Draco siguió a Hermione hasta el cuartel de policía. No se sorprendió al ser testigo de lo querida y respetada que era, al fin y al cabo, él la conocía tan bien y sabía cómo era: una mujer inteligente, valiente y encantadora. Al caminar por el pasillo, diferentes personas le daban reportes y le preguntaban por temas relacionados con el trabajo:
—Le dejé el informe del caso del secuestro en Maine.
—Hay un recado en su escritorio del procurador de la fiscalía.
—Alguien del FBI la llamó y dijo que era por el tema de los snowboards con cocaína.
—Los forenses dicen que tienen el resultado del análisis de las evidencias en el caso del tráfico de órganos.
—El informe del caso del carrito de helados está en su escritorio.
A todos, ella respondía con un simple: «Está bien, gracias».
Cuando llegó a su oficina, encontró al inspector Daniels leyendo el periódico con los pies subidos a su escritorio. Era un moreno cuarentón, bastante atractivo, pero ambicioso. Muy pocos lo soportaban en la estación.
—Daniels, ¿qué haces aquí? Todavía soy la encargada de este lugar, así que quita tus mugrosos pies de mi escritorio.
—Lo siento, comisario. Pensé que… —el hombre se puso de pie de inmediato, acomodando algunos papeles que estaban sobre el escritorio.
—Pensaste que no iba a venir —Hermione tomó un toalla de papel y comenzó la limpiar el escritorio.
—Es que últimamente te ausentas tanto… Ha de ser difícil combinar el rol de madre con el de policía ¿no? ¿Has pensado en dedicarte… no sé a algo menos riesgoso? ¿O que te quite menos tiempo? En la oficina del fiscal podrías trabajar muy bien.
—¿Y dejarte a ti este puesto? Me esforcé demasiado para estar en donde estoy, Robert Daniels. Soy una de las comisarios más jóvenes de este país, y lo he logrado gracias a mi esfuerzo, demostrando cada día que una mujer puede realizar varios roles.
—Pero últimamente tu rol de madre ha sido más fuerte.
—Eso compensa los días en que el rol de policía se superpuso al de madre. Pero, ¿sabes? No tengo ganas de hablar sobre esto, porque considero que no te compete.
—Sí, bueno, es mejor no tocar ciertos temas… Oye, ¿qué tal si cenamos esta noche?
Draco sintió unos celos horribles al escuchar esa propuesta. Había visto sus intenciones y por sobre todo la lujuria que se le dibuja en el rostro al mirar las piernas y el escote de la comisario... ¡De su esposa!
—No, Robert. Gracias. Eres muy amable, pero tengo otros compromisos.
—Podríamos pasarla muy bien… No sé, tal vez cenar y luego nos podríamos ir a un lugar más íntimo. Vamos Jean, somos jóvenes, tú me gustas y sé que te gusto, así podríamos pasar una noche tú y yo... —el hombre había avanzado un par de pasos hacia Hermione pero al ver el rostro enfadado de su superior, se interrumpió. Quiso morderse la lengua, pero ya había hablado.
—¿Qué? ¿Crees que soy tonta? ¡Lo único que te interesa es mi cargo o escalar posiciones! ¡Búscate a otra! Y, por lo además, agradece que no elevo un reclamo por tus insinuaciones, ni solicito una investigación.
—¡Oh Jean, vamos! No puedes estar sola todo el tiempo.
—Ese es problema mío. Y ahora déjame ¿sí?
—Como quieras, pero seguiré insistiendo.
—Una vez más que toques el tema, olvídate que alguna vez tuviste placa.
Robert entendió claramente la advertencia y sabía que Jean Granger no solo amenazaba, así que rápidamente salió de la oficina, pero Draco lo siguió por el pasillo.
Daniels caminó por el pasillo en busca de la mampara que daba hacia un salón. El mago aprovechó un lugar poco transitado y se quitó la capa. Se apresuró y alcanzó a Robert.
—Alto, debo decirte algo —el policía se giró de inmediato.
—¿Sí? ¿Quién eres?
