Capítulo 34: La Redención de Norrington

Era cerca de la medianoche cuando el Endeavour encontró otra escalofriante "pista" para seguir la pista del Perla Negra. Ésta era un rastro hecho de cuerpos atados a barriles… Una idea demasiado morbosa para ser pensada por alguien razonable.

—Nuestro camino de migajas sigue guiándonos hacia nuestra presa —comentó Lord Beckett, observando desde lo alto el cuerpo atado al barril, flotando a la deriva. Era el cuerpo de uno de los soldados que habían fallecido en el combate del día anterior.

—Seguirá así mientras no descubran al traidor… ¿Está seguro de que no es una trampa? —le preguntó un teniente que estaba al lado de Beckett.

—Más bien es una artimaña de un hábil oponente… —replicó tan impasible como siempre—. Dudo mucho de que sea una trampa, las pistas aparecieron casi de inmediato después de que nos separamos del Perla… Sólo debemos ser un poco más… "precavidos". Sigan con el curso, teniente; debemos seguir con nuestra ruta antes de que los cuerpos se le terminen a nuestro… aliado.

—Sí, Señor.

Mientras tanto, en el Perla Negra, amparado entre las sombras de la noche, William Turner se afanaba en atar otro de los cuerpos a uno de los barriles. Cuando por fin terminó, sacó el cuchillo de su padre y cortó la soga que lo sujetaba con la intención de soltar la improvisada "pista" al mar. Antes de empujarlo, se entretuvo mirando el cuchillo que su padre le había regalado aquella única vez que se habían reunido a bordo del Holandés Errante, preguntándose por enésima vez si lo que estaba haciendo era lo correcto.

—Escapaste de la prisión mucho más rápido de lo que supuse —le dijo de improviso el capitán Sparrow, recostado tranquilamente sobre el palo de bauprés.

Will se volvió rápidamente hacia él, amenazándolo instintivamente con el cuchillo. Sin molestarse por esa reacción, Jack se levantó y caminó guardando el equilibrio hacia el muchacho a través del palo.

—¿Qué intentarás hacer una vez que hayas revelado la ubicación de la Corte de la Hermandad?

—¡Pedirle a Beckett que libere a mi padre!

Jack sonrió.

—Will —dijo—, ¿no notas algo?

El aludido miró a su alrededor un tanto desconcertado. El pirata decidió ser más exacto.

—O más bien: ¿notas que falta algo que tendrías que haber notado?

—No has dado la alarma —respondió, siempre a la defensiva.

—¿Qué raro, no? …No como eso, claro —señaló hacia el cuerpo atado al barril—. ¿Lo planeaste tú solo sin ayuda?

—Yo solo me dije: es lo que Jack haría —sonrió sarcástico.

—¿Y esto es lo que yo haría? ¿Guiar a Beckett hasta la Hermandad y ganarme su confianza para mis propios fines? Creo que no me conoces bien —replicó con falso tono ofendido mientras seguía con su camino.

Confundido, Will bajó el arma.

—¿Y qué dice tu preciosa dama traidora sobre este plan? —soltó la bomba, el acongojado muchacho bajó la vista y se volvió tristemente hacia la balaustrada a modo de respuesta—. ¡Ajá! No le tuviste la confianza… —Se bajó del bauprés, acercándose a él—. Déjame decirte que te entiendo, ya que ella es una de las peores…

—La pierdo, Jack —lo interrumpió, alzando la vista y posándola muy preocupado sobre el horizonte del mar—. Cada paso que doy hacia mi padre, es un paso que me aleja de Elizabeth.

—Mira, si elijes ocultar tu corazón, seguro la perderás… Y no perderás la gran cosa, te lo aseguro —le dijo, comenzando a pasear tranquilamente por el lugar—Déjame iluminar la oscuridad de tu intelecto: mejor deja todo en paz. Cambia de planes y deja que alguien más acabe con Jones.

—¿Y quién sería ése? —inquirió el muchacho, enarcando una ceja. El silencio que siguió a esa pregunta fue su respuesta, y se volvió hacia Jack, extrañado—. ¿Tú?

El aludido se volvió con una sonrisa imperceptible y se acercó a él tratando de aparentar el menor interés posible.

