HISTORIAS DE QUIDDITCH IV
Estadio del Herensuge de Navarra. Diciembre de 2005.
La bronca de Ana de Lebrón surtió efecto. Cormac McLaggen se puso las pilas en los entrenamientos y recuperó la titularidad la jornada anterior a las vacaciones de Navidad. La entrenadora, que en el fondo era una romántica empedernida, había querido hacerle al brujo un regalo de Reyes por adelantado y McLaggen volvió a Inglaterra sintiéndose muy feliz. A Alina seguía sin caerle nada bien porque, aunque estaba demostrando ser un buen profesional, seguía comportándose como un chulito prepotente. Sin embargo, ya no tenía quejas. Lo único que le importaba era que entre todos habían conseguido que el Herensuge escalara hasta la segunda posición en la tabla clasificatoria, a sólo dos puntos del primer puesto.
Después del último entrenamiento del año, Alina quedó con Guillermo. Otra vez. En las últimas semanas habían adquirido la costumbre de salir juntos y la joven estaba empezando a sentirse un poco extraña respecto a él. Consideraba que era demasiado pronto para hablar de amor. Sólo había estado enamorada de verdad una vez y no había tenido final feliz, pero se conocía lo suficiente como para saber que Guillermo le gustaba. Un montón. Tanto que era posible que ese gustar pudiera convertirse en algo más. Y no consideraba que el momento fuera demasiado oportuno porque Guillermo acababa de romper un tumultuoso matrimonio y sólo necesitaba una amiga. Nada más que eso.
Alina se decía que si seguía así iba a caer como una idiota. Lo veía venir y no quería pasarlo mal, pero no podía rechazar a Guillermo. Era muy agradable conversar con él. Se reían juntos y se divertían muchísimo y, además, compartían un secreto muy importante para el brujo: Triki. Suárez no se cansaba de hablar de él a todas horas; era evidente que después de su separación se había centrado por completo en el cuidado del puffskein y Alina lo encontraba adorable. En alguna ocasión incluso había preguntado por él y Guillermo la había llevado al apartamento, pero Triki siempre dormía. Siempre.
—Tal vez podríamos intentarlo hoy —Dijo sonriente esa tarde, mientras le entregaba a Alina su jarra de cerveza—. Sabe que nos vamos de viaje y lleva un par de días bastante inquieto, así que no creo que esté durmiendo. Es más, estoy convencido de que me voy a encontrar algún desastre cuando vuelva. Le gusta mucho armar fallón en el cuarto de baño.
—Vamos a ver, Guille. ¿Cómo puede armar follón un puffskein? ¡Y en un cuarto de baño!
—¡Uhm! —El brujo entornó los ojos—. Alina, guapa. ¿Has tenido alguna vez un puffskein?
Alina recordó a la mascota que su hermano tuvo de pequeño. Era el bicho más aburrido del mundo y a ella ni se le pasó por la cabeza la idea de pedir uno.
—No, nunca me han llamado la atención.
—¡Oh, vaya! ¡Qué decepcionante!
—¿Por qué?
—Pues porque todos los niños brujos han tenido uno y tú vienes y me dices que no te llamaban la atención.
—Me parecían muy sosos.
—¿Sosos? ¡Sosos!
—No hace falta que te lo tomes como una ofensa personal.
—No, si no es eso —Guillermo agitó la cabeza. Parecía no dar crédito a lo que estaba escuchando—. Es que te has perdido muchas cosas, Bennasar. No sabes lo que es capaz de hacer un puffskein.
—Pues mi hermano tuvo uno y se pasaba el día durmiendo. Exactamente igual que Triki.
—¿Te crees que Triki está siempre dormido?
—A las pruebas me remito, Suárez.
—¡Qué equivocada estás, Alina! La próxima vez que mi puffskein haga una de las suyas, te llamaré para que lo veas.
Alina soltó una risita. Realmente no estaban manteniendo la conversación más profunda e interesante del mundo, pero se lo estaba pasando genial. Le parecía muy divertido meterle cizaña a Guillermo porque se volvía encantador. Tal vez el resto de los mortales no se dieran cuenta de ese detalle, pero lo era. Y punto.
—Vale. Pongamos que me creo que esa bolita de pelo azul es capaz de organizar desastres. ¿Podrías entrar en detalles?
—Así que nos has salido morbosilla, ¿eh? —Guillermo también se rió—. Pues digamos que a Triki le gusta muchísimo bañarse en el retrete.
Alina alzó las cejas y no pudo más. Las carcajadas le salieron de dentro y no se creyó capaz de parar. Suárez permanecía muy serio, aunque se reía con los ojos.
—No puede ser verdad.
