CAPÍTULO 35

Una vez que terminó el breve receso por Año Nuevo, los chicos volvieron a Tokio y todos retomaron sus rutinas cotidianas. El invierno fue particularmente crudo aquel Enero y, si no estaban en clases o entrenando, los chicos se la pasaban en el departamento de Kuroo y Bokuto, arropados bajo el kotatsu mientras estudiaban arduamente. A medida que pasaban los semestres los contenidos se iban tornando más pesados y todos se sentían bastante agobiados mientras preparaban trabajos, ponencias, investigaciones, etc. Bokuto en particular andaba atravesando fuerte crisis académica, aunque Kuroo se encargaba de ayudarlo a estudiar.

—Si descuidas los estudios perderás la beca deportiva y adiós jugar al volley con nosotros —le recordaba Kuroo cada vez que Bokuto quería rendirse con una cátedra.

—Es beca "deportiva" por algo —refunfuñaba el otro.— Soy bueno en los deportes, no estudiando.

Había fallado en la suficiente cantidad de exámenes y materias para que el entrenador del equipo de volley se viera obligado a apartarlo de las prácticas extras. Si Bokuto no remontaba su promedio, afectaría directamente a su beca y sus posibilidades en el equipo deportivo universitario. Su ánimo estaba, como era de esperarse, por los suelos.

—Siempre puedes renunciar a los estudios universitarios y dedicarte únicamente al volley de forma profesional —opinó Ushijima con pragmatismo.

Los demás pensaban igual, pero al mismo tiempo consideraban un desperdicio que Bokuto echara por la borda sus esfuerzos académicos de los últimos dos años.

—Es raro que tú no hayas tomado ese camino, Ushijima —comentó Daichi entonces, ahuecando las manos alrededor de su taza de té caliente.— Siempre creí que solo te dedicarías profesionalmente al volley.

—O que elegirías una carrera universitaria menos compleja —intervino Kuroo, también curioso—, para poder dedicarle más tiempo a los entrenamientos...

Medicina era una de las pocas carreras universitarias en Japón que requería de seis años de estudio, sin contar además las especialidades y post grados.

—Es un trato con mi familia —repuso Ushijima con simpleza.

Como Wakatoshi no era un tipo de muchas palabras, menos aún cuando se trataba de hablar sobre sí mismo, les costó un tanto sonsacarle información personal. Finalmente se enteraron que su familia materna, la que lo crió, era bastante tradicional y conservadora; esperaban que su heredo varón de mayor edad se convirtiera en un miembro altamente respetado en la comunidad, y no consideraban que un jugador de volley profesional diera el estatus necesario al círculo familiar. Había sido el padre de Wakatoshi, antes de marcharse, quien intercedió por el niño para que lo dejaran desarrollarse como deportista desde pequeño. Sin embargo, una vez terminada la preparatoria, su familia materna solo aceptó que continuara con su carrera deportiva si la compaginaba estudiando una muy buena carrera académica.

Ushijima les contó todo aquello sin parecer presionado ni preocupado, mientras escribía un informe en su cuaderno. Sus amigos quedaron un tanto impresionados ante la historia.

—Pero, pero... —balbuceó Bokuto.— ¡Eres genial en el volley, Ushibro! ¡Representas a Japón desde las inferiores! —abrió mucho los ojos, desconcertado.— ¿Por qué no apoyan más tu carrera deportiva?

Ushijima no apartó la mirada de su cuaderno para contestar.

—Solo quieren lo mejor.

Oikawa torció el gesto.

—Pero toman tus decisiones por ti, suena como si fueran tus dueños...

—Son mi familia —replicó Ushijima en tono inflexible; el bolígrafo rasgaba con fuerza el papel.

Los demás intercambiaron una mirada lúgubre y dejaron estar el tema. Entonces Bokuto recordó sus propios problemas académicos y comenzó a rodar por la sala hecho una bolita, mientras Kuroo lo regañaba.

Pero Bokuto no era el único atravesando frustraciones personales. Oikawa, por su parte, había comenzado a entrenar con el equipo de volley nuevamente; y a pesar de la buena recuperación de su rodilla, su rendimiento deportivo estaba lejos de ser bueno. Para colmo le ordenaron no tomar entrenamientos extras ni muy intensivos, así que reemprender el ritmo de su grupo le iba a llevar más tiempo del planeado.

Tooru trataba de no desanimarse al respecto, pero no podía evitar sentirse muy frustrado cuando su cuerpo no le respondía en plena forma durante las prácticas. Se sentía sumamente limitado.

—Lo ridículo es que mi rodilla ya está bien, según el médico —le contaba a Iwaizumi en una de sus llamada nocturnas.— Pero simplemente no salto como antes... —lanzó un bufido hastiado.

—Quizá es algo psicológico por la lesión —opinó Hajime.

—¿Me estás tratando de trastornado?

—Siempre has sido un trastornado por el volley —se rió un poco cuando lo escuchó lanzar otro bufido.— Pero esta vez me refiero a que tu mente te limita por miedo.

—No soy miedoso.

—No, pero te advirtieron que otra lesión así acabaría con tu carrera deportiva —le recordó en tono muy serio, contenido.— Quizá inconscientemente te retienes por eso.

—Mmh, puede ser, no sé... —suspiró, cansado.

No solo las prácticas eran agotadoras, de golpe los estudios le absorbían todo el tiempo y la energía que le quedaban, como al resto. Se sentía como si el día no tuviese las suficientes horas para hacer todo lo necesario.

—Solo no te presiones innecesariamente, idiota —le sugirió Hajime.— Eres bueno en lo que haces, solo necesitas tiempo para retomar el ritmo —sonaba un tanto preocupado, aunque trataba de disimularlo con su tono seco de siempre. Sabía que una de las mayores cualidades de Oikawa era su fortaleza mental, su capacidad de resiliencia; pero también sabía cuán seguido esa fortaleza se hacía añicos sin que nadie más se enterara, y que el tiempo que le llevaba restablecerla era más prolongado de lo que el resto creería.

—Tranquilo, no haré tonterías —aseguró Toor, sonriendo para sí mismo.— Pero basta de mis temas deprimentes, cuéntame algo tú —se escucharon unos ladridos lejanos al otro lado de la línea.— ¿Cómo está ese perro del demonio?

Fue el turno de Iwaizumi de largar un resoplido.

—Está endemoniadamente gay.

—¿Eh?

