Los personajes no son míos. Solo la historia lo es ¡Te odio Meyer! ¡Porque ha creado a Hombres/Vampiros/Lobos tan irresistible! ¡Yo también quiero uno!... A ti también te odio Bella Swan
Cerré la puerta con llave.
Solo había bastado una mirada fulminante de mi parte para que la abuela Marie entendiera que aquel tema no era uno del que quisiera hablar por varias razones, entre ellas, porque mi novio se encontraba encerrado en mi armario escuchando la conversación, aunque claro, eso ella no lo sabía.
Italia…
No. Siquiera quería pensarlo, al menos no en aquellas condiciones. Italia no estaba en mis planes, no por ahora, no en esos momentos, no mientras todo lo que quería se encontraba aquí en Forks. Pero sin embargo aquello era algo que ni Charlie ni mi abuela lograban entender, porque esto no solo se trataba de un simple enamoramiento juvenil, ni ninguna rebeldía…
— Pensé que moriría allí dentro — decir que me asuste sería poco para describir el miedo que sentí al ver a Edward detrás de mí. Sonreí con nerviosismo, por un momento casi había olvidado que él se encontraba allí. Su cabello completamente despeinado, se pegaba a su frente, por lo que casi con ternura, libere aquella zona de su piel de su sudada melena cobriza — Si, bueno, tu armario es pequeño y caluroso. No sirve para una noche de sexo clandestino. No lo recomiendo
— Uh, tu siempre tan romántico y considerado — murmuré casi con diversión, no pudiendo evitar sentir mis mejillas arder. De verdad, a veces me preguntaba si ese aquello alguna vez dejaría de ocurrir. Edward entrecerró los ojos, dejándose arrastrar por mí hacia mi cama, en donde él se sentó plácidamente, observándome con interés
Mordí mi labio inferior. No podía seguir fingiendo que nada ocurría allí. Lo sabía, él había escuchado completamente todo, por lo que de nada me servía intentar negarlo o incluso eludir el tema. Edward no lo permitiría, pero aun así estaba segura tampoco me obligaría a hablar de ello, solo… esperaría. Conociéndolo, quería que me sintiera preparada…
— Así soy yo — puse los ojos en blanco. Lo vi sonreír en el momento que el peso de mi cuerpo descanso sobre sus piernas, inmediatamente, una de sus manos comenzó a acariciar mi espalda. Recosté mi cabeza en su hombro, aspirando el dulce aroma de su colonia. — Por cierto, estoy volviéndome loco, o escuche decir a tu abuela que era guapo — inquirió con incredulidad.
Reí secamente, asintiendo sin más, agradeciendo en silencio el que él intentara relajar el ambiente…
— Unos cuarenta años menos, y ella habría ido a por ti — esta vez fue mi turno de escucharlo reír. Levante mi mirada, observando sus ojos brillar con una chispa de diversión. Y, tal y como siempre sucedía, volví a sonreír. Me era inevitable, no podía dejar de sonreír cada que lo veía, Edward era la única persona que podía lograr que sonriera aun cuando quería llorar o incluso golpearlo.
— No desearía ver eso. Ella me da miedo. — confesó con una perfecta sonrisa que dejaba ver sus resplandecientes dientes blancos. Levante mi cabeza de su hombro, observándolo directamente a los ojos, entre tanto una de mis manos acariciaba su mejilla. Su rostro se acercó al mío como si de magnetismo se tratara, uniendo nuestros labios en un suave y acompasado beso.
Empuje su cuerpo sobre el colchón, aprovechando el momento para ponerme a horcajadas sobre él. Incapaz de seguir adelante, allí, sabiendo que solo me encontraba en ropa interior, y que mis padres se encontraban en el piso de abajo, intente alejarme de su cuerpo. Edward entendió aquello, por lo que no opuso demasiada resistencia al soltar mi cintura para permitirme alejarme lo suficiente de él.
— Edward
— Mmm… — mantenía sus ojos cerrados, intentando controlar su respiración, supuse que lo mejor sería alejar mi cuerpo del suyo, por lo que rápidamente procedí a sentarme a su lado, apoyándome sobre mis codos, para poder observarlo de costado mientras su pecho subía y bajaba al compás de su respiración. —Deberíamos dejar de hacer eso, porque verdaderamente estoy seguro que un día de estos me volveré azul, ¿No crees?