—Ten cuidado con tu bocota, y tus manos mantenlas lejos de Jean.
—¿Y quién eres tú? —preguntó con una sonrisa socarrona mirándolo de pies a cabeza.
—Soy el esposo de ella… de Jean Malfoy. Así que mantente lejos o yo mismo haré que tus deseos de grandeza se vayan al mismísimo retrete.
—Todos sabemos que Jean es viuda.
—No, error. Yo soy su esposo. Así que mucho cuidado. Ella no está sola.
—No amenaces a un policía… imitación de yanqui.
—Yo también soy policía, gringo. No de este país, como ya te diste cuenta por mi acento… Y, por lo demás, conozco muy bien a los de tu clase, así que mantén tu narizota lejos de mi mujer.
Draco se giró y dejó atónito a Robert. ¿Sería cierto que era el esposo de Jean? Y si lo pensaba bien, eso de que era viuda, era un rumor, ella jamás le había hablado de que realmente lo fuera… más bien, nunca había tocado ese tema. En un tiempo pensó que era madre soltera, pero jamás profundizó mayormente en el asunto. Mejor sería tener cuidado. Mantenerse alejado sería la receta. No quería tener problemas con alguien de Scotland Yard.
Hermione se sentó frente al computador y vio que la puerta se abrió, pero nadie entró. Se encogió de hombros pensando que podía tratarse de una corriente de aire, así que se dispuso a escribir en el ordenador para lo cual subió la manga de la blusa y sin querer tocó nuevamente esa cicatriz que decía…
—«Sangre sucia» —dijo en voz alta pero alguien también había murmurado lo mismo—. ¿Quién está aquí? —se puso de pie y dio unos pasos hasta la salida, miró hacia ambos lados de la puerta del despacho, pero no había nadie.
—Estoy cada día más trastornada… —se dijo meneando la cabeza y giró para seguir en lo suyo pero se encontró de frente con ese hombre que había visto en la mañana. Se sorprendió, pero como su preparación policiaca le impedía expresar algún tipo de emoción que pusiese en alerta al sospechoso, se contuvo y lo miró a los ojos.
—¡Tú! —carraspeó un poco y avanzó un par de pasos hacia él, atenta a cualquier movimiento.
—Hermione, necesito que hablemos.
—¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Para mí es fácil, puedo ir a cualquier lado. Es necesario que hablemos —Draco se acercó a ella, quien se mantuvo firme frente a él y fijó su mirada en aquellos ojos grises. Luego cayó en la cuenta que eran idénticos a los de Rose.
—Bien, toma asiento y hablemos —señaló un sofá doble que estaba cerca, en tanto ella se acomodó en otro. Sabía que en uno de los costados de ese sillón había un botón de alarma, que estaba dispuesta a accionar en caso de requerirlo.
—Como te dije, me llamo Draco Malfoy.
—Sí, eso dijiste en la mañana y mi hija lo creyó.
—Nuestra hija, Hermione —corrigió.
—Mi hija creyó que tú eras su padre, pero Rose sabe perfectamente que su padre murió antes que ella naciera. Yo no sé de dónde has sacado toda esa información, así como tampoco me imagino cómo te has enterado del nombre completo de mi esposo. Pero sea como sea, te pido que no te acerques a mí, ni menos a Rose.
—Todo lo que he dicho, es cierto. Tú perdiste la memoria, ¿no? —Hermione no dijo nada pero lo miró inquisitiva—. Eres inglesa ¿no? Tu madre te llevó a vivir a Tampa pero nunca te explicó la razón de por qué te trajo a América. Simplemente de un día para otro se vinieron lejos de Londres, así de simple… nunca has tenido una foto mía, o un recuerdo, nada—. Hermione estaba absorta, pues todo lo que le decía aquél hombre era incontrastable. ¿De dónde habría obtenido toda esa información?
—¿Quién te contó todo eso?
—¿Quién? ¡Oh, vamos, Hermione, se trata de nosotros! Si supieras todo lo que te he buscado, he viajado miles de kilómetros para encontrarte.