Entonces Hajime le contó que el tío de un compañero suyo criaba perros de la misma raza que Wasabi y, ya que el cachorro había alcanzado la edad de los primeros celos, le había propuesto cruzarlo con una de sus perras jóvenes. Hasta allí todo normal. Lo que no resultó tan normal fue la reacción de Wasabi: pasó olímpicamente de la hembra que le presentaron, y de todas las demás también.

—Tal vez es muy joven aún y no sabe qué tiene que hacer —repuso Oikawa tras largar una risa.

—Y una mierda, es porque anda prendado del perro de la esquina.

—¿De Rocky Tercero?

El vecino de toda la vida, que vivía en la esquina de la cuadra de ambos, era un señor huraño cuya única compañía siempre fue su perro, Rocky, usualmente tan huraño como él. Cuando el can murió se consiguió otro, y así hasta llegar al tercero. El perro era mediano tirando a pequeño, de pelaje oscuro e hirsuto, tranquilo y fiel pero de mal genio con los otros perros, sobre todo con los hiperactivos. Y Wasabi lo era. Hiperactivo, juguetón, demandante, alegre, pesado. No obstante, de alguna extraña forma habían congeniado y ahora, cuando Wasabi no aparecía, Iwaizumi tenía que ir a arrancarlo de la casa del vecino.

—Y para colmo tengo que soportar las quejas de ese viejo insufrible cada vez que voy —rezongó Hajime.— Anda indignado porque su perro es "violado" por otro perro macho.

—¡Bien, Wasabi, ese es mi hijo! —exclamó Tooru en tono aprobatorio.— ¡Tomando la iniciativa como su Padre Número Dos, muy bien!

—Compadezco tanto al pobre Rocky Tercero...

Siguieron hablando de tonterías cotidianas durante unos minutos más y se despidieron. Tooru se quedó echado en la cama un rato, masajeándose distraídamente la pierna lastimada mientras miraba el techo, pensativo.

"Tu mente te limita por miedo."

Usualmente Tooru no se consideraba alguien temeroso, si no al contrario. Sin embargo, aquella idea ahora no sonaba tan descabellada...

Pero fuese por la razón que fuera, Tooru siguió sin poder retomar su ritmo deportivo habitual. Enero le dio paso a Febrero y en el equipo universitario Shirabu continuó como armador titular, en tanto en el equipo nacional Oikawa perdió cualquier oportunidad de conseguir la titularidad durante aquel período. Trató de sofocar en silencio la impotencia y la frustración que sentía, concentrándose en los estudios que se le acumulaban como montañas.

Kenma y Akaashi también estaban bastante atareados, y por lo mismo debían espaciar más sus visitas al departamento de los chicos. En una de esas oportunidades en que todos volvieron a coincidir reunidos, Oikawa se las ingenió para que Shirabu también se les uniera, y entonces Kuroo y Ushijima encontraron un nuevo entretenimiento.

—¿Ahora qué hacen? —preguntó Daichi, llegando con las bolsas de la cena de aquella noche.

Kuroo y Ushijima estaban arrodillados uno frente al otro y delante de cada uno tenían sentados a Kenma y Shirabu, respectivamente, que se miraban cara a cara con gesto inexpresivo.

—Te digo que gana Kenma —decía Kuroo con total seguridad, abrazando al chico en cuestión desde atrás y apretujándole las mejillas.

—No, definitivamente gana Shirabu —lo contradijo Ushijima, haciendo lo propio con el rostro de Kenjiro, mientras el chico permanecía impasible pero se le iban subiendo los colores.

—Veo que están otra vez con la "Guerra de Mejillas de Setter" —se auto respondió Daichi al tiempo que Akaashi lo ayudaba a sacar las cajas de comida de las bolsas.

—Desafortunadamente —asintió Keiji en un murmullo; tenía el rostro colorado de tanto apretuje. Oikawa también, y por eso se mantenía silencioso y enfurruñado sobre su cojín.

—Es una competencia absurda —comentó Daichi. Akaashi asintió, mientras que Kenma y Shirabu no podían moverse para mostrarse de acuerdo. Los demás lo denegaron.— Es decir, es absurda porque ya está ganada de antemano.

—¿De qué hablas? —quiso saber Oikawa, masajeándose los pómulos.

—Las mejillas de setter de Suga son mejores que las de todos ustedes —afirmó Daichi sonriendo con confianza.

Los demás no podían confirmar ni denegar aquello, así que pospusieron el dictamen final hasta la próxima vez que vieran a Koushi en persona. Cenaron mientras charlaban tonterías como siempre, distendiéndose de los estudios de aquel día. Shirabu había sido una extraña y provechosa adquisición para su sesión de estudio grupal, porque el muchacho era increíblemente aplicado y eficiente con las tareas y trabajos. A pesar de su humor cortante y hasta distante, sus pocas indicaciones sobre matemáticas (en tono no muy amistoso) lograron calar en el cerebro liso de Bokuto. Kotaro era hijo del rigor, y Shirabu no le tenía ninguna estima especial que aplacara su rigurosidad hacia él. Akaashi acababa de encontrar un nuevo aliado.

Al día siguiente tuvieron práctica matutina bien temprano. Luego del entrenamiento el equipo entero se hallaba en los vestuarios, todos terminando de bañarse y vestirse para asistir a las primeras clases de la mañana. El ambiente estaba animado, las charlas y las risas sonaban fuerte, sobre todo porque se había filtrado la tontería de los chicos sobre las "mejillas de setter", y ahora todos los miembros del equipo se molestaban unos a otros pellizcándose las caras con fuerza; la mitad de los presentes tenían fuertes marcas rojas en la cara.

—Pero es cierta la teoría sobre las mejillas mullidas de setter —comentó uno de los senpai, sonriendo ante el gesto hastiado de los dos armadores suplentes, ambos con las mejillas enrojecidas.

Shirabu había sido el único setter indemne, pues había alejado a los demás con su nada sutil mirada de odio intenso en cuanto se acercaban a su rostro.

—Oh, vamos, Shirabu, no seas así —le decía uno de ellos, revolviéndole el pelo húmedo.— ¡Déjanos probar!

—No, es muy temprano para soportar sus idioteces, no estoy de humor.

—Nunca lo estás…

—Y no me toques —siseó apartando la cabeza para que dejara de desordenarle el cabello.

—Eres tan estricto, Shirabu —sonrió otro compañero ubicándose a su otro costado.— Pero ya que no nos dejas tocar tus mejillas… ¡a ver qué tan suaves tienes los otros cachetes! —la mayoría se puso a reír cuando los dos compañeros trataron de quitarle la toalla de la cintura a Kenjiro, uno de ellos incluso le dio una palmada en el trasero.