— No iré a Italia.
— Bells…
— Sé que escuchaste todo, y creo saber qué es lo que piensas, pero de verdad, solo quiero decirte que no iré porque no…— suspiré, intentando buscar las palabras adecuadas — Aquí tengo todo lo que quiero, no necesito una beca, ni ir a Italia, ni nada más.
— Nunca dije que lo necesitaras. Sé que eres talentosa, así como también sé que ese talento necesita ser explotado, e Italia parece ser el lugar ideal para hacerlo. ¡Es Italia, Bells, grandes artistas han dejado sus huellas allí!
— No necesito a grandes artistas para ser buena en esto — aseguré, señalando los dibujos que se encontraban a nuestro alrededor — No necesito a Italia para capacitarme, obtener mi título, renombre o incluso abrir mi propia galería.
— ¿Cómo sabes que no lo necesitas?
— Porque mucho antes de que tuvieras noción de esta beca para ir a Italia tú dabas fe de ello, y no solo tú Edward, muchas otras personas más, entonces, ¿Por qué ahora no lo hacen? — gruñí por lo bajo, recostando mi cuerpo en el colchón, pudiendo sentir mis ojos humedecerse. Respire profundo. No lloraría. Nunca lo hacía, no de tristeza, entonces, ésta no sería la excepción. Volví a suspirar con profundidad, volteando mi vista hacia el cielorraso de mi habitación.
Me deje distraer por los finos trazos de mis dibujos, pegados allí arriba. Hacía más de dos semanas que los había pegado en el techo, pero aun así, y cada vez que los miraba, no podía evitar sentirme orgullosa de cada uno de ellos, en especial de aquel retrato que hice de Edward, y aquel otro de sus ojos verdes, vivaces, con una chispa de picardía que te instaban a querer saber qué era lo que pasaba por su cabeza en ese momento.
Deje de observar los dibujos, sintiendo como la fría mano de Edward buscaba la mía, entrelazando nuestros dedos. Los escuche quejarse, a la vez que el peso de la cama cambiaba. De soslayo, pude notar cómo se había apoyado en su costado izquierdo, para voltearse a observar mi perfil.
Lo ignore.
No quería hablar con él, mucho menos ahora que…
— Tienes razón — fruncí el ceño, volteando mi cabeza hacia él. Dude por un momento de aquella afirmación. Él realmente lo había dicho, o solo se trataba de mi inconsciente en respuesta a mis anhelos más profundos por escucharlo decir algo semejante. — Eres talentosa y… no necesitas de Italia porque sé que lograras todas esas metas de la que me has hablado, así como también sé, y espero, estar a tu lado para apreciarlas, ¿Qué dices?
Mordí mi labio inferior, intentando evitar sonreír con real alegría. La ceja enarcada de Edward era un claro indicio de que él aún espera mi respuesta. Asentí incapaz de decir alguna oración sin comenzar a reír como psicópata.
Volví a lanzarme sobre él, esta vez no para besarlo, sino más bien para intentar abrazarlo con todas mis fuerzas, aunque la palabra "estrujarlo" sería del todo acertada.
Un suave quejido escapo de sus labios, mientras sus manos intentaban aflojar mi agarre. Esta vez reí sin más, concediéndole un poco de espacio para besar rápidamente sus labios.
— Sabia que lo entenderías — asegure, observándolo a los ojos. Él sonrió, asintiendo, mientras colocaba un mechón de mi cabello detrás de mí oreja — Seguiremos con nuestro plan, ¿Verdad? Tú aplicaras en Yale, mientras yo lo aplicare en la universidad de bellas artes de New Haven.
— Ese es el plan — asintió, rodando sobre su cuerpo para colocarse sobre mí. Entrecerré los ojos, besando su mejilla para luego pasar a su frente, su nariz… — Torpe — susurró, tomando mi barbilla entre una de sus manos, sosteniendo mis rostro en un lugar específico, para poder besarme sin necesidad de buscar demasiado mis labios. Sonreí en el beso, correspondiéndole casi de manera automática — Sabia que no podías resistirte a mí — mi estado de shock ante sus palabras era incalculable, pues están rápido como había mencionado aquella estupidez, que para mi desgracia era cierta, el peso de su cuerpo había desaparecido del todo.