—Cada vez que se queda solo, el muy cabrito se las apaña para colarse en el baño. Y no importa que deje la puerta cerrada y la tapa bajada. Siempre se las ingenia para bañarse en la taza de váter y luego llena todo el piso de esa agua asquerosa. ¡Es cosa de magia!
Alina seguía riéndose. A esas alturas estaba prácticamente llorando y Guillermo ya había renunciado a su pose circunspecta.
—¡Madre mía! ¡Es increíble! ¡Me estás tomando el pelo!
—Te digo que es verdad. ¿Por qué te crees que Susana lo odiaba tanto?
—Bueno, Guille, eso sí que me lo creo. Aunque seguro que tenía más motivos.
—Podría decirse que a Triki le gustaba dormir en su pelo y hacía uso de las garritas para evitar que Susana lo echara de allí.
La risotada hizo que más de uno se volviera a mirarla. La pobre tuvo que llevarse la mano a la barriga porque no podía reírse más. Incluso estaba dispuesta a suplicar para que Guille dejara de hacerle reír de esa manera.
—Además, ya te dije que Triki adora dormir conmigo.
—Y a ti con él —Interrumpió Alina entre risas, aunque Suárez la ignoró.
—También se las arreglaba para meterse en la cama con nosotros y Susana se llevó más de un susto. Siempre estaba gritándole al pobre Triki y él debió darse cuenta de que no le caía mal y creo que le cogió un poco de manía al final.
—¿Los puffskein pueden cogerle manía a la gente?
—Pues supongo que sí, porque pocos meses antes de la separación empezó a mordisquear su ropa y a hacer sus necesidades en sus zapatos.
Eso fue demasiado. Alina siguió riendo y de alguna forma terminó apoyada en el hombro de su compañero, dándole palmadas en la pierna y corriendo serio peligro de morir asfixiada por la risa. Quería conocer de verdad a esa criatura. Ya mismo.
—Tienes que llevarme a ver a Triki, Guille. Si crees que puede estar despierto, tienes que llevarme.
—Vale, pero promete que serás amable con él.
—Sólo si él promete no hacer nada con mis zapatos.
Suárez la acompañó en sus risas y unos minutos después, tras apurar la última cerveza de la noche, fueron al apartamento del brujo. Alina ya se sentía como en casa cada vez que iba a allí y no dudó a la hora de entrar en la sala de estar. No esperaba ver nada del otro mundo, así que cuando Guillermo encendió la luz y vio una enorme pelusa azul pasar por debajo de sus piernas, se llevó un susto tremendo.
—¡Hola, Triki! Sí, lo sé, yo también te he echado de menos —Cuando Alina se dio media vuelta, descubrió a su compañero de equipo haciéndole carantoñas al esponjoso puffskein azul cielo—. ¿Ves, guapa? Te dije que estaría despierto.
Alina sonrió y se acercó a ellos. Cuando Triki la miró, pareció incluso disgustado con su presencia. ¿Era posible que un puffskein pareciera tan dispuesto a saltarle encima?
—¿A qué viene esa agresividad, colega? —Guillermo le acarició el pelaje y extendió los brazos para hacer oficial la presentación—. Triki, esta es mi amiga Alina. No quiero que te cagues en sus zapatos.
—¡Oye!
Pero su disgusto fingido no resultó efectivo cuando se echó a reír nuevamente. Triki pareció observarla apreciativamente un instante, hasta que saltó de las manos de su amo y desapareció tras la puerta del dormitorio.
—Creo que le has caído bien. No ha intentado matarte ni nada —Alina agitó la cabeza y se quitó el abrigo—. ¿Quieres venir conmigo para comprobar cómo está el cuarto de baño?
—Prefiero quedarme aquí. Me creo a pies juntillas todo lo que has dicho sobre Triki.
—Voy a ver qué está haciendo. Píllate lo que quieras de la cocina, ¿vale?
No esperó respuesta. Guillermo también se metió en su habitación y Alina decidió ir en busca de un poco de agua fresca. Ciertamente tenía la suficiente confianza como para moverse por el piso con total libertad y se sentía muy cómoda allí. Como en casa. Se fijó en que Suárez ya tenía las maletas preparadas en el pequeño recibidor y sintió curiosidad.
—Aunque parezca mentira, Triki se ha quedado frito. Imagino que se ha pasado todo el día corriendo de un lado para otro. Por lo menos no me dará la lata esta noche.
—¿Te vas a casa de tus padres?
—Navidades en familia, ya sabes. Mi madre siempre se queja de que no paso casi nada de tiempo con ellos, así que me quedaré con ellos todas las vacaciones. Y de paso le echaré un vistazo a mi hermana, que está hecha calamidad.