Shirabu no se mostró muy afectado al respecto; solo los observó con resentimiento mientras se sostenía la toalla y abría la boca para soltarles una retahíla de sus insultos habituales, mientras el resto reía y hacía chistes...

Un fuerte ruido metálico retumbó en el vestuario, sobresaltando a todos. Se hizo un súbito silencio entre los presentes mientras el sonido reverberaba a través del lugar. Todos los ojos se habían posado sobre Ushijima, que acababa de cerrar su casillero violentamente; todo su cuerpo parecía desprender un aura de tensión a penas contenida.

—Se hace tarde para ir a clases —fue todo lo que dijo; sin embargo, en lugar de salir del vestuario ya que él estaba listo, se sentó en la banca con los brazos cruzados y una expresión tan insondable que no invitaba ni a cruzarse con su mirada.

Tras una pausa desconcertada el resto volvió a moverse y las charlas se reanudaron, aunque más calmadas.

—¿Oya? —murmuró Kuroo con una sonrisa ladeada mientras se ajustaba el cinto del pantalón.

—¿Oya, oya? —repitió Bokuto automáticamente, aunque él no había entendido la tensión del momento.

Oya, de hecho —musitó Oikawa mientras le enviaba a Miyuki el video en el que acababa de capturar los últimos acontecimientos.— Lo titularé: "Cuando la Vaca casi se nos transforma en Toro y se arma la de San Fermín".

Daichi solo sacudió la cabeza, tratando de contener una sonrisa.

—¿Qué es San Fermentado? —preguntó Bokuto entonces, al tiempo que terminaba de peinarse.

—"San Fermín", sordo —lo corrigió Tooru, inclinándose para ponerse los zapatos.— Una celebración española en la que hay corrida de toros por la calle... En serio, deberías leer más sobre el mundo.

—¡Suena entretenido! ¿Vayamos algún día?

Aquel día había otro entrenamiento extra en la tarde, pero Bokuto y Oikawa no podían asistir, cada uno por razones que los frustraban mucho pero que no podían modificar en lo inmediato. Se quedaron en la biblioteca de la universidad estudiando y adelantando trabajos mientras esperaban por el resto. Finalmente solo apareció Kuroo, pues Daichi había partido de la práctica directo hacia su trabajo de medio tiempo, y Ushijima aún permanecía en el gimnasio practicando, con el permiso del entrenador.

—¿Nunca se le agota la energía a ese tipo? —murmuró Oikawa mientras los tres emprendían la marcha de regreso a su complejo de apartamentos.

Afuera ya estaba oscuro y el frío los hacía encogerse bajo sus abrigos y bufandas. En el camino pasaron por la zona de los gimnasios, donde había uno solo con las luces encendidas, y se asomaron a espiar un poco. Ushijima practicaba remates como una máquina, mientras Shirabu le daba los pases necesarios. Por momentos se detenían para compartir algunas ideas sobre las técnicas que usaban, y luego reanudaban.

—Parece que todo va bien entre ellos —comentó Kuroo por lo bajo.

—Sus citas son entrenamientos —dijo Oikawa a su vez, fastidiado.— ¿Por qué no me extraña de Ushiwaka? —rodó los ojos y se dio la vuelta para retomar la caminata.

—Pues Shirabu no parece muy descontento al respecto...

—¿Acaso no has visto cómo lo mira? No estaría descontento aunque sus citas fueran visitas guiadas a un asilo de ancianos... ¿Bokuto?

El chico en cuestión de había quedado rezagado, aún pegado a la puerta del gimnasio, viendo a los otros dos practicar.

—Quiero jugar volley... —lloriqueaba Bokuto.

Kuroo volvió sobre sus pasos y lo agarró de la oreja para arrastrarlo a su casa.

—Si quieres eso, aprueba los siguientes exámenes, búho idiota —lo reprendió en tono severo. Los tres se alejaron y Bokuto fue refunfuñando todo el trayecto.

Dentro del gimnasio Ushijima y Shirabu continuaron practicando otra media hora. Luego se pusieron a ordenar el lugar antes de ir a ducharse, ambos silenciosos, en parte por el agotamiento del día y en parte porque cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos. De allí partieron hacia los dormitorios.

—¿No te quedas esta noche? —preguntó Wakatoshi cuando se detuvo ante la puerta de su habitación.

Shirabu había avanzado unos pasos más en dirección a las escaleras, pues su cuarto compartido estaba en otro piso.

—Todavía tengo que leer unos textos para mañana, no quiero molestarte —respondió paseando la vista por el pasillo.

A esas horas ya había poca actividad, pero siempre había alguien que salía o entraba de su cuarto para ir al baño o por un bocadillo nocturno. Ushijima y Shirabu no ponían un especial empeño en esconder lo suyo del resto del mundo, ciertamente las opiniones ajenas de desconocidos no era algo que ninguno de los dos valorara para nada, pero tampoco hacían un gran show de su relación; trataban de mantener lo suyo como algo íntimo y privado (salvo por las intervenciones de Oikawa y compañía, pero esas eran perdonables).

—Sabes que no me molestas —replicó Ushijima, tendiendo una mano en su dirección para que se acercara.

Después de su primer encuentro íntimo durante las vacaciones de invierno habían repetido la proeza siempre que se les presentaba la ocasión. No obstante, una vez que los entrenamientos se pusieron más intensos y los estudios aumentaron, no contaban ya ni con el tiempo ni con la energía suficiente para escabullirse por los rincones siempre que se les antojara. Sin embargo, a Ushijima le gustaba que Shirabu durmiera en su cuarto aunque no fuesen a tener relaciones íntimas. Así Shirabu prácticamente no había usado su propia habitación para dormir desde que regresaron a Tokio.

Kenjiro había descubierto que Wakatoshi en una relación era de los que buscaban el contacto físico constantemente; siempre que podía lo abrazaba, lo tomaba de la mano, le acariciaba una mejilla o le pasaba los dedos por el cabello. Donde quiera que estuviesen juntos, el espacio personal de Shirabu era invadido por el imponente cuerpo de su compañero. No tenía ninguna queja al respecto, por supuesto, pero muchas veces le costaba convencerse de que aquello era real y no una de las tantas fantasías que había tenido a lo largo de los últimos años.

