Los personajes le pertenecen a Meyer.


LA MUJER DEL CANIBAL

Capítulo 38

Isabella de Caníbal

Apassionato con brio


La sonrisa de labios rojos se dibujaba en su rostro. Los ojos azules de hielo la auscultaron de arriba abajo, destilando odio y asco. Amanda apareció un día antes de viajar a Europa.

Bella no tembló, inevitable era que aquella mujer fatal estuviese frente a ella. Bajo otra luz, Amanda era una mujer con demasiado maquillaje, donde su cabello negro cuervo era de mal gusto y su ropa de mujer sureña trasnochada la hacía ver un tanto ridícula; sin embargo, seguía siendo tan hermosa como siempre, cubierta con un halo de melancolía cruel en su mirada. Si con su tía Kate la tos desgarrada era el signo de que moriría, con Amanda el signo de muerte lenta era traducido en el pequeño temblor de sus manos y la trabajosa estabilidad en sus zapatos de tacón alto.

Es una muerta que camina.

Era igual que Edward, una adicta. De madre a hijo la crueldad fue legada, quizás, la melancolía, también la soledad, pero Bella no permitió que esa sensación de pesar la hiciera débil, Amanda era su enemigo y ella había salido de la cueva negra en donde vivía para venir a Los Ángeles a asentar su dominio y su odio. Esperaba que la mujer inundara la casa con gritos e insultos, pero no… fue peor, llegó con la superioridad del silencio y comprendió que aquella quietud era la que siempre Edward había vivido: nada. En la intimidad de la casa, entre madre e hijo solo había monosílabos y un niño de veintiocho años con una servilleta sobre sus rodillas, con tatuajes invisibles y con el cabello negro peinado hacia atrás, todo lo demás era una quietud lastimosa.

Para Edward Masen, su madre hermosa era retenida en la pupila de un niño, la droga, la fama, la indolencia y la necesidad de huir de Forks hizo que no viera a la mujer delgada y adicta que estaba frente a él.

«—Deja de fumar cariño, eso no hace bien a tu salud.»

«—Esta casa huele a húmedo».

«—¿Puedes ponerte la camisa, mi amor?»

Edward simplemente la dejaba, sonreía con puerilidad frente ella, y una que otra vez, daba un toque de maldad a la sonrisa. Bella estaba ahogada ante tanta pantomima, pero Eddie amaba a esa siniestra mujer y ahora no tenía duda.

Amanda no se quedaría más de veinticuatro horas, de otra manera, su adicción sería visible ¿Por cuánto tiempo estaría consumiendo? La posibilidad de la respuesta era aterradora.

Los tres se sentaron a la mesa, Isabella preparó comida cajún, vio como su marido comía tímidamente, mirando a la madre quien alargaba su mano huesuda hacia él y con sus dedos de uñas rojas hacia redondeles en el dorso de su mano. Por un momento, ambos anudaron sus dedos y se quedaron en silencio. Amanda limpió su boca con un coqueto y afectado modismo.

A la hora del postre, Edward prendió un cigarrillo y soltó la carcajada, Bella presintió que él dejaría que ella la destrozara.

—Tu comida, querida, es demasiado picante, menos sal, un poco más de orégano y hubiese sido perfecta. En fin, comida de camionero, pero, bueno… supongo que es suficiente con que sepas cocinar, pedirte que tengas buen gusto, es demasiado para ti Bella.

Primera bala.

—Supongo que tú me enseñaras a cocinar, suegra.

—La cocina es arte, cariño, si tu tía Kate no hizo bien el trabajo, nada puedo hacer yo —tamboreó sobre la mesa— a propósito, dicen que está enferma ¿no es una pena?

—La gente muere, Amanda.

—¡Qué respuesta tan terrible! —hizo un gesto a lo Blanche Dubois, Vivian Leigh no lo hubiese hecho mejor— si, cariño, la gente muere, no demasiado rápido para algunos.

¡Bang! ¡bang!

Isabella sorbe su café, Edward, ausente de todo, le enciende un cigarrillo a la madre. Esos dos seres de imposibles ojos hielo.

— ¿Te sorprende mi matrimonio con tu hijo, Amanda?

La mujer tira cuchillos calientes con su mirada desde el otro lado de la mesa.

—No, no me sorprende.

Es igual al padre, ama a las mujeres equivocadas.

—¡Vaya!

—Es un niño caprichoso —se levanta y planta un beso sobre la mejilla de su hijo, quien se muestra fastidiado con aquel gesto— es una estrella; para él, las mujeres vienen y van.

—Puede que me quede, suegra —era una provocación.

—Puede que no, nuera —el rostro de Amanda cambia en un nanosegundo, pero suficiente para que Isabella vea como el rostro de la madre de su esposo es aquella careta de horror que la asustó de niña, luego sonríe y es más temible aún— ¿me sirves más café? Es una lástima que no haya té, pero bueno, el té es una bebida clásica, no todos le tienen el gusto.

—Y tus gustos son tan refinados —sirve la bebida—. Mi excusa es que no soy una fina hija del sur.

—Oh, querida, ¿me has de creer que se nota?

—Aunque para tu refinación y buen gusto, no hace falta haber nacido en una hacienda algodonera —le da una mirada dura hacia los brazos que la mujer cubre con largas mangas.

Frases hirientes vinieron como balas de ametralladora, Bella las esquivo con delicadeza, no hubo sangre, pero si el deseo de aniquilar. Bella no era una víctima, y odiaba a la mujer, que le quitó la posibilidad de tener a Vanessa a su lado.

Edward fue un espectador, la madre era su aliada, quizás estando ella cerca, podía aliviar su deseo y dormir una noche sin la necesidad imperante de tocarla, de exigir su boca, de fundirse en su piel. La sola perspectiva de la gira sin empezar lo estaba volviendo loco, sabía que era la última, estaba en ese punto donde prendía motores para estrellarse contra todo.

Por una hora ambos desaparecieron, Bella se llevó la mano a su pecho tratando de respirar, dio una mirada hacia su habitación, todas sus cosas estaban empacadas, menos sus utensilios de trabajo, los asistentes de Carlisle hicieron el trabajo, por un momento deseó desempacarlo todo y volver a empacar, saldrían en la tarde, en esas horas clasificaría que herramientas llevar, intuía que estaría metida en los hoteles y que solo saldría como el mono de feria que el manager había comprado, sin embargo ella tenía un plan, y en aquel incluía la mejor cámara fotográfica y dos enormes cuadernos de dibujo, se escaparía a los museos y aprendería, Arizona le dijo que no había mejor escuela que ir a las fuentes del gran arte del mundo.

—¿Puedo ayudarte, Isabelle? —pronunció su nombre con acento francés, sonriendo de dulce manera.

La aludida hizo un gesto de fastidio, lavaba los trastes de la cocina y lo que para todos era una simple tarea doméstica, para ella era una hora con el agua helada sobre sus manos, sin pensar en nada.

