Esta historia es de Krazyk85, yo sólo traduzco.

Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. El argumento y demás ingredientes de esta obra, son de la autora.

.

Chop and Change

Capítulo treinta y siete

Emmett y Jasper habían estado afuera en el balcón por diez minutos ya, discutiendo con Edward. Los chicos no aprobaban nuestro último robo. Era un error. No era correcto que tentáramos nuestra suerte. La policía estaba por todos lados. Nos podrían atrapar.

Jasper decía que estaba loco.

Emmett decía que era estúpido.

Pero ambos concordaban que Edward no pensaba racionalmente.

Él escuchaba sus opiniones, asentía, y fumaba su cigarrillo casualmente.

Mis ojos estaban enfocados en sus labios carnosos envueltos alrededor del filtro. El sexo puro que Edward emanaba era enloquecedor. Me cautivaba y era difícil poder apartar la vista… así que miraba… desde adentro… por la ventaba, empujando las cortinas.

No era suficiente para ser visto, pero me daba una buena vista a mi objeto de deseo.

Edward sabía que estaba mirando.

Él siempre estaba al tanto de mí.

Sus ojos se encontraron con los míos con una mirada de reojo, y me dio una sonrisa socarrona. Fue una pequeña curva de sus labios, genuina y dulce, pero muy breve. Solo duró una milésima de segundo antes de borrar toda emoción de su rostro, fingiendo indiferencia.

Sería imposible que alguien lo notara—incluso si estuvieran mirándolo directamente—pero yo estaba agudamente en sintonía con Edward.

Cada sonrisa y ceño fruncido estaba profundamente grabado en mi mente. Conocía su rostro mejor que el mío propio.

Soñaba con ese rostro

Quitando su atención de mí, miró impasiblemente a Jasper, quien seguía hablando en voz baja y neutral.

Emmett ya había renunciado a tratar de convencerlo de lo contrario. La conversación no iba a ninguna parte.

Sacudí mi cabeza, queriendo reír. ¿Qué esperaban? Deberían haber sabido que no podían convencerlo de algo una vez que su mente estaba fija en algo.

Edward Cullen era un terco estúpido.

En algún lugar detrás de mí, sabía que Alice y Rose estaban mirándome, burlándose de mi espionaje y de cómo siempre tenía que estar involucrada en todo. Incluso dijeron algo sobre no soportar que Edward estuviera fuera de mi vista.

Estaba acostumbrada a sus burlas, especialmente hoy. El no-tan-silencioso sexo de la mañana fue comentado varias veces, sobre todo por Emmett. Cada minuto, él estaba pensando algo nuevo y avergonzante para decir, tratando de hacerme sonrojar peor que la anterior—y no le importaba una mierda lo incómodo que ponía a todos en la habitación. Solo lo alentaba más.

Lo único que lo calló era el puño derecho de Edward, lo que inmediatamente llevó a una lucha masiva en el suelo con todos los chicos uniéndose… excepto Caius.

Él era el forastero, sentado en silencio y observando desde la esquina.

Me ponía nerviosa.

—Bella, eres como un pequeño cachorrito triste esperando en la puerta a que su dueño vuelva a casa —rio Rose.

Mi rostro se ruborizó de la vergüenza y sacudí mi cabeza, escondiéndome detrás de mi cabello. Me alejé de la ventana y dejé que la delgada cortina se deslizara de entre mis dedos. Esta cayó contra el cristal, bloqueando mi vista de mi sol, y me senté en mi asiento, mirando a dos pares de ojos. Traté de fingir inocencia, pero no se le creyeron.

—Acéptalo, chica. Es obvio que tú y Edward tienen problemas de separación —dijo Rose.

Alice bufó, sacudiendo su cabeza.

—¡Por supuesto que no! —respondí, fulminando con la mirada—. Solo estaba siendo curiosa. Vamos, chicas, no estoy tan loca.

Técnicamente, lo estaba—obviamente—pero ella no tenían que saberlo.

—Sí, como sea —dijo Rose, rodando sus ojos.

—No, tiene razón —intervino Alice, viniendo a mi defensa—. Quiero decir, cuando se trata de tener ansiedad de separación, tendría que decir que Edward es peor que ella.

Rose bufó.

