete interceptaba al lobo antes de que lograra tirar al suelo a Ruby. Pero aquella vez, ya fuera por la mirada llena de desafío de ella o por el ya de por sí mal humor que traía el androide, se hizo el despistado y permitió que la derribara.
Pero ver a Ruby en aquella situación le resultó tan cómico que incluso le arrancó una sonrisa torcida que permaneció en su rostro incluso después de quitarle al lobo de encima.
Ruby se levantó y se limpió la encarnada cara con la manga. Adoraba a Tristan, pero su inmensa fuerza a veces resultaba un problema.
Vio que Diecisiete sonreía con sorna, seguramente a causa de la expresión de su propio rostro. El androide hizo un gesto caballeroso con el brazo, invitándola a continuar caminando.
—¿No querías que te los trajera? ¡Ahí los tienes, todo tuyos!
La chica pasó de largo, rodando los ojos, y Diecisiete, por su parte, perdió la mirada en el bosque. A Blake le pareció extraño que el Ranger no le hubiera dedicado una frase desagradable a aquella chica. Quizá eran amigos, pero en seguida desechó esa idea. No creía posible que alguien pudiera hacerse amigo de aquel tipo.
Ruby se plantó ante ellos y les sonrió. Era la primera sonrisa sincera que veían en todo el día.
—Me han dicho que alguien ha formado un buen alboroto en el lago… ¿Sabéis vosotros algo de eso? —preguntó la chica. Los niños titubearon y temieron estar a punto de recibir una buena regañina. Pero, casi de inmediato, la expresión de Ruby se relajó, dándoles a entender que no era su intención sermonearles—. Me llamo Ruby —se presentó, y extendió una mano delante de los niños.
—Yo Blake —respondió él, tímidamente, y estrechó su mano—. Ella es mi hermana Auri.
La pequeña se mantuvo cerca de su hermano, sobando de forma exagerada las orejas de Randy. La presencia de Ruby la cohibía.
—Tenéis unos nombres preciosos —dijo Ruby. Se irguió y suspiró—. Apuesto a que él no se ha presentado aún —dijo, alzando la voz y señalando hacia atrás con el pulgar, de forma acusadora.
Auri se mordió las uñas y miró hacia el imponente Ranger, que permanecía inmóvil e impasible, dedicándoles en aquel momento una mirada asesina.
La pequeña no se atrevió a responder pero Blake le miró y musitó:
—No. Pero sabemos que le llaman Diecisiete.
Las miradas del androide y el niño se encontraron y, de nuevo, Diecisiete comprobó que Blake no retiraba la suya. Tenía agallas de verdad.
Ruby rió, levemente.
—Sí, ese es su nombre —dijo. Se inclinó para tocar las mejillas y las manos de los dos niños y chasqueó la lengua—. Estáis helados… —susurró, preocupada—. Venid conmigo.
Ruby volteó y se encaminó hacia el edificio prefabricado, seguida de cerca por los dos niños. Ascendieron los peldaños del porche y, tras abrirles la puerta para permitirles el paso, se giró hacia Diecisiete y le miró con aire provocador.
—¿Piensas quedarte aquí fuera todo el rato? Te van a pagar lo mismo si entras…
La mirada de hielo de Diecisiete se clavó en el rostro de Ruby, como evaluando el nivel de su desafío. Tristan se coló en el edificio trotando, feliz, y Ruby hizo lo propio, sin esperar respuesta por parte del androide.
Tras lanzar un resoplido, Diecisiete recolocó el arma en su hombro y avanzó hacia el porche dando largas zancadas.
Cuando iba a accionar el picaporte de la puerta, ésta se abrió revelando a Adler al otro lado, con un voluminoso y pesado saco de arpillera sobre el hombro. Saludó con la cabeza a Diecisiete y se dirigió, sin más, a la zona restringida de las jaulas.
Se llevaban bastante bien porque se ignoraban mutuamente de una forma muy parecida.