—No, Amanda, gracias.

La mujer se hizo a un lado, el olor del perfume llegó hasta su nariz, Bella la observó de reojo, era un ser hermoso en ruinas, con esa belleza lejana de algo que se desmorona, con una extraña y rara elegancia. Amanda devuelve la mirada escrutadora sobre Isabella, no tiene compasión sobre ella, piensa que es vulgar, su cabello es demasiado largo, los tatuajes asquerosos, y tiene ese dejo de mujer intocable que Renée tenía.

Ninguna de las dos no va a escapar, es el momento cumbre de Amanda y es la oportunidad de Isabella de enfrentarse a ella diez años después; si siendo una niña la derrotó, ahora era la oportunidad para decirle que su vida no le importaba.

—Debes creer que es un gran triunfo para ti haberte casado con mi hijo —prende un cigarrillo— una pobre mujer como tú y con el apellido Masen.

Isabella seca los platos con parsimonia, emite una leve sonrisa, coloca los platos en las alacenas, no hace ningún ruido, solo siente la mirada helada de quien sigue todos sus movimientos y espera una respuesta.

—Ya está hecho.

—Es el sueño de toda tú inútil vida.

Sonríe, Amanda no le hace daño, ya no tiene ese poder sobre ella, con veintisiete años encima, entiende que temerle es una pérdida de tiempo, ¿Por qué temerle si el daño más grande ya se lo había hecho? ahora, sus palabras eran arañazos sobre el mármol liso.

Camina hacia la mujer y le quita la cajetilla de cigarrillos, la madre de Edward está en ese momento en que después de muchos años de adicción ve el mundo distorsionado como si todo se moviera en cámara lenta y no reacciona, Bella saca un cigarro y lo prende, da dos pasos hacia atrás.

—¿Quieres café, Amanda querida?

—Prefiero veneno.

—¡Oh, qué lástima, suegra! De eso aquí no hay —aspira el cigarro— ¿será por eso que no sales de tu casa?

— ¡Maldita!

—Tic-tic-tic —hace un sonido onomatopéyico con su lengua, y al mismo tiempo mueve su cabeza de un lado a otro como si estuviera reprendiendo a un niño pequeño y sonso— no grites, Amanda, si lo haces tú hijito querido vendrá y preguntará que pasa aquí y no queremos eso, ¿verdad, suegra?

— ¿Cómo pudo casarte contigo? ¡Te odia!

—El odio es un buen afrodisiaco.

—Eres una mujer vulgar, como tu madre —los labios de la mujer son dos finas líneas rectas que reconcentran todo el odio que siente.

—Y aún así, su esposo la amaba.

Amanda levanta su mano para abofetearla, sin embargo la cachetada es detenida con fuerza, el frágil equilibrio de la vieja cede, sus tacones altos rastrillan el piso, Bella la sujeta con fuerza, entre ambas media el humo de los cigarros y una atmosfera tensa y pesada.

—No te preocupes señora, tu legado de odio continúa, yo sigo siendo la polilla que estorba en su llama de triunfo de Edward.

—Al menos, Jane tenía clase.

—¡Oh si, mucha! muriendo en un hotel de mala muerte por sobredosis y embarazada de otro hombre.

Amanda refunfuña, su cabello, negro retinto y lacado, no se mueve de su lugar.

—Su familia está emparentada con los reyes de Inglaterra.

Isabella se detiene a mirarla, la señora le parecía un cascarón, un huevo huero, con dos únicas capacidades: vivir del fatuo pasado y darse los pinchazos.

—Me sorprende que hayas sobrevivido. Eres una araña muy fuerte.

Un levantar de barbilla de la orgullosa hija del sur da muestras que, aún enferma, casi demente y adicta total, sigue siendo dura, fuerte, a la que el rencor la llenaba con tanta pasión que aún podía destruir todo a su paso.

—¿Qué quieres?

—A tu hijo.

No tenía porque mentir.

—¡Sueña!

—Hace años deje de soñar, ¡mírame! ya no soy niña.

—Nunca fuiste importante.

—¿No? ¿Entonces, porque te empeñaste Amanda en que yo fuese infeliz? Si no fui importante porqué mi vida en Forks siempre fue un infierno que tú calculaste muy bien.

—Los hijos heredan los infiernos de los padres.

—Hiciste pagar a Edward lo que solo tu esposo merecía.

—¡Jamás! Yo amo a mi hijo.

—Lo educaste amparándote en la venganza. Envenenaste su corazón y lo ataste con tu papel de víctima.

—¡Cállate!

—No tuviste piedad. ¡Éramos unos niños!

—No hagas de tu vida algo para comparar con la vida de mi bebé, no hay nada en común, en el pueblo, mi hijo era amado por todos y tú, ¡basura blanca! Ahora es una estrella, tú solo eres la golfa a la que se le paga por dos años para hacer el teatrito de la esposa, solo una tipa insignificante como tú podía hacer semejante parodia. ¡Nada en común!

Isabella acalla una carcajada amarga con su mano, la observa sorprendida.

—¡Eres increíblemente estúpida Amanda! ¡Claro que tenemos algo en común!, y no me refiero a mi madre y a Anthony Masen —escupe las últimas sílabas entre los dientes.

—¿Acaso te refieres a la bastarda?

—Me refiero a tu nieta.

—¡Ja! ¡Por favor, Bella!, a otro perro con ese hueso, ¡podría ser de cualquiera!

—Vanessa no es de cualquiera, es de tu niño dorado y lo sabes.

—Nunca hubo una prueba de ADN.

—No, no la hubo, pero lo sabías y Jane fue tu cómplice.

—¡Fue un maldito error!

—¡No! —la negación fue seca y contundente— no vas a lograrlo, Amanda Masen, no lo hiciste hace diez años y no lo harás ahora. Mi hija no fue un error.

—¿No? tú te metiste por los ojos a mi chico, aprovechando que estaba borracho.

—¡Era una niña!

—Como sea Bella Swan, ¡lo hiciste tan solo para joderme!

—¡No todo gira a tu alrededor!, yo lo amaba ¿Quién más lo iba a amar sino yo?, gente como tú y Eddie están condenados a no ser amados, pero yo lo hice y me castigaste por eso.

—Protegí a mi hijo, Isabella —los ojos azules la miraron por lo bajo.

—Nunca le diste una oportunidad.

—¿De qué? ¿De ser padre a los diecisiete? ¿De estar atado a alguien que odiaba? ¿De saber que tuvo una hija con alguien como tú? Si fueras madre lo sabrías, harías cualquier cosa.

Bella sin previo aviso se abalanza sobre Amanda quien es diez centímetros más alta, la acorrala en los bordes de la isla de la enorme cocina.

