"Hija de la Tempestad"
Cap. 36: La bestia que llevas dentro.
No es que a Tempest le hubiera parecido la primera vez que pisó sola Sancre Tor que el lugar no fuera peligroso y, con razón, la Orden lo hubiera mantenido cerrado tras tantos siglos de maldición.
No es que pensara que no fuera a ocurrir nada por dejarse la puerta abierta para que cualquier pobre desgraciado que fuera buscando un tesoro o similar acabase sus días pudriéndose allí dentro.
No.
Sencillamente es que... se le había olvidado echar la llave, ocupada como había estado por salir viva y de una pieza de allí.
De ahí que Mazoga y Agronak hubieran logrado entrar.
Tempest no podía dejar de pensar que había sido por su propia negligencia el hecho de que su amiga y el... bueno, compañero de esta hubieran acabado allí metidos, sin comerlo ni beberlo, en peligro mortal.
Porque jamás se hubiera imaginado la nutrida población de cadáveres reanimados que patrullaban aquellas ruinas enormes en el culo del mundo. Tempest estaba de telarañas, polvo, huesos y podredumbre hasta las mismísimas narices. Esperaba que, una vez la maldición estuviera rota, con el tiempo fuera la gente a venerar la Ermita y, subconsecuentemente, a alguien le diera por hacer limpieza general.
"¡No es momento de pensar en ésas cosas, hermanita! ¡Agáchate!"
La sorpresiva voz de la niña khajiit de sus memorias distantes, si bien aturdió a la joven imperial apenas unos instantes, tuvo el acierto de hacerle caso sin cuestionarse demasiado su propia cordura y de tirarse al suelo justo en el preciso momento en que una maza de hierro le pasó casi rozando la cabeza.
Otra cosa no, pero no se podría negar que, además de una suerte pasmosa, tenía un ángel guardián cuidando de ella a cada instante.
Tempest rodó por el empedrado como una croqueta y se puso a arrastrarse entre las botas de sus compañeros e incontables extremidades inferiores apestosas de cadáveres pululantes MUY cabreados.
Fue hincando la punta de su katana akaviri entre los huesecillos de varios tobillos descarnados y los fiambres fueron desequilibrándose y cayendo al suelo como moscas.
Con tanto darle vueltas a la cabeza se le había ido por completo la olla y no había recordado que aún estaban en mitad de una batalla contra fuerzas de ultratumba.
Echó un breve vistazo a su alrededor desde el suelo y quedó maravillada durante un instante al ver la pasión y la entrega irradiando de los ojos de todos y cada uno de sus compañeros.
Valtieri obviamente se lo estaba pasando pipa descabezando un cráneo descarnado tras otro como el que arranca margaritas del campo y, en un momento dado, Tempest le observó pegar un salto antinatural hacia una de las paredes de roca de aquella tumba y... agarrarse a la superficie para escalarla como una araña e ir atacando con su mandoble por ráfagas desde una altura inalcanzable para los resucitados.
Toni bloqueaba ataques con su cuchillo en la diestra mientras que con la otra mano agotaba todas sus reservas de poder mágico en sendos chorros de fuego. Probablemente al final de la jornada la pobre acabaría hecha puré y con un dolor de cabeza de aquí te espero.
Gogron, como siempre, iba cargando como la mala bestia que era contra todo lo que se pusiese por delante. Había entrado en un estado de adrenalina tan brutal que su único objetivo radicaba en cuántos esqueletos iba haciendo trizas a la carrera, sin importarle la cantidad de tajos, magulladuras y heridas que llevaba ya en su haber.
Mazoga y su compañero, el Príncipe Gris, iban perfectamente sincronizados, danzando al compás de un tango mortal en el que iban arrasando por doquiera que pasasen. Y, cuanto más sangraban, más rápidas y letales parecían volverse las estocadas de ambos. El dolor no hacía sino acrecentar sus ansias de victoria.
Y el jefe... el jefe quizás fue el que más le preocupó al observarle sonreír como un maníaco mientras se ensañaba a conciencia y él solo con uno de los dos cabecillas no-muertos Cuchillas. Tenía dibujada en su cara la más perfecta definición gráfica de perverso deleite y Tempest se temió por un momento que la emoción del combate le hubiera vuelto majara.
Sacándose la Hoja de la Aflicción de la funda que colgaba de su cinturón, Tempest gateó hasta el otro Cuchilla no-muerto y, silenciosa como la niebla en mitad de los gritos y del entrechocar de aceros, se puso en cuclillas y se impulsó con las piernas hacia arriba para, en mitad del salto, hundirle al resucitado la daga encantada en la nuca.
La criatura se desequilibró momentáneamente, aturdida por el poderoso encantamiento que reptaba en aquellos instantes por su cuerpo muerto como hormigas carnívoras, y cayó al suelo de rodillas.
- ¡Apártate, Tempy! - oyó que le gritaba de lejos la voz de Antonietta Marie para, tras reaccionar apenas a tiempo, esquivar otra llamarada que casi le quemó el brazo y que fue derecha a por el debilitado cadáver, el cual cayó derrotado al suelo un minuto después.
Por otra parte, una vez Lachance logró deshacerse por su cuenta del último cabecilla fiambre, el resto de los no-muertos que aún quedaban en pie se desintegraron al instante en pilas de polvo gris, dejando a los siete guerreros jadeantes, confusos, heridos y victoriosos.
Sumamente emocionados por estar todos vivos y haber sido capaces de subyugar a tan nutrida tropa de cadáveres malditos, los siete comenzaron a vitorear como posesos; aunque se dejasen las gargantas irritadas de tanto vociferar. No importaba. Estaban vivos para gritar de alegría y eso era lo que les unía en aquellos instantes.
Pronto Tempest se encontró izada del suelo por Mazoga, quien chillaba y daba saltitos con su pequeña amiga en brazos igual que una colegiala. Toni se les unió segundos después y las tres mujeres acabaron hechas una piña de abrazos y agudos chillidos de alegría.
Gogron se quedó tumbado en el suelo, mareado por el bajón repentino de adrenalina, mientras que el resto de los hombres seguían vociferando alborozados (cada uno por su lado, lógicamente. Para ellos no era muy viril eso de abrazarse con otros hombres pese al júbilo general; las mujeres que hicieran lo que les diera la gana).
Y así anduvieron unos minutos hasta que lograron calmarse y asimilar lo que acababa de suceder para proceder de inmediato a curarse las heridas de batalla, unos a base de magia de Restauración, otros a golpe de pociones.
Lucien Lachance, completamente despeinado y cubierto a partes iguales de sangre y suciedad, iba cavilando unas cosas y otras mientras se vaciaba en el gaznate una botella de una de aquellas pociones tan milagrosas como repugnantes al paladar. Pensaba en que, con los últimos guardianes Cuchillas fuera de circulación, ya podrían tener un poco la fiesta en paz, ¿no? El espíritu aquel había dicho que, si liberaban a sus camaradas, entre los cuatro podrían levantar la maldición de aquel lugar.
Atraído entonces por una extraña sensación que se le metió por la parte posterior del cerebro, el Hombre Oscuro se dejó llevar a paso seguro y con el ánimo ausente por los corredores de Sancre Tor, sin importarle demasiado el ir por ahí él solo sin haber dado ninguna clase de explicaciones a nadie, hasta una puerta enorme de lo que se le antojó que debía ser el último nivel de subsuelo en aquella tumba inmensa.
Abriendo la susodicha puerta no sin esfuerzo, Lucien Lachance se encontró bañado por una resplandeciente y fría luz etérea, y quedó mudo por un instante al contemplar la magnífica cámara de piedra que tenía delante de las narices; grabadas sus paredes por antiguos escritos, cinceladas sus columnas por algún artista del período del reinado de Reman Cyrodiil, posiblemente.
Aquel pequeño santuario era en sí un hermoso vestigio de glorias de épocas pasadas.
Y en el extremo opuesto de donde se hallaba el imperial, había una cavidad tallada en la roca que daba a un angosto pasillo, el cual parecía ser el foco de tan sobrecogedor resplandor. Porque al final del susodicho corredor sobre un altar reposaba, incorrupta y brillante, la famosa coraza del primer Emperador Septim.
Queriéndose acercar para tocarla, a Lucien le comenzó a invadir un súbito frío por todo el cuerpo que le impidió seguir avanzando. Porque el hacerlo, y eso lo intuía con visionaria claridad, le llevaría derecho a los brazos de Sithis.
Por lo tanto... aquella era la magia negra del que fuera el Mago de Batalla de Tiber Septim, Zurin Arctus, siglos atrás: vengarse de su antiguo Señor escupiendo por toda la Eternidad en su memoria y en las vidas de sus leales vasallos convirtiéndoles en artefactos mortales. Aquel que se acercase a la coraza sagrada moriría drenado de energías vitales, exprimido cual naranja.
- ¡Vamos! - comenzó a gritar al aire impacientemente - ¡Retirad de una vez ése encantamiento para que podamos llevarnos la coraza!