—Él es el veterinario —explicaba a Ruby, en el interior del edificio, como si acabara de responder alguna de las insufribles preguntas de Auri—. Ahora va a repartir la comida a los animales. Si queréis, cuando hayáis descansado un rato podemos ir a visitarlos. ¿Os parece bien?
Las voces le llegaban desde la zona habilitada como de descanso junto al gran ventanal por el que entraba luz solar a raudales, en la que había un pequeño office con horno microondas, fregadero, refrigerador y una pequeña mesa redonda con cuatro sillas alrededor.
Los niños daban cuenta, casi con desesperación, de dos vasos de agua que Ruby acababa de servirles. La chica les miraba pensativa, con la botella aún en las manos.
Tristan tomaba también su ración de líquido elemento con ansias, pese a que había bebido suficiente en el arroyo cercano al Cañón de los Lobos.
Las miradas de Ruby y Diecisiete se cruzaron brevemente. Él se quitó la cazadora y la colgó en un perchero junto al ventanal. Luego caminó hasta el office, dejó la escopeta sobre la mesa y se sentó a esperar, de brazos cruzados, repantigado en una de las sillas.
Su actitud pasota no pasó desapercibida para Ruby.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella, harta de aquel comportamiento tan hosco.
—No me pasa nada, "Bichóloga". No empieces tú también… —replicó él, con desgana.
—¿Yo también? —repitió Ruby, sin entender. Diecisiete la ignoró y procedió a mirar por la ventana envuelto en esa aura sombría. Ruby decidió ignorarle también y miró a los dos niños—. Y ahora que ya estáis mejor, ¿quién empieza a explicarme lo que ha pasado?
Tras mirarse entre ellos y dudar unos instantes, los niños procedieron a contar, tímidamente, su propia versión de la historia que Ruby ya había oído de labios de Jimmy. El plan del despiste con los petardos, la torpe huida a través del bosque, el encuentro con Diecisiete y la actitud desafiante de Blake, que desencadenó en un absurdo enfrentamiento entre ambos.
Ruby no mostró en absoluto ninguna pena por Diecisiete cuando Blake le explicó la sucia táctica de Auri.
—Sois unos delincuentes patéticos —espetó Diecisiete sonriendo de medio lado. Hasta entonces había evitado intervenir.
—¡Le has pegado a un niño de ocho años! —gritó Ruby, escandalizada, señalándole acusadoramente con el dedo índice—. ¡Son dos niños pequeños! Si no tienes nada gentil que decirles será mejor que te quedes callado.
Diecisiete la atravesó con su intensa mirada de hielo y regresó su atención al exterior de la ventana. Mientras los niños presenciaban, en silencio, el intercambio de palabras entre Ruby y él. Aquella chica le plantaba cara al Ranger como si no tuviera aprecio por su propia vida...
—¿Tenéis hambre? Sentaos y comed un poco —dijo Ruby.
Blake y Auri miraron las sillas que Ruby señaló antes de voltear hacia un armario y proceder a rebuscar en su interior. Sentado en una de ellas estaba Diecisiete, con postura apática, y junto a las patas de su silla, acababa de tumbarse Tristan.
—No os va a morder… —dijo ella, adivinando sus pensamientos, sin mirarles—. Ninguno de los dos.
Diecisiete alzó una ceja y la fulminó brevemente con los ojos antes de volver a mirar por la ventana.
Blake extrajo un par de bocadillos de su mochila y tendió uno de ellos a su hermana. Luego se sentaron tímidamente a la misma mesa sobre la que descansaba la escopeta de Diecisiete.
—¡Sabía que quedaba uno! —exclamó Ruby entonces.
Cerró el armario de la ínfima despensa y fue hasta la mesa, sobre la que depositó el paquete de galletas de chocolate que acababa de encontrar en el armario. Ocupó la última silla que quedaba libre, junto a Diecisiete, y empujó la caja de dulces hacia los niños, instándoles a comer con aquel gesto.
—No gracias, señorita. Tenemos nuestros bocadillos… —dijo Blake, educadamente.