Edward había logrado levantarse con rápido movimiento, observándome ahora de manera burlona.
Bufé.
— Por supuesto que no.
— Mientes.
— No lo hago.
— Claro que sí. — apreté mis dientes, controlándome para no decirles unas cuantas palabras malsonantes que nos harían pelear.
— Edward… — gruñí por lo bajo — Mejor vete, se te hace tarde para ir a entrenar.
— No — negó con inocencia — Hoy no tengo entrenamiento, así que puedo quedarme mucho más tiempo — me cruce de brazos, evitando sentiré molesta por la innecesaria acentuación de cada una de las letras de las palabras que decía. De verdad no era necesario, solo molesto.
— A veces creo que te odio
— ¿Lo siento?
.
.
— Eso debería de ser ilegal — murmuré sintiendo mi rostro arder al igual que mis ojos. Si, era extraño pero sentía mis ojos arder, y tal vez debido al cansancio de no haber dormido la anterior noche por culpa de mi novio y nuestras llamadas a altas horas de la noche, o puede que fuera el hecho de que me encontrara corriendo alrededor de la pista de futbol americano.
Mis músculos dolían. ¡Diablos que lo hacían!
— Dos vueltas más — fulmine con la mirada al entrenador. Al parecer el hombre quería sacar una estrella de futbol de aquel grupo, no lo sé, no lo entendía, lo único que sabía era que mientras yo y mis compañeros estábamos corriendo, él se encontraba sentado en la primera grada, observándonos. ¡Al diablo! Es que caso era una regla no escrita el que los profesores de educación física jamás hicieran nada, porque si era así…
— ¡Bien hecho Swan! — detuve el rumbo de mis pensamientos, observando, casi por inercia, al lugar de donde habían provenido aquel grito. El campo principal.
Rodé los ojos, al divisar la burlona sonrisa de Emmett; al parecer se encontraba muy pegado de sí mismo por haber atrapado el balón. Idiota con coordinación.
Acelere mis pasos, rogando porque aquel martirio terminara, y así fue, luego de una vergonzosa casi caída y un par de trotes más, me encontraba descansando rezagada en el suelo de la pista de atletismo, al igual que todo el grupo. La clase había terminado.
Sonreí al escuchar los suspiros soñadores de un par de chicas que miraban como Emmett corría hacia el lado norte del campo. Aquello sin dudas estaba poniendo furiosa a Rose. Ella por su parte se encontraba entrenando una nueva rutina. Se veía maravillosa, debía admitir.
— Un poco de sol no estaría mal, ¿he? — murmuró Alice, apoyando su cabeza en mi hombro. Asentí, intentando no hablar, ni moverme, o incluso respirar, porque hacer cualquiera de esas acciones solo me traía dolor — Edward me pregunto qué podría regalarte para tu cumpleaños — está bien, debía admitirlo, el hecho de que me doliera cada musculo de mi cuerpo no impidió que mi cabeza volteara rápidamente hacia ella, en cuanto menciono el nombre del pelicobrizo
— ¿Le dijiste de mi cumpleaños?
— Emmett — añadió rápidamente, saludando al grandulón que nos observaba sonrientes. Fruncí el ceño, a los que la sonrisa de Emmett desapareció mientras que la de Jasper, que se encontraba a su lado, se ensancho aún más. Volteé los ojos, al parecer el rubio había encontrado un punto de diversión las peleas que manteníamos con Emmett. Eran "entretenidas", había dicho.