—Es verdad. Escuché todo sobre el fiasco de México y ahora lo maniático que…

—Esperen, ¿qué fiasco de México? —interrumpí.

Era la primera vez que escuchaba de esto. Sabía que Edward había vuelto a casa temprano pero no me molesté en saber por qué. Esa noche me había estado abrazando y besando, y cualquier cosa aparte de eso era intrascendente.

Rose posó sus ojos sobre mí y sonrió maliciosamente, obviamente alimentando mi curiosidad.

—Bueno, Emmett me contó que ellos tuvieron que terminar el viaje antes y joder a muchas personas porque Edward simplemente —agitó sus manos alrededor de ella para un efecto dramático—, no podía soportar estar lejos de ti.

Ahora eso atrajo la atención de todos… especialmente de Caius. Se enderezó en su asiento del otro lado de la sala, su presencia oculta por una esquina oscura, e inclinó la cabeza hacia un lado. Me evaluó más a fondo ahora. Especulando como mi mera existencia podría afectar a Edward de tal manera que los negocios no eran lo primordial.

El escrutinio repentino se sintió incómodo, y mi rostro se ruborizó. Traté de esquivar su mirada fija hundiéndome en mi silla, esperando desaparecer de su vista…

No tuve éxito.

Rose —dijo Alice, tratando de mantener su tono ligero y alegre mientras sus ojos amplios y cautos transmitían otra cosa—. Sabes que eso no fue lo que pasó. No es bueno bromear con Bella así.

—¿Eh? —respondió Rose, atónita y un poco ofendida por ser reprendida por Alice—. ¿Qué estás…? —hizo una pausa, finalmente viendo a Caius en la esquina, mirando como si quisiera sacarme la piel. Inmediatamente, la expresión de ella cambió a una ligera y se giró hacia mí, golpeándome suavemente en la rodilla—. Sabes que estoy bromeando contigo, Kid, ¿no?

—Por supuesto —respondí, siguiéndole el juego, pero era demasiado tarde y el daño estaba hecho.

Caius se puso de pie y nos dio un asentimiento con la cabeza mientras caminaba casualmente hacia la puerta. Lo observé. Él me observó. Ni una sola vez en los tensos diez segundos alguno de nosotros quebró el contacto visual.

Contuve mi respiración todo el tiempo.

En el momento que la puerta se cerró detrás de él, Alice golpeó a Rose en la pierna.

—¡Maldita sea! ¡Tienes una bocota!

—¡Perra! —siseó ella, empujando con fuerza a Alice lejos de ella—. ¡Mierda! eso si que dolió.

—¡Bien! ¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer? —susurró Alice, volviendo su cabeza hacia Charlotte y Peter, quienes se excusaron para escapar al baño—. No puedo creer que hicieras eso.

—Fue un accidente —espetó Rose—. Mierda pasa.

Me recosté en mi silla, abriendo cuidadosamente las cortinas y viendo hacia fuera. El balcón estaba vacío. Todos se habían ido.

—¿Por qué me estaba viendo así? —pregunté.

—¿Cómo qué? —preguntó Rose, todavía frotándose el lugar donde Alice le había golpeado.

—No lo sé… como si quisiera matarme.

Alice gimió.

—Esto no es bueno.

Algo cambió en Rose y su rostro se puso pálido, casi fantasmal.

—Oh, mierda… la cagué.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, repitiendo los dos últimos momentos, tratando de identificar el origen exacto del conflicto repentino. Entonces me di cuenta, y jadeé, dándome cuenta de la gravedad de la situación—. Caius no sabía la razón por la cual los chicos volvieron temprano, ¿no?

Alice sacudió su cabeza, sacando su teléfono y mandando un mensaje furiosamente.

—Todo lo que le dijeron a Caius era que fueron detenidos por la policía mexicana y fueron rápidamente escoltados de vuelta a la frontera. Se suponía que debían reunirse en Tucson al final de esa semana, pero Edward nunca se presentó.

—Eso fue porque nos fuimos, ¿no?

—Exacto… y Caius ya estaba cabreado por lo de México, y cuando Edward no se presentó en Tucson con Emmett y Jasper, solo lo empeoró.

Había tanto detrás de esta mierda que Edward nunca me dijo. Todo ese peligroso tornado de caos que nos rodeaba fue creado por mí, y sin embargo, nunca supe de ello. Él me protegía en esta… burbuja.