El sonido del eco de su propia voz fue lo único que le respondió durante unos segundos hasta que las energías místicas de los cuatro guardianes Cuchillas muertos se manifestaron delante de él como sombras de los hombres que antaño fueron y se le quedaron mirando con los etéreos ojos impasibles.
- "¿Eres tú un Caballero digno de portar la coraza de nuestro Señor, el Emperador Tiber Septim?" - preguntaron las voces de los cuatro espectros al unísono, tan perturbadoras como si recitaran un cántico sagrado.
Lachance echó la cabeza hacia atrás un momento, reflexivo.
Y por vez primera en su vida decidió, contra su propio beneficio, ser brutalmente honesto.
- No. – respondió – Mi camino no está con Los Nueve, sino con Sithis.
Las ánimas continuaron observándole con sus vacíos ojos etéreos.
- "No eres digno. No mereces portar la coraza de nuestro Señor." - afirmaron - "No retiraremos la maldición para ti."
Lucien no supo si sentirse indignado o echarse a reír. Quedaba demostrado sobradamente que el ser honesto y honrado no te llevaba a ninguna parte; era mil veces mejor mentir como un bellaco que ser un libro abierto.
Bueno, todavía quedaba la chica... con que les soltase eso de que era la Heroína de Kvatch, los sacos de ectoplasma estos se contentarían, retirarían el hechizo y, una vez con la coraza en su poder, ellos podrían salir de allí sin mayor demora.
- ¿Jefe?
Y hablando de la chica en cuestión...
Lucien se giró apenas un poco para encuadrar la imagen de todo el grupo que, por azares del Destino, se había reunido allí. Y la muchacha se dirigía hacia él.
- Ahí tienes la coraza. – señaló el hombre imperial con sorna el angosto pasillo hasta el altar con la preciada reliquia – Pero me temo que el paso está vedado a todo aquel que no sea un... Caballero digno.
Tempest observó entonces aquella luz fría del fondo con serias dudas hasta que, sin que nadie le hubiera dicho nada, Mazoga la Orca dio un paso al frente.
- Un Caballero, ¿eh? - soltó muy ufana – Pues hale, aquí tienen a uno. – expresó alegremente, señalándose a sí misma - ¿Qué hay que hacer?
El Hombre Oscuro enarcó una ceja. ¿Aquella mala bestia... era un Caballero?
- "¿Eres tú un Caballero digno de portar la coraza de nuestro Señor, el Emperador Tiber Septim?" - preguntaron de nuevo las cuatro voces de los guardianes, dirigiéndose esta vez a la musculosa mujer orco.
- ¡Soy Sir Mazoga! - declaró la orsimer muy orgullosamente plantándose de brazos en jarras - ¡Caballero andante de la Orden del Semental Blanco de Leyawiin! Y si alguien piensa que no soy lo bastante digna, me puede lamer las botas.
Tempest y su superior se llevaron las manos a la cabeza. ¿Pero cómo se podía ser tan sumamente bruta...?
Sin embargo, y contra todo pronóstico, los fantasmas sonrieron.
- "Eres digna. Mereces portar la coraza de nuestro Señor." - declararon - "Por ello, retiraremos la maldición para ti."
Las sombras de lo que antaño fueran hombres desenvainaron sus armas espectrales e, hincándose de rodillas a ambos lados del pasillo luminoso, transmitieron su energía hacia la barrera hasta que la desintegraron.
- "Gracias... gracias por permitirnos dormir después de tanto tiempo... Nos sentimos tan cansados..." - fue lo último que los oídos de los siete presentes atinaron a escuchar antes de que las ánimas se esfumaran de su vista, libres tras aquel presidio que les había costado cientos de años a la sombra.
Sin nada más que decir, Mazoga se aventuró hacia el altar, tomó la coraza, regresó con ella silbando una canción y se la entregó a la pequeña imperial con una enorme sonrisa colmilluda.
- Ha sido divertido, Nirn. – dijo muy contenta – Aunque salga igual de pobre de esta cripta me lo he pasado en grande. Deberíamos repetirlo algún día. - dicho lo cual se echó a reír y fue derecha a la salida, ansiosa como todos por respirar algo de aire fresco - ¿Os venís? - inquirió dirigiéndose al resto, como quien no quiere la cosa.
El brazo del callado y pálido Príncipe Gris fue entonces a reposar casualmente sobre el hombro de la orca y esta le dio un codazo amistoso por toda respuesta.
El grupo continuó junto hasta encontrarse bajo el manto de las estrellas, admirados de encontrar extremadamente bella una noche tan fría.
- ¿Sabes Tempy? - oyó la chiquilla imperial que le decía la rubia bretona al oído en voz baja mientras sentía el vaho de su aliento calentar fugazmente su oreja derecha – Tu amiga... me cae muy bien.
Y Tempest no pudo por menos que sonreír, acariciando distraídamente la pulida superficie manchada en sangre de la vieja y pesada coraza de Talos.
Porque lo cierto es que estaba rodeada de muy buenas compañías.
Ya fueran voces de ángeles guardianes, asesinos a sueldo u honorables Caballeros andantes. Todos eran, a su muy especial manera, personas en las que la chica depositaba su más absoluta confianza.
Oscuridad, oscuridad en la noche callada. Oscuridad en sus ojos cegados por mil sombras de apagados colores. Oscuridad en aquel perverso rincón de su alma con espacio para el abandono... abandono al placer.
Su cuerpo.
Fuera de él, perdida en otra dimensión más allá de todo entendimiento lógico.
La mente. ¿Le seguía perteneciendo?, ¿podría confiar en sí misma cuando se hallaba ausentada de su ser de aquel modo?
No...
Sensaciones.
Yo no soy ésa.
Su mejilla contra la sábana, su cabello disperso al descuido por la cama y por la espalda mientras cada mechón se le pegaba a la carne por el sudor, los dedos escarbando la tela con las uñas.
Ésa de ahí es otra.
Lo tenía encima, otra vez. Estaba tumbada en la cama bocabajo completamente desnuda con las piernas separadas, y entre ellas ése calor irradiando desde el vientre hasta cada terminación nerviosa repartida por su cuerpo.
La agarró por la muñeca y le aprisionó la mano con la suya, el doble de grande y el triple de fuerte, mientras seguía embistiendo desde atrás.
A veces hacía daño, nunca tenía en cuenta el tamaño, el peso o el aguante de ella en ninguno de los aspectos; sencillamente se limitaba a embestir, a morder, a agarrar y a tocar en el momento en que se fundían juntos. No era cuidadoso, no era suave, pesaba mucho y tenía para rato.
A veces ella acababa con cardenales si le clavaba los dedos con demasiado ahínco, con marcas rojas si la mordía muy fuerte y con dolor ahí abajo cuando se "entusiasmaba" más de la cuenta.
Sus encuentros sexuales solían seguir la dinámica de ir in crescendo según se desarrollaba la acción para finalmente acabar sin aliento, medio ciega, afónica, con los labios hinchados, el cuerpo rendido y sudada de arriba abajo.
Y la gracia es que podía haber un bis de idénticas características en una misma noche.
Aquella noche en particular estaba especialmente enérgico. Y no contento con tenerla en aquella postura donde todo el peso y la fuerza del empuje incidían directamente en su espalda y caderas, la agarró por las piernas, le subió la parte baja del cuerpo dejando el resto de cintura para arriba aún tendido sobre el colchón mientras él se posicionaba de rodillas tras ella y aumentó la fuerza y el ritmo hasta el punto de que incluso a él le dolieron los embates, uno detrás de otro hasta llegar al clímax y derrumbarse sobre la chica bajo él, sorprendida por la incómoda postura y satisfecha de su buen hacer.
Pasaron los minutos tumbados bocabajo así a lo largo, él sobre ella resoplando como un caballo, ella debajo de él sin hacer nada, esperando a que se quitara de encima para poder respirar a gusto.
Cuando rodó a un lado, liberándola, ella se dio la vuelta y aspiró una buena bocanada de aire que luego soltó con lenta parsimonia. Estaba reventada, no tenía idea de cuántas veces había visto colorines en el aire a lo largo de este último encuentro, pero de seguro que no había sido ni una vez ni dos.
Su razón trató de encontrar la claridad hurgando entre las cortinas carmesí de sus más locas fantasías hechas carne y hueso con la esperanza de poder correrlas a un lado y disfrutar de su mente al completo otra vez.
¿Cómo había llegado allí tras aquel día entero de jornada por los caminos, para escindir su camino de sus compañeros, unos dirección a Cheydinhal, otros hacia el Templo del Soberano de las Nubes...?
Los asesinos habían vuelto a sus quehaceres criminales y Mazoga había decidido por su cuenta unirse a la Causa Imperial junto a su compañero, buscando nuevas batallas que librar.
Martin había quedado asombrado de su hazaña, feliz de verla viva, aliviado de no tener, por el momento, que pedirle ningún otro encargo imposible hasta que no descifrase el siguiente capítulo del Xarxes.
Y el Hombre Oscuro... pegado en todo momento a ella como una sombra, antes y ahora, persiguiéndola por cada rincón, demostrando por diminutos signos en su lenguaje corporal que la impaciencia le corroía por dentro.
