Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Reencuentro
-Permiso -dijo Hirohisa al abrir la puerta y ajustar su grueso abrigo-. ¿Interrumpo algo?
Las miradas de Haruka Sugano, su madre, y de Zombina, la liminal que lo conquistara limpiamente hace más de un año, se levantaron de la mesa central, dejando de lado un buen número de ideas y mapas conceptuales anotados en manoseadas hojas de papel.
-¡Ah, hijo! -dijo la mujer de ojos grises-. ¿Qué tal te van las cosas?
-Bien, mamá. Voy saliendo ahora mismo al correo para buscar la correspondencia. ¿Desean que les traiga algo?
Nada más escuchar el ofrecimiento los ojos de la zombie brillaron con esa malicia tan inocente, sólo exhibida estando frente a él. Se puso de pie y caminó hacia él, totalmente cómoda en su grueso kimono invernal.
-¿Qué tal unos cuantos filetes de pescado para nuestro propio almuerzo? -sugirió con un susurro al oído-. Los huéspedes están cubiertos de sobra y hay varias recetas que mamá desenterró de un baúl hace poco; muchas datan de años, cuando no décadas. Podríamos añadirlas al menú en un futuro cercano si pasan las pruebas de rigor.
-¿Eso es lo que estaban discutiendo?
-Así es, Hiro.
-¿Alguna razón en particular para este gesto? -preguntó el humano con genuina curiosidad.
-Bueno, tú me sorprendiste con mi plato favorito en la cena de fin de año, así que lo menos que me corresponde hacer es devolverte el favor -contestó Zombina con voz algo infantil mientras hacía circulitos con el dedo en el pecho de su amado.
-Sabes bien que nuestra relación va mucho más allá de un favor por otro, querida -la modestia del primogénito salió a relucir.
-Insisto, Hiro -la chica monstruo puso ojos de perrito tierno-. ¡Vamos, déjame ensuciarme un poquito las manos! Recuerda que me planteé como meta personal mejorar mis habilidades culinarias, más allá de no poder sentir algunos sabores tan bien como los seres vivos.
-En esto me siento inclinada a apoyar a Zombina, corazón -Haruka se puso de pie y acercó su figura a ambos-. Ambos trabajaron más que nadie durante el cambio de folio y lo mínimo que merecen es regodearse un poquito. Además, ahora mismo se veían tan tiernos que por poco no terminé derritiéndome por dentro.
La madre dedicó a su hijo una mirada que no admitía réplicas, dejando entrever una marcada sensibilidad a pesar de la dureza usada de cara a la numerosa clientela de la posada. Ella, al igual que su esposo Hideo, quería mucho a la extraespecie pelirroja y le encantaba animarla a probar cosas nuevas todos los días. No había visto a la zombie tan entusiasmada desde que uno de los muchachos del bar le enseñó lo básico respecto a fabricar cerveza artesanal. Ella, en compañía de su novio, había realizado un par de experimentos en la cocina que salieron sorprendentemente bien.
-Bien, nunca he sabido negarme a una súplica de mujer -suspiró Hirohisa-, mucho menos si se trata de ustedes dos. ¿Qué pescado les traigo?
-Lo que sea tu cariño, mi amor -Zombina le quitó todas las dudas con un suave besito-. Hoy me siento con ganas de lanzarme al campo de las sorpresas.
-¿Sin paracaídas?
-Sin paracaídas -se pavoneó ella-. Ya sabes que basta mucho más que una caída desde diez mil metros para desarmarme.
-Gracias por aceptar los caprichos de una vieja loca -Haruka abrazó al chico con aún más cariño, si cabe-. A mi edad los buenos momentos se hacen cada vez más escasos.
-Nunca me faltará la voluntad de dártelos, mamá, y lo mismo aplica a papá. Eso sí, necesito que me digas desde ya si he de prestar atención especial a algún paquete o sobre para traerlos con el máximo cuidado posible de la estafeta hasta aquí.
-Creo que este mes no tenemos nada importante sin resolver -replicó Haruka luego de pensarlo bien-. Ve tranquilo, Hiro, y ten cuidado con el frío.
-No se preocupen por eso -ahora le tocó a él sacar algo de arrogancia-. A estas alturas de la vida me rebota.
Se despidió de ambas con sendos besos en las mejillas (sacándole de paso un par de buenos sonrojos a Zombina) y salió en dos tiempos a las tranquilas calles de Nagiso. Anoche nevó con ganas, dejando a tejados, árboles e incluso buena parte de los pasajes cubiertos de una hermosa capa blanca. Para ese día se esperaba apenas cinco grados de temperatura máxima y el termómetro, según revisara Hiro en su teléfono móvil, estaba justo sobre el cero. Al estar en medio del Valle del Kiso, el pueblo adquiría características de congelador en invierno y de horno en verano. Por suerte no faltaban cosas que hacer para mantener el calor o esquivarlo, según fuese el caso.
La oficina postal se ubicaba trescientos metros al norte de la posada, a un tiro de piedra de la estación de tren y con el río, seguramente congelado, medio kilómetro más allá. Hirohisa caminaba rápido pero sin llegar a correr a fin de mantener su cuerpo caliente, hasta dándose tiempo de saludar a todos quienes se le cruzaban.
-¡Hey!
-¡Buenos días!
-¡Hoy sí que hace frío, madre mía!
-Y eso que mañana se viene peor.
-¿En serio?
-Dicen que habrá menos cinco a esta misma hora.
-¿Cómo estás, viejo perro?
-Tan bien como tú, por lo que veo. ¡Recuerda que me debes diez kilos de pan fresco!
-No pensaba olvidarme de ello.
-¡Hiro, querido! ¡Un placer verte!
-Gracias, señora Ichikawa. ¿Qué tal está su marido?
