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Guerra


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XXXVII

«I must have been a fool

To love you so hard for so long

So much stronger than before

But so much harder to move on.»

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10 de Marzo de 1979

Era la primera vez que Marlenne vestiría una túnica que no era de la tienda de su padre, ni que había sido elegida por él para una ocasión especial, y la chica se sentía algo nerviosa al respecto.

Era como que aquel pequeño gesto, habitual, familiar, le había dado desde pequeña entereza para enfrentar situaciones desagradables que estaba segura que viviría. Sin embargo, esa vez, ni la jornada olía a peligro, ni tenía algo que ver con su familia.

Salió de la ducha con la piel todavía húmeda, para toparse con la bolsa que Lily le había dado hacía tiempo tendida sobre la cama, amenazante. Confiaba en la pelirroja más que en ella misma, pero eso no evitó que el pulso se acelerase de anticipación. Suspiró, deseando que su hermana estuviese allí, y se colocó deprisa la ropa interior antes de enfrentarse, con la toalla a modo de turbante sobre la frente, con la dudosa elección de Lily.

Ella misma era la que le había recomendado no acudir a la tienda de su padre para la boda, una decisión precavida en vano, pues a la larga, todo el mundo mágico había terminado enterándose de cualquier forma. Pero Mar no quería sentir que su padre y su emporio controlaba también eso, y Lily terminó por decidir los trajes para su madrina en la tienda de Madame Malkin, junto a la túnica que llevaría ese día.

El hechizo que le había lanzado la pelirroja para que su amiga no pudiese abrirlo caducaba aquella mañana. Mar inspiró profundo y se deshizo del empaque, para observar por primera vez la túnica que luciría como madrina de bodas de Lily.

—¿Marlenne? —oyó al otro lado de la puerta, seguido de unos suaves golpes contra la madera. La chica tardó un momento en reaccionar y darse cuenta de que se trataba de su madre.

Estaba segura que se encontraba en París. Hacía días que estaba sola en casa.

Terminó de subirse las mangas y acomodárselas en los hombros y se giró.

—Sí, pasa.

La mujer lucía magnífica, como siempre. Aun así, Mar pudo distinguir nuevas arrugas en su rostro cincelado, tan diferente al del resto de su familia.

—No sabía que volverías —murmuró la chica, girándose y fingiendo acomodar la colcha que estaba impoluta.

—Claro que lo haría —la contradijo la mujer, haciendo un gesto con la mano para que se dejara de tonterías. Se sentó en la cama con la espalda bien erguida. —Es la boda de tu mejor amiga, imaginé que necesitarías una mano.

Mar parpadeó pero se repuso enseguida. No estaba de ánimo para enfrentar a su madre. Cabeceó vagamente y se quitó la toalla del cabello, frotándoselo para deshacerse de los restos de agua tibia.

—Te ves muy bien —siguió ella, ajena a los pensamientos de su hija. —No es tan elegante como las de papá, claro, pero está bastante bien. ¿Dónde la compraron?

—Mamá… —protestó Mar en voz baja, tomando la varita para encargarse de su pelo indómito. —En el Callejón Diagon.

—Malkin empieza a hacer cosas bien… —musitó su madre, más para sí. Se palmeó las rodillas para regresar al punto. —¿Cómo te sientes?

—Nerviosa —respondió la chica con sinceridad.

—Pues imagina a tu amiga… Se lleva un buen partido. Los Potter son una buena familia.

Su hija resopló de manera disimulada. La conocía demasiado bien para molestarse por comentarios como esos.

—¿A qué has venido, mamá? —se impacientó Marlenne, tirando la toalla en el baño para buscar sus zapatos. —No tengo mucho tiempo.

—A ayudarte —la mujer no parecía ofendida. —¿A qué más?

—Gracias, pero está bien.

—Ven aquí, hija —pidió entonces su madre, haciéndole señas para que se ubicara frente suyo. —Déjame hacer algo con ese cabello tuyo… Eres una McKinnon, y eres la madrina de la boda.

—¿Cómo…?

—Hija, que el heredero de los Potter está por casarse con una sangre sucia es la comidilla de todo el mundo mágico. ¿Quién sería tan insensata de apoyar algo así? Te conozco bien.

—Lily es mi amiga. Y te agradecería que no la llames sangre sucia.

—Estoy defendiéndote, ¿no ves?

—No.

—No seas terca —la conminó la mujer, tomándola de la muñeca para ubicarla donde quería. —Esa túnica precisa un recogido.

—No es neces…

—Déjame ser una buena madre por una vez, ¿quieres?

Mar no respondió porque enseguida sintió el tacto ligero de los dedos de su madre sobre su cuero cabelludo. La mujer se armó con la varita y el peine que la chica usaba tan poco para conseguir que todos los rizos de Marlenne se acomodaran por encima de la coronilla.

Cuando era pequeña, su madre era la única que podía peinarla de manera decente. El hábito se había perdido —como tantas cosas—, y a la joven le resultaba más cómodo llevarlo suelto.

Entre los tirones que Mar soportaba con estoicismo, su madre hizo una única pregunta.

—¿Extrañas a Marilyn?

Su hija había inflado el pecho antes de responder.

—Sí.

Llevó más de quince minutos tener el peinado listo, y otros diez de parco maquillaje. Cuando su madre evaluó el conjunto, sonrió.

—Estás muy guapa —expresó con sinceridad, buscando una caricia sutil que Mar rechazó. La mujer suspiró y aguardó a que la chica le encontrase la mirada.

—¿Has vuelto a saber algo de Chris?

En sus ojos, Marlenne pudo leer que su madre había quedado ajena a toda la situación. Y en el fondo, creía que era mejor así. Tragó y se apartó la falda para colocarse los zapatos con cuidado.

—No.

—Regreso a Francia por la mañana. ¿Quieres que…?

La idea le congeló el estómago a Mar, con los dedos temblorosos sobre la tira de su calzado.

—No.

—Hija…

—No.

—No puedo entender por qué se marchó así, tan lejos, y sin ti —protestó la mujer, torciendo el gesto con acritud. —¿Vas a decirme alguna vez lo que ocurrió entre ustedes?

La muchacha terminó de ponerse los zapatos y se irguió por completo. Si bien su estatura era escasa, como su madre se hallaba sentada, le sacaba un palmo de distancia que le dio coraje.

—No.

—Eres igual de terca que tu padre —se lamentó la mujer, pasándose los dedos por la frente. —Está bien, como quieras.

—Tengo que irme.

—Espera —Mar se guardó la varita y el bolsito que había preparado de antemano antes de girarse hacia su madre. —Envía felicidades a tus amigos.

—Creí que no eran de su interés —respondió la joven, dejando entrever un poco de amargura.

—No para el negocio —reconoció la aludida. —Pero son tus amigos, ¿no? Diviértete.

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10 de Marzo de 1979

Cuando Mar entró en la habitación que había sido reservada para la novia en la mansión de Canterbury, no imaginó encontrarse con tal panorama.

Hestia era la única que estaba allí, además de Lily. Apenas abrió la puerta la muchacha le lanzó una mirada pidiendo auxilio que Mar tardó en comprender, pues iba pensando en lo raro que se sentía tener la nuca descubierta.

Lily lloraba con ganas, pincelada de tintes histéricos, sobre un manojo amorfo de tela. Ya tenía puesta su túnica, aunque todavía tenía el cabello recogido en un moño medio deshecho.

—¿Qué pasó? —murmuró estupefacta, llegando hasta donde se encontraba Hestia. Lily no parecía haberse percatado de su presencia.

—Solo… —dudó la chica, apenada. —Solo recibió una lechuza. Y luego salió despedida como una loca, y se puso a llorar sobre ese vestido —explicó Hestia a la carrera, señalando hacia donde se encontraba la pelirroja. —No consigo que se calme y tengo que bajar a ayudar a Emmeline…

—Yo me encargo —sentenció la recién llegada con algo de brusquedad, sospechando por dónde iban los tiros. —Ve abajo.

Hestia era una muchacha agradable que tenía un corazón enorme. Pero en ese momento, Mar no consideró que era tiempo de desplegar modales: Lily se casaría en menos de dos horas.

—Está bien —convino Hestia en voz baja, sin borrar su mueca de preocupación. —Si necesitas…

—Sí. Te veo luego.

La chica se escurrió tras la puerta y dejó la habitación sumida en un silencio cortado solo por los sollozos de la pelirroja. Mar respiró profundo antes de alcanzar a su amiga.

—Lily.

La aludida levantó la cabeza alarmada. Tenía la nariz roja y los ojos anegados, brillantes cuando dio con la silueta de Marlenne.

—No me digas que…

Entonces, la chica entendió todo. Suspendida en el aire, las palabras no dichas cobraron forma y Lily volvió a encogerse sobre sí misma, llorando de puro desconsuelo.

Marlenne había insistido, pero la pelirroja había comprado de cualquier forma un vestido para Mary, el que suponía, estaba siendo aprisionado por las manos temblorosas de su amiga, bañado en lágrimas.

—¿Qué te respondió? —preguntó entonces la chica, bajito, haciéndose espacio para colocarse junto a su amiga. Le pasó un brazo por los hombros hundidos y agachó la cabeza para oír el susurro de la pelirroja.

—No respondió —dijo ella con la voz tomada. —S-solo regresó la invitación. Tal y como la mandé.

Gimoteó y se sorbió la nariz al despegarse de la tela de la túnica, dándose cuenta de que la había echado a perder completamente.

—Te lo dije, Lily —Mar intentó que sus palabras no sonaran a recriminación, pero tenía los puños crispados. Aquel tema solía sacar lo peor de ella. —Te dije que no guardaras esperanzas… No tendrías que haber…

—¡Es mi mejor amiga, Mar! —se desesperó Lily, volviendo a llorar. Había soltado la túnica que se desinfló sobre sus rodillas, los manchurrones mojados empezaban a amenazar su propio vestido. —¡Ella y tu son mis mejores amigas! ¡Mis hermanas! ¡Deberían estar las dos aquí, como madrinas! ¿Por qué…? ¿Por qué…?

Marlenne nunca había podido sentir empatía con el resto de la gente. Era algo que solía escuchar, a sus espaldas y de frente. Incluso de Marilyn. Y de Sirius. Le costaba encajar en su entorno y ante situaciones emocionalmente delicadas, tendía a recluirse y a mirar a otro lado.

Pero Lily siempre había sido alguien especial en su vida. Compartía ese lugar dentro suyo al que solo podía acceder Marilyn y, como su hermana, la hacía brotar con naturalidad las acciones más impensadas.

Mar la abrazó con ganas, estrechándola fuerte contra sí. La túnica que tendría que haber sido para Mary resbaló a un costado y se estrelló contra el piso mientras ambas amigas se sostenían para mantenerse en una pieza.

