Capítulo 37

Al día siguiente Candy despertó con una sonrisa. Llamar a Albert había sido una locura, pero lo había disfrutado. ¡Se sentía tan bien poder decir lo que sentía y dejarse llevar por su corazón! ¿Por qué tenía que limitarse a lamentar su mala suerte? ¿Por qué tenía que ser siempre ella la que cediera? ¿Por qué tenía que seguir sacrificándose por los demás cuando lo que ella quería era justo y noble? ¿Es que acaso no se merecía ella también algo de felicidad?

Sus palabras habían sido audaces, lo sabía. En cuanto las había dicho había tenido que colgar, porque habría sido imposible continuar. Estaba roja como un tomate, el corazón le palpitaba a mil y la cabeza le daba vueltas. ¡Pero lo había hecho! Le había dicho lo que pensaba y sabía que lo había sorprendido.

No tenía idea cómo se hacía para conquistar a un hombre, pero lo intentaría. Mientras Albert siguiera soltero, mientras él no la rechazara, mientras ella no se traicionara a sí misma, lo intentaría. Se había ido a la cama con esa convicción y aquella mañana despertaba con una sonrisa en los labios. No sabía por dónde empezar. No sabía qué pasos dar. Pero sabía que lo quería y que por Albert sí valía la pena luchar.

Su viernes fue ajetreado, pero tenía energías de sobra. Cuando llegó a casa, salió a dar un paseo con Pelusa por el bosque cercano, sin alejarse mucho. De vuelta en casa cocinó una cena liviana y se dedicó a esperar. Albert la llamaría. Tenía que llamarla.

Pero no la llamó.

Decepcionada y confundida, se fue a la cama casi a media noche. El teléfono nunca sonó y su corazón se había congelado poco a poco, con cada minuto que pasaba. Lentamente la euforia dio paso a la mesura y la mesura a la reflexión. ¿Qué había hecho? Albert le había dejado en claro en cada conversación que aún amaba a su novia y que sólo deseaba volver con ella. ¿Qué esperaba conseguir diciéndole que había disfrutado cabalgar entre sus brazos? ¿Qué él olvidara a Camille y corriera hacia ella? ¿Qué se rindiera a sus pies? Albert jamás haría eso. Jamás. No estaba siendo más que una tonta descarada, coqueteando con él como lo hacía cualquier otra mujercita que quisiera ganar sus favores. ¡Ella muy bien sabía que Albert detectada a esas mujeres con facilidad! ¿Cómo lo había olvidado? Le había contestado molesto, dándole a entender que estaba cansado y su única razón para llamarlo era agradecerle por una cabalgata juntos.

¿Es que acaso estaba loca? ¿O era simplemente una desvergonzada insensata? Ni siquiera Eliza Leagan en sus mejores tiempos la había insultado tanto como ella misma se insultaba en esos momentos, entre lágrimas. Estúpida, inmadura y ofrecida fueron las palabras más dulces que se dedicó aquella triste y larga noche de viernes. Una noche marcada por la soledad y las lágrimas que bañaron su rostro y mojaron su almohada hasta que por fin se durmió.

El sábado por la mañana se sentía fatal. Los ojos hinchados daban cuenta del llanto de la noche anterior y el dolor de cabeza le recordaba que el amor, literalmente, duele. Tras tomar la ducha y un desayuno liviano, se dio a la tarea de ordenar su casa, sin dejar de pensar un momento en Albert y el llamado del día jueves. No había duda, él se había molestado. O tal vez no. Tal vez se había reído de su osadía. O tal vez le había dado lo mismo.

