Ranma ½ y todos sus personajes son propiedad de Rumiko Takahashi. Crónicas de Asgard: Ragnarok es un fic elaborado sin fines de lucro, inspirado en esta clásica obra que tantas alegrías nos brindó durante años y así prolongar la aventura y la fantasía entre sus seguidores. Deseando que este escrito sea del agrado de todos ustedes me despido agradecido también por el apoyo constante y el cariño inmerecido que siempre me han otorgado.
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Intermedio Acto III
-Parte 1-
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Crónicas de Asgard: Ragnarok.
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"La flecha del juicio"
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1
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La húmeda fragancia del agua y del musgo refrescó sus ideas. Las enormes raíces se curvaban, se hundían en el lago cristalino y volvían a emerger metros más adelante. Se cruzaban entre sí por encima de su cabeza produciendo hermosas cortinas de rayos de sol cortando el aire. Las aguas cristalinas del lago dejaban ver las raíces que cubrían todo el fondo, donde los peces en una variedad y color que jamás había presenciado en otro lugar jugaban como aves en mitad de un bosque.
Alzó los ojos siguiendo la pared oscura y musgosa del tronco de Yggdrasil, tan amplio que le era imposible buscar sus contornos poblados de helechos a menos que girara completamente la cabeza hacia los lados como si buscara el final del muro de una gran ciudad. Flores y ramas que parecían árboles en sí mismas, como una selva vertical que desafiaba a la gravedad y ascendía en silencio hasta que todo se tornaba una borrosa mancha verde y café con el fondo de las gigantescas ramas superiores del fresno sagrado en el cielo, que como nubes cubrían con su sombra la capital de Asgard.
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El lago que rodeaba al tronco se encontraba rodeado por los muros más viejos de Valhala, siendo la ciudad separada en anillos alrededor del árbol sagrado. El anillo central poseía la zona de mayor comercio entre razas y también era el hogar de los escuadrones pequeños y privados de los dioses, como lo era el de los Dragones Rojos de la dama Yngvi Freya. El anillo exterior, pegado al muro externo de Asgard, era el hogar de las grandes fortalezas y palacios de los dioses, donde acampaban los guerreros en numerosos ejércitos revelando la naturaleza de los Aesirs como prodigiosos dioses de la guerra. El anillo interior y el último muro que rodeaba al lago de Yggdrasil, era la zona vieja de la ciudad. Estructuras hermosas que hablaban de un estilo más pacífico, de gente que no pensaba en la guerra, ahora reconstruido para ser habitado por los refugiados y comerciantes, aquellos que no servían a la guerra, los que no eran esclavos de los dioses, los pocos seres "libres" de Asgard que en la pirámide social eran menos que los esclavos para los dioses. Pululaban las tabernas donde einjergars mercenarios y desertores eran contratados por los agentes de los dioses, tanto por su fama como por su silencio. Los dioses de Asgard tenían pequeñas rencillas que solucionaban acudiendo a estos guerreros, nada oficial a los ojos del padre Odín que todo lo permitía mientras alimentara el fuego del espíritu combativo de su pueblo.
Las familias de elfos que escaparon de Alvheim y del dominio de Svartalfaheim, tras saberse de la traición el rey oscuro Alberick, ahora enemigo de Asgard, se guarnecían en el anillo interior. Enanos recurrían a su artesanía para sobrevivir, pagaban con el trabajo preciado en las armas de los einjergars su protección y alimentos.
Los einjergars de la guardia de Tyr, el señor Aesir encargado de la seguridad y orden dentro de Valhala, a veces eran más peligrosos que los mismos mercenarios cuando se cruzaban con quién no podía pagar por sus favores.
Sobre las aguas del lago las raíces más gruesas que se alzaban por los aires eran ocupadas como avenidas naturales, con puentes y escalinatas de madera uniéndolas entre sí. Allí moraban otros refugiados, en las casas que construyeron dentro de las raíces que rozaban las aguas, hadas "libres" del bosque de Gimle, que habían emigrado de las zonas del bosque que ya habían sido destruidas por el avance de la reina Hel. Algunas trabajaban para los señores de la ciudad en que días de guerra necesitaban más trabajo para alimentar a sus huestes, un empleo peligroso para un hada joven y bella, cuando aquellos ejércitos los componían almas humanas que sólo sabían matar y tomar todo lo que deseaban, incluyendo en ocasiones a las sirvientes de Asgard que vivían como la clase social más desprotegida.
No obstante, no había otra manera de sobrevivir. Los campos escaseaban de mano de obra, las razas menores que trabajaban en ellos huyeron hacia protección de Valhala, o murieron en manos de las fuerzas de Nilfhel. Los alimentos eran un problema, pero los señores de Asgard no pensaban en eso, sólo en la guerra, y si fuera necesario para ellos alimentar a sus fuerzas con la carne de los esclavos de seguro lo harían con placer. Era como si las razas menores intentaran sobrevivir entre dos enemigos; la reina Hel y sus propios señores Aesirs que los amenazaban. La sensación de desánimo se unía a los rumores del "Ragnarok", el final del universo que una vez las "nornas del destino", consejeras de Odín, habían profetizado provocando la locura del padre de todo y su obsesión por reunir más y más fuerzas constantemente.
La guerra no avanzaba bien para los habitantes naturales de Asgard. Muchos clanes de elfos, enanos y hadas habían sido extinguidos por completo, mientras que los Aesirs sólo se preocupaban de fortificar el valle de Asgard, la ciudad de Valhala, y de aumentar sus fuerzas para una guerra que ellos prolongaban y creían necesaria.
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El joven se detuvo ante la puerta encajada en el interior de una raíz que grande como una casa se inclinaba hasta descender verticalmente como una pequeña torre de pocos pisos hasta hundirse en las aguas del lago, separada por una pequeña serie de escaleras y cuerdas de una de las avenidas principales sobre otra raíz. Veía a los seres caminar a sus espaldas moverse con energía, pero sin alegría, como animales asustados buscando algo que comer. Se acercó a la puerta, su apariencia humana no lo hacía menos temible a los seres que allí habitaban, porque era "un einjergar". Pensó que esos seres tan atemorizados, en como temblaban ante la presencia de los arrogantes mortales que después de muertos servían a Asgard, que de vivir uno de ellos en Midgard, donde todos eran mortales, habría colapsado de pavor. Ninguno de ellos que no conocían "la tierra", habrían adivinado que existía un mundo entero lleno de humanos y que no todos eran guerreros sanguinarios, ni mucho menos máquinas entrenadas para matar ni para quitarles la poca dignidad que les quedaba en ese universo.
Merilko Llewelyn no sabía cómo enfrentaría a las hermanas cristal, descendientes de la misma familia de hadas cristal a la que pertenecía Amatista Lazuli la sabia, y la prima de ellas Millia Lazuli de Gimle. Pero no podía volver, ellas eran las únicas en esa ciudad que conocía podían llevarlo de regreso a Midgard con una magia de portal, dada la prohibición de Odín, que siglos atrás hizo perder casi todo contacto con el mundo de los mortales.
La brisa fuerte meció las aguas tranquilas del lago, las hojas en las alturas cantaron como las olas del mar. Bajó la mano suspirando con calma. La brisa meció sus cabellos castaños y desordenados, los que poseían belleza particular que adornaba el rostro suave de facciones infantiles ligeramente afiladas. Los ojos profundos y soñadores se mostraron llenos de dudas.
Una vez Rashell se había aprovechado de la apariencia atractiva, cuerpo más pequeño y facciones delicadas del muchacho. En una misión de las muchas que tuvieron en el lapso de tiempo que vivieron junto con Ranma en el cuartel, en las pocas semanas de aparente normalidad que gozaron tras la batalla contra el demonio Jezi Baba Yaga y la triste misión a las tierras exteriores que condenó a su amigo mortal a la muerte.
Debían detener en esa ocasión a un grupo de einjergars desertores, forajidos de Asgard que se aprovechaban de la guerra para asaltar un camino transitado únicamente por hadas y elfos que venían de Gimle buscando la seguridad del Valhala. Rashell tuvo la maravillosa idea de disfrazar a Méril como una chica elfo. Con una peluca abultada para ocultarle las orejas y un simple vestido de campesina; antes de que pudiera defenderse se vio atrapado "por sus amigos" y desvestido. Tras el disfraz, él joven Méril pasaba por una chiquilla elfo bastante agradable a los ojos. Ranma y Rashell apenas contenían la risa mientras que intentaban convencer al enfurecido chico que se trataba de una necesaria estrategia para la misión.
Y los bandidos cayeron en la trama cuando creyeron que "la jovencita elfo" se encontraba sola junto a una carreta en el camino. Comprendieron el terrorífico error al enfrentarse a la ira contenida de aquel muchacho que con falda y peluca les dio tal lección que sus amigos no alcanzaron a intervenir en la batalla. Con una flecha rozándole la nariz hizo jurar a Rashell que no tendría otra de esas grandiosas ideas, juramento que Ranma dudó que su amigo tuviera la intención de cumplir, en especial por la manera en que se siguió riendo de la situación durante las siguientes dos semanas para mayor humillación de Méril.
"Ahora sabes cómo me siento la mitad del tiempo", fueron las palabras que recordaba de Ranma en aquél día, entre risas. Se hubiera puesto con placer una falda de nuevo con tal de ver a su amigo otra vez riéndose a su lado.
Días felices habían sido esos, pensaba ahora que se encontraba solo. Rashell se había despedido con una simple sonrisa y un gesto alzando la mano, así nada más, diciéndole que tenía asuntos de los que preocuparse. Ya no lo reconocía del todo tras lo sucedido en Jarnvidr, ya no sabía qué tanto de esa irónica sonrisa, con un ligero resplandor siniestro en los ojos, era parte de Rashell, o del resurgido dios de la muerte Touni que a ambos los había devuelto a la vida mortal, restaurando sus cuerpos al sacrificar las almas de los einjergars contra los que lucharon. Cruel y desalmado era Touni, contuvo un escalofrío de repulsión hacia su propio cuerpo que ya no era astral como el de los einjergars, todavía no se acostumbraba a que su nueva vida mortal hubiera costado la existencia de otro ser, sintiendo un poco de asco hacía sí mismo.
Todas esas dudas chocaban contra la decisión de llamar a la puerta de las hadas. ¿Cómo involucrar a Prisma y sus hermanas en este peligroso asunto? Pero no podía recurrir a nadie más.
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La casa de las hermanas cristal se ordenaba de manera vertical, como una pequeña torre. Las escaleras y muebles parecían ser parte natural de la dura madera de la raíz, no como algo tallado, sino como si se hubiera formado mágicamente hundiéndose y levantándose en secciones con formas redondeadas y pulidas. Había mesas y bancos, repisas en las paredes, una escalera en caracol que cruzaba todas las habitaciones desde la bodega que se encontraba bajo el nivel del lago hasta la pequeña recepción donde sólo había lugar para el inicio de las escaleras delante de la puerta.
Las habitaciones de las hermanas más un par de cuartos vacíos se ubicaban uno sobre el otro, la cocina se ubicaba en un piso intermedio entre los cuartos de Zafiro y Prisma, era amplia con una ventana redonda que miraba hacia el lago. El comedor bajo la cocina también en un piso intermedio frente a las habitaciones de Prisma y Ámbar. El cuarto de Ámbar, el más espacioso de los tres, se ubicaba justo sobre el nivel de las aguas con un ventanal que daba al balcón, que más parecía un pequeño muelle.
El amplio balcón sobre las cristalinas aguas rodeaba toda la raíz como círculo, teniendo acceso a otros dos ventanales que como puertas daban acceso directo al túnel vertical de las escaleras, y a una pequeña sala principal.
En el interior de la casa todo era iluminado por cristales mágicos incrustados en el techo o las paredes. Parecían en apariencia formaciones naturales dentro de la raíz. Las flores adornaban algunos lugares junto con enredaderas que formaban suaves cortinas en lugar de puertas que separaban la sala y la cocina del resto de la casa. Únicamente las habitaciones tenían pequeñas puertas de madera sólida. Flores vivas que nacían de la madera adornaban distintos lugares de la casa; crecían en lo rincones, en las paredes, en la baranda de las escaleras perfumando todo el ambiente.
Prisma discutía con Zafiro en la cocina. La más joven de las hadas, estando en casa, usaba atuendos cómodos tradicionales del bosque de Gimle; un corto vestido acampanado de varias capas que en apariencia parecía brillar con los colores cambiantes de las hojas, un poco ligero y escotado. Se paseaba descalza sintiendo con placer las pulsaciones de Yggdrasil bajo sus pies en todo el piso de madera viviente. El cabello oscuro y ligeramente rizado en las puntas parecía haberse revelado con mayor porfía esa mañana, caía por la espalda, con una pequeña coleta cogida por sobre el velo del resto del cabello por una pequeña peineta hecha de ramas y hojas endurecidas, con una pequeña gema traslúcida en el centro.
Le gustaba vestir a la usanza de Gimle, más libre y cómoda, porque en el bosque las habitantes todas eran hadas. En Asgard, cada vez que salía de casa estaba obligada a usar trajes engorrosos; vestidos amplios que tapaban el cuerpo, zapatos incómodos y pesados que le impedían sentir la vida fluyendo por la tierra. Además la piedra era silenciosa y el aire no se comunicaba con su piel al encontrarse tan tapada. Era más joven y no estaba acostumbrada al ruido de una ciudad. Sin embargo, comprendía las razones de tanto recato impuesto por su hermana ámbar, dado el peligro de vivir en un mundo violento donde las hadas podían convertirse en víctimas de la violencia de los einjergars sin que nadie las protegiera. Era mejor pasar desapercibidas con trajes opacos y las cabezas inclinadas, antes que llamar la atención; más si usara atuendos de Gimle donde también serían mal vistas, al considerarse aquello una especie de acto de rebeldía al no aceptar la superior cultura de Asgard recordando la libertad que una vez gozaron en Gimle antes del sometimiento a los señores de Aesirs.
Zafiro, por su parte, también usaba vestidos de Gimle. Gustaba de sus trajes flexibles, bikinis ajustados que cubría con pantalones abultados de un material transparente como el tul. También usaba cortas chaquetas con mangas amplias también traslucidas, con detalles de cristales de colores similares a las joyas y una fina cadena de oro rodeando su cadera casi expuesta. También se movía descalza y su cabello rojo y furioso se enredaba, al contacto de sus pies con la madera del piso como si la energía de Yggdrasil le provocara lo que un día de lluvia hace normalmente con el cabello de los midgarianos.
—Quiero arándonos —dijo Zafiro porfiando.
—Serán fresas —respondió la pequeña Prisma, que en la seguridad de su hogar perdía la timidez que la caracterizaba, defendiendo porfiadamente lo que creía justo.
—Comimos fresas ayer.
—No mientas, ayer preparamos melocotón con nueces. Hoy me toca a mí cocinar y yo quiero fresas.
—Prisma, cabeza hueca, yo quiero arándanos. Nunca comemos arándanos.
—Pareces una niña taimada, ¿por qué no esperas hasta mañana? Te tocará a ti cocinar y podrás preparar arándanos con lo que quieras.
—Pero…
— ¿O quieres evitar el trabajo? —Prisma la miró acusadoramente—. Siempre te escapas cuando es tu turno, por eso es que nunca hay lo que te gusta.
—No es verdad, sabes que a veces hay trabajos que hacer y...
—Hace meses que no tenemos trabajo, hermana. Deja de mentir.
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En Valhala todo tenía un precio. Si bien los otros pueblos utilizaban el trueque como moneda de intercambio, allí la moneda oficial eran las piedras preciosas de Asgard.
Tras sus últimas aventuras en Midgard, Ámbar, la mayor, comprendió del peligro al que había expuesto a sus hermanas por aceptar trabajos de personajes tan oscuros como Narfi, el hermano de Hel. Ella nunca había pensado en el peligro de servir a Nilfhel, hasta ese momento en que se percató que la guerra podría hacerla enemiga de Asgard.
Además, tras lo sucedido en esa capital humana llamada Tokio, comprendió que había fuerzas en este mundo contra las que era mejor no luchar. Todo ello la tenía en una terrible situación. Ya que como "hadas libres" no servían a ningún dios de Asgard, ¡y más le valía nunca hacerlo! Ámbar tenía el orgullo de las antiguas hadas, las que lucharon en contra de los Aesirs, y se sentía heredera de una larga tradición de esgrimistas y hechiceras de Gimle. Jamás se perdonaría emplearse como una simple sirvienta en casa de algún señor de Asgard, menos exponer a sus hermosas hermanas a los caprichos de esos animales vestidos de seda y oro, o peor, de los guerreros einjergars que le eran más asquerosos que los demonios putrefactos de Hel.
De cierta manera, ella se sentía recelosa hacia el gobierno de los Aesirs, por ello, sin pensarlo, se había aliado a Narfi. Ahora comprendía que había sido un simple instrumento del oscuro dios y poco le faltó para haber perdido la vida por su propia necedad, o más que eso.
Era una tonta. ¿Qué otras posibilidades tenía? Todavía le quedaban algunos ahorros y recursos en su bodega, pero los tiempos hacían que el alimento escaseara más que los buenos clientes. La guerra se había tomado los caminos y nadie pagaría a un trío de hadas para proteger lo que un contingente fuertemente podía durante las caravanas. También debía reconocer que había un poco de verdad en ello. No dudaba de sus propias habilidades, pero la guerra cambiaba los acontecimientos; lo que antes era luchar contra un grupo de einjergars desertores a los que castigaba con severo placer, ahora era cuidar caravanas y refugiados de verdaderas emboscadas de ejércitos armados.
Nadie querría contratar un grupo de "esclavas" o "sirvientas" para proteger sus posesiones. ¡Estúpida guerra y estúpida discriminación hacia su pueblo! Ellas eran mucho más que juguetes de los dioses de Asgard.
Ámbar cerró el libro y lo dejó sobre su pecho mirando el lago a través del ventanal de su habitación. Le encantaba leer la literatura de Midgard a pesar de la dificultad que existía para conseguir nuevos tomos. Sin embargo, ellas eran nietas de Amatista la Sabia, eran de las pocas que conocían y podían realizar un hechizo de portal que las unía a Midgard sin tener que pasar por los ojos de un dios o una valquiria. Era su gran ventaja, y se sorprendía también del gran valor que una pequeña gema tenía en el mundo de los humanos cuando disfrazaba realizaba viajes a Midgard; para comprar muchos más alimentos de lo que podría jamás conseguir en Asgard. Aunque no podía hacerlo con tanta libertad por el enorme esfuerzo que requería abrir un portal, y más mantenerlo oculto de la percepción mágica de toda una ciudad.
El libro se meció lentamente siguiendo las respiraciones de la chica. El largo cabello dorado de Ámbar se enrollaba en una ancha trenza, el rostro en apariencia frío se sumía en preocupaciones y estaba a las puertas de una delicada decisión.
¿Sería mejor abandonar Asgard para siempre y vivir en un pacífico mundo como Midgard? Varias hadas ya lo habían hecho en secreto, Midgard parecía el paraíso para ellas. Pero, ¿por qué no lo hacían de manera masiva? Porque la separación de Gimle era una de las ideas más dolorosas para un hada. En Midgard ellas no podían sentir la vida como en Asgard; el viento no les hablaba sino que cantaba melodías extrañas, la tierra tampoco les comunicaba sus rumores y vibraba con insistencia violenta, el agua era muda o susurraba en un lenguaje misterioso que no podían entender. Era como estar en una tierra rodeada de desconocidos que no se expresaban en el mismo idioma que ellas. Para las hijas de Gimle era más evidente que para cualquier otra criatura, que Midgard fue fundada por cimientos muy distintos a los del mundo de Asgard, como si fuera un universo completamente diferente. ¿Sería cierto que Midgard fue creado por los Aesirs, u otra sería su auténtica historia? Dudaba de toda historia oficial, más conociendo como los señores de Asgard ya habían mentido con el pasado de su propio pueblo de Gimle.
Sabía de muchas hadas que debieron regresar a Asgard tras su intento de adaptarse al mundo humano, el silencio por un lado y el ruido por el otro de la excitante naturaleza de Midgard las había confundido tanto que terminaron huyendo. Otras lo consiguieron, pero olvidaron por completo su naturaleza hasta el punto de casi ser incapaces de realizar la más sencilla magia. ¿Pero y ella? Sí, es verdad que al principio se sentía confundida durante sus viajes a la tierra de los humanos, pero también comprendía que todos esos síntomas no eran más que el apego con que su pueblo seguía sufriendo por Gimle y que taimadas se negaban a aprender ese nuevo idioma del mundo de Midgard. ¿Y qué pasaría cuando el último de los árboles fuera quemado en Asgard? Ya no podrían escapar, ni tampoco habría nada por lo que quedarse, lo perderían todo por no haberse decidido a emigrar antes.
Midgard era la última de sus opciones, y en esos días quizás también la única. Un puñado de gemas les daría un próspero porvenir en el mundo humano, y tiempo para adaptarse a esa complicada sociedad tan llena de reglas; pero reglas que a ella le parecían excitantes, porque se fundaban en el principio de no permitir que nadie impusiera sus caprichos sobre otros. Sin reyes ni dioses a los que temer, Midgard era la tierra de las promesas. Comenzaba a comprender el porqué Odín, padre de todo, hubiera impuesto un cerco alrededor de ese mundo que tampoco podía gobernar, si las criaturas de Asgard lo conocieran, ¿no querrían algo similar, o abandonarían masivamente y para siempre la tierra de muerte que ahora era el mundo de los Aesirs?
También la tentaba la idea de libertad que los mortales tenían, sus vidas alegres tan llenas de posibilidades. Extrañaría la espada y el orgullo de las guerreras, pero ganaría a cambio un mundo en el que Prisma y Zafiro podrían andar vestidas como esas chiquillas de Midgard que asistían a las escuelas, donde aprenderían artes y ciencias que en nada tenían que ver con la muerte y la violencia; sin sentirse menores o esclavas de ninguna otra "raza superior".
Todo lo sabía por los libros y por sus viajes que realizaba a pesar de los riesgos. La suerte estaba echada, sus debates internos sólo prolongaban lo inevitable. Pronto ella les comunicaría a sus hermanas su decisión de dejar Asgard para siempre.
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¿Cuánto tiempo llevaba sin poder decidirse? Con la mano en alto el joven Méril se negaba a golpear la puerta. ¿Sería solamente su miedo a no involucrarlas, el temor a dejar Asgard, la inseguridad por el futuro, la preocupación por sus amigos o…? ¿O sería que la volvería a ver a ella después de lo sucedido?
Jamás se excusó en persona por haberla dejado plantada. Le envió una carta que recibió rápida respuesta. Ella no lo odiaba, pero la siguió evitando. ¿Por qué? La muerte de Ranma había calado muy hondo en su alma, ya no se reconocía a sí mismo en ocasiones y temía lastimarla. Había entendido que para él la menor de las hermanas cristal era muy importante, quizás la única cosa que desde hace muchos años deseaba sólo para él. ¿Pero él era merecedor de un poco de felicidad?
No, no lo era. Tenía pecados que pagar y no podía manchar el destino de Prisma involucrándose así con ella. Había llegado incluso a olvidarlo, pero ahora tras la muerte de Ranma y de la sangre que él mismo había derramado en Jarnvidr, volvían esas imágenes a atormentarlo cada noche cada vez que cerraba los ojos.
Él era un asesino.
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2
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La mujer corría por el bosque angustiada, cargaba en sus brazos un bulto que pegaba a su pecho como si valiera más que su propia vida. Las ramas lastimaban sus brazos y también su rostro frágil y palidecido. Tras sus pasos, más allá del bosque, una fortaleza de madera y casas con techo de tejas y paja ardía como una fogata tiñendo de rojo el cielo nocturno. Los gritos de los guerreros del norte palidecían ante el bramido de las bestias, opacados por el sonido del hacha y de la carne arrancada a mordiscos de los huesos.
Cruzó un riachuelo y tropezó, de rodillas sostuvo el peso del cuerpo con una mano que se cortó contra las piedras afiladas del fondo, con la otra sostuvo el bulto a la altura de su rostro cuando el agua rozó su pecho. Sin aliento no sintió el frío del hielo que salpicaba la corriente, sino que se levantó mirando hacia atrás. Abrazó el bulto contra su pecho y cuello con afecto. Tenía miedo. Escuchó un sonido que no se podía percibir con oídos mortales y retomó la rápida carrera.
Al llegar a un claro se detuvo, los labios agitados temblaron y no era de agotamiento. Los primeros copos de nueve cayeron suavemente tiñendo de un incipiente blanco la copa de los pinos. Una silueta oscura apareció del otro lado del bosque. ¡Cuánta gracia, elegancia, belleza y también terror le provocó verlo otra vez! El aire del bosque se inundó de una fragancia más antigua traída desde otro mundo directo a sus sentidos, aroma de raíces húmedas y flores que creyó nunca más volver a sentir en su vida. La mujer contuvo las lágrimas que le provocaron los recuerdos, y mucho más por aquella figura del hombre que se presentó con una capa oscura y grisácea, armadura de cuero de detalles exquisitos y la altivez de un guerrero.
El hombre extendió la cuerda del arco que tenía en las manos con la elegancia de un artesano, un arma que parecía elaborada de la rama natural de un árbol, y apuntó directo hacia ella, arrancándole un grito a la mujer:
— ¡No lo hagas! No, por favor, te lo suplico.
— ¿Por qué he de escucharte?
—Los has matado a todos, ¿no estás satisfecho? Ellos no tenían que morir, no así; eran gente buena, pacífica, como tú lo eras antes.
—Merecían la muerte, fueron parte de tu traición.
El fuerte viento de la noche lo distrajo, sacudió las ramas que gimieron como fantasmas atormentados y los antes tranquilos copos giraron con fuerza enfriando el ambiente. La capucha del hombre cayó hacia atrás y reveló el hermoso cabello castaño y ligeramente rizado, un rostro suave de facciones afiladas, ojos profundos, tristes y soñadores. Pero todo el dolor que expresaba su mirar contrastaba con la frialdad de su rostro.
Una voz más fuerte que el bosque se alzó entre ellos. El llanto de un bebé que la mujer intentaba proteger envuelto en el bulto de tela que sostenía con los brazos. A pesar del peligro, de la flecha que amenazaba su vida, ella se olvidó de todo al cobijarlo cariñosamente susurrándole palabras de amor al asustado bebé que compartía la tensión del corazón de su madre.
Aquello hizo colapsar la belleza del rostro del hombre, desmoronándose ante un gesto de rabia.
— ¡Esa bestia es la semilla de tu traición! ¡La prueba de tu engaño!
