Bueno... Siento mucho haber tardado tanto en colgar el último capítulo, de verdad que no pensaba estar tanto tiempo sin publicar, pero es que mi ordenador se ha rebelado en el peor momento posible... En fin, ya no volverá a ocurrir. Fundamentalmente porque este es el último capítulo... snifs snifs... Espero que os guste, y que os deje buen sabor de boca, ya que he sido tan mala durante algunos capítulos.
- CAPÍTULO 37 -
El Niño Que Vivió
Harry encontró a Ginny en el Gran Comedor, cuando todo Hogwarts se encontraba desayunando. Acababan de Aparecerse ante la verja de los terrenos con la profesora McGonagall. Cuando entraron en el castillo Harry no perdió el tiempo en dar ningún tipo de explicación: se limitó a atravesar las puertas abiertas del Gran Comedor y recorrió los metros que le separaban de la mesa de Gryffindor, ignorando los murmullos que lo perseguían y las miradas fijas en él. Al fondo, en la última de las mesas alargadas, podía entrever una mata de cabellos llameantes, y centró la vista en ellos, sin molestarse en mirar nada más.
Se detuvo frente a ella.
Neville levantó la cabeza y, al verlo, propinó un codazo a Ginny, que tenía la cabeza inclinada sobre un plato lleno de salchichas y arenques ahumados y no se había percatado de la llegada de Harry ni del silencio opresivo que había provocado en el Gran Comedor. Ella miró a Neville, sorprendida, y, cuando él señaló a Harry con un gesto, levantó la vista.
Al ver a Harry de pie, frente a ella, abrió la boca, y después volvió a cerrarla. Pareció ir a decir algo, pero al ver la mirada intensa de Harry fija en sus ojos, se echó a temblar y dejó caer el tenedor y el cuchillo. Ginny paseó la vista por la túnica sucia y rasgada, por el arañazo que Harry tenía en la mano derecha y por el pelo revuelto, la capa polvorienta y la expresión indescifrable, pétrea. Pese al temblor que sacudía todo su cuerpo, no dijo nada.
Él tampoco.
Ginny se levantó lentamente y rodeó el banco y la mesa para llegar hasta él. Harry la siguió con la mirada hasta que llegó, y entonces, aún con los ojos fijos en ella, metió la mano en el bolsillo de la túnica y sacó algo, que puso en la mano de Ginny. Ella miró los dos pedazos de la varita de Voldemort sin pestañear, y volvió a mirar a Harry, interrogante. Él asintió.
Ginny bajó de nuevo los ojos hasta posarlos en los pedazos de la varita, ignorando el hecho de que todo el Gran Comedor parecía estar conteniendo la respiración.
- ¿Ya está? - preguntó con la voz entrecortada.
Harry volvió a asentir.
- Ya está.
Ginny volvió a temblar cuando levantó la cabeza, y Harry vio que tenía los ojos húmedos. Sin embargo, no tuvo tiempo de reaccionar. Ginny le echó los brazos al cuello y, para su sorpresa, comenzó a sollozar. El rostro de Harry no varió cuando le cogió la barbilla y la obligó a levantar la cabeza y mirarle.
Sonrió, mientras le pasaba un dedo por la mejilla en una caricia y enjugaba la lágrima que rodaba por su pómulo. Acarició también la naricilla respingona de Ginny, que cerró los ojos, dejando las pestañas adornadas de brillantes gotitas saladas. Y la besó.
Su corazón entonó un canto de aleluya cuando Ginny respondió a su beso, apoyándose contra él, incapaz de oír los murmullos, exclamaciones, silbidos y risas. La abrazó con fuerza, intentando levantar la cabeza para lanzar al universo una mirada desafiante, y, en lugar de eso, se echó a llorar.
- ¿Me dejas el periódico? Gracias - dijo Hermione, y, sin esperar respuesta, le arrebató un ejemplar de El profeta a Michael Corner y volvió a su mesa antes de que él tuviera tiempo de protestar. Se sentó y desplegó el periódico -. Tengo muchas ganas de ver lo que... Oh, vaya, Harry, hoy has conseguido la portada.
Harry apenas levantó la cabeza, ya que aún podía sentir toda su sangre acumulada en el rostro. Se había puesto de un color granate intenso al darse cuenta, cuando Ron le apartó de su hermana y le obligó a sentarse, de que había besado a Ginny en mitad del Gran Comedor y delante de todos los alumnos, los profesores y demás personal de Hogwarts. Entre Ron y Hermione lograron desviar en cierta medida la atención, pero aún se oían suficientes comentarios y risitas como para que el rubor desapareciera de su faz. Y de la de Ginny, también. Pese a que había comprendido que ya no importaba que les viese todo el colegio, todo el mundo entero, todo el universo, no podía evitar sentirse avergonzado.
Verse allí, en la primera página de El Profeta, bajo el enorme titular, la misma foto de sonrisa tímida que ya había publicado años atrás El Quisquilloso, no le sirvió precisamente para tranquilizarse. Hundió la nariz en su copa de zumo de calabaza y deseó poder salir de allí, por la puerta, por la ventana o hundiéndose en el suelo. Hermione ignoró su expresión desconsolada, abrió el periódico y comenzó a leer.
EL NIÑO QUE VIVIÓ
El Ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, ha confirmado a este periódico que El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado murió anoche en el Valle de Godric, tras casi dos décadas intentando hacerse con el control del mundo mágico. En una conferencia de prensa convocada a altas horas de la madrugada, el Ministro aseguró, asimismo, que el autor de la muerte de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado había sido Harry Potter, El Elegido.