El día transcurrió con calma, pero sin que el recuerdo de Albert la abandonara ni por un solo instante, ni siquiera durante el almuerzo. Sin embargo, por la tarde experimentó un nuevo cambio de ánimo. ¿Cómo era posible que Albert ni siquiera la hubiese llamado para saber cómo estaba? ¿O para darle las gracias por haberlo llamado? Ella trataba de ser simpática, lo había recibido mil veces en su casa, aún antes de que él volviera a abrirle las puertas de sus mansiones, porque él la había corrido de ellas. Lo había cuidado, lo había escuchado y lo había apoyado. ¿Es que acaso no era capaz de reconocerle eso siquiera? Además, él también había querido besarla, estaba segura. ¡Segurísima! ¿Qué rayos pretendía con todo eso? ¿Para qué se hacía el interesante con ella mientras buscaba a su ex novia?

Y pensándolo bien, su ex novia no lo había abandonado porque él fuera una gran persona, sino porque la había dejado de lado por su trabajo. ¡Por dinero! Si él había sido capaz de hacer eso con una chica de familia rica, ¿qué podía esperar para ella misma? Ya una vez le había demostrado que podía tratarla como basura… ¿Qué le impediría volver a hacerlo si era ella quien se humillaba y lo rogaba? ¡Jamás lo aceptaría! Una vez había cometido el error de convertirse en la sombra de un hombre con tal se seguir a su lado. Si eso era todo lo que Albert podía ofrecerle, pues que se lo quedara para sí mismo. ¿Quién se creía ese tarado que era? ¿Un príncipe o algo así? ¡Ja! Pues bien, ella era Candice White y no necesitaba a nadie para seguir adelante. ¡A nadie!

Pero a medida que la rabia crecía dentro de sí, algo tibio comenzaba a agolparse en sus ojos. Algo líquido que amenazaba en convertirse en una tormenta otra vez.

- No voy a llorar. No voy a llorar. Yo nunca lloro… ¡Yo nunca lloro!

Lo había dicho en un hilo de voz, haciendo un esfuerzo supremo. Pero no podía evitarlo y las lágrimas ya casi corrían por sus mejillas. Indignada, triste y frustrada salió corriendo al jardín, con Pelusa siguiéndola de cerca. Quería correr y cansarse, quería gritar y esconderse, quería olvidar y negar lo que estaba pasando. No quería sufrir. Ante todo, no quería volver a sufrir.

Pero cuando Pelusa pasó corriendo a su lado, ladrando con alegría, algo en su corazón le dijo que al menos aquella tarde no sufriría.

- ¡Hola, Candy! ¿Vas a dar un paseo con Pelusa?

William Albert Andrew montado en uno de sus hermosos caballos, en gloria y majestad justo frente a su casa, interponiéndose entre ella y el bosque, entre ella y sus ganas de llorar.

- ¿Qué haces aquí?

- Pues… bueno, como el otro día dijiste que te había gustado nuestro paseo a caballo, yo pensé que tal vez… no sé… - Albert bajó la vista y a Candy le pareció notar que se sonrojaba. ¿Se sonrojaba? ¿Albert se sonrojaba? – Tal vez tú quisieras… dar otro paseo… pero si vas a pasear con Pelusa…

Albert se sentía como el más perfecto de los idiotas. Candy se veía hermosa, corría con esa gracia tan llena de energía que sólo ella tenía, su cabello brillaba igual que sus ojos, los que sólo había podido mirar brevemente. Por alguna extraña y estúpida razón no se atrevía a mirarla. ¡Él! Un hombre maduro, temido y admirado, ¿no se atrevía a mirar a una jovencita? Claro, sin duda estaba enamorado de Camille. Es sólo que Candy tenía ese embrujo seductor que lo hacía comportarse como un adolescente, como un tonto, como un…

- Si no vamos rápido, Pelusa nos puede seguir – contestó Candy con voz acelerada, sacando a Albert de sus cavilaciones.

- ¿En serio?

- ¿Te parece que miento? – dijo Candy apuntando a Pelusa que corría como loca de un lado a otro siguiendo a cuando animalillo se asomaba al camino.

- Supongo que no…

Cinco minutos antes lo odiaba y estaba decidida a sacarlo de su vida, por malo, por aprovechado, por insensible. Ahora, frente a él, se derretía como la mantequilla al sol. Él era su sol. Un sol que de pronto parecía algo tímido y confundido. Y eso lo hacía tan deliciosamente atractivo…

- ¿Vamos?