—¿Y solo ahora me buscaste? ¡Ja! ¿Acaso era tan difícil llamar? O ¿escribir? Mejor deja de actuar y dime qué pretendes —Draco respiró profundo y metió una mano en su abrigo. Hermione se puso en alerta, pero el hombre lo único que sacó fue sobre con algunos papeles en su interior.
—Revisa por favor, son mis documentos de identificación. Verifícalos con tu gente, verás que está todo en regla —Hermione los recibió y vio el pasaporte en donde decía claramente la fecha de nacimiento, su número de registro, el nombre completo… ¿el nombre completo? Era el mismo de su esposo. Pero claro, entre millones de habitantes en el mundo, era posible que muchos pudieran tener el mismo nombre.
—¿Y? ¿Qué hay con esto? Puede haber muchos nombres iguales e incluso estos documentos podrían ser falsos.
—Hermione, yo sé que estás cansada, que quieres llegar luego a tu casa para ver a Rose, así que mañana regreso y conversamos bien. Esto es demasiado para ti, y yo te entiendo. Me dijeron que no iba a ser fácil que recordaras o que me reconocieras, menos que sintieras lo mismo que sentías por mí al momento de separarnos. Te voy a dejar mis documentos para que revises la autenticidad e incluso, mira lo que voy a hacer…
Draco se puso de pie y Hermione lo siguió con la mirada, se acercó al escritorio de ella y abrió un tampón de timbres, puso sus dedos índice y medio sobre la tela empapada con tinta azul y los manchó con esa sustancia, luego en una hoja blanca que también estaba sobre el escritorio, los estampó.
—Esas son mis huellas, revísalas y mañana me cuentas —tomó del sillón la suave capa que traía consigo. Solo en aquel momento Hermione reparó en esa inusual prenda. También se puso de pie y caminó hasta su escritorio para tomar la hoja de papel.
—No entiendo qué pretendes… —al levantar la mirada, él ya no estaba.
Hermione no se iba a quedar con la duda, así de inmediato se dirigió a una de sus oficiales y le pidió que revisara la autenticidad, tanto de la cédula como del pasaporte, mientras ella iba al Departamento Forense del piso siguiente. Entregó la hoja con las huellas de Draco marcadas en él.
—Necesito que las revises.
—Como diga, comisario —dijo el investigador del laboratorio. La puso sobre un digitalizador que demoró un par de minutos en traspasar la información a la base de datos—. Las huellas no pertenecen a ninguno de los fichados.
—Revisa en la base de turistas.
—Sí, como diga —ahí se demoró un poco más. El proceso era relativamente rápido. Al cabo de unos cinco minutos el joven tenía una respuesta—. Sí, las huellas corresponden al señor Draco Lucius Malfoy Black, inglés, que está como turista en Estados Unidos.
—¿Puedes comunicarte con la embajada de Inglaterra y preguntar por los antecedentes de este hombre, si tiene esposa, familia… en fin, todo? Necesito esa información en una hora.
—Sí, comisario. Tengo mis contactos.
—Muy bien. Estaré en mi despacho.
Al salir del laboratorio, se encontró con Robert, pero éste no la miró. Hermione quedó sorprendida porque Daniels siempre la saludaba o le buscaba un tema de conversación, pero ahora incluso sintió que la miraba con recelo. Ahí tenía otra cosa rara que agregar a ese día tan poco usual.
Pasó por la oficina en donde había dejado los documentos de Draco, ahí le indicaron que todo estaba en orden y que no había falsificación alguna. Así que con esa información se fue a su oficina a terminar otros pendientes. Pero mientras leía no se podía quitar de la mente lo que había pasado. ¿Y si este Draco fuera «su Draco»? ¿Por qué después de tantos años recién aparecía? Intentó desprenderse de esos pensamientos y llamó, primero a la consulta del doctor para cancelar la cita, luego a casa para saber cómo estaba Rose y para solicitar a Marita que se quedara un rato más con la niña. No se podía ir sin saber la respuesta de la embajada.