-Ahí, como siempre. Pareciera que entrará en hibernación en cualquier momento, el muy flojo.
-Con su edad y este clima, imposible no culparlo. Dele mis saludos, ¿vale?
-Mientras des los míos a tu familia y también a tu linda novia, chico.
Aún cuando admiraba la conveniencia e ímpetu de las grandes ciudades, Hirohisa Sugano seguía enamorado del encanto de pueblos como Nagiso, donde casas del periodo Edo se mezclaban con construcciones algo más modernas, signos pintados a mano y la incomparable belleza de bosques, montañas, parques y tranquilos caminos donde se podía estar hasta altas horas de la noche sin temor a ser asaltado, atropellado o increpado. Entró a la oficina postal frotándose las manos y casi viéndose golpeado por el súbito envión de calor dominando el interior. Saludó a la encargada (una minotauro de personalidad sencilla y un corazón que no le cabía en su enorme pecho) mediante una sobria inclinación de cabeza antes de dirigirse al fondo del salón principal.
Extrajo una llave del bolsillo derecho del abrigo y abrió con ella la casilla número veinte.
"Vaya, hoy tenemos muchas menos cartas que de costumbre", pensó al tomarlas desde la base formando un abanico. "Sólo cinco envíos, todos de proveedores excepto uno dirigido a mi padre. Es un alivio respecto de la última vez, cuando tuve que echar treinta y pico sobres en una bolsa de papel".
Guardó todo en el bolsillo izquierdo sin más demora y lo abotonó. No tenía por costumbre mirar los remitentes de cartas dirigidas al resto de la familia o a otros empleados del negocio. Sabía que Zombina mantenía contacto por correo electrónico con la agente Smith y el resto de sus colegas de MON, por lo que nadie que no supiese su actual dirección postal podría enviarle registros impresos. No bien dio media vuelta para enfrentarse nuevamente al gélido exterior, la chica monstruo lo detuvo con un gesto de manos.
-Otra semana sin noticias, ¿verdad? -inquirió con tono maternal; era muy sensible.
-Así es, Francine -suspiró el muchacho.
-¿Aún conservas tus esperanzas?
-¿Qué otra opción tengo? Sabes bien que no soy de esos quienes olvidan todo tan fácilmente.
-Hirohisa, sé que estas fechas te ponen nostálgico y no puedo culparte por ello -dijo Francine, levantando sus gruesas gafas-. Recuerda, sin embargo, que todo ocurre por alguna razón. El destino es real, amigo mío, aunque muchas veces seamos incapaces de verlo.
Atrajo al humano hacia sí y le dio un pequeño beso en su frente, dedicándole otra mirada digna de una amiga fiel, de esas que lo harían todo por él sin pensarlo dos veces.
-Sólo concéntrate en ser feliz, ¿vale? -continuó ella-. Tienes muchas cosas por las que dar gracias ahora que un nuevo año surge ante nosotros: Zombina, tus padres, tu empleo...
-Y también el pueblo que me vio nacer, crecer y convertirme en un hombre de bien -completó el aludido-. A veces me cuesta mucho, Francine, pero me las arreglo de formas que incluso a mí me sorprenden. Sin embargo hay algo dando vueltas que siempre me trae de vuelta a la misma casilla.
-Recuerda que yo me sentía igual hasta recibir el apoyo y cariño de la comunidad, amigo. Siempre hay una salida a la incertidumbre. Los dioses allá arriba lo saben mejor que nosotros.
La minotauro cerró los ojos por un momento y después le sonrió. Hiro conocía perfectamente tal gesto: había hecho una plegaria silenciosa por él. Francine era muy creyente y no pasaba un día sin acudir a rezar al templo local, donde incluso era voluntaria durante sus ratos libres en todo lo que hiciera falta: barrer, mantener los jardines, colocar fortunas en los kioscos, asistir en rituales... Ambos se despidieron de la misma forma que se saludaron, en silencio y con extrema dignidad.
Hiro pasó después a la pescadería ubicada al otro lado de la plaza principal y se hizo con casi dos kilos de filetes fresquísimos, desprovistos de espinas o cualquier otro nervio que pudiese afearlos. Se demoró nada más que cinco minutos en el trámite y emprendió el camino de vuelta a la posada mientras pensaba en las palabras de Francine respecto al destino. "Supongo que tiene mucha razón", se dijo. "En este año y pico mi vida ha adquirido un sentido totalmente renovado. En Zombina encontré no sólo a la mejor amiga sino a alguien que comparte mis alegrías, penas y sueños. En mis padres descansa el ejemplo de la perfección y la dedicación que siempre he ansiado seguir. En este maravilloso entorno rodeándome percibo toques relajantes, casi conectando la misma esencia de la tierra y el cielo con mi corazón. Y en este último..."
La última elucubración se le quedó a medias al sentir un brusco toque en el hombro que casi le hizo dejar caer la bolsa con el pescado, deteniéndolo justo a la entrada de un Izakaya casi tan antiguo como el mismo pueblo. Giró hacia su izquierda casi por reflejo.
-¡Disculpe! -se excusó automáticamente-. No me fijé por dónde...
Otra vez quedó congelado pero por una razón diferente. Sus ojos chocaron con otros que conocía muy bien: turquesas, usualmente refulgentes pero ahora bañados en una nube opaca, profunda, opresiva. Contempló el rostro a escasos centímetros del suyo y se quedó a meros centímetros de sufrir un ataque.
-¿Ma... Maika? -habló con un tartamudeo-. ¿Qué haces...? ¿Qué haces aquí luego de tanto tiempo?
La chica, humana y de cabellera negro azabache a la altura del cuello, lucía un conjunto típicamente invernal en tonos beige y azul oscuro. Una maleta con ruedas, pequeña y estilosa, seguía la misma combinación cromática.