—¡Soy madre y lo hice! la dejé ir, le salve la vida —lágrimas pequeñas corrieron por sus mejillas— sigo salvándole la vida, así que no me juzgues, ¡no tú!, ¡jamás tú!

La barbilla de la vieja tembló, uno de los tics pequeños de mujer adicta se hizo presente hasta ser perceptible, miró a los lados, hacia la escalera que llevaba a la habitación de su hijo. Había una cosa que Bella no sabía y que, sin embargo, Amanda intuía: si Eddie supiese que era padre, algo diamantino y bonito que tenía en el fondo de su corazón, saldría a la luz.

—¿Se lo dirás?

Por unos segundos reinó el silencio.

—No.

—Él no lo soportaría, Isabella, se odiaría por ello.

Bella creía que aquella afirmación venía con el supuesto de que Edward repleto de asco por la paternidad, destruiría a Nessa.

Amanda estaba segura que su hijo sabiendo de su paternidad jamás se perdonaría, y no la perdonaría a ella.

—Jamás lo sabrá —apaga el cigarro en un pocillo con agua, lo echa a la basura y lava el platillo— el tiempo hizo que perdiéramos esa oportunidad, no lo sabrá —camina lejos de Amanda— tampoco le diré que sé que eres una heroinómana. Siempre serás la mamá querida, no temas, estás a salvo conmigo.

—No confío en ti.

—Deberías, nunca he querido destruirte, ¡nunca! —una mirada lánguida sobre la dama etérea que se confunde con la penumbra de la enorme casa— ¿Para qué? nunca fuiste importante.

Y así, de esa manera, Isabella Swan le dijo a la mujer que hizo de su vida un infierno, que el nivel de su odio no estaba a la altura del de ella y que por el contrario, la indiferencia y las ganas de sobrevivir la hicieron mejor. Amanda, al contrario tuvo otro motivo para odiarla.

Bella agazapada detrás del marco de la ventana de su taller, observaba la rara y decadente imagen de aquella mujer despidiéndose de su hijo, no supo porque pero allí existía una belleza implícita que solo una mente sensible como la de ella podía entender. Amanda y Edward de frente, hablando casi en murmullos, le parecía una imagen digna del neorrealismo; ella, tratando de peinarle el cabello, de abotonar una camisa que quería seguir estando suelta, tomaba su mano con ternura, bebiéndose ese hijo que no veía casi nunca. Él, con la cabeza baja, simula ser el niño bueno de mamá y asiente a todo lo que ella le dice. Al menos, trata; en esas horas junto a Amanda, no dijo mierda cada cinco segundos, no pateó todo lo que se atravesara en su camino, comió con los cubiertos, habló quedo. En un segundo ambos juntan sus frentes, Isabella empequeñece sus ojos e intenta ver si hay palabras que medien entre ellos, pero no, solo hay silencio; la mano flaca de la madre toma el cuello del hijo y se aferra a él, Edward parece cerrar los ojos y apretar sus manos con furia. Isabella deja escapar unas lágrimas, no sabe cómo, no entiende qué ocurre o cómo es posible, pero descifra que esos dos seres se aman de manera extraña y que la soledad entrelazó sus vidas. La mujer besa la frente blanca de su niño y se aleja, camina cinco pasos sin mirar atrás, pero se detiene, voltea, levanta la mano y gesticula un adiós melancólico.

Eddie lo sabe también y ella también, no hay certeza de una hasta pronto, la veleidosa muerte disfruta jugueteando con los dos.

Todos esperaban a los autos que los llevarían al aeropuerto, el avión con el logo de The Carnival los esperaba en la loza; el circo del rock y del exceso estaba de nuevo en camino, esta vez el destino era Europa.

Los pasos de Edward son pesados grada a grada, se encuentra con el rostro de Isabella, arranca los botones de la camisa que su madre le hizo usar, saca un cigarrillo y lo cuelga en su boca.

—Bueno, ¡empecemos esta mierda ya!

El silencio sepulcral que ha dejado la presencia de Amanda se ha ido y, de un momento a otro, todo es algarabía. Bella parpadea y entiende, quizás el estruendo en la vida de su esposo era el intento de éste de salvarse de aquella espantosa sensación de tristeza, Amanda es un árbol muerto, su hijo es un pajarillo que por desgracia hizo nido en ella.

—Estoy… ¡Tengo miedo! No quiero volar ¡mejor, me quedo!

Un beso posesivo, del que Bella intenta zafarse, es el consuelo.

—¡Vamos a divertirnos, Mariposa!, será el jodido viaje de tu vida, cariño.

A los dos meses, Isabella, montada en aquel cohete demente, le había perdido el miedo a los aviones pero, estaba agotada y solo deseaba bajarse.


—¡Mi mujer! —la señaló, Bella sintió como una emoción dura la recorrió, era sexo, era dolor, era el miedo de saber que la maquinaria destructiva de Edward Masen estaba en marcha y que ella era uno de sus blancos.

La voz ronca y sexual salió de su garganta, sudaba por las dos horas de concierto, por dejar todo en el escenario, por haberles hecho el amor con su música… ¡salvajemente!

A la semana de haber llegado a Paris, Paul y Edward se fueron a las manos, la razón fue que el bajista se metió en la habitación del hotel donde se hospedaba Isabella, pretendiendo seducirla.

«—Yo puedo hacerlo mejor que Eddie, vamos nena, sé que lo quieres»

Ella se defendió del hombre quien era enorme y fuerte, el libidinoso no sabía que Isabella, siendo camarera itinerante, durante años luchó contra ese tipo de gorilas, era pequeña, pero era veloz y con un temperamento de fuego. A los tres minutos, el grito de "¡Perra, maldita! ¿Quién putas te crees?" silenció el último piso del Ritz, la sangre que chorreaba de su frente, fruto de un golpe que la pequeña esposa del líder de la banda le asentó con un florero.

Carlisle, quien sabia de los desafueros de Paul con las mujeres rodó los ojos impaciente; siempre estaba preparado para sus estupideces, pero nunca lo creyó tan osado como para meterse con la mujer del Caníbal, trató de bajarle el perfil al escándalo pero no contó con los gritos destemplado del bajista.

—¡Puta! ¡Puta! —gritaba Paul, tambaleándose— solo porque tienes el título de la perra oficial de Eddie Masen te crees la mejor.

Oh, oh.

Grave error, en ese momento Edward sale de su habitación que estaba al frente a la de ella, medio desnudo, con brunette en sus manos, ve a Paul bañado en sangre e insultando a su mujer y no entendía. La cara de Bella dibujaba un gesto de lucha, en la puerta, con su cabello revuelto, la manga de su blusa rota y esa imagen le bastó para comprenderlo todo; en medio segundo, hizo que el pasillo del hotel se convirtiera en un campo de batalla. Carlisle y los demás miembros del equipo intentaron detenerlo, pero fue imposible, en ese instante volvió a sus tiempos de duro mariscal del equipo espartano y saltó como un toro sobre Paul quien, estupefacto, no ve llegar el puño que le asentaban.