Le había hecho esperar, como es lógico, ya que tenía cosas que hacer y, por otra parte, no estaba tan desesperada como para ir corriendo a echarse en sus brazos cuando a él le diera la gana.
Un día entero, de la noche anterior a la siguiente, con un amante irascible tras tuya deseando hincarte el diente a la mínima de cambio. Había incluso pecado de indiscreto en el Templo del Soberano de las Nubes, buscando momentos puntuales en los que se quedaban solos para acercarse a ella más de la cuenta y rozar apenas por donde no debía o robarse descaradamente algún mordisco del cuello e inmediaciones. Todo muy sutil, muy erótico y sumamente vergonzoso. Si Tempest no había pasado todo el día más roja que un tomate había sido a causa del frío.
Regresando a la derruida fortaleza de Farragut a las afueras de Cheydinhal para recuperar el artefacto que Sheogorath le había concedido a su pequeña emisaria, el Wabbajack, un báculo de dudosa finalidad que Tempest, no queriendo correr riesgos, le había pedido al Hombre Oscuro que le guardase... una vez allí, ni báculo ni porras. La ropa había echado a volar como palomas al viento.
El tipo se había empeñado en echar un pinchito y hasta que no lo había conseguido, no había parado.
Volviendo a la realidad, notó de pronto su mano áspera posarse sobre su estómago para ascender lentamente por sus costillas, pasearse por sus pechos casi inexistentes al estar tumbada, seguir la curva del cuello y detenerse en el mentón.
Ahora le tomaría la cara y le haría mirarle directamente.
Así lo hizo pues mientras la otra mano regresaba al punto de partida del estómago para tomar un rumbo diferente y acabar en su muslo. Le separó las piernas otra vez y, con una maniobra adquirida a fuerza de práctica, rodó sobre ella para quedar encima, cara a cara, preparado para otra ronda.
- Estoy hecha mierda y agotada, ¿sabes? - le reprendió ella frunciendo el ceño y haciendo fuerza con los músculos de la mandíbula para que se la soltara.
Él le dio una sonrisa lobuna.
- ¿De veras? - preguntó con un tono de falsa inocencia.
- Sí.
- ¿Puedes darme algún motivo para ello?
Ella fue a abrir la boca cuando se encontró con que había entrado otra vez sin avisar, y el roce la desorientó.
Primer movimiento.
- ¿Y bien? - inquirió él de nuevo - ¿Cuál es el motivo de tu repentino agotamiento? Habla.
Más movimientos, pequeños, estimulantes.
Fue a decirle que era un cabronazo aprovechado, pero se encontró con que el único sonido que salió de su garganta distaba mucho de ser reprobatorio. Y mucho menos, articulado.
- Vamos, vamos... – insistió él moviéndose un poco más rápido, apenas un poco - ¿No hay réplica?, ¿no me vas a argumentar o a dar razones de ningún tipo?
Los movimientos ahí abajo la estaban volviendo loca; trató de mover los brazos para apartarle y solo consiguió que se los inmovilizara.
Cerró los ojos poniendo cara de esfuerzo, intentando resistir aquello.
Empujón. Los ojos se le abrieron de golpe solos y la voz la traicionó.
- Visto el nivel de locuacidad por tu parte en estos instantes concluyo que no tienes razones de peso para no continuar, así que te recomiendo que sigas en la misma posición en la que estás y sea yo quien te dé lecciones sobre el agotamiento, ¿no te parece? - concluyó.
Ella odiaba cuando hacía preguntas retóricas, le daba superioridad sobre ella haciéndole parecer más listo. Y desde luego debía de serlo para conseguir con ésa facilidad tan pasmosa volver a abrirla de piernas.
Y Tempest se preguntó en el mismo momento en que el orgasmo volvió a inundarla si habría un mañana y, en caso de haberlo, si de aquí a unos años seguiría haciendo esto con el mismo tío de la misma manera, cayendo en las mismas trampas y desconectándose de la realidad como ahora.
Las últimas dos semanas desde el éxito en la recuperación de la coraza de Talos habían transcurrido entre malas noticias y pronósticos alarmistas.
La red de espionaje secreta de los Agentes Cuchillas que Jauffre tenía distribuida por toda la provincia había comenzado a quebrarse de un modo casi escandaloso... o lo que era lo mismo: los Agentes encubiertos habían comenzado a desaparecer para no volverse a saber más de ellos o, por el contrario, se les acababa encontrando muertos.
El viejo Gran Maestro había estado barajando seriamente la posibilidad de que alguien hubiera comprometido su posición y había mandado a Tempest a investigar.
Y, como siempre, el Oyente había querido meterse en el ajo. El tema de espiar le encantaba, y máxime si podía enterarse de jugosos secretos que pudieran poner en evidencia al Imperio.
Porque otra cosa no, pero Lucien Lachance era un tío bastante cotilla que no solo disfrutaba enterándose de chismes secretos y otras yerbas de carácter comprometedor, sino que se lo pasaba en grande difundiendo rumores falsos para confundir la voz popular. Para él, conocimiento era poder; y el conocimiento de lo que era o no verdadero daba como resultado aún más poder actuando en su beneficio.
En más de una ocasión, cuando a Tempest se le había ocurrido preguntarle acerca de información que pudiera serles de utilidad, el hombre siempre respondía enigmáticamente:
- Querida niña, yo no extiendo rumores. Los inicio.
Así que eso de sacarle información a Lucien Lachance era como pedirle peras al olmo.
Sin embargo, tampoco es que necesitara sacársela: si había algo que el tipo supiera que podía ser de utilidad, sencillamente actuaba en consecuencia. Las palabras no eran necesarias.
Y, de lo que Lachance sabía o intuía acerca de estas muertes, es que los únicos beneficiados de tan singular carnicería no podían ser otros que los sectarios del Amanecer Mítico.
De la información que la traidora Jearl le diera tiempo atrás acerca del paradero de muchos de sus colaboradores en la Ciudad Imperial, Lucien había despachado a algunos personalmente y a otros les había puesto bajo la estricta vigilancia de muchos ojos invisibles que la Hermandad usaba para sus propios fines.
No tardó mucho en "sugerir" a la muchacha, una vez abandonaron Cheydinhal después de otro de sus muchos escarceos juntos, que fueran derechos a la Ciudad Imperial con objeto de obtener información comprobada.
La atónita chiquilla no había querido abrir la boca al respecto y se encontró con su jefe trapicheando aquí y allá con los mendigos, contrastando informaciones entre lo que estos le contaban y los informes que había ido recibiendo de sus espías.
Todo aquello les llevó a la casa de un tal Ulem Athram, uno de los supuestos agentes encubiertos como ciudadanos normales del Amanecer Mítico que residía en el Distrito de la Plaza de Talos a quien, tras forzar la cerradura de su casa y noquearle, Lachance anduvo básicamente vapuleando después de atarle pertinentemente con una cuerda a una de las vigas del sótano de la casa. Por la esposa del susodicho no había que preocuparse pues estaba de viaje.
- Habla si quieres volver a ver a tu mujer entera y de una pieza. – le había amenazado el sicario con una de aquellas miradas de demente que le pondrían los pelos de punta hasta al más pintado.
- ¡No!, ¡ella no tiene nada que ver con todo esto! - imploraba el dunmer tras perder uno o dos molares a causa de los puñetazos - ¡Ella no pertenece a la Orden! ¡No le hagáis daño, por favor...!
- Colabora con nosotros y cada cabello que cubre su encantadora cabeza permanecerá intacto... aunque, desgraciadamente, no pueda decir de ti lo mismo.
Athram había comenzado a sudar frío y, pese a su lealtad hacia Mankar Camoran y todo lo que su culto representaba, quería más a su mujer.
- S-Se ha hablado de Bravil. – había confesado finalmente – Lo de empezar a quitar de en medio a los Cuchillas, además de asegurarnos mayor libertad de movimientos, es una simple maniobra de distracción. Queremos abrir un Portón en frente de todas y cada una de las ciudades de la provincia y, tras el fracaso de Bruma, las primeras en mencionarse fueron Bravil y Cheydinhal... También hemos extendido nuestra garra más allá de las fronteras de Cyrodiil para mantener al ejército ocupado con varias ciudades de Morrowind sitiadas, aunque ignoro cuáles... ¡es todo lo que sé, por favor...!
Tras aquello, Ulem Athram había tenido una muerte bastante limpia, muy rápida hasta para la dinámica habitual de Lachance, y Tempest se alegró en sumo grado de haberse excusado en el momento exacto para decir que tenía sed y subir al primer piso a buscar algo con lo que regar su seca garganta. Si podía evitarlo, no quería ver truculencias.
Después, entre unas cosas y otras, habían acabado viajando a Bravil por dos motivos: el primero era, al parecer, la ronda semanal del jefe para visitar la estatua de la Madre Noche.
El segundo, además de vigilar la ciudad estrechamente en caso de detectar algún tipo de actividad fuera de lo común, era obtener alguna clase de contacto a través del Gremio de Ladrones que les diera más nombres de agentes encubiertos del Amanecer Mítico.