—¿Qué hizo Caius entonces? —pregunté.

—Se cabreó y le dijo a los chicos que si Edward no mostraba su rostro pronto, las cosas iban a ser muy malas para él… como, muy mal —Alice hizo el gesto de "degollar" con su dedo.

Todo el aire abandonó mis pulmones y caí de nuevo en mi silla.

—Oh, no…

—Sí, exactamente, y si Rose no hubiera…

—Por Dios, Alice, me olvidé que estaba allí, ¿de acuerdo? —intervino Rose con un bufido de exasperación—. Ese maldito simplemente se sienta allí en la esquina y no dice una mierda a nadie.

Alice apretó su mandíbula, tratando de mantenerse calmada y compuesta, aunque aparentemente enojada con todas las excusas de Rose.

—Como sea, —continuó, abriendo sus ojos y mirándome—. Edward tuvo que hacer un montón de cumplidos y promesas a Caius para poder volver a estar bien… ¿pero ahora?

—¿Todo fue para nada? —pregunté, mirando de un lado a otro entre el asentimiento de Alice y el rostro lleno de culpa de Rose. Sacudí mi cabeza, esperando racionalizar esta situación imposible—. Sí, está bien, así que Caius sabe que Edward se fue de México temprano, ¿por qué importa siquiera? Va a recibir una gran pila de dinero del senador ahora, debería olvidar y perdonar.

—Eso es muy cierto, pero Caius ve a Edward como poco confiable… —pausó Alice, moviendo sus ojos de su teléfono a mí llenos de simpatía—, y te hace una enorme debilidad… incluso una amenaza para él.

—¿Una amenaza? ¿Yo? —pregunté sorprendida—. ¿Para qué?

—Su vida, cartel… para todo —respondió Alice con un suspiro agotado—. Hombres enamorados…

—No sirven para los negocios —terminó Edward, apareciendo frente a mí de la nada, tomándome por el brazo y ayudándome a ponerme de pie. Se giró hacia Rose y sacudió su cabeza decepcionado—. Muchas gracias por traerme más mierda. Eso era la última maldita cosa que necesitaba hoy.

—Lo siento, Edward —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Olvidé que estaba allí, y solo pasó. No fue mi intención….

—Sí, sí, no quiero escucharlo —dijo, agitando su mano y volviéndose hacia mí—. ¿Está todas nuestras cosas listas?

Asentí, posando mi vista a un lado de la cama donde estaba nuestros bolsos esperando para ser tomados.

—Bien —dijo, apretándome suavemente los brazos. Entrecerró sus ojos, evaluando mi expresión en mi rostro. Sonrió débilmente, apretando su pulgar en mi ceño fruncido y alisándolo. La rabia que expresaba hace unos momentos estaba disipándose lentamente de sus rasgos endurecidos—. No te preocupes. Todo está bien.

Confiaba en él más que a nada, y quería creerle, pero tenía el mal hábito de quitarle importancia a las cosas con el fin de protegerme.

—¿Lo dices por decir, no?

—Sí —dijo, dándome una sonrisa desigual y autocomplaciente.

—Oh, bueno, eso es genial.

—Pero no es nada que no podamos manejar. —Bajó su mirada y sacó su teléfono. Lo abrió y chequeó la hora. Lo cerró de golpe, volviendo su vista a mí—. Tenemos que irnos.

Edward se agachó y tomó los bolsos del suelo, tirándolos por encima del hombro. Escaneó la habitación en busca de sus otros amigos, Peter y Charlotte, quienes ahora sentían que era seguro salir de su escondite. Pasé por su lado en mi camino hacia el lavabo del baño para tomar el poco maquillaje y productos para el cabello que tenía.

Me sonrieron cortésmente cuando me vieron, su mirada llena de simpatía. Por más que intentara ignorar su pena, no podía detener la ira que estaba llegando a mí y se mostraba en mi rostro y cuello. Lucía como si hubiera sido quemada por el sol.

Estaba muy molesta con cómo todos me trababan… como una frágil flor de mierda.