Rufus Scrimgeour confirmó también que el Ministerio de Magia había guardado durante años la grabación de una profecía referente a Harry Potter y a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Pese a que el Ministro no conocía las palabras exactas de dicha profecía, un trabajador del Departamento de Misterios, Jonathan Croaker, que se encargó de hacer la grabación cuando la profecía fue pronunciada, aseguró en primicia a El Profeta que las palabras exactas son las siguientes: "El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca. Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes. Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce. Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno podrá vivir mientras siga el otro con vida".
Estos datos confirman sin lugar a dudas que Harry Potter es El Elegido, ya que, como todos sabemos, nació el 31 de julio de 1980 y sus padres, James y Lily Potter, pertenecían a la Orden del Fénix y se enfrentaron con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado exactamente en tres ocasiones, según nuestros archivos. Ayer Harry Potter demostró la veracidad de la profecía al derrotar y matar a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado, aunque no conocemos más datos acerca de cómo consiguió vencerlo, de forma que no sabemos a qué se refería la profecía al hablar de ese poder desconocido.
De cualquier forma, el Ministro de Magia informó anoche de que el Comité de Relaciones Institucionales está estudiando la posibilidad de nombrar a Harry Potter miembro honorario del Wizengamot y Asesor Directo del Ministro. Lo que ya está confirmado es la instauración oficial, por parte de la Confederación Internacional de Magos, del 20 de mayo como Día de Harry Potter, mientras el Ministerio de Magia alemán ha enviado un comunicado asegurando que apoyará la moción presentada por el Ministerio de Magia italiano para erigir un monumento a Harry Potter en el Valle de Godric, donde también la antigua Calle del Oeste pasará, a partir de hoy, a llamarse Calle de Harry Potter, y...
- ¿Cómo es que Croaker conocía el contenido de la profecía? - preguntó Ron, lanzando una mirada de soslayo al enrojecido Harry -. Pensé que sólo la sabía Dumbledore...
- No sé - respondió Hermione, con la mirada todavía clavada en el periódico -. Alguien tenía que hacer esa grabación, ¿no? Supongo que Dumbledore se la contaría con la promesa de que nunca la revelaría a nadie. Recuerda que nadie sabía realmente mucho sobre el trabajo de los inefables... Todo lo que hacían era alto secreto.
- Sí, pero ahora lo ha propagado a los cuatro vientos.
- La profecía ya se ha cumplido - dijo Hermione -. Así que ya no importa.
Harry tamborileó los dedos sobre la mesa, pensativo, y después dirigió la mirada hacia su derecha, donde Ginny permanecía con la cabeza gacha. Un poco más allá estaba Neville, con una expresión extraña, mezcla de confusión y el terror más absoluto. Se había quedado pálido, con los ojos desorbitados, la mirada perdida en algún lugar de la pared opuesta del Gran Comedor.
Harry suspiró y se inclinó sobre Ginny.
- Supongo que tendré que ir a hablar con Neville - susurró, de forma que sólo ella, Ron y Hermione pudieran oírlo -. Hasta ahora.
Se incorporó, tratando de no llamar demasiado la atención, y fracasó estrepitosamente: además de la escenita que él y Ginny habían protagonizado instantes antes, todo el colegio se había enterado ya a esas alturas de que había logrado matar a Lord Voldemort, y era muy difícil encontrar un par de ojos en todo el Comedor que no estuvieran fijos en él. Trató de ignorarlos mientras pasaba por encima del banco y rodeaba a Ginny.
- Neville, ¿te apetece dar una vuelta? - preguntó en voz baja, inclinándose sobre el hombro de Neville. Éste dio un respingo y lo miró con los ojos muy abiertos, espantados. Harry trató de sonreír -. Venga, vámonos - añadió, agarrándolo suavemente del brazo y tirando de él.
Finalmente consiguió que Neville se levantara y lo siguiera como un autómata hasta las puertas del Gran Comedor, y más allá, atravesando el Vestíbulo hasta que salieron a la brillante luz del sol de finales de primavera. Cuando bajaron la escalinata de entrada al castillo, Harry se volvió hacia él y sonrió tristemente.
- De modo que te has dado cuenta, ¿verdad?
Neville lo miró, asustado; tragó saliva y asintió.
- Mira, Neville... -. Carraspeó -. Yo sabía que tú... que yo... que tú también podrías haber sido el de la profecía. Pero no lo fuiste...
- No lo fui - repitió Neville automáticamente, como si realmente no hubiera escuchado lo que Harry estaba diciendo. Él volvió a suspirar.
- No, Neville, no lo fuiste - insistió -. Escucha, ya sé que tú también naciste cuando decía la profecía, y que tus padres... tus padres se enfrentaron con Voldemort tres veces, como los míos. Pero la segunda parte de la profecía...
Neville clavó los ojos en los de Harry por primera vez, con expresión indefinible.
- No sé lo que significa - admitió -. Creo que... que ni siquiera la he escuchado. Después de oír lo de...
- Ya - asintió Harry -. Bueno, por resumirlo de alguna manera, digamos que Voldemort tenía que elegir entre tú y yo a aquel que iba a poder derrotarlo. Tenía que marcarlo como su igual, según la profecía. Claro que Voldemort no sabía esa parte... Pero aún así lo hizo. Me marcó - señaló su frente con un ademán -. De modo que la profecía no hablaba de ti, al fin y al cabo.
- Pero sólo porque él no me eligió - musitó Neville, y se sentó en el último escalón de piedra.
- Si lo hubiera hecho, tus padres habrían muerto, Neville. Y tú habrías tenido que matarlo a él. O morir a sus manos.
Neville se mordió el labio.