Ella se asustó, notó como la punta de la flecha se inclinó ligeramente hacia su bebé. Lo abrazó con fuerza.
— ¡Él es inocente, no entiendes nada!
—Jamás fallaría uno de mis disparos, lo sabes. ¿Tratas de proteger a ese animal, hijo de animales, simiente de la bestia mortal con quién lo has engendrado?
—No…
— ¿Lo ocultas de mi ira, la que he sufrido al verte unida a un miserable mortal?
— ¡Quería protegerlo! Por lo más sagrado, por el amor que una vez me juraste, te lo imploro… Tú no lo harías, jamás harías algo tan perverso, no eres como todos ellos. Por Gimle, ten piedad, él no te ha hecho nada malo, es sólo una criatura inocente. Si quieres puedes acabar con mi vida, pero no a él, no merece tu venganza.
—Una criatura más, no es diferente a los otros cachorros mortales que acabo de asesinar, junto a sus padres y madres, animales son todos ellos a mis ojos. ¿Crees que me importaron? Ellos no son como nosotros, ¿por qué quisiste ser uno de ellos? Sucios, hediondos, mentirosos, sedientes de sangre…
— ¡Estás loco! ¡Anhelas la sangre más que ellos! —La mujer lloró, pero sus lágrimas no fueron por ella ni por su bebé, sino por el alma muerta de ese hombre que una vez acarició y creyó hermosa como ninguna otra cosa que existía en este universo—. La voluntad de Gimle jamás lo hubiera aprobado…
—Y aún ahora te atreves a invocar el nombre de Gimle para cubrir tu vergüenza. En realidad ya no eres más que una simple midgariana. Me eres tan insignificante como todos ellos, tan poca cosa como aquella criatura vil a la que dices amar y proteger. Pero te engañas, los animales no saben lo que significa el amor. Todo lo que tienes es miedo por haberme engañado y tus palabras melosas son veneno con que deseas enturbiar mi justa ira y salvar tu vida.
—Eso no es verdad, has enloquecido.
— ¿Osas juzgarme, tú a mí, después de todas tus mentiras? Bien… —con la voz apagada ocultó su asombro y también la indignación que apenas conseguía controlar. Había imaginado ese encuentro de manera distinta, pero verla le provocó tal dolor que ahora no podía pensar en quitarle la vida—, te demostraré lo ruin que son los midgarianos. Perdonaré tu vida, te dejaré ir.
— ¿Lo harás? —Los ojos de la mujer brillaron por la sorpresa y la emoción—. Entonces… Entonces todavía podemos… Tu corazón no se ha perdido del todo… ¡Puedo explicártelo todo, aún hay esperanzas!
—Pero a cambio dejarás que destruya tu pecado. Salva tu vida, demuéstrame que no eres más que un animal y abandona aquí la vida de esa criatura abominable que cargas en tus brazos.
La mujer quedó sin aliento, todas sus esperanzas se desvanecieron ante la renovada locura del arquero.
—No, no puedes…
—Un animal es un animal, nada más, quisiste ser uno, debes comportarte como tal. La hembra no muere por el cachorro, la hembra abandona al cachorro y asegura su propia supervivencia. Si ella vive podrá tener más crías, si ella muere su especie peligrará; ésa es la regla de la naturaleza. ¡Demuéstrame que eres un animal, antepone tu vida, sobrevive y entrégame a esa semilla de traición! Y vivirás como la mortal que siempre deseaste ser.
—Tienes que escucharme, por favor, ¡no lo hagas, tienes que entenderme! ¡Este niño es...!
Sería sencillo para él, tenía al pequeño bulto reflejado en la punta de su flecha, la que una vez libre sería más rápida que un rayo de luz. Ni siquiera los brazos de una madre podían separarlo a él de su blanco; a él, el ejecutor de los dioses, señor de los bosques de Gimle, quién Jamás había errado un disparo en toda su inmortal existencia. ¿Asesinarla a ella? No sería suficiente castigo. Tenía que verla sufrir, le arrebataría la vida de ese engendro de traición y mentira, le demostraría el resultado de sus pecados. El bebé moriría en sus brazos ante su propia impotencia. Sonrió, y toda la belleza de su rostro se torció en horrible locura.
— ¡Ull, no!
Los dedos de Ull soltaron la cuerda de luz. El grito y lamento de la mujer es escucharon hasta los confines del bosque.
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Casi diez años después el eco de su voz seguía resonando como un espectro al que los campesinos cercanos temían, cuando se acercaban a los lugares más profundos del bosque. Un trueno retumbó, el tejado de paja crujió pesadamente. Aquel hombre que ebrio se jactaba de sus antiguas glorias como un guerrero mercenario, todo lo que hacía era humillarlo y agredirlo.
—Óyeme bien, rata, trae más licor.
—Padre, ya ha bebido mucho.
— ¡Tráeme más licor!
El niño de cabellos castaños corrió a llenar la jarra de su padre. Lo hizo con las manos temblorosas. Su cuerpo pequeño y delgado apenas llenaba los andrajos con que se vestía. El hombre en su impaciencia cogió la jarra que todavía no había acabado de llenarse, haciendo que el niño derramara un poco de licor sobre la mesa.
—Estúpido animal, no desperdicies el vino.
De nada le serviría protestar que no era su culpa, inclinó la cabeza y esperó el golpe. Que llegó como un fuerte manotazo que lo tiró al suelo de tierra y paja esparcida para intentar mantener el calor. El cielo rompió en lluvia, era un aguacero torrencial. El niño miró la puerta de la cabaña preocupado.
— ¿Dónde se metió esa inútil? —clamó el hombre.
La puerta no tardó en abrirse raspando el suelo. Una mujer más delgada que el niño entró curvada cargando leños. Estaba empapada. El niño corrió a ella y la ayudó a bajar los leños.
—No, querido, no debes hacerlo, eres muy pequeño todavía y podrías lastimarte.
Él no la escuchó y corrió para meter algunos troncos al fuego en el centro de la cabaña, para después ordenar los otros apilándolos en una esquina de la húmeda pared. Siguió revolviendo la sopa que preparaba en una olla que colgaba sobre el fuego.
—Tengo hambre, ¿ya está lista la comida?
El niño sirvió un poco de sopa en un cuenco de greda. Pero la mujer se adelantó con prudencia quitándole el plato para obligarlo a cubrirse tras ella. Fue la mujer la que se acercó al hombre para depositar sobre la mesa la comida.
Cogió el plato, relamiéndose la boca. Bebió directamente del borde.
Escupió como un cerdo.
— ¿Qué porquería es ésta?
—Sopa de nabos.
—Es agua caliente, no tiene sabor. ¿Dónde está la carne?
—No nos queda nada. Los animales están escasos en el bosque y ya no tenemos con qué negociar en el pueblo… ¡Ah!
Tiró el plato al piso. Y en un arranque de furia la golpeó.
—Mujer inútil, ¿es así como tratas a tu marido? Sin mí te estarías pudriendo todavía como una ramera en ese burdel del puerto donde te encontré.
—Lo siento, perdóname, intentaré conseguir algo más para ti.
El hombre levantó la pesada mano otra vez, pero al bajarla con fuerza, el niño se cruzó delante de la mujer llevándose toda la fuerza de la bofetada. La pesada mano del antiguo guerrero parecía capaz de romperle la cabeza al pequeño. La mujer dio un grito de espanto.
— ¡Merilko!
Arrodillada a su lado lo intento mover, parecía inconsciente.
—Ese crío idiota es el que tiene la culpa, ¿escuchaste? Fue tu culpa traerlo a casa también, nadie te mandó recoger a esa cosa en el bosque.
—Es mi hijo.
—No lo es, ¿o me mentiste, y lo pariste junto a otro idiota al que no le pudiste sacar tanto como yo? Maldita ramera.
— ¡Sabes que lo encontré en el bosque! Pero es mi bebé, es el hijo que la diosa del río nos dio para nuestra felicidad.
—Felicidad, ¡sí, mira que feliz estoy! Muriéndome de hambre por culpa de ese enclenque que no es capaz de traer alimento a casa. ¿Por qué mejor no lo vendemos? Si es capaz de pagar una hogaza de pan me sentiría satisfecho por todo lo que nos ha costado.
—Aquí… —la mujer derramó lágrimas, aliviada de sentir al niño respirar—, ¡aquí el único que no hace nada eres tú! ¿Por qué no te enlistas en el ejército? Comerías todo lo que quisieras y nos dejarías en paz.
— ¿Y qué harías tú, mujer estúpida? ¿Morirías de hambre, te venderías otra vez para alimentar a esa cosa? —lanzó una risotada—. Mírate, pareces enferma, ¿quién querría yacer contigo?
—Si tengo que hacerlo, ¡lo prefiero a seguir viviendo a tu lado!
—Insolente, ¿así me respondes, al que te mantiene con vida? ¿Al que deja vivir aquí a esa sanguijuela que no hace nada para compensarlo?
El guerrero con el rostro enrojecido por la ira y el alcohol, cogió lentamente la vieja espada que siempre manejaba enfundada sobre la mesa. La mujer ya había sentido el peso de esa funda sobre su espalda y tembló.
—No, tengo una idea mucho mejor —susurró extasiado.
Merilko abrió los ojos lentamente. Sus manos pequeñas rozaron las mejillas huesudas de la delgada mujer.
—Mamá, no llores. Está bien… Si me venden podrán comer…
—Él lo dijo, ¿ves? Está de acuerdo.
—Es mi hijo, no voy a venderlo. ¡Me iré con él!
Quiso tomarlo en brazos para sacarlo de la cabaña. Estaba asustada pero quería ocultar con enojo el temblor de su cuerpo. Tenía que dejar esa casa ahora, debía alejar a Merilko de ese hombre.
Nunca tendría hijos propios, lo sabía después de los horribles años que pasó en su antigua vida en el pueblo viviendo de la lujuria de los hombres poderosos. Pero ahora, la diosa del río, que había escuchado sus plegarias, la había perdonado y concedido un hijo, ¡un niño hermoso como el resplandor del sol! Ella lo defendió por años de ese hombre que era su marido, pero ya no podía más, si seguía en esa casa terminaría matando a su pequeño.
Al intentar levantarse sintió la mano del guerrero tomarla del hombro. La hizo girar con tanta brusquedad que Merilko cayó de sus brazos rodando por la tierra del piso.
—No vas a dejarme, perra. Eres mía, ¿me escuchaste bien? ¿Con qué otro cerdo quieres revolcarte ahora? Maldita traidora, lo sabía, siempre me engañaste.
—Eso no... ¡Ahg!
La mujer ahogó un suspiro escalofriante. Su rostro delgado se arrugó y su grito quedó congelado en la memoria de Merilko, cuando la espada del guerrero, desenfundada, la había atravesado por el abdomen mientras él todavía la sostenía por el hombro.
—Allí lo tienes, bien atravesada querías estar, ¿no? ¿No te gusta así?
Le arrancó la espada furiosamente. El cuerpo de la mujer se desplomó en un río de sangre que salpicó el aire, la mesa, las manos del guerrero y también el rostro del pequeño Merilko.
—Corre… —susurró ella—. Mi hermoso… niño… corre… mi Méril… tienes que… vivir.
El niño lo observó todo sintiendo que el pavor se apoderaba de su corazón. Pero había algo más, un sentimiento caliente que nubló sus pensamientos. Ese rostro demacrado, de labios temblorosos que se despedían de la vida ante él, había sido el más bello de todos los que había conocido durante su corta existencia. Los ojos que le enseñaron lo que era el amor en un mundo que carecía de tan necesarios sentimientos, se apagaron lentamente, cuando los dedos de la mujer rozaron los suyos antes de detenerse del todo.
—Te lo merecías por traidora. Y ahora tú, enclenque, mañana te llevaré al pueblo a ver si puedo venderte. Espero que a lo menos me alcance para pagarme una mujer por la que he perdido. ¡Eres un maldito desperdicio! No te mataré ahora sólo para ver si puedo recuperar algo contigo. ¿Qué, vas a llorar? Si lloras te mato, ¿me escuchaste? ¡Te mato!
Merilko no lloró. Sólo se quedó en silencio de rodillas ante el cuerpo de esa mujer que había sido su madre. Sabía que no era su hijo real, que había sido encontrado en un bosque cuando era un bebé, el malévolo guerrero se lo repetía a cada momento. Pero eso no hacía ninguna diferencia. Ella había sido su madre y nada más, era todo lo que le importaba. ¿Y ese hombre era su padre entonces? Intentaba creer que sí, hasta ese momento en que reconoció que no era nada de él, nada. Era un maldito monstruo al que odiaba con cada partícula de su ser.
Se levantó muy lentamente mirando al guerrero que lo quintuplicaba en tamaño y grosor.
— ¿Qué miras? Ve por más vino, tengo sed… Oh, el niño está enojado. ¿Quieres que te rompa el cuello?
El hombre recién notó que Merilko había recogido un cuchillo del suelo, que empuñaba con temblorosa fuerza.
—Acabas de firmar tu sentencia de muerte —el hombre empuñó la espada, lo partiría en dos como una pila de heno—. Nadie me mira así, te unirás a la ramera de tu madre.
Alzó la espada, con la destreza de un experto guerrero. Cuál fue su sorpresa que al golpear dio contra la tierra.
— ¿Dónde te metiste? —se tambaleó por culpa del alcohol que nublaba su juicio.
Merilko se movió alrededor de él manteniéndose a sus espaldas. El niño ya no reflejaba emoción alguna, ni miedo, tampoco tristeza. Sus ojos eran afilados como los de un halcón que miraba a su presa desde las alturas. El guerrero dio un grito cuando sintió un corte en la espalda que abrió la roñosa camisa de un lado al otro. El cuchillo apenas entró en la carne, pero el dolor fue intenso cuando la sangre brotó salpicando la pared.
— ¡Maldito! —giró más despierto por el dolor y la furia. Merilko se deslizó por debajo de la espada y le hizo un corte en el muslo. El guerrero se tambaleó.
En un rápido movimiento consiguió detener otro desesperado intento del pequeño por atacarlo, giró desviando el cuchillo con su brazo costándole otro corte y le propinó tal puñetazo al niño que de seguro le aplastó el cráneo tirándolo contra la mesa, la que destrozó en su caída. El guerrero se desplomó con una rodilla en el suelo, jadeaba adolorido.
—Maldito crío, mira lo que hiciste —derramó lágrimas de dolor por la herida de la espalda—, ¡mírame cómo me dejaste, maldito, maldito, ojalá que te pudras en el infierno!... ¿Ah? ¿Cómo...?
Incrédulo, vio al niño levantarse de entre los restos de la mesa. Los trozos de madera resbalaron por los hombros y la sangre brotaba de sus labios rotos. Pero se veía tan intacto que lo creyó imposible. La historia del bebé encontrado en el bosque avivó todos sus miedos más supersticiosos, cuando los ojos de Merilko le mostraron algo que no había visto nunca ni siquiera en el cruel campo de batalla.
—No eres un regalo de ninguna diosa, ¡lo sabía! —se jactó dentro de su terror—. Eres un demonio, ¡un demonio de Hel!
El niño no respondió. En realidad parecía un demonio cuando caminó entre las tablas girando el cuchillo en una mano con una agilidad que no debía poseer. El guerrero no estaba dispuesto a equivocarse otra vez, y levantándose con fuerza se impulsó sobre el pequeño con la espada en alto.
La imagen de esa espada atacándolo se reflejó en sus pequeños ojos ausentes de toda emoción, hasta que un brillo apareció en ellos. Merilko por primera vez sonrió de satisfacción ante el miedo de un oponente.
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El niño corría por el bosque. La lluvia empapaba su rostro, pero no le importaba, porque de haber podido abrir los ojos la oscuridad tampoco le habría permitido ver nada. Las raíces se enredaban en sus pies descalzos y la punta de la espada que arrastraba con una mano, con la que había cortado la cabeza del que había sido su padre, rebotaba violentamente contra las irregularidades del suelo.
Tropezó y rodo por una pendiente de lodo, las ramas lastimaron su cuerpo, las rocas se clavaron y cortaron su piel. Dio un quejido profundo al rebotar en una saliente de la pendiente y siguió rodando hasta el fondo. Al caer hundió su cuerpo en una posa de lodo y agua.
Se sentó sobre las piernas, el agua sucia le cubría las rodillas. Estiró la espalda alzando el rostro hacia el cielo. El agua de la lluvia lavó su rostro del lodo, pero no sus lágrimas. Un relámpago iluminó la silueta de las nubes. Lo siguió el potente trueno que sacudió su corazón.
El niño tanteó con las manos buscando la espada, la encontró bajo el lodo y la tiró desde la empuñadura. No sentía miedo, tampoco dolor. Otro era el pesar que lo perseguía como las sombras de la noche. Giró la espada y apoyando la empuñadura en el lodo, buscando firmeza, colocó la punta contra su pecho y presionó ligeramente hasta sentir dolor. Un poco de sangre tiñó la andrajosa camisa cuando comenzó a abrir la piel.
"Tienes que… vivir"
Tiró la espada. Asustado retrocedió arrastrándose por el charco hasta que su espalda topó con la pared de roca por la que había caído. La voz de su madre, sus últimas palabras, no podía contradecirlas aunque el único deseo que le quedaba era justamente dejar de existir. Se acurrucó abrazando las piernas. La oscuridad lo envolvió. Sentía el bosque a su derredor cobijándolo en la noche, la lluvia se deslizaba por todo su cuerpo; pero todo era sensaciones porque la oscuridad absoluta le impedía ver más allá de su propia nariz. Lloró.
Pronto los sonidos dejaron de rodearlo. Estaba solo, completamente solo. Levantó el rostro confundido, ¿habría muerto de frío sin darse cuenta? ¿Por qué el silencio? Ya no sentía el agua del charco ni la lluvia mojando su cuerpo, no podía sentir la roca afilada en su espalda a pesar de que seguía sentado en la misma posición.
Lo vio, en medio de la oscuridad. Un personaje de capa oscura, que al moverse hacia él dejaba ver entre la abertura del grueso género de viaje un traje como nunca lo vio en su corta vida, elegante de tonos verdes esmeralda y oro. Se detuvo ante él, alto y orgulloso. Sólo podía ver la mitad inferior de su rostro, labios amables y sonrientes rodeados por una recortada barba dorada. Su gesto era de infinita piedad.
—Te he encontrado, Merilko Llewelyn.
— ¿Llewelyn? —preguntó el niño. Era como si los dos se encontraran en un espacio negro apartado de la realidad en la que antes existía. Sin embargo, no era un sueño. El dolor de sus heridas era tan real como el frío y la humedad, seguía consciente. ¿Deliraba entonces?
—Llewelyn es el apellido que heredaste de tu padre, tu auténtico nombre familiar. Merilko es el que te dio tu madre, tu auténtica madre, cuando te arrullaba en tu cuna a los pocos días de haber nacido y cantaba tu nombre con dicha: "Méril, Méril, brisa de Gimle, posees la belleza de los fresnos del bosque". Así lo hice saber a la noble mujer que cuidó de ti todos estos años, y ella respetó los deseos de tu auténtica madre no cambiándolo por otro.
—Mi mamá está muerta.
—Dos veces estás en lo correcto, niño. Dos veces has sido bendecido por el sacrificio de tu madre, tus madres, que han dado todo para que tú sigas existiendo. No pienses que tu vida es algo que puedes tirar ligeramente —el hombre se inclinó, como si mirara hacia un costado. El niño adivinó que buscaba la espada a pesar que él no podía ver nada más que la oscuridad—. Tu vida pesa mucho, sería un crimen más grande que aquél que cometiste al asesinar a ese hombre al que creías tu padre.
—Él no era mi padre —respondió el niño. Algo en su mente le instaba a protegerse de la culpa, a buscar un consuelo a lo que había cometido para no terminar desmoronándose.
—Levántate y sigue la dirección del sol al amanecer. Caminarás tres días entre los árboles, dos días más cruzarás por una quebrada entre rocas y un río. No temas al viaje, las bestias y el bosque no te dejarán morir aunque lo desees, deja que ellos te alimenten y guíen, lo comprenderás. Al quinto día encontrarás una ciudad fortificada. Allí moran hombres de guerra y mujeres que cantan antiguas leyendas. Pregunta por Lledeyn, maestro de arqueros. Él se encargará de ti mientras tanto.
El hombre giró y se marchó. El niño no lo llamó, ni siquiera quiso saciar su curiosidad. Sólo lo observó alejarse hasta que fue engullido por la pared de oscuridad.
Como una bofetada fue el sonido de la lluvia que lo envolvió repentinamente. El agua volvió a empapar sus pantalones, el bosque crujió a su derredor y un trueno hizo temblar la tierra. Ya no estaba en la oscuridad, el bosque de noche no le pareció sombrío, al abrir los ojos podía ver las siluetas de los árboles, las raíces que cruzaban el suelo, los relámpagos iluminaron su camino. Se levantó penosamente y arrastrándose como pudo comenzó a caminar, un paso a la vez, movido por una fuerza invisible que no sabía de dónde provenía.
Su madre le pidió que viviera, era todo lo que tenía.
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3
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Méril estaba asustado de intentar golpear esa puerta. Ya era la décima vez que levantaba el brazo con la mano empuñada sin tener el valor suficiente para llamar. Quizás, pensó, debía hallar una solución para retornar a Midgard en otro lugar, excusándose así de no involucrar a Prisma en su ya complicada fortuna. Giró para volver a la avenida, cuando la puerta se abrió a sus espaldas.
— ¿Señor Méril?
Reconoció la dulce voz y se quedó pasmado.
—Ah… ¿Prisma? —Méril giró el cuerpo a medias, con una mano tras la cabeza—. Eh, sí, soy yo… —se sonrojó al ver a Prisma con atuendos de Gimle que eran mucho más ligeros y hermosos de todos con los que la había conocido en el pasado y se sonrojó como un idiota inclinado la cabeza para mirar aquel bonito cuerpo sin percatarse de lo que hacía. Olvidándose por completo que estaba ante ella. Reaccionó diez segundos más tarde de lo que debió hacerlo cuando ya era notoria su turbación—. Oh, no, lo siento, yo no quería…
La chica no le dio tiempo para decir más, ante su turbación cerrando con fuerza la puerta.
— ¿Qué haces? —Zafiro preguntó a su hermana menor que corrió por las escaleras, sonrojada, con un gesto que no pudo descifrar, cuando la chica se cubría asustada su cuerpo con los brazos.
La hermana del medio abrió la puerta con curiosidad descubriendo también a Méril.
—S-Señorita Zafiro, buenos días, yo…
Le cerró la puerta en la nariz. Ámbar se asomó de su cuarto mirando hacia arriba por las escaleras formadas con raíces, cuando vio bajar a Zafiro corriendo hacia su habitación.
— ¿Qué sucede?
—Es ése maldito einjergar que dejó plantada a mi hermanita —reclamó furibunda metiéndose en su cuarto. Necesitaba una espada.
Ámbar fue la última en abrir la puerta de la casa.
—Señorita Ámbar, perdóneme que haya venido, pero necesito que… que… —Méril volvió a inclinar el rostro mirando, sin poder controlar otra vez sus impulsos, pero por una razón muy distinta a la anterior; quedó perplejo ante la manera en que la siempre seria hada había aparecido.
Ella miró también sus atuendos. Dentro de sus excentricidades que sólo dejaba salir en privado, vestía un corto camisón de algodón midgariano con estampados de tiernos animales, pero lo que tenía más intrigado a Méril, eran las enormes pantuflas esponjosas con forma de conejo, incluyendo botones rojos por ojos y largas orejas de felpa.
—Oh… —Ámbar apenas consiguió susurrar—. Un momento por favor.
Contradiciendo la calma de sus palabras, cerró la puerta con tal fuerza que remeció el suelo bajo los pies del joven. Sonrojado y confundido, Méril se encontraba más seguro que nunca del error que había cometido al llegar a ese lugar, a pesar de las recomendaciones del capitán Belenus para que buscara con ellas la ayuda que necesitaba: un portal mágico de regreso a Midgard.
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Sentirse incómodo sería poco decir para describir lo que a Méril Llewelyn lo embargaba en ese momento. Dentro de la pequeña sala de la casa de las hermanas cristal se encontraba sentado en una pequeña banca, que más parecía un tocón de madera nacida naturalmente del piso con superficie lisa y un mullido cojín de seda con bordados verdes y marrones. Ante él, en un amplio sofá, también formado por un levantamiento de la madera del piso cubierto con cojines y mantas, las tres hermanas, una sentada al lado de la otra, lo examinaban como si se compusieran un escalofriante tribunal.
Ámbar era la más atemorizante de las tres. Su elegante y corto vestido, blanco y brillante con una tela más dura revelaba al levantarse una segunda capa más fina y vaporosa que iba por dentro y sobrepasaba a la primera capa sobre los muslos, formando una extensión traslucida del vestido que rozaba sus rodillas. Las piernas largas se cruzaban con elegancia. Se erguía con la espalda recta en una postura estricta, cruzando los brazos con fría indiferencia que deslumbraban por los adornos de oro y pequeñas piedras preciosas que colgaban de las largas mangas, el vestido tenía un corte a cada lado que dejaba al descubierto los hombros de piel tersa. Adornaba su cuello con una fina gargantilla, también de oro con piedras preciosas. El largo cabello dorado, cogido en una gruesa trenza, caía por delante de uno de sus hombros. La trenza estaba atada con dos cintas de distintos colores, blanco y dorado, que con pequeños cristales tejidos en la tela parecían ser parte del cabello. La trenza llegaba hasta la superficie del sofá dando en el extremo final un giro en espiral.
Ella lo observaba atentamente, quizás examinándolo, o tal vez sólo pensando, no podía descifrarla. Aunque bien pensó el joven que la actitud de Ámbar podría infundir miedo en cualquier hombre, o quizás eso era lo que se proponía, acostumbrada a tratar con peligrosos clientes a la vez que debía proteger la vida y honra de sus hermanas.
La segunda hermana sí que lo atemorizó. No se había cambiado sus ropajes similares a los de los antiguos reinos del medio oriente midgariano: Un bikini ajustado con bordados de oro y plata, además de pequeños cristales engarzados, cubierto su cuerpo con amplios pantalones de una tela traslúcida y vaporosa. El cabello rojo acompañaba el brillo furioso de esos ojos que parecían amenazarlo en todo momento. Entre sus piernas, apoyada contra el piso, sostenía un brillante mandoble de plata que abrazaba también descansando la empuñadura sobre su pequeño hombro. ¿Sería una amenaza en su contra? No la comprendió, porque bien sabía que ella sería mucho mejor rival si usara su magia en lugar de esa pesada espada.
Zafiro murmuraba auténticas amenazas de muerte en su contra. El joven intentó sonreírle tímidamente, pero en respuesta recibió un desprecio.