Los padres de Guillermo vivían en una pequeña aldea del Pirineo aragonés. Su familia tenía un par de siglos de antigüedad y siempre habían vivido en Teruel, hasta que a los señores Suárez les dio por instalarse en la montaña. Guillermo había disfrutado mucho de esa vida, pero le gustaba más la ciudad. Y en cuanto a su hermana pequeña, simplemente no contemplaba la posibilidad de languidecer rodeada de nieve. O eso era lo que siempre decía cuando sus padres se interesaban por su paradero porque a la chica le había dado por recorrer el mundo.
—¿Dónde está ahora?
—Creo que lleva un par de meses instalada en las Filipinas, pero vete a saber si es verdad.
—A lo mejor ha decidido sentar cabeza allí.
—Pues te aseguro que mis padres preferirían que se quedara a vivir en un sitio un poco más cercano, aunque tendrán que fastidiarse. Noelia ha dejado muy claro que es ella la que decide.
—Faltaría más, ¿o tienes algo que objetar?
—¿Yo? Nada en absoluto. Me gustaría verla más a menudo. Siempre decía que si no me visitaba más era por Susana, pero ya llevo meses separado y no le he visto el pelo.
—Está muy ocupada.
—¡Ocupadísima!
Alina siempre había sentido una gran simpatía por esa chica. No la conocía personalmente, pero estaba claro que era un espíritu rebelde. Era diez años más joven que el propio Guillermo y se había largado a recorrer mundo el día después de cumplir la mayoría de edad.
—Al menos vais a pasar unos días juntos. Nasir también se viene a casa con toda la tropa. Mis sobrinos cumplen un añito y están para comérselos.
—¿Te estás oyendo? Luego los muggles se piensan que las brujas os coméis a los bebés.
—No seas tonto. Si los conocieras, se te caería la baba.
—¡Ya! ¡Seguro! Y hablas con total objetividad porque esos niños no son tus sobrinos, ¿verdad que sí?
—¡Qué idiota eres!
Alina le tiró un cojín y siguieron conversando durante un rato más. Un buen rato, porque el tiempo se les pasó volando y la chica regresó a casa pasada la medianoche.
—Al viejo se le cae la baba con los niños, no puedes negarlo.
Nasir sonrió. Con el paso de los años se había vuelto más serio y responsable, pero el cambio definitivo le llegó después de experimentar la paternidad. Miró a sus hijos fijamente. En ese momento estaban jugando con su abuelo y resultaba un poco extraño ver al señor Bennasar sentado en el suelo y haciendo ruiditos extraños, de esos que arrancaban carcajadas infantiles.
—Estoy alucinando con él, hermanita. Te lo juro.
A Alina no le extrañaba en absoluto que su padre estuviera encantado con sus nietos. Todos los días le escuchaba decir que desearía tenerlos un poco más cerca y no perdía ocasión de visitarles en las Canarias en cuanto tenía unos días libres. Estaba demostrando ser un abuelo de lo más consentidor y Alina sabía que le hacía muchísima ilusión que Nasir hubiera decidido llamar a sus hijos Omar y Naim. Encontraba esos nombres del todo simbólicos.
—Cada vez le veo más dispuesto a mudarse con vosotros.
—¡Oh, no! Eso no. Agradezco las visitas como el que más, pero no quiero que me convierta a los niños en un par de estirados como él.
—¿Tú crees que haciéndoles pedorretas en la tripa los va a convertir en estirados?
Nasir observó a su padre y comprobó que, efectivamente, estaba dedicado a esos menesteres. Se rió por lo bajini y agitó la cabeza.
—¿Dónde está Marta?
Marta era su cuñada. Nasir la había conocido en Valencia, en la empresa en la que ella trabajó durante muchos años, durante un viaje relacionado con pociones y cartas astrales.
—Se ha ido a visitar a su familia. Nos vamos a ir para allá la semana que viene, pero tenía ganas de verlos.
—¿Y no se ha llevado a los niños?
—Papá la ha convencido para que se los deje un ratito. De todas formas, creo que esta tarde tendremos invitados.
—Sí, yo diría que sí.
Alina volvió a mirar a su progenitor y no pudo dejar de sonreír. Le gustaba verlo tan feliz y relajado. A veces aún se estremecía al pensar en lo mucho que le había cambiado la pérdida de su esposa y, aunque de adolescente le odió por no dejarle hacer lo que ella quería, de adulta podía comprenderle. A ratos incluso le compadecía, pero no era algo en lo que se regodeara porque a Omar Bennasar no le gustaba dar lástima. Se consideraba demasiado fuerte para ello.
Alina se disponía proseguir la charla con su hermano cuando llamaron a la puerta. Ella misma se encargó de abrir y se sorprendió enormemente cuando se encontró a María Belmonte al otro lado. Supo de inmediato que algo iba mal porque la chica estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos como si hubiera estado llorando.