Era lo que Lily necesitaba. Mar esperó, paciente, con la garganta tomada, a que el llanto desgarrado de la pelirroja amainara de a poco, encauzándose. No la soltó de inmediato, como habría hecho en otro momento, sino que la mantuvo firmemente aferrada a sí, comunicándose en ese idioma que habían aprendido a base de silencios.

—La extraño tanto, Mar —musitó la joven con la voz ahogada, sacudida por el llanto. Podía oler los vestigios de decepción en su tono. La aludida tragó grueso y procuró sostener los pedacitos de Lily para que se no se deshiciese a sus pies, y de paso, apuntalarse a su lado.

—… Yo también.

—Duele —gimió la pelirroja, sobándose el pecho. —Duele muchísimo —respiró hondo, intentando calmarse. —No creo poder hacerlo sin ella.

—Estoy aquí, Lily. Tienes que hacerlo.

Despacio, sacudida de los últimos espasmos, la joven se apartó del pequeño y cálido cuerpo de su amiga, para pasarse las palmas por las mejillas, sacudiéndose los restos de dolor.

—Lo lamento —se disculpó, tan bajito que Mar tuvo que adivinar por el movimiento de sus labios.

—No lo hagas.

—Tendría que haberte hecho caso —siguió, con un poco más de entereza. Inspiró profundo para animarse a erguir el cuello y encontrar su mirada. —Tenía esperanza.

—¿De qué? —Marlenne se arrepintió de preguntar antes incluso de terminar de pronunciarlo. Una sombra cruzó los ojos de Lily, que se esforzó por sonreír con los labios temblorosos.

—De que viniera.

La muchacha cabeceó, guardándose muy dentro su propio sufrimiento —era uno ardiente, cubierto de capas gruesas de cabreo y orgullo—, para conseguir la habilidad de recomponer a Lily en menos de una hora.

Tenía que asistir a una boda.

—Estoy aquí, Lily —dijo después de un corto silencio. Le tomó las manos húmedas de lágrimas por encima de la delicada fábrica de su vestido y las apretó con fuerza antes de observarla de frente.

—Estaré para todo lo que necesites —tragó grueso ante la expresión de desolación de su amiga. —Sé que no soy Mary y que nunca podré llenar el hueco que ha dejado. Pero estoy aquí. Confía en mí. Saldrás de aquí y serás la mujer más feliz de la tierra. Incluso sin Mary.

Lily sonrió con más ganas, el tembleque reducido a un suave escalofrío. Su amiga pudo verse reflejada en lo que esperaba, fuesen lágrimas de agradecimiento.

Llevaba demasiado tiempo limpiando las de dolor. Ese día, tenía que ser de luz.

Para oscuridad, ya estaba todo lo demás.

—Sí —afirmó la pelirroja, convenciéndose. —Soy una tonta —no soltó el agarre de Mar para frotarse los últimos restos de humedad del rostro con el hombro desnudo. —Ya… ya tengo que terminar de alistarme.

—Sí.

—Y… casarme.

—También.

—Con James.

—Eso espero.

Mar vio como Lily apuntalaba su sonrisa, firme. Finalmente la dejó ir, para que se pusiera de pie y volviese a armar su fachada de novia. Procuró tomar el vestido deshecho sin dueña para esconderlo debajo del sillón en el que habían estado sentadas, para que Lily no tuviese más recordatorios agónicos de lo que no sería nunca.

Y se concentrara en lo que vendría.

En James.

—Bien —comenzó Mar, alisándose la falda, un poco más tranquila. —Vamos, que tienes mucho que hacer. Si no estás lista en media hora, me echarán la culpa a mí, y ya puedes imaginarte la ansiedad de James si llegas tarde.

Era cierto, pero lo que Marlenne quería era recordarle a su amiga el motivo de todo aquello. Funcionó. Lily asintió frenética con la cabeza y regresó casi corriendo al tocador, con su amiga a la zaga.

—¿Me harás el peinado, verdad? —medio suplicó la pelirroja, a la par que empezaba a maquillarse y a ocultar los vestigios del llanto fresco. La similitud con Marilyn asaltó a Mar una vez más, dejándola sin aliento por una fracción de segundo.

Mary había sido siempre esa esencia tan parecida a su hermana en su vida. Mary.

—Claro.

—Gracias.

No podían perderse en el pasado.

Mar se inclinó sobre el marco de la puerta del baño en el que Lily terminaba de retocarse el maquillaje, suspirando.

—¿Qué? —exigió la joven, observándose desde cada ángulo.

—Nada —murmuró Marlenne, deshaciéndose finalmente de sus fantasmas. —Es solo que… Si necesitas un empujón más, puedes pensar que hoy es el día más feliz de tu vida.

Lily detuvo sus movimientos. Dejó con delicadeza la varita y la brocha sobre el tocador y se volvió hacia su amiga, ya con la sonrisa limpia y sincera de siempre.

Mar no permitiría que Mary arruinase esa boda.

—El día más feliz de mi vida empezó hace un año, Mar —confesó la pelirroja con ternura. —A pesar de todo, no hay un instante que no me sienta increíblemente feliz al lado de James.

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10 de Marzo de 1979

—Entonces, ¿estás listo para esta tragedia?

—Sirius, nací listo para esto —farfulló James por décima vez, acomodándose la pechera de la túnica frente al espejo. —Y hazme el favor de apagar eso, que el olor quedará en tu ropa y estoy seguro que Lily lo notará.

El muchacho elevó las cejas desde su cómodo sitio junto a la ventana, ya vestido de manera impecable y con el cigarro entre los dedos.

—Pues ahí tienes la excusa, Cuernos: Lily no tolera el tabaco. ¿Quién no tolera el tabaco? Todavía estamos a tiempo para la fuga, tengo la moto en el cobertizo.

Remus puso los ojos en blanco luego de intercambiar una mirada con Peter, que sujetaba la risa entre los dientes.

—¿Por qué querría huir? —apuntó el chico, divertido. —Es lo que James quiso desde siempre. ¿O tengo que recordarte todos sus patéticos intentos porque Lily le prestase atención?

—Oye —rezongó el aludido, reprendiéndolo con los ojos a través del reflejo del espejo. Intentaba, sin éxito, mantener su cabello aplastado contra la coronilla.

—Es la verdad —comentó Remus, encogiéndose de hombros.

—¡Es la muestra de que no está en sus cabales! —interrumpió Sirius, levantando los brazos para señalar a su amigo que empezaba a rendirse con su peinado. Había tirado la colilla por la ventana hacía un momento. —¿Quién, en su sano juicio, perseguiría hasta el hartazgo a una pelirroja mala leche? ¡Y nada más y nada menos que para casarse con ella!

—Te agradecería que no hables así de mi futura esposa.

—Es que tú estás pirado, macho —se rindió Sirius, echándose hacia atrás de un fuerte envión. Lucía enfadado por el poco apoyo del resto de sus amigos. —Estás rompiendo uno de los pilares de nuestra amistad, y de la esencia de nuestra vida, además de…

—Sirius, te recuerdo que estabas feliz porque James y Lily fueran a casarse —lo atajó Remus, empezando a hartarse. —Así que deja la pataleta de niño malcriado.

—Eso.

—¿Por qué James rompería nuestra esencia de vida? —inquirió Peter, haciendo una mueca de incomprensión. Sirius enarcó ambas cejas y lo señaló.

—¿Ven? Pete sí entiende.

—Yo solo…

—No nos casamos —expresó, como si mencionase una máxima universal. —Se suponía que ese era el trato.

—¿Qué trato? —soltó James, confundido y divertido a la vez.

—Nadie dijo eso nunca —lo contradijo Peter, acomodándose las mangas de su túnica.

—El pirado eres tú, Sirius. Por supuesto que van a casarse… eventualmente.

—Contaba con que te mantendrías virgen hasta la muerte, lobito, ¿y ahora quieres casarte?

—Eres un imbécil —le sonrió James, cortando de cuajo la conversación que de seguro se transformaría en discusión. —Deja de intentar liarla —Sirius refunfuñó y se cruzó de brazos, torciendo el gesto. Remus suspiró y obtuvo unas palmadas por parte de Peter, que ya se había puesto de pie. —Y no finjas, Lily te cae bien.

—Define caer bien.

—Sirius…

—Está bien —masculló, incorporándose. —De verdad pensé que huirías a último momento. Hay que tener huevos para estar frente a la pelirroja.

James chasqueó la lengua y le hizo una seña a Remus para ir saliendo.

—Creo que James no es del todo consciente de lo que está haciendo —susurró Peter en un aparte, dándole algo de crédito a las palabras de su amigo. —¿Crees que estén bien? Es decir…

Sirius se encogió de hombros, con la mirada clavada en la espalda de James.

—Tú lo has dicho, era su puto sueño de mierda. Podría haber querido ponerse una tienda de Quidditch, pero no, él va y se ata a la pelirroja loca de los cojones.

Esa vez, Peter no pudo aguantar la risa, a pesar de que ya recorrían la mansión de Canterbury hacia el jardín, a una distancia prudencial de James y Remus para que no les echaran la bronca.

—Están locos —sentenció, sin dejar de sonreír. —Pero en el buen sentido. Ojalá consiguiera algo como lo que tienen ellos. Creo que también le pediría matrimonio si eso pasa.

—¿Estás pidiendo a una pelirroja neurótica? —se horrorizó Sirius, fingiendo un ataque al corazón. —Esto no puede estar pasando. Puedo ver la influencia del nenaza virgen de Remus a kilómetros. ¿Qué está haciendo con nosotros?

A pesar de que se mantenían varios por detrás, el licántropo volteó para dirigirles una mirada asesina, mientras guiaba a James hacia la puerta de salida. Peter le golpeó el hombro —más cerca del codo que de su objetivo, en verdad, por la diferencia de alturas— y salieron al jardín bañado por una cálida y mágica luz emitida desde la burbuja protectora que habían montado horas atrás.

—No sé a quién intentas engañar —susurró Peter, mordiéndose el labio y vigilando por el rabillo del ojo a sus amigos para que no volvieran a regañarlo. —Eres un padrino horrible, pero serás el primero en hechizar a alguien si se entromete en esta boda.

Ante la sugerente mirada de Peter, Sirius terminó rindiéndose y dejando caer de a poco la mueca de soberbia impostada y las ganas de joder.

—Para eso está el padrino de mierda.

Sonrieron, mientras atravesaban el sitio ya completamente listo para la ocasión. Peter dudó un momento antes de hablar.

—¿De verdad tu…? —titubeó y cerró la boca, desviando la mirada. El joven alzó una ceja.

—Escupe, anda —sonrió con desgana. —¿Vas a decir una mariconada?

—Probablemente.

—Entonces no sé si quiero oírla.

—¿De verdad no te casarías? —soltó a bocajarro, procurando evitar los ojos de Sirius. —Si tuvieses la oportunidad de arreglar las cosas con Marlenne y…

—No.