— Uh — me queje, cubriendo mi rostro con mis manos. Regalos. Siquiera quería imaginar qué tipo de regalo ostentoso me querría dar Edward, porque, después de todo, él era impredecible, y aquello ciertamente me asustaba, ¿A esto se debía su repentina fascinación por las avionetas? ¿No tenía planeado subirme a una de esas cosas, verdad? — Le hablarás dicho que no debía regalarme nada — inquirí con mis ojos entrecerrados, esperando que dejara de observar a su novio correr — Alice
— Podría decirse que… si, le dije algo así. No tan directamente pero…
—No. Solo me dio a entender que morirías por la colección completa de Rachel Storey, aquella diseñadora de ropa que…
— ¡Edward! — chilló, Alice, siendo levantada del suelo en vilo por su hermano. Negué divertida, observando como ella lo golpeaba, cuando esté, sudado, intentaba abrazarla. Observándolos, no pude evitar comparar su relación con la mía y la de Emmett. Podíamos molestarnos, podía raparlo e incluso traumarnos con bromas pesadas, pero fuera de ello… Ambos éramos los hermanos perfectos.
— ¿Con que compras, he?
— Él miente, además, cómo confiar en alguien que debería estar entrenando con su equipo — replico la pequeña duendecillo, indignada y asqueada. Edward se encogió de hombros, toando con una de sus manos el tope de la cabeza de Alice y obligándola a voltearse hacia el campo de entrenamiento. Solo Jasper, Alex y Emmett se encontraban allí, los demás chicos del equipo ya se dirigían hacia el edifico en donde se encontraban los vestidores.
— El entrenamiento termino hace más de diez minutos, solo que algunos queríamos terminar de repasar jugadas. Emmett y Jasper por lo menos están incluidos en ese "algunos"
— ¿Y tú no, gran líder?
— Si, pero mientras corría, divise una hermosa castaña que me enamoro… — sonreí ante la respuesta que le dio a la pequeña Alice. Ella, furibunda, no tardo en lanzarle un grito a Jasper para que se acercara o, como había dicho ella "moviera su perfecto trasero hacia allí".
Tras soltar un fuerte bufido, acompañado con un chillido de indignación, Alice, se dirigió hacia donde se encontraba su novio, ignorándola, ensimismado en el pequeño juego que mantenía con Emmett y Alex. No me sorprendió ver cómo tras pasos rápidos, ella iba en busca del blanco y jodido trasero de Jasper. El pequeño duendecillo lo mataría o tal vez incluso lo torturaría, probablemente.
— No envidio su vida. — murmuró Edward, sonriendo de lado. Despeine mi cabello, sintiéndome nerviosa al estar nuevamente a su lado. Los entrenamientos para el partido final, y los cursos adicionales que yo está tomando para poder aplicar en la misma universidad que él, nos mantenían separado por mucho tiempo, por lo que cada instante que nos volvíamos a ver era… un nuevo comienzo, supongo. Era raro, debía admitirlo, pues, bueno, nos encontrábamos en una situación rara, pero no por ello menos mágica. Mmm… No lo sé, simplemente era una situación difícil de explicar.
Mis ojos viajaron hacia su rostro, repentinamente reparando en la mancha de tierra que tenía en su mejilla. Al parecer los entrenamientos se estaban volviendo más duros para todos, y mucho más para él, el capitán. Por lo que sabía, la final estaba cerca, y aquello significaba que muchos de los del equipo estaban ansiosos porque algún cazatalentos los fichara, mientras que otros solo querían ganar un último partido para su instituto.
— Así que… ¿Una hermosa castaña, he? — enarque una de mis cejas, cruzándome de brazos. Sus ojos esmeraldas brillaron como cada vez que una travesura cruza por su mente. Le sonreí, lanzándome a sus brazos que me recibieron con un fuerte abrazo.
Nuevamente, un par de suspiros se volvieron a escuchar a mi espalada. Me sonroje, notando por primera vez la presencia de tres chicas que habían optado por quedarse a descansar en las gradas y no volver a los cambiadores para poder irse luego a sus casas.
Edward rió estruendosamente, un peculiar hábito que había copiado de Emmett, rosando suavemente sus labios contra los míos para luego terminar de unirlos en un beso abrazador. Suspire entre besos, recibiendo su cálida lengua entre mi boca, acariciando la suya con la mía. Estuvimos así de aquella manera hasta escuchar el molesto grito de Emmett. Ambos no tardamos en fulminarlo con la mirada, no queriendo recordarle que él junto con Rose eran por demás decir peores que nosotros en cuanto a demostraciones de afecto publicas.