Mi edad y tamaño me servían de vez en cuando, haciéndome lucir inocente y sin pretensiones, pero la mayoría del tiempo, lo encontraba como un gran obstáculo. Todos los amigos de Edward: ladrones, traficantes y maleantes, me veían como esta chica indefensa que necesitaba ser protegida y mimada… cosa que estaba demasiado lejos de la verdad.

Yo era fuerte y resistente.

Si me empujaran contra una pared, no me dejaría rendir y que el mundo me disuelva. No, lucharía, pateando y gritando, reventando el jodido cráneo con un florero.

—En una hora más o menos, necesito que nos vengan a buscar a Bella y a mí en la frontera. Les mandaré un mensaje. Después de eso, todos nos vamos a Rockford con Caius. —Al oír el nombre de ese hombre, levanté mi mirada y vi a través del espejo a Edward mientras hablaba con Charlotte y Peter.

—¿Caius? —preguntó Peter con escepticismo en su voz, y tendría que estar de acuerdo con él.

—Sí, lo sé, es un comodín de mierda, pero lo necesitamos. No te preocupes, Peter, no va a ser un problema… pero por si acaso, mantén tus ojos abiertos y tu Glock cargada. ¿De acuerdo?

—Creo que fui yo quien te enseñó eso —rió Peter.

—Es un buen consejo —sonrió Edward, mirando hacia mí—. ¿Lista, Kid?

—Sip —dije, cerrando mi bolso de maquillaje y tirándolo en mi bolso. Caminé hacia Edward y tomé su mano, entrelazando nuestros dedos con seguridad.

—Ahora, sobre este trabajo… —comenzó Peter.

—Hablaremos del papeleo y nuestros disfraces en Rockford —dijo Edward, haciendo un gesto hacia la maleta marrón en el puño de Peter—. Mientras tanto, quiero que estén preparados para todo. En el trabajo duro, si quieren.

—¿Cuánto tiempo tenemos para reunir todo el papeleo? —preguntó él.

—El Senador tiene programado hacer una aparición en Springfield el próximo sábado. Llevará a mi madre con él, y la gente que estará en la mansión solo serán los empleados. Tendremos tres días para organizar todo antes que vayamos a Chicago. ¿Es suficiente tiempo?

Charlotte sonrió de manera tranquila, casi feliz.

—Es más que suficiente. Buen viaje, Edward y Bella, y nos veremos pronto.

Su tono era suave… y un poco raro. Sabía que los gemelos hippies eran raros con solo verlos, pero no esperaba que fueran tan cultos.

Edward asintió y sonrió cortésmente, estrechando su mano libre con Peter.

—Igualmente.

—Después de un breve e incomodo abrazo de la pareja rubia, Edward se despidió y me jaló hacia la puerta. El ritmo de su paso, rápido y urgente, me dijo que el tiempo era importante, y cual sea el destino que tenía planeado para nuestro robo, parecía que ya estábamos atrasados… por lo que al Rose, saltando de la cama y bloqueando nuestro paso, era en un mal momento de su parte.

La manera en que saltó a la acción en el último momento me sorprendió. Había estado muy tranquila por tanto tiempo, pareciendo desinteresada en todo lo que pasaba, pero ahora, había una verdadera preocupación detrás de esos ojos azules.

—Antes que te vayas, Edward, solo necesito preguntar una cosa.

Maldiciendo entredientes, él cerró sus ojos y se frotó la frente con fuerza.

—¿Qué quieres?

Rose era vacilante, moviéndose nerviosamente de un pie a otro. Edward trató de ser paciente, pero podía sentir que estaba perdiendo la paciencia lentamente mientras me apretaba la mano con demasiada fuerza.

—Habla ahora o calla para siempre —dije, haciendo una mueca.

—¿Qué tan malo es? —soltó, viendo que se le iba la oportunidad rápidamente.

—¿Qué tan malo es? —reflexionó él, levantando una ceja, Ella asintió—. Bueno, digamos que eres jodidamente afortunada que Jazz fue capaz de convencer a Caius que era una típica pollita*, hablando siempre estupideces.

No sabía qué significaba esa palabra, pero no sonaba linda.

Ella pareció aliviada, dejando soltar el aliento.

—Eso es bueno, ¿no? Quiero decir, podría haber sido peor.