La nota acerada de la voz de Sirius obligó a Peter a callarse en el acto. El muchacho no le dirigió otra mirada, sino que permaneció en silencio un momento, como si hubiese sido arrancado de su rincón apacible desde donde podía molestar al mundo.

Peter lamentó haber dicho lo que estaba pensando. El silencio se esparció por un instante, denso, y antes de que el joven pudiese conseguir qué decir para arreglar el estropicio, Sirius sacudió los hombros y señaló un punto al costado de la tarima principal.

— Creo que mi sitio es ahí —dijo sin inflexión alguna en la voz. Peter asintió y se dispuso a marcharse junto a Remus a sus lugares, pero Sirius sonrió y finalmente cruzó su mirada con la de su amigo. —Y las cosas con Mar van a arreglarse, Pete. No me subestimes.

—Claro.

No lo creía, pero dejó que Sirius tomase el sitio del padrino, junto a James que lucía más nervioso que nunca —no dejaba de toquetearse el cabello y acomodarse los lentes, en vano— y se acomodó junto al licántropo, que mantenía su expresión de cautela.

—¿Todo bien?

—Sí —ambos miraron al frente, para ver cómo Sirius le daba un manotazo a James para que se estuviese quieto. —Vamos a recordar este día toda nuestra vida, ¿verdad?

—Y que lo digas.

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10 de Marzo de 1979

El jardín de Canterbury se había replegado sobre sí mismo y lucía engalanado con sus mejores vestimentas para recibir al dueño de la casa, rebosante de la luminosidad que faltaba fuera.

Lo cierto era que aquello no podía definirse como una fiesta en sentido estricto, pues prácticamente la totalidad de los invitados había contribuido de alguna forma a su realización.

Habían tenido que podar y adecentar el lugar, puesto a que después de la muerte de Dorea Potter, James no se había preocupado demasiado por los grandes terrenos de su hogar. Se limitaba a mantener habitable la pequeña zona de uso habitual y, ciertamente, el jardín no lo era. Hagrid había acudido sin que nadie lo llamase, con todos sus enormes herramientas a ponerlo a punto con esmero, luego de darles un largo y sentido abrazo que casi quiebra a los futuros esposos. Había dejado el césped corto y brillante, con el viejo camino de flores que la señora Potter tanto adoraba de nuevo en su vieja gloria, sin gnomos ni plantas carnívoras.

La decoración había corrido por cuenta de Remus, Hestia y Dorcas. Habían conseguido inmiscuirse en el Londres muggle para comprar lo necesario y luego encantado para poner todo en su sitio. La celebración sería por la tarde, pero habían decidido de cualquier modo poner en todos los laterales tiernas lamparitas redondas que alumbraban todo el lugar, junto con lazos de seda vaporosa que delimitaba el centro de la escena. Alice había colocado con esmero las sillas y dispuesto el sitio de cada uno mientras Frank supervisaba que todos estuviesen donde tenían que estar. Habían desenrollado una larga alfombra clara por donde pasaría Lily y Hestia, a pesar de las quejas de Dorcas y la mirada dudosa de Remus, había insistido tanto con dejar caer sobre ella una lluvia de pétalos rosados que Fabian —que no tenía una tarea asignada y se dedicaba a merodear echando mano donde se precisara—, había terminado por desaparecerse esa misma mañana para conseguirlos. Hestia había bailoteado como una niña descalza sobre la alfombra mientras dejaba caer los pétalos tiernos, haciendo caso omiso al refunfuño de Dorcas y la mirada divertida de Fabian.

Por otro lado, Dorcas, que era sin duda de las más diestras con la varita, había terminado por darle el toque que el jardín de los Potter necesitaba para convertirse en tierra de ensueño. Con maestría, había logrado encantar minúsculas mariposas doradas que aleteaban sobre las lamparitas, atraídas de manera irremediable por su luz. Las más grandes habían terminado detrás de la tarima central, donde Remus había colocado las lámparas más voluminosas. El aleteo constante dejaba una estela de ensueño al jardín tan pobremente cuidado hacía apenas unas semanas atrás.

El equipo de defensa, constituido por Ojoloco, Caradoc, Edgar y Benji se había encargado de que el evento intentara desarrollarse con la mayor cautela posible. Habían creado un campo prácticamente impenetrable, un domo que cubría por completo la mansión de Canterbury y volvía engorrosas las actividades de último minuto —como Dorcas, que había ido a cambiarse y se había dado cuenta que había olvidado los zapatos, teniendo que aparecerse a medio kilómetro del lugar debido a la protección—, además de agregar un escudo especial al jardín. Ojoloco había estado bastante más paranoico de lo usual, sobre todo desde que Dearborn había llegado con la noticia de que la boda inminente había llegado a los medios amarillistas como Corazón de Bruja, por mucho que las prisas y la discreción hubiesen obrado en contra. Los Potter eran una familia de renombre dentro del mundo mágico y por más que James intentase pasar desapercibido, su enlace inminente con una hija de muggles era una noticia muy tentadora como para que quedase sin efecto.

A pesar de que nadie sabía exactamente cuándo se casarían ni dónde, Ojoloco había exigido máxima seguridad, farfullando a regañadientes que nada de eso sería necesario si los involucrados hubiesen sido más juiciosos. Pero el daño ya estaba hecho y Lily y James estaban decididos a contraer matrimonio por mucho que la alta sociedad mágica estuviese observándolos con la nariz fruncida. Lo que más le preocupaba a Ojoloco —y a decir verdad, a Caradoc y a todos— no eran precisamente los pruritos de los rancios sangre pura, sino la intentona de los mortífagos de interrumpir un día de fiesta.

Por eso Moody había obrado con paranoica puntillosidad para que nada los tomase por sorpresa. Si los mortífagos querían entrar sin invitación, la Orden del Fénix al completo estaría ya alerta con suficiente tiempo de anticipación.

Benji había sido el que había dotado al escudo interior, el del jardín, de esa luz que encantaba por su tono tornasolado, para que los presentes pudiesen sentirse a gusto dentro de la enorme pecera de cristal que habían confeccionado con ahínco.

Por último, Emmeline era la encargada de la cocina. Su mano había hecho la mayoría de los aperitivos que se servirían después de la ceremonia principal y estaba lista para, luego de oír el ansiado «sí, acepto», regresar a las cocinas para poner a punto el plato principal. Lily no había querido nada demasiado ostentoso, y se había contentado con todas las recomendaciones que le había dado su compañera, sabedora de que en eso, Emmeline tenía mucha más ventaja.

Así que de esa manera lucía cuando James se apostó en su sitio, al frente. Nadie estaba todavía donde debía estar, puesto a que todos andaban pululando, varita en mano, dando los últimos toques a la decoración, a la defensa, a sus vestimentas, o a sus sonrisas.

Sirius tardó un poco más en llegar en el sitio reservado al padrino, brindándole un manotazo certero para que se estuviese quieto.

—Entonces… ¿la moto en el cobertizo…? —empezó. Despuntaba una de sus sonrisas sinceras, genuinas. Su amigo lo observó un momento, y negó con la cabeza.

—Lo siento, pero esta vez no la necesitaremos.

—Lástima —dijo Sirius encogiéndose de hombros. —Ya había conseguido que volara.

Se rieron bajito, haciendo caso omiso de las señas que les hacían Remus y Peter algunos metros más allá, en sus sillas. Habían repartido pocos asientos a ambos lados del pasillo, no eran muchos los invitados.

—¿Nervioso? —preguntó al fin Sirius, sacudiéndose los últimos vestigios de la broma. Sacó su pitillera y le ofreció uno a James, que se mordió el labio antes de rechazarlo.

—Ahora sí.

—Pensé que habías nacido listo —se burló el joven, guardando la cajetilla intacta.

—Sí. Será que traicionan a último momento —sugirió James haciendo un último intento por pegar su cabello contra la coronilla. Sirius lo apartó de un movimiento certero y buscó los ojos de su amigo.

De su hermano.

—No lo hacen, idiota —sonrió con ganas, haciendo que automáticamente James lo imitase, como si no pudiese evitarlo. —Es lógico, pero contrólate. O te harás encima cuando veas a la pelirroja caminar hacia aquí.

—¿Ya te he dicho que eres el peor padrino que alguien pudiese tener?

—Claro —iba a hacer otro comentario malsonante pero se lo guardó para después. Sentía que lo que él llamaba mariconadas tironeaba de él, avivándole la lengua para decirle a James lo que realmente pensaba. Lo miró de frente. —Es la mejor elección de tu vida, lo sabes, ¿verdad?

—Sí. Después de ti, obviamente.

—Obviamente.

No había nada más que decir, si habían aprendido hacía demasiado tiempo a entenderse a la perfección con solo echarse un vistazo. Sirius le dio una última palmada y se apostó en su sitio, dejando a James solo cerca de la tarima, sonriente y ya sin movimientos nerviosos.

Empezaban a acomodarse. Sirius vio como detrás de Remus y Peter se sentaban Alice y Frank de la mano. Dorcas discutía en un aparte con Benji, como siempre, despampanante en su túnica de plata.

Hagrid ya había llegado, su asiento reforzado listo en la anteúltima fila. Parecía querer indicarle a McGonagall su sitio, por mucho que la profesora ya lo supiera.

El muchacho miró el reloj y luego, de reojo, el lugar vacío que le correspondía a la madrina. Estaban apostados de manera paralela, separados por la alfombra pero a la misma altura. No estaba seguro de querer verla, pero el estómago se le contrajo de la ansiedad anticipada.

Lily y James habían decidido reservar la primera fila, ubicada detrás de los padrinos. Simbolizaban los sitios que, de haber sido las cosas diferentes, hubiesen ocupado los padres de ambos.

Por otro lado, a Sirius no se le había escapado que Hestia, que llegaba desde la cocina, había evaporado en el aire la silla que estaba en la otra punta, en segunda fila. Lily había insistido hasta último momento en reservar el lugar de Mary. Tal parecía que había sido en vano.

Hestia había regresado corriendo a la mansión antes de volver apresurada con Emmeline, que terminaba de acomodarse la túnica con las palmas, para ubicarse en sus lugares. La música había empezado a sonar con el toque de varita de Gideon, en un costado, delante de las flores de Dorea Potter. La atmósfera de anticipación recorrió el pequeño refugio, minando poco a poco el revuelo para convertirlo en susurros.

Fiel a su naturaleza, Ojoloco permaneció detrás, alerta. De pie, su ojo mágico no cesaba de girar, empeñado en cubrir todos los frentes.

Sirius unió las manos al frente y aguardó, recorriendo finalmente la mirada sobre todos los presentes. Una extraña mezcla de sentimientos lo invadía. Alegría, sí. Un poco de tonta emoción. Ansiedad. Dolor.

Y una pizca de miedo.

Las sillas ya estaban ocupadas.

La música aumentó su volumen, y el susurro se convirtió en silencio precipitado, adornado de aleteos frágiles que arrancaban destellos dorados sobre sus cabezas.