Frente a ella, desde su alta montura, Albert le extendía una mano. Cuando alzó la vista, sus ojos se encontraron y por unos instantes mágicos, Candy sintió que mil mariposas revoloteaban en su estómago. Cuando sus manos se estrecharon, Albert sintió que un escalofrío recorría todo su cuerpo. La mano de Candy era pequeña y tibia y en un solo segundo la imaginó acariciando su pecho y luego… y luego Candy estaba sentada en la montura, mientras él la abrazaba sin abrazarla, sosteniendo las riendas del caballo, iniciando una suave y rítmica cabalgata que Pelusa siguió sin dificultad alguna.

Candy se acurrucó contra su pecho, sintiéndose frágil y pequeña. Albert la envolvió con sus brazos, acercándola aún más, sintiéndose fuerte y grande. Ella necesitaba un refugio. Él quería refugiarla. Ella necesitaba a ese hombre, pero ese hombre, ¿la necesitaba a ella?

P P P

Camille Lefevre había cumplido su parte del trato propuesto al consejo. La reunión había sido tensa y, tal como más de alguien pudo notar, cargada de indirectas de la chica hacia los presentes. Los desafiaba, no había duda. Pero tanto ella como ellos estaban atrapados y se necesitaban, por lo tanto, el show debería continuar. Para ambos.

El consejo había sugerido sutilmente que Camille tal vez trabajaba demasiado y que querían "alivianarle" la carga. No era necesario que lo supervisara todo, no. ¡Ellos podían encargarse de todo mientras ella descansaba! Tanta amabilidad la "conmovía", había señalado Camille en un tono sarcástico. Era obvio que intentaban sacarla de en medio por la fuerza. Pero la chica tenía otros planes y, nuevamente, los sorprendió: aceptaba dejar varios negocios de lado, a cambio de tener más tiempo para dedicarse a un nuevo interés comercial, un negocio aventurero para el cual debería realizar varios viajes, algo que quería hacer sola, mientras el consejo quedaba a cargo de lo demás.

Cine. La nueva y loca idea de Lefevre era invertir en el floreciente mercado del cine. En Europa y Norteamérica ya había algunas salas, pero ella aspiraba a ir más allá y establecer una verdadera cadena, con salas en las principales ciudades de Estados Unidos, Canadá y Europa. Para ello debería invertir fuertes sumas de dinero, algo que al consejo no le gustó, pero al mismo tiempo, debería pasar mucho tiempo viajando de una ciudad a otra, algo que al consejo le fascinó. Como era de esperarse, les entregó una propuesta clara y detallada en la cual hizo gala de toda su pericia y experiencia comercial. La chica era un verdadero genio de las finanzas, qué duda había. Más de alguno de los presentes se preguntó si hacían bien dejándola partir, asumiendo ellos los negocios que la chica manejaba con tal destreza. Tal vez no era una buena idea. Tal vez sólo debían sentarse a seguir disfrutando de las ventajas de su cómoda posición. Pero la ambición del que tiene mucho por tener más es siempre más fuerte. Tras casi tres horas de reunión, el consejo aceptó. Camille cedía el control de gran parte de sus negocios al consejo hasta que terminara su nueva aventura, la cual, a la vez, la mantendría muy ocupada y lejos de ellos.

La reunión había sido un éxito para todos y Gustav recibió las felicitaciones del caso. A su vez, Camille les agradeció la confianza y el espacio que le daban. A futuro no la molestarían, así lo habían acordado. La joven había aprovechado su nueva libertad al máximo. Ya nadie podía preguntarle dónde estaba, porque todos sabían que estaría viajando constantemente y porque las decisiones las podía tomar ahora directamente el consejo, sin necesidad de tener su autorización. Es cierto, perdía gran parte del control de su fortuna y eso era un gran riesgo, pero al caso le daba lo mismo. Estaba dispuesta a perderlo todo con tal de desenmascarar a los traidores que tenía cerca.

