Disclaimer :Todos los personajes y lugares que aparecen en el fic pertenecen a J.K. Rowling; a excepción de Cassandra Nayron, Anne Sullivan, Eric Misdet, Evelyn Grams y todo lo relacionado con la Fundación Seward.


Capítulo 35: El traidor

James estaba agotado. Tumbado de mala manera en el sofá, miraba sin ver la pequeña mesa que tenía frente a él. Unas pocas tazas vacías, media tarta intacta y un desorden a su alrededor: manchas de nata en el mantel, la vela que hacía las veces de número uno partida por la mitad y una pequeña mancha del chocolate que Harry había tirado en sus innumerables carreras de aquella tarde. Lily estaba sentada a su lado, con el niño dormido en el regazo y una sonrisa tranquila en el rostro.

Estaba cansado, pero James tenía la sensación que había sido una de las tardes más felices de su vida.

Habían faltado casi todos: Remus, Casey, Anne... Sirius. Todos en las renovadas guardias que habían planeado desde la Orden. No creían que tuvieran demasiado éxito para atrapar mortífagos, pero al menos sí servían para tener controlados los puntos más "frecuentes" donde éstos aparecían. Y ninguno había podido eludirlo así que fue un cumpleaños algo triste. Aunque Harry no lo notó. Aquella mañana, muy temprano, Sirius había aparecido en casa para dejarle su regalo de cumpleaños y el niño había estado toda la tarde disfrutando de él.

También los riñones de James, que se había pasado gran parte del tiempo persiguiéndolo. No es que la escoba voladora que le había regalado su padrino volara demasiado alto, pero aquellos escasos 40 centímetros bien valían para un buen golpe si el niño se caía.

Mientras dormitaba, James se movió un poco y pasó un brazo por los hombros de su esposa. Abrió los ojos y la vio allí, acurrucada contra él y con su pequeño en brazos y no pudo evitar sonreír. Vale, no habían estado acompañados físicamente de todos sus amigos (pero sabía lo mucho que todos habían sentido no poder estar allí), pero ¿no era maravilloso ver crecer a Harry? Ya se imaginaba a sí mismo dándole lecciones de quidditch, entrenando con él y colándose por los pasadizos de Hogsmeade con tal de verlo jugar. Porque su hijo entraría en el equipo de Gryffindor, eso estaba claro. Aunque quizás la inteligencia de Lily lo hiciera quedar en Ravenclaw... en el fondo le importaba poco; él sólo quería verlo jugar, disfrutar la diversión del quidditch, verlo integrado en el equipo.

Sin embargo, los pensamientos felices no le duraron demasiado. Mientras recordaba sus días en el equipo de Gryffindor, le vino a la mente por alguna razón la conversación que había tenido con Sirius aquella mañana. Lily y el niño aún dormían cuando el chico se presentó en la casa, pero como más tarde le confesó a James, casi lo prefería.

Todo el tema del traidor de la Orden estaba volviendo loco a todo el mundo y ellos no iban a ser menos. Sirius le había hecho prometer que vigilaría a Peter aquella tarde, cuando fuera a casa para la celebración. Era el único que por alguna razón se había librado de hacer guardias y aunque aquello era sólo una casualidad, Sirius no quería quitarle ojo de encima. Desde que se había mudado ya casi no le veía y seguirle los pasos era ciertamente difícil.

¿Y por qué Peter?. ¿No se suponía que de quien desconfiaba era de Remus? A aquellas alturas Sirius había empezado a desconfiar hasta de su propia sombra, pero le prestaba más atención a Peter porque, al fin y al cabo él lo había propuesto de guardián. Era como una responsabilidad que a duras penas le dejaba dormir. Sabía que había hecho lo correcto, que él no podía ser el guardián porque todo el mundo pensaría que era él. Era un blanco muy fácil, y aunque se jactaba de ser fuerte y resistente, por nada del mundo pondría la vida de su familia en peligro. Y Peter... bueno, al principio había pensado que era la persona más indicada porque nadie creería que James y Lily lo elegirían por encima de Remus, de Sirius o de las chicas. Pero últimamente tenía una actitud tan rara. Estaba constantemente nervioso, salía mucho y desde que se había ido a vivir solo, no le veía casi nada.

Pero James no había notado nada raro aquella tarde. Ni se había ido de improviso, ni había hecho ningún comentario extraño o fuera de lugar.

Y tener que desconfiar de todo el mundo lo estaba sacando de quicio. Quería que la guerra se acabara, que alguien acabara de una vez con la amenaza de Voldemort. Ver a su hijo corretear por un jardín, enseñarle a volar en escoba al aire libre y no encerrados en un patio interior; quería, en definitiva, verlo crecer con normalidad.

ooo

Unos días más tarde Sirius fue a hacer la visita de rigor, pero en aquella ocasión tenía peor aspecto.

- ¡Canuto! Pero, ¿¡qué te ha pasado!? – exclamó James, que había pegado un bote en el sofá cuando su amigo había aparecido por la chimenea.