—Es curioso que la muerte cambie tus prioridades… —comenzó a explicar—: Escucha: abordo el Holandés Errante; busco el corazón; lo apuñalo; tu padre es liberado de su deuda y tú te vas con tu hermosa traidora.

—¿Estás dispuesto a sacarte el corazón y unirte al Holandés, verdad? —replicó con un dejo de desprecio. Como siempre, Jack hacía todo para su propio beneficio—. ¿Por siempre?

—No, amigo —sonrió entre sueños—. Siempre seré libre. Surcaré los océanos más allá de sus confines sin morir nunca.

—Antes tienes que cumplir, Jack —le advirtió el chico—. Transportar las almas al otro mundo… O terminar como Jones —hizo un gesto con la mano, imitando tentáculos bajo su barbilla.

Un frío estremecimiento recorrió la espalda del pirata. Ésa era una posibilidad no muy remota.

—¡Ugh! No quisiera tener tentáculos… —replicó con cara de asco mientras imitaba el gesto que había hecho Will. Pero enseguida se lo pensó mejor y le sonrió radiantemente—. Pero la inmortalidad tal vez lo valga, ¿eh? ¡Oh! ¡Lo olvidaba! Ten esto —y le entregó la brújula mágica.

—¿Y qué hago con esto? —quiso saber el confundido muchacho mientras la tomaba entre sus manos.

—Sé como yo, lo comprenderás algún día —fue la extraña respuesta del capitán Sparrow y, adelantando un paso, soltó su fétido aliento sobre William, quien, por efecto de la ley de la "causa y efecto", se hizo para atrás instintivamente y cayó por la borda, sumergiéndose en las aguas del mar.

Acto seguido, Jack empujó el barril que estaba preparando Will para que le sirviera como una especie de "salvavidas".

—¡Me saludas a Davy Jones! —se despidió mientras el Perla Negra seguía su curso alejándose del improvisado náufrago, quien ya se había puesto a salvo sujetándose del cuerpo que estaba atado al barril.

—¡No lo soporto! —se quejó, observando cómo el barco pirata iba alejándose cada vez más y más de él. ¿Qué haría ahora a la deriva?

Y mientras Will intentaba mantenerse a flote de sus problemas, el almirante Norrington aún se mantenía firme en su decisión de apuñalar el corazón de Davy Jones. Apretando los dientes con fuerza, se obligó a sí mismo arremeter en contra de aquel negro órgano.

Pero inesperadamente algo lo detuvo: era el amenazante y helado filo de una espada recién colocada sobre su cuello, petrificándolo a unos cuantos centímetros de lograr su objetivo.

¡Malditos soldados! Pensó. ¡Seguramente habían dado la voz de alarma! Pero aquella amenaza a su vida no iba a detenerlo en sus propósitos, así que volvió a arremeter en contra de aquel oscuro órgano palpitante sin importarle la amenaza a su vida.

—Yo no haría eso, Almirante. No mientras tenga la vida de su amiga en mis manos —lo amenazó el mismísimo capitán Davy Jones, presionando aún más la espada, hiriendo levemente el cuello del oficial.

Lentamente James se volvió hacia su enemigo y lo fulminó con la mirada, furioso.

—Maldito…

—Correctas palabras, almirante —replicó con triste ironía.

De repente, Norrington embistió contra del corazón ante la sorpresa de Jones.

—¡Pues muy pronto dejará de serlo!

Todo pasó en un santiamén, uno de los tentáculos de Davy Jones logró detener por muy poco el ataque del oficial, sujetándolo por la muñeca. Rabioso, lo empujó fuertemente con la pinza, lanzándolo contra la pared. Aún con deseos de luchar, James se levantó de inmediato, pero pronto su determinación fue superada por la intromisión de cuatro soldados recién llegados, quienes lo apuntaron con las armas, dispuestos a dispárale.

—Infórmenle a Lord Beckett que su almirante ha cometido traición y deberá ser depuesto en cuanto se reciba la orden —le ordenó Jones a uno de los soldados, quien asintió y se fue.

Davy Jones se volvió hacia el enfurecido Norrington.