Y entonces Mar salió de la mansión, con la falda recogida en un puño, pasando de largo junto a Ojoloco al cual le dedicó una parca seña con la cabeza y rodeó todo el lugar para evitar el pasillo central, llegando a paso raudo a su sitio.

A Sirius el aliento se le atoró en la garganta, mientras recorría el perfil delineado a pincel de la muchacha, tan cerca y a la vez tan lejos. La túnica roja parecía centellear sobre su cuerpo, ese que él podía recitar de memoria, esbozar con los dedos con perfección casi obscena. Mar estaba allí, evitando su mirada y tan malditamente hermosa que a Sirius se le antojó ridículo que James estuviese por casarse con la pelirroja si existía en el mundo alguien como ella.

Recordó las palabras de Peter, farfulladas a media voz.

Claro que no se casaría con ella. ¿Para qué hacerlo? El cuidado que estaba poniendo Mar en rehuir su presencia le estaba gritando que aún existía entre ellos ese hilo delgado, frágil, que habían remendado demasiadas veces ante la amenaza de morir deshilachado, y Sirius estaba seguro que si tiraba de él con la fuerza suficiente, Mar terminaría entre sus brazos.

De donde jamás tendría que haberse marchado.

Entonces, ¿para qué toda esa tontería? No necesitaba un sitio bonito en un jardín para paladear la certeza de que nunca querría tanto a alguien como lo hacía con Mar.

La música ahogó sus pensamientos y, de golpe, Lily estaba de pie al final del pasillo, lista para caminar hacia su destino.

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10 de Marzo de 1979

El jardín remendado de Dorea Potter contuvo el aliento cuando la silueta de la pelirroja se detuvo en su sitio, tímida.

Sola.

El tiempo pareció ralentizar su marcha para poder apreciar la mirada que se ofrecieron Lily y James, a demasiada distancia, franqueados por todos aquellos que los conocían y habían palpado de primera mano esa relación con tintes mágicos que sostenían sin esfuerzo.

Sirius se obligó a arrancar los ojos de Marlenne para poder apreciar a la novia. El único sonido que se oía era el de la música al costado, que anunciaba que Lily debía ya empezar a caminar por la alfombra dispuesta con los pétalos de Hestia, pero la muchacha parecía demasiado ocupada en besar con la mirada a James como para darse cuenta de ello.

La joven no llevaba flores en las manos. La túnica se le ceñía al talle con una deliciosa sinuosidad, marcándole el busto y dándole apariencia celestial. ¿Era la túnica la que hacía el trabajo o era la felicidad irredenta que despedía Lily por cada uno de los poros de su piel? La falda se abría en flor por debajo de su cadera, a los lados, haciendo juego con las mangas que caían desde la mitad del brazo, regalando los hombros desnudos.

Se había dejado el cabello suelto, incendiado a su espalda, recogido por delante solo por algunas florcitas que hacían juego con su vestido, que se acercaba más al rosado cremoso que al blanco.

Lily seguía inmóvil al pie del pasillo, con los ojos vidriados y el corazón en un puño.

Entonces Sirius siguió su impulso, como solía hacer y en un parpadeo, cruzó la distancia de varias zancadas y se apostó con la barbilla levantada junto a la pelirroja, ofreciéndole el brazo como si se tratara de una princesa.

Las risas cosechadas no se elevaron demasiado. Siendo Sirius, no era del todo inesperado.

—¿Qué haces? —cuchicheó Lily, saliendo de su estupor.

—Llevándote al altar, pelirroja. ¿Qué más?

Tiró de ella con suavidad y Lily emprendió la marcha al resto de su vida, con pasos demasiado pequeños para calmar la ansiedad que la carcomía dibujando la sonrisa de James al frente.

—¿Te das cuenta que no eres mi padre? —susurró la muchacha sin dejar de sonreír y mirar a su futuro esposo. Sirius chasqueó la lengua.

—Sería algo así como el padre espiritual de su relación. ¿Quién mierda crees que soportó a James todos estos años?

El pasillo era corto, y antes de que Lily pudiese responder, habían llegado a la orilla de la tarima, desde donde James había variado su emoción por una expresión divertida ante el arranque de su amigo. Sirius se detuvo y deslizó su brazo hasta tomar la mano de Lily y, en un gesto más antiguo que el mundo mismo, la depositó con tino sobre la anhelante de James.

—Gracias Sirius —dijo Lily, apretando la palma de James. —Por todo.

—No hay por qué, pelirroja —musitó el aludido, comunicándose en silencio con James por última vez antes de regresar a su sitio, feliz y satisfecho con su labor.

Nadie sabía en qué momento el pequeño hombrecito del Ministerio, vestido por completo de negro, se había apostado bajo las lámparas, listo para dar inicio a la ceremonia. Lily asió con fuerza la mano de James y, juntos voltearon hacia él.

Los bajos cuchicheos se detuvieron cuando el hombre empezó a hablar, a pesar de que las miradas seguían sin disimulo a Sirius y a los novios. De pronto, el tiempo quería ver a la pareja casada cuanto antes.

—Entonces, James Potter, ¿tomas a Lily Evans como…?

—Sí —sentenció el aludido sin dejarle terminar. —Sí —repitió, tomando a Lily con ambas manos, de perfil a los presentes. Le sonrió, nervioso y carraspeó. —No necesito todo esto para decirte que te amo, Lily. No preciso casarme contigo para saber que pasaré el resto de mis días contigo, porque lo haría de cualquier manera —se vio reflejado en aquellos ojos verdes que lo traían loco y no pudo evitar esbozar una caricia con el dorso de su mano, rozando apenas su mejilla. —Eres todo lo que quiero y todo lo que necesito. Eres la mujer más increíble que conocí en mi vida, así que me casaría contigo todos los putos días. Sí. Hasta el final.

Lily se hizo con su mano para mantenerla junto a su mejilla, ladeando la cabeza para no dejarlo ir nunca. El hombre del Ministerio se aclaró la garganta, algo molesto, y continuó su discurso.

—¿Y tú, Lily Evans, tomas…?

—Sí —las risas ahogadas se hicieron más notorias cuando la pelirroja volvió a interrumpir. —Por supuesto que sí. James, contigo iría hasta el mismísimo fin del mundo.

—A veces me sorprende lo parecida que se ha vuelto Lily a James —susurró Peter por lo bajo, haciendo que Remus asintiera con la sonrisa torcida.

El hombrecito, fastidiado, gruñó por lo bajo, hizo un ademán y prosiguió.

—De esta forma los declaro unidos de por vida.

El gesto con la varita —provocando un chorro de estrellas doradas que estallaron sobre la coronilla de los recién casados, serpenteando hacia abajo en espirales hasta caer a sus pies— quedó deslucido por el arrebato de Lily que no aguardó a la indicación y se echó a los brazos de James, rodeándole el cuello y besándolo con ansias, con la espera del mundo entero por saberse juntos hasta el final.

Los aplausos se demoraron, porque la reducida cantidad de invitados quedó prendado de aquel beso que olía a desesperación y anhelo y que, demasiado pronto, se transformó en un abrazo sentido de ambos que se aferraron con fuerza para no romper a llorar.

Una vez más, fue Sirius el que combatió mejor la atmósfera súbitamente deprimente, poniéndose de pie y gritando haciendo aspavientos.

—¿Qué no vamos a aplaudir a estos dos idiotas?

Lily se separó de James, secándole con disimulo las lágrimas que se suspendían debajo de los lentes de su reciente esposo y, con la sonrisa apretada y la mirada colmada de esperanza renovada, se giró hacia sus invitados, dispuesta a recibir el primer abrazo de la tarde, de una Mar increíblemente compuesta, sin rastros de emoción.

Pero no por nada era su mejor amiga y Lily pudo leer como si fuese un libro abierto la catarata de emociones que le brindó Mar con su estrecho abrazo, el segundo del día, mientras James se alejaba un paso para recibir las felicitaciones y las palmadas de Sirius, Remus y Peter.

Cuando la pelirroja se separó de ella, tuvo un primer plano renovado de James y todos sus amigos. Con la fuerza que daban las certezas y como telón de fondo al resto de sus compañeros, Lily supo que estaba viendo a su nueva familia.

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10 de Marzo de 1978

—Ten cuidado con la sal, el plato principal estaba muy salado.

—Ya lo has dicho, Gideon —masculló Emmeline, con el mandil por encima de su túnica de gala y la varita en mano, supervisando la labor de un elfo doméstico.

—Y la crema tiene pinta de estar agria.

La muchacha se volteó con las manos en las caderas y el hastío pintado en el rostro.

—¿Me quieres decir por qué quieres seguir fastidiando aquí? —dijo con los dientes apretados, tratando de controlar la rabia. Todavía quedaba por servir el postre, y Emmeline estaba empecinada en que todo saliera a la perfección. —Vete a la fiesta, Prewett, y déjame en paz.

Gideon estaba desparramado sobre una silla en la esquina de la inmensa cocina de los Potter, con su ropa desarreglada y una mueca burlona en el rostro.

—Prefiero estar aquí.

—Me estás molestando.

—Es la idea.

La bruja farfulló una incoherencia y se dirigió a las bandejas donde descansaban los dulces prontos a ser llevados al jardín. Si lo ignoraba, tal vez el pelirrojo terminaría aburriéndose.

Sin embargo, había estado pululando aquí y allá desde más temprano, poniendo a prueba los nervios de Emmeline y haciendo algunos comentarios mordaces sobre su comida.

Ella no estaba segura cuánto tiempo más aguantaría —solía ignorar la mala leche de Gideon, diluida cuando Hestia y su hermano se hallaban presentes—, cuando la puerta se abrió y otro pelirrojo ingresó con una ceja levantada.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó Fabian con cuidado, pillando al vuelo la situación.

—Si excluyes mis ganas de asesinar a tu hermano, sí.

—Yo solo intento ayudar —intervino Gideon desde su lugar, con la sonrisa más amplia que encontró. Su hermano rodó los ojos.

—Llévatelo de aquí, anda —casi suplicó Emmeline. —En veinte minutos servimos los postres y mis nervios van a terminar por echarle una madición.

Fabian se encogió de hombros.

—Se lo merece.

—Traidor.

—Si van a pelear, háganlo afuera —atajó la bruja, conociéndolos demasiado. —Aún me queda… —Emmeline no verbalizó todo lo que le restaba hacer y Fabian sonrió, resignado.

—Quítate —empujó Gideon, que de pronto se había levantado y estaba junto a ella. La chica lo miró y el pelirrojo se limitó a blandir la varita hasta que la crema se espesó y adquirió un saludable tono pastel. Emmeline pescó una muestra con el dedo para darle su aprobación, no sin cierto resentimiento.

Mientras Fabian se acomodaba donde segundos antes había estado su hermano, este empuñó la crema para que cada uno de los trocitos de pastel quedase decorado con una montaña espiralada, coronada con una guinda reluciente.