Luego de ello, revisó informes, incluso el de la desaparición de Mundungus Fletcher, era obvio que sus subalternos no habían hecho bien el trabajo y por eso el sospechoso logró vulnerar el sistema de vigilancia. Corrigió un par de frases de una carta y la dejó para que la modificaran al otro día. En ese instante ingresó el joven del laboratorio con un papel de fax en sus manos. Ella se puso de pie rápidamente.
—Esto ha llegado de la embajada inglesa —se lo entregó a Hermione.
—Gracias —el joven se retiró y ella comenzó a leerlo de inmediato. Los antecedentes corroboraban lo que Draco le había dicho. Su corazón casi se detuvo cuando vio su propio nombre, señalándola a ella como la esposa legal de ese hombre que decía ser su marido y padre de Rose.
Se sentó nuevamente, pero cayó como plomo en su sillón. Estaba nerviosa y confundida. Entonces, ¿su esposo nunca había estado muerto? Pero, ¿qué estaba ocurriendo en su vida? Tenía las pruebas en su mano… las legales, faltaban las científicas. Si él era su marido, entonces, Rose… Rose era su hija. ¡Pero por Dios si la niña era idéntica a él! ¿Cómo entonces ese hombre se había contenido tanto y no le había gritado en la cara que era su mujer, que la quería y que Rose era hija de ambos? ¿Los ingleses serían tan calmados? ¿Tan calculadores? ¿Esconderían sus sentimientos? ¿Serían siempre así de fríos? Tal vez Draco Malfoy la buscaba solo por su hija, tal vez no estuviera enamorado de ella… pero eso era un detalle, lo importante era saber si realmente Rose era hija de ese hombre.
Como había dicho, faltaba una prueba, y esa era la científica. Subió nuevamente al piso siguiente y pidió un tubo de recogida de muestra sanguínea con jeringa. No tenía otra opción. Al otro día él regresaría por sus documentos y ella tendría que aprovechar ese momento.
Apresuró sus cosas y se fue a casa. Quería descansar un poco y tratar de ordenar sus pensamientos. Si ese día había resultado poco común y con muchas sorpresas, el día siguiente daba por hecho que sería peor. Así que acostó a su pequeña y ella se quedó a su lado. Quería que pasaran luego las horas y saber la verdad. Pero lamentablemente el sueño no llegó y así se la pasó casi toda la noche. Vueltas y vueltas en la cama, en más de una oportunidad se levantó al baño, a tomar leche o agua. Los minutos eran eternos. Cerca de las cinco de la madrugada logró conciliar el sueño, pero a las seis sonó el despertador.
Se levantó adormilada y se duchó, necesitaba despertar. Había olvidado que era sábado y que Rose no iba a clases, se pudo haber levantado más tarde. Pero bueno, ya estaba hecho, por lo tanto tuvo tiempo suficiente para arreglarse y verse lo mejor que pudiera. Al fin y al cabo ese hombre… Draco… era extremadamente atractivo y la ponía nerviosa. Se colocó una falda roja de pretina ancha y una blusa rosada de seda, pero se abrigó, porque afuera hacía frío. Así que sacó un blazer rojo y se lo puso. El interior del carro era bastante cálido, así que no usaría abrigo. Quería verse bien… ¿Quería verse bien para ese hombre? ¿Estaba actuando como una tonta? ¡Pero si recién lo conocía!
Antes de salir de casa y luego de que Marita llegara, se acercó a su hija y la despertó.
—Bebé, necesito tu ayuda.
—Mamita…
—Quiero hacerte una prueba, pero necesito que me des una gotita de tu sangre.
—No me gusta cuando me pinchas.
—Te prometo que no dolerá. Pero es necesario, ¿harías eso por mí?
—Mmm bueno.
—Dame tu bracito —Hermione suavemente extrajo unas gotitas de sangre del brazo de su pequeña. Luego le puso un poco de algodón con alcohol—. ¿Dolió?
—No, mamita. Tienes las manos suavecitas.
—Gracias, bebita. Espero que todo salga bien.