Las mujeres que se asomaron al pasillo, gritaban entre el terror y la excitación de ver al dios sanguinario del rock hacerse honor a sí mismo; Bella vuelve a los años de la escuela, cuando en sus peleas épicas nadie intervenía, mira a Carlisle pero él la ignora, no está dispuesto a detenerlo ‒la pelea convenía para sus planes, volver loco a Edward hasta hacer que el estallara estaba bien, muy bien para sus propósitos‒ así que sola se dispone a detener esa pelea de gigantes.

Paul intenta defenderse pero no hay oportunidad, de un movimiento certero lo tumban al suelo.

—¡No toques a mi mujer, maldito hijo de perra!

—¡Entonces, dile que no provoque!

Por una ráfaga de segundo, los azules ojos de Edward ven a Isabella, ella tiene algo de sangre en su boca hinchada, los celos lo carcomen como hierro fundido, agarra la cabeza de Paul y la quiere aplastar con furia, quiere matar al maldito y quiere matarla a ella. Isabella entiende la intención.

— ¡Edward!

Ella grita, pero él no escucha, Harry corre en su ayuda y trata de separarlos. Edward se suelta y va por el golpe final.

— ¡Edward Anthony Masen, basta ya! —pero, no se detiene— ¡Eddie, cariño, ya, basta ya, basta ya! —con todas sus fuerzas se aferra del brazo que está levantado como un martillo dispuesto a masacrar, la fuerza es poderosa, pero ella lo detiene— ya, mi amor, ya, por favor. No vale la pena —se detiene, parpadea, todo gira a su alrededor, el aire zumba en sus oídos, levanta la mirada hacia su mujer— ¡Le di un florerazo! ¡No dejé que me tocara! —y gruñe con fuerza, se yergue en su estatura y de la nada, sin previo aviso, abraza a Isabella quien ve como sus pies dejan el piso.

—¡Fuera de mi camino, bastardos! —enfrenta a Carlisle, quien trata de no reír ante el triunfo; presionar con Isabella era la mejor maldita cosa que existía, Eddie era un suicida mirando el precipicio— ¡quiero a ese hijo de puta fuera del hotel!... ¡y del país!... ¡y de la banda!

Bella quiere soltarse, pero es tarde, la llevó a su habitación y la deja entre la muralla y un pecho que tiene el corazón golpeando duro y sin cuartel.

—¿Ibas a follar con él, Isabella? —está descalzo, huele a vodka, a nicotina y las gotas de sudor le bajan por pecho y se detienen en la pretina de los boxer.

Bella se suelta en un movimiento agresivo.

—¡¿También vas a creer que yo lo ando seduciendo?!

El gigante ex mariscal se abalanza sobre ella, Bella se afianza en sus pies, también está descalza, en la cama la madera, las herramientas, la nueva guitarra hecha con sus manos, los bocetos, que están revueltos por el suelo tras la lucha con Paul. Son segundos en que ambos se miran a los ojos.

—Te vi coqueteando con él.

—Pues, amor mío, estas muy joven para estar ciego.

La toma del brazo.

—No juegues conmigo, Mariposa, te querías follar al maldito tan solo para joderme la existencia.

Jane lo hizo, Jane se acostó con todos, menos Harry, Bella lo sabía, todos lo sabían.

—No soy Jane, no necesito acostarme con todos para que voltees a mirarme. Paul entró aquí, aprovechó el circo que siempre te rodea después de cada concierto e intentó… —respiró profundo— creyó que yo… que yo…—no pudo evitarlo y unas lágrimas cayeron sobre su rostro.

Las lágrimas hicieron vibrar el corazón niño de Edward, dio un vistazo fugaz sobre la habitación, y luego la boca de su esposa que estaba con un pequeño corte.

—¿Te lastimó? —su voz sonó diferente.

—No, no lo hizo, sé defenderme.

El líder de la banda dio dos pasos atrás.

—Todos creerán que quieres acostarte con Paul —por el rabillo de su ojo, ve un rostro del pasado, una mirada perdida, una sombra, la cara de Jasper observándolo desde el carboncillo.

—La foto de Paul con la herida en la cabeza dirá lo contrario.

—No tienes idea de cómo se manejan los medios —se acerca a ella, la mira con ojos de ansiedad, se la come con ellos— ¡Eres mía! ¡Mía! No de todos, me perteneces a mí y todos deben tener la certeza de eso.

Eres dueña de mi sangre…. ¿Porqué no soy dueño de la tuya?

—Estás exagerando, aquí no hay mía, ni mío; lo nuestro es un acuerdo legal que tiene fecha de término.

Las aletas de la nariz del hombre se dilatan, todo es un caos, ha pasado una semana de gira y ya quiere suspenderla, odia el tumulto, el grito, su voz opacada por la histeria, odia todas esas cosas que lo separan de ella, solo ha tenido momentos fugaces entre concierto y concierto, momentos repletos de ternura desgarrada, donde son uno sin besarse y él busca atrapar su belleza en el momento absoluto del orgasmo que le regala cuando se deja ir desmadejada en sus brazos.

Una semana y ya añora los días metido con ella en la casa, olfateándola como animal, robando sus horas, desnudando su cuerpo y devorando su comida. En sus palabras, eso era el puto paraíso, lo más cercano a la paz que había tenido y ¡se la querían llevar! ¡Todos!... y ella se quería ir… y Paul, puto animal, la tocó, ¡su mujer!

—Tienes razón, Bellapestosa Swan, aquí no hay mía ni mío —tragó hiel— ¡fóllate a Paul si quieres!, ¿Qué puedo esperar de ti si me das tu sexo por dinero? —los ojos del retrato del amigo muerto lo siguieron por la habitación, sin pensarlo dos veces agarró la hoja de papel donde estaba Jasper dibujado— apuesto que a él no le importaste mucho.

Isabella no se movió, respiró con resignación.

—¿Qué sabes tú de amor, Eddie Masen? Nunca has sacrificado nada por amor ¡Que vas a saber de eso!

—Y no me importa.

Salió furioso azotando la puerta.

Durante dos días se pierde con las sanguijuelas que lo siguen, mujeres impresionables, niños aturdidos, él es el líder de las fiestas en el Paris nocturno. Provee alcohol, drogas y locura. Pero solo piensa en ella, tiene la hoja de papel en su bolsillo, y eso lo desangra llenándolo de furia.

No puede tocar a ninguna mujer, su sexo no funcionaba ¿qué me hiciste, Isabella? todas palidecían a su lado, intentó besar a otras y solo sintió asco, ganas de vomitar y la soledad de siempre.