— ¡Consíganse un hotel! — bramó mi hermano, volviendo a lograr que me sonrojara. Edward, entre risas, volvió a lanzarle el balón que Emmett había intentado asestarle. Edward, aun con mejor puntería que Emmett, logro pegarle justo en uno de sus muslos, ganándose insultos a diestra y siniestra por parte de mi idiota hermano.
Me limite a terminar aquella pequeña pelea de niños que se había armado entre ambos con una amenaza, comenzando luego a dejarme ser arrastrada por Edward hacia las gradas más altas. Subí con un poco de recelo, algunas estaban húmedas y aquello indicaba que había cierto margen de posibilidad de que yo pudiera caer de las gradas, y eso…
— Prometo que no te sucederá nada, Bells — aseguró Edward, afianzando su agarre en mi mano para poder volver a arrasarme gradas arriba. — ¿Lo ves? Ni un brazo roto.
— No es gracioso, Edward — me queje, dándole un pequeño golpecito en el hombro. El rió sin más, rodeando mis hombros con uno de sus brazos para poder acercar mi cuerpo al suyo — No todos tenemos una coordinación perfecta
— El oído interno — murmuró por lo bajo, sabiendo que lo escucharía. Fruncí el ceño, volviendo a darle un zape en el brazo, esta vez con más fuerza y menos precisión, debido a su agarre.
— Idiota
— Mi chica torpe — volvía bufar ante aquel terrible y ofensivo apodo. No me gustaba, y él lo sabía, pero aun así continuaba diciéndomelo de manera obstinada. Suspire. Debía de dejarlo pasar, de nada me volver a pelear entre sus bromas y mis sonrojos por aquel torpe apodo. — ¿Cómo están las cosas con tu abuela?
— Bien. Aún sigue enojada porque rape a Emmett, pero lo superara. El otro día la vi admirando mi obra maestra — bromeé, recordando como la abuela Marie acariciaba, cada que podía el casi existente cabello de Emmett, lamentándose por aquellos rizos perdidos por aquel corte aberrante. Sí. Era una situación muy cómica.
Mordí mi labio inferior intentado no reír ante aquella imagen mental. Con dificultad, lo logre. Sonreí, cerrando los ojos al sentir la suave caricia de Edward sobre mi cabello. No tarde demasiado en recostar mi cabeza sobre su hombro.
— Apestas — asegure, frunciendo la nariz. El verlo sudar era algo caliente, pero el oler su sudor no era para nada sexy. La melodiosa risa de Edward volvió a escucharse.
— Tu tampoco estas mejor — no dije nada. Sabía que él tenía razón, y no era para menos, diez vueltas al campo de fútbol americano no se corrían todos los días, bueno, yo no lo hacía. Me encogí de hombros, aun así el apestaba mucho más que yo. — ¿Y Charlie?
— Irá a cazar — aseguré sin más — Entonces… ¿Cuáles son tus expectativa para el juego de pasado mañana, capitán? — intente eludir aquella respuesta, de verdad lo intente, pero la inquisidora mirada de Edward no hacía más que hacerme notar que no lo había logrado, para nada.
Seguramente, Edward estaba al tanto del creciente enojo de Charlie debido a mi elección, de cómo me había aplicado la ley del hielo por, según él, estar lanzando mi futuro al tacho de basura, o incluso tal vez también sabía de qué manera me afectaba no hablar con mi padre y casi no encontrar temas de conversación con mi abuela que no nos llevaran a un lugar: Italia.
Cerré los ojos.
Todo estaba muy complicado últimamente, incluso para nosotros y nuestra relación, pero era sabido que no existía la felicidad sin un poco de sufrimiento así como jamás se produciría un arcoíris sin un poco de lluvia. Y si estar con Edward era la recompensa, valía la pena.
— Vendrás al partido, ¿Verdad?
— Claro, soy tu fan número uno, Edward, nunca me lo perdería — un largo, triste y melancólico suspiro escapo de sus labios, logrando que me preocupara. Él se encogió de hombros, dirigiendo su vista al frente, a un punto muerto.
— Docedías días
— ¿De qué hablas?