De pronto Ushijima era solo para él. El Ushijima real, el íntimo, ese que los demás no conocían; ese que puertas adentro era como un animal enorme y mimoso, que le gustaba que le acariciaran el cabello hasta quedarse dormido, que no perdía oportunidad para un beso o un abrazo; ese que cada mañana se despertaba con un gesto increíblemente serio y desorientado, pero en seguida le sonreía con calidez al encontrarlo a su lado. Ese Ushijima que Shirabu había estado observando durante los últimos cuatro años, intuyendo lo que se escondía debajo de aquellas gruesas capas de seriedad y estoica concentración.

Por fin Shirabu aceptó la mano que le tendía Ushijima y entró con él a su cuarto.

—Debería ir a buscar mi ropa para dormir —dijo Kenjiro.

—No hace falta, puedes usar algo mío —repuso Wakatoshi mientras se despojaba de sus propias prendas, pues dormía solo en ropa interior aún en invierno.

Cuando por fin de metieron en la cama (Shirabu usando una camiseta y unos pantalones enormes para su talla), Ushijima se acomodó para dormir pasándole un brazo por encima, mientras el otro chico aún estaba sentado, con la espalda apoyada sobre la cabecera de la cama y los textos que debía leer sobre la falda.

—¿Estás seguro que la luz encendida no te molestará? —quiso saber Shirabu.

Por toda respuesta, Ushijima se pegó más a su costado y apretó el brazo en torno a su cintura, con los ojos cerrados; a los pocos segundos respiraba profundamente. Shirabu leyó durante un rato, pero finalmente se dio por vencido y dejó los textos en la mesita de noche para, en cambio, dedicarse a observar el rostro durmiente de Ushijima.

Así permaneció durante unos largos momentos, contemplándolo en silencio mientras le pasaba la mano con suavidad por el cabello, tratando de perderse en aquel instante en que el mundo entero parecía solo compuesto por ellos dos. Lo único que rompía la calma de la habitación era el segundero del reloj marcando el paso de las horas, mientras Shirabu deseaba que las manecillas comenzaran a moverse a la inversa y se detuviera el avance del tiempo; aquel avance inexorable que iba sumando y restando a la vez los momentos mas preciosos que debería atesorar en el futuro, cuando el segundero siguiera avanzando sin prisa pero sin pausa, y su tiempo juntos por fin se hubiese acabado…

La mañana siguiente amaneció tan fría como las anteriores. Ushijima fue el primero en despertar y esta vez fue su turno de observar a Shirabu dormir pacíficamente contra su pecho, con la boca entreabierta como siempre dormía. Wakatoshi acercó su rostro al del chico, sintiendo en su piel la cálida respiración que se escapaba entre los labios de Kenjiro. Le acarició una mejilla mientras comenzaban a oírse los ruidos del resto del mundo poniéndose en actividad matutina, indicando que era hora de comenzar el día. Pero no le importó. En aquella helada mañana, en el pequeño espacio de aquel cuarto individual que solo tenía ventana empañada por el frío exterior, el mundo se reducía a ellos dos.

Shirabu abrió los ojos, despertando con gesto relajado. Ushijima le sonrió y lo abrazó con fuerza, buscando su boca. Y entonces el mundo de dos se fundió en uno solo. Aquella fue la primera y última vez que ambos faltaron a clases durante todo el día.

Por la noche Ushijima se reunió con sus amigos, como siempre, en el departamento de Kuroo y Bokuto. Estudiaron, comieron, Oikawa casi lo ahorca después de perder contra él jugando al "Circus Charlie" (puesto que Kuroo había desempolvado su viejo Nintendo NES), y finalmente se pusieron a charlar de todo y de nada, como usualmente hacían.

—Tengo algo que contarles —anunció Ushijima de golpe.

Una frase así dicha por él era tan poco habitual, que los otros cuatro chicos enmudecieron al instante. Como Wakatoshi se demoró en volver a hablar, Bokuto se le adelantó.

—¿Acaso embarazaste a Shirabu? —preguntó con los ojos como platos.

—Y sigues con el tema —Kuroo puso los ojos en blanco y le dio un coscorrón.

—No, no es eso —respondió Ushijima muy serio.— Yo voy a…

—¿Ir a Shiratorizawa? —aventuró Oikawa tratando de componer un tono de voz grave como el de Wakatoshi.

—No, ya fui allí.

—No me digas —ironizó Tooru y le lanzó un bollo de papel por la cabeza.

Daichi hizo una mueca.

—¿Qué querías contarnos, Ushijima? —lo alentó con expresión amable.

—Pues que yo voy a…

—¿Retomar tu antigua relación amorosa con la pelota? —intercedió Kuroo y Daichi lo miró mal.— ¿Qué? Todos los interrumpían, yo solo quería ser popular.

Sawamura les dirigió una dura y reprobatoria mirada a los tres para que se estuvieran callados, antes de fijar la vista en Wakatoshi una vez más, indicándole con un gesto que ya podía proseguir.

—Me voy a Estados Unidos —dijo Ushijima por fin.

Hubo un silencio momentáneo mientras los demás procesaban la información.

—¡¿Qué?!

—¡¿Cómo?!

—¡¿Cuándo?!

—¡¿Adónde?!

—¡Ya dijo que a Estados Unidos, Bokuto!

—Ah, cierto.

Durante los próximos diez minutos lo llenaron de preguntas, dudas, felicitaciones y manotazos en la espalda (Oikawa le dio con un matamoscas). Ushijima les contó que durante esos días en Miyagi, a inicios de Enero, se encontró con su padre, quien actualmente vivía en Norteamérica y donde trabajaba como asistente deportivo en el club de volley de una prestigiosa Universidad. Le propuso la posibilidad de trasladarse allá, le habló de todas las ventajas, los detalles, las oportunidades deportivas; incluso había convencido a la familia materna de su hijo para que no se opusieran, puesto que el muchacho podría continuar su carrera médica en una importante institución extranjera. Por supuesto que Wakatoshi aceptó y lo siguiente fue hacer todos los trámites y postulaciones que debían ser aprobadas en Estados Unidos. Su padre había vuelto a Norteamérica pocos días después, y hacía un día le había llegado a Ushijima la carta con la aprobación de su solicitud.

A pesar de su habitual máscara de seriedad, a Ushijima le estaba costando esconder la emoción que sentía ante ese nuevo mundo que se abría ante él, reclutado ni más ni menos que por su propio padre.

—¡Esto hay que festejarlo! —exclamó Daichi entonces.

—¡Vamos por alcohol! —propuso Kuroo.

—Todavía somos todos menores de edad.