En el hotel todos esperaban. Paul rumiaba, su abogado llamó desde Los Ángeles y enarboló el contrato donde se le reconocía como parte del nombre The Carnival, y nadie podía sacarlo de la banda, al menos que él mismo rompiera la sociedad, sin embargo, odiaba sentirse fuera de lugar ¡maldito caníbal!

Carlisle trabajaba sin descanso, la gira se presentaba difícil y todos sus esfuerzos se concentraban en mantener unido al grupo y feliz a Eddie: ¿una malabarista tailandesa? Cuatro le traía, ¿qué Paul no se alojara en el mismo hotel? Le arrendaba al bajista un departamento y le ponía de servicio a estrellas porno del internet. Un avión para que Harry trajera a su familia, un hotel para la mascota de Seth, una función particular del Moulin Rouge, nada le negaba, todo lo que sus representados quisieran él lo daba, por un lío de faldas no iba a dejar que se le escapara la gira más valiosa de su carrera como manager.

Solo Isabella esperaba. A los dos días apareció como lobo en su habitación con la piel helada y su mirada perdida. No movió ni un músculo, pero su corazón se detuvo: él había regresado.

—Hace frío afuera —la gran Torre Eiffel se mostraba por la ventana.

—Si —fue su contestación lacónica, apartó su cabello con las manos.

—Ve a dormir, mañana tienes que cantar.

—No quiero dormir —la observó de arriba abajo— no quiero dormir, Bella Swan —respiró profundo— ¿Por qué demonios eres tan bonita? —pestañeó dos veces— ¡No quiero dormir!

A los quince minutos, era embestida contra la puerta. No había silencio ni palabras, ambos gemían en agonía, con los ojos abiertos y sus bocas en rictus de placer.

—¿Qué me haces? ¿Qué malditamente me haces, Mariposa?

Quince minutos que se alargaron por dos horas, entrelazados, jadeando, él hundido en ella; ella, rasguñando su pecho mientras lo tomaba con la boca, ambos desesperados, derritiendo hielos, levantando murallas, apartándose de todo, transformando su realidad en hologramas donde eran una Bella y un Edward de cuento feliz, sin la carga de un destino en contra.

Bella duerme desnuda y la luz de la luna la acaricia, él se viste, su estomago gruñe de hambre, intenta caminar en la media luz, choca una guitarra y pisa las partituras de canciones que están en el suelo. Toma el instrumento que ella ha fabricado y lo expone a la luz, Isabella abre los ojos, Edward se siente atrapado por la mirada de su mujer.

—Es hermosa.

—No la destroces, por favor.

¡No me despedaces más!

Él no supo cómo, pero escuchó aquel ruego silencioso.

—Voy a resarcirte.

Y sale del cuarto para irse a su habitación, se tira en la cama y a los dos segundos duerme, no quiere estar consciente y asumir que con solo Isabella encuentra la paz, no quiere entender que desde que ella llegó a su vida sabe que es dormir, aunque sea con el nombre de ella atrapado en su boca. No lo pronuncia, pero sueña con ella… como siempre lo ha hecho.

Despierta a las horas con el desayuno en la mesa de su habitación e Isabella sentada a ella.

—De algo me debe servir ser tu esposa Eddie, fui a la cocina del hotel y me permitieron hacerlo —jugo de naranja, huevos revueltos, tocino y unas tostadas con mermelada— no me gusta la comida de los hoteles.

Su estomago gruñe, arrastra los pies por el piso, las cortinas de la habitación están a medio abrir, en la calle se escucha los gritos de los fanáticos, pero a puerta cerrada y con el olor del desayuno hecho por Isabella ambos están fuera del mundo y se encuentran en casa.

—¿Vas a bañarme, Mariposa? huelo a establo.

Ella asiente.

—Come, termina los huevos.

—Odio los hoteles

—No me gustan tampoco.

Él se queda mirándola, Bella toma su vaso de jugo de naranja y le sostiene la mirada.

—¿Qué?

—Quiero follarte tanto.

Te amo tanto Isabella, me encanta tus desayunos ¿puedo tocar tu cabello? Siempre fue tan bonito, me gusta cuando los rayos del sol resplandecen en tu pelo y veo los tonos rojizo, me gusta el sonido de tu voz en las mañanas, es ronco y sexy; me gusta cómo te quedan esos vaqueros, ¡tu culo se ve maravilloso!, y que a veces no uses sostén, puedo quedarme horas soñando con tus senos bailando mientras tus pezones erectos parecen apuntar hacia mi boca…

Mas todo aquello salió en aquel ruego de necesidad.

—Quiero follarte tanto.

—Tienes otras mujeres —señala hacia la calle, el monstruo de los celos no solo poseen a Edward.

—Tengo todas las mujeres, pero sucede que hoy tú estás aquí.

—¿Y mañana?

—Me importa un pito el mañana, hoy estás aquí y eres mi mujer, ¡no preguntes por el mañana! I —se levanta, saca dos cigarrillos de su pantalón, le ofrece uno a ella, levanta su pierna y la coloca en la silla donde Isabella está sentada, se agacha un poco y prende el cigarrillo en un movimiento lento— el mañana no existe, y hoy solo quiero tu sexo —aspira sensualmente y le ofrece fuego a ella— ¿te basta con eso? No me acosté con ninguna, quizás lo haga después, pero hoy solo quiero bañarme contigo, joder tu culo lentamente y luego cantar con tu sabor en mi lengua.

—Yo siempre pienso en el mañana —se levanta sensualmente de la silla, apaga el cigarro y se desprende del short y la camisa quedando desnuda frente a él.

—Tu problema es que eres una mujer con esperanza.

Tira el cigarrillo, se desnuda también, alza a la esposa en sus brazos.

—Siempre tan cínico ¿no?

—Lo sabes mejor que yo.

El agua tibia caía por sus cuerpos, Isabella enjabonaba el cabello de su esposo, era increíble que aquella hermosa melena se mantuviera con su peso y espesor después de tanto cambio de color y maltrato hasta el límite. Edward estaba quieto, con la cabeza gacha para que Isabella acariciara su cráneo, la miraba por lo bajo, observaba con deleite los senos pequeños y erectos que tenían marcas de sus dientes en los pezones, levantó su mano y los acarició. Bella emitió un gemido, se topó con sus ojos azules y le sonrió, Eddie no devolvió el gesto, siguió mirándola, sus manos bajaron lentamente por el vientre plano hasta llegar un poco más arriba del monte de Venus, se topó con una pequeña rugosidad, otra de sus cicatrices, empequeñeció su visión, no quería preguntar, pero sus heridas eran para él signos y huellas de un algo que desconocía. Isabella se mordió la boca, temía que él descubriera que esa cicatriz era la de una cesárea. Para detener la exhaustiva observación se levantó en puntillas y lo besó con descaro, Eddie contestó como siempre, despedazándola, atornillándose con ella, haciéndole el amor y en cada embestida, tratar de detener el tiempo para que los dos años fueran eternidad.