- Mis padres están peor que muertos, Harry - dijo en voz apagada -. A pesar de todo.
- Pero tú no has tenido que enfrentarte con él - recalcó Harry -. Escucha, Neville. Sé que tu vida no ha sido nada agradable, pero te aseguro que tener esta cicatriz la habría hecho aún peor. Créeme: no me siento nada orgulloso de haber matado a Voldemort. Fuera quien fuera, un asesinato es lo último que querría haber tenido que cometer en toda mi vida. Y te aseguro que no lo olvidaré mientras viva.
Neville permaneció en silencio un minuto o así, observando el camino y los árboles lejanos con un gesto sombrío.
- ¿Cómo fue, Harry? - preguntó al fin -. Matar a... a Voldemort, quiero decir.
Harry no pudo contener una sonrisa al oír a Neville pronunciar su nombre por primera vez. Y lo había hecho antes que Ron. Bien por él. Se sentó a su lado en el escalón.
- Lo maté, nada más - respondió lacónicamente -. Era lo que tenía que hacer.
Por un momento, Neville lo miró sin comprender. Después suspiró y le dio una palmada en la mano, que Harry tenía apoyada sobre la rodilla.
- La profecía te obligó, ¿no? - musitó en tono comprensivo -. Si me hubiera elegido a mí, yo también me habría visto obligado a hacerlo...
Harry apoyó el codo sobre la rodilla y miró a lo lejos, hacia el Bosque Prohibido.
- ¿Sabes?... En realidad, no. Podría haber elegido no hacerlo - contestó -. Pero aún así lo hice. Voldemort me eligió, me marcó, mató a mis padres y me ha arrebatado a mucha gente que era importante para mí. Yo elegí enfrentarme con él: nada me obligó.
Pero Neville pareció comprender que aquello no le hacía sentirse orgulloso, porque suspiró y entrecerró los ojos.
- No sé si yo habría sido capaz de hacer lo mismo, en caso de que... Bueno, ya sabes.
Harry torció la cabeza y lo miró.
- Sí, lo habrías hecho. Mírame: no soy nadie especial, Neville, no importa lo que diga la gente. Tú me conoces mejor que ellos. Y, sin embargo, lo he hecho.
Neville esbozó una sonrisa tristona.
- ¿Crees que mi madre se habría sacrificado por mí, como hizo la tuya, si Quien-Tú-Sabes me hubiera elegido a mí?
Harry pasó un brazo por encima de los hombros de Neville y lo acercó hacia sí. Después, ambos desviaron la mirada hacia los terrenos de Hogwarts, donde el sol brillaba alegremente sobre las copas de los árboles del Bosque Prohibido.
- No tengo ninguna duda - respondió sencillamente. Neville suspiró.
- Yo tampoco.
Harry bajó lentamente la escalinata de mármol, sin hacer caso de las miradas y cuchicheos que surgían a su paso. Después de soportar lo mismo, día tras día, durante más de un mes, se había acostumbrado a ellas, y apenas las percibía pese a que le perseguían allá donde fuera. Si antes había llamado la atención, y había habido épocas en las que ni siquiera era capaz de salir a la Sala Común de Gryffindor sin atraer miradas, murmullos, comentarios e incluso (en ocasiones que habría preferido olvidar) insultos e increpaciones, después de matar a Lord Voldemort aquello se había incrementado hasta llegar a un punto francamente insoportable. Sin embargo, Harry había optado por ignorarlo. Al fin y al cabo, se decía, él ya había hecho lo que tenía que hacer, y pensaba llevar una vida normal a partir de entonces, hiciera lo que hiciese el resto de la humanidad. Si querían hablar de él, adelante: no tenía intención de permitir que aquello influyera en su vida.
Junio tocaba a su fin, y con él el curso y, para los de séptimo, su etapa escolar. Las últimas semanas habían sido bastante extrañas para ellos, no sólo por el hecho de saber que Lord Voldemort había desaparecido por fin y, con él, aquello que amenazaba su vida y la de toda la sociedad mágica: apenas habían tenido clases, y habían dedicado el tiempo a plantearse su futuro profesional, una vez que llegaron las calificaciones de los ÉXTASIS y supieron a ciencia cierta si podían o no hacer realidad sus aspiraciones.
Hermione, por supuesto, sacó nota máxima en prácticamente todas las asignaturas, excepto en Defensa Contra las Artes Oscuras, donde Harry logró, una vez más, superarla. Pero con su currículum podía elegir la profesión que le viniera en gana, como recalcó la profesora Sinistra en varias ocasiones, tantas que llegó un momento en que todo el curso se sabía las calificaciones de Hermione de memoria. Ella pasó semanas enteras vagando por el castillo como alma en pena, cavilando acerca de su futuro y preguntando a todo el que se le ponía delante qué opinaba él o ella que debía elegir, hasta que la gente empezó a esquivarla y Hermione tuvo que tomar su decisión ella sola. Finalmente, una tarde, les dijo que había elegido solicitar su ingreso en el Ministerio de Magia, en el Departamento de Control de Criaturas Mágicas. No lo dijo, pero Harry y Ron intercambiaron una mirada elocuente:
- Quieres que el Ministerio acepte tu Peddo, ¿no es así? - preguntó Ron, con una mueca de fingida desesperación.
Hermione levantó la nariz y respondió dignamente: - Pues sí, espero que desde allí se me permita trabajar por los derechos de las criaturas que conviven con los magos, y lograr mejorar su situación laboral...
Harry soltó una carcajada cuando Ron sacó la lengua y fingió ahorcarse a sí mismo con el asa de su mochila.