—Cierto…

—¡Traeré el jugo de uva! —dijo Oikawa saliendo en dirección a su departamento, de donde regresó a los pocos minutos cargando la media docena de botellas que aún le quedaban.

Finalmente festejaron con jugo de uva vencido y porciones de pizza fría. Más tarde, cuando los ánimos estaban más calmados y Bokuto roncaba enroscado bajo el kotatsu, Oikawa inquirió:

—¿Shirabu ya sabe de esto?

Ushijima asintió.

—Estaba conmigo el día que me encontré con mi padre —explicó, imperturbable.

Y el día anterior también había estado con él cuando, a primera hora de la mañana y antes de salir juntos hacia el entrenamiento, Ushijima había recibido la carta en la recepción de los dormitorios universitarios. Shirabu también lo había felicitado y le había dedicado la más genuina de sus sonrisas; esa sonrisa que nunca prodigaba a nadie salvo a él, la más sincera, la más cariñosa. Y la más triste de todas.

Aunque Daichi parecía un poco incómodo con el giro de la conversación y Kuroo se mantenía al margen pero atento, Oikawa preguntó a quemarropa:

—¿Pretenden seguir con lo suyo a distancia?

Pero Ushijima no respondió nada. Se sumieron en un pesado silencio, que de golpe fue interrumpido por los gritos de Bokuto al despertar de una pesadilla en que unas cucarachas mutantes se comían todos los balones de volley del mundo y por eso él no podía jugar nunca más.

El tiempo comenzó a avanzar rápido, o tal vez era solo la percepción de los chicos al estar tapados de tareas, trabajos y entrenamientos. San Valentín llegó sin que ninguno de ellos se diera cuenta ni hicieran ningún preparativo al respecto. Salvo Oikawa y Daichi, víctimas de una relación a distancia, los demás podían al menos pasar el día con sus respectivas parejas, por muy ocupados que estuviesen. No obstante, por la tarde Daichi los convocó a reunirse en el departamento de los chicos, pues tenía algo que entregarles.

Mientras esperaban que Sawamura terminara con su turno del trabajo y se reuniera con ellos, Oikawa le daba las quejas a Shirabu.

—Tu vaca sigue siendo estúpida y despiadada —le decía en tono ofendido.— ¡Mira que irse del maldito país justo cuando Tobio-chan empieza la universidad! —cerró un puño con rabia.

—Ah, ese —replicó Shirabu en tono seco.

—Lo sé, también lo odias.

—Ni tanto, solo es irritante en la cancha.

—Lo que sea, es un kohai irritante, tú me entiendes

—Lamentablemente, sí —asintió Shirabu, rememorando a Goshiki.

—Y ahora la vaca rematadora nos abandona justo cuando debíamos aplastar a mi tierno e insufrible kohai…

—¡Yo puedo ayudarlos a aplastarlo! —se ofreció Bokuto alegremente.

Oikawa y Shirabu le dirigieron una mirada sarcástica.

—Tú no aplastas ni una cucaracha —replicó Tooru.— Y es literal.

—¡Pero en la cancha sí lo hago!

—Primero debes evitar perder la titularidad —le recordó Shirabu, señalándole el cuaderno en el que le ayudaba con matemáticas. Kenjiro no era un alma caritativa que iba por la vida socorriendo al resto, no. Pero la baja de Bokuto sería fatal para el equipo de volley así que, por motivos absolutamente pragmáticos, se tomó muy en serio el ayudarlo a sacar mejores notas.

Daichi llegó un rato después, al mismo tiempo que Kenma y Akaashi, que se quedarían allí a pasar la noche después de varias semanas que no lo hacían.

—La abuela Kameo nos envió regalo de San Valentín a los cinco —anunció Daichi cuando por fin tomó su lugar junto a la mesa.

Sacó los paquetes de su bolso y les fue pasando uno a cada uno. Eran chocolates caseros, por supuesto, cada uno con la forma de los peluches tejidos que el año anterior le habían regalado a la anciana por aquella misma época. Iban acompañados por pequeñas notas de agradecimiento y buenos deseos y, en el caso de Daichi, también venía una foto dentro del envoltorio. La sacó para observarla y se encontró mirando a Suga en su uniforme de la escuela media, sonriendo ampliamente a la cámara mientras sostenía su diploma de graduación. En la parte trasera de la fotografía había escritas unas palabras en letra pulcra y estilizada:

"Querido, lo siento por robarte un San Valentín junto a Koushi otro año más. ¿Ya habías visto esta foto? Fue sacada poco antes de que mi nieto entrara a la preparatoria y ustedes por fin se conocieran. ¿Verdad que sonríe hermoso? En esa época pensaba que mi nieto tenía la sonrisa más bonita que podía haber, toda luminosa y adorable, y que esta foto había capturado lo mejor de su esencia. Pero como estoy vieja y chocha, me equivoqué. La más bonita de sus sonrisas la obtuvo cuando te conoció a ti. Desde entonces no la ha perdido y espero que dure así por mucho tiempo. Por lo tanto, gracias por regalarme el nieto más feliz que una abuela pueda tener."

Los demás estaban entretenidos sacándole fotos a sus chocolates y comparando a quien le había tocado la figura más grande, por lo que no repararon en Daichi, que se puso de pie en cuanto terminó de leer aquella dedicatoria y salió al pasillo para llamar a Suga.

—¿Harán algo en especial hoy? —le preguntó Oikawa a los demás, tratando de no sonar demasiado envidioso.

—Dormir, por favor —repuso Kenma, que se veía bastante ojeroso. La vida académica también le estaba pasando facturas a él.

—No, si puedo evitarlo —ronroneó Kuroo mientras le pasaba un dedo por la nuca.

—Dejen de comer delante de los muertos de hambre —refunfuñó Tooru con el ceño fruncido.

—¡Nosotros iremos a comer a un lugar genial! —dijo Bokuto señalándose a sí mismo y a Keiji.

—Es solo un restaurante nuevo de carnes extranjeras, Bokuto-san.

—Nunca se usa el "solo" y "carne" en la misma frase, Akaashi, deberías saberlo.

—¿Y ustedes? —indagó Tooru en dirección a Shirabu y Ushijima. Ambos chicos intercambiaron una breve mirada.— Déjenme adivinar… ¿jugarán al volley?

—Sí…

Sin embargo, lejos se mantuvieron de los gimnasios de entrenamiento, y del mundo en general. Una vez más se encerraron en la habitación de Ushijima y no salieron hasta que les llegó el día siguiente. No les quedaba mucho tiempo juntos, cada momento contaba como uno más y uno menos al mismo tiempo, por lo que iban robándole instantes al tiempo.