—Metan a este traidor en la prisión… con sus demás amiguitos… ¡Ja, ja, ja!

Murtogg y Mullroy asintieron y tomaron a su degradado superior por los brazos y se lo llevaron. Jones, por su parte, le dirigió una mirada significativa a su propio corazón y, luego de dar un bufido de fastidio, cerró la tapa del cofre con un solo y brusco movimiento.

Entretanto, James era arrastrado hacia el calabozo por sus dos subordinados. Se sentía muy frustrado y enfurecido por su propia torpeza. ¿Cómo haría ahora para ayudar a Elizabeth y a los suyos a escapar?

—No se preocupe, Señor —le susurró Murtogg.

—¿Qué? —inquirió, mirándolo sorprendido.

—¡Ssshhhhh! —lo silenció Mulroy entre asustado y alarmado.

Minutos después, el almirante James Norrington era lanzado al interior de la cárcel para el asombro de Elizabeth y los demás.

—¡Oh, James! —exclamó la muchacha, abrazándolo fuertemente—. ¡Creí que nunca volvería a verte!

—De modo que lo descubrieron, ¿no es así, almirante? —se burló el capitán Hood, poniendo los brazos en jarra—. ¿Y ahora cómo escaparemos?

—Con esto —le respondió, mostrándole la llave de la puerta.

Todos se quedaron mudos de la sorpresa.

—¡Pero cómo…! —quiso saber Elizabeth.

James se volvió y le sonrió tranquilizadoramente.

—Los soldados olvidaron desarmarme.

Mientras todos festejaban moderadamente su buena fortuna, Alrun no le quitaba la vista de encima al recién llegado, cosa que no pasó desapercibida para Christian.

Quince minutos después, ocultos bajo la sobra de la medianoche y después de haber noqueado a los guardia cárceles de Jones, los fugitivos marcharon en fila liderados por el almirante Norrington hacia el Emperatriz con la intención de recuperarlo y escapar con él. No hace falta decir que Elizabeth estaba más que dichosa porque James no había podido hacerse con el mando del Holandés Errante, pero Tía Dalma aún no podía sentirse tranquila, puesto que en muy pocos minutos el destino de Norrington estaría sellado, para bien o para mal.

—¿Quién es el hombre que viene con nosotros? —James le preguntó con un susurro a Elizabeth mientras seguían deslizándose, guarecidos por las sobras.

—¿El capitán Seagull Hood?

—No. A él ya lo conozco. Me refiero al de cabellos rubios.

—¿Él? Bueno… —enarcó las cejas sin saber muy bien cómo explicarlo—. Resulta que es una historia un poco complicada y difícil de creer al principio, pero sólo puedo decirte que él es el doctor Christian Jacobson, el tío de tu… amiga.

James se detuvo de golpe y se volvió sorprendidísimo hacia ella.

—¿Es el doctor Jacobson? —miró hacia donde se encontraba el sujeto, pero enseguida recuperó su carácter y siguió caminando—. Bueno, ya me lo explicarás luego.

Elizabeth sonrió. James, a pesar de su tristeza, parecía conservar aún sus modos flemáticos y su autocontrol.

—Desde que apareció el almirante Norrington, he notado que no le ha quitado la vista de encima, madeimoselle Alrun —le dijo el doctor a la elfo.

—¿Está usted celoso, señor? —se burló la aludida.

Christian frunció el entrecejo, molesto.

—Claro que no; pero cada mirada suya, palabra o accionar, siempre me provoca una especie de… aversión. No se ofenda usted, pero no puedo sentir nada bueno de parte de usted hacia los humanos.

Alrun sonrió.

—Puede ser, señor; ¿pero quiere que le revele mi interés sobre ese hombre? —Ambos miraron hacia el oficial—. Percibo la sombra de la muerte sobre su cabeza… La guadaña de la que nadie puede escapar está a punto de caer sobre él en cualquier momento…

—¿Qué…? ¡Debemos advertirle! —intentó adelantarse, pero ella lo detuvo agarrándolo por el brazo.

—¡No debemos interponernos en el trabajo de la muerte! ¡Es su destino!

—¡No! ¡Debemos advertirle! —insistió el siempre sentimental doctor—. ¡No permitiré que muera después de todo lo que tuvo que sufrir!