Emmeline, agotada tras tanto ajetreo, lo dejó hacer y se encaramó sobre la mesada, quitándose de una patada los zapatos.

—No sé por qué demonios te quedaste sin hacer nada hasta ahora —masculló con los ojos entrecerrados, supervisando su accionar. —Eres mucho mejor que yo en esto.

—No quería quitarte tu momento —respondió Gideon, sincero. —Y me daba pereza.

A su pesar, Emmeline sonrió, poniendo los ojos en blanco. Echó un último vistazo al trabajo de su compañero, perfecto y completamente proporcional.

—Qué haces aquí y por qué no estás trabajando en un enorme restaurante —suspiró, negando lentamente con la cabeza. Odiaba admitir que Gideon era muy superior, pero ver sus resultados lo dejaba demasiado en evidencia.

El pelirrojo se encogió de hombros.

—Quizá cuando todo esto termine, podríamos poner uno, ¿no? —propuso con tono juguetón. —Ya sabes, entre los dos nos haríamos ricos.

Emmeline le dio un empujón poco amistoso para que dejara de bromear y se volvió hacia Gideon.

—¿Y tú qué haces aquí escondido? —preguntó sin rodeos. Estaba algo cabizbajo en la silla, e hizo una mueca para restarle importancia.

—Vayan a la fiesta, vamos —siguió la bruja, una vez que tuvo todo bajo control. —No sé cuándo volveremos a tener tiempo para divertirnos y…

Se calló cuando escuchó que alguien más entraba en la cocina y enseguida la menuda figura de Hestia ingresó, dudosa.

—¿Todo bien? —preguntó de inmediato, repasando la escena. —¿Necesitas ayuda, Em?

—Ya está todo listo, este idiota me dio una mano —respondió su amiga sonriente, haciendo un gesto hacia la superficie donde estaban alineadas todas las porciones.

—Vale —consintió la recién llegada, con alivio. —Es que no los veía y pensé que podrías necesitarme…

Fabian se hundió un poco más en su asiento.

—Ya vamos para allá —la despachó Gideon con un gesto. Hestia lo ignoró y siguió hablando hacia Emmeline.

—No tardes mucho —le pidió, asomando una sonrisa. —Están todos locos allí afuera. Hagrid bebió de más y está cantando en un rincón, a pleno pulmón. Y Sirius sigue empecinado en llamar a James «Señora Evans» —hizo un gesto nervioso con las manos antes de seguir. —Edgar luce un poco triste. Lo saqué a bailar hace un rato, pero creo que extraña a sus hijas. No quiso decirme por qué Addie no pudo venir pero…

—De seguro no es nada —se apresuró a consolarla Emmeline, intercambiando una significativa mirada con Gideon cuando Hestia bajó la vista hacia sus palmas. —Anda, con Fab llevaremos estas bandejas y estamos contigo.

Gideon le dio un último vistazo a la obra antes de dar dos zancadas y pasarle el brazo por los hombros a Hestia, girándola para conducirla a la salida.

—¿Y conmigo no bailas, eh? —iba diciéndole mientras se alejaban. —Eres peor que mi madre y mi hermana juntas.

La voz de ambos se extinguió en el momento en el que Emmeline se volteaba hacia Fabian.

—Gracias —masculló de mala gana el pelirrojo, rehuyendo la insistente expresión de su amiga.

—Olvídalo. ¿Solo por eso te escondes? —presionó la bruja, acercándose hasta él. —Solo bailaban, Fabian, por el amor de Merlín.

El aludido levantó la cabeza y la taladró con sus ojos azules.

—Tendrías que haberlos visto —dijo lleno de rencor. —Parecían una puta pareja feliz.

—Estás exagerando.

—Odio las fiestas.

—No seas amargado —Emmeline se giró para hacerle señas al elfo y darle las últimas indicaciones antes de que los platos se pusieran en movimiento, flotando detrás de la cabeza de la criatura. —Ven, vamos a quitarte esa cara de apio.

Fabian la miró con una horrible expresión, pero se dejó hacer, arrastrado por la bruja que se quitó de un sacudón el mandil y lo regresó al jardín de los Potter, donde la fiesta empezaba su último tramo.

La noche había empezado a caer fuera, y las lamparitas doradas brillaban más que nunca, a la par que el tornasol del muro protector decaía su intensidad.

Lily y James seguían girando como locos, envueltos en carcajadas en el centro del lugar que había sido alterado luego de la ceremonia para dar paso a una extensa pista de baile salpicada de unas pocas mesas redondas, a juego con los lazos suspendidos en el aire.

El único que permanecía totalmente inmóvil seguía siendo Ojoloco, gruñendo a quién intentaba brindarle un poco de diversión. La jornada se había desarrollado sin sobresaltos, y la seguridad se mantenía férrea. Nadie más lucía preocupado.

Parecía que esa vez, los mortífagos les permitirían festejar.

Caradoc lucía a punto de asesinar a Dorcas que, ebria de diversión, lo obligaba a moverse al compás de la música, con una copa espumante en mano y la sonrisa más grande de la noche. El hombre no estaba por la labor, pero no se había alejado y soportaba estoico las risas a su costa. Remus bailaba con cortesía con la Profesora McGonagall, cuyo sombrero puntiagudo sobresalía un palmo por encima de las cabezas de todos.

Hestia se había deshecho de Gideon para cuando Emmeline y Fabian llegaron, llevándose a la carrera a un aturdido Benji que pasaba por allí, dejando plantado al pelirrojo cerca de las mesas.

El hombre se encogió de hombros y se acercó hacia donde Edgar, Peter y Sirius compartían la bebida, vigilando por el rabillo del ojo a su hermano.

—Oh, mira eso —susurró Alice muy cerca de Frank, a varios metros de los demás.

Habían tomado asiento hacía unos minutos, sofocados y con un ingente dolor de pies. Tomados de la mano, veían el discurrir de la fiesta, entrando en su etapa final.

Frank siguió el cuso de la mirada de su novia para ver cómo Hestia bailoteaba con Benji, peligrosamente cerca de Dorcas. El muchacho sonrió a desgana.

—¿Crees que…?

—Sip.

—Dor es incorregible —se lamentó Frank en voz baja, sacudiendo la cabeza. Desvió la vista de sus amigos para volverse hacia Alice, que se veía algo culpable por la actitud de su amiga.

—Lo sé. No consigo que…

—No es tu culpa —se apresuró a afirmar el muchacho mientras jugaba con sus dedos. —Déjalos. Es lo que hemos hecho siempre y todavía no han volado Inglaterra en mil pedazos.

La risa de Alice repiqueteó en sus oídos. Animado, le recorrió el perfil con la mirada.

—¿Ya te he dicho lo guapa que estás hoy? —susurró, fingiendo confidencialidad y provocando aún más hilaridad en la chica.

—Montones de veces —replicó Alice. Intentaba ocultar el sonrojo acomodándose el cabello.

—Es que lo estás. Eres la más bonita de la fiesta.

Algo se movió dentro de Frank al ver el arrebol pronunciarse sobre las mejillas de Alice, como una niña a la que nunca le habían hecho un cumplido.

—Lo dices porque sí —se obcecó ella, escondiéndose tras el cabello. —Dorcas está radiante —agregó en un tono más bajo.

—No para mí —la contradijo Frank encogiéndose un poco de hombros. La obligó con delicadeza a volverse hacia él. Podía sentir el calor que emanaban sus pómulos sobre los dedos.

La sangre le hervía bajo la piel.

—Siempre te miré primero a ti, y lo sabes —sonrió, embrujado con la necesidad de hacerle saber a Alice lo mucho que la quería. —Solo que me tomó un poco más de tiempo para que lo entendieras.

La aludida sonrió, enternecida y, en un arranque de valor se inclinó para besarle la nariz.

—Eres un tonto.

—¿Pero me quieres?

—Claro —espejó su sonrisa y finalmente se retiró. Sus ojos volaron hacia donde Lily y James giraban demasiado aprisa, la cabeza de la pelirroja carcajeando hacia atrás, con la falda y el cabello como anillos a su alrededor. —Se ven tan felices… Espero que sean muy, muy felices. Lo merecen.

Frank asintió en silencio y así permanecieron por algunos minutos, dejando que el espectáculo danzante se deslizara frente a sus ojos.

—¿Al?

Ella ladeó la cabeza hacia el muchacho, dando a entender que estaba escuchándolo. Frank se removió, sonriendo algo nervioso.

—Nosotros también podemos ser felices —tanteó, sintiéndose un estúpido. Alice hizo una mueca de incomprensión. —Es decir… estuve pensando y quizá…

La joven dejó escapar una pequeña risa.

—Dímelo, Frank.

—¿Quieres venirte a vivir conmigo? —soltó el entonces, conteniendo el aliento luego de dejar salir las palabras como dardos. Alice parpadeó, sorprendida y entreabrió los labios, sin decir nada. —No en el Valle —se apresuró a aclarar. —Mudarnos, los dos. Lily y James van a vivir en una casita en el Valle, me lo comentó el otro día y entonces pensé que… te gustaría empezar de cero. En donde quieras. Podemos ir a Londres, para estar cerca de Dor. O en otro sitio. Donde quieras, en verdad. Si quieres… —pero dejó de farfullar porque el mutismo de la chica empezaba a estirarse de más. Frank enganchó su mirada en la de su novia, que no atinaba a desenredad el nudo de sentimientos que se le habían acumulado en el pecho.

Alice supo que tenía que decir lo que fuera.

—Yo… —dudó y se mordió el labio. —No sé, Frank. Apenas nos dieron planta en el Ministerio y…

—No tienes que preocuparte por el dinero.

Ella lo miró con mala cara y Frank supo que había metido la pata.

—Somos una pareja, Al —explicó, temiendo caer en la desesperación. —No tienes que preocuparte por esas cosas. Solo… ¿piénsalo, vale? Sé que es un paso muy grande para dar y que no puede decidirse de la noche a la mañana —Alice le dio la razón en silencio. Sin pensarlo, buscó la mano que se le había perdido en algún momento de la conversación y la asió con fuerza. —Pero es algo que me gustaría intentar contigo. De verdad. Además… —se esforzó por sonreír, intentando que la chica lo imitara. —Prácticamente convivimos juntos desde Hogwarts y, en especial, desde que empezamos el entrenamiento. Tampoco cambiará demasiado.

—Eso es cierto —convino Alice a regañadientes, sin poder negar que llevaba la razón. Suspiró y le correspondió el apretón de manos. —Está bien, lo pensaré, ¿sí?

—Sin presiones. No tenemos que decidirlo de inmediato.

—Vale.

Frank le besó la mejilla y Alice lo dejó hacer, con el corazón tronándole en los oídos. En su cabeza, una voz muy aguda estaba gritando, aturdiéndola, incitándola a aceptar la propuesta de Frank porque era incluso mejor de lo que podría haber soñado.