-¿Perdón? -dijo ella, sintiéndose ofendida-. ¿Quién eres tú?
-¿No te acuerdas de mí, Maika? -insistió él-. Soy Hirohisa Sugano. Íbamos a la misma escuela preparatoria; tú en tercer año y yo en primero.
-Creo que me has confundido, niñito -el tono de la fémina cortaba cual hielo eterno-. Nunca antes te había visto en mi vida y mucho menos había escuchado semejante combinación de nombre y apellido. Agradezco, eso sí, que te hayas disculpado por el choque y corresponderé tu gesto porque yo también andaba distraída. Ahora, si me disculpas, debo irme. Que tengas un buen día.
-¡Maika, espera...!
Sus palabras se las llevó el viento helado. La muchacha desapareció calle arriba con paso firme, casi acrobático si se consideraban los diez centímetros de tacón en sus gruesas botas de cuero y el resbaloso estado del pavimento. Hiro la contempló hasta volver a sentirse solo, absolutamente abstraído de los pocos vecinos que fueron testigos de aquel encontronazo.
"No, no puedo estar equivocado", musitó en absoluto silencio el primogénito. "Era ella. ¡Era ella!".
Llegó a la posada casi por inercia, dejó el pescado en la cocina y entregó el correo a su padre; ni siquiera se quedó para las gracias antes de desaparecer rumbo a la habitación que compartía con Zombina. Extendió el ancho futón sobre el suelo de tatami y se tendió encima, acurrucándose como si fuese un niño pequeño buscando calor. Por momentos parecía que se quedaba dormido pero el recuerdo de Maika insistió en mantenerlo fuera de los dominios de Morfeo.
-¿Amor?
La melodiosa voz de Zombina terminó por desconectarlo del limbo. El joven abrió sus ojos con no poca dificultad, parpadeando un par de veces antes de contemplar la figura de su amada chica monstruo. Vestía ella un atuendo algo más occidentalizado: pantalones de mezclilla azul oscuro, cinturón negro, botas con doble lazo y una camiseta gruesa bajo el suéter azul eléctrico. Lo más notorio, sin embargo, era la leyenda de su delantal blanco.
Si te gusta la comida, dale un beso al chef.
-Ah, querida -bostezó él, presa de un súbito cansancio-. Perdón por no ir a ayudarte a preparar las cosas porque sé que adoras esos momentos en que cocinamos juntos -él inclinó su cabeza en genuino arrepentimiento-. ¿Qué hora es?
-La una y media -retrucó la pelirroja-. Te guardé un poco de pescado con arroz y algas si deseas comer.
-Creo que no tengo hambre, Zombina -Hirohisa volvió a tenderse en la colcha-. Apenas puedo dar crédito a lo que me pasó...
-¿Qué pasó? -la zombie se despojó del delantal, sentándose de inmediato a su lado-. Cuando te vi caminando por el pasillo luego de volver de tus trámites tenías una cara de funeral que no podías con ella.
-¿Alguien más se dio cuenta?
-Todo el personal, incluyendo tus padres. Al menos los convencí de dejarte tranquilo un rato para que pudieras pensar.
-Realmente lo agradezco.
Hiro se incorporó y movió su cuello un poco, como si deseara ordenar una mente cuyos estantes se vinieron abajo luego de un terremoto fuerte. Suprimiendo un bostezo, posteriormente estiró los brazos, dejándose caer sobre el regazo de una Zombina que entendió en el acto lo que debía hacer.
-He cerrado a cal y canto la puerta. Ahora nadie puede escucharnos -susurró ella, acariciándole la frente-. Vacía tu conciencia, mi amor. Cuéntame qué te atormenta y lo resolveremos juntos, sin trampas y con la dosis justa de ingenio.
-Esto podría ir para largo, ¿eh?
-Por el tiempo no te preocupes -insistió ella, calmándolo con otro beso en sus labios-. Nuestros padres son comprensivos y después podremos ponernos al día en lo que haga falta.
Suspiró nuevamente el muchacho tras volver a colocar todo en sus respectivos estantes. Estiró sus dedos al máximo, sonriendo satisfecho tras comprobar las vibraciones del aire rodeándolos.
-Hoy tuve una breve charla con Francine sobre el destino antes de salir de la oficina de correos -comenzó su narración-. Sabrás que ella es una firme partidaria de tal mentalidad y yo mismo, luego de conocerte y acceder a un mundo lleno de nuevas posibilidades, la he abrazado poco a poco. Después de pasar por la pescadería para traer lo que me encargaste, a mitad del camino de vuelta choqué sin querer con una chica.
-¿Humana o liminal? -Zombina sacó a relucir levemente su lado celoso.
-Humana pero no cualquier humana -Hirohisa dio a su voz una octava más seria-. Ante mí, con la misma belleza de hace años, estaba Maika.
-¿Maika? ¿La muchacha de la que te enamoraste estando en tus últimos años de escuela?
-La misma, Zombina -nuevo suspiro-. Verla de vuelta en Nagiso me sorprendió por entero; yo la hacía en Kyoto o la misma Nagano, disfrutando su descanso antes de reincorporarse a sus clases en la universidad.