—Yo no estoy enferma, ¿cierto?
—No se trata de eso, luego sabrás. Y, gracias. Pórtate bien con Marita y no te olvides de limpiar la arena de Kruchans.
—¡Guacala!
—Sí, «guacala», pero hay que hacerlo. Nos vemos a mediodía.
—Te quiero, mamita.
—Yo también, mi vida.
Se fue raudamente a la unidad policial y al entrar a su despacho, Draco ya la estaba esperando. Tan varonilmente vestido, tan elegante y tan atractivo… que tuvo que mirar hacia otro lado, para que él no se diera cuenta. Draco al verla de inmediato se puso de pie y le sonrió.
—Buenos días —saludó.
—Buenos días —respondió con fingida y nerviosa sonrisa.
—¿Lograste dormir un poco?
—No mucho.
—Yo no he dormido nada —confesó Draco—. Y bien, ¿pudiste corroborar mis antecedentes? —Hermione, lo miró, dudó unos segundos, pero de todas formas, respondió.
—Tus documentos son legítimos y está todo en orden —avanzó hasta el cajón de su escritorio y sacó de allí los documentos de él y se los devolvió—. También nos contactamos con la embajada de Inglaterra y nos entregaron mayores antecedentes.
—¿Y?
—Todo esto es muy confuso…
—Te dijeron que estamos legalmente casados ¿no? —preguntó Draco en forma directa. Ella solo asintió—. ¿Y no te acuerdas de nada? —ella negó—. Es que has sido hechizada.
—¿Qué? ¡Estamos hablando en serio!
—Yo también.
—Sí, claro. Drac… —se aclaró la garganta porque ahora debían dar otro paso—. Draco, queda una prueba más… como sabrás yo tengo un hija y…
—Tenemos una hija.
—Y quiero corroborar tu… tu paternidad —dijo finalmente dando un suspiro y mirándolo a los ojos.
—Me parece bien. ¿Qué hay que hacer?— Hermione lo miró incrédula, ¿cómo no iba a saber qué se hacía?
—Un examen de ADN, por supuesto.
—Bien. Explícame cómo se hace eso —lo volvió a mirar incrédula, ¿se estaba haciendo el tonto? O ¿ya era así? ¿Cómo era posible que no supiera algo tan básico? ¿Qué clase de policía era? En el caso de que efectivamente fuese policía…
—Se trata de un examen de sangre para revisar si la información genética tuya es como la de mi hija. Es decir, con eso sabremos si eres o no el padre, ¿de dónde vienes, que no lo sabes?
—Ni te lo imaginas…
—Está bien. Entonces, sígueme, vamos al laboratorio.
Draco la siguió un par de pasos atrás y por Dios, ¡qué bella estaba! Su cintura era perfecta y sus caderas lo volvían loco. ¡Qué ganas de tomarla y aprisionarla contra la pared y besarla hasta quedar sin aliento! Respiró profundo y levantó su vista.
Hermione notó que Draco la miraba, que la escudriñaba... Sentía que estaba auscultando cada centímetro de su anatomía, sobretodo en dónde su gris mirada se había detenido un par de segundos… ¿Le molestaba? ¿Lo enfrentaría? No, definitivamente no. Se contuvo. Quizá si hubiese sido otro posiblemente habría girado, propinándole una buena bofetada, pero era él... además tampoco podía ser tan desvergonzada, ella no había sido muy disimulada al admirar su espalda ancha y su pecho tan bien formado. Ese hombre era extremadamente atractivo.
Entraron al laboratorio y le explicó al mismo joven que estaba de turno la tarde anterior, lo que necesitaba. Era una prueba de paternidad que solían hacer, sin embargo la de hoy carecía de orden judicial emanada por un tribunal. No obstante, siendo ella la jefa de la unidad, el joven no dudó en tomar la muestra que Hermione le entregó para cotejarla con la del individuo que la acompañaba.