—Yo también estoy de acuerdo —intervino Seagull, quien había oído sin querer la última parte de la conversación.

—¡No! ¡No pueden intervenir en un destino que ya está escrito! Además… —miró hacia el hombre en cuestión. Era una mirada llena de compasión—. ¿No se han dado cuenta de que él ya está muerto? Ha renunciado a su vida hace ya mucho tiempo… ¿No creen que ya es tiempo de que descanse en paz?

Seagull tuvo que admitir que entendía su punto, ya que él también había perdido todo lo que amaba en el pasado, pero Christian, siempre mucho más ingenuo, sabio y optimista, se negó a aceptarlo.

—Todos tienen lo que se necesita para fallar…; para tener éxito es otra cosa… —dijo—. Uno debe aprender de sus errores, mantener la frente en alto y seguir adelante con la vida hasta lograr, aunque sea, uno de nuestros objetivos.

—Bonitas palabras, señor Jacobson, pero no creo que impresionen a la muerte —rebatió la elfo—. Haga lo que usted haga, ella encontrará la forma de llevarse a su víctima.

—Eso lo veremos —replicó testarudamente.

Ya se encontraban cerca de su objetivo y afortunadamente hasta ahora nadie los había descubierto. Norrington supuso que Murtogg y Mullroy debían de tener algo que ver con ello, así que decidió no vacilar en ningún momento con su plan para no perder tiempo valioso y muy pronto llegaron a su destino: el Emperatriz.

—¡Vamos! ¡Rápido! ¡Vayan por ahí! —les ordenó James, indicándoles a todos la cuerda por la que debían colgarse para llegar al otro barco.

Uno por uno, los fugitivos fueron cruzando hacia el otro lado.

—¿Quieres que te ayude, doctorcito? —Seagull le preguntó burlonamente, extendiéndole la mano—. ¡Se ve usted tan delicado!

Molesto, Christian se la hizo a un lado.

—No es momento para tonterías, señor —le espetó—. Ayude a Madeimoselle Alrun a cruzar. Yo me encargaré de la pequeña Alwine.

—Como tú quieras, encanto —sonrió maliciosamente—. Tus encantos son órdenes para mí —y le hizo una venia.

El doctor se puso rojo como un tomate mientras que Alwine, Elizabeth, Jade y James los miraban de hito en hito.

Luego de aquella embarazosa escena, Jade se marchó seguida por Christian quien ayudó a Alwine y por Seagull, quien ayudó a Alrun, quedando solamente Elizabeth junto a Norrington a bordo del Holandés Errante.

—No vayan a la Bahía del Naufragio, Beckett se enteró sobre la Hermandad —le advirtió—. Debe haber un traidor entre los piratas.

—¿Es que no te irás con nosotros? —inquirió alarmada.

James se le quedó mirando unos instantes, pero su determinación se volvió aún más fuerte que antes.

—No. Debo pagar por mis errores.

—¿Aún insistes en tomar el puesto de Jones? ¡No lo hagas! ¿No sabes lo que puede pasarte?

—Claro que lo sé… —le respondió con voz apagada, bajando ligeramente el semblante., luego, volvió a levantar la cabeza, sus ojos verdes eran como el hielo—. Pero eso no me detendrá—. La miró—. Vete ya. Tú no cambiarás mi forma de pensar.

—Pero…

—¿Y si te lo pido yo? —le preguntó una voz femenina muy bien conocida por todos, sobre todo para James Norrington, quien se volvió lentamente, casi temblando, hacia la dirección de la que recién había hablado y…

…no era otra más que la capitana Jack Sparrow, apoyada cómodamente y con los brazos cruzados sobre el palo de mesana, sonriéndole pícaramente.

James, pálido como un muerto, abrió grandemente los ojos.

—¡Jacky…! —dijo con un hilo de voz. No podía creer lo que estaba viendo… ¿Acaso se había vuelto loco y lo que veía ante él no era otra cosa más que un espejismo?

—¡Jacky! ¡Eres tú! —exclamó Elizabeth, por primera vez dichosa de verla.