Extendiendo la línea de su prodigiosa memoria a agosto del año antepasado, la zombie extrajo de inmediato los detalles más importantes de la historia conectando a Hiro con aquella muchacha repleta de gracias, representante de su salón ante el consejo escolar y objeto de deseo de una buena parte del alumnado masculino. Maika, además de ser una buena alumna y mejor hija única, ocultaba bajo su educada personalidad algo bastante más profundo: era lesbiana y ya antes de graduarse de la preparatoria tenía una novia que vivía en Tsumago Juku, localidad inmediatamente al sur de Nagiso y algo más apartada del río. Al ser parte de una comunidad pequeña donde los rumores corrían cual pólvora encendida, la fémina se vio obligada a mantener su orientación sexual en secreto para no atraer problemas sobre ella misma ni sobre sus padres. El mismo Hirohisa terminó enterándose por accidente al seguirla discretamente a pie una tarde cualquiera después de clases... y contemplarla besándose con otra chica de su misma edad (al menos eso pensó él) al otro lado del Kiso.
-Tal vez volvió a ver a sus padres, Hiro -sugirió la extraespecie para mantenerlo sosegado-. Ya sabes cómo son las cosas para los universitarios, siempre desbordados de trabajo y lejos de la familia cuando no gastan el tiempo entre fiestas y borracheras para después terminar repitiendo el año por malas notas o baja asistencia.
-Maika no es de esas que irían a un bar hasta el día siguiente -intercaló él-. Lo sé gracias a todas las veces que la admiré de lejos siendo más joven. Que haya vuelto a casa a ver a sus padres es absolutamente posible. Aún así, hay algo que me lanzó una señal de alarma instantánea al toparme con ella: yo la reconocí pero ella no a mí.
-¿En serio? Quizás te olvidó; mal que mal, ha pasado bastante agua bajo el puente desde tu desventura amorosa y, además, ahora estamos juntos. Recuerda que nada me separará de ti, Hiro.
-Lo sé y lo agradezco -dijo el primogénito-. A lo que voy, querida mía, es que Maika reaccionó como si le hubiese arrojado un torrente de insultos en vez de una disculpa sincera por venir caminando distraído. Su voz sonaba crispada, enérgica, mas detecté en ella una inconfundible estela apesadumbrada. Y sus ojos... Nublados, estériles, vacíos de aquella chispa que me conquistó a mí y a muchos otros.
-Entonces... -Zombina dudó un pelito, sintiendo que ambos entraban en un campo minado-. Entonces crees que algo terrible, capaz de sacudir un alma como pocas cosas en nuestra dimensión, le ocurrió más allá de los límites del pueblo.
-Llámalo pálpito, instinto o como desees, mi amor. Sé que Maika es parte de mi pasado pero sigo creyendo que la gente es intrínsecamente buena. Nunca he dejado de tenderle la mano a un amigo o vecino cuando me la ha pedido y ahora no deseo comenzar.
-Puedo dar fe de ello, Hiro, porque tú mismo me ayudaste a asumir este nuevo mundo como propio -declaró la desgreñada zombie-. De no ser por tu intervención divina seguiría siendo una autómata cerrada en mí misma, aislada del trasfondo de la segunda oportunidad que tan pocos hemos tenido el placer de vivir en plenitud.
-Tal vez a esto se refería la buena de Francine cuando cruzamos palabras hoy en la mañana -él abrió sus ojos y se encontró con los dicrómicos de ella-. Aunque sea lanzarme al vacío, aunque ella nunca me lo perdone si me la topo de nuevo, tengo que saber qué diantres le ocurre.
El primogénito se incorporó, dándole la espalda a Zombina por un par de segundos antes de voltear y volver a mirarla fijamente.
-He formado ya un plan en mi cabeza y si actuamos discretamente podremos resolver esto hoy.
-¿Podremos? -la chica no muerta se vio invadida otra vez por la duda-. Hiro, lo que ocurrió entre tú y Maika es un asunto estrictamente personal y aunque yo sea la primera interesada en saber qué pasará, no sé si es prudente que te acompañe. La situación ya asoma difícil desde el primer movimiento.
-No iré si no es contigo porque tú eres mi presente y futuro, querida -él la abrazó fuertemente, empapándose de su aroma a pino y limón-. Aciertas de pleno al manifestar que Maika forma parte de mi pasado y está fuera de mi alcance, pero deseo que me acompañes para que así ambos puedan despejar la dudas, viviendo armónicamente en mi interior de aquí en adelante.
-¿Apoyo moral, entonces? -por momentos ella sintió curiosidad al verse colocada en un rol secundario.
-Mucho más que moral, Zombina. Tú eres y serás mi puntal en la salud y la enfermedad. Además, ¿en qué quedó eso de aplicar la dosis justa de ingenio e ir de frente, eh? -le guiñó sutilmente el ojo izquierdo.
-Tienes razón -sonrió la liminal con travesura-. Nada saco con engañarme porque jamás de la vida te dejaría solo y mucho menos para algo tan importante. Encantada iré contigo pero antes debo imponerte dos condiciones. Una, me mantendré respetuosamente al margen de la charla que ocurra entre ustedes a menos que ella o tú consideren prudente mi intervención. Y dos... no saldremos de aquí sin que pruebes mi plato de pescado a la plancha -le dio un besito esquimal-. Te reservé la porción más grande y mejor marinada. ¿Se te abrió el apetito o no?
Hiro iba a abrir la boca cuando su estómago se anticipó y rugió con ganas. La pareja no pudo evitar reír discretamente, tomándose de las manos mientras iban rumbo a la enorme cocina de la posada.
Eran más o menos las dos y media de la tarde cuando humano y zombie, bien abrigados y caminando lentamente del brazo, entraron en una calle estrecha incluso para los estándares urbanísticos japoneses. Un círculo blanquirrojo con línea diagonal de izquierda a derecha prohibía la circulación a todo tipo de vehículos en sus tres cuadras de extensión. Se detuvieron ante la primera entrada del lado derecho, empotrada en un muro blanco que doblaba la esquina. Sobre el tradicional buzón rojo notaron una placa de cerámica azul con caracteres blancos exquisitamente pintados.