—¡María!
—Hola, Alina. ¿Te pillo en buen momento? No me gustaría molestar.
—Claro, pasa.
Alina se hizo a un lado y observó a la chica mientras ésta recorría con curiosidad el vestíbulo de la vivienda.
—Tienes una casa muy bonita.
—Muchas gracias, María. ¿Me dejas tu abrigo? —La chica se lo tendió y se abrazó a sí misma—. ¿Ocurre algo?
—No… Sí… Bueno, yo… Supongo que… —María carraspeó y agitó frenéticamente la cabeza—. No sé si he hecho bien en venir a verte, pero necesito hablar con alguien y tú eres la capitana y yo… ¿Podemos hablar?
—Claro que sí. Ven conmigo.
Alina estaba muy intrigada y preocupada. Guió a la chica hasta la biblioteca y conjuró un cálido y hogareño fuego en la chimenea del fondo. María parecía no haber visto un lugar así en toda su vida y se sentó con cierto temor cuando Alina le indicó unos cómodos sofás que habían instalado precisamente frente al hogar.
—¿Puedo ofrecerte algo?
—No, gracias. Estoy bien.
Alina se sentó frente a ella y conjeturó sobre lo que podría haberla llevado hasta allí. ¿Problemas profesionales? Era lo más lógico, aunque para tratarlos era conveniente hablar con la entrenadora De Lebrón? ¿Tal vez personales? Le extrañaba mucho porque no eran muy amigas pese a llevarse bastante bien.
—¿Ha pasado algo, María? —Lo mejor para salir de dudas era la pregunta directa. La chica la miró con desesperación un instante y luego soltó una especie de sollozo, pero no se puso a llorar.
—La he cagado, Alina. He metido la pata hasta el fondo.
—¿Por qué? ¿Qué has hecho?
María tardó un instante en responder. Cuando lo hizo, Alina se estremeció.
—Estoy embarazada.
Durante unos instantes, en la estancia sólo se escuchó el crepitar del fuego. Alina miraba a su compañera con los ojos abiertos como platos y no daba crédito a sus palabras. ¿Embarazada? ¡Pero si era una cría!
—¿Qué?
—No pensé que pudiera pasarme, pero… —María volvió a agitar la cabeza—. ¿Qué va a pasar con mi carrera? No puedo pasarme meses en el dique seco justo ahora. Tenemos el Mundial y el seleccionador ya me ha echado un ojo y yo quiero…
—Espera, María. Cálmate un instante y deja que asimile la noticia, ¿vale? —La chica asintió y Alina, que sólo era unos pocos años mayor que ella, se sintió mucho más madura, como si fuera una madre consolando a su hija—. Estás embarazada. ¿Puedo preguntar quién es el padre? —María no dijo nada, pero por la cara que puso, Alina lo supo—. ¿McLaggen?
—Llevamos unos meses liados.
—¿Y se lo has dicho ya?
—No, yo…
—¿Y a qué estás esperando?
—Es que no sé cómo se lo va a tomar.
Alina entornó los ojos y, aunque quizá no tuviera motivos reales, se sintió indignada con el guardián del Herensuge.
—¿Qué no sabes pues cómo se lo tomará? Pues me temo que tendrá que asumir las consecuencias de sus actos. ¡Faltaría más!
—No le conoces, Alina. Él es…
—Da igual cómo sea. Si te has quedado embaraza, es responsabilidad de los dos.
María se quedó callada un instante. Se mordía el labio inferior y estaba incluso un poco más pálida que antes.
—No me gustaría joderle la vida, ¿sabes? Y además, yo…
—¿Qué?
—No estoy segura de querer seguir adelante con esto.
Alina se quedó muy quieta. María parecía muy confundida y tenía la sensación de que había ido allí para que alguien le dijera qué hacer, pero ella no era nadie para aconsejarla respecto a aquello. Además, en ese momento estaba demasiado impactada como para razonar correctamente.
—Hagas lo que hagas, tienes que decírselo a McLaggen. Tiene derecho a saberlo. Y debería ayudarte. Decidas lo que decidas, él tiene el deber de estar a tu lado.
Sí, eso había sonado bastante sensato pese a que sus pensamientos eran un caos. María se quedó mirándola durante un buen rato, hasta que se puso en pie de forma brusca y prácticamente huyó de la estancia.
—No tendría que haber venido. Perdona por haberte molestado.
—No te vayas, María. Espera un momento.
—No, Alina. En serio. Siento haber… Yo… Será mejor que me vaya.
Y sin atender a razones, la chica corrió hasta la salida de la casa y se fue dando un sonoro portazo. Alina se quedó muy quieta en el pasillo, pensando en que las cosas para el Herensuge serían muy complicadas cuando volvieran de vacaciones.
