Esta es una traducción de la historia de Sakuri, "The secret's in the telling".

Los personajes originales son de J. , por supuesto.

La historia es Draco/Harry, es decir, una relación homosexual, si no les agrada, pues... los invito a seguir leyendo en otra parte...

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Capítulo 37: Progresos

Las maldiciones hacían que el aire se sintiera cargado, denso.

Ginny esquivó un 'hechizo amarrador' perdido y pasó como una flecha junto a Zacharias Smith, que luchaba frente a frente con Terry Boot. Su propia perseguidora, Hannah Abbott, disparó una serie de hechizos y algunos dieron contra desafortunados miembros del ED. Uno de ellos, golpeó en la espalda de Parvatti que cayó hacia atrás, rígida, obligando a Ginny a rodearla.

La sala multipropósitos era un campo de batalla. No estaban separados por pares de práctica, con Harry y Malfoy paseando calmadamente por la sala, dándoles consejos o críticas. En cambio, la sala completa se hallaba envuelta en un duelo generalizado. Al comienzo de la práctica, se dividieron a la mitad, como si se tratara de dos bandos en una batalla real. La instrucción que recibieron fue que improvisaran y se manejaran solos.

Aunque Harry estaba presente, y hasta participaba, no lo hacía desde su rol de instructor -tampoco su compañero de Slytherin-; ambos tomaban parte, entusiasmados, en la guerra en miniatura que habían creado.

Ginny los observaba, cuando podía, fascinada por el cambio de 'química', entre ellos. Acostumbrada a verlos enfrentados, era extraño ver cómo trabajaban juntos, tan repentinamente.

Justo cuando miró, Hermione –quien salió sorteada para el equipo opuesto-, le lanzó un hechizo a Harry, por detrás. Con facilidad, sin que ninguno de los dos perdiera el ritmo, Malfoy sacó a Harry del camino y le devolvió una cantidad de hechizos a la bruja, haciéndola retroceder, casi inmediatamente. A cambio, Harry colocó un encantamiento-escudo alrededor del rubio, para repeler un ataque enviado por Ron –que aprovechó la distracción creada por Hermione-.

Ginny sacudió la cabeza, maravillada. No mucho tiempo atrás, hubiese dicho que no podrían estar juntos en la misma habitación; y ahora se asombraba por lo bien que trabajaban como equipo. Era extraordinario. Y, más que nada, le recordaba exactamente por qué esos dos estaban calificados para enseñarles. Sólo observarlos, le provocaba una oleda de excitación; giró con una amplia sonrisa en la cara y se trabó en un duelo con Susan Bones.

Draco dio una mirada a los estudiantes que lo rodeaban, y se halló controlando sus progresos, sus acciones, tratando de estimar cual de los 'bandos' de la batalla iba ganando. Con un sentimiento cercano a la aprobación, notó que Ginny Weasley era despiadada y más hábil que su hermano –aunque podía aceptar que era un poquito subjetivo con eso-. Weasley y Granger andaban cerca, enfrentándose a algunos en los alrededores.

Pero, constantemente, Granger los observaba a él y a Harry, tratando de descubrir cómo derribar sus barreras conjuntas. Imposible, pensó Draco, con arrogancia –pero con certeza-. Apretó su espalda a la del Gryffindor y le lanzó un hechizo a Longbottom, sólo por el gusto de asustarlo.

Dio un vistazo al caos que había a su alrededor, y se sintió extrañamente satisfecho al notar que varios alumnos utilizaban los hechizos que él les había enseñado. Por más perturbador que fuera, sintió un estremecimiento de placer, al darse cuenta de que realmente había tenido éxito enseñándoles algo.

Observó el intento de Michael Corner de escapar a su oponente, sólo para quedar indefenso y ser golpeado por dos hechizos. Draco puso los ojos en blanco y gritó, impaciente: -¡Búscate un compañero, por el amor de Dios!- Sólo se podía triunfar en una batalla de este tipo, con el apoyo de un aliado.

Todos los que estaban cerca y lo oyeron, lo miraron; y Draco se sorprendió porque le obedecieron y, automáticamente, buscaron una pareja.

Harry rió, cerca de la oreja de Draco, mientras los defendía de una rápida serie de ataques. –Estás empezando a disfrutar esto-. Lo acusó, en un susurro, haciéndole sentir su aliento cálido en la nuca.

El Sytherin torció un labio y le lanzó una mirada de disgusto al Gryffindor, por encima del hombro. -¡Por supuesto que no!- Negó, acaloradamente. –¡Te aseguro que esto sigue siendo una carga, como siempre!

-Sí, seguro…-Fue la divertida respuesta.

Draco sacudió la cabeza, exasperado. Desafortunadamente, no tuvo tiempo para una réplica sarcástica, porque Granger eligió ese momento para renovar su ataque. Quería vencerlos debido a su constante necesidad de ser la mejor; bueno, Draco podía comprenderla; pero el problema era que 'el mejor', era él.