Con el pretexto del nuevo negocio, Camille había viajado a Nueva York varias veces para encontrarse con Antoine, su detective, quien constantemente le traía noticias de las investigaciones en Europa. Pero aún faltaba mucho para poder hacer una demanda judicial contra los culpables de la muerte de sus padres y era preferible que tuvieran todas las piezas en su lugar antes que arriesgarse a ponerlos sobre aviso. Que disfrutaran un poco de tiempo más creyendo que era una tonta a la que podían manejar. Cuando llegara el momento, los hundiría. Era lo mínimo que podía hacer y tenía razones poderosas para no descansar en su intento. A fin de no correr riesgos, Camille efectivamente había comenzado a trabajar en la creación de una cadena de cines. La idea se le había ocurrido cuando se había reunido con Antoine en un teatro, para discutir lo que hasta entonces él y su equipo habían descubierto. Sin duda era una forma costosa de cubrirse las espaldas, pero Camille no era tonta y sabía que en este nuevo negocio podría ganar mucho dinero. Y si lo perdía todo, pero lograba meter a la cárcel a los culpables, se daría por pagada.

Había insistido en manejar personalmente cada contacto comercial y con esa excusa ya había visitado varias ciudades de Estados Unidos, incluso algunas en Canadá y en el Reino Unido. En realidad, su visita al Reino Unido le había servido para volver a Francia, donde había mantenido una discreta reunión con un grupo de abogados que ya estaban poniendo en marcha lo necesario para que, llegado el momento, la maquinaria judicial volviera a ponerse en marcha, pero esta vez, movida por ella misma.

Camille había jurado que jamás volvería a París, pero ahí estaba de nuevo, esta vez sola. Cuando Antoine le indicó que su presencia en Francia era fundamental para poder mantener todas las operaciones en secreto, Camille protestó e intentó por todos los medios evitarlo. Pero no había caso, era ella y sólo ella quien podía iniciar los trámites. Cualquier intermediario sólo aumentaría las posibilidades de que todo el plan fracasara.

Sentada en el restaurante de su hotel, repasaba la reunión sostenida con los abogados. Volver a su país natal había sido una experiencia en extremo dolorosa, pero sus ganas de poner fin a la pesadilla eran más fuertes. Al día siguiente volvería a Inglaterra y desde ahí partiría nuevamente a Estados Unidos, haciendo sólo una breve parada en Nueva York, antes de volver a su casa en Filadelfia, pues debía seguir demostrando que estaba ocupada en el negocio del cine.

La noche caía sobre París y Camille se sentía sola. Pero a diferencia de otras ocasiones, esta vez se sentía en paz. Estaba haciendo lo que ella quería, estaba luchando por primera vez con todas sus fuerzas por recuperar su vida y seguir adelante. Ya lo había decidido. Sin importar qué sucediera, no volvería a dejar que alguien se interpusiera en su camino.

Ir y venir de un continente a otro le tomaba casi tres semanas. A una carta podría tomarle un par de meses. O tal vez más. No había más tiempo que perder. Quería contarle la verdad a Tom de una vez por todas y quería que la carta saliera desde el mismo lugar donde todo había comenzado. Sí, la carta en que le contaría la verdad tenía que llevar el sello de Francia. Terminó de tomar su copa de kir royal y se dirigió a su habitación. Saldría hacia Londres a primera hora de la madrugada y aún tenía una larga carta que escribir. No había tiempo que perder. Sabía que Tom la rechazaría, pero no importaba. Ella le explicaría todo lo que había pasado y le rogaría cuanto fuera necesario. Que el tiempo pasara pronto. Que Tom supiera comprenderla. Que la justicia venciera.

CONTINUARÁ...


... y a partir de este punto, nuesta historia tomará otros rumbos...

¡Espero que me sigan hasta el final! El cual, por cierto, ya fue escrito. ¡Sï!

Un abrazo.

PCR