Los personajes le pertenecen a Meyer.

FALSAS APARIENCIAS.

Dicen que Inglaterra es un país extraño, es un conjunto de todas aquellas razas que un día la poblaron, los misteriosos celtas, los egocéntricos romanos y los salvajes sajones y que ha sido atravesada por guerras, reyes malditos, poetas oscuros, filósofos anacrónicos, una tierra de leyendas, de luchas de poder, de ciencia y conocimiento.

Dicen que no hay nada más fascinante para el resto del mundo que adentrarse en ese mundo psicológico del Ser Inglés y tratar de dar una visión sobre su sutil, cínico y estrafalario sentido del humor.

Dicen que todos aquellos que se aventuran a comprender que hace que aquella isla ── rodeada de un mar helado ─── tenga el poder hipnótico y romántico terminan preguntándose ¿Cuál es el alma real de los ingleses? ¿Qué los hace tan únicos y diferentes del resto? ¿Su acento, quizás? ¿Su historia compleja y contradictoria?

Dicen que aquel devenir entre la tragedia y el inmenso poder de una raza conquistadora ── que hizo del mar su territorio y de allí desplegó sus garras de ambición y se apoderó de todo cuanto veía ── que se justificaba bajo el discurso de aquel que se negase a estar bajo la tutela inglesa no conocía el valor metafísico y claustrofóbico del real orgullo británico, le permitió conquistar tierras, culturas e imponer costumbres y lenguaje, pisando con sus botas a quien se negase a no amarlos.

Dicen que todos aquellos que declaraban que el summun de todo lo fantástico y civilizado no era de aquella isla de melancólicos vergonzantes, de guerreros poderosos, de viciosos incurables, de amantes del té y el teatro, eran declarados bárbaros.

Sin embargo, hay algo, una sensación, una pregunta, un secreto hermético que nadie se atreve a desentrañar pero que hace de aquella raza algo todavía más fascinante, nadie se atreve a dudar de una verdad entre las sombras: los ingleses son amantes, son fuegos fríos, son grandes nevados gélidos que en su interior guardan enormes volcanes siempre dispuestos a estallar, por eso son los reales asesinos, los piratas de la mar, los poetas puros, no pueden evitarlo, entre sonrisas, modales perfectos y su orgullo de civilización que se impone sobre las demás, los ingleses arden en llamas apasionadas, lo saben.

Se comparan con los fogosos franceses quienes encantan con su idioma y con el lenguaje empalagoso que hace que las pieles vibren con un simple Oui, o con los italianos de grandes carcajadas que se excitan con la redondez de una fruta o con el sonido de las enaguas de una mujer que roza lujuriosamente su muslo, o con la mirada oscura de los españoles que tras una guitarra flamenca pueden encender llamaradas en el alma y torturar entre cuerdas el sexo del que los escucha.

Si, los ingleses se comparan y sonríen solapadamente, ellos saben que son mejores, son amantes verdaderos, ocultos en el silencio y en la niebla, amantes de lo histriónico, en el arte del amor callan, escriben y gimen en las habitaciones y después en la vida social ocultan el infierno de deseo y lascivia que son capaces de sentir.

Somos ingleses ── dicen ── no permitimos que el amor nos posea, no hacemos alarde de nuestros sentimientos, no, nos dejamos contaminar de emociones sin sentido.

¡Qué bastardos mentirosos!

Todos saben que ellos están hechos para el amor, las grandes pasiones, los arrebatos sensuales de la carne y el silencio cómplice que dice que ellos son capaces de conquistar reinos, reyes asesinos de esposas, decapitadores de hermosos cuellos, reinas vírgenes que han gemido en la mejilla de millares de amantes, arrasadores de civilizaciones, solteronas capaces de conocer el tumulto del amor entre los bosques, morfinómanos extasiados recitando poesías a los coños pequeños de chiquillas pletóricas y ninfas, pintores amantes de cadáveres de cabellos rojos, sátiros de sexos del tamaño de Príamo deseosos de mostrar su virilidad y el poder de llevar a las mujeres a terrenos de locura y caos.

En la gran mansión en Kensington, Edward Cullen ── el bastardo quien nunca había negado quien era ── y Milady Isabella Swan ── la princesa encantada quien era una enorme montaña helada con un corazón de fuego ── estaban allí, desnudos, haciéndole honor a la sangre que pertenecían.

Lo vio llegar hasta su boca y respirar con fuerza, no pudo malditamente detenerse, no pudo cerrar su boca para evitar que su aliento penetrara dentro de ella y la hiciera arder.

—No puede negarlo, bruja ¡te excito!

── ¡Bastardo infeliz! ── quería gritarle con fuerza, pero enterró sus uñas en su hombros.

— ¡Gata!

— ¡Idiota!

—Te amo.

Tomó una de sus muñecas y las apretó, creyó que se lastimaría cuando luchó con fuerza frente a su amarré sin embargo, no hubo rabia en aquel movimiento, así que lentamente la llevó hasta su boca y la besó húmedamente. Su lengua hizo pequeños círculos en ella, con su otra mano pellizcó sus pezones y lo que hacía con su lengua en la muñeca, lo repetía en la aureola dura de sus pechos.

Lo único que quería era golpearlo, lo único que deseaba era morderlo, lo que más deseaba era… ¡Dios! Pero se mentía, lo quería dentro de ella.

Una gota de sudor bajaba lentamente por el cuello de ella, su sexo estaba húmedo pues, Edward, instalado entre sus piernas rozaba, con su tremenda erección, su centro, de manera amenazante.

— ¡Estás tan mojada, bruja! — puso sus manos a los dos lados de la cabeza, su boca estaba hinchada y su cabello cobrizo caía juguetonamente sobre su frente y se detuvo unos segundo a mirarla, después, respiró y con una voz profunda, prosiguió.

— Ahora, reina de mi corazón, que las caretas se han caído entre nosotros, puedo decirte que pienso chupar cada uno de tus jugos y que mi lengua irá hasta tu coño y beberé hasta que me dé la puta gana.

Ella no podía respirar, el peso sobre su cuerpo era demasiado agotador y excitante como para que el oxígeno saliera de su boca, y ahora… esas palabras. Ninguno de sus amantes había sido capaz de decírselo y él las decía con el mayor desparpajo del mundo.

— Eres tan vulgar, ni siquiera en eso tienes clase, Edward Cullen.

Una mordida sobre su pezón fue la respuesta.

— Y eso te encanta ¿no es así, mi amor?

— ¡Maldito!—contestó con furia pero encendida desde la punta de sus pies hasta su cabello.

Odiaba que la conociera tan bien y odiaba que su cuerpo la delatase de manera tan descarada.

Y otra vez volvió a morderla, halando con habilidad su pezón para luego deteniéndose en éste y hacer redondeles con su lengua, de un solo movimiento una de sus piernas presionó el muslo de su mujer y ella se abrió de manera total.

El gruñía, el olor del sexo de la hembra que yacía en la cama la delataba, rendida, extasiada y el sonido bestial que él emitió era su triunfo, era su guerra ganada.

Como jugador que se vanagloria de sus triunfos, siguió jugando, siguió con su lengua en su seno y como un bailarín consumado, lento empezó a moverse, agarró sus manos con una sola, y con la otra comenzó a recorrerla, con la punta de sus dedos delineo el vientre, con su lengua jugaba en el pezón haciendo que todo en ella convulsionara y cantara como una cantante de ópera.

— ¿Te gusta no es así, mi amor? ¿Te gusta que te amenace con meterte mi verga dura en ese coñito suave que tú tienes? ¡Estas desesperada por ello!

¡Oh sí! ¡Oh sí! ¡Señor dame fuerzas! Este hombre, sin todo los artilugios ridículos de un caballero me dice de manera procaz lo que él, como un semental lleno de esperma, era capaz.

Quería gritar, pero se reprimía, gritar era la manera de decirle a él que se rendía. Estaba tan absorta en darle en triunfo con su voz, que se olvidaba que su cuerpo hace rato ya sacudía la bandera blanca.

— No tan desesperada como tú por tenerme, por marcarme, míster Cullen ── ella insistía.

Lo vio sonreír, seguía moviéndose, sabiendo que ella estaba con el volcán que retumbaba desde la punta de los pies hasta la cabeza.

— Dime míster hermoso y te contestaré lo que quieras, madame maldita.

Rugió y él rugió con ella, su boca y sus dientes llegaron hasta el labio inferior y la mordió con una sensualidad felina; luego, delineo suavemente la boca, obligándola a que la abra y penetró suavemente con su lengua. La mano que estaba frotando el vientre, presiona para que el placer fuese más duro, bajó hasta su sexo.

── ¡Oh si, oh sí!... ¡Tócame allí…! ¡Tócame allí!

La yema de su dedo fue hasta la punta del clítoris que estaba dolosamente hinchado y lo frotó suavemente haciendo un círculo. Ella gimió y él gimió con ella.