Pero Auri miraba la caja de galletas como si fuera de oro y a Ruby no se le escapó este detalle.
—¿Te gusta el chocolate? —preguntó. La niña asintió tímidamente—. ¡A mi también! Toma las que quieras, no te apures.
El tono cálido y cariñoso que Ruby utilizaba con ellos arrancó una sonrisa genuina a Auri, y la niña comenzó a engullir galletas como si no existiera un mañana. Envalentonado al ver a su hermana, Blake se le unió, intercalando galletas con mordiscos a su propio bocadillo.
—Hay algo que no consigo entender… —musitó Ruby, pensativa—. ¿Por qué os escapásteis? Corrísteis un gran peligro al hacerlo. ¿Qué os llevó a hacer esa tontería?
Blake tardó un momento antes de responder. Para él todo estaba justificado, obviamente, pero sabía que ningún adulto comprendería jamás sus razones, por más veces que las explicara.
Pero Ruby estaba siendo muy amable con ellos y pensó que ella sí merecía una explicación, aunque después les soltara la esperada amonestación.
—Nuestra madre desapareció hace dos años y medio —explicó el niño—. La buscaron, pero no la encontraron. Nosotros entramos en el proceso de adopción hace seis meses. Antes del Sunnyside estuvimos en un centro de acogida temporal, por si mamá regresaba… No tenemos más familia.
—Y, ¿qué sucedió? ¿Escapásteis porque os tratan mal allí, cielo?… No tengas miedo, no voy a juzgarte —susurró Ruby.
¿Qué podía ser tan poderoso motivo para mover a esos dos niños tan pequeños a escapar y tratar de cruzar un bosque lleno de animales salvajes y otros peligros?
—No… —refutó él, con la vista clavada en la mesa. Era la primera vez que iba a confesar su principal terror—. Estamos en el sistema de adopciones y, si nos adoptan… Nos separarán… —explicó. Miró a Ruby brevemente antes de regresar la vista a la superficie de madera—. Siempre hemos estado juntos. Mamá me dijo que yo debía cuidar de Auri. Soy su hermano mayor… Prefiero desaparecer antes que ser separado de ella.
Ruby se mordió el labio. La desesperación era lo que le había movido a intentar huir, y era un motivo comprensible, aunque no justificable.
La angustia y el miedo movía a la gente a cometer locuras.
Desde la desaparición de su madre, todo aquel proceso debió ser un infierno para Blake y Auri. Primero el horror de no tener a su madre con ellos unido al pensamiento ciego y lógico de cualquier niño de que ella iba a regresar seguro. Luego el ingreso en un centro de acogida, rodeados de desconocidos y, finalmente, la definitiva entrada al sistema de adopciones que destruía del todo cualquier esperanza que pudieran tener de volver a ver a su madre.
Ser adoptados significaba doble dolor: la confirmación de que su madre jamás iba a volver y el hecho terrible de ser separados.
La realidad les había golpeado demasiado fuerte en sus tempranos años.
—Entiendo cómo te sientes —murmuró ella, pensativa aún—, me quedé sola con dieciséis años… Sé que es fácil decir esto pero tu madre tenía razón, eres el hermano mayor y si quieres cuidar de ella tienes que anteponer siempre su seguridad. Debes pensar bien lo que haces cuando ella esté implicada. Desaparecer no sirve de nada, Blake.
El niño dejó a un lado su bocadillo. Había perdido el apetito.
—Él me dijo lo mismo —murmuró Blake, mirando a Diecisiete.
El androide se giró entonces, detectando la atención del niño sobre sí mismo.
El intenso brillo anaranjado del sol de tarde se reflejaba en sus preciosos y terribles ojos como aguamarinas. Aquella mirada intensamente azul no mostraba atisbo de mofa o burla. Y Ruby le dedicó la primera sonrisa en toda la tarde, una rebosante de ternura.
—La echo de menos… —confesó Blake, con un hilo de voz temblorosa.