— ¡Mi mujer!

Y allí estaba gritando, repleto de cocaína, bebiendo de la botella de vodka, todos gritaban, ella estaba entre la escenografía que ocupaba el lugar más alejado del escenario y que era una gran estructura de fierro. Edward la señaló y de inmediato, un seguidor de luz la buscó.

—¡Hey, Joe, saca las luz! , no seas idiota… ¿acaso quieres que todos los cabrones presentes hagan fila en el hotel para tocar su puerta?... Y, no hay tantos floreros en el Ritz… ¿verdad, Paul?

Paul, como si fuera un paso de comedia, hace un sonido divertido con su bajo y todos ríen y chiflan.

—¡Si señores, ella es la mujer del Caníbal y no se metan con ella!

Una luz azul violeta muestra en contraste la pequeña figura que hace una tímida seña con la mano, la algarabía era total, la banda, a instancias del teclado de Seth, hace una versión libre de "Gloria" de The Doors ‒esa era una de las razones por las cuales los conciertos de The Carnival se vendían tan bien, cuando el Caníbal estaba de humor, jugaba con la banda y el show, de magnífico pasaba a ser inolvidable‒, mientras cantaba algunos versos, pensaba en esa pequeña mujer escondida del mundo y la sensación de pertenencia que con ella tenía, la asquerosa soledad de años y años en medio de la multitud desaparecía cuando ella, pequeña, envuelta en su chaqueta de cuero con el logo de la banda, se parapetaba entre los bastidores del escenario, con solo adivinar su presencia, sabía que tenía familia. Quería correr hacia Isabella, decirle que todas sus canciones iban dedicadas a ella, pero se medía, no quería sentir la maldita puta dependencia por una mujer que tiene que largarse cuando sus millones rebosen una cuenta bancaria.

—¡Mantén la cosa en marcha, nena! —dio un salto cabriolesco, tomó la botella y la estrelló contra el piso.

Se produjo un silencio, sudoroso, volvió al micrófono. Un asistente le tiró a Brunette y desgarró sus cuerdas con una canción, la madera del instrumento estaba pegaba a su pecho, el sonido resonaba y se hacia uno con sus tripas y su corazón, besó el dibujo de la mariposa que una noche, cuando contaba 20 años, mandó a tallar. Eddie pensaba que era un secreto ‒igual que lo de 'Féileacán'‒, que nadie sabía el significado del tallado en su guitarra, sin embargo, Jane y ahora Carlisle, lo entendieron. Ella jamás se atrevió a destruirla, aunque ganas no le faltaron y Carlisle, como siempre, solo esperaba.

Como si fuera Thor levantando el martillo, alzó la guitarra y la suspendió en el aire, miles de flashes tomaron la instantánea de aquel dios con su amenazador instrumento; el bajo de Paul resonaba con un slap intenso, Harry golpeaba con un dos un dos su tarola y el bombo en un sonido profundo la batería, todos gritaban, Edward cerró los ojos, Isabella se acercó hasta que casi las luces la dejaron al descubierto, Carlisle esperaba ansioso. De pronto lo ven sonreír, levanta la cabeza y la gira hacia donde está su mujer, los ojos de lechuza centellean, en medio segundo toma con su otra mano el micrófono.

—Esta noche, ¡necesitamos un sacrificioooo!

Y sin más, en un movimiento feroz, Edward Masen destroza la guitarra contra el suelo. Todos gritan, Bella se tapa la boca con sus manos, no puede creer que esté haciendo tremendo sacrificio; su marido está destruyendo sistemáticamente el mítico instrumento.

Está haciendo un holocausto, está pagando la destrucción de la guitarra de su esposa, en su afiebrada mente cree que eso es posible, como también, destruir con la guitarra el amor que siente por ella.

La guitarra queda reducida a trozos de madera y cuerdas, está en el suelo, por un momento el dolor lo traspasa, de esa manera siente lo mismo que sintió ella cuando le quemó la suya.

Limpia el sudor que gotea por su nariz, da un paso atrás, levanta su mirada hacia el público que enloquece y abre los brazos mientras que los instrumentos golpean con furia. Se da vuelta hacia la banda; un dos tres cuatro y todo comienza de nuevo, los gritos de la multitud no paran hasta que finaliza el concierto.

Carlisle vigila que guarden hasta la última astilla de la brunette en una caja metálica, sabe que los fanáticos estarán dispuestos a pagar miles por tener uno de esos pedacitos.

—Bellita, tu marido es el cabrón más grande del mundo, pero, el grandísimo hijo de puta, sabe cómo hacer dinero —sin esperar comentario, puso candado a la caja y salió del camerino.

La muchacha se estremece, pasa la mano por la caja y piensa que si él fue capaz de destruir aquel tesoro, entonces ¿qué será de ella?


Las ciudades pasan, los días de tregua los han convertido en animales moribundos si no tiene sexo, en el escenario, todo es igual: ella, entre las bambalinas; él, impecable en su rol de gran estrella del rock, canta, alborota, infunde fuego, da oscuridad, y luego solo es silencio.

Para recorrer Europa central los hoteles y aviones se convirtieron en casas rodantes que viajan en caravana con los autobuses, camiones y fanáticos que los escoltan por toda la ruta, son una tropa de circo, de fiestas, alcohol, cocaína y música, haciendo honor a su nombre, son un verdadero carnaval cruzando fronteras. La policía los detiene más de una vez a través de todo el recorrido, buscando drogas, menores de edad o cualquiera cosa que detuviera esa máquina infernal de la decadencia.

Isabella está feliz con la nueva modalidad de viaje, pidió a Carlisle que le trajera un autobús adaptado para cocina y con tres ayudantes, hizo de cocinera para toda la caravana. En la caravana particular monta su hogar, allí construye con sus manos, dibuja, canta y espera a Edward. Después de lo ocurrido en Paris toda la trupe la respeta y desde que comenzó a cocinar para todos, no saben cómo agradecérselo, tienen el aliento del caníbal sobre ellos, no quieren tener problemas así que amables buenos días y sensibles muchas gracias es la única comunicación con ella.

Harry con una sonrisa en sus labios, convive en el motorhome con su esposa que se arranca cada vez que puede de las pasarelas europeas para estar con él, Paul se hunde en la desidia, con un grupo de actrices porno y camina como perro agonizando; todos, esquivando a las chicas que rondan la gira como hienas, adolescentes locas que se desnudaban en los camerinos, buscando sexo y fotos para postear en sus cuentas de Facebook y de Instagran y que van siempre tras el premio mayor: Eddie.

Son las once de la noche, está repleto de la comida de su mujer, la observa, sabe que está agotada, la vida como esposa de una estrella del rock no es para ninguna, Harry lo sabe y ha sido inteligente con la propia, pero él no desea separarse de ella, está celoso del mundo ¿Quién sabe cuál de esos putos perdedores de mierda es su amante? Sí, porque la droga lo ha hecho paranoico, está envuelto en un romanticismo oscuro de amar y callar.