A medida que avanzó Febrero Ushijima estuvo cada vez más ocupado y cansado puesto que, además de los exámenes universitarios, debía preparar también un sinfín de papeles y trámites para su inminente viaje. Por fin llegó Marzo y tuvieron algunas semanas de descaso para regresar a sus hogares antes de reanudar el siguiente ciclo lectivo. Una vez en Miyagi, Ushijima y Shirabu casi no tuvieron oportunidad de volver a encontrarse hasta el último día, cuando sus ex-compañeros de Shiratorizawa le habían preparado una fiesta de despedida a Wakatoshi.

Shirabu iba caminando solo hacia el local donde se celebraría la reunión. Las últimas semanas habían sido un tanto extrañas, yendo y viniendo sin tener la imponente figura de Ushijima a su lado allí donde fuese. Resultaba curioso cómo una persona se acostumbraba rápidamente a las cosas que la hacían feliz. Durante cuatro años Shirabu había vivido sin la constante presencia de Ushijima a su lado, sin la seguridad de que llegaría la noche y lo recibiría en sus brazos, sin la certeza de que sus sentimientos eran correspondidos. Había vivido de fantasías, de anhelos, de deseos no cumplidos. Y ahora, en apenas cuatro meses, se había acostumbrado a todo eso como un hecho, como una realidad que vivía día a día con sensación de feliz irrealidad. Sin embargo, en tres días más volvería a las fantasías, a los anhelos, a los deseos no cumplidos. Y no solo por la distancia, si no porque lo suyo estaba condenado al fracaso desde el inicio.

Shirabu no era alguien derrotista ni se dejaba deprimir fácilmente, no eran pensamientos pesimistas lo que lo llevaban a aquella conclusión. No, era algo más. Algo que siempre estuvo ahí. Algo que, en su fascinación de años por Ushijima y en su deslumbrado y feliz estupor al ser reciprocado, no había notado. No tenían permitido llegar a ser nada. No tenían permitido que una relación como la suya trascendiera en el tiempo para permanecer juntos el tiempo que sea que duraran sus sentimientos por el otro. No importaba que Shirabu supiera con certeza que sus propios sentimientos se prolongarían hasta el último de sus suspiros, no. Ushijima no era solo él. Era él… y su familia. Una familia que ya tenía trazados los planes futuros de su heredero mayor, y a los que Ushijima no parecía negarse en lo absoluto.

Shirabu cayó en la cuenta de ello cuando se encontraron con el padre de Wakatoshi aquella tarde de Enero en Miyagi. El hombre era muy parecido a su hijo, pero tenía la expresión más relajada, la sonrisa más fácil, la postura menos rígida. Por lo que entendió Shirabu, aquella oportunidad en el extranjero era la última opción de absoluta pero momentánea libertad que le podía ofrecer a su hijo, haciendo muchas concesiones con la familia materna para conseguirlo.

—¿Cuántas señoritas con el corazón partido dejarás atrás cuando te vayas al extranjero, Wakatoshi? —bromeó su padre cuando estaban por despedirse, saliendo del café donde se reunieron casi por sorpresa.

—Ninguna.

—Oh, vamos, no seas modesto —el hombre miró a Shirabu y le sonrió.— Eres su amigo, dime tú cuántas.

—Bastantes, señor, aunque él no lo note.

—Es algo bastante típico de mi muchacho —le dio unas palmadas en la espalda a Ushijima.— Deberías aprovechar a tener una novia o dos, hijo —hizo una mueca.— Ya sabes que cuando te gradúes tu madre empezará con las citas concertadas y esas cosas, no dejará que su flamante médico permanezca soltero mucho tiempo —sacudió la cabeza y siguió hablando de cosas intrascendentes con su hijo hasta que se separaron.

Hasta ese momento Shirabu no había tenido para nada en cuenta el factor de la familia de Ushijima. Había sido muy poco precavido al analizar la situación, cosa que nunca le sucedía, pero suponía que el exceso de sentimientos le había nublado el buen juicio. Lo suyo con Ushijima recién empezaba, no había garantías de que perdurara; pero, de haberlo hecho, eso acarrearía un montón de inconvenientes para Wakatoshi, más que para él mismo. Y lo último de lo último que quería ser, era un obstáculo en la vida deportiva, académica y familiar de Ushijima. Por eso su lado racional lo consolaba argumentando que este final abrupto era la mejor solución. Habían vivido su idilio durante unos maravillosos meses robados al tiempo y a la implacable realidad. Pero era hora de despertar de aquel sueño de invierno.

De vuelta en el presente, Shirabu por fin llegó frente a local donde estaba reunidos sus ex-compañeros de Shiratorizawa; adentro ya lo esperaban todos. Ushijima estaba sentado entre Tendo y Reon, escuchando las anécdotas que le contaban, asintiendo cada vez que el resto reía. Shirabu terminó sentado entre Goshiki (para su desgracia) y Kawanishi. No le hizo ni pizca de gracia enterarse que Tsutomu se había inscrito en la misma universidad que ellos en Tokio.

—Ahora que Ushijima-san se va, ¡volveré a ser el As que necesitas en tu equipo, Shirabu-san!

—No recuerdo haberte necesitado jamás como As de mi equipo.

—¡Oh, vamos, si juntos llegamos a las nacionales cuando estuviste en tercero!

—No fuimos solo tú y yo a las nacionales, cabeza de bowl lustrado, fue todo el equipo.

Al otro lado de la mesa Ushijima escuchaba con atención algo que le estaba contando Tendo con gestos grandilocuentes, pero sus ojos se desviaban de ratos hacia el sitio ubicado por Shirabu. Comieron, bebieron, brindaron y cantaron, y algunos se fueron antes de que se hiciera demasiado tarde, sobre todo los más jóvenes.

—Así que el Chico Milagroso por fin concedió el milagro —comentó Tendou cuando habían quedado solo él, Semi, Ushijima y Shirabu.

—Sí, es genial que vayas a jugar al volley en las ligas norteamericanas, Wakatoshi —asintió Semi con gesto orgulloso por su amigo.

—Si, eh, no, Semi-cielo, no me refería a ese milagro en particular…

—¿A quién demonios llamas "Semi-cielo"? —siseó el otro, clavándole una mirada fulminante.

—A ti, a quién más —se sacó su abrigó y se lo puso por encima a Eita.— Mucho mejor.