—Lo sé, cariño —respondió la chica.
Y no dijo nada más. Ruby acarició la mejilla del niño y le miró intensamente. Blake se vio reflejado en sus ojos oscuros. No estaba intentando forzarle a sonreír. Simplemente le comprendía, le acompañaba.
Por primera vez, alguien se ponía al nivel de su propio dolor, sin intentar arrancarle de él.
Desde que su madre desapareció, dejándoles solos, Blake se había encontrado con un sinfín de personas, médicos, profesores, psicólogos, monitores... Todos trataban siempre de aplacar su sufrimiento con palabras. Todos le habían dicho infinitas veces que el tiempo pasaría y llegaría un día que no recordaría nada, que se recuperaría y reharía su vida si problemas.
Le habían dicho que se distrajera, que dedicara su tiempo a algún hobbie, y seguidamente habían clasificado los petardos como una vía de escape de su subconsciente, como la representación figurativa de una protesta callada. Le habían obligado a ser fuerte y a reprimir su tristeza alegando que si ignoraba el dolor éste no podría dañarle. Incluso le habían dicho que no pensara en su madre, que tratara de olvidarla porque así conseguiría adaptarse a una nueva vida junto a otra familia.
Habían sido numerosas las terapias y él, confundido y asustado, hizo caso de todo lo que le dijeron desde los 6 años.
Hasta que, al final, se dio cuenta de que ningún consejo funcionaba con él.
Ruby, en cambio, se había limitado a sujetar su mano y hacerle compañía en aquel momento de hundimiento que solía repetirse tan a menudo en él. Y Blake pudo sonreír. Sentirse acompañado era una sensación agradable en medio de la tristeza. La pena no era tan amarga.
Además la sonrisa de Ruby era cálida. La más cálida y sincera que les habían dedicado en meses.
—Auri apenas tiene recuerdos vagos de mamá, era muy pequeña cuando desapareció hace dos años —explicó Blake, mirando a su hermana, quien aún comía galletas de chocolate—. Por eso siempre llevo una foto. Es la única que tenemos… En el orfanato no saben que la tengo… ¿Quieres verla? —le preguntó a Ruby.
—¡Me encantaría! —respondió ella.
Blake extrajo de su mochila una pequeña libreta dentro de la cual guardaba la foto de su madre con ellos y se la tendió a Ruby.
Diecisiete, que había estado ausente hasta entonces, lanzó una ojeada distraída a la fotografía en manos de Ruby. En ella salían los dos niños, mucho más pequeños, junto una mujer. Al ver el rostro de aquella mujer, el androide entornó los ojos y se irguió en la silla, mirándola con interés renovado.
—Le gustaba la naturaleza —explicaba Blake—. Desde muy pequeños nos llevaba a caminar por el bosque y siempre nos explicaba cosas interesantes… Le encantaban las Montañas del Norte. Un día fuimos de excursión allí pero nos atrapó una tormenta. Conseguimos llegar a un refugio y nos detuvimos allí a esperar a que dejara de llover junto con otro grupo de excursionistas. Pero mamá vio algo a través de la ventana. Salió diciendo que regresaba en seguida, había visto a alguien más que necesitaba ayuda… Pero ya no volvió. No la encontraron... —Diecisiete entornó los ojos y miró al pequeño, en silencio—. A veces sueño que no consigo recordar su rostro, que me olvido de ella…
—No te preocupes por eso. No es posible que la olvides…—dijo Ruby.
Diecisiete se levantó bruscamente entonces, agarró su escopeta y salió de la sala, atrapando su cazadora por el camino. Incluso a Tristan le agarró por sorpresa la reacción tan repentina del androide. El lobo se apresuró a seguirle antes de que la puerta se cerrara.
Ruby le observó, extrañada. ¿Qué bicho le había picado ahora? Diecisiete se estaba comportando de un modo extraño incluso para él.
La chica suspiró y regresó su atención a los dos niños, quienes se habían quedado callados, cohibidos sin duda por la mirada que les dedicó el Ranger antes de irse y convencidos de haber acabado con su paciencia.