Porque otra cosa no, pero el Gremio de Ladrones, al infiltrarse tan a menudo en casas ajenas, poseían la mayoría de las veces información personal de primerísima calidad acerca de muchos ciudadanos que, por un módico precio, no tenían inconveniente en compartir.
Y así fue como el Oyente de la Mano Negra y la Heroína de Kvatch acabaron metiéndose de cabeza dentro del principal centro de negocios del Gremio de Ladrones en Bravil: el bareto más cochambroso y con peor fama de toda aquella triste ciudad gris, la llamada "Posada del Pretendiente Solitario" donde ni a Tempest se le ocurriría alojarse para ahorrarse unas monedas. Aquello era Bravil, hogar de la mugre, la clandestinidad y las Casas de Skooma. Aquel lugar solo era útil en asuntos relacionados con el Gremio de Ladrones y para de contar.
Tempest miró hacia ambos lados, nerviosa, y siguió a Lachance, diligente como un patito nadando detrás de mamá pato, y esperó el siguiente movimiento de su jefe. Fue una suerte que no se encontraran a S'krivva allí. Una cosa es que el jefe supiera que ella estaba en el Gremio de Ladrones, otra bien distinta es que a ella el Gremio la relacionase con la Hermandad Oscura... porque estaba segurísima de que sabrían de sobra quién era Lucien Lachance y a qué tratos se dedicaba. No por nada el Gremio de Ladrones proveía de mobiliario, suministros y armas al de Asesinos; es lo que tiene guardar un secreto tan gordo: ambas partes saldrían perdiendo si una abría demasiado la boca, pero podrían beneficiarse mutuamente si negociaban entre ellas.
Pero Lachance no buscaba a S'krivva.
El Hombre Oscuro se aproximó a la barra, un cuadrilátero abierto por uno de los lados con más de un dependiente, y giró a la derecha, para total desconcierto de la joven, plantándose frente al lugar de trabajo que solía usar Luciana Galena de cara a los tratos públicos. Aunque daba exactamente lo mismo en realidad, la Galena te compraría cualquier cosa a cualquier hora en cualquier sitio; era una tipa con un gusto desmesurado por el oro y con un morro que se lo pisaba a la hora de pactar los precios. Tempest prefería a Ongar, al menos el tío era más razonable y no se pasaba de listo.
La bretona se hallaba en aquel momento agachada tras la barra recogiendo algo y, cuando se enderezó para ver quién sería su próxima estafa, se quedó un momento quieta, observando sorprendida al hombre imperial que tenía delante hasta que una amplia sonrisa vino a iluminarle el rostro.
- ¿Qué hace un chico como tú en un sitio como este? - inquirió alzando las perfectamente depiladas cejas morenas en un tono tan meloso que Tempest casi se cayó de espaldas de la impresión. Joder con el jefe, ni dos minutos en aquel antro y ya había ligado, y con la Galena nada menos - ¿Va de negocios o placer?
Akatosh, la tía es rápida. – pensó la muchacha mirando de refilón a Lachance. No sabía cómo le contestaría, el jefe era un tipo imprevisible.
- Oh, bueno, un poco de esto y de lo otro. – replicó el hombre imperial, sonriendo también y siguiéndole el juego – Tal vez venga buscando un poco de acción para variar.
¡¿Perdona?! - Tempest no daba crédito a lo que oía. O sea... ¿que no estaban allí por negocios?, ¿sino para echar un pinchito? Con ella que no contara, eso de los tríos no le hacía ninguna gracia y menos aún con la usurera aquella.
Bien, perfecto, una increíblemente buena excusa para mandarle a tomar por c...
- Depende de lo que entiendas por acción, encanto. – replicó la Galena acercando su rostro al de Lachance mientras apoyaba un codo en el mostrador y la barbilla sobre los nudillos de la mano.
- Yo entiendo por acción muchas cosas. – dijo él con aquel tono de voz suyo, intrigante, con una nota seductora que a la joven imperial le revolvió el estómago, mientras apoyaba también ambos codos sobre el mostrador y miraba fijamente a los ojos a la bretona.
Pasó un instante y, cuando Tempest ya estaba por la labor de salir derecha por donde había entrado, Lachance y la Galena rompieron a reír al unísono.
- ¡Demonios, Lucien! - exclamó la mujer dándole un cariñoso golpe en el hombro para, acto seguido, rodear la barra e ir directa hacia él - ¡Hacía siglos que no te dejabas ver por estos lares, sinvergüenza! ¡Ven aquí!
Y le estrechó en un apretado abrazo al que, contra todo pronóstico, el Oyente correspondió calurosamente.
Tempest estaba cortada, ¿estos dos ya se conocían? Bueno, claro... negocios y eso... joder debió haber pensado en que si no estaba S'krivva, Luciana Galena estaría de fijo. Ya podría tener cuarenta de fiebre, que la bretona estaría en su puesto de siempre intentando timar hasta al vagabundo de la esquina. Lo raro es que no viviera en una mansioncita en Chorrol, podrida de dinero como debía estar.
Bueno... tampoco había tenido mucho trato con la tipa ésa... si la relacionaba con la Hermandad ya estaría ahí el jefe para untarla bien de dinero para que no se fuera de la lengua a ningún doyen. Si se conocían, podrían llegar a un entendimiento, ¿verdad?
Sin embargo los dos caraduras, el cortacuellos y la choriza, seguían hablando tan telendos sin reparar siquiera en la presencia de la joven mientras iban del brazo a una de las mesas en la esquina más oscura de aquel antro, donde Tempest sabía de buena tinta que se sentaban solo aquellos con negocios turbios entre manos. Sus contratos con S'krivva siempre habían estado en la periferia de aquel punto en particular.
Sin saber muy bien qué hacer, la chica se dirigió a la barra, captando inmediatamente la atención del orco Bogrum gro-Galash, otro caradura de medio pelo que afirmaba que el aspecto deteriorado de su posada era por culpa del permanente aspecto erosionado de Bravil, y le pidió un bocadillo de huevos revueltos con jamón. Aquella extraña situación la había puesto nerviosa. Y nervios para Tempest casi siempre se acababan traduciendo en hambre.
Además, le convenía darse un gusto, hombre.
Entretanto, la pareja canalla habían pedido ya un par de vasos del mejor vino que aquel tugurio podía ofrecer para "festejar" tan singular encuentro.
Lucien y Luciana, sonaba a cachondeo.
- Y dime, hombre de Sithis... – le dijo su interlocutora, cómplice - ¿Cómo te ha estado tratando la vida en general?, ¿muchos contratos?
- Mucho oro y mucha sangre, querida. – asintió Lachance con una sonrisa de oreja a oreja enseñando su muy remarcablemente blanca dentadura mientras apoyaba perezosamente la barbilla en la palma de la mano – Incluso con la Crisis la gente sigue deseando la muerte al prójimo. Y nosotros siempre estamos más que dispuestos a concederles ése pequeño pero peligroso capricho a cambio de una módica suma, naturalmente.
Ella sonrió. Lucien Lachance no había cambiado, aquel hombre no cambiaba nunca. Su picaresca, su retorcido sentido del humor, su descarado encanto... incluso con la edad seguía teniendo buena planta y ésa cara bonita de carismático sinvergüenza. Siempre que lo veía recordaba por qué habían estado cerca de siete años juntos cuando solo eran dos jovenzuelos risueños llenos de sueños y con la mano demasiado larga... sobre todo cuando se trataba del bolsillo ajeno.
- Los tiempos cambian, Lucien. – dijo ella – Pero la gente sigue siendo la misma vayas donde vayas. Todos desean la muerte y los bienes ajenos, ahí es donde entramos nosotros. – sentenció – Ah, y por si te interesa, el Gremio va viento en popa desde que dejáramos en ridículo al idiota de Hieronymus Lex, a los magos pedantes de la Universidad Arcana y a la intachable Guardia de Palacio, los Custodios.
- He oído los rumores. – concedió él – Parece ser que ha desaparecido un Pergamino Antiguo de la biblioteca del Palacio, delante de las mismísimas narices del Canciller. Supongo que no debería sorprenderme poniéndonos en antecedentes con el Gremio.
- Exactamente. – asintió la mujer complacida – Te has perdido algunas de las mayores locuras de Armand Christophe y de cuando se destapó la identidad del topo. ¿Adivinas quién era?
- Sorpréndeme.
- Myvryna Arano.
- ¿Aquella bruja dunmer? - Lucien parecía sorprendido de veras ante tal revelación - ¿La de las extorsiones?
- La misma. – afirmó ella orgullosamente – Estaba prometida, ¿sabes? Con Uzul gro-Grulam. – y en esto que se echó a reír - ¡Oh, el pobre orco está inconsolable!, ¡dice que la esperará lo que haga falta! Más bien se acabará muriendo de asco ya que la condena de Arano no es precisamente corta, ¡robar nada menos que el busto de la condesa Indarys!