— ¡Te tengo, bruja adorada!

Sus palabras llegaron hasta la rabia y al amor que ella sentía, se decía que no la tenía, que era al revés… ¡Él era mío! ¡Mi propiedad! ¡Mío, mi esclavo! Mi enorme caballo negro que solo acepta galopar bajo mi montura. Excitada por la fuerza y contundencia de su credo, la esencia de princesa encantada, de puta voraz, de mujer engañada y de esposa enamorada del cerdo precioso que la proclamaba, se preparó para insultarlo.

— ¡No me tienes! ¡Tú no tienes nada! ¡Sólo un enorme animal entre tus piernas! ¡Esa es tu única garantía!

Y él se rió, se carcajeó, liberó de su cuerpo al cuerpo de ella y se paró mirándola de frente, sosteniendo su virilidad hermosa, joven y gruesa.

— ¿Te gusta, no es así, mi amor?

Su mano hermosa la deslizó por su verga, su mirada estaba sobre ella, la encendía.

— Te gusta esto, lo sé, siempre te ha gustado bruja mía, desde aquel día en el hotel cuando estabas desesperada por saber si todo lo que se decía de mi era verdad.

Lo vio respirar, lo escuchó clamar y un chorro de su excitación se deslizó por sus pliegues y sus muslos, ese hombre, el que había presentido aquel día, en las grandes caballerizas del conde Aro Volturi, estaba finalmente frente a ella ¡Mi igual! ¡Mi domador! ¡Mi águila! ¡Mi jinete maldito!

— ¡Míralo mi amor! ¡Míralo! Te ama, te desea y quiere todo contigo, quiere estar dentro de ti y quiere darte todos los hijos que te mereces — su mano ya no era tímida, se movía de arriba abajo sobre su lanza roja y húmeda.

Ella estaba encendida por él, estaba ardiente por aquel hombre ── su hombre ── era divino, su pecho se levantaba ── era un potro corriendo ── su mano se movía raudamente y su boca carnosa se abría y cerraba rítmicamente ante el placer que se daba, ante el placer de saber que ella se incendiaba y estaba ansiosa por tragárselo.

— ¿No soy tu dueño, Milady?

Lo era, él lo era, pero la terca princesa encantada no dejaría que él supiese… no aún. Aunque ya había dado su rendición desde el mismo momento en que lo vio desnudo la primera vez. Desde el mismo momento en que con la boca había tanteado su hombría. Mi boca era sal, mi lengua era una serpiente que siseaba, mi paladar estar seco y mi garganta deseaba estar llena. Mujer, que en su juventud había tenido infinidad de amantes ── todos ellos unos egoístas y estúpidos que no entendieron que cuando ella tomaba con su boca los sexos era una maldita declaración de libertad ── con el bastardo, se sentía plenamente libre así que se irguió un poco de la cama, mordió su labio, algo de saliva salió, después pasó suavemente su lengua por sus dientes.

Él seguía y ella también. Mientras él se masturbaba, el sexo de ella palpitaba con fuerza, hasta hacer doler todo el cuerpo, se sentía incompleta y eso la tenía al borde de la rendición… el amor y la pasión que sentía por ese hombre ── que, siempre arrogante, se masturbaba para ella ── estaba incrementando la necesidad de sentirse una con él.

Lo amaba por ser como era. Lo odiaba por ser como era. Se odiaba por amarlo tanto.

— Estas tan seguro de todo, míster Cullen.

— Estoy seguro de tu cuerpo, Milady mala — oh sí, Edward lo estaba, se satisfacía delante de ella, no era callado con sus gemidos que en ecos lanzaban bolas de fuego — ¡Nunca en tu vida tendrás algo como yo entre tus piernas! — lo vio levantar una ceja perversamente —… o tú boca.

Y aún más perverso fue el movimiento de los dedos de Cullen dando vueltas sobre su glande hinchado.

Ella emitió un gemido agudo, un gemido seco. Él siguió, le estaban ofreciendo todo, le estaba diciendo que la tenía en su poder y le bastó escuchar los duros quejidos de la mujer para saber que era verdad.

Ella, que durante años creyó que podía enloquecer a un hombre con sólo tocarlo, no era nada comparado a él. Ese hombre, que fue el premio, el regalo y el mimo de todas esas mujeres que pagaban por él, lo tenía a su disposición.

── ¡Al diablo! ¡Esta era yo! ¡Esta soy yo!

Y lo de ambos era una maldita guerra.

Isabella dio un grito, no podía más y, fiel a su carácter y a su pasado, rápidamente urdió la manera de poner la balanza a su favor. Si él, descaradamente, autoproclamaba su poder sobre la Princesa Encantada, ella no demoraría en demostrarle lo frágil de su victoria cuando, habida iría por él. Sin pensarlo y con más deseo y hambre de la que jamás tuvo en su vida, se lanzó hasta su verga, apartó la mano de ella y con su boca reemplazó la caricia.

— ¡Joder!

La fuerza del embate de la mujer hizo que trastabillase un paso hacia atrás haciendo que la boca cediera un poco al atrapante deseo. Sin embargo, ella se sostuvo con fuerza, haciéndolo aullar como animal desgarrado por el placer.

Si, la princesa encantada había regresado y estaba en pleno uso de su maldad.

Para Edward, aquello fue el ataque maravilloso y perfecto que su cuerpo deseaba, la boca de su mujer lo mantuvo quieto y seguro que de sus ojos miles de fuegos salían que parecieran hundirse en el centro mismo de su cerebro.

Sí, estaba agónico con ella tan hermosa, tan peligrosa, tan desnuda y abierta para él. Verla respirar y ver como sus dos hermosos pezones estaban hinchados frente al poder de su boca era el delirio. Con su verga dentro de su boca y su cabello castaño corriendo por su espalda ya era mágica. Pero, mientras succionaba con fuerza, pasaba su lengua por su glande, presionaba cada una de las grandes venas que estaban hinchadas de sangre y hacía un movimiento sucio y perverso que provocaban sonidos eróticos, era simplemente su bruja cruel y erótica.

¡Joder! ¿Con que eso era? ¿Con que esta era la mujer de la que hablaba Sinclair? La mujer que él había percibido desde el primer momento que habló en aquella fiesta, la que se cubría con grandes abanicos tan sólo para que no vieran que maravillosa diosa del amor se escondía.

— ¡Dios, te amo!

Le faltaba el oxígeno, quería llorar de placer, y mucho más cuando bajó su mirada y vio el espectáculo divino de ella engulléndolo hasta la garganta, algo que jamás, ninguna de las remilgadas damitas con las cuales se había acostado fue capaz de hacer y que las putas de los burdeles hacían por solo dos peniques y ninguna de ellas disfrutaba haciéndolo.

— ¡Oh, mi amor!

Sí, porque ella en ese momento se lo comía como si él fuese el mejor maldito manjar de toda Inglaterra. ¡Maldición! Con él en su boca Edward Cullen se sentía el maldito rey de reyes de todos los reinos. Sin pensarlo dos veces, la tomó de su cabello y lo enredo para hacer que el movimiento intermitente de ella sobre él fuese fuerte y profundo, los sonidos del tragar eran perfectos y profundos, Edward gimió cuando ella poderosa tomó sus nalgas y clavo sus uñas en ellas, sus testículos se balanceaban y golpeaban la barbillas perfecta de su mujer. Isabella lo escuchaba bufar, algo en ella estalló con fuerza, rugía en su interior, su mano tomó la enorme y dura erección y chupaba una y otra vez llevándola hasta el fondo de su garganta, en ese momento Edward era su esclavo y ella lo poseía de todo a todo, maliciosamente afiló sus dientes de gatita y delicadamente rastrillo toda la longitud, la consecuencia no se hizo esperar, su hombre maldito, aquel que le había mentido gritó roncamente y todo él tembló ante aquella caricia intima.

— Eres una reina, bruja — su mano, en su cabello haló más fuerte haciendo que Isabella lo tragase hasta la empuñadura, ella sostuvo la respiración, él sabía salado y dulce, y ella era todo poderosa y húmeda con él en su boca.

Cada arremetida para ella era como si aquel movimiento de penetrar en su boca Edward la hiciera dentro de ella, levantó sus ojos para observar al tigre que ella poseía, los ojos verdes estaban sobre su cuerpo, eran profundos y entrecerrados la observaban con un fuego que la consumía, estaba desnuda, de rodillas, y sin embargo era la ganadora.

—Me amas preciosa, tú… me amas — ella vibro en su verga, los ecos de esto impulsaron en él un temblor — ¡Me vuelves loco!

Allí estaba ella, inundada con él en su boca, estaba a punto de rendirse, de dejarse caer, de abrir sus brazos y permitir que él la tomara, pero no, esa no era Isabella Swan, con sus labios apretó fuertemente y con su mano agarró los enormes y hermosos testículos y apretó escuchando el sonido más bello que una mujer como ella puede escuchar.