—No hagáis caso a Diecisiete. Tiene la manía de mirar a los demás como si estuviera eternamente cabreado, pero no lo está.
—Señorita Ruby… ¿Usted es su novia? —preguntó Auri.
Ruby asintió y miró a la niña, sonriendo.
—Sí, ¡pero no me llames de usted! ¡Me haces sentir vieja! —rió ella.
...
Diecisiete salió del edificio como una exhalación. Descendió los peldaños del porche en dos zancadas y caminó hacia su coche.
Dejó la escopeta sobre el techo del todoterreno y se recostó allí, apoyándose en los antebrazos. Resopló y miró fijamente hacia los árboles, tratando de centrarse en algo tan simple como el frío viento que sentía en su cara.
—...Joder —masculló.
Había necesitado largarse de allí de inmediato, con verdadera urgencia. Y todo porque había reconocido a la mujer de la dichosa fotografía.
Sólo la había visto una vez en su vida pero no creía poder olvidarla jamás. Aunque aquella única vez que la vio, su rostro carecía de la luz que poseía en la imagen estática que Blake llevaba encima.
La única vez que Diecisiete la vio ya no había rastro de humanidad en aquella mujer. El Doctor Spark ya había acabado con ella para cuando Diecisiete la encontró dentro de una de las cápsulas con androides a medio construir durante noche en que Dieciocho, Krilin y él destruyeron el laboratorio del científico demente.
Por lo que Blake había explicado, su madre era una persona sana y deportista, debía tener buen físico y buena resistencia, y además era joven. Debió ser habitual en aquellos parajes y era muy probable que Spark la hubiera estado vigilando y hubiera estudiado sus movimientos durante un tiempo antes de tenderle la trampa en la que ella cayó aquel día de tormenta en que abandonó el refugio con la intención de ayudar a otra persona.
Con toda seguridad aquel científico sin escrúpulos la raptó y se la llevó para ejecutar sus experimentos en ella.
La madre de Blake y Auri era el Androide 25, el mismo androide que necesitaba la célula de energía inacabable de Diecisiete y que quedó incompleta al ser Spark incapaz de crear una.
Y fue precisamente Diecisiete quien, junto a su hermana y Krilin, destruyó el laboratorio y acabó con su vida.
Él mató a la madre de esos niños.
—Central llamando a Diecisiete.
El sonido del walkie que había olvidado en el coche le sacó de su ensimismamiento. Frunció el ceño e introdujo el torso en el coche a través de la ventanilla que había dejado abierta y lo rescató de su soporte.
—Aquí Diecisiete —respondió al llamado.
—¿Dónde carajos estás, muchacho? —era la voz del Jefe—. ¡Llevo llamándote desde hace un buen rato! Los del Sunnyside llegaron hace casi una hora y os están esperando para irse. El monitor se está poniendo nervioso...
—Pues dile que se relaje un poco. Corto.
Diecisiete apagó el walkie mediante la clavija. Lo que menos necesitaba en aquel preciso instante era que le tocaran las pelotas con idioteces.
El encuentro con los niños, el flash de aquel recuerdo terrible del pasado de él y su hermana y la recién descubierta conexión macabra que mantenía con esos dos críos.
Si sucedía algo más antes de devolverlos al responsable del orfanato, gritaría.
...
Después de que Ruby y Adler les mostraran los animales ingresados en el centro, entre ellos un águila dorada que fue encontrada con un ala rota, los niños recogieron sus mochilas, se despidieron de la zoóloga con un estrecho abrazo y entraron en el 4x4 de Diecisiete para poner rumbo a la Central de los Rangers.
Él guardó silencio todo el tiempo, respondiendo apenas con monosílabos a las preguntas de Ruby acerca de a qué hora tenía pensado regresar a casa o de si prefería que Tristan se quedara con ella. Finalmente la chica desistió, se cruzó de brazos y le observó, preocupada, mientras él maniobraba para encarar el coche hacia el camino, ignorando deliberadamente su mirada.