—¿Qué haces? No tengo frío.

—No, pero tu pésima combinación de ropa me enfría el sentido de la moda, Semi-cielo —le sonrió con sorna.— Mejor taparlo.

—Maldito bastardo.

—Como decía, ocurrió el "Milagro" —esta vez la sonrisa retorcida fue dirigida hacia Shirabu y luego le guiñó un ojo a Ushijima.

—¿Qué milagro? —inquirió Wakatoshi, confuso.

—Pues que correspondiste los sentimientos de Shirabu, por supuesto —Tendo levantó ambas manos haciendo el gesto de la victoria con los dedos.— ¡Tantos años que vi esperar a ese pobre chico! —sacudió la cabeza.— Aunque jamás hubiese apostado porque ocurriese. Es un milagro, de verdad.

—Deja de hablar estupideces —lo reprendió Semi.

Shirabu se limitó a rodar los ojos mientras terminaba su bebida, en tanto Ushijima no respondió nada, tan serio como siempre. Un rato después los cuatro se despedían. Tendo se colgó de Ushijima dándole un efusivo abrazo y haciéndole prometer que le enviaría saludos cuando saliera en la televisión estadounidense. Semi fue más contenido, pero también le dio un somero abrazo y unas fuertes palmadas en la espalda. Luego, los dos chicos se fueron por su cuenta, discutiendo porque Semi quería sacarse el abrigo y Tendo no lo dejaba.

Era una noche fresca pero agradable, la primavera se olía en el aire. Ushijima y Shirabu emprendieron el camino en silencio durante varas cuadras. Caminaban uno junto al otro, casi rozándose, pero ya se sentía como si los separaran diez mil kilómetros de distancia.

—¿Eso era cierto? —preguntó Ushijima de pronto.

—¿Qué? —replicó Shirabu.

—Que tú, por años… —dejó la frase inconclusa y frunció el ceño.

—¿Te miraba solo a ti? —indicó el chico.— Pues sí, es cierto.

Wakatoshi sabía que Shirabu había estado interesado en él un tiempo considerable antes de que concretaran algo, pero jamás pasó por su mente que fueran tantos años. Tantos años, y él jamás notó nada.

—Lo siento —se disculpó entonces.

—¿Por qué? —Kenjiro alzó una ceja.

—Por no haberme dado cuenta antes.

—Oh, está bien, no era solo yo —se encogió de hombros.— Siempre hubo gente interesada en ti, Ushijima-san, muchos, solo que tú no notabas a nadie —sonrió sin ganas.— Incluyéndome.

—Lo siento, no…

—Deja de disculparte —le cortó en seco.— Así es como eras… como eres, de hecho, y así es como nos interesas —hubo una pausa algo incómoda.— Mi forma de que me notaras fue a través del volley, tuve más suerte que la mayoría —casi todas las demás eran chicas, muchas de ellas sin demasiada oportunidad de acercarse a Ushijima con una buena excusa.

—Ojalá lo hubiese notado antes —replicó Wakatoshi, pasándole una mano por el cabello.

—Si lo hubiese notado antes no serías tú —repuso Shirabu con simpleza.— Que tuvieses tus prioridades bien sabidas es algo que siempre admiré de ti, y si me hubieses notado antes no serías el Ushijma-san del que me… —dejó la frase inconclusa y se encogió de hombros, disimulando el nudo repentino en la garganta.

Ushijima asintió muy serio y caminaron en un incómodo silencio el resto del trayecto, hasta que ambos debían tomar por caminos diferentes para tomar el transporte a sus respectivas casas.

—Bueno, hasta aquí llegamos —dijo Shirabu entonces, y la frase aplicaba en más de un sentido.

—Shirabu…

—Nos veremos mañana en el tren de vuelta a Tokio, Ushijima-san —dijo Shirabu con calma y entereza. Al otro día regresarían a la gran ciudad, donde Wakatoshi pasaría su última noche en Japón antes de tomar el vuelo a Estados Unidos.

—Shirabu…

—Gracias por haber cuidado de mí todo este último tiempo, Ushijima-san —se inclinó hasta mostrarle la cima de su coronilla.

Wakatoshi asintió con expresión insoldable y alzó una mano para tocar el rostro de Shirabu, pero el chico retrocedió un paso al último momento.

—Lo siento, ¡ahí viene mi último bus! —sonrió a penas una vez más y se apresuró a detener el trasporte para subirse a él.

Ushijima quedó allí de pie, agitando la mano para despedirlo a través del cristal desde donde Shirabu lo miraba, antes de que el vehículo arrancara y se alejara de allí.

Al día siguiente volvieron a la capital, en compañía de Tooru y Daichi. Ushijima y Shirabu ya no tuvieron más oportunidad de pasar tiempo a solas, pues Wakatoshi tenía que ajustar los últimos preparativos y allí en Tokio le tenían preparada otra fiesta de despedida, entre compañeros de Medicina y del equipo de volley. Oikawa y Bokuto se pasaron la noche cantando "Voyage, voyage" a grito en cuello, y el público pidió que Ushijima cantara sus famosas interpretaciones de tenor, y terminó entonando "Con te partirò". Todos aplaudieron una vez que terminó de cantar con su potente voz, e incluso Oikawa lo aplaudió; pues esta vez no le había cantado a la pelota de volley, y sus amigos lo sabían. Aquella noche trasnocharon, cantaron, contaron chistes estúpidos como siempre; Bokuto lloró a mares, Kuroo trató de no unírsele, Oikawa perjuraba que era todo un alivio esta partida, y Daichi los cuidaba a todos.

Al día siguiente, los cuatro acompañaron a Ushijima hacia el aeropuerto internacional. Shirabu había dicho que también iría, pero llegaría después porque tenía que presentarse a la inscripción de un seminario obligatorio que cerraba aquel mismo día. Los chicos llegaron con tiempo, Ushijima despachó su equipaje sin problemas y se quedaron esperando y charlando fuera de la zona de abordaje de pasajeros. Bokuto seguía lagrimeando de ratos.

—¡No te olvides de nosotros, Ushibro!

—No lo haré.

—¡Te mucho echaremos de menos!

—Habla por ti —bufó Oikawa con los brazos cruzados.

Esperaron y esperaron, y aunque Ushijima desde su altura no paraba de vigilar el entorno, por ninguna entrada llegaba a quien estaba esperando. Finalmente anunciaron por los altoparlantes que era la última llamada para los pasajeros de su vuelo para pasar al área de abordaje.