La última, menor y más encantadora ante sus ojos era Prisma. Su único refugio, pero también a la que más temía. Tras la muerte de Ranma no había tenido el corazón para pensar en ella sin sentirse culpable por el sufrimiento que los demás estaban cargando en sus almas. Él mismo había llorado por su amigo en más de una oportunidad. ¿Cómo exigirle a esa pequeña criatura, ajena a sus pecados y dolores, que lo ayudara? Prisma era inocente, una extraña gema en Asgard. Así debía permanecer; lo comprendía su hermana Ámbar, la celaba su hermana Zafiro y él, sabiéndolo también, no la buscaría. O eso pretendía, porque al tenerla tan cerca sus sentimientos comenzaban a turbarse peligrosamente.
La chiquilla de Gimle había cambiado sus atuendos. Lo evitaba, no por los mismos tristes sentimientos de Méril, sino por otra clase de vergüenza. Sus ropas ahora eran similares a las de una campesina de la antigua era oscura de Midgard, pero con géneros delicados y bordados tan vistosos que daban a entender que fueron confeccionados por artesanas de Gimle. Recatada, con una falda larga hasta los pies y una blusa algo escotada rodeando su pequeño cuerpo con un ajustado corsé. Cuando Prisma alzó el rostro y notó que el joven la miraba, lo evitó rápidamente y por instinto se cubrió el encantador e inocente escote estrechando las manos sobre su pecho.
Méril se sintió desdichado. Estaba seguro que ella lo odiaba, no importando que en sus cartas dijera lo contrario quizás por su carácter amable. Porque jamás le dio explicaciones en persona tras haberla dejado plantada aquel día, por culpa de la misión urgente que tuvieron en las tierras exteriores. Tras ello, todo es historia, una muy triste que no había querido compartir con ella para no mancillarla con la oscuridad de Asgard de la que todavía parecía ser libre. Por ese motivo también se había distanciado de la menor de las hermanas durante todo ese tiempo.
—Su visita nos sorprende, amo Llewelyn —habló finalmente Ámbar. Estaba asombrada que un einjergar no se dirigiera primero a ellas y tratara de imponer sus deseos como estaba acostumbrada. Aquel muchacho parecía dócil, y respetuoso de la autoridad que una mujer, y más todavía, un hada que era una raza de esclavos en Asgard, tenía sobre su propia casa. Se sintió agradada.
Zafiro protestó con la mirada a su hermana mayor. Ella no tenía intenciones de ser respetuosa con Méril. Pero Ámbar acostumbraba a dirigirse así a todos sus clientes.
—Agradezco la cálida bienvenida que he recibido en su hogar, señorita Ámbar —Méril, con las manos sobre las rodillas, hizo una leve pero formal reverencia con la cabeza.
Sabía manejarse con respeto, pero también mantenía el cuerpo erguido con orgullo. Ámbar lo volvió a admirar. Además que aquel joven einjergar poseía una belleza particular que distaba de la brutalidad de los midgarianos. Ese joven le recordaba a los bosques de Gimle. Extraña sensación de nostalgia la invadió cuando admiró la figura menuda pero elegante y los cabellos castaños desordenados sobre la frente. Jamás había prestado atención a ese muchacho, pero ahora comenzaba a comprender lo que su hermana menor había descubierto en él. Miró un instante a Prisma de manera solapada, la notó sonrojada y tímida. Ámbar se sonrió ligeramente con orgullo; su pequeña Prisma tenía un muy buen ojo para escoger.
Una maquiavélica idea comenzó a formarse en su mente. En Asgard ser un hada libre era una situación difícil. Ya había decidió emigrar a Midgard, pero mientras tanto, ¿qué haría para cuidar de sus hermanas? Poseer la alianza con un einjergar era normalmente una buena estrategia. Las hadas importantes y que necesitaban resguardo normalmente como amantes escogían a un guerrero que las protegería con su fama y fuerza. Aunque esa práctica le desagradaba y consideraba a su conciencia como venderse, todo valía ahora mientras no se tratara más que de sentimientos. Además, le haría un favor a Prisma si se encargaba de que alguien pudiera cuidar de su vida en estos tiempos tan peligrosos, y en especial en un idilio que ella parecía consentir y más, desear. Su plan era perfecto.
Cambió su actitud fría relajando la postura. Se mostró amena, sin dejar de ser ella en todo momento.
—Esperábamos desde hace mucho tiempo su visita, amo Llewelyn.
— ¿Me esperaban?
— ¿Lo hacíamos? —Zafiro reaccionó asombrada y más enfadada que antes. Prisma miró a su hermana, después a Méril sin saber qué decir.
—Así es. Prisma habla constantemente de sus hazañas.
— ¿Ella lo hace? —Méril dejó escapar aquella pregunta nacida de su ingenuo corazón, perdiendo la compostura con la que había querido armarse desde un principio.
— ¿Prisma lo hace? —Saltó Zafiro mirando acusadoramente a su pequeña hermanita.
— ¡Hermana! —Prisma reclamó sonrojada furiosamente.
—Me preguntaba cuándo nos honraría con un poco de su tiempo recordando a sus amigas de Gimle. Comprendo que un einjergar sea un ser ocupado, en tareas riesgosas y nobles. ¿Pero olvidarse así de nuestra pequeña Prisma? No ha sido muy noble de su parte, amo Llewelyn.
—Ah… —turbado se quedó sin habla, esa conversación no iba por donde lo había imaginado desde el principio. Miró a Prisma, ella lo observaba hasta que sus ojos se cruzaron y lo evitó inclinando el rostro bruscamente.
—Hermana, "este einjergar" dejó plantada a Prisma.
—Tuvo sus motivos. ¿No es así, amo Llewelyn?
—Sólo Méril, por favor, es incómodo que me llamen "amo" todo el tiempo; yo no soy el señor de nadie. Me sentiría mucho mejor si no utilizaran tantas formalidades conmigo.
El joven se puso de pie e imitando un gesto que aprendió en Midgard, en la tierra de Ranma, inclinó su cuerpo ante ellas realizando una reverencia, con la firmeza militar a la que estaba acostumbrado en el cuartel.
—Quisiera primero disculparme con Prisma por el daño que le provoqué ese día.
—Méril…
Zafiro le dio una palmada en el brazo a Prisma haciéndola saltar cuando la descubrió con la boca abierta y enternecida. Estaba enfada, ¿acaso iba a permitir que su pequeña hermana babeara como una idiota por ese chico sin gracia, bajo, flacucho y que además había jugado con sus sentimientos?
—Comprometí mi palabra y falté a ella. Espero puedan disculparme. Mis motivos… son míos, y no deben servirme como excusa a mis faltas. Tampoco deben ser causa para que otros sufran además de mí.
—Cuánta nobleza. ¿Prisma, tu respuesta?
— ¿Mi qué…?
—El amo Llewelyn, perdón, quise decir "el joven Méril", ha pedido tu perdón.
—Ella no debería…
—Silencio, Zafiro —su respuesta suave en apariencia, ocultaba la frialdad que a Zafiro no pasó desapercibida, acurrucándose ante el reproche—. Prisma, Méril te está esperando, esa no es la manera en que las antiguas hijas de Gimle responden a sus amigos.
"Amigos". Esa palabra provocó esperanzas en el muchacho, que anteriormente creía sería odiado al llegar a ese hogar.
Prisma se levantó rápidamente, mitad obedeciendo, mitad porque lo deseaba. Cruzó las manos delante de la falda jugando nerviosa con los dedos.
—Señor Méril… ¡Méril! —Reafirmó su voz asintiendo, como si se estuviera dando ánimos a sí misma—. Pido que usted me perdone por haber sido egoísta. Sé que un einjergar famoso como usted posee grandes responsabilidades, he sido torpe al comprometer su tiempo, cuando debí imaginar que no le pertenece. Lo siento, lo siento mucho —de pronto su voz se quebró, ya no hablaba por respeto o protocolo, sino desde su corazón—, siento mucho no haber creído en el señor Méril.
—Prisma, no es así…
—Siento mucho haber creído que el señor Méril no se preocupaba de mis sentimientos. Por haber creído que no quería verme. He sido injusta con usted.
—Prisma, ya basta, fui yo el que te dejó plantada. No tienes que pedir perdón por nada.
— ¡Siento mucho haber sido una carga para el corazón del señor Méril…!
Méril no la dejó continuar, cruzó el espacio que los separaba y cogió las manos de Prisma entre las suyas. Zafiro quiso levantarse sosteniendo la espada, pero Ámbar la retuvo colocando su mano sobre la empuñadura, dejándola prisionera contra al sillón.
—Señor…
—Te dije que me dijeras Méril, sólo Méril. ¿O ya lo olvidaste, Prisma? —el joven cogía las manos de Prisma con una emoción que lo había hecho olvidar todas sus promesas de no volver a acercarse a ella, no de esa manera. Los ojos de ambos se encontraron tímidamente. Ella, recatada, intentó evitarlo, él, honesto, fue transparente en su mirar—. Perdóname, Prisma. Te prometo que no volverá a suceder.
Ella asintió tímidamente, con las mejillas teñidas del color de su emoción.
—Me parece muy lindo su gesto, joven Méril, pero preferiría que en mi casa no cogiera con tanta familiaridad las manos de Prisma —anunció Ámbar satisfecha.
— ¡Ah! —dio un paso atrás soltándola—. No, yo no… Mi intención... Prisma… Yo… Eh…
La chica recogió sus propias manos tímidamente contra su pecho, todavía las sentía cálidas.
— ¿Qué te propones, Ámbar? —Zafiro preguntó notando recién que su hermana estaba siendo demasiado paciente con la situación ante las atolondradas disculpas del muchacho. Ella sonreía.
"La tendrás", pensó Ámbar, "pero no sin un buen precio primero, uno que asegure el bienestar de Prisma, mi estimado señor einjergar".
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Ámbar no esperaba aquello. La conversación con el muchacho y su petición desordenaba todos sus perfectos planes.
— ¿Quiere regresar a Midgard?
—Así es.
Prisma terminaba de llenar las copas de hidromiel que ambos compartían. Ámbar era la que discutía de negocios con él y Zafiro guardaba la entrada al cuarto en una posición acostumbrada a usar cuando tenía que intimidar y sorprender a sus clientes. Prisma se encargaba de atenderlos silenciosa, cumpliendo el rol al que su hermana mayor la había instruido; moverse como una sombra y no llamar la atención, para mantenerse siempre segura. Además, había aprendido de su hermana mayor, aquél que era ignorado, era el que mejor podía escuchar lo que nadie deseaba compartir.
Méril no era ignorante de las costumbres de las hadas de Asgard, ni ciego al extraño ritual al que las tres hadas lo estaban sometiendo. No por nada "había sido" un einjergar. En el escuadrón los Dragones Rojos respetaban a las hadas como seres iguales por orden de Lord Freyr, la dama Freya y el capitán Belenus.
Recordaba una leyenda previa a su vida como einjergar popular como tantas otras entre los Dragones Rojos. Contaban dentro del escuadrón que al principio de su fundación hubo un einjergar que pretendió abusar de un hada que servía en el cuartel. El capitán Belenus lo sorprendió, lo arrastró con una espantosa frialdad al patio de entrenamiento ante todos y sin mediar palabras le cortó las manos, después las piernas y lo empaló con una lanza contra una pared, dejando que el resto de sus hombres observaran silenciosos como aquél moría y su cuerpo se desintegraba en motas de luz. No necesito un discurso ni una advertencia, tampoco demostró enfado o defendió su actuar, igual de silencioso había regresado al edificio tras la ejecución. Pero jamás volvió a repetirse un problema similar dentro del escuadrón.
Sin embargo, la situación era distinta para el resto del pueblo de Gimle. ¡Cuántos vástagos nacían de uniones forzadas entre Aesirs y sus sirvientas! Muchas eran valquirias, otras seguían siendo hadas que servirían igual que sus madres. Suerte tenían que los einjergar eran estériles por naturaleza al no poseer más que un cuerpo astral creado por los dioses de Asgard, un cascarón que contenía el alma y nada más; o más serían las valquirias que los guerreros de los dioses en la ciudad.
Las hadas de Asgard perdían año tras año, siglo tras siglo, la gracia que el bosque de Gimle les había otorgado. Destacaban las que todavía vivían en Gimle o recientemente llegaron a Valhala por su orgullo y nobleza, y también por su belleza que les otorgaba el amarse a sí mismas como seres preciosos y dignos, como sucedía con las hermanas cristal. No obstante, triste era para ellas ver a sus hermanas que por generaciones servían en la capital; sin resplandor, sin valor propio, sin autoestima, sin dignidad. Eran dos clases de hadas distintas la que existía en esos tiempos.
—No lo comprendo. De necesitarnos para una misión el Capitán Belenus nos habría contactado personalmente.
—No es una misión, señorita Ámbar.
— ¿Entonces?
—He dejado al escuadrón. Se me ha otorgado el derecho de abandonar también Asgard. He prometido mi palabra de que protegería a la familia de mi amigo Ranma. Y pretendo cumplirla regresando a Midgard.
— ¡A Midgard!
—Prisma, mira lo que haces —la regañó su hermana Zafiro, al verla tirar el jarro con hidromiel, llevándose las manos al rostro.
—Lo siento, quizás fui muy directo… —el joven inclinó el rostro avergonzado. No había pensado hasta ese momento en la posibilidad de que al dejar Asgard, también se separaría de Prisma. ¿A qué hora hizo esa promesa? No, estaba bien, era lo correcto, pero ahora comenzaba a sentir la primera herida por culpa de tener que cumplir su palabra.
—Eso no es posible, un einjergar no puede vivir en Midgard —replicó Ámbar lentamente.
El joven Méril había pensado mucho de si debía compartir o no lo sucedido en Jarnvidr. Luego meditó que no quería ser un manipulador ni conspirador como casi todos los que habían estado por encima de ellos y provocaron la muerte de Ranma. Las mentiras traían más mentiras, y los secretos eran amigos de la muerte. Él siempre sería honesto.
—La historia es un poco larga, y no muy feliz. Pero si me dejan contarla lo comprenderán un poco mejor —Méril miró a Ámbar directamente provocándole a la mayor de las hermanas cristal un escalofrío. ¿Dónde ella había visto ojos así, de profundidad eterna y firmes como las raíces del país verde? —, yo… ¿por dónde puedo comenzar? Fue cuando llegamos al puerto de Folkvang en búsqueda de una nave que nos llevara a las Tierras Exteriores.
— ¿Fueron a las Tierras Exteriores? —Ámbar no pudo ocultar su asombro y a la vez temor. Tierras que casi ningún Asgariano conocía más que en oscuras leyendas, que hablaban de bosques eternos hasta el final de la creación, pero fríos y llenos de lúgubres secretos; lugar ruinas ancestrales de la época en que otra raza divina existió en Asgard.
El joven asintió, no se sentía orgulloso de las aventuras que había pasado.
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Tras contarles con muchas dificultades, quitándose honra e intentando no revelar las crudezas allí vividas, inclinó el rostro y esperó a que ellas hablaran. Le había sido difícil confesar también que él ya no era un einjergar, sino un mortal. La pregunta de Ámbar lo contrarió ligeramente, no era algo que esperara escuchar con tanta calma, como si su historia no hubiese tenido ninguna importancia.
— ¿Poses experiencia viviendo en Midgard, joven Méril?
—Un... Un poco.
—Para un einjergar ha de ser difícil volver a adaptarse. Lo siento, quise decir "mortal". A pesar de lo que ahora sea, han de haber pasado algunos siglos desde su vida anterior y el mundo humano cambia a una vertiginosa velocidad, por lo que tengo entendido.
Zafiro no daba crédito a lo que había escuchado; ¿un einjergar que volvía a la vida por el oscuro hechizo de un antiguo dios? Le parecía imposible, pero la prueba que él les dio, al haber cortado un poco su mano para derramar sangre roja que ellas percibieron al instante como un flujo de vida auténtico, vida de un mortal y no la de un cuerpo astral, no tenía como rebatirlo.
Miró hacia su costado, Prisma no se veía en mejores condiciones. Para las dos era más sorprendente todavía la frialdad y calma de su hermana mayor Ámbar, que no parecía haberse turbado con tales noticias y seguía conversando calmadamente con el muchacho.
—Agradezco su preocupación, señorita Ámbar, pero estaré bien. Como le decía, iré a casa de amigos, a los que ustedes ya conocieron.
— ¿Pretendes vivir en la gran isla este de Midgard?
—"Japón", la isla es un país llamado Japón. Midgard se encuentra dividida en naciones autónomas que tratan entre sí con igualdad. En su mayoría es un mundo calmado tras milenios de conflictos internos, que han aprendido de sus errores y lentamente se acercan a establecer poderes globales basados en el consenso. No ha sido sencillo, pero en pocos siglos se ha conseguido más que durante los milenios de estancamiento y violencia de Asgard.
—Asombroso, eres un entendido en asuntos humanos. ¡Pero qué digo, si ahora eres uno otra vez! Lamento mi torpeza, tantas noticias extrañas en un único día son un poco difíciles de asumir. ¿Sabes entonces cómo viven los mortales en estos días?
—Sí, eso creo… —se mostró dubitativo ante la extraña curiosidad de Ámbar—, no fue tan difícil adaptarse a la escuela…
— ¡Fuiste a una escuela de Midgard! —Ámbar exclamó entusiasmada. Al notar lo que su exabrupto provocó en la sala, se calmó tosiendo recatada—. Oh, digo, es muy interesante.
—Le decía que no fue difícil. Además Millia y Nina también se hicieron pasar por alumnas, creo que incluso lo siguen haciendo por estos días en que se encuentran en Nerima y cuidan de Akane.
— ¿Millia va a la escuela? —Ámbar estaba aturdida, sus ojos resplandecieron de ansiedad—. Así que las hadas también podemos ir a una escuela.
—Señorita Ámbar, ¿se encuentra bien? —preguntó tímidamente al notarla un poco distraída, quizás había dicho algo incorrecto—. Tal vez debamos hablar de otra cosa.
—No, no, hábleme más de esa escuela. En mis viajes a Midgard sólo he podido ver por fuera como son, y a los jóvenes mortales vestidos con extraños uniformes. Sé que van aprender a esos lugares para poder luego desenvolverse en su sociedad de artesanos y comerciantes. ¿Pero cómo son, poseen talleres, maestros, qué clase de educación reciben, es verdad que también reciben formación artística e intelectual?
—B-Bueno, algo así…
Zafiro se inclinó hacia su costado buscando a Prisma.
—Será mejor que traigas un poco más de hidromiel, esto durará su buen rato.
Prisma asintió. Conocían ambas la fascinación que tenía su hermana mayor por la cultura midgariana, casi un inconfesable fetiche. Se lamentó profundamente, desde que Méril había llegado a su casa no había tenido tiempo de tenerlo sólo para ella. Era frustrante y comenzó a sentir celos de su hermana mayor y la facilidad que tenía para dirigirse a él.
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Esa noche Ámbar se paseaba en su habitación dando largos giros mientras pensaba en voz alta.
—Él quiere viajar a Midgard, podría ser la oportunidad perfecta para marcharnos.
Meditaba en la realidad de su situación. Tenía gemas para comprar su porvenir en la tierra de los mortales, el deseo y la decisión de viajar. ¿Pero podía llegar como si nada y hacerse un espacio en esa compleja sociedad? Su experiencia seguía siendo teórica. En cambio, si tenía a alguien como Méril cuidando de ellas, ¿no sería más sencillo adaptarse? Si era verdad que él protegería a una familia mortal que sabía de la existencia de Asgard, mejor aún, pues entonces podría a ellos también pagarles por sus cuidados y ayuda. Temía tratar con desconocidos en una tierra que no comprendía, pero sí podía confiar en esa familia, eran buenas personas, lo sabía y su prima Millia también estaba con ellos.
No ignoraba que esa familia tenía sus propios problemas y vivían amenazados por la peligrosa ira de Hel. ¡Pero ella era una esgrimista de Gimle! ¿Acaso no era su trabajo justamente la protección del necesitado? Más útil sería entonces una alianza estratégica con ellos. Aportaría con su protección y esa familia podría darle hospedaje y un medio para que ellas se adecuaran finalmente a la vida de los midgarianos.
Estaba decidido entonces, viajar con Méril era la oportunidad que había esperado; y no habría otra mejor. Mañana comunicaría a sus hermanas su determinación, estaba segura que no encontraría rechazo alguno. Una nueva vida segura y feliz las esperaba en Midgard, ya no tendría que dormir cada noche con un ojo abierto esperando alguna desgracia y sus pequeñas hermanas serían mujeres libres sin miedo a convertirse en esclavas de los dioses.
Pero algo más grande la emocionaba cuando posaba frente al espejo recordando las últimas palabras del muchacho.
"Bueno, no habría ningún problema. Su edad es la de una chica de preparatoria de Midgard, podría ir perfectamente a la escuela si lo desea… O eso creo… ¿Por qué me lo pregunta?"
Ámbar giró frente al espejo modelando un corto uniforme de escuela estilo marinero que había adquirido, como toda su colección de cacharros traídos de sus pocas aventuras explorando el mundo mortal que llenaban s habitación. Su brillante sonrisa contrastaba enormemente con la aparente frialdad que siempre demostraba ante los otros.
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Méril descansaba con los brazos apoyados en la baranda del balcón que rodeaba la casa raíz de las hermanas cristal, con las cristalinas aguas del lago de Yggdrasil a sus pies. El fresno sagrado se iluminaba completamente durante las noches, el musgo bajo las aguas y que ascendía por el tronco y raíces tan gruesas como torres era fosforescente, las flores también tenía luz propia y las luciérnagas eran tantas como copos de nieve en un día de invierno. Podía ver la belleza iluminada de las profundidades del lago y el cielo resplandeciente de luces verdosas sobre su cabeza. Los peces nadaban entre las raíces, formaciones de decenas de ellos, de muchos colores distintos.
Era tan bello, que le costaba creer que ese mundo era el mismo donde la sangre y la espada gobernaban.
Todavía pensaba en las extrañas preguntas que le había hecho Ámbar durante la tarde. Le costaba comprender sus motivos. Por lo menos tenía una promesa: "Abriremos un portal, pero necesitaremos tiempo. Hasta entonces lo invito a hospedarse en nuestro hogar. Sólo será un par de días y es peligroso para un mortal deambular por las calles de Valhala".
—Extraña chica —murmuró confundido.
— ¿Pensabas en mi hermana?
Dio un brinco. Tras él se encontraba Prisma. La tímida chiquilla de cabello oscuro ligeramente ondulado lo observaba de una manera misteriosa, tanto que le provocó un incomprensible deseo de mantenerse en guardia como si estuviera en un enfrentamiento. Sacudió la cabeza, no comprendía el porqué de su temor.
—Sí —confesó volviendo al balcón.
— ¿Sí? —exclamó Prisma ahogando un quejido.
— ¿Dije algo malo?
—No… No es nada.
Méril arqueó una ceja. De no encontrarse tan distraído en sus propios problemas habría notado el ligero pesar y la turbación de la joven. Observaron la quietud de las aguas por unos minutos más.
—A tu hermana parece que le gusta mucho Midgard —dijo intentando iniciar una conversación, cuando el silencio se le hizo incómodo.
—Sí, le gusta.
Otra vez respondió en un tono más frío y cortante. Méril esta vez lo notó. ¿Estaba molesta por algo? No sabría decirlo.
—Prisma, ¿puedo hacerte una pregunta?
Ella dándose cuenta de su error, intentó calmar su ánimo apoyándose en el balcón a su lado. Asintió tímidamente sin decir palabra.
— ¿Segura que no sigues enojada conmigo? Es que ahora, bien… Lo entenderé, después de todo lo que sucedió, no es necesario que trates de ser formal conmigo y tratar de decir que todo está bien cuando no lo está, porque…
— ¡Claro que no estoy molesta por eso, es por otra cosa!
— ¿Otra cosa? ¿Qué cosa?—Méril se sintió perplejo, era la primera vez que veía a Prisma reaccionar con tanta energía y también enfado.
—Desde que llegó, sólo ha hablado con Ámbar. Y ahora sólo está hablando de ella de nuevo. Señor Méril, ¿será posible que le interese mi hermana…?
— ¡Claro que no! —Exclamó sonrojado por la vergüenza y también la sorpresa—. Yo no… Yo no quise decir nada especial que… Es sólo que estaba un poco curioso y… ¡Es todo! Su hermana es una persona muy agradable, pero no pienso de esa manera en ella.
— ¿Lo dice de verdad?
—De verdad.
— ¿Lo jura?
— ¡Lo juro!
—Me alegro —Prisma exhaló un profundo suspiro de alivio—. Por un momento tenía miedo que se fijara en ella.
—Eso es imposible, Prisma.
— ¿Por qué? Mi hermana es una mujer muy hermosa, inteligente. Además de fuerte y valiente, y… y...
"Es todo lo contrario a lo que soy yo", pensó la chica cabizbaja.
—Ella es todo eso, pero tú también eres muy valiente, Prisma.
— ¿Yo? —se sonrojó ante el halago que Méril había dicho con toda honestidad, mirando el lago.
—Sí. Cuando nos conocimos en Midgard, ¿lo recuerdas?
Ella volvió a asentir con alegre energía. Se recostó en el balcón y admiró el lago junto con Méril.
—Tenía mucho miedo de que mis hermanas fueran a hacer algo incorrecto.
—Y me advertiste, más todavía, te opusiste a ellas con mucho valor. Por eso te admiré mucho.
—Señor Méril.
— ¡Méril! Sólo llámame Méril—la corrigió, para después reírse alegremente.
Gracias a ella volvía a sentirse calmado, optimista, como lo estaba antes en compañía de Rashell y Ranma. Se detuvo un momento y la observó. El perfil de Prisma cuando ella miraba tímidamente la belleza del lago le recordó un sueño que tuvo en Jarnvidr, donde se encontraba junto a ella, pero a una versión más adulta y no menos encantadora de Prisma. ¿Y si fuera verdad, una visión de su futuro? Quería creerlo, porque el destino les era tan aciago que no dudaba en que sería el siguiente en caer ante una batalla mortal. Casi presentía en todo momento que poco tiempo le estaba quedando y por ello intentaba hacer algo útil mientras pudiera. No obstante, en ese momento en que la admiraba, ya no pensaba en ninguno de sus oscuros presentimientos.
—Y también eres bonita…
— ¿Cómo?
Prisma lo miró asustada. Bastó ese gesto para que el chico se percatara de que había hablado en voz alta. Sonrojado no pudo excusarse, pero tampoco dejar de mirarla fijamente transmitiendo más de lo que hubiera desando decir con palabras. Ella quedó igualmente impactada e incapaz de apartar su mirada de los ojos ingenuos de profundidad eterna.