細山田
-Hosoyamada -leyó la pelirroja atentamente-. ¿Aquí vive Maika?
-Aquí mismo. Es una de las propiedades más antiguas del pueblo. Voy a tocar el timbre.
Respirando hondo dos o tres veces, Hirohisa cruzó una última mirada con Zombina antes de acercar su dedo al botón plástico. Esta vez ambos se fueron para atrás al escuchar un grito desgarrador.
-¡No puedo entender por qué me hicieron esto! -la voz era femenina-. ¡Simplemente no puedo entenderlo!
-¡Hija, tranquila, por lo que más quieras! -otro registro, claramente de su padre, se elevó aún más.
-¡¿Cómo quieres que me tranquilice, papá, si confié por entero y así me lo pagaron?! ¡Estoy destrozada!
El chico, presa de los nervios, tragó saliva, mientras la chica monstruo sentía en el aire que algo iba realmente mal ahí dentro. Hiro tocó el timbre, mas no se sorprendió cuando nadie atendió la llamada.
-¡Maika, mi amor, relájate! -ahora habló su madre-. ¡Los tres sabemos que esto no debe ser así! ¡Permítenos ayudarte!
-¡Nadie puede ayudarme ahora! -retrucó Maika, quebrándose cada vez más-. ¡Nadie!
Siguió un sollozo de tal magnitud que podría haberse escuchado incluso en las montañas más altas del valle. La pareja se miró y entendió en el acto que haberse apersonado tan pronto en aquel rincón de Nagiso no fue buena idea.
-Mejor será que volvamos mañana o tal vez pasado -sugirió Hiro aunque sin admitir la rendición-. Aprecio mucho a Maika pero no creo que sea buena idea intentar abordarla ahora que está tan tocada.
-Concuerdo -expresó Zombina-. Sin ser adivina creo entender lo que le ocurrió: terminó confesando su verdadera orientación ante sus padres y ellos le dieron a cambio la bofetada del...
Justo ahí la puerta principal se abrió y ambos quedaron pasmados al ver salir a la humana pelinegra corriendo, su rostro escudado por sus manos y alejándose del que considerara, ellos suponían, su hogar hasta ese día. Iba desprovista del abrigo beige, casi animando al frío invernal a que se la llevara en un viaje sin retorno. Zombina, sobrecogida, no notó el cambio de expresión en el rostro de su novio hasta que él levantó nuevamente la voz.
-Ya sé dónde va -sentenció Hiro con nuevos bríos-. Amor mío, ¿crees que puedas ir ahora mismo a casa a buscar una chaqueta gruesa que le quede buena?
-No tengo ningún problema pero ¿dónde nos vamos a juntar? -preguntó ella sin captar del todo las intenciones de su amigo.
-Iré tras ella ahora mismo. Nos vemos en el Puente Tosuke y si no, en el parque de la otra orilla.
-¿El Tenpaku?
-El mismo. No me falles, ¿eh?
-Nunca.
Mientras el muchacho salía corriendo tras ella y planeaba seguirla discretamente, Zombina deshizo el camino apretando a fondo su acelerador personal. La sola mención de aquel sitio ubicado al norte del río Kiso terminó de aclararle la película. "Sólo espero que los dioses en que no creo puedan ayudarte a evitar un desastre mayúsculo, querido", meditó.
03:23... 03:22... 03:21... 03:20...
Tras casi un cuarto de hora de frenético andar, Hiro cruzó el puente y entró en el sendero apenas cortando la densa floresta del parque. Este sitio, discreto y magníficamente mantenido por la misma naturaleza mediante sol, lluvias, nieve y brisa, era muy popular entre las parejas locales y también para quienes, como Maika, deseaban llorar sus penas de amor. Apelando a la luz de su memoria, siguió el rastro cual auténtico sabueso hasta llegar al rincón más apartado, donde apenas una banca junto a un macizo de flores silvestres rompían el monopolio del verde follaje.
Allí estaba sentada, con la cabeza gacha y las piernas juntas, Maika Hosoyamada. Claramente el frío afectaba a la fémina pero una seguidilla de temblores acompasados al silencioso llanto rompiendo los diques de sus ojos parecía mantenerla amarrada al mundo de los vivos.
"Se ve tan vulnerable", él dudó una vez más. "Debería dar media vuelta e irme pero, tal como dijera Zombina en nuestra propia conversación, es inútil engañarme".
Dio un par de pasos hacia ella que nadie más escuchó, o al menos eso creyó hasta que la universitaria abrió la boca.
-Quédate donde estás, Sugano.
-Maika -esbozó él discretamente-. ¿Qué te pasó para...?
-¡Ni un paso más! -ella levantó su rostro y se mostró en pleno, sus hermosas facciones destrozadas por el dolor-. ¡¿Por qué me seguiste?!
-¿Por qué fingiste no conocerme cuando nos topamos esta mañana en la calle principal? -contraatacó Hiro-. ¿Por qué volviste al pueblo si tu nueva vida está en la gran ciudad? ¿Por qué no...?
-¡Basta!
Ella se arrojó hacia él con los puños cerrados pero, creando la sorpresa más grande del día, ni amago hizo de repartir una ensañada de golpes. En vez de eso se deshizo en otro larguísimo torrente de lágrimas, abrazando al muchacho cual poste en medio de un huracán.
-Ya no quiero sufrir -sollozaba-. Ya no quiero sufrir. ¡Ya he tenido suficiente para toda mi maldita vida!
-Maika...
Con toda la delicadeza que pudo procurar la llevó a sentarse nuevamente y rodeó su cuerpo delicadamente con un brazo. Incluso con el grosor de la tela podía sentir que su contraparte estaba helada. Rezó para que Zombina pudiese llegar a tiempo con un abrigo o un suéter más apropiado para este clima que parecía empeorar a cada minuto.