Draco giró, respondiendo al desafío lanzado, para demostrarle quién, exactamente, era merecedor del título de 'más talentoso'.

-xx-

Severus se preguntaba si esas sesiones acabarían pronto, o no. Creyó que, una vez terminada la construcción de las redes de Oclumancia, su asociación con el hombre lobo se terminaría, excepto, tal vez, por alguna consulta ocasional.

Sin embargo, durante el último encuentro, desafortunadamente, constató que tenía razón con una pequeña preocupación.

Siempre supieron que lo que hacían se suponía que permanecería en estado teórico –era magia que no se practicaba, y sus inconvenientes se desconocían-. Al parecer, Severus acababa de hallar uno de esos problemas. Las redes habían sido construídas con magia ajena a Lupin, no eran parte de él, como su propia magia. El resultado de ese esfuerzo comenzaba a desarmarse, literalmente.

Pero, por fortuna, no se trataba de un proceso rápido. Allí donde las primeras hebras de Oclumancia habían sido colocadas, entrelazadas con las hebras doradas de los pensamientos, habían comenzado a desvancerse, y si les permitieran desaparecer, la red completa se caería. Considerando que había creado esas defensas hacía meses, Severus valoró que hayan soportado bien hasta ahora, de seguro eso constituía un reconocimiento a sus habilidades.

No, no sería un gran problema si el período de deterioro persistiera, solamente significaría que debería monitorear la mente y asegurarse que las reparaciones fueran exhaustivas.

Eso también significaría más encuentros irritantes con Lupin.

Irritantes, porque Severus notó que ya habían desarrollado una rutina –en algún lugar del camino-, y eso lo perturbó enormente.

Esa tarde, corrió la mesa a un lado de la habitación, haciendo lugar para dos sillas junto al fuego. A los pies de las sillas, sobre el piso, colocó almohadones, cuidando la distancia entre ellos al detalle. Luego, y pensándolo bien, eso fue lo que en verdad lo perturbó: sacó la media botella de brandy de la parte más lejana de su armario, dos pequeños vasos, y los colocó sobre la mesa. Recordó que el hombre lobo, normalmente, terminaba las sesiones de Legeremancia conmovido, y el alcohol tendía a estabilizar sus nervios.

Lo que le molestaba era que…ese era un gesto considerado. ¿Desde cuándo le importaba si Lupin terminaba temblando media hora? No era ningún problema, no afectaría las redes.

Por eso, un muy distraído Severus Snape se introdujo en la mente de Remus, tocó las hebras de los pensamientos y las redes de Oclumancia, las reparó donde lo necesitaban y evaluó cuánto durarían –y sólo lanzó miradas al pasar a los recuerdos-. Decidió que se había dejado atrapar demasiado en la existencia del hombre lobo. Estaba convencido de que se debía a la Legeremancia: compartían pensamientos, secretos, emociones. Estaba conociendo demasiado sobre el hombre…empatizando con él…¡Ah, cómo detestaba esa palabra!

Esto tenía que terminar.

Molesto consigo mismo, se retiró, liberando a Lupin del hechizo y poniéndose de pie rápidamente. –La red está reparada. Debería durar una semana más, por lo menos-. Dijo, irritado, y dándole la espalda.

Remus lo observó con curiosidad, mientras esperaba recobrar su equilibrio. No se le escapó que, por una vez, Severus le concedió algo de privacidad, y apenas si miró sus recuerdos. Se preguntó si se debería a que ya no eran una novedad, o si habría otra razón para la repentina retirada.

Permaneció en silencio, mientras el Maestro de Pociones parecía dudar, allí parado. Hasta que, al final se alejó un poco, tomó una botella de líquido ámbar y sirvió una pequeña cantidad en uno de los vasos que tenía a mano. Eficientemente, caminó hasta donde estaba Remus sentado en el suelo y se lo alcanzó, sin decir nada.

El hombre lobo elevó una ceja, demasiado sorprendido como para hablar.

Severus frunció el ceño, impaciente. -¿Y? Te aseguro que no es veneno-. Arrastró las palabras. –¡Y levántate, por el amor de Dios!

Automáticamente, Remus se levantó y se sentó en la silla.

¡Ah, ya no era joven! Estar sentado con las piernas cruzadas por largos períodos de tiempo le dañaba las articulaciones. Dio un respingo, tomó el vaso ofrecido, pero simplemente lo sostuvo, sintiéndose extrañamente avergonzado.

En lugar de beber, comenzó a hablar –un hábito que tenía cuando se ponía nervioso o incómodo-.

–Esta vez, noté que no espiaste en mis recuerdos. ¿Te aburriste de ellos, Severus?