—¿Puedo? —señala la guitarra que ella ha hecha con sus propias manos, hace un mes que destruyó a Brunette y siente que no ha tocado hace eones una buena guitarra. A pesar de su locura, todavía le duele la imagen de verla hecha trizas en el suelo del escenario.

Isabella le sonríe, ella es una tonta romántica también, a pesar de ver como él se degrada cree que aquella calma es el comienzo de una paz que ella desea, quiere llegar hasta los dos años del contrato, debe sobrevivir, pero la adolescente que lo ama suspira aún con la ilusión de que quizás Eddie la retenga.

Toma la guitarra.

—Es hermosa.

Lo dice de manera cavernosa, una guitarra pesada, decorada con imágenes que recordaban a los nativos norteamericanos, el rostro del gran jefe Jerónimo está allí dibujado, una verdadera obra de arte.

Las grandes manos tocan las cuerdas.

—Suena bien ¿Dónde aprendiste a hacerlas?

Bella camina por el pequeño espacio, toma una botella de vino y sirve una copa.

—California me enseñó.

Edward tensa sus músculos.

—¿California? ¿Un ex? —sus ojos chispean con furia.

—Un amigo, él fue quien me enseñó a tatuar también.

¡Vaya! ¿Y porque maldita cosa te dejo ir?

—Eres una cajita de sorpresas, Bella.

La ironía no escapó entre los dos. Isabella calla, deja la copa de vino sobre el mesón, escucha una chica que grita desde lejos, ambos se miran, Edward de una manera tímida sonríe como pidiéndole disculpas por la tontería que la rodea.

—Toca algo, Eddie.

—No.

—¿Por qué no? —ella se sienta frente a él, lo ha visto tocar en solitario y es algo maravilloso.

—Te sabes todas mis canciones y estoy harto de cantarlas.

—Pero, son hermosas.

—No quiero cantar ninguna Isabella, todas son malditamente iguales.

Los ojos de ella lo observan, suspira, faltan meses para que la gira termine, es un panorama terrible, un hombre haciendo lo que odia.

— ¿Ya no quieres cantar?

—No mariposa, es lo único que sé hacer bien, pero esto —y señala hacia afuera—me aburre.

—Entonces ¿qué quieres?

—No sé, malditamente no sé, dejar de cantar no puedo, está en mi sangre, pero esto ¡esto! Es como si me conociera la puta rutina y me aburre.

—Ya no te emociona, eso es ¿qué te emociona, Edward?

Él quería contestarle, tú, tú me emocionas, tú y este día, tú y tu cabello oscuro, y tu boca roja que no me dejas besar, y tú, con ese vaquero pegado a tus piernas, tus tatuajes y pasar mi lengua por ellos, tú me emocionas, tu comida y tu hermosa guitarra nativa.

—La cocaína, el sexo, la muerte, la buena música, Mariposa.

Y allí está frente a ella ese chico de veintiocho años, hace un frío de muerte afuera, tiene puesto un suéter de color negro y unos pantalones de mezclilla, está descalzo, pero limpio, es una victoria de Isabella tenerlo así, oliendo a loción y con su cabello que ahora luce tonos azules, verdes y rojos, que cae desprolijo sobre su frente y mejillas; luce un nuevo industrial en su ceja izquierda, ella lo ha alimentado bien y eso se nota en su cara, sin embargo en ese momento Edward está embotado de droga y eso la destruye, ese chico extraño que odia lo que hace, y que sin embargo vive en un mundo repleto de música.

—Puedes cantar una canción que no sea tuya —el vino la hace coqueta— ¿no quieres cantarle a tu esposa, Eddie?

Edward cierra su boca, hace un gesto con el entrecejo, la mira directamente.

—¿Qué canción te gustaría?

Bella quiere gritar como una niña, algo para ella, muerde su boca y dice:

—Hagamos un trato, primero, la canción que tú quieras, y luego una que yo te pida ¿sí? —ríe, ríe por primera vez en mucho tiempo, y una fila de pequeños dientes blancos se muestra entre sus labios maquillados de un rojo profundo.

¡Huye! ¡Huye ahora, maldito desgraciado! ¿No ves que tienen tus bolas entre sus manos pequeñas?

—Ok.

— ¡Yeah! —Isabella levanta sus manos en señal de victoria.

Edward carraspea, le falta el cigarrillo, pero no agarra la cajetilla, toma con fuerza la guitarra, da unos primeros compas, Isabella se emociona, sabe que canción es: Hotel California, de The Eagles, un día leyó en una entrevista que era una de sus favoritas.

La canción comienza en su voz ronca, la guitarra suena para la introducción, Edward hace un pequeño golpeteo con sus manos, y comienza a cantar como en una oscura y desierta carretera un sueño de fantasmas solitarios en un viejo y melancólico lugar. Ella es una chica más, una fan más que lo sigue con el movimiento de cabeza y canta en su mente. Cuando el estribillo y el coro central llegan, Edward la mira a la cara, ya no es el insoportable ídolo de la multitud que rompe guitarras porque si, Isabella siente que la mira el músico que disfruta interpretar una genial canción. En el riff final Eddie se lanza con su propia versión y Bella, enamorada, piensa que es infinitamente mejor que la original.

Aplaude.

—Fue genial, genial.

Edward no contesta.

—¿Qué canción quieres tú, Mariposa?

— ¡Dios! hay tantas canciones que me gustan.

—Dime una —alude con impaciencia, esa sensación de felicidad lo incomoda.

—Mm —pone uno de sus dedos en su boca, Edward Masen cantará para ella, lo debe pensar muy bien, muy bien, una oportunidad que la niña solitaria de Forks no puede desaprovechar, de pronto un estribillo alegre llega a su cabeza.

—¡Ya sé!, "Here come the sun"

—George Harrison.

—El mejor de los Beatles, ¡sí señor!

— ¿Mejor que John Lennon? Eres toda una chica rebelde.

Edward acomoda la guitarra, es una canción fácil de tocar, no es su estilo, pero como todo gran músico admira a los cuatro de Liverpool.

—Lalalala —canta alegremente.

Bella lo sigue.

—Lalalala.

No saben porqué pero ríen, son dos personas atrapando la niñez. La canción sale de Edward, su voz es un poco más suave, y el here come the sun, sale bien, está bien como la tonada.

Mi pequeña, ha sido un largo y solitario invierno…

Mi pequeña, parece como si hubiera durado años…

Ya llega el sol…

Ya llega el sol…

Y digo…

Todo está bien…

—Canta conmigo, Isabella —la cocaína está en su sangre, pero la presencia de Bella gana la partida.

Bella se asusta, parpadea, él alarga la canción.