—¡Noooooooooo, llegó la horaaa! —se lamentó Bokuto, sus ojos dos cascadas vivientes.

—Cuida del grupo, Sawamura —le dijo Ushijima a Daichi mientras estrechaban las manos con fuerza.

—Lo haré, ya lo sabes.

Entonces Ushijima se dirigió a Kuroo.

—Y tú cuida de Bokuto, el equipo lo necesita.

—Lo sé —sonrió Kuroo y chocaron los puños.

—Bokuto…

—¡Ushibroooooo! —le saltó encima y se le colgó como garrapata.

—Ya, ya —le dio unas palmaditas en la espalda.— Recuerda lo que hablamos.

—¡Lo haréeee!

—¡NO! —saltó Oikawa entonces.— ¿Qué hablaron? ¿Qué clase de consejo imbécil le diste, Vacatoshi? ¡Ustedes dos aconsejándose son un peligro!

Ushijima pareció confundido.

—Le dije que se esforzara porque él tiene la capacidad para hacer todo lo que se proponga, solo que no la explota bien.

A los otros tres casi se les cae la mandíbula.

—Ushijima aprendió a darle consejos útiles a Bokuto, hoy se acaba el mundo —musitó Tooru muy impresionado.

Cuando Bokuto por fin se bajó de encima de Ushijima, este último se dirigió a Oikawa y extendió una mano en su dirección.

—Oikawa —dijo con su grave voz.

Tooru inspiró con fuerza.

—Dime —hizo una mueca.— ¿A dónde debería ir esta vez?

Ushijima sonrió.

—A Estados Unidos.

—Vaca estúpida del demonio —masculló Tooru, pero le tomó la mano y se la estrechó con fuerza.

Ushijima dio un paso atrás y se inclinó para despedirse de todos, agradeciéndoles sus cuidados y apoyo del último tiempo. Los otros dejaron cualquier formalidad de lado y saltaron a darle un abrazo grupal, aunque técnicamente a Oikawa lo arrastraron para eso.

Finalmente Ushijima le echó una última mirada a la multitud, donde no destacaba ninguna cabellera color castaño claro de corte "redondito como pelota", según Oikawa. Les dirigió un último saludo a sus amigos y atravesó las puertas de embarque.

Los chicos permanecieron allí un rato más, viendo por los grandes ventanales cómo los aviones llegaban y despegaban. Ninguno de los cuatro sabía muy bien qué decir, pero entendían de tácito acuerdo que todavía ninguno quería volver al departamento, a sentarse juntos en la mesa donde un cojín no estaría más ocupado por aquel grandote inocentón, obsesionado con el volley y las frases repetitivas.

Veinte minutos más tarde, Shirabu llegaba corriendo hasta donde estaban ellos, aún sumidos en su silenciosa despedida grupal. El chico venía despeinado, sin aliento y con las mejillas al rojo vivo.

—¿Ya… se… fue? —preguntó entre espasmos, inclinado para apoyar las manos en sus rodillas mientras trataba de recuperar la respiración.

—Sí, lo siento, Ternero-chan —repuso Oikawa en tono suave.

Shirabu solo asintió y se concentró en retomar el aliento, tembloroso como estaba. Después de un rato, volvió con los demás al barrio universitario, donde cada uno debería reanudar su rutina diaria, aunque parte de esa rutina ya no volvería a ser la misma. Cuando se separaron, Oikawa retuvo un momento a Shirabu y le pasó un papel prolijamente doblado.

—Dejó esto a último momento para ti —le dijo con una sonrisa afable antes de marcharse.

Shirabu se guardó el papel, incapaz de leerlo en aquel momento. Pasó el resto del día esforzándose el doble para concentrarse, pues su mente luchaba en todo momento por volar lejos de allí. Se sintió como un autómata el resto de la jornada, y al llegar la noche no estaba seguro de querer conciliar el sueño. Fue a tomar un baño y de regreso a su cuarto pasó por enfrente de la habitación de Ushijima. Se detuvo frente a la puerta, ensimismado, y recordó que tenía guardado el papel en el pantalón que acababa de cambiarse y llevaba doblado entre los brazos. Rebuscó en el bolsillo y cuando dio con el papel, al abrirlo cayó un pequeño cartón de adentro. Se agachó a recogerlo y descubrió que era aquel cupón del Día de la Madre, ese que decía: "Para quererte hasta la Luna, de ida y vuelta". Debajo de la frase impresa había unas palabras garabateadas a mano y Shirabu no supo si echarse a reír, a llorar, insultar a alguien o hacer todo eso junto. Optó por apoyar la frente contra la puerta del antiguo cuarto de Ushijima, como si pudiese escucharlo allí dentro, cantando tenor o viendo un partido de volley; como si la puerta fuese a abrirse y Wakatoshi apareciera desde adentro para abrazarlo.

Suspiró, se restregó los ojos y miró la frase garabateada en el cupón una vez más.

"Me alegra que hayas sido tú quien fue a Shiratorizawa."

.

.

.


NOTA: antes que nada, les recuerdo que en FanFiction los reviews que dejan sin tener cuenta registrada, no puedo responderlos xD obviamente los leo y los aprecio tanto como al resto! Digo esto porque alguien me dejó un review proponiéndome traducir el fic al inglés, pero no pude responder ni por sí ni por no, ni por más o menos jajajaja si lees esto alguna vez, recuerda que puedes ir a contactarme a mi página de Facebook nombre de Ushicornio xD

NOTA 2: sí, lo de la familia del KuroKen fue baiteo (?) bueno, quizá no xDDDD ya veremos qué sucede. Pero la tomé con al única pareja que no había tenido ningún problema, por ser nuevita xDDD aunque descuiden, quedan algunos obstáculos para el resto también :V ajaja

NOTA 3: Mi vacaaaa ;_; y así, con esta primera despedida sorpresiva (?) le doy inicio a la última parte del fic :3 no va finalizar en dos cap más, descuiden, aún quedan cosas por contar jaja pero digamos que empieza el último arco (?) porque no creo extenderme mucho más allá de los capítulos 40 y tanto, y este es el 35. A mi ritmo de actualización de ahora igual llevará un tiempo, pero bueno, eso. Quería avisarles :3

NOTA 4: lo siento si hay errores gramaticales o de tipeo. Una vez más anduve a las apuradas para actualizar XD lo hubiese hecho anoche si no me hubiese quedado dormida ajajaja

Gracias a todos por seguir leyendo! Los amodoro -corazón.-