36. Hogar
Parpadeó con lentitud sintiendo la sangre apelmazarse en sus pestañas. Densa, pútrida, oscura. La oscuridad impedía verla pero, sabía que estaba allí, tiñendo cada rincón de aquel sitio al que se había atrevido a llamar hogar. Allí estaba su casa de los últimos dos años. Allí se había refugiado, no, allí había vivido junto a otros hombres, mujeres y niños. Todos juntos. Un pueblo. Alexandría era su hogar. Había sido su hogar, y se iba a convertir en su tumba. Ya era la de uno de sus hijos y su marido. ¿Cuánto quedaba para que lo engullera todo sin dejar rastro?
Todo se estaba cayendo a pedazos.