De no haber sucedido lo que sucedió días después del enfrentamiento entre Harry y Voldemort, probablemente Ron habría estado inconsolable durante todo el mes, ya que, aunque no fueron malas, sus notas no le permitían ni de lejos optar a una plaza en la Escuela de Aurores. Había aprobado Pociones por los pelos, y tampoco logró más de un Supera las Expectativas en Defensa Contra las Artes Oscuras, en Transformaciones y en Herbología, de modo que, pese al Extraordinario de Encantamientos, los responsables de la Escuela no iban siquiera a tomar en consideración su solicitud. Pero a Ron no le importó, gracias precisamente a eso que sucedió apenas una semana después de la muerte de Lord Voldemort.
Cuando cayó el Señor Tenebroso y los mortífagos restantes comenzaron a caer tras él, Rufus Scrimgeour dimitió de su cargo de Ministro, y propuso al Wizengamot que nombrase en su lugar a Kingsley Shacklebolt para sustituirlo. El tribunal aceptó tanto la renuncia de Scrimgeour (motivada, según él mismo, porque "ya no es necesario tener un ministro como yo, estamos en tiempos de paz") como el nombramiento de Shacklebolt, un mago al que todos sabían capaz y que había demostrado, con su carácter sereno y afable y su buen hacer como auror, que podía enfrentarse a cualquier tipo de circunstancia.
Lo primero que hizo Kingsley Shacklebolt como Ministro de Magia, después de comunicar su nombramiento al Primer Ministro muggle, fue pedir (no ordenar) a la Oficina de los Aurores que admitiesen en su Escuela a Harry, a Ron y a Hermione, como artífices de la muerte de Lord Voldemort. La Escuela les envió a los tres un impreso de admisión inmediata, independientemente de sus calificaciones en los ÉXTASIS y de las asignaturas que hubiesen cursado, con unas instrucciones muy precisas: si querían tomar posesión de su plaza en la Escuela de Aurores, debían firmar el documento y reenviarlo al Ministerio antes del 30 de junio. Hermione, por supuesto, renunció a su plaza, pero envió a Shacklebolt un mensaje en el que, por lo que Harry había podido averiguar, le decía que, si en algún momento había una plaza libre en el Departamento de Control de Criaturas Mágicas, estaría encantada de aceptarla.
Ron, por el contrario, apenas leyó el documento de admisión antes de firmarlo y enviarlo de vuelta con Pigwidgeon, a quien amenazó de muerte si se perdía, se entretenía por el camino o retrasaba la entrega por cualquier circunstancia. Una vez que la pequeña y aterrada lechuza hubo partido, se volvió hacia ellos y les dijo que, si bien nunca se le habría pasado por la cabeza rechazar semejante oferta, mucho menos pensaba hacerlo con Tonks como directora de la Oficina y, por ende, de la Escuela de Aurores. Y es que los cazadores de magos tenebrosos habían sufrido un gran descalabro con la deserción de Scrimgeour y la detención de Robards, y Tonks, como miembro de la Orden del Fénix, había sido la opción más lógica para hacerse cargo de la Oficina de los Aurores. Algo que, según dijo Ron, más risueño y alegre que nunca, iba a convertir sus años de estudiante y su posterior futuro profesional en "una gran juerga".
Harry, sin embargo, leyó varias veces el documento y se lo guardó en el bolsillo, respondiendo con un mero "Tengo que pensármelo" a las miradas atónitas de Ron y Hermione, y negándose a explicar nada más.
Lo que le sucedía, y probablemente Ron y Hermione lo habían entendido así, porque no le habían vuelto a preguntar por la solicitud de admisión, era que ya no estaba seguro de querer ser auror. Ni siquiera le animaba a intentarlo el hecho de saber que podía entrar en la Escuela sin necesidad de aceptar favores de nadie (cuando el día uno de junio llegaron sus calificaciones, incluso la profesora Sinistra se quedó boquiabierta: sólo había sacado un Supera las Expectativas en Pociones, y, el resto, eran todo "E"). Después de enfrentarse a Voldemort, tenía la sensación de haber tenido suficientes magos tenebrosos para llenar el resto de su vida, y, quizá, aún más. Sinceramente, en esos momentos lo que menos le apetecía era pensar en pasarse el resto de su existencia luchando contra ellos.
Por eso bajaba la escalinata de mármol un poco cabizbajo y meditabundo: porque estaba convencido de que la profesora McGonagall le había mandado llamar precisamente para hablar de aquello.
Cuando llegó a la gárgola de piedra, murmuró distraídamente la contraseña que McGonagall le había facilitado y no prestó atención cuando se apartó el muro para revelar la escalera móvil de caracol que conducía al despacho de la directora. Llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
La profesora McGonagall estaba sentada detrás de su escritorio, como de costumbre, rodeada de pergaminos. Levantó la mirada cuando Harry entró en su despacho, y se enderezó las gafas cuadradas en su gesto habitual, aunque en esta ocasión la expresión de su rostro, acostumbradamente severa y rígida, se veía suavizada por una leve sonrisa y un brillo titilante en los ojos color acero. Harry también se había acostumbrado a aquello: una vez pasado el susto inicial, cuando asimiló que realmente Harry había conseguido matar a Voldemort en combate, McGonagall había adquirido la costumbre de mirarlo con esa desconcertante expresión de orgullo y satisfacción cada vez que posaba los ojos en él.
Encima de ella, en su marco dorado, el rostro de Dumbledore estaba, si cabe, aún más satisfecho y orgulloso. No dijo nada cuando vio entrar a Harry; sin embargo, éste tenía muy presente la reacción de su antiguo director cuando acudió al despacho de la profesora McGonagall a contarle lo que había sucedido. McGonagall no se lo impidió, ni le pidió ningún tipo de explicación, sino que le facilitó la contraseña de su despacho y permitió que Harry se entrevistase a solas con el retrato de Dumbledore.