— ¡Demonios!

En ese momento ella se apartó, dejándolo a Edward solo, temblando y gimiendo como un hombre agonizante, un aire potente salió de sus pulmones, con su lengua relamió un poco de lo que Edward le había dado y dijo:

— Por esto, mi amor, te rebajo la deuda que tienes conmigo, hoy sólo me debes noventa millones de libras.

Una mirada de cólera cruzó por los ojos de aquel hombre.

Ella aún estaba de rodillas, sus labios estaban mojados, una risa coqueta y provocadora cruzaba por aquella boca, y sus senos apuntaban retadoramente hacia arriba.

— ¡Oh, milady! No pensé que era tan fácil pagarte, quizás al terminar la noche no te deba nada.

— No seas arrogante, mi amor, lo tuyo no vale mi fortuna, he tenido hombres que con sólo un beso merecían el mundo.

Mentía.

Una oleada de celos asesinos apuñaló todo el cuerpo de aquel hombre, tras de ella, había una fila de innumerables amantes que lo observaban desde el pasado, tomó su cabello y se inclinó hasta su boca halando su cabeza un poco hacia atrás.

— Ninguno te ha besado como yo, amada mía, ninguno sabe que te mueres porque te digan lo que yo sólo puedo decirte, lo que me merezco decir, lo que esperaste que sólo un maldito como yo te dijera.

Lo boca de Isabella tiembla, el aliento de Edward es cálido, salvaje, su cuerpo atlético, alto, macizo es un deleite para su vista, todo su cuerpo es lava ardiente y la quemaba.

— ¿Y qué es eso, míster Cullen? — su voz es ronca y cada sílaba raspa sus cuerdas vocales.

— Que eres libre y que no debes tener miedo a lo que eres, bruja: un ardiente y sensual zorra.

En menos de dos segundos Bella siente como su cuerpo es levantado con fuerza del piso, ella grita, no teme que sus sirvientes escuchen aquello, es su casa, es su esposo y ambos están en pugna, con los ojos desorbitados y la respiración a contra tiempo, ella ve como el cabello cobrizo de Edward se sumerge dentro de sus piernas, golpea el colchón y arquea su cuerpo tratando de asirse de algo que está más allá de ella.

Siente como su lengua se arremolina, se adelanta y lame.

Gemía ante aquella fuerza que la tomaba, ardía y cada parte del cuerpo se partía en pequeñas partículas de fuego. Era inútil luchar por ocultar sus emociones, pero la seguía dando, no quería hacerle saber que toda ella estaba ansiosa por sentirlo como se apoderaba de su sexo, pero no fue necesario, él la conocía como si su cuerpo fuese un libro abierto, por un momento los celos la poseyeron porque sabía que el conocimiento que tenía el bastardo sobre el cuerpo de las mujeres era porque había sido amante de medio Londres.

Sus dedos calientes la penetraron, su lengua no tenía piedad, se movía inmisericordemente dentro de ella y la palma de su lengua golpeaba su pequeño capullo rosado y después, mordía, y mordía. Y, ella gemía, sin vergüenza, con todas sus ganas, con toda su voz. Con su brazo levantó la pierna de la mujer entregada y se lo puso sobre al hombro y en ese ángulo maravilloso se la bebió toda, hasta su alma.

La conjunción erótica de boca, lengua, dientes, gemidos, sonidos, dedos y sexo mojado, tenían al desvergonzado tahúr feliz y a la ex solterona Swan con una seguidillas de orgasmo que la destrozaban en millones de pedazos.

Un terremoto sin precedente tomo aquella habitación, ambos dementes tomaron sus bocas y el sabor de los dos unido fue una alquimia loca que enervó sus sentidos, la cama no era suficiente, la habitación era claustrofóbica, los sonidos de ambos excitaban sus sentidos, las cosas caían golpeando el piso, era una lucha, era una guerra, era una unión de dos potros salvajes.

Sin estar conscientes, Edward e Isabella estaban de pie, ella presionada contra la pared, sus senos aplastados y su boca tratando de buscar el oxígeno, él detrás de ella punzando su espalda, sus vellos rozando sus poros y mandando pequeñas descargas en su cuerpo.

Él despejó su cabello a un lado de su cuello, el aliento suave le dijo a Isabella que él estaba a punto de mimetizarse con su piel, un beso húmedo se deslizo por su cuello y sus dientes mordieron levemente su oreja.

— Nunca te han cabalgado como yo, mi Bella ¿no es así?

— Yo…

— No me contestes para herirme, mi amor, porque si lo haces sé que mentirías ¡dime la verdad! ¿Ha habido alguien mejor que yo?

— Sí.

— ¡Mientes! — Edward aparta sus piernas — nunca ha habido alguien mejor que yo, porque no has permitido que realmente nadie te toque, amada mía — sus brazos se deslizaron por debajo de su cuerpo y apretaron sus senos — eres virgen en el corazón, Isabella Swan ¿eres mía?

— ¡No!

— Sí, bruja, lo eres, lo eres — Isabella sintió como su erección punzaba entre sus nalgas, gimió ante la dureza, quería el dolor, quería la posesión y por primera vez quería la entrega… la propia —¿quieres que te haga un hijo, amor mío?

— Nunca — fue una contestación salida casi por inercia.

— ¿Lo quieres amor mío, quieres que te haga un hijo, quieres? — Edward deslizo su longitud por la raja mojada haciéndola gemir — ¿quieres que te haga el amor señora Cullen, quieres? — y él gruñó profundamente — ¿quieres que yo te posea con furia?

Edward empujó dentro de ella, Isabella aruñó las paredes cuando sintió como él llegaba hasta el fondo de ella, movió la cabeza frenéticamente, estaba en una dimensión de lujuria pura, una lágrima cayó sobre su rostro, y de nuevo el empujó más fuerte.

— ¡Sí! ¡Dios mío!

— Yo, amor mío ¡soy yo!

Él se retira, Isabella no puede evitar gemir ante la soledad de no sentirlo dentro de ella, lloriquea y Edward de nuevo vuelve dentro y la levanta.

— Apuesto, señora Cullen, que quieres que me olvides que eres dama o ¿quieres que te tome como una muñeca? O, tal vez ¿cómo una niña virgen y delicada?... ¿qué quieres dueña mía?— empuja una y otra vez — ¡dime que quieres! — gime y gruñe, se mueve dentro de ella de manera dulce, tierna, cariñosa y luego cambia como si estuviera sobre aquella yegua y corriera por praderas — ¿qué quieres?... ¿Qué quieres?... ¿Qué quieres?

La mujer es alzada del suelo, embestida contra el muro, atacada por la espalda. Sus senos se aplastan contra la pared, su boca busca el aire que siente que le falta. El clímax… ¡oh, sí!... llega el clímax y no sabe ni su nombre, solo siente que ama. Ama que esté dentro de ella, ama que no la respete, ama que la posea sin miedo, ama que él entienda su naturaleza femenina, ama que él comprenda que ella necesita ser atravesada de palmo a palmo.

— ¿Qué? — entra húmedo y poderoso — ¿Qué? — caliente y duro — ¿Qué quieres, mi amor? ¡Dímelo!

No puede negarse. No puede respirar. El placer es aterrador y urgente. La voz ronca y agitada de Edward sobre su cuello, las manos de su hombre enterradas en su carne y la carne dura y quemante traspasando su humedad. La necesidad del míster Cullen y los siete años de muerte la solterona Swan.

Y grita. Y grita.

— ¡Lo quiero todo! ¡lo quiero todo!

— ¿Un hijo, Isabella?

— ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

— ¿A mí, bruja? ¿Me amas a mí?

¡Dios! ¡Dios no aguantaba! Enarcó su cuerpo, empujó su trasero contra Edward, lo obligó a moverse más profundo, lo hizo gritar hasta que se quedara sin voz, en un fragmento de tiempo mínimo Isabella lo empuja hacia atrás, se ha desconectado de su posesión, ella voltea, la princesa encantada lo mira desde sus ojos por lo bajo y perversos, es una leona, abre sus piernas en totalidad, no puede, no ahora, no puede decirle que no sólo quiere el hijo, que no sólo quiere su cuerpo, que no sólo quiere la posesión absoluta de su belleza masculina, no puede decirle que lo ama hasta la muerte, no ahora cuando su cuerpo exige libertad.

— Termina lo que empezaste, bastardo — se lleva su mano hasta su sexo — quizás mañana le diga a mi padre que los cien millones que prometió valieron la pena — gime cuando se toca —demuéstrame quien eres bastardo, satisfáceme querido.

Edward se lanza, pone sus brazos por encima de su cabeza, Bella se enreda y se sostiene sobre el arnés de carne y hueso que es su esposo, y de nuevo él empuja hasta su útero.

— ¡Me amas, maldita sea! ¡Me amas, bruja! algún día lo dirás, algún día me lo dirás, mi amor.