—La misma que calza y viste, cariño —y se acercó contoneándose seductoramente hacia ellos—. ¿Es que no estás feliz de verme, mi querido semental? —le preguntó con tono burlón al confundido hombre.

—Yo…

Y sin esperar a que terminara la oración, Jacky lo tomó bruscamente de las mejillas y tiró de él para atrapar su boca con un feroz y hambriento beso, dejándolo prácticamente sin aliento.

Elizabeth, avergonzada, se volvió para no ver aquella escena, pero no cabía en sí de felicidad al verlos juntos de nuevo. Tal vez sólo así James aceptaría irse con ellos.

—Ven con nosotros —le pidió Jacky muy suavemente en cuanto apartó sus labios de los de él.

—Pero… ¿es que ya no me odias? —por fin pudo articular palabra.

—Vine por ti, ¿no te parece una prueba suficiente?

—Jacky… —sus ojos verdes se llenaron de lágrimas y sonrió. Una sonrisa triste, pero una sonrisa al fin.

—¿Quién anda allí? —preguntó una voz desde la oscuridad, sobresaltándolos. Uno de los hombres de Davy Jones los había descubierto.

Veloz como un rayo, el valiente almirante se colocó delante de las dos mujeres y desenvainó su espada, poniéndose alerta y a la defensiva, escudriñando a través de la penumbra.

—¡Huyan de aquí! ¡Yo después las sigo!

Jacky y Elizabeth comprendieron enseguida lo que eso significaba, pero fue la prometida de Will la que reaccionó ante esas palabras, puesto que la pirata se había quedado como petrificada, pálida como un muerto.

—¡Es no es cierto! ¿Cómo te atreves a mentirme otra vez?

James, preocupado por la seguridad de ambas mujeres, notando el estado catatónico de Jacky y sabiendo que contaban con tan sólo unos cuantos segundos para escapar antes de que la cabina se llenara de enemigos, decidió de una vez por todas lo que tenía que hacer: sacrificarse.

—¡Elizabeth! —exclamó apurado—. ¡No tenemos tiempo para esto! ¿Me comprendes? ¡Mira! ¡Jacky está embarazada! —La tomó por los hombros mientras su rostro se cubría con las sombras de la tristeza y la desesperación—. Te pido que te la lleves contigo… ¡Sálvala a ella y a mi hijo! —Sus ojos se llenaron de lágrimas—… Por favor, Elizabeth, concédeme aunque sea ésta última voluntad…

Comprendiéndolo, la sobrecogida joven asintió con la cabeza, puesto que el dolor de la separación eterna no la dejaba hablar. Haciendo uso de toda su fuerza de voluntad se volvió hacia Jacky y la tomó del brazo para conducirla hacia la ruta de escape.

—Vamos, Jacky. Ven conmigo —le pidió Elizabeth, pero por fin la pirata pudo reaccionar, deshaciéndose de la mano que la aprisionaba.

—¡No! ¡No me moveré de aquí si él no viene con nosotros!

—¡Pero, Jacky!

—¡No, Jacky! ¡Vete con Elizabeth! ¡Haz lo que te digo! —le ordenó el almirante, volviendo nervioso su cabeza hacia ella.

—¡No! ¡Yo vine a buscarte y te irás conmigo! —replicó, tomándolo del brazo.

—¡No puedo irme con ustedes ahora! ¡Ya es demasiado tarde! ¡Vete ya!

—¡No si tú no vienes conmigo! —no pudo evitar que las lágrimas comenzaran a recorrer su rostro. El corazón de James se ablandó al notarlo, más no su voluntad que permaneció más firme que antes.

—Ya me perdonaste, Jacky, y era lo único que me faltaba escuchar para poder enfrentar mi destino… Te amé desde la primera vez que te vi y seguiré amándote desde la eternidad… —Acarició suavemente su rostro moreno y se le hizo un nudo en la garganta—. Tienes que irte y cuidar de nuestro hijo… —Su corazón se retorció de dolor al pensar que nunca llegaría a conocer a su propio hijo—. No le cuentes nada sobre mí, no quiero que se avergüence de su padre.

Jacky quiso replicarle, pero en ese momento apareció el que los había descubierto, quien no era otro más que "Bootstrap" Bill Turner. James se volvió inmediatamente hacia él, a la defensiva.