- Ah, la condesa... – Lucien sonrió de pronto – Tengo muy buenos recuerdos de ésa noche y de la generosa cantidad de oro que el conde Indarys nos pagó para que su grácil y escandalosa señora le dejase volar de flor en flor en paz.
Luciana sonrió y arqueó una ceja mirando por encima del hombro del hombre imperial.
- Y hablando de flores... - observó - ¿Aquella ricura de pelo verde venía contigo? - inquirió señalando con la cabeza a Tempest a lo lejos, quien estaba sentada en uno de los taburetes de la barra y devoraba su bocadillo echándoles de vez en cuando una discreta ojeada – Se la ve nerviosa, quizás deberías decirle que se acercara.
Lucien hizo un gesto despreocupado y se rió.
- Creo que ya os conocéis. – puntualizó mientras daba un sorbo largo a su vaso de vino - ¿Me equivoco?
- Sí, la verdad es que sí. – confirmó la Galena – No suele venir mucho por Bravil. Se entendía en temas de encargos especiales con S'krivva, pero ya hace algún tiempo que no opera en activo, según me han contado.
El Oyente a esto no dijo nada y miró el contenido de su vaso, pensativo.
- Es muy cuca. – observó ella intencionalmente - ¿Qué haces tú con un pichón tan tierno como ése?, ¿echarle miguitas de pan?
- No, las miguitas de pan la mantendrían con el pico cerrado. – apuntó él maliciosamente – Y a mí me gusta que los pajarillos píen.
La Galena le miró un momento de hito en hito hasta que rompió a reír escandalosamente.
- Oh, dulce Nocturnal... - rió - ¿Todavía jugamos con muñecas, Lucien? - preguntó, divertida – Veo que sigues siendo un chico muy, muy travieso.
- Se hace lo que se puede. – replicó él, divertido a su vez – Hago constar que fue ella quien empezó.
- Sí, claro... – Luciana meneó la cabeza sin perder la sonrisa – Estoy segura de que la pillarías con la guardia baja y dijiste "esta es la mía" y te le lanzaste encima como el lobo feroz que tú y yo sabemos que eres.
- Ésa cría no es Caperucita. – replicó él – Es mucho más de lo que aparenta a simple vista.
- Oh, sí, ya lo creo. – se burló ella – Mucho, mucho más...
- Hablo en serio. – dijo él frunciendo el ceño – Y no solo eso. Que no te engañe ésa cara de no haber roto un plato en su vida. Es un ser desobediente, quejica, absurdo y con la lengua demasiado larga. Un verdadero dolor de cabeza si se lo propone.
- Vaya, querido Lucien, has ido a dar nada menos que con la horma de tu zapato. – observó ella sin dejar de reírse – Si sabiendo que es así sigues con ella eso quiere decir que en el fondo te gusta que te repliquen, que te lleven la contraria, que te desobedezcan... una inacabable fuente de diversiones lista para generarte tus buenas dosis de jaquecas. Admite que te lo estás pasando pipa, bribón.
Lucien lo pensó entonces un instante y, llegando a la conclusión de que la que fuera pareja suya tantos años atrás le conocía evidentemente mejor de lo que él incluso se conocía a sí mismo, no tuvo otro remedio que asentir mientras se echaba a reír.
Lo de Luciana había sido el clásico enamoramiento de juventud, allá cuando él contaba diecisiete años y ella dieciséis.
Se habían conocido en una de las pruebas de iniciación del Gremio de Ladrones: Lucien acompañando al doyen de turno para aprender un poco el "oficio", y Luciana como candidata para entrar dentro del negocio.
A la por aquel entonces muchacha le habían propuesto infiltrarse en uno de los almacenes ubicados en Waterfront de la Compañía del Imperio Oriental y robarles todo lo que pillase a mano de valor y que, lógicamente, pudiera transportar.
El desafío residía en abrir la puerta del susodicho almacén y salir de allí al menos cincuenta septims más rica sin que nadie la detectase.
Y Lucien, quien inmediatamente le había echado el ojo a la novata, la siguió y, al ver la poca experiencia de la chica con las ganzúas, le propuso lo siguiente: la llave que abría la puerta del almacén a cambio de una cita. Y Luciana aceptó.
Lo demás había sido un poco en plan "aquí te pillo, aquí te mato". La Galena era de ésas a las que les gustaba ir muy arregladitas y con ropa bastante ajustada, pero solo para provocar ya que no era de las que se dejan "convencer" fácilmente.
A Lucien le costó varios intentos hasta que logró llevársela al huerto. Y más tarde se daría cuenta, incrédulo, de que la chica le gustaba de veras.
Anduvieron varios años juntos en plan serio (y "serio" en el vocablo de Lachance equivalía a "yo no me acuesto por ahí con nadie y tú tampoco"), incluso con él metido en la Hermandad Oscura.
Eran dos delincuentes ambiciosos, se habían conocido muy jóvenes y ambos tenían un carácter bastante fuerte.
Aquello no podía durar eternamente.
A lo largo de su muy extensa relación se habían separado por cortos intervalos de tiempo en los que corrían a buscarse amantes provisionales que les hicieran de sustitutos a los objetos de sus mutuas discordias, para luego volver a juntarse varias veces hasta que, percatándose de que a aquel paso terminarían tomándose mutuamente asco, decidieron dejar el asunto en "amigos con derecho a roce".
Casi había sido mejor ya que, a los pocos meses de terminar su relación, a él le ascendieron a Silenciador y su Portavoz, la dunmer Nadene Veleth, había comenzado a acosarle. Y la elfa oscura no era de las que admitiesen un "no" por respuesta.
Así pues, Lucien Lachance había pasado de un inestable noviazgo a ráfagas con una ladrona a tirarse básicamente a todo bicho viviente con faldas que se le pusiera a tiro. Tenía sus rachas de promiscuidad y sus temporadas en las que le apetecía un solo blanco en el que fijar su atención. Como ahora con la chica.
Para acabar célibe y más solo que la una ya tendría la ingrata vejez por delante... si es que con su línea de trabajo llegaba a viejo, claro.
Pero al margen de todo eso, todavía seguía manteniendo el contacto con la Galena de tanto en tanto y, para qué negarlo, casi siempre que se encontraban acababan de un modo u otro en casa de ella echando el polvo de rigor.
Pero no esta vez.
Pese al mucho afecto que el Oyente le profesaba a aquella mujer tan canalla y caradura como él mismo, hoy había venido con otros propósitos en mente más relacionados con la colaboración entre gremios y el espionaje que otra cosa.
Además, de fijo que como se le ocurriera meterse en casa de Luciana y dejar a la muchacha por ahí para que se buscase una posada donde dormir aquella noche, se le acababa el chollo con ella ipso facto.
Y todavía tenía intención de seguir acostándose con la moza una laaarga temporada. Siempre podría volver a los brazos de Luciana cuando se cansase de la chica... o la chica se cansase de él. Para mandarse al cuerno o quedar como... ejem... "amigos", había tiempo de sobras. Todo el tiempo del mundo.
- Luciana... – le dijo entonces el Oyente a la mujer muy seriamente – Pese al inmenso placer que me reportaría continuar intercambiando pareceres y otras tantas noticias que, a buen seguro, te harían brincar de entusiasmo sobre tu silla, me temo que tenemos ahora mismo una situación que demanda... cierta urgencia.
La bretona no varió su muy ufana expresión.
- Pide por ésa boca, Lucien.
El Oyente tomó aire.
- Necesito que me busques a los habituales en entradas ilegales a particulares y que estos te informen si han percibido algún tipo de actividad cultista relacionada con esto. – dicho lo cual, desenvolvió cuidadosamente una copia del primer volumen de los Comentarios de Mankar Camoran - ¿Recuerdas el suceso de la muerte del Emperador hace un par de años? Esta gente son los responsables directos. Tienen intención de pegar un Golpe de Estado y hacerse con el poder antes de que el Consejo de Ancianos corone un nuevo Emperador.
La Galena enarcó una ceja, repentinamente extrañada.
- Esto no parece de tu estilo, Lucien... - comenzó tentativamente, pasando uno de sus dedos por la morada cubierta del libro al tiempo que lo abría y le daba un breve vistazo al contenido, identificando inmediatamente la naturaleza de lo que sus ojos estaban leyendo - ¿Por qué ése interés en detener a una cuadrilla de fanáticos chalados? Los adoradores de los Daedra suelen ser grupos aislados y muy reservados y casi nunca suponen una seria amenaza. - razonó.
- Los Portones que se han ido abriendo por los caminos.
Un súbito chispazo de miedo cruzó brevemente por las negras pupilas de la Galena.
- ¿Qué pasa con eso?
- Esta gente son quienes los abren.
Luciana Galena entonces perdió todo rastro de buen humor en su tan bien cuidado rostro y pronto se llevó una mano a la boca, horrorizada.
- ¿Estás... seguro de lo que dices?
- Completamente, querida.
La bretona lo sopesó un momento.