El anterior director de Hogwarts escuchó el relato de la lucha entre Harry y Lord Voldemort sin interrumpirle en ningún momento, y ni siquiera pestañeó cuando Harry le dijo que, según Ron y Hermione, se había matado a sí mismo, pensando que él era el último Horcrux. Sólo abrió la boca, atónito, al oír cómo Hermione había partido en dos la varita de Voldemort, y la barba plateada tembló visiblemente mientras escuchaba cómo Harry había matado a su enemigo con una Maldición Asesina. Cuando Harry terminó, el retrato de Dumbledore se quitó las gafas de media luna y lo miró con los ojos azules empañados.
- No tengo palabras para decirte lo orgulloso que estoy de ti, Harry - dijo con voz temblorosa -. Has demostrado, como si no lo hubieras demostrado ya suficientes veces, que eres un mago, y un hombre, fuera de lo normal. Sólo puedo decir esto: ha sido un privilegio conocerte, y ser tu profesor, tu director y, espero, tu amigo. Y habría merecido la pena morir por ti, no una, sino mil veces.
Y, para embarazo de Harry, el retrato de Dumbledore se inclinó profundamente ante él, y ese fue el momento que todos los retratos de los anteriores directores aprovecharon para hacer lo mismo. Incluso Phineas Nigellus hizo una leve inclinación de cabeza en señal de respeto. Cuando Harry salió del despacho, su mente daba vueltas, confusa y asombrada, abrumada e incrédula.
Afortunadamente, en esta ocasión los retratos de los directores anteriores se abstuvieron de hacer reverencias y señales de respeto ante él, y sólo el brillo azulado tras las gafas de media luna de Dumbledore insinuaban que, al menos, había una persona más escuchando aquella conversación entre él y la directora.
- Harry - decía McGonagall en ese momento -, me gustaría preguntarte una cosa.
Él enarcó las cejas en una pregunta muda, y se sentó en la silla frente a McGonagall, que no apartaba la mirada de él.
- Me gustaría saber - continuó McGonagall -, si te gustaría volver a Hogwarts cuando termines tus estudios en la Escuela de Aurores.
Esta vez sí, la expresión de Harry se hizo inconfundiblemente interrogante. McGonagall sostuvo su mirada.
- Como profesor - añadió.
Hubo un silencio incómodo, prolongado, durante el cual ambos se miraron fijamente a los ojos, evaluándose mutuamente. La profesora McGonagall esbozó una sonrisa tirante.
- Y date prisa, por favor. No creo que pueda soportar a McLaggen mucho tiempo más sin cometer un asesinato.
Harry no pudo evitar sonreír a su vez, pero el gesto se desvaneció en seguida. Tragó saliva, sin saber muy bien cómo explicarle a McGonagall lo que tenía en mente decirle. Ella, ignorando su confusión mental, continuó hablando.
- Tengo que hacer una remodelación a fondo del claustro de profesores. El profesor Slughorn ha decidido retirarse definitivamente, y no creo que nadie sea capaz de convencerlo de lo contrario. No tengo profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, y yo ya no daré Transformaciones a partir del año que viene: bastante he hecho con impartir la asignatura este año. A Dios gracias, he conseguido convencer a Hagrid para que vuelva con su futura esposa, y, por supuesto, él puede hacerse cargo de Cuidado de Criaturas Mágicas otra vez, y Olympe probablemente aceptará dar Transformaciones...
- ¿Hagrid va a volver? - preguntó Harry, sin prestar demasiada atención en realidad a lo que McGonagall le estaba diciendo.
- Sí - dijo ella -. También he convencido a William Dawlish para que imparta Pociones, al menos este año; con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado muerto y los mortífagos cayendo como moscas, los aurores no van a tener mucho que hacer durante un tiempo... Además, él y Tonks no se llevan demasiado bien. Coincidieron en Hogwarts, ¿sabes...?
- Creía que Dawlish era mucho mayor que ella - murmuró Harry, cavilando intensamente acerca de otra cosa y diciendo lo primero que se le pasó por la cabeza.
- No, no, son de la misma edad - respondió McGonagall -. Bueno, es igual. Por lo menos tengo profesor de Pociones para un año. Pero necesito un sustituto para McLaggen: no puedo tener profesores incompetentes en Hogwarts. Y tú eres la mejor opción, aunque primero tendrás que terminar tu formación, por supuesto.
- Profesora - comenzó Harry, vacilante -. Me siento honrado...
- ¿Pero...? - le interrumpió McGonagall, enderezándose de nuevo las gafas. Harry tomó aire.
- Pero me temo que he acabado un poco harto de Defensa Contra las Artes Oscuras. Y no sólo por Mc... por el profesor McLaggen.
La directora suspiró y se inclinó sobre la mesa.
- Imaginaba que dirías eso - dijo, y la sonrisa se esfumó de su rostro -. Pero... ¿Puedo preguntarte qué piensas hacer, entonces? Porque deduzco que tampoco vas a entrar en la Escuela de Aurores, ¿verdad?
- No - respondió Harry -. Ni siquiera he enviado la solicitud. Tampoco he devuelto el documento que me mandaron informándome de que tenía una plaza, cortesía del nuevo Ministro de Magia. Ya le he dicho que, por el momento, no quiero saber nada de Defensa Contra las Artes Oscuras. Más adelante - se encogió de hombros -, quién sabe.