—¡Marino, a tu lugar! —le ordenó con espada en mano.

—Nadie abandona la nave —replicó éste lacónicamente mientras señalaba hacia el Emperatriz.

—Aléjate ahora —insistió el almirante—. ¡Es una orden!

—Es una orden… —repitió pensativo, luego, para lo consternación de los tres, "Bootstrap" pareció perder completamente la razón—. Parte de ellos, parte de la nave. Parte de ellos, parte de la nave. ¡Parte de ellos parte de la nave! ¡Parte de ellos parte de la nave! ¡Ayuda! ¡Los prisioneros están escapando! —gritó a viva voz.

—¡Márchense ahoraaa! —les ordenó imperiosamente a las dos mujeres, desenfundando su arma para apuntarla hacia el insurrecto—. ¡Deja de gritar y regresa a tu puesto! —lo amenazó.

—¡Maldición! ¡Los descubrieron! —exclamó Seagull, disponiéndose a tomar la cuerda para volver y ayudarlos, pero, para su sorpresa y la de todos los demás, la asombrosa Jade se le adelantó y saltó encima la cuerda y corrió velozmente a través de ella hacia el Holandés Errante, desenfundando sus espadas gemelas.

—¡Parece un mono! —exclamó Ana María, aferrada a la balaustrada.

—Debemos volver para ayudarlos —opinó seriamente el doctor, mirando hacia Seagull. Éste asintió inmediatamente.

—Vamos entonces.

Tía Dalma y Alrun permanecieron en grave silencio, pues sabían lo que muy pronto acontecería.

Mientras tanto, Elizabeth tironeó el brazo de Jacky en un vano intento de llevársela con ella. Debía cumplir con el deseo de James aunque eso significara dejarlo solo con el enemigo.

—¡Vamos, Jacky! ¡Hazle caso y apúrate!

—¡Vete tú si estás tan apurada! —le replicó enfadada, empujándola por la borda.

—¡Jacky! ¿Pero qué has hecho? ¡Debes irte tú también! ¡No me hagas esto! —se quejó James, tomándola rápidamente del brazo para lanzarla a ella también por la borda, descuidándose del padre de Will, dándole peligrosamente la espalda—. ¿No comprendes que no quiero que mueras?

—¡Yo tampoco quiero que tú mueras! ¡Ésta es la noche en la que…! ¡Cuidado! —le advirtió, mirando por sobre su hombro.

James se volvió de inmediato… sólo para recibir una terrible y mortal estocada en el estómago por parte del sable de "Bootstrap".

—¡NOOOOOO! —gritó la pirata, y mientras el almirante caía de rodillas sobre la cubierta, ella tomó el mosquete de su mano y le disparó justo en el pecho al enemigo, lanzándolo de espaldas al suelo, dejándolo sin sentido.

Luego, llorando desconsoladamente, recostó al moribundo oficial sobre el suelo y colocó suavemente la cabeza sobre su regazo mientras era rodeada por los hombres de Davy Jones, quienes habían sido alarmados por los gritos de Turner y el disparo de Jacky.

—Norry… No me hagas esto, por favor… No ahora… ¿A quién fastidiaré si tú no estás? —bromeó entre sollozos, forzando una sonrisa.

Él quiso hablar pero no pudo hacerlo, las fuerzas lo abandonaban progresiva e inexorablemente, dejándolo a las puertas de la muerte. Sólo pudo sonreír débilmente y rozar cariñosamente la mejilla de su amada antes de que sus ojos se cubrieran por el oscuro velo de la muerte y las fuerzas finalmente le fallaran, dejando caer su brazo como si fuera un peso muerto. Una lágrima recorrió su frío rostro mientras su alma se hundía en la oscuridad más absoluta en donde ya no existían el dolor ni el sufrimiento. Los gritos de su amada Jacky llamándolo le parecían ya muy lejanos… Como si fueran parte de un sueño muy irreal…

Perdóname, querida mía, por dejarte así… Ahora todo lo que quiero es que vivas por mí… ¿Lo harás? Sólo sé feliz… Es todo lo que te pido… Sé feliz como yo nunca pude serlo…