Sin embargo, bajo el vestido, oculto de todas las miradas y perfectamente escondido, su secreto enviaba caminos negros hacia el corazón, paralizándole los músculos y recordándole que, por mucho que intentase ignorarlo, estaba maldita y Frank no merecía el hielo que escarchaba sus venas.

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10 de Marzo de 1978

Sirius se había quedado algo apartado de la conversación, divertido de ver como la tonta de Dorcas se ofuscaba por alejar a Hestia de Benji.

La joven lucía increíblemente arrebatadora. Si Lily, en la flor de la jornada, había parecido un hada del jardín, bellísima en su túnica clara con el manto de fuego a la espalda, entonces Dorcas parecía su hermana malvada, la ninfa que buscaba arrastrar a cualquier incauto hacia sus redes.

Estaba seguro de que la chica no tenía nada más que piel bajo la ligera túnica plateada que dejaba poco a la imaginación, mientras ella fingía que le estaba haciendo un favor al rubio bailando con él. A Sirius le costaba comprender cómo era que Benji no parecía ni un poco afectado por la presencia de Dorcas tan cerca. No hacía falta imaginar lo que la joven no se esforzaba en ocultar para empalmarse con rabia.

Benji se mantenía impertérrito, con los ojos fijos en el rostro de Dorcas —y no más abajo—, mascullando algo que no llegaba a oír pero de seguro que no era bienvenido por la chica.

Se preguntó si él luciría igual de imbécil con Mar, cuando era obvio para el universo al completo que Dorcas lo único que quería era la atención del rubio, tan renuente a brindarla. A la chica no le gustaba hablar de Benji, y Sirius lo había respetado de la misma manera que le exigía a su compañera de noches frías no hacer preguntas sobre Marlenne.

Sin embargo le costaba entender por qué mantenían esa puta distancia, como si dar el brazo a torcer fuese algo por lo que avergonzarse. Dorcas, la reina de la seducción —perfecta, felina, la más guarra y la más hermosa en la cama, Sirius lo había comprobado innumerables veces—, se volvía una cría estúpida frente a Benji, magreándolo torpemente y fingiendo que no le interesaba, que no le importaba que él fuese el único que no se desviviera por sus huesos. Incluso había visto cómo Remus, que se daba esos alardes de decoro y virginidad, recorría aprisa la figura imposible de la chica, por un segundo, con los ojos desorbitados. No hacía falta conocerlo demasiado para que Benji le cayera mal. Prefería sin dudas a Frank, el muchacho tranquilo y amable que había conocido ya en sus años en Hogwarts. En cambio, poca atención le había prestado al rubio hasta hacía poco tiempo.

Lo que más le jodía eran las buenas migas que parecía hacer con Mar, aderezado por la obcecada persistencia en ignorar a Dorcas. Todavía le repateaba que hubiese descubierto su animagia y aún más, le escocían las palabras que le había brindado cuándo lo había obligado a cerrar el pico.

«—Lo haré por Marlenne.»

Resopló, ajeno a la conversación encendida que mantenían en la mesa —a la que se había sumado Caradoc, complacido de haberse librado del monstruo de Dorcas—, y sus ojos vaguearon por todo el jardín, buscando la figura más oculta y la que más quería ver.

Había sido una buena tarde. Se había divertido, había comido hasta reventar, había cantado con Hagrid y molestado a James hasta el hartazgo. Y había respetado la distancia con Mar, evitándola por completo.

Pero con las copas que tenía en la cabeza, su decisión empezaba a tambalear, sin mencionar la sutil hinchazón que empezaba a molestarle entre las piernas, producto de la corporización de los recuerdos compartidos con Dorcas.

La encontró, pequeñísima, junto a la mesa de las bebidas. Sí, Lily podía ser un hada de cuento, y Dorcas una diosa caída en el mundo de los mortales pero, al final, después de regodearse de belleza, Sirius terminaba con la mirada colmada de Marlenne. Se deleitó una vez más con el contorno de su túnica, tan roja que dañaba los ojos. Abrochado en dos tiras sobre el cuello, el escote de la espalda descendía sinuoso hasta la cintura, dejándolo sin respiración. ¿Cómo había conseguido Lily que Mar portase algo así?

Sin embargo, lo que más le había impactado —y lo que le hacía cosquillear y ponerse duro— era ese endemoniado recogido que le descubría la nuca de forma casi pornográfica, permitiendo dibujar una línea desde el inicio de su columna más y más abajo, dejando el final abierto a la imaginación.

Recordó esa vez —todas las veces— que le había sostenido los rizos alborotados para poder besar muerto de excitación los tres lunares que escondía bajo la cascada de cabello, un secreto que él creía haber descubierto y del que se pavoneaba dueño y señor. Después de haberle entregado la mano de Lily a James, más temprano durante la ceremonia, había regresado a su sitio y no había podido evitar que sus ojos se desviaran hacia la figura silente de Mar y había tenido la primera erección del día al descubrir ese escote maldito que dejaba a la vista de todos los lunares de su nuca.

Gruñó, impaciente e incómodo con el bulto en la entrepierna y se dijo que el autocontrol ya había cumplido el objetivo de no montar un número durante la fiesta —Lily debería estar orgullosa— y, resignado, se tomó de un solo trago lo que le restaba de bebida antes de ponerse de pie.

La acechó como un cazador con la atención fija en los movimientos que hacía para servirse algo que no llegaba a ver y se inclinó para rozar despacio la piel expuesta de su cuello con los labios.

Mar se volteó, alarmada.

—¿Pero qué…? Ah —vio que Sirius le sonreía desde muy cerca. Se llevó la mano a la nuca, tapando el lugar en el que un segundo antes había sentido el roce. —Eres tú.

—¿Eso qué significa?

—Nada.

Recuperó su copa hasta el borde, y Sirius se sonrió pagado de sí mismo al ver que el cristal temblaba apenas. Se acomodó a su lado, sin tocarla pero invadiendo el espacio que sabía que precisaba y miró al frente para hablar.

—¿Lo has hecho a propósito? —inquirió, con los ojos fijos en el vacío.

—¿Qué?

—La túnica.

Mar esperó a que el muchacho se explicara, pero no hubo más palabras. La joven suspiró imperceptiblemente.

—No sé a lo que te refieres.

Sirius volteó despacio, haciendo que la muchacha dejara la copa sobre la mesa por miedo a volcársela.

—¿Quién te hizo eso? —preguntó en cambio, señalando el moño apretado en el que se contenían la mayoría de sus rizos. Marlenne elevó las cejas, sin entender a dónde quería ir.

—Mi madre.

—¿Tus padres están aquí? —Sirius abrió los ojos, endureciendo enseguida las facciones.

—Solo ella. Se va mañana —no estaba segura por qué, pero lo afirmó de corrido para tranquilizar la alerta del joven. Éste relajó los hombros.

—Ya —la recorrió una vez más con la mirada. —Te ves bien.

Mar torció la boca, genuinamente incómoda.

—Gracias.

Siguiendo su instinto, Sirius se inclinó, dejando apenas un milímetro entre sus mejillas. Su mano retrepó por la cintura y posó las yemas de los dedos entre los resquicios que dejaban los huesos de la muchacha sobre su espalda desnuda. Sonriendo con ganas —Mar estaba petrificada, a su merced—, recorrió con deliberada lentitud el arco creado hacia su costado, embebido en la piel a su disposición.

—Estás increíblemente delgada —susurró con la voz ronca y la erección apretada, inundado del perfume que despedía su peinado.

—No —exhaló Marlenne, girando la cabeza lo suficiente como para que los labios de Sirius terminaran sobre su oreja.

—Deberías dejar de creerte una especie de heroína y dormir y comer como Merlín manda.

—Suéltame.

—No te estoy sujetando —señaló el aludido reprimiendo la sonrisa arrogante. Era cierto. Todo su cuerpo estaba sobre el de ella pero el único contacto era el de su mano recorriéndole la espalda.

—¿Qué quieres, Sirius? —se rindió la muchacha, sin acercarse. Tampoco se alejó. Respiró el aroma de su piel mezclado con el sudor de la tarde y las copas de alcohol, extrañamente libre de tabaco.

—¿Qué voy a querer? —se mofó en un susurro. —A ti.

Marlenne elevó los ojos enturbiados para encontrarse con el deseo de Sirius reflejado en sus iris oscuras. Tragó grueso, apabullada por el calor que emanaba su cuerpo contra sus extremidades heladas, y demasiado cansada para seguir luchando contra las ganas de mandar todo a la mierda.

Había pasado unos días horribles con toda la presión que tenía encima, y todo el asunto de Mary había terminado por quebrar su resolución que ya demostraba tener grandes hoyos sin cubrir. La necesidad de encontrar consuelo —aquel alivio tibio, silencioso que le había ofrecido siempre— en los brazos de Sirius le provocó un vuelco en el estómago de anhelante anticipación. Aquella noche que habían compartido en su casa hacía pocas semanas le había terminado por drenar la fuerza que le restaba, preguntándose por qué mierda seguía empeñada en poner distancia con Sirius si Chris estaba demasiado lejos como para ser un problema.

Evitarlo había sido su última carta, pero no tenía voluntad de alejarlo si la observaba así, como si quisiera desnudarla.

Que posiblemente era lo que estaba deseando hacer.

No se dio tiempo para arrepentirse. Se llevó la mano a la espalda y atrapó los dedos que seguían dibujando los contornos de sus costillas antes de girar rápidamente y echar a andar, con el joven a la zaga.

El interior de la mansión lucía cavernoso, demasiado oscuro para ojos acostumbrados a la luz dorada del jardín, pero Mar confió en sus pasos y, recogiéndose la falda en un puño recorrió aprisa los pasillos hasta dar con la habitación que estaba buscando, esa que Lily le reservaba cuando se quedaba en Canterbury.

Sirius, que ya había paladeado la victoria, no se apenó de abandonar los últimos vestigios de la juerga y se internó con ella, resuelto a no dejárselo fácil. Mar soltó su mano para abrir la puerta e indicarle que pasara, cabizbaja.

No tuvo tiempo de cerrar con cuidado, porque Sirius ya estaba sobre ella, aprisionándola de espaldas contra la pared y recorriendo con los labios y los dientes su espalda desnuda sin pedir permiso. A la chica la recorrió un escalofrío mientras sentía el tacto bajar, desesperado por obtener más piel.

—Quise hacer esto toda la puta noche, Marlenne —jadeó Sirius con la voz ronca, volviendo a subir hasta su nuca. —Este jodido vestido estuvo por reventarme la polla.

Ella no atinó a responder, sabiendo que empezaba a deshacerse entre sus manos, a ablandarse hasta convertirse en pálpitos y humedades. Sirius besó uno a uno los tres lunares que le decoraban el cuello, provocando una sonrisa pequeña en la joven.

—Agradécele a Lily —murmuró, girando el rostro para poder mirarlo de reojo.

—Lo haré.