- Los Portones son malos para el negocio. – concluyó, tratando de serenar rápidamente su ánimo para continuar en la línea de pensamiento que más le gustaba: el dinero – Y aquello que es malo para el negocio es malo para todos nosotros. - agarró el libro y se lo puso sobre las rodillas – Dame tres días y, una vez logre localizar a esta gente, te mandaré un aviso de la manera habitual. Ten preparados alrededor de seiscientos septims por cabeza, esta gente no es barata.
Lachance asintió una vez, pensativo.
- ¿Qué hay de ti? - preguntó - ¿Qué quieres a cambio de tus... molestias?
- Que encuentres a ésos bastardos y los pases a cuchillo. - declaró la Galena, decidida y repentinamente embravecida - Da la casualidad que, yendo en carro dirección a Leyawiin hace un par de meses para cerrar un trato, el transportista y yo nos topamos con una de ésas puertas infernales... de la cual comenzaron a salir demonios en cuadrilla. Creo que nunca he corrido tanto en mi vida sola en medio de la nieve ni he suplicado con tanta vehemencia que me abrieran las puertas de una ciudad. - concluyó sombríamente.
Lucien la tomó un momento por el mentón con su mano enguantada y la observó detenidamente. Luciana también fijó su mirada en los ojos de su antigua pareja.
Ambos se entendían, no precisaban palabras para hacerse saber el uno al otro que coincidían plenamente en el pensamiento de que aquellos Portones eran un mal mayor que debía ser erradicado. Debían colaborar entre ellos.
Ninguno de los dos recibiría nada a cambio de ayudar a detener esto, eso lo sabían bien aquel par de avariciosos, sin embargo...
- Cuenta conmigo para lo que quieras, Lucien. – le dijo ella, muy segura de estar haciendo, por vez primera en su vida, lo verdaderamente correcto – Me da igual con quién colabores en esto, que a buen seguro no es la Hermandad, ni las licencias que te tomes por el camino. Sabiendo que es por una fuerza de causa mayor, te concertaré una entrevista con el mismísimo Zorro Gris en persona si hace falta.
Lachance solo sonrió. Porque no era en absoluto necesario decir nada más.
Podía tener buenos contactos repartidos de cabo a rabo por toda Cyrodiil, pero... personas a las que pudiera confiar, literalmente, su propia vida, conformaban ciertamente una lista muy reducida en su haber.
Y Luciana siempre había estado y aún estaba a la cabeza de ésa lista.
Y ajena a la conversación, totalmente metida en su propio mundo particular de responsabilidades y preocupaciones varias, sentada en la barra del bar con el mentón apoyado sobre una mano, el verde cabello lacio y gesto de aburrimiento, estaba otra de las pocas personas en las que podría decir que confiaba plenamente.
Pero ésa era otra de las muchas cosas que jamás le diría a la chica a la cara.
No fuera a ser que eso la tornara en una criatura sentimental.
Y, si había algo que Lucien Lachance despreciara fervientemente, eso eran los sentimentalismos.
Hacía tiempo que la tarde había caído sobre Cyrodiil y, paulatinamente, la provincia se había ido cubriendo con un denso manto ennegrecido sin estrellas.
Hacía horas que sus pasos le condujeran junto a la muchacha fuera de aquel tugurio para internarse rápidamente entre las cálidas paredes del mejor albergue que la miseria de Bravil podía ofrecer.
Hacía cosa de un par de vueltas completas de reloj que ambos habían vuelto a fundirse en uno con las sombras, resguardados el uno en el calor corpóreo del otro, henchidos de sensaciones consecuencia del silencioso acuerdo que les mantenía en la cuerda floja entre la mutua atracción que compartían y la aún más mutua discordancia que respiraban a dúo.
Hacía cosa de veinte minutos que ella había decidido, por cuenta propia, regresar a Bruma para hacer entrega al futuro Emperador del báculo daédrico aquel (el cual, por cierto, seguía obrando en su poder pese a haber tenido tiempo de sobra para haberlo entregado antes), aduciendo tener una montura lo bastante segura y rápida que la guiase a través de las nieves eternas del camino. No había querido retenerla.
Y, apenas unos segundos antes del momento presente, el encapuchado de negro se había puesto a recordar el tenue aroma femenino mezclado con sudor y sexo flotando en el dormitorio de la posada que, cuanto más repetía con la moza, más embriagador se le antojaba.
La Voz del Espectro se le abría paso en aquel instante a través de la corteza cerebral, cavando hondo entre sus pensamientos más locos, cortando de raíz toda memoria que pudiera estar reviviendo acerca de sus malsanos vicios y fantasías.
Porque cuando la Madre Noche habla, su deber, como buen Oyente, era el de escuchar.
"Te saludo, mi Oyente... acércate y compartiré contigo la información de que dispongo. Alguien ha vuelto a rezar a la Madre Noche." - explicaba la oscura entidad con voz sibilante - "La Hermandad Oscura debe buscar a una bretona llamada Evangeline. Necesita nuestros servicios y nosotros estamos a su entera disposición."
Lucien Lachance escuchaba pacientemente el mandato de la Matrona Impía tratando de mostrarse lo más neutro posible. La sensación de invasión en su cabeza, lejos de parecerle un acto de íntima comunión con la Doncella Espectral, le evocaba las muchas voces que oía, si no a diario, sí con la bastante frecuencia como para que comenzara a temer estar perdiendo la cabeza.
"Uno de tus Portavoces debe buscar a esta mujer en la ciudad de Rosa Negra, en la tierra natal de los argonianos, Ciénaga Negra." - prosiguió el ánima - "Transmítele esta información para que la voluntad del Pavoroso Padre se cumpla inexorablemente."
Tan inexorable como el mismo Vacío. Tan verdadera como los susurros en la oscuridad de la noche perforando como un taladro la psique del Oyente.
Tan cierto como que Lucien Lachance estaba comenzando a perder el control.
Su mano, embutida en ligero cuero negro, sostenía un pequeño farol que le mantenía iluminado en aquellos arrabales plagados de criminales y drogadictos; pero su mente hallábase nublada. Y la Madre Noche lo percibió.
Hubo un breve instante de silencio y Lucien se preguntó vagamente si la comunicación habría terminado ya.
"En estos instantes temo por tu alma, querido Hijo." - le susurró de pronto el ánima por entre los recovecos del alma, donde él, y solo él, podría oírla - "Te implicas demasiado con asuntos fuera de tu Familia... asuntos del Imperio actual, que acabará pereciendo tal y como lo hicieran antaño otras civilizaciones y otros Imperios."
Lucien ahogó una leve exclamación de sorpresa.
- Dime, Madre. – musitó en voz queda, más baja que un susurro - ¿Acaso me estás avisando de algo inminente? ¿Sabes si el Imperio de Tamriel sucumbirá?
"Eventualmente terminará haciéndolo, Hijo mío. Pues nada es eterno en este mundo... salvo la memoria de quienes pretendan conservar el recuerdo de algo... y esto también acaba siendo relegado al olvido." - replicó el espectro - "Pero tu misión no es recordar. Tu misión es guiar a tu Familia a través de esta época que te ha tocado vivir. Considero innecesario que aceleres tu muerte por seguirle los pasos a una chiquilla alocada cuyo destino es servir de herramienta a un fin."
- Todos somos herramientas que persiguen una finalidad, Madre. – repuso Lachance.
"Ah, pero SU finalidad NO es la tuya, querido Hijo. Ella sirve a otros poderes además de a nuestro Pavoroso Padre y su alma no puede ser redimida. La tuya, por el contrario, si abandonas a tiempo esta fútil empresa, podrá ir a descansar al Vacío en paz una vez tu tiempo expire en este mundo."
Lucien comenzó a perder la paciencia. ¿A qué venía aquel reproche ahora?, ¿acaso no cumplía sus funciones como Oyente mucho más competentemente que su predecesor?
¡La Madre Noche debería entender su postura!, ¡los motivos que le arrastraban a conservar la sociedad en la que vivían! La Hermandad Oscura se nutría de contratos mercenarios solicitados por gente que vivían en un modelo de sociedad determinado, pero si esto cambiaba... ¿cómo podrían ellos matar en nombre de Sithis como esclavos bajo el yugo de Mehrunes Dagon?
"Tus sentimientos no son en modo alguno reprobables, Oyente, pues sé que tu negro corazón está con el Padre Terror Sithis en todo momento." - expuso el fantasma, percibiendo la rabia y la duda en el hombre - "Pero tu alma es voraz, destructiva en sumo grado, y no la estás sabiendo canalizar conforme a los intereses de tu Oscura Familia, sino en favor de tus propios deseos egoístas... de tus instintos más primitivos."
El imperial echó la cabeza hacia atrás, confundido.
¿De sus instintos más primitivos, decía? O sea... ¿que todo esto venía porque se estaba cepillando a la chica?
¿Desde cuándo estaba mal follar con una subordinada de la Organización si ambas partes eran adultas, tenían claro lo que querían y consentían?
"Tus escarceos con tu Silenciadora no son el principal problema, Hijo, sino tu creciente obsesión por la adrenalina, por la emoción, por el descontrol, por la sangre." - anunció la Matrona Impía como si augurase alguna suerte de profecía - "Te estás condenando y no te quieres dar cuenta. Tu senda, en pos de los pasos de ésa muchacha dirección al Oblivion, solo te llevará por el camino de la amargura y terminarás abocado a la demencia. Nunca volverás a ser quien eras."