Lleno de rabia él golpea duro dentro de ella, su misión es perderla, hacerla agonizar.

— ¡Sí! ¡Sí! ¡Así, así! — ella no es una dama, no es una mujer inglesa, no es una esposa, allí él dándole placer como una sucia golfa, Milady Swan está siendo liberada.

Grita. Grita. Llora y grita, y suplica, y suplica y gime, llora y rasguña, sonríe y jala, y arde, arde hacia arriba, va a los cielos, toca el sol, y puede sentir como todo su cuerpo se consume, es ceniza y cae sobre la tierra.

Al minuto, Edward se derrama dentro de ella, él no tiene miedo y su placer se entremezcla con un te amo varonil y ronco, ella se sostiene y mira aquel rostro hermoso transido por el placer y la agonía que lo acompaña.

Ambos respiran fuertemente, están aún enredados en aquel abrazo desnudo, Edward la besa con pasión, golpeando su lengua tiernamente en su paladar, rodea con la mano el cuello de su mujer, pega su frente a ella, cierra sus ojos y por un momento todo es silencio.

Ella es silencio. Él le ha dado placer. Ella ha gritado su nombre, no se ha resistido al placer que él podía darle y sin embargo no ha pronunciado las palabras que lo harían un cautivo para siempre.

La carga hasta su cama, de pronto todo es frío, la habitación ha sido testigo de una guerra y la ropa esta desperdigada por todas partes. Se aparta, le da una mirada cálida a ese cuerpo que tanto ama y del que ya no puede escapar, no puede dejar de ser lo que es, levanta la ceja, sabe que si él da su brazo a torcer, ella jamás lo respetará ni lo amará.

Camina desnudo y se deja observar como un pavo real, lleva sus manos a su cabello rebelde y lo tira hacia atrás. Agarra el corsé negro repleto de cintos, lo lleva hasta su nariz.

— Me gusta más como hueles sin todo este perfume amor mío, el olor de tu sexo es una maravillosa esencia.

Isabella voltea para no verlo, para no mirar cómo se mueve por la habitación.

— Dime que me quede bruja, dime que me quede aquí contigo, seré tuyo toda la noche, mañana y para siempre, dime que me quede.

Pero sólo hay silencio.

— ¡Ja, bruja! No puedo pedirle al tigre que no tenga rayas ¿no es así, Milady? — se acerca — ¡yo amo al tigre! — desliza sus manos por sus caderas y con la yema de sus dedos delinea las curvas —espero que mi hijo esté ya dentro de ti, mi amor, y si no es así, mañana lo intentaré de nuevo, mi amor. Y no dirás que no, no lo dirás, te tendré preñada Isabella, y te aseguró que mis hijos serán de ojos verdes y hermoso cabello castaño, y los cien millones de libras no serán suficientes para pagar el hecho de que amaré hasta el dolor a cada uno de ellos como te amo a ti, Isabella Cullen.

Dos pasos y salió desnudo de la habitación con el hermoso corsé negro enredado en sus manos.

Bella escucha cerrar la puerta, quiere decirle que muere porque se quede, quiere decirle que desea estar allí con él, volver a hacerle el amor, han sido dos semanas sin tocarlo y verlo, dos largas semanas en que lo esperó sentada en su cama vestida como una reina, dos semanas en que Eleazar la llevaba a la opera o al teatro y ella alzaba la cabeza de manera arrogante, y todos le preguntaban con sorna sobre su flamante esposo y ella mentía, por un momento quiso humillarlo y decirle a medio Londres que no sabía dónde estaba pero Alice, como siempre, vino en su ayuda y le dijo que no hiciese eso, al final ella sería la humillada y la ofendida ¿qué clase de mujer era si no era capaz de retener al marido al menos por seis meses en su casa, al menos poniendo límites, fingiendo fidelidad? Bella lloró por horas donde su amiga y confesó que amar a Edward Cullen era para ella un dolor que adoraba, pero que le era imposible mirarlo a la cara sin sentir que éste era parte de todo lo que ella odiaba.

Él era un inútil, un bueno para nada, un hombre que fue capaz de hacer algo tan horrendo sólo para salvar su vida de un estúpido pomposo, alguien que le temía a la responsabilidad y a la acción.

— Pero lo amas — dijo Alice.

— Si, pero el hacerlo me humilla.

— ¿Por qué, querida? — la astuta Alice con sus ojos azules la enfrentó de hito a hito — si sabía quién era antes de saber lo que había hecho, son tan iguales que parecen uno solo, al final todo se basa en que él te respete mi amiga y tu lo respetes a él.

Isabella tiró el abanico

— No necesito que me respete, él no es nada.

Lady Whitlock, se levantó y el peso de toda aquella ropa que odiaba hizo un sonido al caminar.

— Necesitas que te respete querida, necesitas que él acepte quien eres.

La antigua ama de llaves tomó las manos de su mejor amiga, las besó con reverencia, Isabella sollozó ante aquella muestra de afecto.

— ¿Quién soy, Alice? Dímelo, puedo soportarlo amiga.

— Eres una puta, madam — la mirada de Isabella se clavó en el rostro de la mujer frente a ella — y eres una mujer libre ¡necesitas que él valide eso! y él… es un bastardo, vividor y un cínico, nadie puede amarte sino él, nadie puede amarle sino tú.

Isabella lo sabía, entendió algo terrible, para poder ser liberada de las cadenas, ella necesitaba que Edward Cullen nunca viese su pasado como una ofensa, él debía amarla como la mujer libre que ella era.

Al día siguiente ambos sentados en la enorme mesa no se dirigían la palabra, no se miraban pero sin embargo, ambos emanaban fuego por toda su piel.

Isabella vestía de hombre y caminaba por la ciudad sin importar que todos hablaran de ella y que su padre amenazó con quitarle todo, pero ella sólo contestó:

— Tu nieto padre, haz algo y tu apellido morirá conmigo.

Ella era escandalosa, hacedora de grandes fiestas, de pronto todo lo excéntrico de Londres estuvo en su sala, Bella reinaba como lo hizo en Paris y su esposo adorado se burlaba de ella ignorándola y dejándola sola en medio de todo.

Si, estaba sola y estaba maldita, ni siquiera Alice la acompañaba ── Jasper le había prohibido tan sólo mirarla, pero ella se escabullía y llegaba hasta la gran residencia en Kensington y tomaba el té con madam ── así que sus días pasaban entre la fábrica y las fatuas fiestas que se inventaba, mientras que en su interior estaba agónico y esperaba en silencio, mirando puertas con la ilusión de que él la cruzara.

Sólo ellos dos sabían que ocurría en el reino de la piel de ambos.

« ── ¿No estás preñada esposa? … parece que estoy en deuda.»

Y él la besaba y la poseía de forma demente en el baño de la casa, cuando ella desnuda descansaba su cuerpo en el agua.

« ── Estás demasiado vestida, madam… si no te hago el amor ahora no seré digno de los cien millones de libras que me pertenecen, mi amor…»

Ella gemía, llegaba al clímax, besaba su cuerpo, lo poseía con su boca, caminaba desnuda a las dos de la mañana y lo cabalgaba mientras todos en la casa escuchaban sus gritos y cosas que caían, ella desesperada espera de nuevo los te amos desgarrados pero, estos no llegaban.

Isabella vestía de rojo, violetas y amarillos y bailaba en el gran salón del Savoy y sonreía, esperando que él la atacase, lleno de celos, tras las cortinas pero… ¡nada! Solo veía como fumaba tranquilo en los jardines y desaparecía por días para aparecer después, impecable, oliendo a perfume y con los ojos rojos de no dormir.

── ¡Malditas mujeres de Esmerald Plant!

Sí, malditas sean. Una noche corrió hasta la casa de la ramera y se enfrentó con ella ofreciéndole pagar tan solo para que no lo dejase entrar, la mujer que la observó de manera maternal sólo le dijo:

—Hija, él hace días que no viene aquí, no sé dónde está, y no tienes que pedirme nada, mi muchacho es bueno y la ama, eso no lo dude.

De regreso de una fiesta, donde Jesica Stanley ── la única dama que la recibía en su casa ── escuchó una voz varonil y se sobresaltó cuando sintió que el carruaje se detenía; de pronto, la puerta de abre y da paso a un Edward Cullen con ojos de lince y afiebrado, que la desnuda con premura, le hace el amor duro y tierno sin importarle el pequeño lugar y que el cochero y el lacayo escucharan. Después del periplo erótico en el carruaje que dilató su paso para llegar a casa y cuando ella ── agotada y todavía con los estertores de placer ── apenas cubierta con una capa, esperaba seguir el ataque en sus habitaciones, Edward salió intempestivamente del coche, furioso, hacia la noche.

Eleazar se burlaba.

— Mon cher, cúbrete mi amor, se te ven los chupones en tu cuello, ese marido tuyo es un animal salvaje, parece que te está domesticando.