Diecisiete tenía la mente embotada, estaba aún en shock y, pese a que su dificultad para mostrar sus emociones le era útil para esconderlas con maestría cuando le interesaba, aquella vez, el hábil disimulo del que hacía gala optó por rodearse de un silencio forzado y demasiado sospechoso.
Pero, afortunadamente para él, no pasaron ni cinco minutos desde que entraron en el coche cuando los dos niños se quedaron dormidos en los asientos traseros, y él pudo aprovechar para pensar y tratar de liberarse de esa tensión que le agarrotaba.
¡Qué día más duro y largo había sido para ellos! Diecisiete no entendía cómo, siendo tan pequeños, podían ser tan resistentes.
Aquel niño había despertado en él sensaciones extremas, desde antipatía hasta curiosidad, algo que no iba a admitir, por supuesto. Y no era sólo la valentía unida a su impulsividad, formando aquel cóctel molotov que representaba tan bien la mente del niño, lo que más afectado había dejado a Diecisiete.
Blake guardaba un parecido demasiado doloroso con él mismo, en su versión más humana. A pesar de que Diecisiete no podía recordar más que aquellos breves instantes antes de ser intervenido, veía a Lapis reflejado en Blake y a Lázuli en Auri. Quizá la relación entre ellos fue parecida a la que mantenían aquellos dos niños.
Pero eso jamás lo sabría.
Resopló, frunció el ceño y volvió a mirarlos a través del espejo retrovisor. No podía parar de darle vueltas al hecho de que fue él quien mató a A25.
Él había consumado la muerte de la madre de esos críos, a pesar de que Spark ya había hecho la mayor parte del trabajo. Quizás si se la hubiera llevado al Doctor Briefs éste habría logrado activarla, recrear su propia célula energética y regresarla a la vida aunque fuera en forma de androide. A fin y al cabo, Briefs era un gran fan del mismo Diecisiete y estaba seguro de que si se lo proponía, podía conseguir replicar su sistema de energía.
Era una posibilidad que no lograba apartar de su mente.
Pero no lo hizo.
Ahora esos niños vagaban solos, como daños colaterales de su propia venganza contra Spark, y la crueldad del mundo les devoraría. De hecho con el niño ya estaba sucediendo. Sólo había apreciado un atisbo de inocencia en sus ojos, el instante en que vio aparecer a Tristan en el bosque. Esa fue la única vez que vio al niño pequeño que Blake era realmente.
La realidad los engulliría. Perdidos y desamparados como estaban caerían bajo las artes de los peores bajos fondos y desaparecerían sin dejar rastro, igual que cientos y cientos de almas de desgraciados como ellos cuyos destinos se truncaban antes de tiempo.
Eso sería lo que les sucedería sin duda. No había esperanza para ellos.
Apoyó el rostro en su mano izquierda mientras conducía con la derecha, tratando de evitar las irregularidades del terreno. Y así, entre pensamientos oscuros y miradas furtivas a los dos rostros durmientes de los asientos traseros, el androide recorrió la pista forestal hacia la Central.
El sol se había escondido casi por completo tras las montañas cuando el 4x4 de Diecisiete hizo su aparición en el camino que moría en la zona asfaltada tras la Taberna de Yunpei.
El cambio en el ruido y el comportamiento del coche sobre el nuevo terreno hizo que los niños despertaran perezosamente. Diecisiete les había dejado dormir todo el trayecto, pero estaba seguro de que tendrían un buen dolor de cuello cuando descendieran del coche.
El responsable de la excursión se acercó al trote hasta ellos con el ceño fruncido. Dispuesto a reprenderles severamente por su comportamiento. Y, efectivamente, en cuanto llegó a una distancia desde la que los niños podían escucharle comenzó la regañina.
Diecisiete entornó los ojos y se limitó a ser testigo presencial, viendo cómo Blake se encogía y bajaba la vista al suelo y Auri se aferraba con fuerza al anorak de su hermano.