—Lo siento, no quería ofenderte.
—No me siento ofendida —sonrió emocionada ocultando de él sus ojos.
Ella dejó el balcón corriendo rápidamente de regreso a su habitación. Méril se quedó solo, confundido, respirando agitado y con el rostro enrojecido. La situación se complicaba cada día más y más. Ya no sabía qué hacer con su destino.
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4
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Lledeyn era un maestro estricto. El viejo guerrero y experto explorador gruñía ante cada uno de los disparos del muchacho. Las flechas zumbaban una tras otra enterrándose en la diana armada con una silueta humana cortada sobre una plancha de cuero pegada a fardos de paja.
—Corrige los dedos, controla ese condenado temblor. Así no acertarás a nada a menos de quince metros —bebió un poco de licor, mientras sentado en el césped descansaba la espalda sentado contra un tronco seco. Al mirar escupió el vino de la boca a mitad de una maldición—. ¡Te dije que dejaras quietas las manos!
Merilko apenas había cumplido los doce años y ya tiraba mejor que los mercenarios que el rey había pagado para proteger aquella lejana fortaleza cerca de la costa. Lledeyn era uno de los mercenarios más respetado. Siempre se movía solo y nadie se atrevía a ordenarle nada. Y a dónde fuera llevaba consigo al en apariencia enclenque muchacho que era tanto su aprendiz, como su asistente en el arte de la creación y mantención de los arcos. Un arquero experto era mucho más que un simple soldado con buena puntería: era un artesano. Debía crear su propio arco, flechas y cuerdas. Conocía los secretos del bosque, escogía la mejor madera. Distinguía la humedad y la textura de los troncos que le permitía hacer flechas de distinto peso y flexibilidad para diferentes situaciones.
Las flechas pesadas podían romper escudos y hasta armaduras de cuero como si fueran género, además de sufrir menos los embates del viento. Las más ligeras volaban con mayor velocidad, se desviaban fácilmente pero alcanzaban distancias más largas, ideales para eliminar blancos específicos en manos hábiles que supieran como dominarlas. Estaban las flechas de punta dentadas que se adherían a la piel y que eran la muerte segura en el guerrero que quisiera arrancárselas provocándose una herida peor que un hacha mal afilada. Flechas incendiarias, flechas untadas de veneno, flechas aceitadas, flechas largas, flechas de pluma doble y simple; para toda situación había una flecha distinta, así como un arco específico con que hicieran una letal y perfecta pareja.
El conocimiento del cielo y sus caprichos era importante para un arquero, la creación de arcos y flechas dependía estrictamente de las condiciones del clima, que afectaba a los materiales. Además debía saber curtir cueros y crear finas lianas con hierbas o restos de tejidos, todo valía para un buen maestro. Lledeyn le enseñaba que de ser necesario se podía crear un arco decente de las tablas de una mesa. Pero nunca lo hacía, ya que para él lo mejor era la madera directa del árbol. Decía que se impregnaban con la fuerza, elasticidad o resistencia de cada especie distinta. Y era verdad, porque ningún arco era mejor que otro, simplemente diferente, dependiendo de la madera es lo que se podía lograr con él.
Un arquero debía usar sombrero, siempre, ajustado a la cabeza. "¿Para protegerse?", Méril le arrancó una burlesca carcajada al viejo Lledeyn la primera vez que le respondió de esa manera. Las cuerdas de un arco deben estar siempre aceitadas, para mantener su flexibilidad. En los largos viajes un arquero guardaba siempre varias cuerdas bajo el sombrero utilizando la misma grasa del cuero cabelludo para mantenerlas engrasadas. El arco completo y el arquero eran uno en esencia. Un arma tan viviente como la madera que usaban para su creación.
Lledeyn tiró la copa y se acercó a Méril.
—Estás tirando peor que el llorica del príncipe.
Méril hizo una mueca de temor. Intentó disparar una flecha más antes que su maestro se acercara, sus dedos dolieron, calculó la distancia y tiró. La flecha dio a un costado del blanco, a veinte centímetros del corazón de la silueta de cuero con forma de un hombre con la que practicaban. Todas sus flechas habían dado prodigiosamente en el cuerpo, pero siempre en los bordes del torso, ninguna en el centro.
—Trae acá —le arrebató el arco. Tiró la cuerda mirándolo con experiencia. Cogió una flecha del carcaj que colgaba en la espalda de Méril, la colocó en el arma y sin la necesidad de toda la preparación que el chico realizaba, tiró de la cuerda, apuntó casi sin mirar y tiró.
La fecha impactó a un costado del corazón pintado con sangre de vaca en la figura.
— ¡Lo sabía! Este arco es una porquería —lo partió con la pierna y tiró al suelo—. La forma está desviada, un nudo en la madera tuerce la curvatura natural. Estás haciendo el doble de esfuerzo para suplir la fuerza distinta de los extremos. Si algo está mal, ¡está mal! Deja de intentar cubrir tus errores en la artesanía supliéndolos con tus manos. Te lastimarás antes de conseguir algo bueno.
—Pero, maestro Lledeyn, ese arco…
—Lo sé, tardaste todo el invierno en tallarlo y perfeccionarlo. ¡Pero está mal! Renuncia a él, y hazte otro. Mientras más tardes en aceptar tu error, más demorarás en hacer algo para corregirlo. ¡Deja de mirarme así! Trae tu cuchilla, nos vamos al bosque, necesitas comenzar a trabajar en un arco nuevo. Inútil mentecato que resultaste ser, siempre encariñándote con las cosas que están rotas. ¡Muévete! ¡Volverás a trabajar con pino! Ya veo que no estás preparado para la madera más fina, sería un costoso desperdicio en tus inútiles manos.
—Sí, maestro Lledeyn.
— "Sí, maestro Lledeyn" —repitió el viejo con burla imitando la voz de una pequeña niña—. A ver si consigues un poco de carácter y hablas como un hombre de verdad. Te hará falta en la vida, chico, si quieres conservarla. ¡Ya, corre, necesitamos darnos prisa o nos caerá la noche encima!
Los meses eran como días al lado del maestro Lledeyn. Agradecido el joven siempre trabajaba con tesón, se esforzaba en la creación de nuevos arcos, los que hacía con digna destreza aunque su maestro desechara todas sus obras. Cuando eran aceptables los dejaba para armar a los soldados más brutos. Pero jamás para su uso le permitía quedarse con uno, porque le decía que todos eran una porquería. Cuando intentó hacer su primer arco lo encontró tan mal, que de castigo lo tuvo tejiendo cuerdas durante un año sin volver a tocar las herramientas de tallador.
Durante las noches tallaba y elaboraba arcos. Durante los días cazaba animales, curtía cuero, escogía plumas y trabajaba algunas horas con el herrero de la aldea acuñando puntas de hierro. También le había enseñado a pulir piedras en caso de no tener metal, con técnicas secretas que le permitía cortarlas tan afiladas y ser tan duraderas como las de metal. Una vez le enseñó a usar cristales e incluso una piedra preciosa como punta, la manera de suplir el peso y lo efectivo que podía ser un rubí para atravesar una armadura completa que se suponía eran resistentes a cualquier flecha en el mundo. Pero una flecha tan cara sólo podía ser digna de un rey, bromeó en aquella ocasión.
Le enseñaba a usar arcos muy cortos y a tirar sobre caballo como hacían los legendarios guerreros que únicamente Lledeyn conocía; y que le contaba habían conquistado reinos sólo por sus caballos y arte de la arquería. Le enseñaba a tirar con arcos largos y pesados, más altos que él, apoyando un extremo en el suelo. A ochocientos metros podía atravesar la cabeza de un zorzal con precisión. Lledeyn lanzó un grito de asombro cuando el chico lo consiguió a tres veces más distancia en menos de una semana de práctica, parecía que el niño había nacido con el ojo dotado de un águila y las manos frías de una estatua.
Respiración. Un arquero debía controlar su propio cuerpo. No importando la lluvia, el frío, el calor o el miedo, ni tampoco el dolor de las heridas. Si un arquero perdía la capacidad de concentración y no podía dominar sus propias manos ni la agitación de su pecho que debía coordinar exactamente con el momento de apuntar y disparar, estaría perdido. Lo hacía meterse al río en invierno durante largos minutos. Después tirar durante otros más estando casi desnudo y empapado, en pleno bosque, rodeado por la nieve. No lo dejaba parar hasta que consiguiera tirar nueve de diez flechas en el blanco en una ronda o volvía al río para comenzar otra vez.
Los días de cacería eran los que más le gustaban al niño. Se perdían por días en los bosques vírgenes, comían y bebían lo que hallaban. Entraban con cuchillos y debían elaborar sus propios arcos, muy rústicos, con lo que tuvieran a mano. Usaban sus propias piernas como herramienta para tensar y tejer las cuerdas que creaban con hierbas, o con sus propios cabellos si necesitaban cortándose los mechones que les crecían. Méril tenía una colección de cuerdas hechas con su propio cabello, cada una por año que había vivido junto a su maestro, como un recuerdo. Creaban arcos con ramas que tallaban bajo el sol, no importando las incomodidades de no contar con herramientas más precisas ni mesas de trabajo, Lledeyn seguía partiendo sus arcos si no le gustaban. En la cacería vivían por instinto. Lledeyn le prohibía hablar, ambos se convertían en sombras del bosque, se comunicaban con gestos y miradas en todo momento. Jamás había descanso a tal voto de silencio hasta el punto de olvidar en ocasiones el lenguaje de los humanos, tras pasar uno o dos meses en perdidos en la naturaleza. Se movían siempre en dirección opuesta al viento para no alertar con su aroma a los animales, a tal punto, que el joven terminaba haciéndolo por instinto incluso cuando regresaba a la aldea aunque ya no fuera necesario. Dormían con un ojo abierto en las ramas de los árboles. Debía ser tan silencioso que un lobo podía pasar por su lado sin percibirlo.
Méril lo consiguió en una ocasión, cuando dormido contra una roca sintió la presencia de una manada de lobos. No se movió ni alteró. Esperó calmado. Siguió durmiendo con los sentidos atentos. Lledeyn a la distancia se agradó de ver que al chico en el centro de la manada; los lobos dormían a su derredor sin reparar en la presencia del muchacho sentado en medio de ellos, acurrucado entre hojas y ramas.
Cuando Méril cumplió los quince años, Lledeyn comprendió que la formación del muchacho estaba terminada. El viejo había creado un arco, la más hermosa de sus obras. La admiraba, era su sueño, la culminación de una vida de búsqueda de perfección. Pero al tirar la flecha se desvió ligeramente hacia un costado, un centímetro nada más. Para él era una burla y con pena examinó su arco buscando el error. Tendría que destruirlo, se había equivocado en su creación.
El joven Méril se acercó a él y, sin ser grosero, le arrebató el arco a su maestro. Era como si un espíritu lo hubiera posesionado. Tensó la cuerda, lo examinó igual como hacía el viejo. Sacó un puñado de flechas que tenía el carcaj de Lledeyn tras su cintura y las arrojó al suelo clavándolas en un rápido movimiento. Cogió una y tiró. Atravesó el centro del corazón pintado sobre la figura. Cogió otra y tiró. También dio en el centro rozando a la primera. Tomó dos y tiró, tomó una y tiró. Cogió la última, más rápido que las anteriores, y tiró. Todas dieron en el blanco destrozando a la flecha anterior. Le devolvió el arco a su maestro.
—El arco no tiene problemas, es casi perfecto, jamás había tenido el honor de empuñar uno así.
— ¿Casi? —preguntó Lledeyn enfadado y asombrado.
—Hay una ligera diferencia en la tensión de la cuerda, ése es el problema. Debe ser culpa del material con que se tejió la cuerda.
Méril fue llamado por una de las campesinas de la aldea y corrió a su encuentro para ayudarla a cargar las vasijas con agua. Seguía siendo un idiota que ayudaba a todo el mundo, el viejo no había conseguido borrar esa sonrisa de niño ingenuo, ni ese corazón tan dulce, que suponía serían las grandes debilidades de su aprendiz. Lledeyn examinó la cuerda del arco con mayor detenimiento.
—Así que es culpa del material —extendió la cuerda dándose cuenta de lo que el joven había dicho. Esa cuerda estaba hecha con su propio cabello, más seco y quebradizo. Tampoco era excusa para fallar en el blanco, cuando notaba que las flechas de Merilko lo habían superado consiguiendo tirar corrigiendo con los dedos la deficiencia del arma. Él estaba volviéndose viejo mientras que el muchacho alcanzaba una plenitud que nunca tuvo—. Sí, es culpa del material… —repitió suspirando pensando ahora en sí mismo.
No podía evitarlo, era el destino de los mortales envejecer y morir.
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5
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En dos días dejarían Asgard, sólo dos días más y viajarían a Midgard. Comenzarían una nueva vida entre los mortales, lejos de todos los peligros. Nada malo podría haber sucedido en tan corto tiempo. Sin embargo, Ámbar se arrepintió de haber esperado tanto y no haber viajado en el mismo momento en que llegó Méril a su hogar.
Reunidas las tres hadas tenían en su pequeña sala a una importante enviada del bosque de Gimle. Era la representante de una matriarca, líderes de los pueblos del bosque. En Gimle no existía un gobierno unificado, sino que cada aldea contaba con una matriarca que lideraba a sus hermanas, las que servían a una líder mayor escogida entre todas en momentos de necesidad. Esas eran las antiguas costumbres que sólo recordaban las que vivían en Gimle y las de antigua estirpe como las hermanas cristal que fueron educadas por la sabia Amatista. Porque en los tiempos que vivían eran los Aesirs los únicos gobernantes y ellas un pueblo sin un reinado propio.
La representante del bosque era un hada muy extraña a los ojos de Méril, que observaba en silencio desde una esquina de la sala. La enviada se sentía también incómoda en presencia de un "einjergar"; las hijas de Gimle eran recelosas de "las bestias de guerra de los dioses", mucho más que sus hermanas que vivían en la capital. La mujer a diferencia de las hermanas cristal que eran de apariencia más humana, como el resto de las que vivían en la ciudad, poseía un extraño tono azulado en la palidez de su piel y unas pocas venas se veían más oscuras bajo la piel de los brazos, como si fuera tan frágil como una hoja. Los ojos alargados poseían un color dorado y el cabello negro lo envolvía un resplandor púrpura. También tenía un poco alteradas las proporciones al ser larga de extremidades y ajustada en el torso, diferencias casi imperceptibles, pero no para él. Ahora suponía que las hadas más humanas eran sólo una etnia, entre muchas, de la raza de las hijas de Gimle. ¿O sería en realidad una especie que se adaptaba según la necesidad, como las plantas y los árboles que se deforman a sí mismos buscando luz y agua en todo momento, o quizás mimetizándose entre los que viven? Después de todo las hadas de la capital en edad son las más recientes, comparadas a las hadas del bosque que normalmente poseían vidas largas, casi eternas como la de los señores de Asgard; extrañas preguntas lo comenzaron a abordar cuando intentaba pensar, por diversión, en una teoría evolutiva de las hadas de Gimle.
También la hacía destacar sus atuendos y el de las otras dos hadas que eran sus guardianas similares en apariencia a ella y tan distintas a los humanos, que portaban trajes y armas que parecían hechas con hojas de colores, pétalos de flores gigantes enrollándose a sus ropas como vestidos y collares de semillas tan brillantes y cristalinas como las joyas preciosas; ellas eran auténticas hadas de Gimle. El contraste con las chicas cristal era asombroso, las que realmente parecían humanas de no extender en algunas ocasiones sus alas cristalinas que aparecían por obra de la magia. Otra diferencia que notó, las hadas que llegaron a visitar a Ámbar y sus hermanas no ocultaban sus alas, sino que eran apéndices de hermosos colores degradados como el aceite sobre el agua de mar, que enrollaban alrededor de sus cuerpos como hojas, cubriendo con un ala el vestido confundiéndose con la tela, y formando una capa traslúcida que envolvía a sus hombros con la otra.
—Me parece extraño que "la voz de una matriarca" haya osado entrar en la ciudad de Valhala —dijo Ámbar, haciendo referencia al nombre con que se llamaba a la representante y a la vez futura sucesora de una matriarca entre su pueblo—. El gemir de la naturaleza y la repugnancia que sienten hacia los einjergar debe ser algo espantoso para ustedes que no están acostumbradas. Sin contar del peligro que llaman, al no ser muy bien recibidas. Saben que tras la rebelión del rey Alberick y los elfos oscuros, en Asgard no es muy bien visto cualquier demostración de cultura propia de los pueblos menores.
—No somos pueblos menores —respondió la enviada con un tono solemne y musical—. Nosotras somos Gimle, nosotras somos Asgard. Los Aesirs y gigantes fueron los invasores en nuestro mundo.
—Entiendo. Perdone mi insolencia, señora mía, es sólo la fuerza de la costumbre el error en las palabras que he malamente escogido — se disculpó Ámbar. Aún ella era respetuosa a las autoridades de su pueblo, eso hizo entender a Méril la importancia que existía en el título de la visitante. La mayor de las hermanas cristal parecía temer a la pregunta que debía hacerle, la que finalmente realizó no sin antes suspirar profundamente—. ¿A qué debo vuestra honrosa visita, hermanas mías?
—Hemos venido a solicitar vuestra ayuda, Ámbar Ex, Zafiro Dex y Prisma Nex, nietas de Amatista la Sabia. Nuestra aldea se encuentra en una terrible crisis, y no contamos con la ayuda de los conquistadores de Asgard. Ellos nos han abandonado en los límites del bosque y pretenden utilizarnos como su última defensa sacrificando nuestras vidas.
—Lo sabemos. Hadas refugiadas llegan día tras día a la ciudad, tras la destrucción de las fronteras de Gimle y el avance de la reina Hel. Odín pretende defender Asgard en las planicies, esperando que el cruce de Gimle debilite a las fuerzas de Nilfhel, no defenderá a nuestra nación.
Las guardianas de la enviada miraban constantemente a Méril con odio, como si quisieran descargar en "un einjergar" toda su frustración y resentimiento. El joven intentó sonreírles, pero le dedicaron tal desprecio con sus miradas, que encogió los hombros sintiéndose golpeado. Las guardianas no entendieron después por qué la menor de las hadas cristal las observó con apasionada ira y reproche haciéndolas temer.
—Puedo escoltar caravanas y realizar trabajos de exploración. Pero no puedo luchar contra un ejército sola. Además, ¿no deberían acudir al amo Ull?
—Ull… —las hadas suspiraron, en una mezcla de profundo pesar y también con un resplandor de esperanza en sus miradas.
A Méril esto le pareció singular. Incluso Zafiro y Ámbar guardaron silencio al escuchar aquel nombre como si fuera algo valioso que debían tratar con delicadeza. Por una infantil reacción buscó a Prisma deseando no encontrarla de igual manera, taciturna por el nombre del famoso Aesir, hijo de Odín, único protector de Gimle contra la voluntad de su propia raza de dioses Asgarianos. Prisma parecía solemne, mirando hacia adelante como desde el principio había intentado mantenerse ante la importante visita, pero no mostró ninguna reacción especial como las demás como si en realidad se encontrara sumida en sus propias preocupaciones. Y al instante percibió que Méril la observaba con interés, devolviéndole la mirada con atención y candidez. El joven sonrió aliviado sin entenderse a sí mismo el porqué de su repentino nerviosismo.
—Al amo Ull nadie lo ha visto durante los últimos años. Las hadas de la ciudad como ustedes no saben la triste verdad en la que nos encontramos en el bosque. Si él se encontrara presente nada de esto sufriríamos.
—Si el amo Ull estuviera con nosotras, Odín no se atrevería a abandonarnos —dijo una de las guardianas.
—Tememos por la vida del amo Ull —agregó la otra.
—Ahora lo comprendo —respondió Ámbar—, no había escuchado del amo Ull desde que llegamos a Valhala, no sabía que la situación fuera tan grave —se llevó una mano a los labios y sus ojos temblaron ligeramente—. No es posible que al amo Ull le hubiera sucedido algo, él no caería ante Hel.
— ¿Y una traición de Odín? —preguntó Zafiro en un tono acusador.
Méril no pudo dejar pasar aquél comentario. Había escuchado de la adoración que Ull recibía entre las hadas, como el único Aesirs al que ellas veneraban. Él señor de los bosques, el gran cazador, el arquero de la flecha de plata, cuyo arco fue creado con una rama de Yggdrasil y que por cuerda posee un rayo de luna. Era admirable en las leyendas y reconocido por oponerse a los Aesirs prefiriendo a Gimle por sobre Asgard; y su autoridad era pocas veces rebatida. El silencio de Ull pudo haber sido conveniente para Odín, provocado el abandono de Gimle; pero a Méril esa idea no terminaba por convencerlo del todo.
—Siento interrumpirlas, pero sería imposible que Odín hiciera algo en contra de Ull; después de todo él es uno de sus únicos hijos directos que le quedan…
—No hables con tan poco respeto del amo Ull —lo regañó la visitante duramente—, ¿ni siquiera lealtad hacia sus amos poseen los perros de Asgard?
— ¿Perros de qué cosa?
—Ella se refiere a los einjergars —explicó Ámbar, en un punto medio entre la seriedad para detener a su visitante, pero también de reproche hacia el chico por dirigirse a Ull sin ninguna lealtad.
Méril ya no respetaba a ningún ser como superior, había aprendido con Ranma que la única lealtad que debía tener era hacia sus creencias y a las personas que amaba y deseaba proteger, nada más. Había erradicado para siempre el miedo supersticioso que como antiguo midgariano sentía hacia sus dioses; ahora lo consideraba estúpido, un acto de ignorancia que todavía no se podía perdonar. ¿Qué eran "los dioses", sino seres tiránicos que abusaban de todas las otras razas de Asgard?
—Pero, el señor Méril únicamente…
—Guardia silencio, Prisma —la regañó Ámbar duramente, no quería empeorar la situación.
Aquello enfureció a Méril, no contra Ámbar, sino contra todas ellas. ¿Tanto eran ante los encantos de Ull para las hadas que diciendo odiar a los invasores Aesirs, confiaban ciegamente en uno de ellos? Recordaba que Millia no era así, tampoco las hadas del cuartel como la jefa Morgana, ellas hablaban de Ull como uno más de los Aesirs y por ello lo descolocaba tanto la situación a pesar de conocerla de antes. Pero ellas, las hadas antiguas del bosque que deberían ser más celosas y orgullosas entre sus pares, habían ofrecido sin cuestionamientos sus corazones al "señor de Gimle". ¿No era él un invasor más? ¿Otro conquistador? Fue incapaz de cerrar la boca, aunque el antiguo Méril habría esperado mantenerse apartado de una discusión, él ya no se sentía aquel niño tras todo lo que había vivido en el último tiempo, y lo hizo saber:
—Pues nosotros "los perros de Asgard" conocemos mucho mejor a los Aesirs que ustedes y sé de lo que estoy hablando cuando me dirijo a ellos; con o sin respeto, ése es mi problema.
—Méril, no deberías meterte en charlas que no te corresponden.
—Me corresponden, porque ella misma lo dijo —insistió no dejándose amedrentar por Ámbar. Las hadas enfurecidas guardaron silencio, algo había en aquellos ojos marrones que parecían sacudir sus espíritus con el recuerdo del furioso viento que sacude los árboles de Gimle durante una tormenta—, soy un perro de Asgard, un einjergar, nadie sabe más sobre los Aesirs en este cuarto que yo; para bien y más para mal, nadie ha tratado con ellos como yo. Si deciden seguir adorando a uno mientras tratan de invasores a los demás, pueden hacerlo, pero no piensen que "un hombre" puede hacer lo que todo un pueblo no. Es increíble poner su fe ciega en alguien que ni siquiera es uno de ustedes, mientras que durante siglos no han hecho nada para cambiar las cosas. ¿Es así el pueblo de Gimle, dependiendo siempre de algún caudillo al que acudir suplicando ayuda? ¡Por eso es que están en esta situación!
El joven, enfadado, dejó la sala saliendo al balcón. Prisma se levantó tras él.
—Prisma, detente —le ordenó Ámbar.
La pequeña Prisma dudó de pie ante las invitadas. Apretó los labios y cerró los ojos con fuerza.
—Lo lamento, hermana.
Desobedeciéndola abandonó la sala, dejando a la enviada, sus guerreras y a sus hermanas en una extraña situación.
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Méril se paseaba de un lado a otro como un animal enjaulado frente al balcón. ¿Había exagerado? Toda la pasividad de sus ojos se perdió cuando escuchó el nombre de Ull, pero no tenía idea de la razón que lo movía. Era como si en él hubiese enfocado la imagen de todos los Aesirs, a pesar de que las historias que hablaban de Ull estaban llenas de sus virtudes, de su nobleza y de cómo él sí había protegido honestamente los bosques de Gimle durante milenios. En realidad, no tenía idea lo que estaba molestándolo tanto.
¿Por qué no luchan? La situación de las hadas lo tenía lastimado, recordaba a Ranma y su constante rebeldía ante todo lo que le parecía torcido, jamás aceptando la lógica de Asgard. Él mismo había sido durante años sumiso a las reglas y los poderes. ¡Pero ya no! Ya no, él sería libre, no serviría ni adoraría a nadie más, jamás. Los humanos eran libres, los mortales orgullosos, no serían sometidos por ningún dios de Asgard nunca más.
— ¿Méril?
—Prisma —su furor se enfrió tan bruscamente como la lava cayendo al mar—. Oh, Prisma, creo que lo he arruinado todo —dejó caer los hombros apoyándose en la baranda con ambas manos—. He sido un tonto allí adentro.
—No, yo creo que Méril tiene razón. No deberíamos poner nuestra confianza en nadie más que en nosotras mismas.
— ¿Lo dices en serio? Espera, ¿a ti no te gusta ése tal Ull como a todas, verdad?
Méril se sintió un idiota tras haber hecho esa pregunta, que escapó de sus labios antes de haberla podido pensar. No parecía él mismo, más imaginó haber escuchado a su amigo Ranma hablar por él. ¿Qué le estaba sucediendo que ahora también se tornó en un idiota?
Ella parpadeó confundida. Después sonrió de una manera que le pareció encantadora. No importando la edad, la inocencia o la raza, ¿por qué las mujeres parecían siempre adivinar lo que el torpe corazón de un hombre se empeñaba por ocultar? Ignorando la vergüenza del muchacho que intentó evitarla dando un paso atrás, ella se acercó vehemente cogiendo sus manos entre las suyas.
—Al único que yo daré mi confianza es al héroe de Jarnvidr, el valiente Merilko Llewelyn.