Gruñó después de eso y volvió a recorrerla, sin permitirle moverse ni un ápice. Inquieto, Sirius se refregaba con la respiración agitada y las manos crispadas a ambos lados de sus caderas pronto cobraron vida para inmiscuirse por delante del escote, llegando para poder apretarle los pechos.

Gimió ante el contacto.

—¿No tienes sujetador? —dejó escapar, satisfecho, acariciándole ambos a la vez mientras Mar suspiraba y se arqueaba, sin darse cuenta que le estaba pegando el trasero contra la entrepierna.

—No —afirmó ella, demostrando lo obvio. —¿Por qué?

—Nada —parecía un poco sorprendido. —Es algo más de Dor…

No terminó la frase. Turbado, se dio cuenta que, demasiado aturdido por la excitación, había dicho la estupidez más grande de su vida.

Marlenne se tensó como una vara de golpe, rehaciendo en un parpadeo su muro personal, derretido previamente a fuerza de caricias.

—¿Qué? —exigió, de cara a la pared. Toda la sangre que había acumulado en el rostro le rehuyó a la carrera, dejándola blanca como la cal.

—Nada —Sirius se separó un poco para que Mar se moviese un poco de costado, con el hombro contra el muro. No estaba seguro cómo excusarse.

Ella resopló, en su gesto típico, y lo miró con dureza.

—Ya sé que te acuestas con ella, Sirius —le soltó procurando mantener la voz neutra. —No necesitas parecer un imbécil pillado en falta.

—No es que… —balbuceó, desorientado. Se sentía genuinamente idiota. —Olvídalo, ¿sí? No quise…

—Y ahora quieres acostarte conmigo —puntualizó Marlenne, con brutal sinceridad. El joven podía percibir la barrera de hielo que se había ufanado por levantando a la carrera. Aunque conservaba los pómulos enrojecidos, estaba seguro que se había arrepentido de haber cedido tan rápido.

Mierda.

—Sí —contestó Sirius, siguiendo su ejemplo. —Dorcas no tiene nada que ver con esto.

—¿Quieres echar un polvo conmigo porque ella ahora está ocupada? —siseó, obcecada en no mirarlo y odiándose por parecer una novia despechada. Se preguntó por qué demonios había arrastrado a Sirius hasta allí y en qué momento se había vuelto tan patéticamente débil.

El joven gruñó, pero esa vez de fastidio.

—No seas idiota —le recriminó. —Sabes que no.

—Dorcas está hermosísima —insistió Mar, arrastrada por su propia mierda, y ese sentimiento de congoja y mala leche que le apretaba el pecho que se negaba a ponerle nombre. Ella y Sirius no estaban juntos —nunca lo habían estado, en verdad— así que en realidad no era nadie para echarle en cara esas cosas.

Sin embargo, lo estaba haciendo. Tenía razón, era una idiota.

—Sí —convino Sirius, reduciendo la distancia peligrosamente. —Es verdad. ¿Y qué? A la que quiero desnudar en este preciso instante es a ti.

—¿Por qué?

—Porque tu túnica es demasiado para mis huevos —el aliento de Sirius volvía a golpearle el cuello, encorvado sobre ella. Apostó sus dos manos contra la pared para impedirle huir.

Como si sus piernas fuesen a responderle.

—Sirius…

—Por favor, Mar —musitó, ladeando la cabeza para alcanzarle el hombro. —Solo… Por favor.

La aludida cerró los ojos y se dejó arrastrar por la sensación de los labios de Sirius sobre su nuca, dejando un rastro frío de saliva mientras volvía a recorrerle la espalda, como si no hubiese tenido lugar ningún intercambio.

No tenía sentido negarse a él. Marlenne lo estaba deseando tanto como el mismísimo Sirius.

Ya había resistido suficiente. ¿Por qué mierda lo había hecho, en primer lugar? Ninguna razón parecía coherente con las caricias de Sirius colándose bajo el vestido.

Se dejó hacer, con la respiración errática del muchacho en la nuca. Sirius entendió enseguida su tregua y, rápidamente, volvió a recorrerle la espalda entera, deleitado por ese escote enfermizo que lo estaba haciendo delirar. Marlenne volvió a arquearse y a ofrecerle el trasero, moviéndose apenas en torturosa sinuosidad que provocó un jadeo ronco por parte del muchacho que le arrancó un tirón debajo del ombligo.

Con la boca seca, Sirius se deshizo en un santiamén de la túnica y de los zapatos, y antes de que Mar pudiese voltear finalmente para besarlo, él le levanto la falda del vestido, quitándole de un movimiento las bragas. Arrugó la tela por encima de la cintura para descubrir sus nalgas y, en esa guisa, la empujó hacia él para fregarle el bulto hinchado que sobresalía sobre su ropa interior.

Con una mano sosteniéndose de la pared y la otra clavada en la cadera de la chica apretando la túnica, vio con delicia cómo Mar entendía a la perfección y aumentaba la fricción, echándose hacia adelante para que su trasero encajara perfectamente contra su erección.

El joven gimió, extasiado con la visión, las rodillas ligeramente vencidas para disfrutar del contacto.

—Sirius… —suspiró Mar al muro, apretando fuerte la mandíbula. Al igual que él, estaba usando su palma para que las piernas no le fallaran pero, loca de necesidad, coló la otra por detrás hasta dar con la cinturilla de la ropa interior del chico, tirando hacia abajo para que entendiera que quería que se la quitara.

Él no se hizo rogar. Se deshizo de la ropa de un movimiento y dejó salir un estertor ronco cuando ubicó su miembro en la hendidura de las nalgas de Mar que se sacudía de excitación. Había tenido que hacer uso de ambas manos para sujetarse de la pared, porque no creía poder soportarlo. Sirius, en cambio, la abandonó para poder apretarle el trasero y, gimiendo, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, entre las nalgas de Mar que se apretaba y jadeaba bajito, en busca del aire que se le escapaba.

Enajenado, el muchacho no podía despegar la mirada de su miembro siendo engullido por el culazo de Mar, buscaba apretarse más, más rápido, más cerca. Marlenne no dejaba de temblar, con la cabeza echada hacia atrás inhalando oxígeno por la boca. Con los brazos en su máxima tensión, Sirius se movió una última vez hacia abajo y, sin aviso previo, se inclinó para buscar la abertura de Mar más adelante, enterrándose de una estocada certera en su interior resbaloso.

Gimió más fuerte cuando sintió su miembro rodeado de húmeda calidez, y Mar lo siguió a su pesar, inundada de placer que había postergado demasiado tiempo.

Corrió la falda que estaba fastidiándole y se hizo con las caderas de la muchacha, que estaba prácticamente quebrada contra la pared y empezó a embestirla con hambre, alentado por los gemidos que Mar no podía ocultar, cada vez que se introducía más profundo.

Se detuvo un momento, temiendo correrse ahí mismo y, jadeando, le mordisqueó el hombro.

—No voy a dejarte dormir esta noche, Marlenne —masculló con esfuerzo, inclinándose sobre ella para pegar su pecho sudado contra la espalda de la joven. Su mirada se encontró con la de ella, turbia, acezante. —Me has hecho esperar demasiado tiempo.

Y reanudó las embestidas, sintiéndose flotar sobre los gemidos que arrancaba de Mar, al fin en paz.

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10 de Marzo de 1979

No se veían las estrellas, y James no podía afirmar si era porque la noche lucía completamente nublada o si era el efecto de las toneladas de hechizos protectores que pendían sobre sus cabezas.

Estaba mareado de tanto bailar, un poco borracho e inmensamente feliz.

La fiesta empezaba a languidecer. Dumbledore —que solo había aparecido tardíamente, para cuando los novios cortaron el pastel— se había marchado hacia un momento con la Profesora McGonagall. Edgar lo había seguido poco tiempo después, preocupado por sus hijas, y los gemelos Prewett estaban terminando de recoger el desorden de la cocina junto a Emmeline.

Dorcas era la única que seguía bailando, succionando al primer incauto que tuviese al tiro para acompañarla.

Encontró a Lily sentada sobre la tarima, con los zapatos a un lado, reclinada sobre sus brazos exhausta. El peinado se le había deshecho un poco, y algunos mechones pelirrojos se le adherían al rostro a pesar de la temperatura mágicamente agradable en el jardín de los Potter.

James se dejó caer a su lado, aceptando la sonrisa radiante que le dedicó la muchacha sin moverse ni un poco.

—¿Cansada? —preguntó, haciendo un recuento de los restos de su fiesta.

—Contenta —respondió ella, girando la cabeza hacia él. James imitó su sonrisa y, luego de un instante —¿cómo podía verse incluso más hermosa que cuando la vio caminar hacia él? ¿es que no era humana? — se puso de pie de un salto, haciendo aspavientos para que su reciente esposa hiciera lo mismo.

Lily parpadeó, se encogió de hombros y se dio impulso con las palmas para incorporarse sin que le fastidiara la falda de su túnica.

—¿Qué…? ¡James! —el muchacho no aguardó ni le avisó antes de tomarla en volandas, la mitad del vestido cayendo en cascada sobre su costado.

—¡Ha sido un placer! —vociferó él hacia los presentes, haciendo caso omiso de la sorpresa de Lily. —Pero en este momento, tenemos cosas más importantes que hacer. Así que si nos disculpan…

—¡Enséñale lo que podemos hacer, Lily! —contestó Dorcas, chillando exaltada con su enésima copa en la mano. —¡Sean bien guarros!

Peter estalló en carcajadas, al igual que Frank y Gideon, que regresaba de la mansión, por más que Remus negase imperceptiblemente con la cabeza. La pelirroja se puso deliciosamente colorada, pero en vez de replicar, le echó los brazos al cuello a James para sujetarse mejor.

—Gracias a todos por venir y… ¡espero no verlos por varios días! —siguió el joven, haciendo una mueca sugerente y provocando más risas, incluso una floja junto a su oreja. Se dispuso a desaparecerse cuando Lily gritó

—¡Espera! ¡Mis zapatos!

—No creo que los precises, ¿sabes? —James hizo un gesto con la cabeza a Ojoloco, que no había abandonado ni un momento su puesto de vigilia. El viejo auror hizo un gesto hosco con la cabeza y sacó la varita para apuntar al cielo.

Un instante después, un remolino de luces y colores los engullía, aterrizando con torpeza en una sala oscura y vacía.

—Bienvenida a casa, Lily —sonrió entusiasmado, aún con la pelirroja en brazos. Lily atinó a bajarse pero él no se lo permitió, dando un rápido paneo para dirigirse a las escaleras.

—Al final, con todo el ajetreo no tuvimos tiempo de visitar este lugar —iba explicando mientras subía los peldaños. —Pero supongo que ya podrás verlo tranquila. Solamente limpié un poco y lo hice habitable, aún tenemos que decorarlo y comprar muebles, pero creí que te interesaría ser parte de eso —Lily rodó los ojos, dándose cuenta de que en realidad, había sido la flojera de su reluciente esposo la que le había impedido hacer todas esas tareas, no su amabilidad. —Estoy seguro que te gustará.