Las palabras alborotaban su fuego y ella se perdía en la fábrica de textiles durante el día y con el corazón en la mano esperaba que Edward apareciera, al menos, para presenciar su silencio. En el salón de té no estaba, lo sabía porque no se sentía el olor a cigarrillo de canela que siempre lo delataba. Descorazonada, con la cabeza baja, subió hasta su habitación, abrió la puerta y su corazón tomó su lugar cuando lo encontró desnudo frente a ella.

— Quítate la ropa, madam.

No pudo evitarlo y ella contestó con la mirada entornada y poniendo su mano en su cadera, fingiendo con toda su voluntad no estar a punto de desmayarse por verlo allí sin nada puesto, su hombre maldito que poco a poco iba dejando su pose de caballero perfecto y se iba convirtiendo en algo más profundo.

Si, poco a poco, Edward Cullen, hijo de Carlisle, ha ido cambiando, se ha vuelto rudo, más callado, huraño y melancólico, se refugia en su vieja casa y allí pasa los días mientras ruñe su amor por aquella mujer y los celos que ella le provoca lo sostienen. Todos son el enemigo, cada hombre que posa sus ojos en ella son los amantes de su pasado, cada paso, casa suspiro, cada pensamiento le pertenecen a otros, menos a él, Edward pelea con todo, pelea con él mismo y entiende que a sus treinta años de edad es sólo un hombre mediocre que se ha casado con una mujer que posee la fortuna más poderosa de Europa y él es sólo un semental hermoso que ha sido contratado para darle belleza a una familia.

Él desea más. Desea el alma de esa mujer, sus pensamientos, su vida, su respeto.

—No me hagas perder el tiempo amor mío, algo estás haciendo mal ¿no será que me has estafado mi amor con tu virilidad y tu capacidad para darle un heredero a mi querido padre?

Sólo mira su boca y sin pensarlo dos veces llega a ella, y gruñe cuando la ve vestida como un hombre y huele a lejía y a carbón.

—Te vistes así para excitar a todos esos brutos, apuesto que todos desean ver si madame es mucho más que un niñita tonta que piensa que vistiéndose de hombre tiene el valor de sentir como una mujer de verdad.

Y eso detonó de nuevo la pasión entre ambos, a las dos horas, Edward caminaba por las calles con el dolor de los dientes de su esposa enterrados en su piel y ella tendida en su cama tenía la sensación potente de las embestidas de su marido que parecían abrirse paso entre su sexo hasta su alma.

Isabella fue hasta su cómoda esa noche, y de ella sacó las fotos que de él guardaba, pasó sus manos por el rostro de aquel hombre, aquella primera foto sobre su caballo, o aquellas que le tomó un día en su jardín mientras él coqueteaba descaradamente con ella, haciéndola sentir amada, feliz, florida y hermosa.

Su hombre que le había mentido y que la rebajó a una simple yegua de establo, aquel hombre a quien vio pelear en la calle hollín por su hermana Rosalie, ese hombre que igual que ella estaban atrapados por toda la estúpida vida de gente de la clase alta.

Ese hombre terrible, y ella igual a él.

¿En dónde nos hemos desencontrado, Edward? ¿Eres el hombre de las cartas? ¿Eres el hermano y el amigo que presencie? ¿Quién eres? ¿Por qué no me dijiste la verdad?

Isabella llevó las fotos hasta su pecho, entendió que Edward y ella habían mentido tan sólo porque ambos se avergonzaban de quienes eran. Caminó hasta la ventana, cada paso traía a su sexo un ardor delicioso que le hizo recordar la última semana vivida por ambos, desesperados por tenerse, por encontrarse, por encontrar el momento justo de perdonarse, de mirarse a la cara y de reconocer que eran el uno para el otro. Se asomó a la calle, estaba oscura y el velador apagaba los candiles ya extintos y los cambiaba por unos nuevos, un carruaje solitario pasaba por su calle y un hombre solitario caminaba por allí haciendo extraños movimientos con su bastón. Cerró sus ojos y caminó por las calles de aquella ciudad.

── ¿Dónde estaba Edward? ¿Se burlaba de ella? ¿Lo había lastimado lo suficiente? ¿Por qué él no se arrodillaba ante ella? ¿Por qué no quería que lo hiciera?

¿Realmente me amas querido? ¿Me amas a pesar de todo?

La torre de Londres, el puente, las calles que llevaban a Hyde Park o al palacio, la ópera, White Chapell y sus gente sucia y triste, Bravante Street y la aristocracia aburrida e infeliz, el tren, los puertos, el Támesis y nada la unía con aquella ciudad, amó a Paris, pero no amó nunca a Londres y sin embargo estaba él allí, y Edward era parte de aquella ciudad, él era hermoso, criminal, decadente, extrañamente cínico y en algunos casos triste y brutal, mientras tanto ella era otra cosa, Isabella Swan Kane era de otro mundo, su alma estaba unida no a Paris, no a Europa, su alma estaba unida a un futuro, a otro pensamiento, a una nueva manera de ser, ella era como Thunder un animal que corría por los bosques sin que nada la detuviera, era como sus cámaras de fotografías moderna que asustaban a quienes la veían, Isabella no era parte de nada y su error fue tratar de ser parte de ese mundo que jamás sintió como propio.

¿En qué punto Edward Cullen y ella se encontraron para saber que eran almas gemelas? ¿en qué punto se desencontraron para lastimarse? ¿Por qué estaban ambos irremediablemente unidos?

Isabella no lo sabía y seguramente Edward tampoco, sólo sabía que aquella búsqueda lo llevaba a besarse, arañarse, ofenderse y amarse en una mezcla de amor entremezclada con el afrodisiaco apasionante del odio y la venganza.

Se llevó sus manos a su vientre ¿si estaba embarazada? Apretó con fuerza y un miedo aterrador la sobrecogió, deseaba el hijo más que nada en el mundo, pero a la vez tenía miedo de traer un niño a un mundo donde la crueldad era la norma.

Deseaba un mundo donde aquel hijo fuese puro, sin pasados, respirando un nuevo aire, aprendiendo desde cero.

En ese momento sintió una nostalgia por el olor de campo, por el sonido de las hojas de los bosques cuando murmuraban al sentir el viento, por su caballo, por la gente sencilla. Una lágrima cayó por su mejilla, debía irse de allí, dejar de respirar Londres por unos días, caminar por el bosque, quizás cabalgar a pelo, comer tarta de manzana y dejar su cabello suelto.

.

.

— ¿Cómo que se fue?

La asustadiza sirvienta bajó la cabeza, no había nada que decir a la pregunta. En los últimos días, aquel hombre causaba a todas las mujeres de la enorme mansión un vértigo, un miedo y una excitación. De alguna manera ninguna de ellas se había sustraído al aire enrarecido y oscuramente sexual que en aquella gran casa se respiraba, lo veían llegar con su cabello revuelto, con su barba sin rasurar y con sus ojos de lince en acecho, mientras que al otro lado del espectro estaba su ama quien parecía retar todos los convencionalismos. Ni siquiera su padre, Charlie Swan ── quien, dos días antes vino e hizo un reclamo a su hija ── fue capaz de controlar los extraños desvaríos de la pareja de recién casados que vivían una guerra silenciosa de día y escandalosa de noche.

La pequeña chica lo miró por lo bajo, un hombre hermoso ── que era el sueño de niñitas sin experiencia y el terror de madres que veían en el vigoroso bastardo el hombre que dejaba preñada a las chicas impresionable y que tenía muchos hijos sin apellido ── capaz de marcar el cuerpo y el alma de todas pero que estaba enamorado de esa desconocida que era lady Swan. Ellas lo veían desde los rincones de la casa, entre las cortinas, fantasmas del servicio, insectos que se movían por las escaleras, pasillos, salones y habitaciones siendo testigos directos de los ojos hambrientos del señor sobre los escotes escandalosos de madame o sobre sus pantalones masculinos que mostraban de manera indecente lo que ninguna mujer hija de buena familia debe mostrar, todos callaban y susurraban por lo bajo cuando ésta fumaba abiertamente en el salón rosa y tomaba dos vasos de whisky después de cada comida.

—Hace una hora señor, empacó sus cosas y dijo que se iría a Forksville.

El hombre empuñó su mano y golpeó la puerta de la habitación, inmediatamente tomó una maleta y sin esperar que su sirviente personal lo ayudara empacó su ropa.