—Sí, claro, lo que sea que te ayude a dormir por las noches —dijo Edward, llevándome hacia la puerta otra vez. Rose, más audaz que antes, extendió la mano y agarró de su brazo, deteniéndonos. Edward apretó la mandíbula y rechinó sus dientes, haciendo un horrible ruido—. ¡¿Qué?!

—¿Qué… qué habría hecho… ya sabes, si Jazz no le hubiera convencido?

—Tienes que estar bromeando —rio secamente, alejando su brazo—. Solo estate agradecida, Rose, que nunca tendrás que saberlo, ¿de acuerdo? Ahora, déjame solo. Estoy jodidamente ocupado.

—Sí, de acuerdo. —Acató Rose, dando unos pasos hacia atas y dándonos lugar a Edward y a mí para pasar.

Rose estaba arrepentida, y siguió disculpándose conmigo mientras iba hacia la puerta… las cosas estaban mal.

De acuerdo, Edward dijo que las cosas estaban bien, pero también admitió haberme mentido en la misma frase. No sabía qué esperar, y con las palabras de advertencia de Alice en mis pensamientos, sabía que nada bueno iba a salir de tener una "alianza" con ese hombre.

Había algo raro en él… algo siniestro.

Tenía que saber.

—Se honesto conmigo. ¿Qué tan grave es? —pregunté, mirando por el balcón hacia el estacionamiento. Jasper y Emmett estaban alrededor de Caius. Desde la distancia, parecían estar hablando casualmente, pero mirando de cerca, vi lo tenso que estaban sus cuerpos.

—No es bueno, pero puedo manejar a Caius. Él solo habla. Es su hermano el que me preocupa.

—¿Hermano? ¿Qué hermano?

—Marc-…

—¡BELLA! —gritó Alice de repente, corriendo detrás de nosotros.

Solté la mano de Edward, asintiendo hacia la escalera.

—Voy a estar en un segundo.

—Está bien —dijo, besándome la frente—. Pero que sea rápido.

Tomó mi bolso y bajó las escaleras, mirando hacia mí cada pocos segundos. Otra vez estaba la cuestión de la separación, y me di cuenta, mientras su cabeza desaparecía de mi vista, que tan malo lo tenía.

Él está a menos de dos segundos de distancia… necesitas relajarte.

Rodando mis ojos ante mi obvia dependencia, me di la vuelta para encontrarme con una jadeante Alice. No había tanta distancia entre donde yo estaba y la habitación, pero ella estaba sin aliento, tratando de conseguir un poco de aire necesario en esos pulmones.

—¿Qué pasa? —pregunté

—Casi te olvidas esto —dijo, sosteniendo mi pistola.

—¡Oh, mierda! —Hice una mueca, quitándola de su palma—. Edward me hubiera matado.

Ella bufó.

—Eso es dudoso.

—Bueno, quizás no matar, pero hubiese tirado una rabieta decente. —Guardé el arma en mi cintura trasera.

Alice rió, asintiendo.

—Eso es verdad.

Mi sonrisa se desvaneció y la preocupación se apoderó de mí.

—¿Va a estar bien Rose? Ella parecía bastante… mal.

—Sí, estará bien. Simplemente odia decepcionar a Edward. Diablos, todos lo hacemos. Él es casi el centro de nuestra pandilla.

—Sí, me he dado cuenta de eso.

Había una cierta cantidad de orgullo que mi novio tuviera ese nivel de respeto, pero también me sorprendió al ver que sus amigos se preocuparan tanto por lo que él pensaba… aunque, yo nunca quisiera decepcionarlo.

Si alguna vez me mira de la forma que miró a Rose, me mataría.

—Pero confía en mí, nunca tendrás que preocuparte por decepcionar a Edward —dijo Alice, sacándome de mis pensamientos.

—¿Qué? Por supuesto que puedo. ¿Por qué dices eso?

—Oh, por favor, Bella, ese chico piensa que caminas sobre agua. Eres la única en el mundo de Edward que no puede hacer algo mal en sus ojos, y además, probablemente eres la única que puede salirse con la suya… y seguro que te amaría más por ello.

Solo tú, Kid… Solo tú.

Hizo su cabeza a un costado, analizando mi rostro.

—No me digas que eres tan densa que no te habías dado cuenta.

—No, —sonreí con suficiencia—. Lo he notado.

—¡KID! ¡MUEVE EL CULO! —gritó Edward desde abajo.

