Carolin no logró apartarse a tiempo y la fiera enfurecida cayó sobre ella con inusual fuerza. La golpeó una y otra vez, a Elizabeth ya le eran indiferentes los ruegos de Will, los golpes de Carolin y las amenazas de Mary Ann y Jack.
La muchacha había quedado en una posición con desventaja, porque se encontraba bajo el peso completo de Elizabeth que la arañaba y mordía con saña, de pronto, una idea fugaz pasó por la cabeza de la chica, y se lanzó a ella en el acto. Tomó impulso y lanzó su boca hasta la yugular de Elizabeth, cuando alcanzó el punto, la mordió con todas sus fuerzas, consiguiendo el efecto deseado: que el dolor recorriera las venas de la mujer y se apartará. En el momento en que sintió su cuerpo libre, se levantó del suelo, recogiendo en el aire la espada que le lanzaba Jack. Observó a Elizabeth ahora con más detalle, sabía que había algo diferente en la muchacha, algo nuevo… la miró, el pelo despeinado, la ropa pegada al cuerpo… tenía que reconocer que… bueno, en fin, observó su piel y su cara… era algo más verdosa que lo habitual, pero Carolin lo achacó a la luz de la luna. Entonces observó la palma de su mano. En la mano derecha su cicatriz se había cerrado, pero no como la de ella, estaba cetrina, reluciente, como el primer día, de un verde brillante.
Carolin contuvo la respiración y entonces Will levantándose del suelo algo aturdido ayudado por Mary Ann, contó lo que había pasado minutos antes en la playa, como se había acostado con Elizabeth, seducido por ella y por su mágica poción, como ella después había entrado en el mar y él había observado un estallido verdoso que le hizo reaccionar, al menos un poco, hasta ahí todo "bien". Pero cuando salió del agua, Elizabeth estaba hecha una fiera, los sentidos de Will seguían algo nublados por el brebaje, así que salió en defensa de este Mary Ann, que había seguido lo que pasaba desde que Elizabeth se había introducido en el agua, corriendo junto al lado de Will en el momento en que ella desapareció de escena.
Mary Ann les explicó como Elizabeth la había rugido, literalmente, que se apartara de Will. Pero ella se había defendido de los ataques de la mujer con su espada y sus puños, de hecho, Mary Ann tenía un ojo morado gracias a la ira de Elizabeth y a un despiste de ella en la lucha. Después ellos habían llegado, tras escuchar el grito de Elizabeth, y el resto lo sabían.
Elizabeth les observaba, respirando agitadamente, intranquila, apretando los puños y chorreando agua. De pronto, un viento lejano comenzó a soplar, agitando la mar antes calmada, provocando olas… de entre ellas, salió una mujer. Bella, pálida y triste.
Elizabeth.- dijo observándola.- has fallado.- la muchacha la observó impertérrita.- No solo te has casado con un hombre que no te amaba, y has obligado a otro a entregarte su amor físico, que por supuesto, ha hecho inconscientemente; sino que además tu cofre no esta tan lleno como para librarte de tu maldición.
¿Cómo que no?.- murmuró ella.- metí las perlas, el puñal…
Gemelo al que hirió a Carolin. No era el mismo puñal, pero no es eso lo que no te perdono. Sino tu fraude.
¿qué fraude?... no…. No llego a comprender… no sé… no…- Elizabeth negaba con la cabeza insistentemente, intentando avistar que era lo que había hecho mal.
De pronto un relámpago de lucidez cruzó la mente de Carolin, y comprendió porque cuando un par de días antes habían llegado a La Guarida, esta estaba saqueada, revuelta y todo tirado… la cueva dorada…
TU SUPUESTO ORO, ELIZABETH, NO SON MÁS QUE PIEDRAS SIN NINGÚN TIPO DE VALOR.
Mary Ann recordó de pronto una conversación (capítulo 10) de un par de sombras con Ragetti y Pintel… y también comprendió:
¿Creías que las piedras que daban luz a La Guarida realmente eran oro?.- preguntó Mary Ann casi divertida. Elizabeth casi sin poder creerlo, de pronto reaccionó, se puso roja y asintió con la cabeza, lanzando maldiciones en voz baja contra ese par de estúpidos piratas que la habían ayudado a saquear la cueva.
La bruja maldita negó con la cabeza y tendió la mano helada a Elizabeth, ella resignada la tomó y juntas, una al lado de la otra, caminaron por el mar hasta perderse en la espesura de las olas agitadas.
