Crónica treinta y siete: Verdades. Parte 3.
Tohma llegó al hospital quince minutos después de que el médico me hiciera a un lado y fuera a hablar con Jack al lado del mostrador, en donde una enfermera tecleaba velozmente en su computador. Me senté, con las piernas abiertas y las manos unidas en señal de ruego, mientras el hombre que había realizado la función de mi padre durante tantos años se apresuraba a darme caricias de consuelo en la espalda.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién es esta chica? ¿Eiri?
—Uhm —de pronto, me di cuenta de que no sabía que contestar y creo que eso es de lo más normal cuando se trata de escritores, por más aficionados que podamos ser en cierto momento. Todo el tiempo estamos tan rodeados de palabras, que cuando alguien nos cuestiona directamente, nunca sabemos qué responder.
—¿Eiri? —insistió. Iba vestido con vaqueros azules y un polo negro que dejaba al descubierto una cruz de plata que Mika que le había regalado en la navidad pasada. La Cruz de Hierro del ejercito de Prusia y Alemania...
—Nos conocemos por la universidad. Llevamos un tiempo viéndonos, pero te juro por lo que más quieras que sólo somos amigos. Ella… tiene un problema cardiaco y tuvo una crisis mientras yo… peleaba con su novio y otros tipos…
—¿Entonces por eso tienes la cara hinchada? Tu ceja está abierta, ¡Eiri!
—¡¿Y qué podía yo hacer?! ¡Pensé que nos estaban atacando y lo primero en lo que pensé fue en protegerla! ¿Cómo puedes exigir que sea una buena persona cuando sabes que mi vida, en su mayor parte es un desastre? ¡Si pedí que vinieras aquí fue porque necesitaba tu apoyo, no que me reprendieras! ¡No eres Mika, maldita sea!
Creo que estaba llorando. Otras personas me miraron y el ex de "Vale" me observó como si recién me estuviera conociendo. Sus ojos, magullados, parecían ver un nuevo reflejo de luz en mí que me dejó totalmente avergonzado, porque, entre los dos, yo había quedado como el machito bravucón capaz de pelear con cuatro personas a la vez. Ahora, me veía como si fuera un muchacho de instituto al que tuviera que darle un buen ejemplo.
Detesto que en los ojos de las personas destelle la lástima que proyecto. Yo… soy como ellos… y no tienen por qué recalcarme con esas actitudes que yo… tengo un pasado que me marcó y que aún no puedo superar…
Me relamí y me derrumbé en el asiento. Tohma tenía los ojos brillosos, pero, si quería llorar, jamás lo expresó. Se acomodó a mi lado y lo único que escuché de él fue un suspiro grueso que me alteró un poco más.
Su presencia, ahí, me fastidió y quise irme.
Aire, aire, aire, aire.
Y no sabía cómo estaba ella.
—
Alguien me hizo el favor de abrir una ventana. Una mujer vestida de verde y con cubre bocas, trapeaba el suelo con afán. Tohma me compró un café cappuccino y a "Jack" le llevó algo un poco más fuerte. Ese simple gesto, me pareció tan significativo, que me encelé de nuevo y me desaparecí en el baño para lavarme la cara con agua fría.
Ella estaba bien. Necesitaba reposo. Tenía órdenes, desde hace mucho tiempo, de no exaltarse. ¿Por qué venia enterándome hasta ese momento? ¿Y si la hubiera invitado a subir a una montaña rusa conmigo en la feria? ¿Y si la hubiera llevado a una casa de los horrores? ¿Y si se me hubiera ocurrido asustarla fingiendo que iba a asaltarla, disfrazado?
Lo peor de todo es que, con la frente contra el espejo, me di cuenta de que en una parte muy profunda de mi cabeza había pensado en hacer esa clase de cosas estúpidas. Porque ella era la primer persona a la que me había acercado con verdaderas ganas en demasiados años y había planeado una parte de mi vida a su lado, sin considerar que ninguno sabía demasiado del otro.
Jamás fue mi intención que nada malo le pasara.
Nunca quise dañarla.
Ni a ella ni a nadie.
—
—¿Estás bien? —me preguntó Seguchi mientras conducía hasta la casa.
—Eso creo —sonreí, pero eso era solo una máscara—. Gracias por estar ahí.
Torció los labios y se mordió con fuerza, después de eso, silbó. Comencé a pensar que… que él era la única persona sobre la faz de la tierra a la que debería querer, porque jamás iba a dañarme.
—Ya sabes que no debes decir esa clase de cosas, mierda —siseó, con molestia. Era como si le hubiera dicho la peor de las groserías—. Eiri-kun… pequeño señor Eiri… Eiri-san… estaré ahí aun si el mundo se me viene encima, ¿comprendes? Te amo.
—Yo también te amo.
Tohma humedeció sus labios con la punta de su lengua, sin apartar nunca los ojos del camino. Las luces de los otros autos comenzaron a deslumbrarme.
—Tu hermana está preocupada. Mientras iba al hospital llamó y creo que la dejé un poco asustada porque corté su llamada —contó, sin mirarme todavía—. Sabes, tenía planeado proponerte un viaje a Japón el próximo mes. Estoy libre, así que podríamos visitar nuestras raíces.
De pronto, sentí y supe que algo iba mal y que el sabía mucho sobre mí. Quise ponerme a llorar, pero pude soportarlo.
Cerré los ojos y dejé que el ronroneo y vaivén del auto me arrullaran, no iba a quedarme dormido, de todas formas. Me asusta viajar con los ojos cerrados.
—Yo aún no termino las clases —susurré.