— ¿P-Prisma?
—Me protegerás, ¿verdad? ¿Si algo malo sucediera estarás allí para salvarme?
Lo que ella decía, con tanta emoción, y sonrojada como si hubiera pensado toda la noche en ello, sacudió la mente del muchacho.
—Yo… ¿Sí?
— ¿Sí?
—Digo sí. ¡Sí, lo prometo! Yo siempre estaré allí para protegerte, no importa lo que sea. Prisma, te juro que no permitiré que algo malo te suceda.
Lentamente ella llevó las manos de Méril a sus labios, inclinándose ligeramente como si quisiera hacer una femenina reverencia, y besó los dedos del chico con sumisión.
—Mi señor Méril.
Soltándole los dedos que se habían entrelazado con nerviosa insistencia, se despidió rápidamente. Ella no quería mirar atrás, no después de las promesas que habían intercambiado. Se sentía avergonzada y feliz.
— ¿Qué acabo de decir? —se preguntó, asombrado e incrédulo desplomándose sobre el balcón donde apenas se sostuvo con los codos y la espalda. Todo le parecía un sueño.
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Reaccionó enfurecida. Para Ámbar aquello iba contra todos sus planes. Además que podría significar la tragedia que había querido evitar desde el principio.
—Me niego.
Las guardianas de la enviada rodearon las empuñaduras de sus espadas, pero la enviada las detuvo con una mano en alto.
—Es imposible negarse, es una orden de una matriarca y la palabra empeñada de Amatista obliga a sus descendientes a responder al llamado de Gimle. No hacerlo, significaría el castigo del "silencio".
Por "silencio" se refería a la separación definitiva del espíritu de un hada con el bosque de Gimle. Dejaría de escuchar a la naturaleza y perdería todas sus habilidades mágicas que descienden directamente del bosque. Aquello era aterrador, pero no un castigo impuesto por otros a voluntad, sino una separación que vendría por desafiar la antigua magia de un pacto. Magia de pacto como la que había realizado Amatista cuando fue consejera de Gimle sirviendo a la reina durante la guerra en contra de los Aesirs. Amatista había sido una de las últimas hadas de la primera era de Asgard; y para muchas también la primera reina de Gimle, y la última. Aunque en realidad ella sólo ocupó ese papel para proteger con su vida la auténtica reina que había sido Morgana.
El pacto que Amatista realizó en el pasado con su propia sangre derramada sobre las raíces de Gimle, ahora alcanzaba a Ámbar y sus hermanas por ser sus nietas.
— ¿Y por qué no Millia? Ella es la primera de la familia, escogida directamente por nuestra abuela como su heredera. Primero deberían consultarlo con ella.
Zafiro miró asustada a su hermana mayor, no comprendía el porqué de sus miedos en ese momento, jamás ella se habría atrevido a endosarle la responsabilidad a otra persona. Menos citar así a Millia aunque tuviera razón.
—Millia Lazuli de Gimle no se encuentra en Asgard. Consultamos por ella en el cuartel de Los Dragones Rojos antes de venir a este lugar. La mismísima Freya, señora de los Vanir, nos ha aconsejado venir a ustedes porque según parece, vuestra prima se encuentra en una peligrosa misión en la tierra de Midgard.
¿Peligrosa misión? La mala suerte era su aliada. Cómo se arrepentía de no haber viajado el día de ayer. ¿Por qué haber esperado, para qué preparar un equipaje, o intentar tener un poco más de tiempo para haber convencido a sus hermanas? Era una gran boba al creer que el destino no le jugaría una mala pasada. Su raza era una triste especialista en la decepción, sabía que algo malo sucedería en las puertas de la libertad. Ahora aparecía esta "enviada" solicitándole que viajara junto a sus hermanas a la frontera sur del bosque de Gimle, el lugar más peligroso de todos en las puertas de la frontera con Nilfhel, colindando al sur con las tierras yermas y quemadas a orillas del mundo de fuego de Muspellheim. Y tendría además al noroeste la tierra fría de Nifelheim, cerca de Utgarda, la tierra de los gigantes, donde mora el demente Aesir Loki en el palacio de Utgarda. No habría donde correr, encerradas en una trampa mortal.
Esa hada egoísta prácticamente le estaba pidiendo que llevara a sus hermanas a morir junto con su aldea perdida, sólo porque ellas no querían abandonar a su condenada tierra ancestral. Gimle o no, para ella no valía la vida de sus hermanas un trozo del bosque. Una vez en esa aldea estarían tan lejos de Valhala como de cualquier otro lugar seguro. No habría manera de regresar por los mismos caminos que con suerte ya dudaba poder cruzar en el viaje de ida. Y el maldito "pacto" seguía dándole vueltas en la cabeza, sopesando si la dolorosa separación de Gimle sería algo soportable. Los humanos vivían sin usar magia ni escuchar al bosque, ¿podrían también ellas si…?
Negó con la cabeza cruzando los brazos.
No, no era lo mismo para ellas. Había visto a hadas caer en la demencia por culpa del "silencio". No toleraban vivir sin sentir la voz de la tierra o el canto de la brisa, los susurros de las flores ni las caricias de las aguas. Un hada podía sentir que el mundo le hablaba a través de la piel. El silencio sería como la muerte. Se mordió el labio inferior, estaba siendo chantajeada por la promesa que Amatista la Sabia había hecho decenas de miles de años atrás, en que si Gimle las necesitaba; debían acudir o serían condenadas al silencio.
—Tenemos un trabajo, prometimos llevar al einjergar a Midgard. Los dioses de Asgard están sobre nosotras también…
— ¿Y es eso más importante que Gimle?
— ¡Pero ya tenemos un trabajo! Está fuera de nuestra posibilidad escoger cuando se trata de la voluntad de Asgard —mintió.
—Pero, hermana, podemos enviarlo por su cuenta. Todo lo que debemos hacer es abrirle un portal, y luego podremos regresar a Gimle con la enviada.
¡Zafiro cabeza de gorrión! La muy necia parecía desear esa aventura sin saber lo que realmente estaba sucediendo. Viajar al suroeste de Gimle, a la frontera con Nilfhel, era condenarse a la muerte. Definitivamente sus vidas servirían sólo para engrosar a un ejército de tercas hadas que lucharían contra un millar de demonios; ¿para qué, para morir con la satisfacción de haber defendido su hogar? Ella lo sabía, el hogar no valía sus vidas, porque por hogar tenía a su familia y podrían crearlo donde fuera. Pero las hadas antiguas y su maldito apego a un pedazo del bosque hacían peligrar el futuro de muchas hadas, no sólo el de ellas, de todas las que se negaban a abandonar Gimle.
—Supongo que… —se mordió los labios, estaba atrapada y debía mantener la frialdad a pesar de todo, en especial ante su visita que parecía regodearse de haberla arrinconado—. Atendremos a la llamada de Gimle, y lucharemos junto a nuestras hermanas.
—Haremos lo correcto —anunció Zafiro con ingenuo entusiasmo.
—Pero iré únicamente yo. Mis hermanas menores no son guerreras, no serían de ninguna ayuda. En mi lugar ellas deberán cumplir el otro trabajo escoltando al einjergar a Midgard. ¿Quedó claro?
— ¡Ámbar, qué locura es ésta! Yo también sé luchar…
— ¡Silencio, idiota! Obedéceme aunque sea una vez.
Zafiro retrocedió en el sofá queriendo llorar. ¿Su hermana se había propuesto dejarla atrás? ¡Nunca! Y, a pesar de ser un poco lenta, comprendió recién que la expresión de Ámbar no era de rabia, sino de terror. Recién ahora su mente se iluminó y vio la verdad del peligro al que su hermana mayor quería protegerlas, ahogando un lamento. ¿Qué había hecho?
—Tengo entendido que las tres hermanas cristal son hábiles por igual. Aunque, si insistes, podemos dejarlas atrás. Aunque me temo no saber si la pena del silencio las alcanzará de todas maneras, pues sabes que no está en nuestra voluntad decidir eso, sino en Gimle.
Ámbar se mordió el pulgar, estaba furiosa.
—Iremos —dijo Prisma entrando otra vez en la sala. Había escuchado parte de la conversación antes de animarse a cruzar el arco de la entrada.
—Tú no, Prisma, por favor, las dos no —suplicó Ámbar al borde del colapso, apenas manteniendo la aparente calma.
—Ámbar, no te dejaremos sola. No insistas; eres nuestra hermana y jamás permitiríamos que cargaras con toda ti sola. Si estamos obligadas a ir, lo haremos.
—Yo estoy con Prisma, las tres iremos y nos cuidaremos. Ya verás que todo saldrá bien —insistió Zafiro, con forzado valor.
—Son las hadas más estúpidas y malcriadas que conozco —lamentó Ámbar, finalmente rindiéndose a su suerte inclinando el rostro. Prisma se acercó por detrás poniendo las manos sobre sus hombros. Zafiro se acercó otra vez cogiendo el brazo de su hermana mayor.
—Lamento todo esto —dijo la enviada—, pero Gimle las necesita. No poseemos guerreras con mucha experiencia y el poder de Amatista sigue resonando entre nuestras hermanas, en sus recuerdos y corazones. Tenerlas de nuestra parte será de gran ayuda a la causa del bosque. Debemos defender a Gimle con nuestras vidas, ésa es nuestra razón de existir.
—Ésa es la idea más estúpidamente fanática que he escuchado en mi vida —Méril volvió a ingresar en la sala, rodeado de un aura de frialdad
Las guardianas desenfundaron las espadas, la visitante no las detuvo esta vez.
—No quiero una pelea en mi casa —ordenó Ámbar, pero la ira acumulada de las guerreras de Gimle contra los einjergars era demasiada como para conseguir escucharla.
Las guardianas se arrojaron sobre el "delgaducho" einjergar; querían humillarlo, castigarlo como deseaban hacerlo contra el gobierno de los Aesirs que las había humillado desde que llegaron a Valhala. No soportarían más insultos hacia su noble pueblo.
— ¡Méril! —clamó Prisma asustada.
Una de las espadas de cristal traslúcido giró clavándose en el techo, la hada rodó por el piso por culpa de su propio impulso chocando de espaldas contra la pared. La otra cargó perdiendo el equilibrio al haber caído en una sencilla zancadilla que le hizo el joven con el pie. Pero antes de caer, el joven la detuvo cogiéndola con firmeza por la cintura.
— ¿Estás bien? —preguntó con honesta preocupación.
La hada miró hacia arriba confundida. Tarde reaccionó enfadada de su embarazosa posición, pero antes de que pudiera mover su arma malagradecida, el chico la soltó dejándola caer bruscamente al piso. La guerrera giró en el suelo intentando sentarse, pero la espada que debió tener en su mano, ahora estaba en la mano de Méril con la punta rozando la piel entre sus ojos.
—Por favor —rogó el muchacho a la derrotada hada—, no quiero enfrentarme a ustedes.
— ¡No le hagas daño, perro…! —La enviada alzó las manos queriendo convocar un hechizo—. ¡AH!
Dio un grito de pavor y volvió a caer sentada cuando una cuchilla la rozó, atravesando el círculo mágico que había alcanzado a crear en el aire deshaciéndolo al instante, para clavarse del otro extremo de la sala. Méril jugó con un segundo cuchillo que sacó de detrás del cinturón amenazándola.
— ¿Me permitirán hablar? No sabía que las hadas de Gimle eran seres tan violentos como los Aesirs, que a la primera provocación atacan a sus interlocutores. ¿Dónde están la paz y la mesura que se enseña en el bosque eterno? ¿Es así cómo debe comportarse una representante de Gimle?
El joven terminó por clavar su cuchilla en el suelo a un costado del hada guardiana que ahogó un grito asustada. La otra se sobaba la cabeza un poco confundida, pero no tenía intenciones de volver a atacar al einjergar.
La visitante era la futura matriarca de su aldea, y como tal, comprendió que su actuar fue equivoco. Se acomodó en su silla y asintió conteniendo su propio enojo y también asombro. El contraste entre la destreza de ese pequeño einjergar que comparaba a los grandes y atemorizantes que vio a su llegada a Valhala, y sus dos más notables guerreras, la hizo pensar lastimosamente en la calidad de las fuerzas de su pueblo; asumiendo que si así de poderosas eran las fuerzas de la reina infernal, estaban perdidas.
—Y ésta es la fuerza que ahora posee Gimle —se quejó con un lastimoso suspiro, revelando por accidente sus pensamientos, al inclinar la cabeza humillada—. El más débil de los einjergars puede acabar con mis guerreras sin mayores esfuerzos.
Las guerreras enrojecieron avergonzadas, pero no podían negar las dolorosas palabras de su líder.
—El señor Méril no es el más débil de los einjergars —Prisma se adelantó a Ámbar con las manos empuñadas, deseaba aclararlo no para salvar la honra de las naturales de Gimle, sino para defender el orgullo de Merilko—; él es uno de los grandes héroes de Alvheim, con sus camaradas vencieron al demonio Jezi Baba Yaga en Midgard y por si fuera poco se enfrentó a Eggther, señor de los gigantes de Jotumheim.
—Eso… Eso no puede ser verdad. ¿Éste… enano?
—Es cierto —agregó Méril, sonrojado, no sabiendo si con sus palabras aceptaba todos los halagos de Prisma, o la ofensa de la enviada. No deseaba ufanarse, sino ser aceptado por ella. Estiró la mano con la espada de diseño del bosque empuñada, presentándosela a la enviada en posición horizontal. Se inclinó ante ella con una rodilla en el piso. Las demás se sorprendieron de su acto de humildad; jamás un einjergar se había inclinado antes a un hada de Gimle—. Y deseo entregar mi servicio a Gimle. Si me lo permite pondré todas mis fuerzas para proteger al bosque eterno, y a la gente de su aldea.
—Tú no serías de ninguna ayuda —respondió la mujer rápidamente con desprecio.
— ¿Lo cree? —dijo levantando una ceja al mirar de reojo a las atemorizadas guerreras que todavía no eran capaces de ponerse de pie.
—Él vendrá con nosotras —clamó Ámbar poniendo fin a la discusión—. Es nuestro guardián personal; si nos necesitan, también tendrán que recibirlo.
La enviada lamentó con resignación, sabiendo que no tenía verdadera elección en el asunto:
—La aldea no verá con buenos ojos la invasión de un einjergar.
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Ámbar intentó mostrarse lo más fría que pudo con Méril, pero comprendió que aquel muchacho contra toda apariencia poseía una experiencia mayor que la haría a ella temblar de no ser por su fuerza de voluntad. Se encontraban reunidos en la sala sin la presencia de los invitados a los que ya había despedido. Debía aclarar ese asunto con él en privado, por la manera en que se había metido en una conversación que no le correspondía.
—Los asuntos de Gimle no le conciernen, joven Méril.
—Ahora sí. La enviada del bosque me ha permitido ser de ayuda.
—Pero no tenemos como pagar sus servicios. Mentí al decir que era nuestro guardián, usted a nosotras no nos debe nada, ¿cómo podríamos costear los servicios de tan "célebre" guerrero? —ironizó mirando a Prisma, la que sonrojó al instante evitando los ojos de su hermana mayor.
—Jamás he cobrado por hacerlo —respondió el muchacho seriamente.
— ¿Entonces, por qué? Podríamos enviarlo perfectamente a Midgard antes de nuestra partida —el rostro de Ámbar se desdibujó por la tristeza y la desesperación—. No es necesario que más mueran en este inútil cometido.
Méril se veía tan tranquilo que la exasperaba. Sus hermanas habían comprendido que el llamado de Gimle a luchar en la frontera sur del bosque era prácticamente una sentencia de muerte. Ámbar planeaba enviar a Prisma y Zafiro junto con Méril a Midgard, aunque fuera al precio de arriesgarlas a ellas a la condena del silencio. Todo le valía con tal de mantenerlas con vida. Se encontraba furiosa, de no haber esperado un día más ellas ya se encontrarían a salvo en su nuevo hogar en Midgard, ajenas al aciago destino que ahora se escribía sobre sus cabezas. ¡Maldita la promesa que hizo su abuela Amatista milenios atrás!; por la que toda su familia quedó obligada a obedecer el llamado a las armas cuando una representante del bosque las convocaba.
—Pensé que deseaba regresar a Midgard para proteger a esa familia de mortales.
—Quiero hacerlo. Pero ellos no están indefensos y ya poseen suficiente ayuda en este momento. Mi deber inmediato es estar con ustedes.
— ¿Por qué?
—Porque he prometido proteger a Prisma con mi vida —el chico enrojeció, pero no desistió en su furiosa determinación. Apeló a todo su orgullo militar para conseguir ser tan directo con ella y evitar mirar a Prisma, sabiendo que de hacerlo flaquearía en la confianza que intentaba demostrarle a Ámbar.
Zafiro miró acusadoramente a su hermana pequeña, lo mismo hizo Ámbar. La chiquilla emocionada enrojeció escondiendo su rostro de sus hermanas al mirar fijamente el piso.
— ¡Por una estupidez romántica pretendes arrojar tu vida! —Ámbar estalló dejando escapar la frustración que sentía. El único en esa sala que podía elegir su propio destino estaba escogiendo lo que ella menos deseaba; lo odiaba porque lo envidiaba.
—No, no es una estupidez proteger la vida de los que nos son importantes.
—Todas vamos a morir a Gimle. Si tus promesas son reales, entonces, ¿por qué no te llevas a mis hermanas contigo, por qué no te aseguras de esa manera que ellas vivirán? Yo pagaré el precio por ellas dos.
— ¡Hermana!
— ¡Ámbar!
Las chicas exclamaron al unísono ante la declaración de su hermana mayor.
—Si es así, si yo muero en Gimle, ¿honrarás tus promesas y seguirás protegiendo a mis hermanas en mi lugar?
—Señorita Ámbar…
—Le he hecho una pregunta. Todo lo que me importa son ellas. Estoy segura —mintió—, que de ser únicamente yo la que regrese a Gimle, la promesa de mi abuela Amatista estará saldada. Mis hermanas no son guerreras…
—Ámbar, de qué hablas, yo también puedo luchar —reclamó Zafiro indignada.
—No vamos a dejarte atrás, Ámbar —agregó Prisma. A pesar del dolor que significaba toda la situación, ella jamás la abandonaría.
— ¡Silencio ustedes dos! No se atrevan a tomar tan ligeramente el camino de la muerte. En Asgard es así, los más débiles estamos condenados al final cruel e injusto. Si mi destino es morir en Gimle protegiendo una frontera indefendible, que sea. Pero no pienso arrastrarlas a ustedes dos —su rostro se ablandó un momento, casi en una súplica con los ojos brillantes por la dolorosa emoción—, a lo menos déjenme saber que mi muerte no será en vano, y que ustedes dos vivirán para recordarme. No todo se perderá, no si ustedes siguen con vida.
Las chicas cayeron de rodillas a los lados de la silla de Ámbar abrazándola con fuerza.
—No nos pidas eso, hermana.
—Sabes que no podemos, siempre hemos estado juntas.
—Necias y torpes, ¿acaso no me escucharon? Yo quiero que vivan —Ámbar reclamó por última vez, con las pocas fuerzas que le quedaban, rindiéndose a las lágrimas agridulces al igual que sus hermanas—. Yo quiero que vivan las dos en Midgard.
—Nosotras también queremos que tú vivas, hermana, y que vengas con nosotras —dijo Prisma.
—Jamás te dejaremos atrás, nunca lo haremos. Siempre hemos estado juntas —reclamó Zafiro—, no morirás sin nosotras.
Méril observaba la situación en silencio, el amor y también el dolor de las tres hadas había reabierto una vieja herida en su corazón. Ámbar tenía razón, si las hijas de Gimle intentaban proteger el bosque contra una avanzada de Hel serían exterminadas, y una muerte rápida sería un privilegio ante la horda de Hel que no sólo tortura a sus víctimas en vida, sino que también se apodera de sus almas para una eternidad de tormentoso servicio. Ya habían caído muchas aldeas de esa manera, y las que no combatieron ahora se refugiaban en el Valhala; las que sí, se habían convertido en alimento, tanto sus almas como sus puros cuerpos, de las huestes de demonios. Pero no existía tampoco un ejército unificado en Gimle que se enfrentara a la reina de Nilfhel. Todo era caos, desorganización, orgullo antiguo que les impedía abandonar su hogar ¿o sería tal vez la desesperanza que las hacía desear un final rápido antes que la prolongada agonía que como raza sometida venían sintiendo durante milenios? Los pequeños clanes caían uno tras otro; era un condenado desastre.
Se levantó de su puesto lentamente y caminó hacia la entrada de la sala. Las dejó, ellas necesitaban estar a solas.
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Apoyó las manos en el balcón. Otra vez era de noche, quizás una de las últimas que disfrutaría bajo la falsa paz de Yggdrasil. Qué bien habían acertado sus presentimientos en ese día sin saberlo. La tranquilidad de las aguas del lago le provocaba sopor. Tenía sus propios planes, no la dejaría morir a ella ni tampoco a sus hermanas. Impediría la muerte de toda la aldea. Si fuera necesario se enfrentaría a la férrea voluntad de esa matriarca, pero la haría comprender que luchar sólo significaría provocar la muerte de sus protegidas. ¿Era más importante la vida de los suyos o un pedazo de terreno y árboles? Comprendía la estrecha relación que existía entre Gimle y sus hijas; pero era mucho más sencillo plantar un árbol en otro lugar, que generar una nueva vida como las de ellas.
Si el pueblo seguía existiendo Gimle también lo haría. Si ellas morían, nada salvaría al bosque. ¿No eran acaso "las hijas de Gimle"? ¿Entendían ellas que los hijos debían sobrevivir a sus padres, que ése era el deseo de sus progenitores? ¿Cuánto más desearía Gimle que ellas vivieran en su lugar? Esa era su manera de pensar, o algo se lo decía con seguridad cuando meditaba percibiendo una lejana brisa con aroma a piños y corteza de árbol. ¿De qué servía morir por una causa perdida? Los muertos no provocaban orgullo, únicamente lágrimas y soledad a los que debían seguir existiendo y luchando, sintiendo cada vez mayor soledad.
Las salvaría, se lo había propuesto con todo su corazón. Finalmente había encontrado una causa justa por la que dar todo su ser. Pidió perdón a Ranma, quizás jamás regresaría a Nerima a cumplir su otra promesa. Pero estaba seguro que aquella la había hecho porque carecía de un motivo para seguir viviendo tras todo lo sucedido en Jarnvidr. Ahora, pedía al espíritu de Ranma que lo infundiera de fuerzas y de un poco de su valor para hacer lo correcto.
— ¿Qué es eso?
Los pensamientos del joven fueron interrumpidos por una extraña visión. En el centro del lago apareció primero una mancha brillante, la que tomó forma como un bulto de hojas blancas que comenzaron a volar guiadas por el viento. El cúmulo se expandió hasta que la silueta comenzó a adoptar una figura similar a la humana. Al estirarse vio aparecer una bota que se apoyó sobre las aguas sin hundirse, provocando ondas. El cabello al principio blanco formado por las hojas se tornó en castaño, revuelto con la rebeldía del viento. El traje oscureció hasta adoptar los colores de un tronco humedecido de los bosques, que fue cubierto al instante por una capa de un verde tan vibrante en colores como las hojas vivas de los árboles.
Aquel personaje lo dejó perplejo, cuando una extraña sensación de paz y nostalgia lo invadió. El aire se impregnó de aromas extraños; a tierra húmeda, a ceniza de una fogata hecha con hojas secas, a frutos de otoño, hierba seca y fresnos.
La figura se irguió sobre las aguas y giró el cuerpo hacia él. Era alto, no tanto en realidad pero con la corpulencia de un adulto, a pesar que su rostro frío e hiriente mostraba la belleza de un adolescente. Los ojos de profundidad eterna lo lastimaron, mostraron ser un pozo de dolorosas experiencias que volcó sobre él todo su sufrimiento. ¿Lo odiaba? Se sentía observado y amenazado.
El hombre llevó una mano a la espalda y tiró del extremo de una flecha de muchas que había en el hermoso carcaj de cuero y madera, en la otra mano extendida comenzó a aparecer una luz verdosa que se enroscó formando ramas delgadas, trenzadas entre sí adoptando la forma de un arco. Cuando todavía el arco hecho de ramas vivas todavía estaba tomando forma, el hombre lo empuñó con firmeza girando hasta ponerlo delante de él en posición de tiro. Colocó la flecha y la deslizó hacia atrás, una cuerda de luz apareció entre sus dedos, tensándose con un armonioso zumbido. La punta de la flecha brillaba de una forma que le impidió ver exactamente lo que era. Tarde comprendió que lo estaba apuntando a él.
Se mezcló el miedo con la melancolía, tuvo una extraña sensación como si ya hubiera vivido todo eso. Le parecía todo un sueño, el producto de una visión.
El hombre disparó la flecha.
La superficie del agua se abrió ante la fuerza del disparo, la estela siguió a la flecha en todo su recorrido. Le pareció lenta, muy lenta, casi podía ver la hermosa madera de la flecha curvarse en el aire. ¿Iba a morir? Por un instante sintió el miedo a la muerte, aquel sentimiento que le fue negado el día de su propio final siglos atrás.
La sangre brotó de su mejilla, un corte ligero, casi insignificante, cuando la flecha rozó su cabeza y cortó algunos de sus cabellos clavándose a sus espaldas en la pared. El sonido tosco, duro y rápido de la flecha golpeando la madera lo despertó de su extraño sopor. El chico asustado miró hacia atrás donde la flecha seguía allí clavada en la pared. Había sido real, todo había sido real y por poco había muerto. Al regresar la cabeza en dirección del lago, descubrió que todo estaba en silencio. El personaje había desaparecido dejando como única prueba de su existencia las ondas todavía formándose sobre las aguas y el nostálgico aroma del bosque de otoño.
Recogió la flecha arrancándola de la pared. Era extraña, pesaba como la más fina madera pero poseía la dureza del metal. Las plumas blancas reflejaban los colores de la punta, la que era un cristal pequeño y afilado, traslúcido, con una chispa de luz en su interior que ya no lo encandilaba, sino que parecía disminuida y que pulsaba débilmente como los latidos de un corazón.
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6
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La pequeña caravana avanzó con rapidez por la avenida principal de Valhala, como tantas otras compuestas por refugiados, animales, soldados y carretas cargadas cruzaban en distintas direcciones; tanto era el bullicio y el movimiento que nadie se preocupaba de ellos. El momento más preocupante para Méril sería cruzar los muros, temía que los guardias hicieran muchas preguntas a causa de él. Ocultó su rostro con una capucha.