Se apostó en la entrada del dormitorio principal, un amplio cuarto de paredes desnudas. Lo único que reinaba en el lugar era una enorme cama de edredón claro, con gran cantidad de almohadas y almohadones en la cabecera. Finalmente, James bajó despacio a la muchacha, sus pies en contacto con el parqué recién lustrado.

Sacó la varita y encendió las velas suspendidas que Lily no había visto sobre su cabeza, provocando que las llamas jugaran con los claroscuros de la habitación.

—Esto me recuerda a una vez, en el Baño de Prefectos… —comentó la pelirroja, divertida y emocionada a partes iguales. —¿No crees?

—Mmm… deberías hacerme recordar —tonteó él, abrazándola por la cintura.

—¿Alguna vez te conté el miedo que tenía esa noche? —se carcajeó Lily entre sus brazos, sintiéndose plena.

—No hacía falta. Se podía leer en toda tu cara.

—Qué tonta.

—No es cierto —contradijo James, obligándola a retroceder para ingresar en el cuarto. —Pero si tanto te molesta, hoy puedes compensarlo.

—¿Tu crees? —le siguió el juego ella, echándole una vez más los brazos al cuello. —¿No ha pasado ya demasiado tiempo?

—Pues podemos recrearlo todo otra vez. Hay algunas cosas que me gustaría volver a intentar —se ganó un manotazo juguetón por parte de su reciente esposa, que no podía amainar su sonrisa.

—Como si no lo hubieses repetido hasta el cansancio.

—¿Te molesta?

—Claro que no.

James la besó con dulzura, lento, sin prisas, como quien se sabe con todo el tiempo ofrecido por el universo para amar.

—¿Y qué me puede decir la señora Potter de esta noche? —susurró junto a su piel al separarse. Lily le robó un último roce de labios.

—Fue estupendo.

—¿En serio?

—Sí. Creo que estuvo muy acorde a nosotros.

—¿Hablas de Sirius siendo un idiota, o de Hagrid entonando esas dulces canciones?

—Todo —se rieron, evocando los sucesos que habían vivido hacía apenas minutos, mientras sus manos empezaban a recorrerse despacio. No había urgencias.

—Sí —convino James, encogiéndose de hombros. —Pero salió mejor de lo que creía.

—¿Pensaste que huiría? —se burló la chica con una mueca. El aludido puso los ojos en blanco.

—Sirius tenía lista su motocicleta para salir pitando.

—No me extraña.

—A mí tampoco. No sé cómo pensaría eso, si me costó sudor y lágrimas llegar hasta aquí.

—Eres un exagerado —lo reprendió Lily, empezando a desabrocharle la túnica.

—Díselo a mi yo de dieciséis años.

Esa vez le tocó a la pelirroja rodar los ojos, sin borrar la sonrisa. James le retiró el cabello de los hombros con delicadeza.

—¿Y tú qué me dices? —dijo, en un tono más bajo. —¿Cómo llevaste que M…?

—No vamos a hablar de cosas tristes —lo interrumpió Lily tapándole la boca con la palma. Había adivinado lo que iba a preguntar y no quería recordarlo. Había enterrado a Mary en un rincón de su corazón al que no pensaba echar un vistazo por mucho tiempo. Quería embriagarse de la felicidad de tener a James a su lado, sin que nada pudiese ya opacarlo.

—Vale —convino James enseguida, deshaciéndose de su mano para hablar. —Lo siento.

—No lo hagas —Lily se puso en puntillas para besarlo y quitarse el regusto amargo de lo no dicho. El muchacho le correspondió con ganas, robándole el aliento e inspeccionando esa boca que no se hartaba de saborear.

La pelirroja se separó para recuperar el aire, extasiada y James no quiso desperdiciar el momento para perderse sobre su escote.

—¿Ya te he dicho lo preciosa que estás hoy? —gruñó, besándole el inicio de los pechos.

—Fue un largo camino —confesó ella, recordando la larga tarda en la que había tenido que escoger su túnica.

—Estarías hermosa hasta con el uniforme de Hogwarts —se burló James, a medias sincero, a la par que subía hasta su cuello.

—Tú también estás bastante guapo —concedió la pelirroja, regodeándose en sus caricias. El muchacho levantó la cabeza para colgarse de sus ojos, sonriendo algo arrogante.

—Yo siempre estoy guapo.

—Engreído.

Volvieron a besarse, la sangre alcanzando el punto de ebullición debajo de la piel. Lily supo que estaban por alcanzar el punto de no retorno, por lo que se obligó a separarlo.

Aún quería decirle algo más.

—¿Sabes? —empezó, riendo internamente de la cara de decepción de James al verse arrancado de su ensueño. —Siempre quise visitar París.

—¿Sí? —el muchacho parecía más concentrado en descubrir cómo quitarle el vestido que en lo que ella estaba contándole.

—Ajá. Es una ciudad muy romántica.

—Claro.

—Para ir con alguien… especial.

—Por supuesto.

—James, deja de quemarte la cabeza. Ya voy a quitármelo —el muchacho sonrió culpable, provocando que Lily rodara los ojos, sin perder la chispa. —¿Vas a escucharme?

—Siempre lo hago.

—Mentiroso —se carcajeó de la mueca de inocencia de su nuevo esposo y prosiguió. —¿Qué te parecería marcharnos unos días?

—¿A Francia? —soltó James impresionado.

—Sí.

—¿Es en serio?

Lily se encogió de hombros, un poco avergonzada.

—No habíamos pensado una luna de miel, ¿no? Creí que sería una buena idea.

—Sí, pero… —el joven titubeó un momento, buscando las palabras adecuadas. —¿Te das cuenta que tendremos que evitar a Ojoloco? Nos matará si se entera.

Por toda respuesta, los ojos de Lily brillaron, coqueteando con las débiles llamas que la bañaban. James abrió los ojos, sin creérselo.

—¿Estás proponiéndome escaquearte de Ojoloco? ¿Esto es un sueño?

—Si no quieres hacerlo, pues no —se arrepintió un poco la pelirroja, dándose cuenta de todos los peligros que ello podía implicar. —Tienes razón, no fue una buena ide…

—¡Sí! —chilló James impidiéndole terminar. —Claro que quiero, ¡sería fantástico! De cualquier manera, yo ya había avisado que íbamos a quedarnos aquí unos tres o cuatro días, y que no pensábamos responder a ninguna misión ni nada parecido.

—¿Y Alastor estuvo de acuerdo? —preguntó Lily, divertida y sorprendida por su énfasis.

—Digamos que no tuvo mucha opción.

—Podemos marcharnos en la mañana y volver en dos o tres días.

—Nadie tiene por qué enterarse.

—¿Verdad?

—Lily, eres la mejor —la besó entusiasmado como un niño pequeño, henchido de felicidad. —La mejor del mundo.

Lily se rió contra sus labios, abriendo los ojos para encontrar su mirada.

—Te amo, tonto.

—Y yo a ti.

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¡FELIZ 2017 PARA TODOS!

¿Cómo han estado? Yo feliz de la vida con mis días en la playa y ahora unos más de esparcimiento antes de regresar al estudio. Tengo que confesar que la inspiración me agarró por otro lados en este tiempo y el capítulo que les traigo hoy fue casi completamente escrito hace escasas horas. Así que, ¿qué tal?

Por mi parte, me costó lo mío describir la tan esperada boda de la pareja principal del fic sin cagarla. En realidad, muchas de estas escenas —sobre todo la de Sirius y Mar— la tenía pensada hace milenios. Estuve retrasando esta línea temporal porque me interesaba que supieran primero cómo es que ellos empiezan a relacionarse antes de este giro importante en sus vidas. Además, quería que el casamiento de Lily y James fuese emotivo, pero no demasiado cursi o sacado de una novela rosa, no sé que tan bien habrá quedado. Sabemos por las fotos del álbum de Harry que sus padres tuvieron una especie de fiesta el día de su boda, por lo que aquí está mi versión de los hechos.

Otro detalle. Siempre —desde muy pequeña, cuando salió HP3— pensé que llegaría el punto en el que Jotacá describiría, así como lo hizo en el tercer libro para James, la vida de Lily y sus amigas. En especial, el hecho de que si Harry tenía padrino, pues también tenía que tener madrina y, lógicamente, que fuese alguien muy cercano a la pelirroja. Sin embargo, eso nunca pasó. Mi única hipótesis posible es que todas las amigas de Lily —incluyendo la dichosa madrina de Harry—, estuviesen muertas o hubiesen perdido el contacto.

Nadie habla de Marlenne en los libros, a excepción de unos mínimos fragmentos. Así que me tomé la libertad de considerarla a ella, como la mejor amiga de Lily, madrina de boda y, posteriormente, de su hijo. La ausencia de Mary, por otro lado, es algo de lo que aún no puedo hablar para no hacer spoiler, pero me parece que de a poco empieza a quedar más claro.

En fin, creo que son todos los comentarios por ahora. Quiero que sepan que uno de mis objetivos para este año es concluir al fin el proyecto de Guerra. En realidad, no soy alguien que se proponga cosas al terminar el año porque mi pésima memoria hace que cualquier resolución que haya tomado en Enero ya esté olvidada para Marzo. Pero dos años y pico de escritura me parece un tiempo prudencial para empezar a darle forma a esto y cerrar tramas. No se asusten, de cualquier forma, que todavía falta tanto para eso que me da vértigo. Aún nos queda un largo tiempo de viaje.

Ahora, les toca a ustedes. Me ENCANTARÍA saber qué opinan sobre este capítulo, porque me ha sacado algunas canas verdes. ¿Qué tal la escena de James y Lily? ¿Y la de Blackinnon? No olvidemos que aunque de pasada, les presenté al fin a la madre de Mar. ¿Teorías sobre lo que pasó con Mary? No sé si habrán notado pero este capítulo fue casi el doble de largo de los normales. Al principio iba a dividirlo en dos, y contar la segunda parte cuando regresase a esta línea pero luego me arrepentí: la boda del año tiene que ser contada de un tirón, ¿no creen?

Todo, lo que quieran, lo que estén pensando y lo que les gustaría comentar, pueden enviarlo en un review. Leerlos me hace inmensamente feliz, por más corto que sea, y me empuja a seguir con más y más entusiasmo. A todos los que se tomaron la molestia de hacerme llegar sus opiniones, les regalo todo mi cielo.

Espero volver a leerlos en una semana. Aún no decido la línea temporal a la que iremos, pues tengo a medio empezar dos de ellas. Supongo que lo decidiré en estos días.

Ahora sí, me despido. ¡Los estoy esperando! Pueden encontrarme en Twitter como CeciTonks.

Miles de besos para todos y, no me canso de decirlo, GRACIAS por tomarse el tiempo de leerme. Los quiero.

Y si llegaste hasta aquí, un océano infinito de gratitud.

Ceci Tonks.