Los ojos oscuros lo observaron con frialdad. –No mucho-. Murmuró, eventualmente, sentándose en su silla, desde donde contempló al hombre lobo con la misma mirada inexpresiva. –Simplemente creo que…comienzo a conocerte demasiado bien y me incomoda.

Remus parpadeó. Bueno, ciertamente no esperaba ese nivel de honestidad de parte de su acompañante. Una sensación de intriga surgió en su interior, inmediatamente, y se inclinó hacia adelante con la boca abierta, con una pregunta en la punta de la lengua. Justo a tiempo, una voz interior le advirtió que no lo presionara. Severus podría encerrarse y ordenarle que saliera de la habitación, si se sintiera incómodo.

En cambio, decidió desviar la conversación, con la esperanza de mantener el interés del Profesor.

-¿Alguna vez confiaste en alguien como para permitirle entrar a tu mente?- Preguntó Remus, como si se tratase de una conversación casual. -¿Cómo yo te dejo entrar a la mía?

El Maestro de Pociones resopló y contestó de inmediato. -No.

-Difícilmente lo puedo considerar una sorpresa-. Provocó el hombre lobo, observando cómo la luz giraba y brillaba en las profundidades de su bebida. –Aunque sí, injusto-. Comentó.

-¿Cómo?- Demandó Severus, con un dejo de incredulidad.

Remus se encogió de hombros. –Bueno, tú tienes acceso irrestricto a todos mis secretos...

-Porque tú insististe en que lo tuviera. Recuerda que yo no quise saber nada con la idea.

-Sí, recuerdo que fue algo así, Severus. Mi punto es que...¡Ah, no importa!- Afectadamente, bajó la vista y tomó un sorbo de lo que resultó ser brandy.

Severus hizo una ligera mueca burlona. –No querrías tener acceso a mis secretos, Lupin-.

El hombre lobo levantó la vista, inocentemente, y permaneció en silencio.

La falta de respuesta fue interpretada como escepticismo por el Maestro de Pociones, que continuó, sarcástico. -Estoy seguro de que lastimarían tu delicada sensibilidad de Gryffindor. Te garantizo que tu equivocada...atracción...acabaría abruptamente-. Hizo una pausa, luego esbozó una mueca de disgusto. –Pensándolo bien, estoy casi tentado a contarte...

Le sorprendió e intranquilizó, recibir una sonrisa maliciosa como respuesta. La expresión no encajaba en la cara de Lupin.

-Lo dices como si no te conociera, Severus-. Dijo el hombre lobo, irónico. –Soy muy consciente de las cosas que has hecho en el pasado. Mi delicada sensibilidad no es tan susceptible como pareces creer.

Los labios del Profesor de Pociones se curvaron. –Entonces, eres más ingenuo de lo que creí. ¿Cómo me ves, exactamente?

-Ahora sí...esa es una buena pregunta...- Murmuró Remus, para sí mismo, negando levemente con la cabeza. Se quedó pensando, mirándolo con los ojos entrecerrados. -...Sé, hasta cierto punto, de qué eres capaz. Fuiste un Mortífago, por propia voluntad, al principio. Apenas puedo imaginarme los crímenes que cometiste en ese tiempo, Severus, pero me temo que ninguno me sorprendería…Sin embargo, ahora no veo en ti a esa persona-.

La mirada del Maestro de Pociones reflejaba enojo y testarudez. –¿Y tú qué sabes?- Murmuró, con malicia.

-Algunas observaciones no requieren Legeremancia-. Replicó el lobo, simplemente. –Sé perfectamente bien quién eres, y qué eres. Y habrás notado que mi…'atracción equivocada'…continúa.

Severus frunció el ceño, sin poder articular palabra. Observó cómo Lupin tomaba el resto de la bebida y se ponía de pie, con movimientos visiblemente más seguros que los usuales. Además, lucía extrañamente satisfecho –casi triunfante-, cuando dejó al Maestro de Pociones confundido y con la sensación de haber sido vencido en la silenciosa y privada competición que parecía existir entre ambos.

-xx-

Harry estaba acostumbrado a acompañar al Slytherin, después de las reuniones del ED. Aunque sólo fuese para detenerse un rato en las habitaciones de Draco y oír sus comentarios irritados sobre las lecciones, antes de regresar a su propio dormitorio. Fue la costumbre lo que hizo que se separa del grupo y siguiera al rubio hacia la puerta.

Por eso, cuando Ron lo detuvo, con una mirada significativa y Hermione se retrasó discretamente; Harry dudó, incómodo. Draco giró, al notar que su comañero se detuvo, y rápidamente se dio cuenta de la situación. De inmediato, frunció el ceño en dirección al pelirrojo, deseando que desapareciera. Permanentemente.