-Sé que para ti no soy más que un afterthought, un pestañeo en el radar de la vida, pero estoy dispuesto a escuchar tus penas y ayudarte a superarlas. Considéralo un favor del destino -dijo él.
-¿De verdad crees en el destino, Sugano? -hipó Maika tras calmarse un pelito-. Para mí sólo es un cuento de viejas ridículas y no tengo ni tiempo ni ganas de dedicarle espacio.
-Siempre está allí aunque no lo veamos -Hirohisa trajo a colación la idea que le contara su amiga Francine-. Incluso si tus padres te cerraron las puertas al enterarse de tu condición...
-¿Quién te dijo que me cerraron las puertas por mi condición? -la chica lo miró con unos ojos turquesa abiertos cual platos-. ¿Cómo sabes que estaba hablando con ellos hace menos de una hora?
Arrinconado por su propia mano, el muchacho se vio obligado a contarle que había decidido ir a visitarla en su casa luego del impasse mañanero y esperaba, en su plan original, salir de allí con una explicación coherente de su comportamiento. Omitió, sin embargo, cualquier mención de Zombina; no deseaba apartarse de la ardua tarea que le esperaba.
-No hubiera estado de ánimo para recibirte, Sugano, y mucho menos a nadie más -confesó ella de forma directa-. Me sentía destrozada luego de haber revivido, en parte gracias a mi accidental encontrón contigo, los recuerdos más amargos de los que tenga memoria. Ya entonces me sentía tocada y cuando llegué a casa de mis padres para pedirles consejo, me desarmé entera y dije una sarta de barbaridades por las que debería ir ahora mismo a pedirles perdón de rodillas.
-Veo que esto se descompone en dos partes -expresó Hiro-. ¿Podrías contarme todo por el principio?
-He llegado al mismo fondo del pozo, por lo que más no puedo hacer -Hosoyamada se encogió de hombros y se pegó instintivamente a su interlocutor debido al frío-. Sugano, sé que tú fuiste el primero en averiguar que era lesbiana. Sé que me seguiste aquella tarde cuando fui a reunirme con Airi Tamaki, mi novia por ese entonces, cerca de Tsumago Juku, algo sur del pueblo. Sé que fuiste posterior testigo de nuestro beso en el mismo sitio que ahora estamos... y sé que guardaste el secreto bajo siete llaves tras la graduación incluso con el peso de un corazón triturado a cuestas. Agradecí tal gesto durante mucho tiempo cuando ambas nos marchamos a estudiar alta costura a Kyoto.
-¿Tus padres lo sabían por esos años?
-La noche posterior a la graduación lo conversé con ellos en el salón de mi casa, después de cenar. Pensé que, como muchas familias formadas bajo el prisma tradicional, me rechazarían al punto de desheredarme -suspiró Maika-. Afortunadamente todo ocurrió al contrario y decidieron apoyarme hasta el final aunque todos los demás me condenaran. Incluso les presenté a Airi poco antes de abandonar Nagiso y la encontraron una muchacha encantadora. "Lo que ocurra a puertas cerradas es cosa de ustedes porque ya son adultas hechas y derechas", dijo mi viejo, y ahí mismo lo abracé como nunca antes en mi vida. Mi madre, que los dioses la bendigan porque es una mujer extraordinaria y vivo ejemplo, nunca dejó de llamarme ni mandarme dinero para mis gastos, que eran muchos entre diseños y clases prácticas.
-Es un alivio saberlo.
-Me sentí liberada al llegar a Kyoto, una urbe grande en la que ambas podíamos ser anónimas de cara al público pero mucho más íntimas puertas adentro. No niego que a veces discutíamos por tonterías como todas las parejas e incluso nos quitábamos el saludo por pequeños lapsos, pero las altas fueron mucho más abundantes que las bajas -se explayó la pelinegra-. Salíamos a pasear, disfrutábamos la ciudad, nos burlábamos sin malicia de nuestros profesores en las horas libres... Sí, todo era miel sobre hojuelas hasta que ocurrió algo que lo cambió todo hará quince días, aunque su génesis venía desde al menos tres meses.
-Tengo una intuición de hacia dónde va esto pero prefiero que tú misma me digas lo que vino después -el chico miró al frente por si aparecía Zombina antes de volver a centrar su atención en Maika.
-Gracias, Sugano.
-Llámame Hirohisa o sólo Hiro, Maika -corrigió el primogénito sin severidad-. Ya no estamos en la escuela.
-Soy dos años mayor que tú.
-¿Y qué narices tiene que ver la edad con esto?
-Se vería raro -justificó ella-, tal como si fuésemos amigos. Perdona, pero aún me es complicado asumir la real dimensión de esta partida.
-Sólo confía. Con eso me basta. No te juzgué entonces y no lo haré ahora, Maika.
Vino un silencio breve. La fémina ordenó sus pensamientos y decidió lanzarse a lo más profundo del relato.
-Hace unos tres meses, como te conté antes, noté que Airi comenzó a ponerse gradualmente más esquiva. A veces se quedaba trabajando en sus diseños hasta muy tarde y no me dejaba entrar al taller que teníamos en casa. En clases era la misma de siempre; evidentemente buscaba disimular algo -ella frunció el ceño ante el dolor-. Noté también que pasaba bastante más tiempo hablando por teléfono durante las horas de descanso. Dejamos de salir y de hacer casi todo juntas. Me sentí desplazada, ¿entiendes? Entonces llegué al punto de vulnerar la barrera más sagrada: revisarle el móvil. No me fue difícil si consideramos que su patrón de bloqueo, formado por un ángulo recto, era bien predecible, algo de lo que sólo ella puede culparse. Sabía que actuaba cual paranoica de animé pero mi curiosidad pudo más.