¿Y qué quería que hiciese?, ¿quedarse sentado de brazos cruzados mientras gente inútil e incompetente trataba de tomar las riendas de la situación?
¡No!, ¡él sabía cómo hacer las cosas!, ¡él sabía abordar los problemas con eficacia demostrada!
Lo que aún no le cabía en la cabeza es cómo seguía habiendo gente tan estúpida y tan poco preparada en el poder... porque si de él dependiera...
"A eso mismo me refiero."
Sobresaltado, no ya tanto de que la Madre Noche pudiera leer en sus pensamientos, sino de que su cadena de razonamientos se le fuera por aquellos derroteros, Lucien Lachance pegó un traspiés hacia atrás con tan mala suerte que el farol que portaba en la diestra se le acabó cayendo al suelo, quebrándosele los cristales del armazón a causa del impacto y apagando la llama de la vela en su interior, dejando al hombre completamente a oscuras en la noche cerrada.
Observando el destrozado farol atónito, el Oyente giró un instante la cabeza encapuchada, hacia la estatua de la Anciana Afortunada sumida en la negrura.
"Reflexiona sobre lo que te he dicho y no bajes la guardia, pues el peligro acecha muy cerca... y de un modo inesperado. Sé precavido... Oyente."
Al terminar de registrar aquellas palabras en su subconsciente, Lucien quedó un instante quieto, meditabundo, no sabiendo cómo interpretar todo aquello.
¿Por qué la Madre Noche le había advertido de que había peligro...?, ¿se refería a un peligro para su alma? Pero... si él le era leal... él más que nadie cumplía la voluntad de Sithis a rajatabla.
¿Por qué entonces?, ¿qué era exactamente lo que había hecho mal? ¡Que alguien se lo dijera y lo corregiría de inmediato sin dudar!
Confundido y un tanto... molesto por aquella conversación incomprensible y llena de dobles significados, trasfondos y advertencias ambiguas, el imperial abandonó Bravil aquella noche sin estrellas a lomos de su leal y sobrenatural yegua sombría con la intención de regresar a Fuerte Farragut, si no aquella misma noche, en cuanto despuntara el alba para dormir un rato y... si se daban las circunstancias apropiadas y la pillaba por banda, servirse del cuerpo de su jovencísima amante para desquitarse de aquel sentimiento de contrariedad furiosa que se iba adueñando de él por momentos.
Bastaba que le dijeran que era un primitivo para que se encabronara y su mente procesase deseos primitivos. Así de fácil.
Sin embargo, horas más tarde, algo más despejada la mente del hombre a causa del frío, los cascos de Shadowmere apisonaban furiosamente la carretera de circunvalación del Anillo Rojo para rodear la Ciudad Imperial por el Sudeste y entrar después por el Camino Negro, directos a Cheydinhal.
El cielo seguía encapotado, oscuro como un charco de petróleo sin fondo, sin estrellas por las que guiarse. Y las lunas Masser y Secunda permanecían invisibles.
Fue entonces que, en mitad del cortante silbido del aire, los oídos, tanto de la montura como del jinete, atinaron a oír un aullido. Un aullido que nada tenía que ver con el aullido convencional de un lobo. Y lo sintieron aterradoramente cerca.
En medio de la tenebrosa espesura a ambos lados del camino, veloz como el galope de la mera sombra del Vacío, una corpulenta figura se les echó encima con una agilidad y una fuerza pasmosas para, tras tirar al jinete imperial de su montura, emprenderla contra el equino de ojos rojos que, tras piafar un par de veces furiosamente, intentó golpear a su agresor.
Y Lucien, incorporándose rápidamente desde el suelo, fue a desenvainar su espada hasta que contempló, atónito y horrorizado, que la bestia se erguía sobre sus dos zancas traseras y tenía asida a Shadowmere con los dientes por el cuello.
La yegua, produciendo lastimosos ruidos ahogados de dolor, presentaba los ojos en blanco y un hilo de sangre resbalaba por entre las negras comisuras de su boca. El resto de su cuello se hallaba por completo teñido de carmesí bajo las mandíbulas del monstruo.
- ¡SHADOWMERE! - bramó el Oyente, furioso, cargando contra la enorme alimaña, casi del tamaño de la propia yegua a cuatro patas, espada de plata en mano.
Pero la fiera, sin soltar la presa que tenía hecha con el negro equino, se viró violentamente para, tras atinar a distinguir Lucien apenas el destello en la oscuridad de un juego de garras impresionantemente largas y afiladas, encontrarse volando un par de metros hacia atrás mientras su arma volaba otro par de metros justo en dirección contraria.
La bestia entonces liberó finalmente la presa que tenía hecha con Shadowmere en cuanto notó que la yegua aflojaba bajo su agarre, completamente flácida como un muñeco de goma, y tiró a por el jinete.
Lucien Lachance apenas si tuvo noción del modo en que evadió la primera embestida del monstruo, pero rodó a un lado y, poniéndose en pie de un solo salto, corrió como una liebre a por su caída espada.
Sin embargo, al ir a tomarla, una enorme garra negra como la pez la pisó, impidiendo que el imperial pudiera levantarla del suelo. Y entonces, solo entonces, Lucien alzó la vista para contemplar a qué se estaba enfrentando.
De un par de metros de envergadura totalmente erguido, cubierto de espeso y duro pelaje oscuro de arriba abajo como la fiera salvaje que era, morro afilado, con el rabo alzado en clara postura ofensiva, armado con cosas tan naturales como terribles como los son garras y dientes puntiagudos semejantes a los de los tiburones, y con los amarillos ojos fijos en su presa, fulgurantes en la noche, aquella cosa lanzó un poderoso rugido a escasos centímetros del rostro del Oyente, tirándole la capucha hacia atrás y llenándole el rostro de sangre y saliva en el proceso.
- ¡LICÁNTROPO! - gritó el imperial a todo pulmón antes de hacerse a un lado y evadir en el último segundo la tarascada que la bestia le dio.
Inmediatamente, y sin tener muy claro de dónde había sacado semejantes reflejos, el Hombre Oscuro se sacó un puñal de la bota y apuñaló al monstruo a traición en el hocico, punto sensible donde los haya para cualquier cánido.
Sorprendida y terriblemente furiosa por el dolor, la fiera sobrenatural gañó dañada y tardó unos segundos en recuperarse, segundos que Lachance no dudó en aprovechar para salir corriendo hacia la espesura. A campo abierto nunca tendría ninguna oportunidad.
Hacía muchos años que no corría de semejante modo ni hacía un esfuerzo tan anaeróbico como aquel. Ya no era ningún chaval y aquello de correr de ésa manera le pasó inmediatamente factura en cuanto comenzó a faltarle el aire.
Desde luego habría cubierto alrededor de un par de kilómetros corriendo sin parar entre unas cosas y otras y se alegró de haber resistido tanto.
Evitando pararse para que el costado no le diera pinchazos, el imperial aminoró su desenfrenada carrera hasta convertirla en un caminar nervioso, vigilante.
Estaba sudando por cada poro de su cuerpo y notaba cómo le latían las sienes y le pitaban los oídos con fuerza. Trató de no jadear demasiado para que nada pudiera delatar su presencia.
Sithis, con una alimaña así de poco o nada le serviría el anillo que le otorgaba la completa invisibilidad. Aquellas cosas se guiaban por el olfato y, pese a no poder verte, podían rastrearte a mucha distancia... se preguntaba si a la suficiente para detectarle tras su carrera ininterrumpida por el bosque.
Esperaba que la cuchillada en el hocico se lo hubiera incapacitado o al menos atrofiado lo bastante como para no ser capaz de seguirle la pista.
Oh, Dulce Madre... ¿dónde estaba? No podía guiarse por las estrellas, pues los cielos se presentaban oscuros... y aún no había logrado vislumbrar ni rastro de los astros celestes de Masser y Secunda...
Pero pronto se quedó quieto en el sitio, helado al percatarse de la ausencia de pájaros o grillos en el ambiente.
Aquel silencio... de muerte...
Trató de oír pese al zumbido que comenzó a llenarle la cabeza segundos después.
Y el zumbido se transformó en voces... voces venidas de ninguna parte.
"Nos sacrificaste..."
No... por Sithis, ahora no, por favor...
"¿Qué hicimos mal?"
"Padre, te lo rogamos..."
"Estás loco."
"¡Maníaco!, ¡tú me has destruido! ¡Destruiste mi vida!"
Que se callasen ya, que se callasen ya...
"¡¿Te gustó matarme, Lachance?!, ¡¿te gustó matar a mi madre?!"
¿Cuántos fantasmas vendrían a torturarle en aquellos instantes...?, ¿por qué precisamente ahora...? Necesitaba concentración, concentración...
"Yo creía que me amabas... di mi vida defendiéndote frente a él."
"Nosotros también creímos que nos querías."
"¡Mentiroso!"
"¡Desalmado!"