No, ella no se iría sin él, ella no lo haría, Isabella era su mujer, él iría donde ella fuese, no le daría tiempo de nada, no la dejaría respirar, un día creyó que él era el cazador en aquel juego, pero ahora sabía que sus desplantes, sus silencios y su fingida indiferencia después de él hacerle el amor hasta dejar la mitad de su vida en ella, dentro de ella, lo habían hecho un impenitente y un loco obsesivo por ella, a veces en aquel momento en que los cuerpos han dejado de penetrar y besar, cuando viene esa calma después de la tormenta, él se acercaba a ella y ponía su frente sobre la de su mujer y ambos se miraban de manera profunda, sus ojos hacían un contacto que iba más allá del espacio y el tiempo, minutos antes el penetrar de la carne y la violencia amorosa llena de porqués y deseos hacia que el alma se relegase a un segundo plano dejando sólo el caballo loco del apetito que a ambos los poseía, pero después… ¡oh, sí! después existía algo más, algo mucho más perfecto, una caricia tácita en el corazón de cada uno.

¿Quién lo diría que Edward Cullen un egoísta cínico sentiría la imperiosa necesidad de ese contacto espiritual con una mujer? Las respiraciones se temporizaban e iban a un ritmo acompasado que los dos buscaban, el pecho de Edward presionaba contra el seno de su esposa y rozaba sutilmente sus pezones, ya sin la carga erótica de antes sino con un deseo de intimidad leve y dulce. Edward deseaba una caricia pequeña, un recorrer con la punta de sus yemas la piel caliente y húmeda de aquella bruja, deseaba tocarla sutilmente, hacer pequeños redondeles y quedarse allí disfrutando de la suavidad de su piel, quería tenerla y amarla, soñarla todo el tiempo, beber de ella y de su aire, descansar su cabeza entre sus senos y escuchar el corazón que latía regularmente, quería susurrar en su ombligo y preguntarle con inseguridad de niño pequeño:

── ¿Has amado así antes, amor mío? ¿Has amado así, bruja perversa? Porque yo no lo he hecho jamás, no lo haré nunca.

La sola posibilidad que ella le contestase que a ese hombre Michell o a sus innumerables amantes ella los había amado, lo desgarraban, lo desesperaba, lo agobiaba. Desde ese pasado, hubiesen sido capaces de arrancar un mínimo de ese amor que daba a los otros para sobrevivir. Se juraba que en el día que ella le dijese, que aceptase que lo amaba, dejaría su orgullo y simplemente se arrodillaría y besaría los pliegues de los vestidos escandaloso y divinos que ella usaba, ese día el mataría a sus amantes y ese día él olvidaría a cada uno declarando que ambos habían sido vírgenes de alma.

¡Demonios! Poetas locos que lo habían infectado de la fiebre mortal de la pasión sin freno, el alma solapada y amante de los ingleses amantes y silenciosos bullía dentro de él.

El cochero corrió por las atestadas y sucias calles de Londres siendo hostigado por la voz ronca e imperativa de Edward que deseaba llegar a las grandes estaciones del tren de Londres.

Isabella estaba sentada solitaria en una pequeña banca, todos la observan, la impresionante dama vestida de un lila oscura y seda, con sus manos envueltas en sus guantes negros y el sombrero de ala alta que cubría su rostro con un pequeño velo de encaje. Era la viva imagen de un atemporal cuadro, ella en silencio estaba separada del mundo. Entre la gente de la estación que aquel día de viernes atestaba el lugar buscando irse de la ciudad hacia el campo él la vio de lejos, por un momento paró y la observó sin respirar. Aquella mujer, esa mujer que un día llegó a su vida y lo cambió todo, ella a la que él se atrevió a juzgar como una ratita sin gracia, ella que estaba en los limbos de los seres que parecían estar destinados a no ser tocados jamás. Parpadeo rápidamente y en cada movimiento sólo la veía a ella caminar a su lado, no desde hacía unos meses cuando la apuesta siniestra selló su destino, sino desde que la había visto la primera vez.

A unos metros de ella, Edward Cullen volvió a los momentos en que la solterona feúcha de Isabella Swan siempre parecía toparse en los mismos lugares donde él, sus amigos y sus amantes solían ir. De pronto de manera fantasma él se hizo a su espalda en aquella época y la siguió entre palcos, museos, fiestas y reuniones sociales en los palacetes de la aristocracia. La vio callada, escondiendo su rostro entre los abanicos escondiendo su tedio y su burla, escondiendo quien era ella, quizás siendo la única cínica real entre aquel mundo de cínicos impostados, la vio inteligente escuchando las conversaciones de todos, analizando de manera astuta cada palabra y gesto, todos ellos hablando de dinero y poder, mientras ella en la sombra manejaba la gran fortuna Swan, haciendo de ésta algo más grande día a día, conociendo las debilidades de cada uno siendo la mano que manejaba el gran banco diciendo desde la voz de su padre cuales eran los grandes negocios para invertir. La siguió en los jardines con su cámara fotográfica captando el mundo que la rodeaba, ella detallando los movimientos de las cosas, esa mujer vestida de oscuro o de blanco marfil para así ocultar el cuerpo de una mujer capaz de enloquecer a un hombre, de enloquecer al más lujurioso caballero de todo el reino. Lady Swan desde el silencio observando el mundo que la atrapaba. Por un momento fue a un segundo en especial, una noche en el teatro y se detuvo allí en aquel instante cuando el catalejo lo observaba mientras él introducía sus manos en las sedas de los vestidos de Tania, recordó el pensamiento que ésta le produjo «pobre mujercita virgen y frígida» ¡Dios! Con los ojos del conocimiento y de saber ahora quién era ella, Edward reconoció aquella mirada, y era la mirada de una mujer que lo devoraba y que le decía que si él dejaba que ella lo tocara, simplemente él sería un esclavo, esclavo de su piel y de su alma inteligente y fuerte.

Levantó su barbilla y caminó resuelto donde ella estaba, Isabella sintió la punzada de su mirada eléctrica y verde sobre ella y volteó lentamente como una hermosa figura de cera y vio su esposo caminar hacia ella, enterró sus uñas en su muslo derecho para obligarse no desmayar ante él, vestido impecablemente, dando a sus pasos un ritmo elegante con su bastón de cedro con punta de marfil, ambos se conectaron, todo alrededor se hizo pesado, la gente de la gran estación fue niebla, moviéndose despacio ajenas a aquellos dos seres cuyos corazones estaban ya latiendo a un mismo ritmo como dos perfectos relojes sincronizados al mismo tiempo.

— Madam — una leve inclinación de cabeza — no puede creer que voy a permitir dejar a mi esposa se vaya del lado de su marido en plena luna de miel — tomó su mano y entrelazaron sus manos cubiertas de sendos guantes, la boca de Edward besó la parte interna de la muñeca, haciéndole a ella aquella caricia que él había autenticado y hecho propia en la habitación, dos pequeños botones desanudados para dejar un mínimo de piel desnuda y allí posar la punta de su lengua y acariciar levemente.

Isabella tembló en su interior, sus ojos se entornaron con ganas de llorar, una pequeña alegría la invadió al ver como él se sentó a su lado sin soltar su mano.

— Parece que no puedo librarme, esposo.

¡Oh, serpiente! que no puede dejar de ser lo que es, tigresa y sus hermosas y enigmáticas rayas.

Sin embargo, él sonrió, no esperaba menos de su bruja amada, no esperaba una bienvenida de dulce esposa, sino la palabra sagaz y punzante que ponía sus motores en marcha, y su deseo a todo vapor.

— No — se acercó a su oreja — estamos encadenados princesa… irremediablemente.

El sonido de las grandes campanas que anunciaban la salida de los trenes hizo que la atmosfera lenta que lo envolvía se rompiera para hacerse frenética y apremiante. Con desgano ambos soltaron sus manos, Edward tomó la enorme valija de su esposa quien retando como siempre los convencionalismos no había viajado con una de sus sirvientas, levantó su mano de forma elegante y le dijo a un pequeño chico que ayudase a madame y a él con las maletas dándole a muchacho pecoso dos libras, cosa que hizo que éste saltara de emoción, por un segundo recordó al esposo de su hermana, Emmett, quien seguramente a esa edad sería un niño necesitado de alguien que le tendiese su mano.

Sonrió alegremente, vería a su adorada Rosalie, pero al instante se dio cuenta que no sabía si ella ya habría dado a luz, se sintió mal ante semejante indiferencia.

Isabella notó la alegría y después la tristeza, leyó aquellos gestos de mala manera y pensó que quizás éste estaba ya arrepentido de haber tomado la decisión de ir a Forksville.

— Si no deseas estar aquí, eres libre de irte.

Él que se fijaba en las carreras del chico con las maletas volteó hacia su mujer y su sonrisa torcida y sugerente resurgió en él de manera rotunda.