-¿Y qué hallaste?
-Bajo un número que no era el mío y registrado en sus contactos con un montón de smileys y corazoncitos -ahora la chica se crispó-, tenía un reguero de mensajes en tonos muy amorosos, incluyendo términos que conmigo jamás usó. Se me vino el mundo encima al ver con mis propios ojos que mi novia me engañaba. Fue una puñalada trapera que me quitó el sueño aquella noche, pero acusé el golpe con dignidad y decidí fingir hasta que llegara el momento de colocar las cartas en la mesa. La semana de fin de año me las arreglé para salir antes de clases y volví a casa como si nada.
-Deduzco que Airi no fue ese día o se retiró incluso antes -atajó Hirohisa.
-Deduces bien, Sugano -Maika mostró que los viejos hábitos eran complicados de romper-. Casualmente fue una de nuestras profesoras de diseño quien me dio el dato de su ausencia, extendible a todo el día. Saludé al conserje, recogí mi correspondencia, tomé el ascensor y abrí las cerraduras con extremo sigilo. Nada más poner mis pies dentro del departamento sentí el aroma de su colonia floral más otra esencia desconocida, parecida a la de los mismos pinos rodeándonos. Entré a la sala de estar y casi se me cayeron las cartas de la misma forma que tú actuaste con tu bolsa esta mañana. Ante mis ojos, besándose apasionadamente en el sillón, estaban Airi y Daichi Morozumi, uno de nuestros compañeros de clase.
-¡¿Un hombre?! -él casi se fue de espaldas tras semejante vuelco-. ¿Pero no que Airi también era lesbiana?
-Justo ahí me enteré que era bisexual -replicó Maika con pesar-. Luego de arrojarles todo lo que tenía a la mano, incluyendo unas bolas de chakra traídas de la India que pesaban un kilo cada una, les exigí que me dieran una explicación creíble o llamaría en el acto a la policía para denunciarlos por invasión de propiedad privada.
-¿A tanto llegó?
-¡Por supuesto! Yo pagaba el arriendo del departamento con lo que me mandaba mi madre, así que tenía la ventaja de ser dueña de casa -carraspeó la humana-. Si ya enterarme del engaño de esta descarada fue terrible, lo peor fue escuchar, de sus propios labios, que ella había tenido una relación conmigo porque me vio sola pero resultó estar más interesada en el otro tunante. ¡Casi tres años de mi vida triturados por culpa de una soberana mentira! ¡La muy perra trapeó el piso con mi corazón y ni le importó que la sorprendiera con las manos en la masa! Al final los mensajes resultaron ser la antesala de un plan para irse los dos a Tokio o a Auckland, qué se yo, y dejarme tirada como los pepinillos de una hamburguesa barata. No soy ni seré perfecta, mas tengo mi orgullo y por ningún motivo iba a permitir semejante atropello a mi dignidad.
-Grandísimo par de malnacidos -el menor de los Sugano sintió auténtica furia-. Afortunados deberían sentirse de no estar frente a mí ahora mismo porque les daría un sermón y después una paliza. Quizás tirarlos al Kiso también sea una buena idea.
-Merecido se lo tendrían los tortolitos -sentenció Maika con absoluto asco, saboreando algo de la refinada crueldad de Hirohisa-. ¿Sabes que más esperé de ellos?
-¿Qué?
-Que me ofrecieran una patética tregua consistente en una relación poliamorosa u otro retraso mental parecido para "mantener viva la llama" -vino una expresión aún más asqueada-. Ahí sí que los habría arrojado yo misma por la ventana -bufó ella-. Yo soy firme creyente en la exclusividad de las relaciones románticas y nada me apartará de ella.
-Haces bien, Maika -el chico pensó que su reacción habría sido aún más violenta si alguien quisiera quitarle a Zombina-. ¿Y qué ocurrió una vez cayeron las fichas sobre el tablero?
-Después del desastre le di a mi ex-novia hasta el final del día para armar sus maletas y largarse del departamento; si incumplía la desalojaría con la fuerza pública. Una vez me quedé sola en compañía de la rabia, vomité hasta la bilis en el baño y después lloré como sólo recordaba después de la muerte de mis abuelos. Hablé con mis profesores para pedir un cambio de currículum para el próximo semestre y me lo concedieron; también les estoy agradecida porque fueron un buen primer apoyo en esos tristes días de fin de año. Después llamé a mis padres por teléfono y les dije que me vendría a pasar una semanita con ellos. No quise darles más detalles hasta hoy, cuando llegué al pueblo en el primer tren y me encontré contigo. Revivir esa secuencia tan amarga me dolió hasta los cimientos de mi ser, cegándome al punto de rechazar la ayuda que me tendían.
-Ahora lo entiendo todo.
-Aún me falta una última cosa, Sugano. Volver a verte me hizo recordar los tiempos felices que viví junto a Airi y lo que podría haberse formado a futuro si no hubiese ocurrido lo que te he contado. Por eso te hice el quite aunque me dolió profundamente cometer semejante falta de educación -volvió a sollozar-. Te agradezco que me hayas escuchado. Eres un buen chico, un muy buen chico... Algún día harás muy feliz al ser que logre conquistar tu corazón.
Esta vez la fémina no resistió cuando él la abrazó, dejándole volcar los últimos ecos de su pena en el aire del parque. Hirohisa se permitió una sonrisa al ver a Zombina llegar con una chaqueta roja que, estética mediante, le venía bastante bien a su conjunto beige y azul.
"Veo que hiciste un buen trabajo", expresó la chica monstruo mediante un guiño.
"Salió mejor de lo que creía", contestó él de la misma forma. "Ahora sería bueno ponerle la chaqueta si no queremos verla víctima de la hipotermia".