— Pues que tienes suerte de salir con uno de los chicos más deseados del instituto, así que… no lo sé, creo que eso de ser mi fan número uno… — siseó para luego suspirar de manera lastimera — Creo que no es del todo verdad, ya he escuchado a muchas decirse mi fan número uno, aunque no las culpo, soy alguien a quien merecen admirar…
Me mofé de su falta de humildad, intentando no reír por los continuos y rápidos pestañeos, al igual que un niña enamorada, que hacia cada que hablaba de sí mismo.
— Mmm… Tienes razón — un sonido de molestia escapo de mi boca. Lo observe sería, intentando seguirle el juego sin reír ante su repentina morisqueta pensativa — No hay nada que pueda hacer
— Bueno… Siempre puedes ser mi porrista
— ¿Tu porrista? ¿No hablaras de lanzarme a la cancha, vestida de porrista, para el juego?
— ¿Qué? — Inquirió con inocencia — Rose te lo propuso, no yo. Además, no es una mala idea. — dijo lentamente, casi con cautela, observándome de soslayo aun sin dejar mirar hacia la nada.
Gruñí. Maldita Rose y malditas sus ideas, de verdad, jamás ni aunque mi vida dependiera de ello me pondría aquellas minúsculas faldas y esos desabrigados tops para hacer complicadas acrobacias en el aire. Para ello debías tener talento y pasión, y bien, siendo sincera conmigo misma sabía que tenía el talento, pero la pasión… no. Animar no era lo mío
— Olvídalo, Cullen
— ¿Qué cosa? No recuerdo haber dicho nada — seguro siguiendo a la perfección mi ruda orden de "olvídalo". Sonreí, levantándome con cautela de la grada, para poder sentarme en sus piernas. Rodeé su cuello con mis brazos, acercando su rostro al mío, observándolo a los ojos. Sus orbes esmeraldas me observaban con curiosidad, brillando al igual que siempre — Tienes tierra en tu mejilla — señalo con un piquete de su dedo mi mejilla derecha. Sonreí, asistiendo mientras copiaba su acción.
— Al igual que tú.
— Te amo — enarque una de mis cejas, sonriendo con alegría para estrecharlo entre mis brazos. Mi boca que descansaba entre su cuello, comenzó a dejar húmedos y perdidos besos en toda su piel. Una risa ronca escapo de sus labios. — Sabes, podríamos escaparnos… — cualquier cosa que haya querido decir, se le olvido al verme a los ojos. Le sonreí con dulzura, acariciando su mejilla para terminar de limpiarla.
— ¿Qué?
— Debería llevarte a tu casa
— Oh… tal vez, podríamos escaparnos para… tú sabes… yo…poder aplicar para ser tu porrista personal. — mordí mis labios, enarcando ambas cejas e intentando no mirarlo a los ojos.
— ¿Porrista personal? — preguntó casi sin aire. Sí. Mentiría si digiera que aquella propuesta nos resultara común a amos, por el contrario, yo como reciente iniciante en el sexo siempre dejaba que Edward fuera el que tomara la iniciativa o… incluso las insinuaciones.
— Sí, será una prueba un tanto difícil… tú sabes que las porristas deben ser flexibles para todo, pero… sé que lo lograre, ¿Qué dices?
¡Hola linduras!
Bien, he desaparecido de FanFiction, lo sé y me disculpo. Los problemas familiares, como todos saben, en parte, es por lo que ya no tienen noticias de mi por aquí, más, sin embargo, a finalización del año escolar, la aplicación para la universidad y otras cosillas más también son otras de las causas.
¡Pero ya basta de mí! Solo dejaba esta nota por dos razones, la primera mis disculpas por haber dejado abandonada tano tiempo esta historia, y las segunda por… como todos sabrán ya se estrenó la segunda parte de Amanecer, y por lo tal la última película del final de la saga, díganme ¿Qué les pareció? ¡Porque a mí me encanto! , y cabe decir que hubo partes en las que… bueno... Quede en shock, pero aquellas que la hayan ido a ver, me entenderán…
Bueno. No los distraigo más, díganme ¿Qué les pareció el capítulo? Espero que haya cumplido con sus expectativas y… ¡Ya se viene el final, y tal vez acompañado con algo de drama! ¡Muajaja!
Besos: Bella-Ragaza
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