Harry lo miró, suplicante, y Draco lanzó un prolongado suspiro torturado. Jodidos Gryffindors. Demasiado inclinados a perdonar, todos ellos. Si alguien lo hubiese tratado a él del modo en el que Weasley trató a Harry, probablemente todavía estaría planeando su caída, si no actuando para conseguirla. Por cierto, no estaría pensando en perdonarlo.

Lanzándole una mirada desdeñosa al pelirrojo, giró sobre sus talones y dejó la habitación, indignado. Harry lo dejó ir, sabiendo muy bien que le esperaban unos cuantos días con el rubio de mal humor.

Ron parecía algo perplejo. –Es un pendejo demandante, ¿no?- Murmuró.

-No tienes idea...

Su amigo lo miró con cierto disgusto, preguntándose claramente –por vez número cien-, qué veía Harry en el Slytherin.

Se quedaron atrás, mientras la mayor parte del ED se dispersaba. Ron, avergonzado y con las manos en los bolsillos; y Harry, a la espera de la conversación que vendría a continuación.

-Entonces…- Dijo el mago pelirrojo, al final.

Harry reprimió una sonrisa y se quedó callado.

Ron lo miró, visiblemente incómodo. -…¿estamos bien?

-No me toca a mi decirlo, ¿no?- Respondió Harry, en tono neutro.

-Sí…bueno…- Ron suspiró pesadamente. –Mira, puedes pasarte horas, tratando de explicarme por qué y cómo es que perdiste las ganas de lanzarle una maldición entre los ojos a Malfoy, y no lo entendería…Pero, ya me enferma no hablar contigo-.

Los ojos verdes lo miraron con cautela.

En silencio, ambos chicos siguieron subiendo la escalera que los llevaba a la torre.

Eventualmente, Ron dijo, en voz baja. –Perdóname por golpearte…y por…tratar de…ya sabes-.

-¿Maldecirme?- Harry terminó la frase, aún ocultando su diversión. El pelirrojo se ruborizó, culpable, y allí, Harry se permitió una pequeña sonrisa. –Sí, está bien. Supongo que no quedó daño.

-¡Para ti! ¡Merlín! ¡Lo que sea que me lanzó Malfoy me dejó un dolor de cabeza que me duró tres días!- Suspiró y negó con un movimiento. –Nunca pensé que vería el día en que él te defendiera a ti.

Harry lo observó. –Te hubiese dicho que cambió, ¿sabes? Si me hubieses escuchado…

-Hermione me dijo algo parecido…¿Podemos dejar de hablar de él?- Preguntó Ron, suplicante. –Está bien, El bastardo se reformó, pero sigue siendo un bastardo.

Harry consintió, encogiéndose de hombros y dejando que Ron llenara la incómoda falta de palabras.

-¡Mi Dios! Las chicas no dejaron de hablar de ti, desde ese juego de buscadores, ¿sabes?- Resopló, y exclamó, en un tono chillón. –'¡Ay, Harry es taaaaan genial!' Honestamente, compañero, se está poniendo insoportable, de verdad.

Harry rió, pero no pareció notar el dato que el pelirrojo consideraba realmente valioso, por lo que el chico se quedó mirándolo, incrédulo. -¿Qué, no te interesa? ¿Estás seguro de que no estás viendo a alguien y no me lo has dicho?

Harry sonrió, con serenidad. -Ron, puedo asegurarte, honestamente, que no tengo novia.

-xx-

Severus se estaba preparando para acostarse, cuando lo golpeó el dolor. Se tomó el brazo, asombrado, dejando caer el vaso de agua que sostenía. Su primer pensamiento, nacido de la costumbre, fue cuánto tiempo le tomaría vestirse, viajar por la red flú hasta Hogsmeade y aparecerse en el centro de reunión.

Pero no. Esa ya no era su tarea.

Apretando los dientes, se dejó caer en la silla, junto al fuego –donde esa tarde se había sentado con Lupin-, se obligó a ignorar el llamado quemante de la marca y a resistir la necesidad de buscar al hombre lobo. Lupin no necesitaba ser advertido ni preparado. Estaba sintiendo la misma llamada en ese mismo momento, y era probable que estuviera corriendo a decirle adiós a Potter. ¡Qué irritante y sensiblero! Fue el pensamiento de Severus, cuando el hombre le informó la promesa que le había hecho al chico. Era por eso que los Gryffindor no servían para ese tipo de tareas: perdían tiempo con las emociones.

Suspiró y apretó el puño, observando cómo los tendones se movían en su antebrazo, bajo el tatuaje ardiente.

En un momento, llamaría a Dumbledore y le informaría que Lupin iba a estar ausente en las clases de mañana, después de la reunión de los Mortífagos. En un momento…

Primero, tenía que calmarse.

xxxxxxxxxxDulzura Letal, 28 de septiembre de 2.013xxxxxxxxxxxxxx