— No tengas esperanza, reina mía, yo iré donde tu vayas, tenemos muchas noches por delante, muchas batallas para encontrarnos y muchos corsé por desgarrar, te lo dije eres mía, y estoy en plena lucha por tu corazón — atrasó sus pasos y se paró frente a ella, aventajándola por más de veinte centímetros y viendo como la barbilla orgullosa de su mujer se levantaba ante él sin permitir que algún sentimiento se desbordara, pero él la tomó dulcemente llevando su rostro cerca de su boca — no me doy por vencido amor mío, tengo un trabajo con tu vientre y mi hijo espera por que el bastardo de su padre cumpla para traerlo al mundo — suspiró cerca de ella e Isabella tuvo que contenerse para no caer presa del vértigo — sólo pienso en mi hermana y en mi sobrino, quiero verlo, si es que éste ya ha nacido, estoy triste y decepcionado de mí, estar a tu lado muerto de celos y loco porque me vuelvas a amar me ha hecho un mal hermano y juré ante mi padre que Rosalie siempre estaría bajo mi protección — rozó levemente los labios de Isabella — ¿ves, mi preciosa amazona? Haces que me olvide de lo único bueno que he tenido tan sólo porque tu hermoso cuerpo y lo que me da hace que el maldito sátiro que vive en mí sólo quiera cosas malas con él, malas y deliciosas.

— No estoy embarazada, Edward — lo dijo guardando la amargura de que quizás a sus veintiocho años la maternidad ya no fuese para ella — otra decepción para Charles Swan, si no tengo ese hijo todo el contrato será inútil.

Un ceño fruncido y una maldición no dicha cruzaron por el gesto de Edward, empequeñeció sus ojos y gruñó por lo bajo.

— ¡Me importa un pito ese maldito contrato, bruja! ¡me importa un pito tu padre! ¡Me importa un pito que finjas que me odias! Yo voy a darte ese hijo, pero no para darle gusto al idiota cabrón de Charles Swan, sino porque no hay nada que desee más en este mundo ¡Yo. Voy. A. Darte. Ese. Hijo! — sentenció con la rudeza de peleador de la calle hollín — y lo voy a amar como un loco, como amo a su madre y por él daré mi sangre, soy un maldito semental princesa y soy joven y tú también, y te amo y no descansaré hasta que me creas, y no descansaré hasta que me respetes de nuevo y no descansaré hasta que me perdones mi amor, hasta que nos perdonemos ambos.

— Quiero perdonarte, Edward, quiero volver a creer en ti, pero en este momento no puedo.

— Lo harás, bruja, lo harás y cuando lo hagas mi amor, tendré que estar a la altura — cerca de su mejilla y emitiendo aquel calor intimo — y cuando eso pase, serás libre.

Deslizó su mano por la espalda y la alentó a seguir el paso del chico con algunas de las maletas. En el enorme y lujoso camarote del tren Isabella y Edward Cullen se aprestaban a estar casi cuatro horas de viaje hasta llegar a la villa y a la aldea de propiedad de la familia Swan-Kane. El tren comenzó su marcha y allí en un mes de matrimonio, ambos por primera vez vieron aquel lugar como territorio neutro, aunque Isabella no podía dejar de ver como su esposo la observaba con mirada de lobo hambriento y como éste sin vergüenza recorría uno a uno los botones de su vestido.

— ¿Algo especial en mi traje, míster Cullen?

Unos profundos ojos verdes se quedaron la atornillaron contra el asiento, mientras que una sonrisa desvergonzada anunciaba una respuesta.

— No madam, es que no me acostumbro a que esté vestida en mi presencia, debo decir que me disgusta tanta tela, desnuda te ves mejor mi amor.

La mujer alzó el velo de su sombrero, contestando a sus palabras con solícita deferencia y con gesto provocador.

— Puedo decir lo mismo, caballero.

— Me decepcionaría que no, bruja, debe gustarte verme desnudo, sino no habríamos hecho lo que hemos hecho, y delante de todo Londres.

Lo mano enguantada de Milady tapó su boca ── Alice le había comentado que toda la ciudad hablaban de varios de los escándalos variopintos de la pareja de esposos que estaban por la labor de escandalizar media ciudad con su comportamiento lujurioso… y nada silencioso ── y aunque todo eso le daba mucho morbo, ya no quería más. Suficiente había sido con el escándalo en las afueras del teatro de la Opera, cuando él la tomó salvajemente en las caballerizas tan sólo porque ella se encontró con Merchant y fue vestida con una vestido blanco que escasamente cubría sus piernas con una leve enagua. El rostro del cuidador de caballos con el candelero frente a ellos los iluminó mientras Edward le hacía el amor celosamente contra la pared, lo peor es que tras él, la cara de varias de las damas de la sociedad que gritaron escandalizadas antes aquel bochornoso incidente. Al día siguiente hablaban de como la «pobre lady Swan» estaba atrapada por ese animal que no temía a Dios y al sexto mandamiento.

── La está llevando al infierno… dijo Lady Catherine mientras bebía un copa de oporto.

── Pues yo quisiera que me arrastrara igual… dijo una joven viuda que suspiraba al recordar el rostro lascivo y pletórico de deseo de aquel demonio.

— No has sido un caballero, esposo — dijo lentamente mientras se quitaba su sombrero.

— No quieres que lo sea, Isabella, me obligas a quererte domesticar — alargó su hermoso cuerpo en la silla, recostando su espalda de manera perezosa y sensual, mientras que con la otra mano sacaba su reloj de oro y fingía indiferencia, cosa que no le funcionaba pues estaba con ella a solas y el vestido inusualmente recatado de cientos de botones le hacían querer despedazarlo con los dientes.

— No seré domesticada, Petruccio*, no eres tan divertido amor mío.

— ¡Aleluya, madam Cullen! Quiero sentir que estoy jugando contigo siempre, animas mi placer de tahúr.

Una pequeña risa cómplice se dio entre los dos, meses en que aquello no se daba y de un momento a otro aquel tren que los alejaba de casa daba espacio para eso.

— ¿Ya no estamos peleando, míster Cullen? — preguntó provocativa.

— ¿Por qué, bruja? ¿Extrañas nuestras peleas o sus muy divertidas consecuencias? — él se inclinó hacia ella guiñándole un ojo — sólo dilo y yo siempre estaré dispuesto a todo contigo, siempre porque te amo aún con lo ponzoñosa que puedes ser, creo que he llegado a amar tu veneno, algún día entenderás que quizás de esta manera lo que sentimos el uno por el otro se ha hecho más profundo.

Isabella calló, no contestó lo que él con su corazón en vilo ansiaba, decirle que lo amaba era aún su terquedad absurda por castigarlo.

A la media hora estaban ambos tratando de tener una conversación mientras que el servicio de la clase alta del tren servía el almuerzo. No era la gran mesa de la enorme casa en Londres que los separaba a metros de distancia, en ese momento eran tan sólo la pequeña mesa del camarote, donde podían respirarse e intentar tener una buena charla.

La conciencia de aquella intimidad llegó a los dos y por un segundo callaron.

— Odio cenar en aquella casa, la mesa es tan grande y cinco sirvientes mirándome, Isabella —tomó un poco de vino — me recuerda a mi padre y mi madre que al final no se hablaban, mientras que Rosalie y yo estábamos en medio.

Isabella ahogó un gemido, el rostro de su esposo volteó hacia la ventanilla donde se veía el paisaje repleto de verdes y flores.

— Al menos, tus padres estaban allí, los míos se odian de manera abierta — Edward volvió hacia ella y sonrió con aquella risa adorable de niño travieso — ¡Háblame de tu padre! siempre he escuchado que era un hombre maravilloso.

Edward tomó un poco de mousse de chocolate y se lo llevó a la boca en actitud abiertamente sensual, la mujer apretó sus músculos internos para no saltar sobre él como la gata que era.

— Quieres saber todo de mi ¿eh, bruja? ¿Qué me darás a cambio? — Isabella calló, sus labios hicieron un pequeño gesto de obstinación y levantó su ceja en signo de negación superficial — Si — levantó su mano confiadamente y el anillo de rubí brillo en el sol — no tengo porque pedirlo mi amor, yo lo tomo aunque me digas que no… aparentemente.

— ¡Idiota! — le lanzó una servilleta y el camarote estalló en una carcajada argentina musical y nada caballerosa. Sin embargo la risa murió y el cuerpo de Edward se enderezo ansiosamente

— Mi padre era el mejor hombre del mundo y yo tuve el honor de que él me amase a pesar de todo, a pesar de que mi madre decía que las demostraciones de cariño para con los hijos eran simplemente vulgares — Isabella escuchó las mismas palabras en boca de Charles Swan — Rose y yo tuvimos más cariño de nuestra nana que de Elizabeth Cullen, sin embargo estaba papá que llenaba todos los espacios de ternura que mi hermana y yo necesitábamos — en una ráfaga de segundo, tomó la mano de su esposa — nuestros hijos no sufrirán eso bruja ¡jamás! Lo haremos por lo que no nos dieron, prométemelo Isabella, no nanas, no nada, prométemelo.

Bella retiró su mano de manera intempestiva, decirle a él eso era abrir sus puertas y dejar caer sus flancos, corroborar su promesa era decirle que perdonaba el engaño. Edward no insistió más, estaba feliz porque por primera vez en su vida hablaría de la persona más importante que él había tenido, y por la cual estaba tratando de recuperar su honra, Carlisle Cullen quien nunca dejó de amarlo aún en esos momentos cuando su hijo calavera estaba dormido entre las piernas de dos putas en White Chapell.