"Supongo que debió de fastidiarte mucho eso de que no pudieras matarme aquella vez, ¿verdad? Me engañaste ofreciéndome un lugar en la Hermandad... para luego sacrificarme."
Ocheeva... Teinaava... Bellamont... María... Telaendril... ¿cuántos más vendrían a tratar de sorberle los sesos con sus lloros y lamentos? ¡Que se fueran todos al infierno!
"Alimaña..."
"¡Rata inmunda!"
"Eres una bestia... ¡y bajo los dientes de una bestia vas a perecer!"
La Luz de Revenant se mostró entonces en aquel instante en todo su esplendor tras el denso manto de nubes que venían tapando la fusión de Masser y Secunda en un solo astro: la Luna de Sangre.
No oyó a sus espaldas los pesados jadeos del animal, pues los tenía tapados para tratar de no oír las voces.
No vio nada, pues sus ojos estaban ciegos en la oscuridad.
Y solo sintió el dolor... cuando los afilados colmillos del hombre-lobo se le hundieron hasta la encía cerca del cuello, en el trapecio izquierdo.
Gritando de dolor, Lucien Lachance cayó de boca contra el suelo con todo el peso del licántropo sobre él y este, una vez le soltó y el imperial logró darse la vuelta tumbado, comenzó a hacerle tiras la túnica, la ropa y la piel.
El imperial aún conservaba el puñal en la mano con el que, en un intento por defenderse, seccionó superficialmente la garganta del monstruo.
La fiera comenzó a escupir sangre y Lucien, lográndose poner de rodillas, se lanzó a por su cuello musculoso y... le mordió con todas sus ganas.
En un instante se le llenó la boca de sangre oscura y, aprovechando el dolor y el desconcierto de la sobrenatural criatura, se puso a apuñalarle en la espalda velluda mientras no soltaba la presa que tenía hecha de su cuello con los dientes, que podrían ser romos como los de cualquier primate evolucionado, pero tenían una fuerza prensil considerable.
En cuanto la bestia lobuna comenzó a perder fuerza, el imperial tiró hacia atrás la cabeza con los músculos del cuello y, con el impulso, logró arrancarle un trozo de pellejo sangriento con los dientes que escupió de inmediato.
La presa humana, metamorfoseada ahora en cazador, le dirigió a la bestia agonizante una sonrisa sardónica de dientes coloreados en granate mientras resoplaba, complacido de ver que aquella temible fiera hubiera sucumbido bajo el filo de su hoja.
Pero, ante los atónitos ojos enrojecidos del imperial, el licántropo comenzó a mutar y a retraerse sobre sí mismo hasta que las garras dieron paso a las manos, el pelaje oscuro dio paso a la piel clara y la cabeza de morro alargado dejó paso a un rostro humano de rubios cabellos ensortijados.
Un rostro herido y aterrado.
Incapaz de proferir ningún sonido articulado a consecuencia del corte en la garganta y del mordisco, el infeliz, cubierto de sangre y totalmente desnudo, trató de gritar hasta que la mano de Lachance alcanzó su cuello y le presionó a pulso la yugular.
De rodillas ambos, bajo el agarre del imperial, el cuerpo convulso del otro hombre, apenas un muchacho, tembló de miedo. Lachance entonces le atrajo hacia sí haciendo que le mirase a los ojos.
- Querías matarme, ¿eh? - siseó con la boca llena de la sangre del otro - ¡Querías matarme a mí, miserable! ¡A MÍ!
Le zarandeó de lado a lado como si fuera un pelele y el chico, a medida que se desangraba, comenzó a llorar en silencio.
Al ver las lágrimas del muchacho, una súbita furia rabiosa se apoderó del imperial y este comenzó a estamparle repetidas veces la cabeza contra el suelo.
- ¡Patético!, ¡patético!, ¡patético! - vociferaba sin percatarse de que, al tercer golpe, le había reventado el cráneo por detrás y el joven rubio había muerto en el acto - ¡PATÉTICO!
Una vez se calmó y vio que el chico ya no respiraba, aventó con desprecio su cuerpo sin vida a un lado como si fuera una cosa inmunda y gritó de rabia.
Gritó hasta desgañitarse. Gritó hasta que le dolieron la garganta y los pulmones.
Gritó como nunca había gritado antes en toda su vida y se dejó caer al suelo jadeando, sudando como si estuviera en pleno verano y no en mitad de un bosque helado a varios grados bajo cero y con la ropa hecha trizas.
Pero en cuanto logró calmarse, las voces regresaron.
"Qué lástima que no te matara."
"Era un inocente, ¿sabes? No tenía ni idea de lo que hacía."
"Pero a ti eso te la suda por completo, ¿verdad?"
"Asesino, maldito hijo de..."
- ¡QUE OS CALLÉIS! - bramó Lachance. Y su grito se propagó en eco por toda la espesura arbórea en penumbra.
No lo lamentaba. No se arrepentía. No lo sentía.
No... no lo sentía para nada... él... no sentía nada.
Ni pena o arrepentimiento. No lamentaba lo que había hecho. No lamentaba sus muertes. Ni las de ellos ni la del chico.
Fuisteis débiles... por eso estáis muertos y yo no... Y yo estoy vivo porque soy más fuerte que todos vuestros lamentos juntos. Mi voluntad... es más fuerte que la vuestra.
Ellos no estarían en su cabeza, nunca más. No les permitiría entrar de nuevo.
Se puso en pie y comenzó a reírse como un lunático al tiempo que, por puro instinto, desandaba sus pasos y llegaba nuevamente al camino, donde solo un enorme charco de sangre oscura yacía donde tenía que haber yacido el cadáver de Shadowmere.
Shadowmere no puede morir... y yo no he muerto.
Aquella verdad era tan universal como real y auténtica. Ambos seguían vivos. Su yegua en el Vacío, esperando a ser ligada a este Plano de nuevo, y él allí, en el camino, cubierto de sangre y medio desnudo.
Sin embargo no quiso llamar al espíritu tenebroso de su montura en aquel momento. En realidad tenía constancia de que la había visto morir y su mente se desquiciaría en cuanto que la viera respirar de nuevo ante sus ojos, tenebrosa y bella como siempre, sin rastros de sangre o heridas que dieran fe del ataque que ambos habían sufrido. Y no podía lidiar con aquello en ése instante.
Por eso mismo anduvo por el camino medio ido, ausente por completo de la realidad circundante hasta que, en un momento dado de la noche, un carromato de transporte pasó por su lado y, al verle en aquel estado, se detuvo y las personas que había sentadas corrieron a auxiliarle.
Pronto se vio sentado a su vez en uno de los lados del carro, arropado con una manta, iluminado por la luz de dos farolillos y permaneciendo callado a las preguntas que aquella buena gente le hacía al respecto de su actual condición.
- ¡Por Los Nueve!, ¿está usted bien, señor?
- ¿Qué le ha ocurrido?, ¿le ha atacado un animal?
- ¿Cómo se encuentra?
Y Lucien contemplaba a aquella gente aún medio ausente, con el cuerpo adolorido y el repugnante olor a sangre coagulada que se le estaba filtrando por momentos a través de las fosas nasales...
- ¡Déjenle tranquilo! Cuando lleguemos a Cheydinhal ya daremos parte a la Guardia local para que investiguen. Se ve que lo ha tenido que pasar muy mal el pobre...
Pero... ¿qué estaba diciendo aquella gente?
Oh, Sithis... cómo le escocía el mordisco en el trapecio izquierdo... cómo le escocía...
- Pero tendremos que saber si se ha roto algo. Tiene marcas de mordiscos y zarpazos. – dijo una mujer con gesto de preocupación, dirigiéndose a él - ¿Le duele algo, señor? Dígame cómo se encuentra.
Y Lucien esta vez centró su vista y su atención. Y la mujer pegó un súbito respingo, helada, al percatarse que los ojos de aquel hombre... refulgían con un amarillento brillo maligno en la oscuridad.
La boca se desplegó en una magnífica sonrisa plagada de enormes dientes puntiagudos, blancos como perlas.
- Bien... – dijo el imperial con una voz extraña, ligeramente distorsionada – Me encuentro... muy bien.
Nota de la autora: ayyyy... qué sueño tengo... D:
No sé si la estructura del capítulo está bien, lo acabo de terminar en una ronda de inspiración inoportuna (inoportuna porque aún estoy de exámenes) y puede que este fin de semana, con más tiempo y tiento, lo revise y lo edite un poco.
Tule91: muchísimas gracias por todo el apoyo que me estás dando, en serio, tus comentarios hacen que me entren ganas de escribir a lo bestia. Como ves, estoy cambiando el hilo argumental de tal manera que, siguiendo el espíritu de Oblivion, también le demos protagonismo a personajes que pueden dar mucho juego en un conflicto armado :D
Hale, me marcho a dormir, que es tardísimo y toca examen a tercera hora D: ¡Un saludo! ^^
[Editado]: al final he cambiado cuatro detallitos sin importancia y alguna falta de ortografía descuidada. No está mal para haberlo escrito con más sueño que once viejas en columpio :D