- Pero, Harry - insistió McGonagall -, la Defensa Contra las Artes Oscuras siempre ha sido tu punto fuerte, y tú lo sabes. Comprendo que quieras tomarte un descanso, pero... Pero... ¿No piensas volver a...?
Harry volvió a encogerse de hombros.
- Por el momento, no - contestó -. Si tanto interés tiene, le diré que pienso dedicarme unos años al Quidditch -. Sonrió ante la expresión de desconcierto de la directora -. He recibido una carta de Viktor Krum.
- ¿K-Krum? - preguntó McGonagall, sin comprender -. ¿Viktor Krum?
- Ajá - dijo él -. Parece ser que se ha retirado del juego y ha aceptado entrenar al London Eagles. Está cansado de recibir bludgers en la cabeza, supongo - rió -. El caso es que la única condición que ha puesto es que me fichasen a mí como buscador, y el equipo ha dicho que un buscador que ya es famoso antes de empezar a jugar es precisamente lo que necesitan para aumentar el número de socios. Así que me lo ha propuesto... y yo he aceptado.
McGonagall lo observó unos minutos con la boca abierta, sin decir nada. Después, en un gesto tan poco habitual en ella que Harry apenas pudo reconocerlo, se tapó la boca con la mano para ocultar una sonrisa.
- De modo que vas a ser un jugador profesional de Quidditch... Bien, quién lo habría pensado - dijo, con los ojos chispeantes -. Si alguien me hubiera dicho cuando te metí en el equipo hace siete años que ibas a acabar siendo un profesional, no sé si lo habría creído.
- Son cosas que pasan, profesora - se permitió Harry el lujo de decir, una vez hubo comprobado que McGonagall no estaba enfadada porque hubiera rechazado su oferta. Ella sonrió aún más ampliamente.
- Sólo puedo decir que has elegido una buena profesión, Harry. El Quidditch se te da muy bien -. Enarcó las cejas -. Siempre que no te encuentres con Malfoy en el equipo contrario, por supuesto.
- No es probable... Por cierto, profesora - se interrumpió Harry a sí mismo repentinamente -. ¿Qué ha sido de Malfoy?
El rostro de McGonagall no se ensombreció pese al brusco cambio de tema, aunque su sonrisa vaciló levemente.
- Di órdenes a la señora Pomfrey para que dejase de administrarle el Filtro en cuanto supe que habías matado a El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado - respondió -. Estaba en el Gran Comedor aquella mañana, ¿no lo viste?... No, supongo que no - se respondió a sí misma con un leve dejo burlón que dejó a Harry estupefacto -. Estabas demasiado ocupado viendo a la señorita Weasley.
Harry enrojeció violentamente y bajó la mirada, antes de recordar que no tenía por qué avergonzarse de nada y volver a mirar a la directora, desafiante. Ella enarcó una ceja, esperando una respuesta que Harry decidió no darle.
- ¿Y cómo es que no he visto a Malfoy desde entonces, profesora? - preguntó con voz tensa -. Ha pasado un mes...
- Se marchó aquella misma mañana - contestó ella, dejando a un lado por el momento el tono de burla y permitiendo que su acostumbrada expresión severa asomase a su rostro -. Dijo que ya no corría peligro, ahora que Snape y El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado han desaparecido...
- Profesora - la interrumpió Harry -, disculpe, pero ¿no cree que ya es hora de que la gente empiece a llamarlo por su nombre? Le aseguro que está bien muerto. Lo sé de buena fuente.
McGonagall lo miró fijamente unos segundos y sonrió.
- Supongo que sí - dijo -. Está bien... Lord Voldemort -. Y consiguió decirlo sin estremecerse -. Malfoy se marchó nada más desayunar: creo que no tenía demasiadas ganas de encontrarse contigo, y menos después de contarle que habías sido precisamente tú el que lo salvaste aquella noche...
- Ya. Bueno, en realidad yo tampoco tengo muchas ganas de verlo - contestó Harry -. Sólo quería saber si está bien.
- Pues está bien - dijo la profesora McGonagall -. Un poco aturdido después de perderse casi un año de su tiempo, pero vivo, que es lo más importante.
Harry asintió, tratando de dejar el tema a un lado, pero McGonagall continuó hablando:
- Harry - dijo -, creo que deberías hablar con él. Al fin y al cabo, lo que pasó en el colegio, pasado está, ¿no?... Ambos habéis acabado vuestra vida en Hogwarts, al menos por ahora - sonrió -. Tú mejor que nadie deberías saber lo que ocurre cuando dejas que la rivalidad y el odio que sientes durante la infancia se prolonguen en el tiempo. Piensa en Snape - insistió al ver el ceño fruncido de Harry -. No quiero hablar mal de nadie, y menos de los muertos: pero quizá nada de todo esto habría sucedido si él, tu padre y Sirius hubieran hecho las paces antes de salir al mundo.
- No quiero hablar de eso, profesora - respondió Harry con el ceño fruncido. Ella se encogió de hombros.
- De acuerdo. Pero piénsalo. No creo que te cueste mucho tener una charla con él, después de salvarle la vida. No debes odiarlo tanto...
Harry chasqueó la lengua.
- Le odio - afirmó tajantemente -. Pero, ¿quién sabe? Tal vez lo haga. Seguro que tiene muchas cosas interesantes que contarme.
Se levantó cuando vio que la profesora McGonagall no añadía nada más, y se despidió con un gesto. Desde su retrato, Dumbledore le sonrió ampliamente y agitó la mano en un infantil gesto de saludo que hizo que Harry tuviera unas ganas inmensas de regalarle una bolsa de chicle superhinchable. Le devolvió la sonrisa y se volvió hacia la puerta.