Cuando fueron detenidos en la entrada a la ciudad, los einjergars bromearon a costa de las hadas, en especial por el orgullo y desprecio que la representante de Gimle y sus insensatas guardianas demostraban hacia los guerreros. Prisma, al igual que sus hermanas, más entendidas de la situación, cubrieron sus cuerpos y rostros con gastadas capas de viaje. Incluso sus cabellos habían desarreglado cubriéndose el rostro y parecían demostrar con sus actitudes, ser hadas débiles y algo escuálidas, poco deseables para los hombres.
La representante y sus guardianas no consideraban esto y con un airado cruce de palabras provocaban a los einjergar de la puerta, casi ordenándoles que les permitieran pasar. La situación se estaba tornando tensa a momentos en que los soldados seguían riéndose de las órdenes de la representante.
Méril comenzó a entender que no terminaría bien todo aquello. En un momento el líder de los porteros cogió las riendas del caballo de la representante para intentar acercarse a ella, las guardianas se llevaron las manos a la empuñadura de sus espadas. Los cuatro einjergars que estaban cortando el camino adivinaron sus intenciones y sacaron sus armas, ante el clamor de terror de los refugiados y la curiosidad de otros einjergars que encontraban la situación divertida.
— ¡Éstas se están poniendo difíciles!
—Supongo que tendremos que enseñarles un poco de la autoridad de Asgard antes de dejarlas salir. Así se llevarán un buen recuerdo de la capital.
—Nunca he probado a las "autóctonas".
Ámbar sabía que tendría que haber advertido a la representante de Gimle sobre su comportamiento, estaba pronta a bajar de la cabalgadura, cuando vio a Méril adelantársele, ya en el suelo corriendo por el costado de la fila.
El muchacho se despojó de la capucha. El líder de los einjergars, dos veces más corpulento que el joven, lo vio venir con la mano en la empuñadura de la espada que colgaba tras su cinto, tan rápido que apenas consiguió mover la espada en el aire cuando el chico se deslizó como una sombra entre sus brazos cargando en su pecho con el hombro. El einjergar se tambaleó. Méril no detuvo la acción, sino que acomodó un pie atrás impulsándose rápidamente en un corto brinco, giró el cuerpo en el aire y lo tumbó con una brutal patada en la cabeza. Terminó de sacar la espada y detuvo a un segundo atacante haciendo rebotar su arma con destreza en el choque de los aceros, dándole a continuación con el pendón de la espada en el rostro rompiéndole los dientes. Antes que los otros dos lo atacaran, en medio del tumulto y gritos de los refugiados que los rodeaban en la puerta, Méril se dejó caer sobre el líder, que todavía se retorcía aturdido en el suelo, enterrándole una rodilla en el abdomen, y con la espada cogida a dos manos apuntó hacia abajo directo al cuello del einjergar, dejándolo paralizado.
— ¡Ordena a tus hombres que se detengan!
— ¡Alto, Alto he dicho! —bramó casi en un gruñido mezcla de rabia y terror—. Eres un maldito traidor, te descuartizarán vivo antes de entregarte a Nilfhel por esto.
—A ustedes les otorgarán la segunda muerte por vuestra insolencia; ¡estas hadas son enviadas a Gimle en una importante misión ordenada por mi señora Yngvi Freya! Ellas son posesión de la señora de la magia de Asgard.
— ¿La diosa Freya? ¿Qué pruebas…?
—Yo soy la prueba. Mi nombre es Merilko Llewelyn, miembro de los Dragones Rojos al servicio de la dama Freya. ¿Quieres comprobarlo, quieres ir a preguntarle a nuestra señora y molestarla con tu insolencia? ¿O pretendes ir con tu propio señor Tyr y explicarle por qué la señora de la magia se encontrará airada con él por culpa de sus imbéciles soldados? Mejor todavía —Méril sabía que no debía dudar en su osadía, actuando con firmeza, o todo estaría perdido—, ¡te enviaré yo mismo a la segunda muerte por tu insolencia al desear la propiedad de mi señora Freya! No necesito más que a alguno de tus hombres para que vayan a molestar con estúpidas preguntas a tu señor Tyr, y hacernos perder más el tiempo. Tú ya no eres necesario para mí.
—Bajen… las armas —ordenó el líder tan blanco como la nieve.
Méril se levantó dejándolo libre, giró la espada en la mano y la enfundó rápidamente con seguridad. No temía otro ataque. Caminó con gran autoridad de regreso a su caballo que era el último de la fila. No miró a la representante, tampoco a las guardianas, manteniendo el aire arrogante que necesitaba demostrar en ese momento hacia los einjergar. Otra vez sobre la montura avanzó adelantándose al grupo hasta llegar a los einjergars que bloqueaban el camino.
—Atrás —el líder otra vez de pie alzó la voz airado, sentía en su cuerpo todavía el dolor de la fuerza de ogro de aquél diminuto muchacho—, ¡atrás, dije, déjenlos pasar!
Ante la estupefacción de la representante y sus guardianas, Ámbar reaccionó ordenándole a su montura seguir al muchacho, así hicieron sus hermanas. Al cruzar frente a la envida de Gimle cogió rápidamente las cintas del caballo tirando de ella. A pesar del pequeño susto que se llevó la representante no dijo nada, las guardianas también la siguieron rápidamente.
Méril guió la marcha a paso forzado, no se detuvo hasta haber dejado como pequeños puntos en la distancia a los guerreros que guardaban la puerta. Se cruzaron con carretas y guerreros en grupo que caminaban en sentido opuesto. Cuando el camino montañoso comenzó a descender pudiéndose ver los valles de las verdes praderas de Asgard, intercaladas con bosques y altas torres de vigilancia, relajó la marcha y miró hacia atrás volviendo a ser el tímido y sonriente muchacho que conocían.
— ¿Están bien?
—Eso fue innecesario…
—Muchas gracias, joven Méril —dijo rápidamente Ámbar, interrumpiendo a la representante de Gimle, que más parecía querer regañarlo en su furor—, nos ha salvado la vida a todas —recalcó mirando con reprensión a las guardianas.
—Los einjergars son unos cobardes cuando nombran a los dioses —dijo el chico, un poco sonrojado por el halago que recibió con humildad—. Es algo que siempre se debe tener presente para tratar con ellos.
Zafiro acercó su montura para quedar al lado de Prisma, la que se había quedado en silencio tras ver a Méril en acción.
—Vaya, tu pequeño campeón es más valiente de lo que había imaginado.
Prisma no sabía si asentir con orgullo, o inclinar el rostro avergonzada por lo que ella le había dicho.
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Durante un par de días no tuvieron inconvenientes. Al tercero acamparon en las ruinas de una aldea abandonada ocupando el interior de una de las cabañas. Eran asentamientos de elfos que trabajaban los campos de Asgard, ahora deshabitados tras la partida de sus dueños a los refugios en la capital. Bandidos y bestias de Hel eran los únicos que ocupaban esas tierras.
Méril se acurrucó fuera de la cabaña, sentándose en el borde exterior de la casa envuelto en su propia capa. Tenía el arco descansando entre los brazos y la espada con su funda apoyada en la pared a su costado. Ocupaba una pequeña plataforma de tablas que se separaba a medio metro del suelo por escalones de madera y una base de piedra. Había ordenado apagar el fuego que encendieron en el quemador temprano antes que oscureciera y ocultó los caballos en una pequeña caballeriza detrás de la estructura. Se sorprendió de que las hermanas cristal lo obedecieran con tanta facilidad y que la representante tampoco quisiera imponer su voluntad. De hecho, él no deseaba estar por sobre nadie, simplemente decía lo que creía conveniente de una manera directa como haría durante una misión. ¿Tan brusco era, acostumbrado por su instrucción en el escuadrón, que parecía estar dando órdenes? Como fuera, de todas maneras agradecía no tener ningún tipo de discusión, ya bastante agotado se sentía con tratar de aparentar seguridad andando por los caminos que ahora estaban llenos de peligro. Por un instante imaginó a Gimle mucho más seguro que los valles de Asgard y deseaba impaciente poder guarnecerse bajo la sombra del país verde.
Los campos se encontraban quemados y las praderas cruzadas únicamente por una gélida brisa. Tan grande y monumental era Valhala que su silueta oscura todavía podía verse por sobre las montañas, coronada por el gran fresno Yggdrasil que parecía un cúmulo de nubes verdes en el horizonte. El paisaje le pareció tétrico, la oscuridad avanzaba en tonos azulados sobre el verde húmedo y negro ceniza de los campos. No podía percibir ninguna alma en las cercanías y eso en lugar de calmarlo lo inquietaba. Tan cerca de la capital y ya la tierra parecía triste y peligrosa. ¿Qué hacían los Aesirs que no protegían a su pueblo?
Sólo alimentarse de ellos, servirse de las razas inferiores para engrasar la perfecta máquina de guerra que habían creado. Siempre le parecieron dioses que vivían de la batalla y la conquista, en lugar de la administración de su propio universo. ¿No era Hel, la señora de Nilfhel, hija de Loki, mitad Aesirs también? Sin enemigos a los que dominar, parecían haberse creado uno; necesitaban la guerra, vivían de la guerra, ¿en que terminaría todo, se sentirán satisfechos cuando consumieran todo el universo por culpa de su amada guerra?
La puerta de la cabaña se abrió. Prisma apareció saludándolo cálidamente haciendo una pequeña reverencia con la cabeza. La más pequeña de las hermanas cristal cubría su cuerpo con una pesada capa de viaje de tela oscura como la madera húmeda.
—Prisma, ¿qué haces fuera? Está frío.
La chica contuvo un escalofrío. Se acomodó al lado de Méril ofreciéndole un cuenco que traía en las manos y que humeaba cálidamente.
—Te traje un poco de sopa. Las demás ya comieron.
Méril recibió agradecido el cuenco que sintió calentaba exquisitamente sus manos. Prisma se acomodó un poco mejor juntando las piernas con recato, envolviéndose completamente en la capa hasta el cuello.
—Deberías entrar.
— ¿Le es mi presencia desagradable, señor Méril?
—No, claro que no. ¿Por qué me llamaste "señor"?
—Porque el "señor" no me quiere a su lado.
Inclinó el rostro tímidamente, sonrojada por su propia broma y también confesión. Méril no pudo responder. Avergonzado intentó probar la sopa cogiendo la pequeña cuchara de madera que bailaba en su interior.
— ¡Esto está delicioso! —cantó alegremente, olvidándose que debía moderarse comió con desesperación. El calor del alimento lo hizo recordar la comodidad del cuartel.
—Podría traer un poco más.
—No, es suficiente.
—Pero los mortales comen mucho más que los einjergars, Méril podría enfermar si no se alimenta como es debido —Prisma parecía realmente preocupada por él.
— ¿Q-Quién te dijo eso?
—Mi hermana Zafiro. Además me contó que los mortales se "resfrían" si se exponen a las bajas temperaturas, aunque todavía no tengo muy claro qué es eso de la gripe. ¿Es cómo un envenenamiento por hongos? Y también me contó padecen si están mucho tiempo bajo el sol, además…
—Prisma, no, no es necesario que te preocupes. De verdad. Los mortales no somos tan frágiles como parecemos —intentó sonreír, pero no pudo dejar de sentirse un poco lastimado en su orgullo al verse más frágil a los ojos de la chica sólo porque ahora era un mortal.
—Méril fue muy valiente al protegernos de esos einjergars.
—No fue nada importante.
—Lo fue para mí.
Le devolvió el cuenco vacío en las manos. Sus dedos se rozaron por un prolongado minuto. Ambos los apartaron sintiéndose cohibidos mirando el piso.
—Deberías volver, está bajando la temperatura.
— ¿Soy una molestia? —Prisma preguntó un poco alterada.
—No, ¡no! Es sólo que… que la señorita Ámbar podría preocuparse por ti. Después de todo estás afuera, sola, y con un detestable einjergar.
Prisma se acercó un poco más tirando de los bordes de la capa, acurrucándose a su lado, topando sus hombros.
—Ya no eres un einjergar. Y mi hermana no cree que seas detestable.
Méril se enderezó apoyando con seguridad la espalda contra la pared. Prisma resbaló distraída cayendo sobre él, siendo sostenida por los brazos del chico que dejó caer el arco, atrapándola por los hombros. Sus miradas se encontraron a pocos centímetros de distancia, asustados por el repentino movimiento y espantados por lo que cada uno estaba descubriendo en los ojos del otro.
— ¡Lo siento! —Méril la apartó delicadamente ayudándola a enderezarse—. Fue mi culpa.
—N-No, no, ha sido mi error.
Sonrojados guardaron silencio. Méril, sintiéndose un poco incómodo con la situación, recordó que ella seguía fuera de la cabaña junto a él.
—A Zafiro tampoco le gustaría verte aquí conmigo, no parece que le agrado mucho —dijo evitándola, mirando el piso en la dirección opuesta.
—Zafiro ya no te odia —Prisma lo imitó de igual manera, ruborizada, evitándose mutuamente a pesar que sus cuerpos seguían juntos—. E-Estaba enfadada por el pequeño malentendido de antes, pero ya está todo aclarado.
—Ah, bueno, entonces podré dormir sin miedo a que me apuñale por la espalda.
La pequeña broma provocó las tímidas risas de los jóvenes.
—Méril, ¿los einjergars, digo, los mortales no sienten miedo? Usted es muy valiente, qué digo, no creo que pueda sentir esa clase de sentimientos. No como yo en todo momento.
— ¡Claro que tengo miedo!, todo el tiempo —respondió seriamente mirando el cada vez más oscuro campo, pronto no vería más allá de su nariz—. Aquél que no siente miedo no es valiente, ¡es un idiota!
— ¿Usted también tiene miedo?
Asintió torpemente.
—Puede que pocos lo entiendan pero el miedo es útil, nos pone en guardia, nos hace cuidadosos. También nos hace valorar lo que tenemos. El problema es cuando nos supera y nos detiene. Una persona valiente no es la que no siente miedo, sino la que lo domina y utiliza a su favor, no para detenerse, sino para avanzar con cautela; pero avanzar de todas formas sobreponiéndose a todo.
—Méril es una persona muy sabia —lo miró con tal admiración que el chico volvió a evitarla avergonzado.
—No lo soy, en absoluto. Todo lo he aprendido gracias a mis amigos —suspiró penosamente—. A ellos los extraño mucho, siempre me apoyaban. Todavía no puedo creer que esté haciendo todo esto por mí mismo. Nunca he sido valiente.
—Eres valiente —Prisma cogió la mano del chico envolviéndola cariñosamente con las suyas—, viniste en este viaje para proteger a mi pueblo, no has dudado un solo momento. No sé de qué manera poder agradecerte lo que estás haciendo, no deberías haberte preocupado por nosotras así.
—Te equivocas, Prisma. No es valor lo que me hace ir a Gimle con ustedes.
— ¿No?
—También es miedo —con su otra mano de igual forma cogió las de Prisma. La sensación de la muerte cercana alentaba sus sentimientos, haciéndolo más osado de lo que habría imaginado ser jamás—; más grande que el miedo a morir o al sufrimiento, es el miedo que siento si algo llegara a sucederte...
— ¿M-Méril?
—No... N-No permitiré que nada te lastime… Prisma.
— ¿Por qué… por qué yo?
La pregunta tan directa y sincera lo desarmó. Sólo había una manera de responderla sin mentir y él no era un mentiroso. Tragó con dificultad, la miró a los ojos. Ella esperó, con tal inocencia que le provocó dudas, muchas dudas, al punto de temer que sus sentimientos, más allá de una amistad profunda o confianza, no serían igual de correspondidos.
—Porque tú… yo…
Prisma percibió como Méril apretaba sus dedos de una forma que le agradó. Cuando pensó en lo que podría estar por escuchar se sonrojó furiosamente. Torpemente no había reparado en la comprometedora situación en que se hallaba, y cuando lo hizo, se sintió cohibida y emocionada.
—Tú… —insistió el joven, otra vez, alargando la última vocal hasta perder todo el aliento.
— ¿Yo…? —preguntó la chica perdiendo la voz, en lo que fue un corto murmullo.
—Yo te…
La puerta de la cabaña se abrió de golpe.
—Prisma, entra en la cabaña —ordenó Ámbar con no muy buena cara.
—Hermana, pero yo…
— ¡Entra!
Estaba enfadada. Prisma miró a Méril sin saber qué hacer, como si estuviera pidiéndole su consentimiento porque en aquel momento estaba dispuesta a enfrentarla. Méril soltó rápidamente las manos de Prisma.
—Será mejor que obedezcas a tu hermana.
—Pero, Méril, ella no puede…
—Ella es tu hermana mayor y te ama.
Las palabras tan certeras del muchacho la hicieron entrar en razón. Se disponía a levantarse pero en un último acto de rebeldía, volvió a coger las manos de Méril y se las besó con ternura, como una despedida. El gesto sonrojó al muchacho hasta las orejas y provocó una severa rigidez en Ámbar. Al levantarse y pasar por el lado de su hermana se detuvo un momento cuando Ámbar la detuvo con una dura recomendación:
—Después hablaré contigo, Prisma.
—Si le dices algo indebido a Méril, seré yo la que tenga una charla contigo, hermana.
Ámbar dio un paso atrás, conmocionada, su tímida y pequeña hermana jamás había respondido con tal vehemencia, y pudo adivinar en su voz que no se retractaría. Al final ella obedeció, no sin antes volver a amenazar a su hermana mayor con su mirada, entrando en la cabaña, tan sonrojada y con emociones tan violentas en su pecho que no pudo volver a mirar al joven.
Méril recogió el arco lentamente y lo volvió a abrazar recuperando la firmeza y aire melancólico que tenía desde el principio al vigilar los campos.
Ámbar esperó de pie, quería que él se levantara. Sin embargo, no lo hizo.
—Señorita Ámbar, ¿por qué no se sienta un momento?
Ella se sintió ofendida. ¿Acaso no veía la gravedad de sus actos que además pretendía actuar con naturalidad? Le siguió el juego y se acomodó en el suelo a un metro a su lado. No hubo más que haberse sentado cuando Méril se levantó de un salto y sin dejarla reaccionar, la cubrió con su propia capa que se sacó de un rápido giro del brazo. Tomando el arco en las manos con relajo se alejó descansando la espalda y uno de los pies en la columna de madera al inicio de las escaleras como si estuviera vigilando. Ámbar intentó acomodarse el cabello, estaba por tirar la capa al piso para no dejar que se sintiera aceptado por su amabilidad, pero el frío glacial la superó y terminó aceptando la prenda con la que se envolvió cuidadosamente.
—Estás jugando con los sentimientos de mi hermana.
—No, no lo estoy.
— ¿La amas?
—Yo…
—Debiste llevarla a Midgard contigo. Si la amaras de verdad, no habrías aceptado este viaje. Morirá, todas moriremos y no habrás hecho nada para protegerla.
—Prisma no morirá, Zafiro y usted, señorita Ámbar, tampoco lo harán. Lo prometo.
— ¡Prometer es sencillo!
— ¡No morirán!
La furia del muchacho la lastimó. ¿Qué tenían esos ojos profundos que le traían recuerdos borrosos a Ámbar que todavía no era capaz de identificar? Tampoco podía entender qué era aquello que la hizo temblar como la brisa que sacude a los árboles del bosque eterno, cuando la voz siempre suave y melódica se alzó como la turbulenta tormenta. Ella sabía que estaba enamorado de su hermana pequeña, pero no podía pensar en la felicidad cuando la muerte las estaba esperando en Gimle.
—Si pudiera creerte, humano.
—No tiene que hacerlo. Siento tener que decirle esto, señorita Ámbar, y espero no parecer insolente —Méril sonrió cuando la miró de una manera que a ella siempre le quedaría grabada en su memoria, con la espalda apoyada en la columna y el arco en las manos, con el cabello ligeramente ondulado meciéndose con desorden por culpa de la gélida brisa de la noche—, pero su fe en mí no me importa en lo más mínimo. Con o sin su confianza, o la de su pueblo, haré lo que tengo que hacer para proteger a Prisma, a Zafiro, a usted y a todas las hadas de Gimle. Si mi palabra no basta para hacerlo, entonces pondré mi vida y corazón en la cuerda de mi arco al igual que hago con mis flechas y me desharé de los peligros sin temor.
.
Sin utilizar portales mágicos, sin un camino seguro y tomando las desviaciones por dentro del bosque, tardaron más de tres semanas en recorrer los senderos que los llevaron hacia el sur del país verde. A pesar del largo viaje, a Méril le pareció corto. La sombra de Gimle le provocaba una emoción desbordante. Jamás había tenido la oportunidad de internarse tan profundamente en el país de los árboles, pero se le hacía difícil no sentirse aturdido de tantas sensaciones.
Los troncos variaban de una localización a la siguiente, en algunas regiones eran gruesos como torres y el follaje como un techo lejano que tapaba el cielo. En otros eran viejos con el aroma de los siglos y las hojas doradas cubriendo los suelos hasta llegarle a las rodillas. Cruzaron zonas húmedas y pantanosas, donde los árboles se curvaban con antojadizas formas más acorde a la mente inspirada de un creativo pintor. Para otros podría ser lúgubre, también atemorizante la sensación de estar perdido en un bosque tan grande como el océano no viendo más que árboles y más árboles en cualquiera de las cuatro direcciones del horizonte. Sin embargo, Méril se sentía más y más seguro a medida que se perdían en la oscuridad del follaje.
En los últimos días liberaron a los animales cuando el sendero ya no sería fácil de seguir para ellos. Pues era un camino hecho únicamente para hadas que saltaban y volaban entre las raíces tan enormes que cubrían la tierra y la deformaban. Todo era vida, no hallaba donde pisar en que no hubiera algún insecto o animal pequeño deambulando entre los arbustos.
Al principio las hadas creyeron que el muchacho haría el viaje más lento para ellas, al no poseer la agilidad ni la capacidad de volar entre ramas y raíces como las hijas de Gimle. Pero se sintieron asombradas cuando debían intentar con todos sus esfuerzos mantener el paso del incansable Méril.
El muchacho corría bajo las raíces que formaban arcos sobre la superficie, desaparecía entre el follaje. Luego lo veían asomarse sobre las ramas encima de sus cabezas, saltaba como una ardilla de rama en rama. Se deslizaba por los troncos y saltaba impulsado por el viento del bosque. Parecía revivir antiguos recuerdos, de los días en que era instruido por un viejo arquero llamado Lledeyn en su primera vida antes de ser un enjergar. Ahora mortal otra vez parecía recuperar rápidamente las olvidadas habilidades de un cazador.
Jugaba a despistar a las hadas. Se desaparecía ante ellas, se volvía uno con las hojas a cada momento. Las espiaba como una diversión para probar si no podían descubrirlo usando sus habilidades mágicas de percepción. Al principio lo notaban, luego ya no sabían dónde se encontraba como si estuviera aprendiendo a esconder también su alma.
Las hadas se toparon con troles de Utgard y huargos, los peligrosos lobos con lomos de cristal, horrendos monstruos de Nifelheim que en el sur de Gimle comenzaban a sembrar el peligro en el bosque. Aunque Prisma y sus hermanas no alcanzaban a ver la amenaza, porque en su lugar hallaban únicamente los cuerpos fríos de las bestias atravesadas por las flechas de Méril. Aquel joven se les adelantaba siempre despejando el camino de peligros, a medida que más se internaban en el bosque, notaron como el chico comenzaba a dejar de hablar y sus ojos brillaban como los de un lobo dentro de sus dominios. Siempre avanzando, siempre adelantándose y cazando antes que ellas siquiera se enteraran del peligro que las rodeaba.
La enviada de Gimle y sus guardianas, a excepción de las hermanas cristal que confiaban en el muchacho más ahora al ver sus habilidades en toda su plenitud, se sentían intranquilas. Apenas lo veían aparecer llevaban las manos a las espadas, atentas, como si hubieran sido siempre sorprendidas por él aunque después intentaban disimular su turbación.
Méril no consideraba tales muestras como ofensivas. Le gustaba, quería que ellas estuvieran atentas, despiertas, muchos peligros los rodeaban en el bosque a pesar de su exuberante belleza. ¡Si pudiera quedarse en Gimle para siempre! Se descubría pensando a momentos el joven cazador.
Las hadas descansaban bajo la sombra de los árboles que con su magia habían hecho cobijarlas formando una improvisada tienda. Con hojas y ramas formaron el techo que las protegió de la lluvia de Gimle y con raíces que se levantaron del suelo formaron los cimientos de una elevación que sostuvo otra capa de hojas vivientes, cálidas y secas, resistentes como un suelo de tablas, que las separaron a un par de metros en el aire por encima del lodo. El agua de la lluvia corría bajo ellas por los irregulares terrenos de Gimle como pequeños ríos. Toda la tienda amplia parecía entre hojas tomar la forma de una almeja abierta en uno de sus extremos. El cielo gris tronaba y la humedad de la tierra mezclaba su aroma con el aire frío, junto a la refrescante esencia de frutos y hierbas.
— ¿Por qué insistes en preparar comidas calientes? —reclamó Zafiro cuando vio a Prisma usar un poco de magia para calentar una fuente de cristal y hervir el agua en su interior; utilizando algunas raíces del bosque como ingredientes y hierbas como especias, además de algunos aderezos que trajo de su hogar en Valhala entre su escaso equipaje—. Es un desperdicio de tiempo, podemos comer frutos del bosque.
—Pero Méril ahora es un midgariano. Él necesita probar alimentos calientes y en más cantidad que un hada, porque el bosque no nutrirá su cuerpo de manera directa como lo hace con nosotras.
— ¿Segura que vuestro perro guardián es en realidad un midgariano? —preguntó Ireva, ése era el nombre de la representante de Gimle que no trataba con mucha amabilidad a Méril. Menos tras haberse enterado algunos días atrás por confesión del mismo muchacho, que no parecía tomarse los secretos con gran importancia, que en realidad era un mortal y no un einjergar—. Más me parece un lobo del bosque, quizás se alimente de la carne de las bestias que mata en el camino.
—Ireva, cierra la boca —ordenó Ámbar. Las guardianas de Ireva se tensaron. Pero tras un pequeño altercado que ya habían tenido con Ámbar días atrás, sabían tras su humillación que más les valía mantenerse calladas, porque el sable de la mayor de las hermanas hablaba todo lo que ella, silenciosa, se guardaba de comentar.
—No es necesario, señorita Ámbar, no me siento ofendido.
Ireva y sus guardaespaldas saltaron cuando vieron a Méril de pie tras ellas. El cabello lo tenía empapado, más largo que hace tres semanas se enredaba hasta rozar sus hombros, impregnado de gotas de lluvia que brillaban como pequeños diamantes y de hojas que lo perfumaban con la esencia del bosque.