—Sé que no vas a tus clases. Sé que estás en el campus solamente por pasarla bien. Al menos, ahora que sé que pasabas la mayor parte de tu tiempo con esta chica, tengo la respuesta de muchas cosas. Y eso me hace feliz —sonrió, aunque un poco perturbado—. Pienso proponerle matrimonio a tu hermana.
No dije nada a pesar de tener muchas palabras alistándose para saltar desde el cañaveral de mi lengua.
—
Se metió en la boca un puñado de papás fritas y tuve que sacárselas con un manotazo.
—No puedes comer grasas —le recordé y, de inmediato, volví a la lectura de mi diario escolar. Muy mal redactado pero con columnillas interesantes.
—¿Quién eres tú? ¿Jack? Y me gustaría que fueras Jack Dawson, pero… nope. Ese Jack.
—Y una mierda, querida, pero quiero que sepas que no volverás a darme el susto del otro día. ¡Te consideración! ¡Soy un muchacho con ligeros problemas mentales que casi no duerme! No recuerdo la ropa que llevaba puesta ayer o si recibí correo esta mañana, así que no me juzgues por sobreprotegerte, que puedo tener unos cuantos tornillos sueltos —siseé, leyendo la nota sobre las porristas pomponudas (sin referirnos únicamente a los pompones) y los jugadores de futbol soccer… esos jugadores y bien formados jugadores de futbol soccer.
Valeska infló sus mejillas y soltó el aire con los labios apretados. El sonido que hizo fue incomodo pero interesante: quería molestarme.
Y, para alguien que quiere llamar la atención de esa forma tan penosa, hay dos respuestas obvias: Ignorar y/o insultar.
Preferí insultar… pero, debido a mi educación, fue mejor ignorar.
—Mi madre está diagnosticada con esquizofrenia. A veces se golpea contra las paredes y, veces más amables, prefiere golpearnos a nosotros contra ellas —contó.
—¿Nosotros?
—A mi padre y a mí.
—Bueno, las madres suelen ser así —mentí.
—¿Ah, sí?
—Sip: las madres esquizofrénicas. Pero eso no debería preocuparte: en la vida, los seres humanos estamos destinados a padecer cierta cantidad de dolor. Como el "destino" no puede ser tan perro, tiene que darte, en la misma medida, felicidad. ¿Qué es lo contrario a una madre esquizofrénica? —cuando levanté el rostro, porque definitivamente no la había estado observando, me di cuenta de que estaba un poco herida. Su semblante, tan blanco como la harina, no me agradó. Ya no era bonito por naturaleza, ahora era bonito forzosamente.
—¿Una enfermedad en el corazón? ¿Un padre acosador? Eiri, me habían dicho por ahí que los homo son un poco insoportables, pero no creí meterte en ese saco —se quejó, bebiendo un largo y profundo trago de su botella de agua helada.
También sentí ganas de quitársela con un manotazo.
—Lo siento —mentí. No había tenido el tiempo suficiente para sentir algo de verdad—. ¿Tu padre es un acosador?
—¡Quién sabe! Hasta el momento sólo me ha molestado a mí.
—No pareces lamentarlo.
—He aprendido golpes de judo.
—¿De tu novio el matón?
—Podría ser…
—Uhhhhhm…
Guardamos silencio. Un silencio incómodo.
—
Salimos de la cafetería sin que yo hubiera comido nada (aparte de la bola de papel de libreta que ella me aventó a la boca mientras estaba distraído) y con ella habiendo consumido menos grasas de las que su cuerpo podía soportar.
No me habló en todo el camino al edificio en donde ella tendría su valiosísima clase de historia, así que lo único que se me ocurrió fue… estúpido, sí…
Uhm… ¿Tirarle encima mi café?
¡No puedo creer que hice algo como eso!
—
—¡No puedo creer que hicieras algo como esto! —Gritó ella desde el vestidor—. ¡Esa chamarra era la única cosa de marca que tenía y le dejaste una maldita mancha de café con azúcar encima! ¡¿Tienes idea de lo mucho que costará la tintorería?!
—¡Reina, te estoy comprando ropa nueva! ¡¿Quieres callarte?!
Pero no… siguió gritando en el vestidor del centro comercial a cinco calles de la universidad, mientras me arrojaba los pantalones y la blusa por encima del cortinero.
Las cosas no podían ir peor.
—Oye… mi bra también está húmedo… ¿Me buscarías otro?
—¿Qué copa eres?
—Uhm… ¿D?
Silbé.
—Mentirosa.
—¡Ve por el maldito sostén!
Claro, uno le derrama en la cabeza a otra persona un poco de café caliente y hace que la pobre víctima le vaya y le busque un sujetador.
Salí al piso de la tienda en la que nos encontrábamos, rodeados de ropa femenina y accesorios, la chica que estaba tras el pequeño mostrador no era la misma que estaba cuando llegamos, así que me observó con curiosidad cuando salí del probador femenino (a la otra tuvimos que convencerla de que Valeska estaba mal de sus facultades y no sabía cómo atarse los cordones de los zapatos para que me permitiera pasar: "¿Quiere que se ahorque con ellos? La demandaré si eso pasa").
Con una mano cubriéndome los ojos, tomé todos los sujetadores que tuve delante en el primer escaparate y corrí a llevárselos a la señorita.
Dios, jamás me había sentido tan estúpido, infantil y expuesto: eso no se le hace al guapo amigo gay. Hubiera sido más simple que me pidiera golpea a otra persona.
—Aquí están —dije.
Sin darme cuenta, me había metido en el mostrador.