- ¿Sabes, Harry? - dijo desde detrás de él la profesora McGonagall. Harry se detuvo en seco con la mano alargada hacia el pomo de la puerta, y esperó -. La carrera de jugador de Quidditch no suele ser muy larga, y menos aún la de los buscadores. Sólo tienes que ver a tu amigo Krum...
Él se volvió para mirar hacia la mesa, y comprobó que la directora sonreía animadamente.
- Me atrevería a decir que McLaggen debería empezar a pensar en lo que va a hacer dentro de unos cinco años.
Harry rió alegremente.
- ¿Quién sabe? - repitió -.Tal vez lo haga.
Harry se sentó en el asiento junto a la ventanilla del compartimento del Expreso de Hogwarts, y dirigió una mirada desenfocada hacia el exterior, donde el sol radiante brillaba sobre los tejados de Hogsmeade. En su interior, una horrible sensación de pérdida y añoranza luchaba encarnizadamente con la ilusión que no podía evitar sentir al pensar que en apenas unos días pasaría a formar parte de un equipo de Quidditch... un equipo profesional. Y había sido Viktor Krum, el mejor buscador de los últimos tiempos, el que le había cedido el puesto. Al menos, eso le había dicho Hermione, que aseguraba que los London Eagles, en realidad, habían querido fichar a Krum como buscador. Así se lo había contado el mismo Krum en una carta, en la que explicaba que había renunciado a ese puesto porque, como Harry había supuesto, estaba cansado de recibir bludgers en la cabeza. A sus veintiún años, Krum no era ni mucho menos demasiado mayor para aquello: pero había decidido dejarlo y convertirse en entrenador. Y quería el mejor buscador para su equipo.
Esto último había hecho que Harry enrojeciera intensamente y desease meter la cabeza bajo la mesa, aunque no tanto como el discurso que la profesora McGonagall había pronunciado la noche antes en el banquete de despedida del curso. Había sido tan bochornoso que Harry habría dado cualquier cosa por ser capaz de olvidarlo por completo: tarea difícil, teniendo en cuenta que su nombre había surgido al menos doscientas veces, y cada una de ellas docenas de rostros se habían vuelto para mirarlo fijamente con las más diversas expresiones de admiración y asombro.
Harry se recostó sobre el asiento y entrecerró los ojos para protegerse de la deslumbrante luz del sol. Despedirse de Hogwarts había sido aún más duro que soportar el banquete de fin de curso: aquella mañana, mientras bajaba el camino hacia la verja de hierro, tras la cual esperaban los carruajes tirados por thestrals que los conducirían hasta Hogsmeade, había lanzado una última mirada hacia el castillo, hacia los terrenos, el lago, el Bosque Prohibido, los lugares donde tantas y tantas cosas había vivido, donde, poco a poco, había pasado de ser un niño a ser el joven que era ahora. El único sitio al que había llamado "hogar". Y, al comprender que no volvería el siguiente mes de septiembre, se le hizo un nudo en la boca del estómago, y, por un momento, temió ir a echarse a llorar como habría hecho ese otro Harry que había visto por primera vez aquel lugar siete años atrás, desde un bote que surcaba el lago al anochecer.
- Entonces, ¿vendréis a pasar unos días a casa? - dijo Ron, entrando en el compartimento en el momento en que el Expreso soltaba un pitido ensordecedor y comenzaba a andar, primero muy lentamente y después más aprisa -. Pig me acaba de traer una carta de Bill: Fleur y él han tenido una niña...
- No sabía que estuvieran esperando una - respondió Harry, apartando la vista de la ventana con verdadero esfuerzo.
- Estarías pendiente de otras cosas - rió Ginny dejándose caer a su lado -. Hace más de ocho meses que lo sabemos...
- Oh. ¿Y qué tal está ella?
- Muy bien - contestó Ron sentándose frente a él -. Ah, ¿y sabes una cosa? La han llamado Lily. Lily Gabrielle Weasley.
Harry no supo qué decir, de modo que no respondió. Se quedó mirando a Ron con los ojos muy abiertos. La risa de Ginny tintineó en el compartimento.
- No me importa - dijo -. La segunda llevará mi nombre, si es que Fleur sabe lo que le conviene.
Harry no pudo evitar sonreír. Al principio le había sorprendido, pero, una vez que había tenido un instante para pensarlo, lo cierto es que el hecho de que la primera hija de Bill y Fleur llevase el nombre de su madre le parecía extrañamente apropiado.
- Iré con vosotros - dijo al fin -. Pero sólo unos días: quiero dejarlo todo organizado antes de empezar a trabajar, no sea que después no tenga mucho tiempo.
- ¿Qué es lo que quieres dejar organizado? - preguntó Ron, con la nariz metida en su mochila, buscando la carta de Bill para leérsela.
- Había pensado reformar y arreglar la casa de Grimmauld Place y la casa de mis abuelos - explicó Harry -. Ya que las tengo, y que tengo dinero de sobra, no hay razón para que no las utilice para vivir. Y supongo que es lo que Sirius, y mis abuelos, querrían.
Ron levantó la cabeza con cara de sorpresa. Hermione intercambió una mirada con Ginny.
- ¿Y... la casa del Valle de Godric? - preguntó Hermione en voz baja -. ¿También la vas a restaurar?
Harry negó con la cabeza.
- Lo había pensado - admitió -. Pero lo voy a dejar para más adelante. La gente de ese pueblo la conserva como una especie de santuario, o algo así: no me parece justo quitárselo para tener otra casa que, probablemente, nunca utilizaré. Por ahora.