—Tardaste, ¿qué te entretuvo?
Tras tantos días la relación entre Prisma y Méril se había estrechado de una manera inusual. Se avergonzaban menos, pero también menos palabras intercambian. Parecía ser que ella sabía comunicarse con el muchacho en su extraño estado de sopor animal en que se movía más por instinto, a través de gestos y miradas. Se desenvolvían de manera coordinada, se comunicaban con pequeños gestos. Prisma interpretaba lo que él pensaba, ella explicaba a los otros lo que él había visto pero no decía. Este Méril extraño para ellas las asustaba tanto como la nueva Prisma más solemne, más unida también al bosque.
Insegura se sentía Zafiro con lo que veía, pero Ámbar sabía lo que estaba sucediendo. Su pequeña hermana ya no era una niña después de todo, aunque también la intrigaba que sólo Prisma tuviera la capacidad de percibir la cercanía del muchacho que a ellas parecía ocultar a voluntad.
— ¿Me encontraste de nuevo?
—Cerca de la cascada —dijo cuando comenzó a llenar un pequeño cuenco con un poco de sopa que le ofreció, recordando la cascada que habían cruzado a media hora de camino cuando llegaron a ese lugar.
—Había un grupo de huargos domados, era tres, un gigante de Utgard los llevaba encadenados —la mirada el chico se tornó seria. No había olvidado que aquello no era un paseo por mucho que lo estuviera disfrutando. Sin dejar de mostrar frialdad marcial bebió de la sopa con los labios, la saboreó lentamente. Aquél cálido brebaje de raíces y hierbas tenía tan intenso el sabor de Gimle que le gustó mucho más que un festín en el cuartel. Bajó el cuenco volviendo a hablar—. Pero ya no.
— ¿Ya no, te encargaste de ellos? —preguntó Zafiro.
Méril asintió haciendo un corto sonido con los labios, estaba más interesado en comer que en hablar. Siempre olvidaba que tenía apetito hasta que Prisma le ofrecía algún alimento. Mientras tanto, en sus excursiones alrededor del grupo que avanzaba, masticaba hojas o frutos del bosque que cogía de forma descuidada.
Más atemorizante les pareció el joven a las hadas de la aldea, desde que hacía unos días había atado sobre la hombrera una piel de huargo con trozos de cristal que brillaban reflejando los colores de los árboles, como un trofeo de sus cacerías.
—Estamos cerca de la aldea —volvió a decir entre sorbos.
Prisma lo observó detenidamente cuando sus miradas se cruzaron otra vez.
—A un día hacia el sur —agregó Prisma, como si fuera receptora de un mensaje silencioso.
Méril volvió a asentir.
— ¿Hay más? Estaba deliciosa.
Ella, feliz, le sirvió todo lo que quedaba.
—Méril, tienes que dormir.
—Estoy bien, vigilaré…
—Tienes que dormir —Prisma insistió suavemente, colocando sus manos en los hombros del muchacho obligándolo a reclinarse.
En otro momento Ámbar hubiese reclamado tan íntimo contacto, pero tal era la situación y extraña la sensación que envolvía a esos dos en Gimle, que se rindió hacía mucho tiempo de preocuparse por ellos. Méril obedeció a las manos de Prisma aunque sus ojos se mostraron preocupados.
—Vigilaremos en tu lugar —dijo Zafiro poniéndose de pie.
El joven, aceptando la ayuda, se mostró agradecido y cerró los ojos. Era difícil conseguir que durmiera, pues al más insignificante sonido que no perteneciera a la armonía del bosque de Gimle, él se despertaba. Prisma, preocupada, pensaba que la falta de descanso aumentaba el extraño estado del chico en el que parecía comportarse como un animal en alerta constante desde que ingresaron al bosque. Por lo que aprovechaba cada oportunidad que tenía para obligarlo a dormir.
Ámbar miró a la enviada Ireva.
—Hemos descansado mucho, deberíamos intentar cubrir el área en todas direcciones. Cerca de la aldea los enemigos pueden estar ya acechando los caminos más que antes.
—No es necesario que todas vigilemos.
—Pero es necesario que todas protejamos a Gimle. ¿O esperas confiar siempre en un midgariano para que cubra tu espalda?
Acusándola de pereza, y lo que era peor, de depender de aquél muchacho, la provocó en lo más profundo de su orgullo como hija de Gimle. Se levantó furiosa y dio rápidas órdenes a sus guerreras.
—Prisma se queda en el refugio. Zafiro patrullará cerca hacia el norte. Me encargaré de buscar hacia el este alguna señal enemiga. Ireva se encargará de explorar el camino que nos resta hacia la aldea. Ante la primera señal de peligro será mejor que regresen.
Una a una, dejaron el refugio bajo la fina lluvia. Ámbar fue la última.
—Queda en tus manos ese muchacho, asegúrate que descanse, lo necesita. Presiento que Gimle tiene un misterioso efecto en su estado de ánimo, pero sea cuál sea, él sigue siendo un midgariano y debemos cuidar porque conserve su salud y energías, así como él ha estado velando por nuestras vidas.
—Lo haré, hermana.
Prisma agradeció aquellos momentos de soledad en que le permitía estar con Méril. El sueño del joven era intranquilo y frágil, se movía, gemía. Hablaba dormido de situaciones del pasado que a ella le erizaban la piel, pero que temía preguntarle una vez que se encontraba despierto. Ámbar sospechaba que el joven sólo descansaría en manos de su hermana pequeña.
La menor de las hermanas cristal había encontrado una manera de apaciguar los delirios del muchacho que no le confesaría a nadie, siquiera a él cuando despertara en un par de horas más, porque más que ese tiempo era imposible obligarlo a dormir durante las últimas semanas en que había durado la eterna travesía a través del país de Gimle. Lo cubrió con una capa, acarició sus cabellos. Temblaba, otra vez presa de las pesadillas que no le daban respiro a su cuerpo ya agotado. Prisma, sonrojada, sintiendo el sonido de la lluvia y las hojas ayudándola a sentir segura a los ojos de un universo para el que no existían, besó la frente del muchacho.
—Duerme, Méril, estoy contigo —sostuvo su mano—. Duerme.
Méril no se calmó del todo, pero a lo menos hizo constante su respiración. ¿Qué clase de veneno era Gimle para el alma de ese muchacho que lo alegraba como el vino, pero a la vez torturaba de esa manera sin darle reposo? Prisma levantó un borde de la capa y se cobijó recostándose a su lado, abrazándolo con ternura, algo que jamás habría hecho de estar sus hermanas presentes. O aún sin ellas, atrevida sólo por la necesidad que ese amado muchacho despertaba en ella. Descansó su cabeza en el pecho del joven, podía sentir su corazón agitado, asustado a veces, violento en otros momentos. Lo acariciaba constantemente en el rostro, a veces con fuerza sostenía su brazo cuando lo notaba tensarse, víctima de otro violento impulso dentro de sus sueños. Cruzó sus piernas sobre las de él. Se recostó casi con la mitad de su cuerpo sobre el del joven, en parte con afecto, en parte con el deseo de ayudarlo a conservar el calor y también de sostenerlo para que sus repentinos sobresaltos no lo hicieran despertar. Cerró los ojos y murmuró una vieja canción de los bosques de Gimle, muy común entre las hadas, adaptándola para la ocasión, dedicándosela con su ingenuo corazón:
—Méril, Méril —susurró aletargada cantando la melodía, sintiéndose contagiada por el sopor, acompañada por la música de las hojas doblándose bajo el peso de la lluvia, cuando el joven parecía finalmente calmarse bajo el calor de su cuerpo—, brisa de Gimle, posees la belleza de los fresnos del bosque…
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7
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Prisma despertó sobresaltada. Miró confundida sin recordar dónde se encontraba viendo un techo de hojas y ramas. Se sentó sosteniendo la capa que la cubría contra su pecho.
—Vaya, te dejamos vigilando al mocoso ése y terminas durmiendo una siesta mientras nosotras trabajamos empapadas bajo la lluvia —se quejó Zafiro. Ámbar se paseaba fuera del refugio entre los árboles observando los alrededores.
— ¿Y Méril?
—Estaba despierto cuando llegamos y sentado en un rincón del refugio mirando la lluvia caer. Hiciste un gran trabajo, se veía realmente un poco más "centrado". Ya sabes, tímido, como es él en realidad y no con esa preocupante mirada de lobo al acecho. Tienes talento para cuidar a los que están dementes. Pero no tardó en volver al bosque.
— ¿Despierto?... ¡Despierto! —Prisma chilló cubriéndose con mayor celo su cuerpo con la capa. A pesar de encontrarse vestida se sentía desnuda, recordando que de haber despertado él primero la habría descubierto cómodamente acurrucada sobre su cuerpo. Ya no podría volver a mirarlo al rostro, la vergüenza la mataría.
—Y Ámbar es otra que parece loca —siguió comentando Zafiro con alegre ingenuidad—. Apenas llegó lo primero que hizo fue mirar bajo la capa por si todavía tenías puesta la ropa. ¿Te imaginas? Sé que Ámbar es paranoica contigo, pero ni yo podría pensar algo así entre tú y ese idiota mortal; Tendría que esperar mil años más para sólo imaginar que él tuviera el valor de tocarte.
Dio una fuerte risotada al ver el rostro enrojecido de Prisma, sin imaginar que ella se avergonzaba por algo mucho más que su pícaro comentario.
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El bosque se tornó denso, casi una selva inexpugnable. Aún las hadas tuvieron que comenzar a moverse a ras del suelo, usando las alas únicamente para dar largos saltos en lugar de volar, esquivando las raíces que se alzaban formando arcos por sobre sus cabezas. No había sendero a seguir, todo era suelo irregular, más raíces y rocas afiladas como espadas sobre las que colgaban enredaderas. Eran tan frondosas las copas de los árboles que ya no veían el sol, como un manto de distintas tonalidades de verde y púrpura sobre sus cabezas.
Méril escuchó un sonido familiar, poderoso y estimulante.
—Un río —dijo al grupo con entusiasmo, pero al girar la cabeza hacia atrás se topó con la alegre Prisma. Ambos se miraron un momento y, avergonzados, se evitaron mutuamente.
—Es la aldea —exclamó Ireva sin ocultar su alivio. Aquel viaje había sido más difícil de lo que nunca imaginó. Odiaba no haber podido recurrir a un hechizo de portal, pero aquello habría podido revelar la ubicación de llegada, haciendo a la aldea secreta un blanco de la percepción espiritual de los enemigos de Gimle que ya acechaban entre las sombras.
El joven se tensó y apuntó con su arco hacia las ramas.
—Arqueros —murmuró secamente.
—Son gente de mi pueblo —dijo la emisaria Ireva deteniéndolo, adelantándose al grupo con la mano en alto, alzando la voz con fuerza y solemnidad—. Hermanas, he regresado al seno de Gimle y a ustedes con alegría.
Aparecieron de las ramas seres que Méril jamás imaginó ver. Las hadas antiguas eran más variadas en forma que incluso Ireva y sus guardianas. Algunas parecían tener la piel como las plantas y los colores de las flores en el cabello. Otras tenían protuberancias en la cabeza semejante a cuernos o ramas, líneas en sus rostros resplandecían en la oscuridad del bosque, la sangre que recorría sus frágiles venas bajo la piel de los brazos y piernas brillaba en tonalidades verdosas, azuladas y rojas, cambiando de una a la otra. Las había con miradas más humanas y otras con los ojos completamente oscuros como ópalos.
Portaban arcos que parecían ser ramas vivientes, pero tan complejos en forma que bien podrían pasar como parte de sus originales cuerpos. Vestían con hojas gigantes como vestidos que no sabía si eran tejidos, o partes prolongadas de sus propios cuerpos. Todas tenían la misma costumbre de la enviada, cubrir con sus alas sus cuerpos como si fueran capas y faldas. Él podía también ver a otras hadas de apariencia tan humana como Prisma y sus hermanas, o como las hadas normales de Asgard, entendiendo que entre las hijas de Gimle existían tales diferencias comparándolos como si se tratase de los rasgos que existían entre las distintas etnias de humanos en Midgard.
Fueron guiados por la numerosa comitiva a través de un sendero oculto entre ramas y arbustos, los que retrocedían a voluntad con un movimiento de mano de las protectoras del bosque. El sol dio en el rostro de los viajeros de forma brusca, cuando alcanzaron un muro de ramas entrelazadas con espinos y hojas que parecía más una fortaleza.
Una sección de las ramas retrocedió revelando una puerta de sólida madera cruzada con enredaderas y afilados espinos. Al entrar Méril descubrió una aldea de varias casas creadas con árboles vivientes y puentes alzados con raíces gruesas como troncos que formaban arcos uniendo las casas en lo alto de los árboles. Pero lo que más lo sorprendió fue la plaza de piedra con una fuente en su centro, donde dos esculturas de hermosas hadas humanoides vertían el agua desde sus cántaros, bajo la protección de un luminoso cristal.
La plaza se extendía más allá del borde del acantilado al final de la pequeña aldea como un balcón. A los pies del acantilado tronaba un poderoso río, con una cascada que nacía muy cerca de uno de los extremos de la aldea. El balcón les otorgaba una maravillosa panorámica de un océano infinito de árboles que se extendía hasta la nubosa silueta de las primeras montañas de Jotumheim a kilómetros de distancia, el cordón montañoso que recorría de norte a sur como una muralla natural dificultando el ingreso a las tierras frías de Nifelheim.
Sin embargo, nada de esto llamó más su atención que la famosa "Torre de Ámbar"; una estructura tan antigua y misteriosa como la creación misma del universo. Se revelaba como una fina línea vertical que separaba en dos el cielo, de tonos dorados y anaranjados como si estuviera hecha de cristal reflejando como un espejo la luz del sol. Se veía tan delgada únicamente por su gran lejanía desde la que no podía verse su base, sino que parecía nacer de un cúmulo de nubes que sobrevolaban el horizonte de árboles y se extendía hasta desaparecer otra vez entre las nubes más altas del firmamento costándole hasta casi dolerle el cuello levantar los ojos siguiéndola. Provocándole al muchacho un escalofrío de vértigo de sólo imaginar tan grandiosa altura. También aquella torre le inducía una atemorizante sensación, como si su imagen fragmentara el cielo en dos mitades ligeramente corridas, ¿se trataría de una ilusión, o realmente parecía alterar la realidad del universo? Era extraño e intrigante para su insaciable curiosidad.
—Mira, Prisma, es increíble —Zafiro llamó la atención de su hermana indicándole la enorme caída que los separaba del río. Todos miraron hacia abajo.
Descubrieron que el enrome acantilado ocultaba a la verdadera aldea. Ahora entendía el particular diseño alargado y aplastado de las casas, porque en realidad estaban imitando a los hongos de la madera que crecían como la mitad de un disco adherido a los troncos de los árboles. Así las casas se adosaban a la pared de roca con puentes y escaleras que las unían. Compuestas por techos que parecían ser varias capas de gigantescas hojas de tonos oscuros y bases de madera como manos extendidas en cuyos bordes las ramas se ascendían más finas formando las barandas de los balcones y las columnas. Flores crecían en la madera y enredaderas colgaban del borde de los balcones formando hermosos mantos verdes como las barbas de un hombre anciano. La humedad del río de una cascada cercana ascendía como un vapor blanquecino que se confundía con el frescor natural de las casas sin paredes solidas que separaran los ambientes, únicamente divididos sus interiores por hermosas cortinas de bordados complejamente tejidos.
Aunque algunas hadas volaban, la mayoría gustaba de caminar subiendo y bajando tinajas con agua del río que sostenían sobre sus hombros con una mano en alto en armónicos actos de equilibrio. Méril y las hermanas cristal descendieron por un camino de raíces, amplio como una avenida, que se adosaba a la pared del barranco en zigzag uniendo la mayoría de las más grandes estructuras a lo largo del acantilado. Caminaban hasta el final de un tramo y doblaban repitiendo el descenso en sentido contrario.
—Deberíamos volar —se quejó Zafiro —, ¿por qué les gusta caminar y perder tanto el tiempo?
—La prisa es contraria al pensamiento de Gimle —respondió la enviada Ireva liderando al grupo—. Sólo los depredadores viven con prisa, las hijas de Gimle prefieren disfrutar del trayecto cualquiera que éste sea.
—Sí, muy bonito, pero impráctico.
— ¿Tanto ha envenenado vuestras almas la influencia de los malvados Aesirs? Me extraña que todavía no apesten como ellos.
Zafiro gruñó, pero Ámbar la retuvo cogiéndola por el brazo. Ireva se sonrió por su pequeña victoria, dirigió la voz hacia la fila.
—Espero que el señor midgariano no sufra de tales impaciencias —miró hacia atrás para descubrir que él ya no las seguía—. ¿Ah? ¿Dónde se metió ese muchacho?
Méril se había quedado más atrás a mitad del segundo trayecto de las raíces, con las manos apoyadas en la baranda formada por ramas y enredaderas tejidas cubiertas por un fragante musgo.
— ¡Mira, Prisma, ése árbol! —la vista del muchacho era privilegiada, admiraba todo lo que le parecía misterioso a los pies del acantilado—. ¿De qué especie es?
Prisma, distraída a su lado, intentaba seguirlo con un dedo en los labios. Cuando lo conseguía respondía con seguridad.
—Ese se llama "alegría dorada".
— ¿Y ése? El que está al lado, no, al otro lado, dos árboles más a la derecha. ¿Lo ves? Tiene hojas rojas y verdes a la vez… ¡No, son dos, uno es una enredadera que lo envuelve al otro como si fueran uno sólo! Increíble…
—Ese árbol se llama "tristeza de la reina". La enredadera que lo envuelve celosamente se llama "angustia".
—Posen nombres interesantes.
—Son todos inspirados en los viejos cuentos de Gimle.
— ¿Y el de hojas marrones, el de más allá?
— ¿Cuál?
— ¡Ése que está a la sombra del árbol más grande de hojas redondeadas! —Méril, entusiasmado como un crío pequeño en un festival, se acercó a Prisma rodeándola por la cintura con una mano, para obligarla a apegar el rostro contra su pecho, y así pudiera seguir su brazo estirado con el que le intentaba indicar el lugar exacto en el bosque como si fuera él mismo.
—Yo… —sonrojada por la comprometedora cercanía, apenas posando sus brazos sobre el del chico que la rodeaba con tanta energía por la cintura, respondió con un débil murmullo— No… No lo sé.
— ¡Uah! ¡Lo siento! —reaccionó el joven al percatarse de lo que había hecho, apartándose rápidamente, dejándola sola y con el rostro inclinado.
Zafiro lanzó una risotada, más que por la escena, por ver la confusión que había provocado en Ireva y las demás hadas de la aldea que miraban asombradas la escena. ¿Un hada y un einjergar comportándose de esa manera tan intrigante para su cultura? Le provocó a Zafiro un vengativo placer.
—Esos dos no pierden el tiempo.
—En absoluto —respondió Ámbar en un tono frío y distante.
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Casi en la mitad del barranco una casa más grande que las anteriores era en realidad el exterior de una gruta formada en la roca, siendo la entrada de una amplia caverna iluminada con cristales de Asgard y adornada en su interior como una magnífica mansión. Las raíces entraban desde el exterior formando más cortinas con enredaderas y columnas que se abrían en el techo de roca, de cuyas ramas colgaban frutos silvestres y flores con forma de canastos. En los canastos las hadas depositaban pequeños fragmentos de cristal cuya luz se mezclaba dentro de los pétales formando vistosas imágenes proyectadas sobre la roca, también estimulaban la fragancia de las plantas como si fuera un incienso.
Aquel aroma parecía calmar el espíritu de las hadas, no así a un humano como él, que disimuladamente debió cubrirse la nariz a momentos. El aroma no era desagradable, pero lo mareaba un poco y comenzaba a perder la firmeza en las piernas. Prisma, tras él, cogió rápidamente un pequeño fruto verde de uno de los tallos sin detenerse para que nadie lo notara y se lo pasó en las manos a escondidas.
—Cómelo de un bocado pero mastícalo lentamente —susurró acercándose al oído del joven por detrás.
—Gracias.
Obedeció. El fruto era ácido, desagradable, se sentía duro ya que todavía no había madurado. Sin embargo, a los pocos segundos comenzó a sentir la cabeza más despejada y fría.
—El aroma de las flores de estas tierras suele ser venenoso para los einjergars —dijo Ámbar como si estuviera comentándolo a todos tras disimular no haberse percatado de lo sucedido con los más jóvenes. Suponiendo ahora, al ver a Méril, que el mismo efecto también se aplicaba en los midgarianos—, no es mortal, pero sí incómodo. Aunque, como en casi todos los venenos, el antídoto se encuentra en la misma semilla del mal.
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Se detuvieron en una sala que en realidad era parte de la caverna separada del resto del amplio espacio por cortinas de género tejido con fibras de plantas. Se acomodaron en una alfombra sobre mullidos cojines. Las cortinas del otro extremo fueron extendidas por dos hadas que, a pesar de aparentar ser sencillas criadas, portaban una espada cada una. Méril notaba todos estos detalles, acostumbrado ya a la presencia de armas aunque se sintiera desdichado porque éstas no parecían ser parte de la naturaleza de Gimle, desencajando con toda la belleza de esas tierras.
Una hada apareció ante ellos, era alta, más que sus hermanas y de apariencia casi humana de no ser por la palidez cenicienta de su piel. Los ojos eran dos largas ranuras negras y brillantes adornadas con pequeños lunares de plata en los bordes exteriores de las cejas. Los labios tenían un ligero tono violeta. Cubría su cuerpo con una larga túnica ajustada, adornada con cristales, un atuendo que el joven al instante dedujo no era del mismo estilo al que usaban las hadas de la aldea, más aún, esa hada en sí no parecía ser de la misma etnia que ninguna otra hada que antes hubiera conocido. Cubría además el vestido con un vistoso manto de plumas grisáceas abultado hasta los pies.
Sus sospechas fueron confirmadas cuando el hada extendió desenrollando la manta de plumas, separándola del vestido, revelando ser en realidad un hermoso par de alas. A Méril esto lo asombró, no había conocido jamás a un hada con alas similares a las de un ave, con plumas e incluso pequeñas garras en sus extremos. Buscó a Prisma, mayor fue su inquietud cuando descubrió a las hermanas cristal con la misma expresión de asombro que debía tener él.
—Bienvenidas, hermanas.
—Matriarca —Ireva se inclinó ante la recién aparecida.
—Matriarca —repitieron suavemente las demás hadas que los atendían.
Ámbar, comprendiéndolo, también se inclino repitiendo el mismo título siendo seguida por sus hermanas. Méril se limitó a saludar torpemente con un ligero vaivén con la cabeza y esperó en silencio. Ireva notó la falta de ceremonia del muchacho hacia su líder y más lo detestó.
La matriarca de la aldea volvió a recoger las alas alrededor del vestido confundiéndolo con la prenda y se sentó sobre un cojín delante de los invitados.
—Regresaste con bien, Ireva.
—Pero no con alegrías —respondió la enviada y sucesora de la matriarca—. Los Aesirs no escucharon nuestras súplicas de ayuda. Tampoco lo hicieron los escuadrones con los que antes habíamos tratado.
—Comprendo, era esperable. ¿Qué excusa te dio el señor de los Aesirs?
Ireva apretó los labios, se sentía humillada de confesar tal vergüenza.
—Odín ni siquiera nos ha atendido. Nos corrieron de su palacio como a mendigos. Sus guardias se dignaron a ofendernos y amenazarnos. Nuestra aldea, todo Gimle, ya no significa nada para ellos. Nuestro pueblo no es más que una raza de esclavos en Asgard y los enviados de Gimle son ignorados como las alimañas de la calle. Ése mismo destino nos espera a todas: ¡Abandonad el bosque y servirnos en nuestras mesas y casas! Parece ser su única propuesta a nuestro dilema. Y muchas de nuestras hermanas han escuchado y perdido su libertad, y también su dignidad.
— ¿Pero no pueden refugiarse en otro lugar? —Méril preguntó interviniendo en la conversación. El muchacho parecía estar fuera de lugar en medio de las hijas de Gimle.
— ¿Y dónde más nos podríamos ocultar de la furia de Hel, sino en Valhala? —respondió la matriarca a la impaciencia del muchacho—. Creo que todavía no nos han presentado.
Ireva volvió a inclinar la cabeza, no ocultando de Méril una mirada de furia por su insolente proceder.
—Tal cómo nos recomendó, he suplicado la ayuda de las descendientes de Amatista la Sabia. Ellas han cumplido el juramento de su abuela, lamentablemente son las únicas que han venido a ayudarnos.
— ¿Y el joven einjergar? Nunca creía, Ireva, que tendrías la paciencia para volver acompañada con uno.
La enviada se sonrojó. La matriarca parecía estarla castigando por su falta de tolerancia que no dudaba en demostrar incluso ante ella. Algo por lo que insistía constantemente en advertirla.
—Su nombre es… Lo he olvidado —agregó bruscamente, provocando la mirada de ira de las hermanas cristal, en especial de Prisma que se sintió indignada—. Es un perro de guerra que sirve a nuestras señoras cristal.
—Merilko Llewelyn es mi nombre y no sirvo a ningún señor. Estoy aquí acompañando y protegiendo a mis amigas de Gimle.
—Tus amigas han dado su palabra de dar la vida por Gimle.
—Entonces yo daré mi vida por ellas, y por Gimle también —replicó sin titubear. Prisma lo miró angustiada a la vez que presa de una fiebre que superó la palidez de su rostro, en especial cuando admiró el perfil de aquel determinado muchacho.
La matriarca observó detenidamente a Méril. Los ojos oscuros indagaron a los del joven por un largo tiempo, en que él resistió su mirada pero sin mostrar enojo. La matriarca hizo un gesto extraño y aparto sus ojos, ¿estaba turbada? Sería difícil saberlo.
—Entonces te consideraré un aliado de Gimle.
—Gracias, matriarca.
—Lamentablemente nuestra suerte está escrita con la sangre de los árboles. Nuestros cuerpos serán quemados y consumidos por Hel. No podemos abandonar Gimle, aunque nuestro padre el gran bosque nos insiste con su espíritu en que debemos preservar la vida antes que el orgullo. ¿Pero dónde escapar? No existe escape, la esclavitud de Asgard no es una opción para nosotras; tampoco es una salvación, porque toda Asgard está condenada a ser destruida, tarde o temprano, todos nos extinguiremos.
— ¡Matriarca…! —Ireva reclamó con angustia, no quería perder las esperanzas.