—Esa es mi señal. Tengo que irme —dije, inclinándome y dando un abrazo fuerte a Alice.

—Es un idiota impaciente —comentó Alice y yo sonreí—. Tengan cuidado ahí afuera, bebé Bella. Nos vemos en México.

Me aparté y la miré con escepticismo.

—¿México?

—Sí… ahí es dónde nos reunimos después que todo esto termine. ¿Cómo se supone sino que vamos a dividir lo reunido? Vamos a retirarnos de una vida criminal y volvernos legales.

Hice un puchero.

—Bueno, eso no es divertido.

Ella sacudió su cabeza.

—Sí, eso es lo que dijo Edward.

.

.

No estoy segura de por qué me sentía como si estuviera caminando hacia mi ejecución. El día comenzó bastante bien, y el sol de la mañana todavía estaba bajo en el cielo este, todavía no daba al mediodía. Había una frialdad en el aire, una que no podías quitarte de encima, y me daba la sensación de fatalidad.

Tal vez estaba exagerando, dejando que las circunstancias me afectaran.

Edward me esperaba cuando bajé las escaleras.

—¿Estás bien?

Asentí a pesar del nudo que estaba construyéndose en mi estómago.

—¿Tienes tu arma ahora? —preguntó, alcanzando detrás de mí y tomando el mango.

—¿Cómo…?

—Si mierda pasa; no digo que pasara, pero si pasa; quiero que saques tu arma… —pausó, empujándome hacia la escalera y poniéndome fuera de vista. Sacó la Glock de mis pantalones y chequeó el cargador de balas. La metió de nuevo y la inclinó, volviéndola a poner en mi cintura—. Ahora estás lista para volar la cabeza de un hijo de puta.

—Me dices que no me preocupe, Edward, ¿pero luego me dices que mate a alguien si pasa algo?

—Es mejor estar preparado para lo inesperado que estar deseando haber tenido una maldita arma para disparar. —Agarró mi nuca y me atrajo a sus labios, besándome brevemente—. Por Dios, Kid, ¿no te he enseñado nada?

—Sí, y esas son una palabras sabias, Cullen —bromeé.

Me miró, poniendo ambas manos alrededor de mi cuello y apretando fuertemente, pero nunca lo suficiente como para impedir mi respiración.

—No es inteligente burlarse de mí, mujer.

—¿Qué vas a hacer al respecto? ¿Dispararme? —Moví mi cuerpo hacia él mientras mis ojos se centraban en su boca… y en ese piercing que estaba entre sus dientes. Mordí mi labio con anticipación, deseando y rogando que me besara.

Bajando su cabeza, rozó sus labios a lo largo de mi cuello, respirando profundamente, y dándome cosquillas. Me estaba tomando el pelo. La cercanía de su cuerpo, caliente y duro, me estaba volviendo loca. Estaba perdida en él, levantando mi pierna y envolviéndola alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia mí…

—Ey, pendejos, ¡dejen de intentar follar contra la pared! —gritó Emmett, y lo escuché vagamente burlándose con Jasper sobre cómo follar en una habitación llena de gente no era suficiente y que tuvimos que recurrir a hacerlo en público.

Gruñí, enterrando mi cabeza en el pecho de Edward.

—Voy a matarlo —dijo, besando la parte superior de mi cabeza—. Sip, Rose es una viuda ahora porque ese hijo de puta está muerto.

Se apartó de nuestro abrazo y tomó un puñado de mi camiseta, jalándome hacia el coche. Emmett miró con aire de suficiencia e inteligencia, y Jasper estaba sonriendo, pero mantenía su distancia de la furia que Edward iba a desatar. La única cosa que lo puso serio era la mirada que Caius me estaba dando mientras nos acercábamos. Era la misma expresión de odio que tenía arriba, una que Edward no había visto… hasta ahora.

Eso fue lo que cambió todo.

Antes Edward lo dejó pasar, viéndolo como un inconveniente en sus planes, pero ahora era claro para él. Caius era una amenaza real… para mí.

Se detuvo y agarró mi camiseta con más fuerza, jalándome tras de él.

—Será mejor que vayan a empacar su mierda ahora. Tienen que entregar el cuarto en veinte minutos.