Draco, por su parte, completamente desconocedor del procedimiento, desconfió al principio pero él era un Malfoy y los Malfoy son fuertes, se hizo el valiente y fingió no sentir nada. Pero su blanco rostro se puso más pálido de lo normal. Hermione sonrió y meneó la cabeza.
—Esto no es nada, señor Malfoy… yo he sufrido ataques más fuertes y mire, acá estoy —dijo intentando que Draco no se fuera a desmayar.
—Como sea… creo que odio esas agujas —dijo bajando la manga de su camisa una vez que el joven le había tomado la muestra—. Y no me digas «señor Malfoy», me hace sentir viejo —Hermione rodó los ojos y no pudo más que esconder una sonrisa de burla.
—En una hora estará el resultado. ¿Se lo llevo a su oficina, comisario?
—Sí, Samuel. Gracias, la esperaremos.
Draco se puso de pie y caminó junto a Hermione. Ella se percató de que él no se sentía bien. Parecía que no estaba acostumbrado a esos procedimientos y lo tomó del brazo para guiarlo. Con el solo contacto de su mano con él, una especie de descarga eléctrica la invadió. Fue como si algunos recuerdos intentaran regresar a su mente, pero algo los oprimía y no los dejaba avanzar.
Draco, en tanto, realmente se sentía bien, pero era bastante agradable que se preocupara por él, que gustoso recibió la ayuda, aprovechando de tocar más de lo normal, pues cruzó su brazo por la cintura de ella. ¡Bien hecho, Hermione no había puesto resistencia! Pero lo malo era que el jueguito no duró más de algunos segundos, pues ya habían llegado a la oficina, en donde ella lo ayudó a acomodarse en un sofá para que descansara un momento.
Hermione por su lado, fue directo a su escritorio y comenzó inútilmente a leer algunos reportes. Ambos guardaron silencio, esperando a que los minutos transcurriesen rápidamente.
Al cabo casi de una hora, llegó Samuel con un sobre.
—Aquí está el resultado, comisario, tal como lo solicitó.
—Gracias —el joven hizo un movimiento de cabeza a Draco y este le respondió de igual forma. Luego se retiró.
Draco se puso de pie al ver que Hermione no abría el sobre.
—Y, ¿qué sigue ahora?
—La verdad. Este examen en infalible. ¿Prometes que si sale negativo, es decir, que tú no eres el padre de Rose, te alejarás de nosotras, independiente lo que digan los documentos legales?
—¿Pero y si la prueba no es tan infalible como dices?
—Esta prueba no falla nunca.
—Entonces, si ese papel dice que no soy el padre de Rose Luna… yo… ¡yo no juraré nada! Abre de una vez ese maldito papel —el que hablaba era Draco Malfoy, el impaciente de siempre. Hermione no quiso entrar en discusión porque entendía que ella también estaba dilatando mucho ese momento, abriendo de inmediato el sobre, y lo leyó en voz alta:
—«Probabilidad de paternidad: noventa y nueve punto noventa por ciento. No se excluye a don Draco Malfoy Black de la paternidad de la menor Rose Malfoy Granger. Porcentajes concluyentes» —Hermione se sintió extraña, emocionada y confundida. Nuevamente notó que sus piernas no la sostenían.
—Hermione, ¿qué quiere decir eso? —preguntó Draco tomándole un brazo porque ya había advertido la palidez del rostro de ella.
—Dice… dice que tú eres el padre de mi hija… —respondió con un hilo de voz mirando una y otra vez el documento que tenía en sus manos. Draco quiso rodearla con sus brazos, pero ella se alejó unos pasos. No comprendía qué pasaba. ¿Ella era la esposa de ese hombre que estaba allí? ¿Por qué no lo recordaba?
—Comisario, perdón, pero existe la alerta de una posible bomba en los edificios de departamentos de la 34 con Sargent. Lo siento —dijo una oficial de policía desde la puerta del despacho.
—¿Qué? —casi gritó.
—Todas las unidades van a para allá —informó la oficial y se retiró.
—¿Qué ocurre, Hermione? —preguntó Draco al ver la reacción de ella.
—Es el edificio en donde vivo.
—¡Rose!