"Entonces puedo respirar tranquila", devolvió la liminal, enterneciéndose ante la frágil figura de Maika Hosoyamada.
Lo siguiente que supo la humana fue verse abstraída del frío por los prodigios de una tela térmica. Quedó estupefacta al ver la chaqueta alrededor de sus hombros y aún más al ver parada junto al banco a una muchacha de ojos dicrómicos, piel parcelada en tonos ligeramente contrastantes y desordenada cabellera rojo intenso. Ahora fue ella quien casi terminó de espaldas en el frío suelo.
-Hi... Hirohisa -ella se incorporó, separándose de ellos un par de metros-. ¿Quién es ella?
-Mi nombre es Zombina -la extraespecie le tendió amistosamente la mano-. Hiro me contó sobre ti hace un tiempo. Lamento que nos presentemos en un contexto tan doloroso.
-¿Hiro? -Maika no entendía nada-. ¿Qué está pasando aquí?
-Sólo cumplí el vaticinio que hicieras hace apenas instantes -él la ayudó a colocarse la chaqueta.
-¿Eh? -la pelinegra pausó antes de palmearse la frente-. ¡No me digas que ella es tu novia!
-Tal cual, Maika -nuevamente la zombie-. La mejor llave para abrir el candado rodeando un corazón es hablar y eso me sucedió a mí, sin ir más lejos.
Se acercó y rodeó los hombros del muchacho con uno de sus brazos, atrayéndolo hacia sí con una mezcla de posesión y cariño. La otra fémina no era una enemiga sino un alma en pena que necesitaría todo el apoyo posible para rehacerse.
-¡Oh, Dios mío! -la humana apartó la mirada, derechamente ruborizada-. ¡Sugano, deberías haberme dicho que estabas comprometido! ¿Qué irá a pensar esta chica si nos vio abrazados?
-Nada negativo. Como dije recién, Hiro me contó el incidente ocurrido entre ambos durante los días de preparatoria. No temas nada que yo soy muy discreta y nadie más, aparte de tus padres, supongo, sabe la realidad sobre tu orientación sexual -Zombina levantó las manos para calmar a Maika-. Ambos preferimos juzgar a la gente no por factores inmutables sino, como dijo un pensador de cuyo nombre no puedo acordarme, por el contenido de su carácter y sus propias acciones.
-Puedes quedarte tranquila respecto a nosotros, Maika. Zombina y yo no abriremos la boca respecto a esto incluso si nos amenazan.
-Al menos puedo granjearme un poco más de paz -suspiró la aludida, reprimiéndose mentalmente por tener la desconfianza aún a tope, y luego relajándose-. Lo único que deseo ahora es volver con mis padres y hablar esto de nuevo con ellos... sin este enorme peso negro de por medio.
-Si gustas podemos acompañarte hasta tu casa -ofreció él-. Se está hace tarde y anunciaron una nueva nevada para esta noche.
-¿De verdad lo harían?
-¡Claro! -intercaló Zombina-. Caminar siempre es mejor en compañía. Y si por cualquier razón necesitas hablar o planear algo durante los días que estés en Nagiso, ya sabes dónde encontrarnos.
Los tres abandonaron ese rinconcito del Parque Tenpaku con diversas medidas de satisfacción. La zombie y el humano iban tomados de las manos; tal era su forma de felicitarse por un trabajo bien hecho. Gracias al gran esfuerzo de Hirohisa consiguieron sofocar un amago de incendio que de expandirse habría significado no sólo un dolor terrible sino la corrupción de algunos de los mejores años que él viviera.
Maika, con la mente más despejada, comenzó a ver la luz al final del largo túnel de sus angustias. La traición de Airi fue un golpe bajísimo, cierto, pero no tenía por qué dejarla amarrada al piso permanentemente. Miró al cielo mientras cruzaba el Puente Tosuke rumbo a la orilla sur y juró en silencio que se reharía, volvería a Kyoto con una nueva mentalidad y volcaría en sus diseños de alta costura las mejores pinceladas de su inspiración. Y si surgía una nueva posibilidad de pareja, haría todo lo posible para evitar los errores del pasado.
Nota del Autor: Una combinación de "pueblo chico, infierno grande" y las intensas emociones emanadas por corazones rotos sirvió para estructurar este capítulo, donde la incertidumbre y el drama dominaron. Ya desarrollé una hebra similar en Muros de Cristal (si tienen buena memoria sabrán a quién me refiero) pero ahora lo hice desde un lado más visceral porque las heridas sufridas por la joven Maika aún arden al contacto con el aire limpio de Nagiso. Hirohisa ciertamente no esperaba hallar una hebra tan profunda de su propio pasado mirándole a los ojos, pero su decisión de llegar al fondo del asunto sin faltarle el respeto a quien alguna vez fuese su superiora tiene mucho de loable. Zombina, por su parte, juega un rol de apoyo y comprensión en esta historia, complementando las ideas de su amado y animándole, en un overlapping de peso, a sacudirse la modorra del desconcierto. Al tocar temas tan sensibles como los ya vistos, vale recordar que la discreción es parte imprescindible del valor.
Cuando Valaika termina de leer lo que ustedes ya han visto, me mira como sólo ella puede y desliza una frase muy cierta: "nadie es inmune a un corazón roto pero tener a alguien de verdad a tu lado es la mejor defensa". Después nos damos un piquito y volvemos a nuestras muchas labores.
Antes que se me olvide, les deseamos de corazón un 2019 repleto de éxitos e instantes para eternizar en la memoria. ¡Hasta la próxima, queridos lectores, y no olviden comentar! O como se dice en japonés, "no amar es cerrarnos a la más hermosa faceta de la vida".