- Es un sitio precioso - dijo Hermione, recostándose sobre su asiento -. Un buen lugar donde pasar el verano.
Harry rió alegremente.
- Por ahora no creo que me apetezca pasar mis vacaciones en el Valle de Godric. Aunque, quién sabe... - dirigió una mirada traviesa en dirección a Ginny -. Tal vez algún día tenga una razón para querer tener una casa más. Pero dos casas son más que suficientes para un jugador de Quidditch que acaba de empezar su carrera.
- Hasta que el jugador de Quidditch tenga una familia política pobre y muy numerosa - murmuró Ron, conteniendo a duras penas la risa. Harry sonrió ampliamente.
- Pensaba que no te gustaba que saliera con tu hermana, Ron.
- ¿Quién ha dicho eso?
- Tú.
- Oh -. Ron se frotó la nariz -. Eso era antes de saber que tenías tres casas y dos cámaras en Gringotts llenas de galeones hasta los topes, tío.
- Claro. Siempre he dicho que eras amigo mío por mi dinero.
- Por supuesto.
Ginny se levantó fingiendo indignación y repartió dos cachetes a partes iguales entre Ron y Harry, con las carcajadas de Hermione de sonido de fondo. Después volvió a sentarse, sonriendo ampliamente.
- De todas formas, no tienes que incorporarte al equipo hasta agosto, ¿no, Harry? - preguntó Hermione -. ¿Por qué tienes tanta prisa?
- Bueno... En realidad, había pensado volver a Privet Drive.
Esta vez el silencio que se hizo en el compartimento fue sepulcral. Ron, Hermione y Ginny lo miraron, desconcertados y aturdidos.
- ¿A Privet Drive? - repitió Ron, estupefacto -. ¿Estás loco, Harry? O sea, llevas milenios intentando librarte de los Dursley, ¿y ahora que no tienes que volver, quieres volver? ¿Has comido algo en mal estado?
- No - dijo Harry tranquilamente -. Pero le debo una visita a tía Petunia.
El tren avanzó rápidamente, dejando atrás campos, montes, montañas, lagos y pequeños pueblos, mientras el sol hacía lo propio por encima de sus cabezas. Poco a poco fue deslizándose por el cielo veraniego, aproximándose a las montañas que el tren dejaba a su derecha, la luz amortiguándose conforme avanzaba la tarde. Hermione terminó de leer el periódico, y permitió que Ginny rellenase los crucigramas que publicaban en la última página; Harry y Ron se pasaron las horas muertas hablando incansablemente de Quidditch y de lo que le esperaba a Ron en la Escuela de Aurores. Aparte de la interrupción de Neville primero y de Luna Lovegood más tarde, que se pasaron por su compartimento a saludar y a pasar un rato, el viaje apenas tuvo ningún incidente digno de reseñar. Excepto uno.
El sol acababa de ocultarse tras una colina, y el tren se preparaba poco a poco para entrar en Londres, cuando Ginny, que en esos momentos discutía con Ron acerca de la última jugada realizada por el guardián de los Chudley Cannons frente a un cazador de los Tornados en el último partido de la liga, se interrumpió de pronto, dejando la frase sin terminar. Hermione levantó la cabeza de un pergamino que leía en ese momento, alarmada. Harry también la miró con sorpresa, y su estupor aumentó al ver que ella tenía los ojos clavados en él.
- Ginny, ¿qué pasa? - preguntó, inquieto. Ella tenía los ojos desorbitados, y los labios le temblaban ligeramente -. ¿Estás bien?
- Harry... Harry - dijo débilmente, levantando una mano temblorosa para señalarle -. Harry, no me había fijado...
- ¿En qué? - exclamó él, empezando a preocuparse de verdad -. ¿De qué estás hablando, Ginny?
Hermione estudió su rostro, y su expresión se ensombreció de pronto. Frunció el ceño y se inclinó hacia delante para verlo más de cerca. Se mordió el labio. Harry se asustó de verdad.
- ¿Qué es lo que pasa? - preguntó, desconcertado.
- Harry... - Ginny tragó saliva -. Harry, tu frente...
Harry parpadeó, aturdido, y se giró rápidamente hacia la ventana. En el exterior, la oscuridad había inundado el paisaje de las afueras de Londres, y las escasas luces apenas iluminaban algún que otro edificio bajo y alargado, alguna nave industrial, caminos rurales y postes del tendido eléctrico. A la luz vacilante de las lámparas del interior del compartimento, Harry pudo ver su propio reflejo en el cristal de la ventana, un joven de rostro asustado, cabello negro revuelto y gafas redondas. Levantó la mano y se apartó el pelo de la frente.
Al principio, no vio nada anormal. Pero un segundo después comprendió que precisamente eso era lo que había hecho temblar a Ginny, lo que había ensombrecido la expresión de Hermione: allí no había nada anormal. Y eso, tratándose de la frente de Harry Potter, era lo que no era normal. El rostro del reflejo tenía la frente completamente lisa.
Había desaparecido la cicatriz.
FIN
A todos los que hayan llegado hasta el final:
Muchas gracias por haber estado conmigo durante todo este viaje; que sepáis que ha sido un privilegio ver cómo, capítulo tras capítulo, ibais siendo más, y vuestros reviews más numerosos. De verdad, el placer ha sido mío, y espero veros más adelante a todos, en otro fic o en algún proyecto un poco más serio que tengo por delante...
Si alguna vez encontráis en una librería una trilogía que se llame "La Dama del Tiempo", no lo dudéis: llamad a la autora y exigidle un libro gratis y dedicado. Estoy segura de que estará encantada de enviaros cinco o seis. O de entregároslos en persona.
