Capítulo 35: Quédate conmigo
Estoy paralizada. Peeta murmura cosas ininteligibles mientras parece luchar una batalla interna por recuperar el control. Por un instante, el miedo a que pueda echárseme encima como aquella vez en el trece me invade sin mesura y solo pienso en huir. Sin embargo, me recuerdo que le prometí que había vuelto al doce para quedarme a su lado y no volverme a ir. No pienso dejarlo solo, no otra vez. Me armo de valor, empujo mi miedo al rincón más oscuro de mi corazón y le hablo con pausa:
- ¿Peeta?
Mi voz no es más que un ligero susurro, pero parece despertar algo en él porque, nada más oírla, levanta bruscamente la cabeza y me mira con los ojos más oscuros que recuerdo. Su iris azul como el cielo ha desaparecido por completo dejando paso al negro azabache de sus pupilas dilatadas. Cesa su murmullo para mirarme fijamente, pero no dice nada.
- Peeta, soy yo, Katniss. - digo atreviéndome a dar un paso en su dirección.
- Vete… por favor.
Su voz no parece demandante, más bien diría suplicante.
- No, Peeta. Me quedo aquí, a tu lado. Como siempre debió ser. - trato de recortar un poco más la distancia, quedándome a unos escasos dos metros de su posición.
Soy consciente de que solo estamos él y yo en la panadería, por lo que si tratara de atacarme no tendría a nadie que me salvara. Aún así, lo único que me importa ahora es acercarme a él y sostenerlo entre mis brazos hasta calmarlo. Quizás sea un poco suicida, pero es lo único que se me ocurre ahora mismo. Tengo claro que no voy a abandonarlo.
- Katniss, por favor... No quiero hacerte daño. ¡Vete!
Peeta se encoge y vuelve a su postura inicial, con la cabeza entre las rodillas y las manos aferradas a su cabello. Lentamente, me arrodillo frente a él y, sin pensarlo mucho, poso mis manos en sus piernas. Ante mi contacto, Peeta se pone completamente rígido y noto como su respiración se agita. Bien, si este es el final, adelante, pero no pienso dejarlo solo. Una vez ya hice la promesa de mantenerlo con vida a costa de la mía propia.
- ¡No me toques! ¿Estás loca? ¡Vete! ¡Lárgate de aquí!
Los gritos de Peeta me estrujan el corazón y las lágrimas se agolpan en mis ojos. Aún muerto, Snow nos sigue prometiendo una vida llena de desgracias. Pero algo ha cambiado. Quizás Snow nos dejase tocados de por vida, pero no contaba con que siempre íbamos a estar ahí el uno para el otro, sin importar la situación. No contaba con que el amor es capaz de superar todas las barreras, incluso las de la muerte.
Peeta se encoje tanto que parece un niño llorando tras una pesadilla. Las lágrimas ya han empezado a surcar mi rostro como si de ríos se tratase. Como veo que sigue sin responder a la realidad, opto por tomar medidas drásticas. Dejo salir las pocas lágrimas que había conseguido contener y me abrazo a sus rodillas apoyando mi cabeza en la suya. Peeta no se mueve y yo lloro sobre sus piernas todo lo que jamás he llorado a su lado. Dejo salir mi frustración por sentirme inútil ante sus ataques, sobre todo cuando él es el único capaz de controlar mis pesadillas. No quiero perderlo, le necesito para vivir y no para sobrevivir. Sobrevivir significa superar los obstáculos independientemente del medio que se use. Vivir significa superarlos de una forma que te permita disfrutar de la vida y ser feliz. Hoy decido que quiero dejar de sobrevivir para empezar a vivir, y sin Peeta a mi lado jamás podría conseguirlo.
- Peeta, por favor… - le digo entre hipidos. - Quédate conmigo.
Algo parece encajar en su cabeza al oír aquello. Despega poco a poco la frente de sus rodillas y toma mi rostro entre sus temblorosas manos con suavidad. Nos miramos sin mediar palabra durante un buen rato. Por ese entonces, yo ya soy incapaz de detener el flujo continuo de lágrimas que emanan de mis ojos. Peeta pasa sus pulgares por mis mejillas tratando de secármelas y, mientras lo hace, distingo una débil pero sincera gota de dolor resbalar desde su lagrimal.
- Siempre. - contesta.
Automáticamente, sus pupilas disminuyen al tamaño de un alfiler para luego volver a la normalidad. El ataque ha pasado y de nuevo vuelvo a disfrutar de la cercanía de los ojos más puros que jamás nadie pueda poseer. No lo pienso ni un instante y lo beso, saboreando dulcemente el salado sabor de la victoria.