—Vamos nena, sé que puedes cantar… here comes the sun… lalalala… here comes the sun…

Edward la alienta, y entonces Isabella con suave voz lo acompaña, el corazón del Caníbal se aviva, ella tiene una voz suave como Carly Simon, una voz viento y flor, un lalalala que le calienta su cuerpo.

Sol, sol, sol… ahí viene el sol…

Sol, sol, sol… ahí viene el sol…

La pequeña y aparentemente sencilla canción llena de luz el remolque, la guitarra de Isabella suena maravillosamente y parece contener su espíritu.

Cuando la melodía termina Bella aplaude, nunca ha cantado con nadie, hubo un mínimo de tiempo en que nos estaban solos y hacían entre la voz ronca y grave de él y la suave y tranquila de ella una armonía.

— ¡Otra! ¡Por favor Eddie! —salta como una niña, trae más vino y sin darse cuenta le da de beber a él de su copa.

Edward es reacio, no es lo que debe, no puede, vino a tragarse su comida, a desnudarla, follarla como si el mundo se fuese a acabar, no vino a cantar, no está para estar feliz, odia ser feliz… es algo asqueroso, cómodo y desconocido. Se desprende de la guitarra y se la entrega.

—Canta tú, Isabella.

Bella da un paso atrás. No, no puede, cantar tímidamente a su lado, podía, pero sola, no tocando la guitarra frente a Edward Masen, tres veces ganador del Grammy por canción del año, ganador a mejor compositor por el instituto americano de compositores, un ídolo, un genio, el amor de su vida.

—No, yo no canto y no toco bien la guitarra.

Él la observa por debajo de sus espesas pestañas, la increpa y sonríe cínicamente.

—Sabes de música, compones y no me mientas que te he visto, sabes más de lo que dices Bella.

—Por favor Eddie.

— ¿No vas a darle ese gusto a tu esposo, Féileacán? ¡Sorpréndeme, nena!

Saca los cigarrillos de su pantalón, se para de la silla mientras que Isabella abraza el instrumento como si fuese una tabla de salvación. Edward camina por el pequeño espacio prende el cigarrillo, sus ojos azules relampaguean, mira hacia afuera y ve los otros remolques, sabe que ocurre en ellos y le asquea, vuelve sus ojos hacia su mujer que parece no respirar.

—Toca una de tus canciones, quiero escucharlas.

Isabella camina hacia su carpeta, le tiemblan sus manos, pero no es una mujer que se deje llevar por el miedo, él puede no amarla, pero quizás pueda respetarla… aunque sea un poco. Saca una de las partituras, ha trabajo en ella por varios días, en soledad sin que nadie la moleste. La coloca sobre la mesa, se coloca la guitarra que es enorme y se ve aún más grande al lado del tamaño de su dueña.

—No soy tú, Eddie, no tengo tu don.

—Canta, toca para mí.

Una fuerte exhalación sale de su pecho…que no se burle de mí, que no se ría, por favor Eddie, solo estoy aprendiendo.

Tose dos veces, Edward aspira de su cigarro.

—La canción todavía no tiene nombre —toca la introducción, pero está tan nerviosa que para un momento— lo siento.

No se mueve, hay algo enternecedor en aquella mujer, siempre lo ha habido, desde que era una niña solitaria caminando en ese pueblo gris con su capucha roja. Vuelve y lo intenta, la introducción es larga, es una tonada que acentúa el tono nostálgico que parece que la canción trae, Edward se acerca, toma la partitura y se la coloca en frente.

¿Puedo cantarte en el oído, dulcemente?

Quiero decirte que te espero a oscuras en este frío hielo.

¿Recuerdas mis ojos ansiosos siguiéndote?

Soy esas huellas en las arena de la playa,

Soy el viento que llama a tu nombre…

Quiero cantarte antes que la noche caiga,

Quiero susurrarte palabras de amor bajo el cielo estrellado.

¿Puedo cantarte al oído, dulcemente?

Mañana te irás en tu auto veloz corriendo hacia el cielo.

Mañana yo no te seguiré en tu camino de gloria…

Mañana serás un espacio vacío, una sombra que no atraparé…

Te irás, te irás y quedaré sentada en esta ventana hacia la nada…

Preguntándome ¿cómo he de volver a verte?

En entonces que hoy antes que la noche caiga, te pregunto:

¿Puedo cantarte al oído, dulcemente?

¿Puedo cantarte al oído, dulcemente?

Una última vez… un viento rozando tu piel.

Bella vocaliza la última estrofa, Edward no ha despegado sus ojos de ella, sus labios se fruncen, el cigarrillo ha sido aspirado hasta la mitad, y la ceniza cuelga en las orillas de la mesa.

Los ojillos oscuros de Isabella espera un insulto, una risa, una burla, pero no hay nada.

—No es buena —dijo ella, él no contesta.

— ¿También California te enseñó a componer?

—Me enseñó a tocar, empecé a componer después.

Quiere que ella cante otra de sus canciones, presiente que tiene muchas, es una hermosa canción, con ciertos arreglos, sería perfecta.

Han traspasado límites, ella lo sabe, él la observa con esos ojos indescifrables; quizás odió la canción, es cursi y con un aire de inocente adolescencia. Bella toma la guitarra, abraza el instrumento para no abrazarlo a él y pegar su mejilla a su pecho.

Toca una introducción, una canción graciosa sobre una mujer que llora sobre un pretzel, ella se ríe, Eddie quiere gritarle que no lo haga, no quiere ser contagiado por Isabella, sin embargo en mitad de la canción él ríe también.

Prendé otro cigarrillo. Ella muerde su boca.

—Es tarde.

—No para mi, apenas comienza la noche, ¿tienes sueño?

—No, no tengo sueño.

Ambos se miran, el deseo incendiario está allí.

—¿Quieres comer otro poco de mi estofado?

—Solo un poco. Después quiero que me cantes otra de tus canciones.

Bella, quien ya caminaba hacia la estufa, para y voltea.

—Me da vergüenza, Edward, tú eres el músico aquí.

Eddie da una profunda calada a su cigarro parece que no… ¿qué soy, Bella? ¿Quién demonios soy?

—Solo canta, nena, solo malditamente canta, no te estoy pidiendo nada extraordinario, no me estás dando un hijo o algo así.

—No —mira hacia el vacio— no, algo así.


Editado por XBronte, a quien dedico los casi o cinco capítulos que siguen, mi amiga, aquella mujer hermosa, valiente y quien es uno de los seres más fuertes que he conocido ¡eres mi roca! Chicas, escribí casi 120 páginas, prometí escribir todo el proceso de Eddie hacia la destrucción y la verdad, pues lo hice, saben que hubo un matrimonio de casi dos años, no podía saltarme este proceso, así que agarren sus cinturones mis amores porque esto comienza. A mis lectoras fantasmas, a las que me acompañan, a todas un millón de besos, aquí estoy de nuevo con esta historia.