Jasper y Emmett asintieron, desocupando sus lugares en el coche, dándome una sonrisa tranquilizadora mientras subían las escaleras.

Caius, sin embargo, se quedó donde estaba.

—Eso significa que tú también —dijo Edward, moviendo lentamente su mano hacia mi arma.

—Voy con ustedes.

—No, no lo harás. Ya discutimos esto, Caius. Es un viaje final para mí y mi chica. Tú viajarás con Peter y Charlotte, y luego nos reuniremos todos en una hora.

—De acuerdo, cuate* —dijo, alejándose del coche, haciendo un gesto con la mano y saludando a Edward.

Yo seguía sin confiar de sus motivos, y él era como una serpiente venenosa viniendo hacia mí, esperando para atacar.

Edward miró a Caius de cerca mientras se movía a la parte delantera del coche. Él bloqueaba mi camino hacia la puerta del pasajero, así que solo seguí a Edward hacia su lado. Si me mantenía fuera de ese hombre, estaba dispuesta a pasar por encima de la consola sin ningún problema. Pero solo bastó que estuviera cerca de Caius y él tomó la oportunidad para tomar mi brazo y jalarme lejos de Edward.

Todo pasó tan rápido, y lo vi al último segundo, sin poder evitar su agarre. Él era sorprendentemente fuerte, y me había jalado sin mucho esfuerzo. Mi cuerpo chocó con fuerza contra su pecho.

—La chica se queda aquí conmigo, cabrón*—dijo Caius, envolviendo sus manos secas y callosas alrededor de mis brazos.

—¿Qué estás haciendo? Somos todos amigos aquí —dijo Edward en un tono diplomático, acercándose a nosotros con cautela.

—¿Amigos? —se burló Caius, bajando su cabeza a mi cuello y dando una gran bocanada a mi pelo—. Mmm… huele tan dulce.

—Suéltame —espeté, alejando mi rostro. Él me aferró con más fuerza, clavando sus uñas sucias en mi piel, haciendo que gritara de dolor.

Ese fue el catalizador, y los ojos de Edward se estrecharon y oscurecieron. Los tendones de sus manos se hincharon mientras cerraba los puños a sus costados. Dio un pasó hacia nuestra dirección, cerrando la brecha.

—¡Déjala ir, joder… ahora, Caius! No me presiones.

Esta era una de esas veces en que Edward me aconsejó hacer volar la cabeza de un hijo de puta, pero mis manos estaban inmovilizadas a mis costados, y no importaba cuando luchara, no sería capaz de llegar a mi arma.

¡Mierda!

—No, no lo creo. Ve a hace lo que sea que vayas a hacer. Ella se queda aquí conmigo como seguro. De esta manera, sé que vas a volver —dijo, apretando mis brazos a un grado extremadamente doloroso, haciendo que deje de forcejear. Dio un paso hacia atrás, llevándonos hacia las escaleras.

No podía pensar…

—No hay trato —dijo Edward, siguiéndonos, y manteniendo sus pasos con nosotros.

—Ella se va conmigo… siempre. No hay excepción. Así que esto es lo que va a pasar, idiota. Tienes dos opciones: uno, la dejas ir voluntariamente; o dos, te meto un tiro entre esos pequeños ojos tuyos e igual me la das de buena gana. De cualquier manera, la soltarás y ella se irá conmigo, ¿comprende*?

—No puedes matarme. Me necesitas.

—Si, lo hago —dijo Edward, bajando su mano hacia la Colt. Había estado a la vista en todo momento—, pero tú me conoces muy bien para saber que yo protejo lo que es mío primero, y luego pienso en las consecuencias.

—Hazlo, entonces. Dispárame. —Caius estaba usándome como escudo humano, manteniéndome cerca, y su agarre era cada vez más firme y pronunciado con cada segundo que pasaba—. Tu chica es mía.*

—¿Qué acabas de decir, hijo de puta? —gruñó Edward.

—Me escuchaste —dijo Caius, poniendo sus labios en mi mejilla y dándome un beso.

Me estremecí al contacto, tratando de alejarme lo más que pude. Pero eso fue todo lo que Edward necesitó para perder la compostura.