—… un día me dije que sería como él, no sabía cómo, pero lo haré Isabella, yo haré que él sienta que no soy una decepción, me haré un hombre digno mi amor — sabiendo que su esposa, como todos los que lo conocían ponían en duda su empeño de ser un mejor hombre agregó — ahora no sólo tengo a un padre y una hermana para responder por mi dignidad, ahora tengo una esposa y pronto muchos niños hermosos — se acercó a ella, seleccionando un cigarro de su pitillera de oro — seré un hombre honrado querida — y en un gesto divertido y burlón, lo enciende — menos en tu cama bruja, allí no me pidas eso, menos en tu cama.

A las tres ya estaban cerca de su destino. Un muy dormido esposo recostado en el asiento de enfrente competía con la belleza de una tarde en el campo en Inglaterra. Isabella recorría la hermosa geografía de aquel hombre, se había quitado sus botas y aflojado su chaleco, su sueño era profundo, un leve ronquido salía de su garganta y una de sus manos estaba por debajo de su cabeza, mientras que el resto de su cuerpo estaba doblado, cosa que debía ser muy incómoda por el tamaño de aquel hombre. Se detuvo en su rostro que al dormir era tranquilo, la leve sombra de la barba delineaba su mentón haciéndolo más afilado y masculino, las pestañas que harían rabiar de envidia a una mujer se movían levemente ¿con quién sueñas Edward? Si él estuviese despierto y escuchase la pregunta, respondería: Contigo mi reina, siempre sueño contigo.

Una leve inquietud la trastornó ¿Dónde había estado la última semana? ¿Estaría donde Tania? ¿O donde otra de sus amantes? La duda acuchillaba su corazón. Durante cada noche en que él desaparecía ella vomitaba sus celos y rabia, y repasaba las horas anteriores donde intempestivamente la asaltaba para pelear, recordarle que él era su esposo, preguntar sobre sus amantes, y empuñar sus manos que golpeaban la pared y que al minuto estaban sobre ella poseyéndola como si el día siguiente se fuese a acabar el mundo.

Sus entrañas durante el último mes estaban ardiendo, llenas de fuego, reacomodándose para recibirlo como si él fuese un terremoto presto a derrumbarlo todo.

¡Oh sí! Y él lo hizo.

Derrumbó los últimos miedos y prejuicios en la princesa encantada, dejó se sentirse culpable por sus deseos oscuros, fue hasta ese hombre y lo tomó con violencia, se permitió ser una ramera total, le gritó en su oído, lo provocó con furia, lo llamo con su coño húmedo y lo devoró hueso a hueso, poro a poro. Una lágrima silenciosa se deslizó por su piel, y él no la había juzgado, sólo el bastardo impertérrito de su marido era el único llamado para comprender quien era ella.

La campanilla anunció la llegada a la estación, Isabella alargó su mano y despertó a su esposo quien volvió del sueño y despertó con una risa de niño. El gran coche los esperaba, dos de los sirvientes la esperaban a ella y a su esposo, ambos corrieron para ayudar a traer las grandes valijas, algo que Edward no había vislumbrado jamás, fue el recibimiento de todos los arrendatarios de la tierra Swan quien habían sido informados por el correo que la señora y su esposo arribaban al aldea. Una cantidad de mujeres, hombres y niños se acercaron hasta ella y se acercaron con respeto y alegría hacia su señora.

Un niño pelirrojo se acercó con un hermoso ramo de flores, mientras que otra de las niñas traía una canastilla llena de bollos hechos en la cocina comunal.

— Estamos muy felices que haya regresado Milady, todos queremos — habló una de las voceras del pueblo — que vaya el domingo a la iglesia para que así podamos hacerle el recibimiento que se merece, y a usted Milord — la mujer hizo una reverencia y Edward contestó como el caballero que no era pero que fingía serlo muy bien. Se acercó a la mujer quien vio como ese hombre hermoso plantaba un beso ceremonial y respetuoso en su mano — ¡Todos esperamos por ustedes! —prosiguió con un hilillo de voz, ella nunca en su vida y quizás nunca lo volvería a presenciar a un ser humano como ese.

Una bebé de escasos tres años se lanzó en los brazos de Isabella, la mujer gritó llena de gozo y estampó un beso en la pequeña que la abrazó con fuerza.

— ¡Vaya Evangeline! Que grande estás cariño, y me recuerdas ¿no es fantástico? Te traje un hermoso cinto de color rosa para ti — observó a la madre de la niña quien tímidamente estaba azorada por la soltura de la pequeña que no se despegaba del abrazo del ama.

— ¡Gigi! — la mujer la llamó.

— No se apure señora Tydale, me encanta que Gigi me recuerde y me reciba con los brazos abiertos, es más ansiaba volver para verlos a todos ustedes, y compartir algunos días, les aseguro que iré a cada una de sus casas y tomaré chocolate caliente con panecillos.

Todos estaban encantados. Edward por primera vez en su vida se sintió intimidado, no quitaba los ojos de encima de aquella mujer quien era su esposa, ella a la que todos los pobladores de la aldea respetaban y parecían amar. De nuevo Isabella Swan la desconocida para la gente en Londres y Charles Swan, sólo conocida por Eleazar y Alice se presentaba ante él.

Una mujer admirable. Y él quizás sólo una hormiga que parecía no merecía estar a su lado.

Por media hora y con toda la paciencia del mundo muchos de los pobladores pusieron sus quejas sobre tal o cual asunto, ella sentada de forma sencilla en una mesa que la costurera del pueblo habilitó para ella escuchó con paciencia lo que todos le decían.

¿Acaso no era labor de Emmett estar al tanto de todo? El esposo que se sentía fuera de lugar, dio un paso adelante y preguntó por su cuñado. Todos pestañearon, la voz de perfecta dicción vibró en la piel de todos y sobre todo en la de las mujeres, desde la más joven hasta la más vieja, pero en donde la voz parecía comenzar incendios era en la de la esposa que se abanicó con fuerza aduciendo calor y sabiendo que su marido se burlaba por lo bajo de aquella alza de temperatura.

— Míster McCarthy, Milord, ha estado muy ocupado, el embarazo de su esposa ha sido terrible, el bebé lleva casi una semana de retraso y todos tememos que pasará lo peor.

En menos de diez minutos el enorme y majestuoso carruaje corría por la pradera, el rostro de Edward estaba lívido, no, no podía perder a su hermana, su única familia, su sobrino, la amiga que había estado con él siempre, la que lo acompañó y le perdonó todo, la que nunca lo juzgó.

Se llevó sus manos por su rostro, tanto que prometió cuidarla y él la había abandonado a su suerte mientras que él estaba de juerga en juega, de cama en cama y de casino en casino.

— No te preocupes, Edward — Isabella se moría por tender su mano hacia su cabello rebelde — no pasará nada, tu hermana es una mujer muy fuerte, la señora Harper que está con ella ayudará a traer ese bebé al mundo y la señora Cole está poniendo un telegrama para traer al doctor de la otra aldea.

Como un loco desesperado el hombre toma las manos de su mujer, las besa con arrebato, tiene miedo y no teme hacerle saber a ella que él, que es un tunante, un cínico y hasta cierto punto un indiferente, frente a la muerte próxima de su hermana se siente terriblemente vulnerable.

— Es mi culpa, es mi maldita culpa, la he dejado sola siempre, siempre, mi padre no me lo perdonaría jamás ¿Estarás conmigo, Isabella? ¿Estarás conmigo?

Su vida estaba en sus manos, aquel hombre y su mirada angustiada y llena de culpa y dolor, él necesitaba saber que ella estaría allí, allí para bien o para mal, esposos… en la vida y en la muerte.

Allí el contrato infame moría, ahora, en ese lugar corriendo hacia la hermana y la amiga, daba la oportunidad para comenzar un nuevo momento, una nueva historia, quizás y si las cicatrices curaban… un matrimonio.

— Estaré contigo Edward, yo estoy contigo.

*Petruccio: Protagonista de la obra: La doma de la bravía de William Shakespeare.

Editado por Xbronte.

A todas las lectoras fantasmas y a las que dejan comentarios mil y mil gracias, no puedo contestar porque mi tiempo entre escribir una historia y otra es demasiado medido, aquí creo que voy terminando una época en esta historia para dar paso a un final planeado paso a paso, lo único que pregunto es ¿Cómo será un bastardo moreno frente al mar?

Antes de irme, me gustaría invitarlos a leer una historia de alguien misterioso que espero un día se deje ver, una historia magistral y potente:

Escalera de Caracol, escrita por FourteenSkulls vayan a ella y gocen con la pureza de la palabra que esta escritora, está en mis favoritos.