—Debería daros vergüenza. Ahora pediréis perdón abiertamente ante el resto de vuestros compañeros. Habéis estropeado un día que debía ser divertido y habéis ocasionado complicaciones a todos... —rugió el monitor. Tras aquella explosión obviamente se ocultaba el temor de que algo les hubiera sucedido pero, principalmente, lo que más afectaba al responsable del orfanato, y esto Diecisiete lo olía a la legua, era la frustración de haber pasado allí más tiempo del esperado. Y aún tardarían tres horas más en estar de vuelta—...Y comenzaréis disculpándoos con el Ranger que os ha rescatado del bosque.
—No necesito sus disculpas —le interrumpió Diecisiete, con fastidio—, y no creo que ellos necesiten mi perdón. Ni el de nadie.
Las palabras salieron de su boca como un veneno, mientras miraba con desprecio a aquel profesor que, claramente, abusaba de su autoridad sobre niños tan pequeños. ¿Qué fin tenía querer reafirmar una posición ante quien, claramente, ya estaba por debajo?
Diecisiete, que normalmente se mostraba indiferente ante la forma de actuar de los demás mientras no le jodieran a él directamente, deseó tener la oportunidad de propinarle, disimuladamente, un buen puñetazo en los riñones.
Curiosamente ya no recordaba la lección de vida que él mismo había impartido a Blake hacía sólo unas horas para su propio disfrute. Pero en aquel momento, con todo lo que conocía ya acerca de ellos, cualquier gesto injusto hacia Blake y Auri le parecía casi una ofensa personal.
Como notando el sentimiento de fastidio que aquel sujeto inspiraba en su amo, Tristan salió de detrás de Diecisiete y se adelantó unos pasos, sigilosamente, para dirigirle un gruñido gutural a la vez que mostraba sus blancos colmillos.
—Bien… —murmuró el educador, descolocado por la súbita intervención del Ranger y alarmado por la amenaza de aquel lobo que no sabía de dónde había salido—. Hablaremos de esto en el autobús. Vamos, no nos hagáis perder más tiempo —finalizó.
Dicho esto y dando miradas vigilantes hacia atrás, comenzó a caminar hacia el transporte escolar que aguardaba junto a la oficina de los Rangers, dentro del cual se había formado un pequeño alboroto al quedarse el resto de niños sin la vigilancia del educador y bajo la pasividad del conductor.
En cuanto desapareció dentro del vehículo, Tristan regresó a la comodidad del interior del coche. Allí no había nada más que hacer...
Blake y Auri titubearon un momento. El niño miró a Diecisiete y se mordió el labio antes de hablar.
—… Siento haber causado molestias y…
—¿Qué haces? —dijo el androide, mirándole con severidad—. Ya te lo he dicho: no necesito disculpas, y tú no necesitas mi perdón —espetó Diecisiete, dirigiéndole una sonrisa torcida.
Blake le miró, sorprendido por las palabras del Ranger, de las pocas que le había dirigido sin mofa o fastidio en todo el día.
Asintió con aire taciturno y, entonces, Diecisiete le dijo algo más.
—Lo que necesitas es recordar cómo se da un puñetazo. Con la demostración que te hice hoy deberías ser capaz de romper unas cuantas narices cuando te pelees en ese orfanato.
Blake sonrió tímidamente y asintió de nuevo, esta vez con más energía
Diecisiete notó un tirón de su manga y miró hacia abajo. Auri le miraba fijamente y, al ver que lograba su atención, aún estiró con más fuerza. Quería que el androide se colocara a su nivel.
Diecisiete cedió, se acuclilló junto a ella y le dedicó una mirada dura y penetrante por la que la niña no se dejó intimidar.
—¿Qué quieres tú ahora? —masculló él.
—Gracias por encontrarnos… Y por llevarnos a ver a Ruby. Diecisiete… —Auri levantó la mano y tocó con su dedo índice uno de los aretes del androide. El espontáneo e inocente gesto le sorprendió—. Me gusta mucho tu nombre… Pero no deberías estar siempre enfadado.
