Capitulo 37
—A mí me ha gustado lo que ha pasado en el ascensor —murmuro saliendo del coche.
No estoy segura de si oigo un jadeo ahogado, pero decido hacer caso omiso y subo los escalones de la entrada. Annie y Finnick están sentados a la mesa. Los libros de catorce mil dólares no siguen allí, afortunadamente. Tengo planes para ellos.
Annie muestra una sonrisa ridícula y poco habitual en ella, y su melena despeinada le da un aire muy sexy. Peeta me sigue hasta el comedor, y aunque Annie sonríe con cara de habérselo pasado en grande toda la noche, lo mira con desconfianza.
—Hola, Katnnis.
Se levanta para abrazarme y al momento se separa un poco y me mira de arriba abajo. Frunce el ceño y se gira hacia Peeta.
—Buenos días, Peeta —le dice en tono ligeramente hostil.
—Señorita Cresta —le contesta en su envarado tono formal.
—Peeta, se llama Annie —refunfuña Finnick.
—Annie.
Peeta asiente con educación y mira a Finnick, que se ríe y se levanta para abrazarme él también.
—Hola, Katnnis.
Sonríe y sus ojos Verdes brillan. Me cae bien al instante. Es obvio que no tiene nada que ver con Peeta, pero, claro, son hermanos adoptivos.
—Hola, Finnick. Le sonrío y me doy cuenta de que estoy mordiéndome el labio.
—Finnick, tenemos que irnos —dice Peeta en tono suave.
—Claro.
Se gira hacia Annie, la abraza y le da un beso interminable. Vaya… meteos en una habitación. Me miro los pies, incómoda. Levanto los ojos hacia Peeta, que está mirándome fijamente. Le sostengo la mirada. ¿Por qué no me besas así? Finnick sigue besando a Annie, la empuja hacia atrás y la hace doblarse de forma tan teatral que el pelo casi le toca el suelo.
—Nos vemos luego, nena —le dice sonriente.
Annie se derrite. Nunca antes la había visto derritiéndose así. Me vienen a la cabeza las palabras «hermosa» y «complaciente». Annie, complaciente. Finnick debe de ser buenísimo.
Peeta resopla y me mira con expresión impenetrable, aunque quizá le divierte un poco la situación. Me coge un mechón de pelo que se me ha salido de la coleta y me lo coloca detrás de la oreja. Se me corta la respiración e inclino la cabeza hacia sus dedos. Sus ojos se suavizan y me pasa el pulgar por el labio inferior. La sangre me quema las venas. Y al instante retira la mano.
—Nos vemos luego, nena —murmura.
No puedo evitar reírme, porque la frase no va con él. Pero aunque sé que está burlándose, aquellas palabras se quedan clavadas dentro de mí.
—Pasaré a buscarte a las ocho.
Se da media vuelta, abre la puerta de la calle y sale al porche. Finnick lo sigue hasta el coche, pero se vuelve y le lanza otro beso a Annie. Siento una inesperada punzada de celos.
— ¿Por fin? —me pregunta Annie con evidente curiosidad mientras los observamos subir al coche y alejarse.
—No —contesto bruscamente, con la esperanza de que eso impida que siga preguntándome. Entramos en casa.
—Pero es evidente que tú sí —le digo.
No puedo disimular la envidia. Annie siempre se las arregla para cazar hombres. Es irresistible, guapa, sexy, divertida, atrevida… Todo lo contrario que yo. Pero la sonrisa con la que me contesta es contagiosa.
—Y he quedado con él esta noche. Aplaude y da saltitos como una niña pequeña.
No puede reprimir su entusiasmo y su alegría, y yo no puedo evitar alegrarme por ella. Será interesante ver a Annie contenta.
—Esta noche Peeta va a llevarme al capitolio.
— ¿Al capitolio?
—Sí.
— ¿Y quizá allí…?
—Eso espero.
—Entonces te gusta, ¿no?
—Sí.
— ¿Te gusta lo suficiente para…?
—Sí. Alza las cejas.
—Guau. Por fin Katnnis Everdeen se enamora de un hombre, y es Peeta Mellark, el guapo y sexy multimillonario.
—Claro, claro, es solo por el dinero.
Sonrío hasta que al final nos da un ataque de risa a las dos.
— ¿Esa blusa es nueva? —me pregunta. Le cuento los poco excitantes detalles de mi noche.
— ¿Te ha besado ya? —me pregunta mientras prepara un café. Me ruborizo.
—Una vez.
— ¡Una vez! —exclama. Asiento bastante avergonzada.
—Es muy reservado. Annie frunce el ceño.
—Qué raro.
—No creo que la palabra sea «raro», la verdad.
—Tenemos que asegurarnos de que esta noche estés irresistible
me dice muy decidida. Oh, no… Ya veo que va a ser un tiempo perdido, humillante y doloroso.
—Tengo que estar en el trabajo dentro de una hora.
—Me bastará con ese ratito. Vamos.
Annie me coge de la mano y me lleva a su habitación. Aunque en Clayton tenemos trabajo, las horas pasan muy lentas. Como estamos en plena temporada de verano, tengo que pasar dos horas reponiendo las estanterías después de haber cerrado la tienda. Es un trabajo mecánico que me deja tiempo para pensar. La verdad es que en todo el día no he podido hacerlo.