—Te he enseñado a ti, mi pequeña Ireva, y a todas ustedes que un universo posee un ciclo, como la vida de cualquier ser. Incluso aquellos que se dicen inmortales no lo son en realidad, sólo poseen vidas más largas que el resto; los que no mueren por culpa de los años, lo harán por la espada. Tarde o temprano todo encuentra su final. El universo también tendrá un final y puedo leerlo en las hojas y en los gritos del cielo. Se acerca la muerte de Asgard, de Gimle y de todos los nueve mundos. El universo es viejo, se ha cansado ya de luchar.
— ¿El Ragnarok? —Méril preguntó pensando en voz alta, se refería así al antiguo nombre que se le daba al "ocaso de los dioses", la leyenda que aún humanos conocían y que narraba el final del universo. Nada se salvaría entonces, todos estarían condenados a desaparecer.
—Así es, posiblemente nos enfrentemos al fin de todas las cosas. Quizás, la única libertad que defendemos ahora, es la de poder escoger el momento y la manera de nuestra extinción. Las hijas de Gimle hemos decidido morir defendiendo al bosque. Me gustaría creer, señor einjergar, que para usted también será un honor compartir nuestro destino.
Méril guardó silencio, meditaba. Su espíritu joven se negaba a aceptar la idea de la muerte como algo intransigente.
—No estoy de acuerdo, no debería la matriarca rendirse tan fácilmente.
— ¿Fácilmente, sabes de lo que hablas, einjergar? —Ireva le respondió con fuerza—. ¡No conoces ni la mitad de nuestros sufrimientos como para acusarnos de debilidad!
—Yo no estoy acusándolas de nada. Pero insisto, debe haber una manera, no puede entregar a su pueblo a la muerte, matriarca. ¿No debería un líder intentar proteger a los suyos hasta las últimas consecuencias?
—Es irracional luchar contra el destino, la naturaleza lo acepta, la muerte es parte del ciclo…
—Pero el ciclo no termina con la muerte. Dónde una vida acaba comienza otra, cuando una criatura muere alimenta la vida de otro ser. ¿Dice que la muerte nos espera a todos? Eso es rendirse, porque no está dejándole ninguna posibilidad a la vida que debe continuar. Sí, es verdad, nosotros moriremos. ¿Pero los que vendrán también? Otros nacerán, otros vivirán y seguirán luchando. Si no se preocupa la matriarca de proteger a su pueblo entonces sí es verdad que todas perecerán aquí. Pero si hace algo, todavía habrá esperanzas para las siguientes generaciones.
— ¿Y qué propone el sabio einjergar? —la matriarca no pudo contener la ironía. Su dolor era tan grande, rumiado durante siglos sin final, que no toleraba que ese muchacho la aleccionara sobre la esperanza y el destino.
—Propongo que busque un refugio para su pueblo. Deje a Gimle atrás, el bosque mismo, confesó, lo ha ordenado. Porque el bosque quiere que su simiente siga viviendo.
— ¿Gimle lo quiere? No conoces cómo funciona la naturaleza. Un lince de los bosques si se encuentra en peligro, asesina a sus cachorros, los sacrifica para poder seguir existiendo con la esperanza de tener más a futuro. Gimle es la naturaleza, Gimle querría nuestra muerte para proteger lo importante, el bosque…
— ¡Pero no es así con una auténtica madre! Porque ella, a pesar de todo lo irracional que parezcan sus actos, preferirá morir antes que sacrificar a su hijo, aunque no hayan esperanzas, lo hará esperando un milagro; cada segundo más que pueda vivir su hijo será un triunfo para una auténtica madre. ¡Eso es lo que quiere Gimle! Aunque el final del bosque esté cercano, pretende que sus hijas se salven, no importando si existe o no un universo que las albergue, ¡todo lo que Gimle quiere es que ustedes vivan!
— ¡Silencio, no cuestiones nuestro dolor con tus necias esperanzas infantiles!
Méril se mordió los labios, pero no de arrepentimiento. Miraba a la matriarca y comprendió que esa mujer poseía un profundo dolor que la había llevado a la derrota mucho antes de haber perdido la vida. Conocía esa mirada, en el campo de batalla había visto a otros, los que se arrojaban a la lucha esperando la muerte antes de levantar la primera espada. Él fue uno de ellos, uno que se rindió a la muerte antes de luchar. Pero todo cambió el día en que conoció a Ranma, y ante toda lógica su amigo se había sacrificado para que ellos pudieran seguir viviendo; ¡él no sería menos! Salvaría a la aldea aunque tuviera que ser a la fuerza.
Ireva se sonrió, creyó que el silencio del muchacho significaba su derrota.
— ¿Cuál es el plan, matriarca? —Ámbar prefirió intervenir, no quería dar lugar a una discusión que sólo provocaría más daño.
—Tenemos fuerzas suficientes para contener un ataque por el sur, el bosque es nuestro gran aliado. Lamentablemente, hemos perdido contacto con la torre de Ámbar.
—La torre es el corazón de Gimle, la fortaleza de nuestro señor Ull…
—Así es, desde hace muchos años que no sabemos nada de nuestro señor, tampoco de la torre. De todas nuestras hermanas que hemos enviado a investigar, ninguna ha regresado. Es probable que la torre ya haya caído en manos de Hel.
— ¡Odín de los Aesirs no podría permitirlo, la torre es valiosa incluso para ellos! —Ámbar no daba crédito a lo que escuchaba. Nadie en Valhala sospechaba que la situación estuviera tan mal en Gimle.
—Debemos aceptarlo, hermana mía, Asgard ya nos ha abandonado. Con la pérdida de la torre y la desaparición de nuestro amado Ull, ya nada nos queda más que esperar la muerte con dignidad luchando por la vida de cada árbol de Gimle, hasta que desaparezcamos con el último brote de vida.
Méril se enfureció y con irreverencia dejó el cojín. Corrió las cortinas con el brazo y abandonó el lugar.
—Un perro siempre será un perro, por eso no es bueno llevarlo dónde comen los amos —se quejó Ireva.
Prisma hizo un gesto de seguirlo. Ámbar la detuvo.
—No vayas.
—Méril no es así, algo le sucede.
—Te ordeno que no…
—Perdóname hermana, perdóneme matriarca.
Las dejó corriendo tras el muchacho.
—Ella tampoco era así —declaró Zafiro con calma. Cuando su hermana Ámbar la miró furiosa a ella, se encogió de hombros.
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Méril dejó la caverna, las hadas que se habían reunido con curiosidad en la casa que cubría la entrada, retrocedieron asustadas cuando lo vieron aparecer. Él cruzó entre ellas y siguió caminando con pasos furiosos hasta que se detuvo a mitad de uno de los largos caminos de madera que colgaban del barranco. Apoyó ambas manos en la baranda mirando la extensión infinita de bosque a sus pies. Respiró profundamente.
—Me he comportado como un idiota.
—Méril…
Él no se atrevió a mirarla, a pesar que se sintió agradecido de que ella lo hubiera seguido.
—Lo siento, no sé qué me sucedió.
— ¿Estás molesto?
—Más que molesto, me siento con las manos atadas. ¿Qué clase de líder dirige a su pueblo a la muerte? No es nobleza, no es orgullo, es una idiotez. Es darse por vencida sin siquiera luchar.
—Debes entendernos, Gimle es todo para nosotras…
— ¡Gimle quiere que se vayan! ¿Dicen ser sus hijas, que escuchan su voz, que comulgan con su espíritu y son incapaces de obedecerlo cuando finalmente les ordena qué hacer? ¿Es ésa la voluntad de Gimle, es ése el orgullo de las hadas? ¿O es simplemente cobardía que les impide dejar sus raíces para buscar una nueva tierra dónde vivir? No es vida la que predica la matriarca, es muerte. La muerte comienza en el corazón, no en el cuerpo, ¡ella está muerta por dentro!
—Méril… yo… yo no sé qué decir.
— ¿Cree que soy ignorante, que no la reconozco, a las hadas con alas de ave? Me sorprendió al principio, pero después pude recordarlo; de mis estudios en la biblioteca de la dama Freya aprendí muchas cosas de Gimle también. Ella pertenecía a una tribu del norte del bosque, durante la primera guerra contra los Aesirs su pueblo fue extinguido. El norte de Gimle se convirtió en un lugar peligroso, donde ni siquiera las hadas pueden vivir y el bosque ya no posee alma ni voz. Fue conocido después como "El Bosque de Hierro", porque allí mora el vacío y el frío de un metal sin vida. Las criaturas fueron dañadas y transformadas por el hambre espiritual que quedó tras un terrible suceso provocado por la misma magia de las hadas que corrompieron sus principios al intentar destruir a los Aesirs.
— ¿Guerra contra los Aesirs, alguna vez hicimos eso?
—Sí, sí que lo hicieron. Tu misma abuela, Amatista la sabia, fue la gran general de las fuerzas de Gimle contra los Aesirs. Los dioses de Asgard no eran los señores, sino que fueron los conquistadores que sometieron a las otras razas de Asgard. La matriarca de esta aldea debió sobrevivir a la masacre de su gente del norte a la que pertenecía, pero no escapó de la muerte que asesinó su corazón. Lo veo, en sus ojos pude notarlo, está vacía, ¡está muerta! Y quiere arrastrarlas a todas en su suerte; no está luchando, ni siquiera lo va a intentar.
La imagen de una mujer pobre, débil, delgada y empapada vino a su mente. Porque a pesar de su fragilidad, esa mujer con valor había dado la vida para proteger al que amaba como a su hijo. ¿Y la matriarca que hacía en su posición de poder sobre la aldea? Rendirse y arrastrar a todas las hadas a una la muerte, las mismas decenas que ahora veía que lo rodeaban y lo observaban con curiosidad a una prudente distancia; las mismas que a las que veía sumidas en miedo y desesperación, rogando alguna guía o esperanza. ¡Y esa matriarca no haría nada para protegerlas!
—Méril…
—Si me vas a decir como ella que no pueden abandonar a Gimle, yo…
—Gimle quiere que vivamos, también puedo escucharlo. Todas lo hacemos.
—… ¿Prisma?
— ¿Pero qué podemos hacer, Méril? ¿A dónde iremos?
—Ah… Yo…
El calor que abrazaba su corazón con ira se disipó rápidamente, enfriado por las cristalinas lágrimas de Prisma. La chica odiaba ver a Méril así de enfadado, la angustia que ya sentía por el destino de su pueblo era suficientemente dolorosa como para ahora perder al único que le demostraba alegría y la hacía olvidar que su mundo era gris y sangriento.
— ¿Por qué, por qué no podemos vivir en paz? ¿Por qué tenemos que morir por culpa de una guerra que no nos pertenece, qué le ha hecho Gimle al resto del universo para que todos quieran nuestro final?
—Prisma, l-lo siento, yo no quería lastimarte.
— ¡Ya no lo soporto! Tengo miedo, pero más temo por tu vida... No quiero que sigas aquí, no quiero que mueras junto a nosotras. Méril no tiene por qué compartir nuestro destino. ¡Tienes que seguir viviendo…!
Méril la interrumpió acercándose bruscamente, tirando de su muñeca la atrajo a su cuerpo abrazándola con desesperación.
—No te dejaré morir, Prisma. Ya verás que encontraré como salvarte, a ti y a todas. Por favor, tienes que creerme.
— ¿Y dónde nos ocultaremos? —Prisma gimió escondiendo su rostro en el hombro del joven—. Ya no existe un lugar en Asgard para nosotras.
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Las hadas descansaban en las casas alargadas que cerraban únicamente con cortinas alrededor de todo el balcón. Las importantes visitas lo hacían en la mansión principal al interior de la gruta. Méril, en cambio, le habían apartado un lugar en la parte más baja del barranco donde se encontraban las bodegas cerca de la fría humedad del río. A pesar de no tener más que un par de mantas en el gélido suelo, rodeado del ambiente espumoso cerca de la cascada, no le importaba. Había dormido en los fríos valles de Nifelheim y en los bosques escarchados de las tierra exteriores. En comparación ese lugar le pareció tan cómodo y refrescante que lo ayudaba a calmar la fiebre de sus muchos pensamientos.
"Méril, necesitamos un plan".
Recordaba la voz de Ranma como si lo tuviera a su lado exigiéndole alguna idea, como acostumbraba a hacer durante una batalla complicada. ¡Era mucho más sencillo cuando estaba él! Porque tenía la confianza que por muy disparatada que fuera su estrategia, lo que dijera, Ranma lo haría aunque pareciera imposible. ¿Y Rashell, dónde estaba cuando necesitaba a alguien con la astucia necesaria para seducir y convencer a la matriarca de dejar a Gimle y salvar a su pueblo?
—Un plan —murmuró pensativo. Cruzó las manos detrás de la cabeza como una almohada mirando el techo.
El sonido de la cascada lo aletargaba, pero no conseguía inducirle al sueño. Se sentó cruzando las piernas y atrajo su equipamiento tirándolo de una correa de cuero con la mano. Cogió el carcaj y sacó de entre las flechas una muy especial. Parecía estar hecha de una madera oscura tan dura como el mejor acero asgariano, con una punta de cristal traslúcido que en su interior poseía una pequeña chispa de luz que pulsaba con el ritmo de un lento corazón. Habría creído que su visión a los pies de Yggdrasil no se trató más que de un sueño, de no ser porque la flecha le demostraba lo contrario. Sentía una creciente necesidad de no apartarse de ella. ¿Quién habría sido aquel misterioso arquero?
"Gimle quiere que vivamos, también puedo escucharlo. Todas lo hacemos".
La voz de Prisma en sus recuerdos aumentaba la ansiedad. Cada hora que pasaba sentía que escapaba de sus manos el destino de la chica, comparándose a sí mismo a un niño incapaz de contradecir la autoridad de los adultos. Así de impotente era contra el destino. Él no era un gran héroe, menos un importante señor. No tenía voz ni autoridad para contradecir a la matriarca.
—Al único que adoran es a Ull de los Aesirs, a él lo escucharían. ¿Qué habrá sido de él?
Se rumoreaba que había muerto en una trampa de los Aesirs, porque ellos jamás hablaban del traidor a sus filas, al ermitaño que prefería vagar y cuidar de los bosques en lugar de combatir por Asgard. ¿O habría caído en las garras de Hel? Quizás, sólo quizás, podría todavía hallarse en la Torre de Ámbar. Inclinó la cabeza, la torre de altura infinita se veía también de noche, reflejando sobre su delgada superficie la platinada luz de la luna y las estrellas, como un rayo blanco que cortaba en dos el firmamento hasta perderse en el espacio infinito. Calculó que podría llegar a ella en un día o dos caminando por el bosque, si es que la altura fuera mayor y no engañaba a sus sentidos con aquella misteriosa manera en que parecía dividir el cielo alterando su percepción de la escala y la realidad, provocándole vértigo tan sólo con mirarla fijamente por unos instantes. Pronto sintió una necesidad imperiosa de conocer la torre, lo llamaba, allí estaba la respuesta de lo que necesitaba. Lentamente, sin percatarse de lo que hacía, cogió la espada y el arco.
Cuando se descubrió a sí mismo preparándose para salir, como un sonámbulo, tiró su equipo al piso asustado.
— ¿Qué estoy haciendo? No voy a escapar ahora.
Aunque no se trataba de huir, sintió que no podía dejar la aldea en tal predicamento. Volvió a mirar la torre y, con un gesto de desprecio, se tiró sobre las mantas acurrucándose hacia el barranco, dándole la espalda.
—Necesito idear alguna manera de salvarlas. ¿Pero dónde podrían estar seguras en Asgard? ¿Dónde…?
Lentamente se fue quedando dormido.
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8
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Rashell Kandurias le daba la espalda. De brazos cruzados con la fría brisa marina meciendo sus dorados, ahora más largos y desordenados cabellos, parecía mirar la vastedad del infinito océano.
—Eres un idiota, Méril.
— ¿Por qué lo dices? Espera un momento, ¿a qué viene todo esto? Tú desapareciste en primer lugar, dijiste que tenías algo importante que hacer en Noatum. ¡Debiste volver conmigo a Midgard! ¿Acaso era otra de tus mentiras?
—Geez, qué manera de maltratar a tu pobre amigo. Tu desconfianza me lastima, Méril. ¿Acaso no he cumplido mi palabra, o dónde piensas que estamos en este momento?
El balcón donde se encontraban era de piedra con antiguos diseños de la desaparecida cultura de Vanaheim. Ruinoso y agrietado en partes se encontraba el edificio con pilas de roca acumuladas en las esquinas de las paredes y del piso del balcón. Bajo sus botas un maravilloso mosaico que el tiempo no había conseguido borrar, le mostraba imágenes del pasado de un mundo que ya nadie jamás podría volver a contar.
Asombrado Méril se acercó al balcón junto a Rashell y apoyó las manos en el borde. Con la boca abierta miraba aquel lugar que conoció una vez, pero en su dolor, nunca apreció hasta ese momento.
Se encontraban en una de las torres más antiguas de la sección central de Noatum, en la pequeña ciudadela de edificios altos y torres majestuosas que coronaban la colina artificial en el centro de la ciudad. La ciudad completa poseía la forma de un diamante alargado y redondeado en los costados. Desde las alturas podían ver toda su extensión de edificios abandonados, era como ver una moderna metrópolis de Midgard desde lo alto de un rascacielos en su centro, hasta el final donde enormes muros blancos la rodeaban, tan altos que cubrían el cielo de las secciones más profundas de Noatum y anchos como una edificación gigantesca en comparación a los mismos edificios, con fortalezas construidas en algunas secciones en lo más alto de las paredes, como auténticos castillos. Más allá de las murallas sólo podía verse el azul intenso de las aguas del océano.
— ¿Dónde estamos?
—En el mar de Asgard —respondió Rashell, con una plácida sonrisa—, más allá de los ojos de los Aesirs. Geez, ¿dónde más? En Noatum, el único lugar seguro de todo este maldecido universo, la última tierra libre en todo Asgard.
— ¿Seguro? ¿Tierra libre?
— ¿Ves sus calles, Méril? Ni con toda la población de los Ynglingars, ni siquiera con los elfos que hemos rescatado del ahora abandonado y en ruinas puerto élfico de Jarnvidr, somos capaces de llenar apenas la mitad de la ciudadela central en esta colina. ¡Geez! Y eso no es ni un quinto de toda la superficie de Noatum. Mira, más allá del muro interior de la ciudadela no hemos podido empezar a limpiar siquiera las calles de algas y corales. Todo está abandonado, sólo conseguimos despejar la ruta hasta el puerto, reparado un poco las instalaciones y también abrir un camino hasta las fortalezas principales en cada una de las cuatro esquinas en los muros de la ciudad. Es como si fuera una tierra salvaje e inexplorada, ¿no te parece irónico? ¿Ves allá, esa extensión seca?
— ¿Qué es eso? Pero si parece un bosque.
En uno de los costados de Noatum había un gran lago artificial, prácticamente una bahía artificial construida en el interior de la ciudad, incluyendo una pequeña playa de arena blanca. La aguas de la bahía como una gigantesca piscina terminaba contra el muro de la ciudad, donde había varias enormes compuertas cerradas que se hundían en las aguas, con gigantes esculpidos en la piedra que parecían sostener las esquinas. Pero del otro extremo de la ciudad, había una gran y extensa pradera de árboles secos, fosilizados, rodeados de edificios o internándose entre ellos con enormes raíces grisáceas, ahora cubiertas de formaciones de coral.
—Aunque no lo creas, todavía no hemos enviado un grupo a investigar esa zona. Lentamente hemos recuperado muchos tesoros útiles de las ruinas pero sólo hemos explorado alrededor de la ciudadela, en "la ciudad media" del otro lado del primer muro que nos rodea. Después del segundo muro que vez, el que también en el pasado era una gloriosa extensión de acueductos que brillaban como un río navegable por encima de los tejados de los que colgaban eternas enredaderas, comienza la sección de edificios más bajos hasta topar con los muros, que se llamaba "la ciudad baja". La extensión de tierra a "estribor" de la ciudad nave, el jardín de Noatum, poseía la belleza y extensión de un pequeño bosque. Allí se mantenía un microambiente que podía recrear cualquier estación del año generada por la energía de cristales mágicos y era habitaba por una diversa fauna.
—Se ve impresionante. ¿Por qué me muestras todo esto?
— ¿Todavía no lo entiendes? ¡Geez! No es posible que un bonito rostro ya haya trastocado tu inteligencia, Méril. ¿O sí?
— ¿De qué hablas…? ¡Rashell, no te burles! —reaccionó entendiendo su idea—. Éste es un asunto muy serio. Además, si fuera verdad que la ciudad tiene espacio para tantos refugiados, ¿cómo en el mundo voy a poder conseguir llevar a un pueblo completo desde Gimle, cruzando todo Asgard, la vigilancia de Valhala, los puertos de Folkvang y además conseguir tantas naves como para echarnos a la mar y encontrar a Noatum? Sin mencionar que su ubicación es secreta, yo no sé donde se encuentra ahora, en qué lugar nos encontramos, aunque todavía no comprendo qué hago yo aquí. ¡Ni siquiera sé cómo navegar!
Rashell dio una risotada.
— ¿Eres un idiota o qué? De verdad que esa nueva novia que tienes te ha dejado el cerebro como mermelada. ¡Geez! ¿Y cómo crees que llegué yo a Noatum? ¿Nadando? ¿Recuerdas cómo fue que volvimos a Asgard tras la muerte de Ranma desde ésta ciudad secreta?
— ¡Magia!
—Exacto. La ciudad es obra de la artesanía Vanir, sólo se puede acceder a ella con los encantamientos exactos que un Aesir desconoce.
—Pero yo tampoco los sé.
— ¿No? Claro que no, pero yo sí —Rashell sonrió de forma sarcástica—, ¡geez! ¿Y, qué esperas para pedírmelo por favor? No te estoy escuchando rogar.
—Ya basta de juegos, Rashell, esto es en serio.
—No escucho tus súplicas…
Méril lo cogió por el cuello de la camisa zamarreándolo.
— ¡Eres un grandísimo…!
— ¡Respuesta correcta! Era justo lo que quería escuchar, mi querido amigo —lo interrumpió sin siquiera mostrar temor a pesar de ser tan bruscamente remecido por Méril, con una sonrisa irónica y molesta—. ¡Geez! Mírate, ahora hasta das miedo, me haces sentir tan orgulloso…
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Méril despertó bruscamente. Jadeaba como si hubiera sido víctima de una pesadilla.
—El hechizo, ¡cómo era el hechizo! —se cogió la cabeza con ambas manos. Sueño o realidad; una tonta ilusión provocada por su ansiedad o una auténtica ayuda sobrenatural dada por su amigo desde el otro extremo de Asgard, no le importó. Sólo quería recordar aquello que, cómo un sueño, ya comenzaba a perder de su mente—. ¡No!
Dio un puñetazo en el piso de madera. No podía recordarlo. Se acurrucó abrazando las piernas, la desesperación se acumuló en sus ojos y provocó dolor en su garganta.
—Fue un sueño, sólo un estúpido sueño.
Más dolor sentía al darse cuenta que la posibilidad de llevar a la aldea a Noatum era la mejor de todas, pero también la más impráctica. Allí, encerrados a semanas de la costa más cercana, entre las tierras de Hel, los gigantes de Jotumheim y las praderas de Asgard con los celosos Aesirs vigilando con sus ejércitos de einjergars, sería imposible llegar al mar en no menos de un par de meses de camino. Luego conseguir naves, y una manera de saber dónde se encontraba Noatum en mitad del océano. Todo era demasiado pedir a su ya taimada fortuna.
—Si existiera en realidad un portal…
Pensó en regresar a Asgard y suplicar a la dama Freya a precio de su libertad el proteger a las hadas y llevarlas a Noatum. Ella sabría cómo llegar, de seguro la dama Freya conocería el hechizo para abrir una puerta a la ciudad de los Ynglingars. Pero abandonar a la aldea en ese momento no tendría excusa. Otras dos semanas de regreso, y dos semanas más para volver a la aldea otra vez, era una eternidad, cuando sentía que todo Gimle lo alertaba que no quedaba más tiempo. Lo que fuera a suceder ya se encontraba en ciernes.
—Si tan sólo supiera algo de magia, pero yo… yo…
Se sintió el más inútil de los seres, el más insignificante. Tenía las respuestas pero no la manera de llegar a ellas. Carecía del poder necesario para alterar el destino.
— ¡Ay!
Sintió una punzada de dolor en la mano al presionarla contra su ropa.
— ¿Y esto?
Tenía un profundo corte en la mano, provocado con su cuchillo que al buscarlo asustado encontró a su lado en el piso y manchado de rojo. Y en el mismo suelo, también a su costado, vio una compleja formación mágica trazada con su propia sangre. Le bastó un par de miradas para caer en cuenta que se trataba del lenguaje antiguo de los Vanir. No, no lo había soñado, era real, todo había sido real; ¡el estúpido engreído de Rashell lo había ayudado!
—Si consigo que las hadas utilicen su magia con este esquema, podrán abrir un portal a Noatum… ¡Están salvadas!
No confió en su suerte, se sacó la camisa quedando con el torso desnudo y reabriendo la herida con el mismo cuchillo comenzó a copiar, con su sangre otra vez lleno de impaciencia, el dibujo, a la vez que lo memorizaba en su mente. No dejaría nada al azar.
Había conseguido una manera de proteger a las habitantes de esa aldea. Finalmente, él podría salvar a alguien.
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Intermedio acto III, parte primera.
Continuará…
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Notas del autor: Si bien no acostumbro a poner notas en Ragnarok, comenzaré a cambiar esta costumbre. Como ven, fue un capítulo extenso y muy aburrido. No hubo grandes dosis de acción, todo ha sido más bien explicativo y una buena dosis de la cultura de Asgard que jamás he tenido el tiempo de profundizar a placer.
Por otra parte, a diferencia del original, jamás había planteado el problema de los pueblos menores bajo el yugo de los Aesirs. ¿Eran los Aesirs señores o conquistadores de Asgard? ¿Qué sucederá con Noatum? ¿Qué secretos encierra todavía el trágico pasado del joven Méril? No descansen, no todavía, porque el viaje aún no acaba.
Este intermedio está dividido en dos partes porque, a horas de publicarlo, encontré que no me gustaba el orden de la estructura y debí reformular casi todas las escenas. Así que por hoy será esta mitad, en los siguientes dos días publicaré la segunda para no cansarlos y darme tiempo de implementar las ideas de último momento que intento sea para mejorar la forma de presentar la historia. Y prometo que la siguiente parte sí tendrá toda la acción que le faltó a ésta. Veremos al más joven de los einjergars (ex einjergar) en toda su plenitud.
De ustedes, hasta mañana o pasado mañana con la segunda parte de este denso intermedio, en aras de los últimos y oscuros episodios de Ragnarok.
Noham Theonaus.-