—Ya te he dicho que no estoy enfadado…
Titubeó y su mano se movió sin pensar. Pero la intención inicial de posarse sobre la cabeza de Auri se transformó en un ligero empujón en su hombro, uno para ella y otro para Blake, instándolos así a caminar hacia el bus.
—Vamos, entrad ahí de una maldita vez —dijo, incorporándose.
Diecisiete se quedó junto a su coche viéndoles caminar hacia el transporte. Y continuó allí cuando los niños subieron y el autobús arrancó finalmente. Flynn, Booz y el par de auxiliares de la clínica se despidieron de los ocupantes del bus y se alejaron.
Al girar el transporte en redondo cerca de donde él estaba, vio sus caras mirándole a través de una de las ventanillas. No había en ellas ni rastro de las sonrisas que habían lucido junto a Ruby.
Diecisiete sintió como si estuviera mirándose a sí mismo junto a su hermana a través de un agujero en el tiempo. Auri le dirigió un gesto efusivo de adiós con la mano antes de que el transporte escolar desapareciera en la primera curva de la carretera.
Todo quedó en silencio. La tranquilidad y la paz habían regresado, al fin.
Diecisiete suspiró profundamente y peinó su cabello hacia atrás…
¿Y ahora a qué coño venía esa sensación? ¿A qué se debía aquella amargura que sentía? ¡Si lo que había querido desde esa mañana era que se largaran!
La puerta de la oficina se abrió y Jimmy emergió de ella, buscando, al parecer a alguien en concreto.
Diecisiete chasqueó la lengua cuando la cara de Jimmy se iluminó al verle y le vio acercarse a él casi a la carrera.
—Mierda… —farfulló el androide.
Entró en el coche, satisfecho de que Tristan estuviera ya aguardando en el interior. Cerró la puerta y giró la llave en el contacto casi al mismo tiempo. Cuando el motor del todoterreno arrancó, el androide colocó la palanca en "D" y puso rumbo hacia la pista forestal. A través del espejo pudo ver a Jimmy con los brazos en jarras y mirándole con expresión ofendida.
Le perdió de vista al entrar en el bosque, pero apenas unos minutos después de haberse marchado de la Central, recibió un llamado a través de la radio.
—Diecisiete, aquí Jimmy.
El androide bufó. Ese idiota jamás entendía las indirectas de Diecisiete, que solían ser bastante directas, a decir verdad.
Resopló antes de tomar el dispositivo de radio integrado en el coche y lo acercó a sus labios.
—...Aquí Diecisiete —respondió, en un gruñido.
—¡Oye! ¡Tenía un buen chisme que contarte! ¡Me has esquivado, lo sé! —le acusó Jimmy, resentido.
—Pues claro que sí —respondió Diecisiete, como si fuera lo más obvio.
—¿Por qué eres así? —preguntó el joven Ranger.
—Porque estoy aburrido, porque tomarte el pelo me divierte y porque te odio. Ahí lo tienes, la trinidad del porqué —respondió Diecisiete, haciendo uso de su habitual tono mordaz y con la vista clavada en el camino.
—Es igual, te lo explicaré por radio —dijo Jimmy. El androide rodó los ojos al oír esto—. De todas formas no perderás la señal hasta dentro de diez kilómetros, y me da tiempo de sobra. Es sobre tu alumna, la rubia preciosa que no te quita los ojos de encima durante las clases, ya sabes, la de las tet…
—Adiós Jimmy —Diecisiete apagó la radio, evitando así tener que escuchar las idioteces de su compañero.
En aquel momento no estaba ni para chismes, ni para bromas, y menos aún para rubias o sus tetas.
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Nota de la autora:
¡Chan!
Esto si que va a remover la conciencia de Diecisiete. No hase falta disir nada más…
¡Muchas gracias por leer!
Dragon Ball © Akira Toriyama