—Maldito… —Vino hacia Caius y yo, levantando polvo y sacando su pistola. Mis ojos se ampliaron, mirando alrededor del estacionamiento vacío, asegurándome que nadie estuviera alrededor. Iba a dispararle—. No quiero matarte hoy, Caius, pero no puedo dejar que toques lo que es mío. Así que, esta es la última vez que te lo pido bien. Suéltala.

Cerré mis ojos, sabiendo que en dos segundos iba a haber sangre salpicada por todo mi rostro.

—De acuerdo —dijo, empujándome hacia Edward. Caí en sus brazos y Caius escupió en el suelo, fulminándonos con la mirada.

—Tómala, disfrútala, pero más te vale tener esa arma cerca, puto*, porque no la devolveré tan fácilmente.

—Sí, ya lo veremos —dijo Edward, manteniendo su arma apuntada, siguiendo con la mirada a Caius mientras este subía las escaleras. No fue hasta que se había ido y estaba fuera de vista que Edward quitó el dedo del gatillo. Maldiciendo bajo su aliento, bajó su mirada hacia mí y quitó los mechones dispersos de mi cabello del rostro con el cañón de la Colt—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy… bien —dije con voz firme.

—Me hubiese gustado que no te resistieras, nena.

—Estaba tratando de llegar a mi arma, Edward.

Se mordió el labio, tratando de no sonreír. Gruñó, golpeándome ligeramente el culo.

—Vamos, entra al coche.

Pero sin que él lo supiera, caminar no era un problema. Llegué a mi lado del coche muy bien, pero eran mis manos las que no cooperaban. Estas seguían temblando con adrenalina mientras luchaba con la manija de la puerta, jalando y tirando de ella, tratando de conseguir que abriera, pero se negaba a ceder.

—Dios —siseó Edward, pellizcando el puente de su nariz mientras venía hacia mi lado y abría la puerta. Me ayudó a entrar al coche y abrochó el cinturón de seguridad—. Quédate —dijo antes de cerrar la puerta de un golpe.

Guardando el arma en sus pantalones mientras daba la vuelta al coche, mantuvo sus ojos pegados al balcón del tercer piso. Inclinándome hacia delante en mi asiento, miré por la ventanilla pero no vi a nadie allí. La puerta de nuestra habitación estaba cerrada, y sentí una inmensa culpa dejando a todos allí con ese loco psicópata.

—Tal vez no deberíamos ir… ¿sabes? —dije una vez que Edward se unió a mí en el coche.

Me miró con una ceja levantada mientras insertaba la llave en el encendido, arrancando el motor.

—Bueno, es que…

—No va a hacer nada, Bella. Son seis contra uno. Además, ese pequeño estúpido solo habla. —Salió del estacionamiento haciendo chillar las ruedas. Era clásico de Edward, dejar su puta marca en el pavimento.

Suspiré levantando el brazo e inspeccionando los moretones. Todavía ardía y dolía por las garras de Caius.

—Bueno, seguro como la mierda que se sintió real para mí.

—Mierda. Lo siento, nena. Eso nunca debió pasar, y no esperaba que te tomara así… especialmente estando desarmado.

—Espera lo inesperado —dije, levantando mis caderas y quitando mi arma. La puse en mi regazo, acariciando las líneas finas del cañón.

Si tan solo…

Estábamos volando por la carretera desierta, rodeados de campos de trigo y dirigiéndonos a Dios sabe dónde.

—¡Él estaba jodiéndonos! —dijo, girándose hacia mí, asustándome—. Estaba probando mis sentimientos hacia ti, presionándome y esperando a ver cuan lejos iría.

Sus pensamientos eran esporádicos y caóticos, saltando de uno a otro, y me era difícil seguirlo.

—¿Qué? ¿Por qué? —pregunté, mirándolo confundida.

—¡A la mierda! Eso no importa. Me encargaré de ese idiota luego. Ahora, solo quiero mantener mi mente en el juego. Que esté libre de distracciones. —Miró hacia mí y luego a mi arma—. ¿Estás bien? ¿Crees que puedes hacer este robo conmigo?

—¿Querrás decir nuestro último robo? —pregunté, esperando mantener mi rabia al mínimo.

—Bella, a estas alturas deberías saber que cuando se trata de nosotros, no hay tal cosa como "último trabajo".

Y luego me guiñó el puto ojo.

.

(*) Las palabras y frases en cursiva y *, se encuentran en castellano en la versión original.