- Nada, nada. – quitándole importancia. - ¿Ha estado Peter aquí hoy?

- ¿Colagusano? No, para nada. – respondió James desconcertado. – Pero, ¿se puede saber por qué te sangra la mejilla?

Sirius se movió un poco y se puso frente a un espejo y se curó la herida él mismo con un rápido movimiento de varita. Mientras lo hacía, le contaba a su amigo qué había ocurrido.

Aquella tarde él y Sturgis, su compañero aquel día, tenían guardia en las cercanías a la que había sido hasta hacía poco la casa de Lily y James. Últimamente vigilaban mucho por aquella zona puesto que los mortífagos ya tenían localizados a gran parte de los miembros de la Orden. Sin embargo no esperaban movimiento alguno. Sirius y Sturgis se preparaban para una larga tarde cuando una luz en el interior de la casa captó su atención.

Allí no tendría que haber nadie.

No supieron si avisar al resto porque igual podía ser sólo un ladrón muggle o una falsa alarma, así que ambos se acercaron a la casa sin perder el tiempo.

- Menos mal que a Sturgis le dio tiempo a avisar antes de que todo el grupo nos acorralara. – comentó Sirius, cerrando los ojos mientras descansaba en el sofá. James le había traído una taza de té y le había ayudado con otras pocas heridas. Lily bajó al poco rato, una vez que Harry se había quedado dormido.

Eran cuatro mortífagos los que había dentro de la casa. Al parecer se habían percatado de que nadie vivía allí ya, pero, por no irse con las manos vacías, se habían dedicado a poner la casa patas arriba.

- Quizás buscaban una pista de nuestro nuevo paradero. – sugirió Lily, consternada.

- Puede ser, pero no podrán encontrar nada.

- ¿Cómo habéis salido de ahí entonces? – quiso saber James, preocupado ante la posibilidad de alguna baja.

- Los demás aparecieron a los pocos minutos y también llegaron algunos aurores. Aunque por poco nos matamos entre nosotros. – comentó el chico con una mueca. – Se ve que, una vez que nos deshicimos de los mortífagos (que escaparon como los vulgares cobardes que son) los aurores estaban aburridos o qué se yo. La cuestión es que empezaron a discutir con nosotros diciendo que no debíamos estar allí, que el Ministerio prohibía tal y cual cosa... Si no llega a ser por Alice y Frank, cuando Moody llegó nos hubiera encontrado enzarzados en una pelea.

- ¿Y los demás, están todos bien?

- Todos bien, Lily. Con magulladuras y unos pocos cortes, pero nada grave.

- ¿Por qué preguntabas entonces por Peter? – recordó James de pronto. - ¿No respondió a la llamada?

- Sí, Peter estuvo allí, de los primeros de hecho. – Sirius hizo una pausa, pensando cómo decir aquello delicadamente. – Pero lo perdí de vista un minuto y luego no daba con él. Nadie lo veía por ningún lado. La casa era un desastre, todo estaba revuelto y pensé... bueno, pensé que quizás había caído.

Lily contuvo una exclamación de angustia.

- Pero apareció. De la nada, diría yo, si la nada existiera. Porque lo habíamos buscado por toda la casa y nadie lo veía. Llegué a pensar que se lo habían llevado de prisionero pero yo había visto perfectamente cómo los mortífagos desaparecían. Y no llevaban a nadie con ellos.

- ¿Y entonces? – preguntó James alzando una ceja. No le estaba gustando demasiado el devenir de la situación.

- Apareció poco antes que Moody, cuando los aurores estaban aún con ganas de llevarnos a todos detenidos. – continuó Sirius, con un deje de incredulidad en su voz. – Lo vi en la puerta de la cocina, como si nada. Tenía la ropa sucia pero ni un solo rasguño. Se acercó a Remus, le dijo algo y se marchó.

- ¿Qué le dijo? – siguió preguntando James.

- Que tenía que irse; tenía prisa.

- ¿Ya está? – se extrañó Lily. - ¿No le preguntó cómo estaban los demás?

- Es lo que Remus me ha dicho y lo que ha confirmado Dorcas, que estaba a su lado.

Y Sirius no necesitó decir nada más. Lily no lo dijo en voz alta, pero se preguntó si sería posible invertir el encantamiento Fidelio, cambiar de guardián.

ooo

Cuando Casey consiguió quedar con Remus para hablar con él en el centro, no imaginó que la salida duraría menos de lo que había tardado en convencer a su amigo. Él nunca llegaba tarde, ella sí y para que él no pudiera reprocharle nada, Casey llegó casi quince minutos antes de tiempo. Lo estaba esperando cerca de la cafetería a la que solían ir muchas veces cuando salían de clase, cuando aún estaban en la Fundación Seward. No era una calle céntrica, pero sí lo suficientemente llena de gente como para no sentirse sola mientras esperaba.

Estaba apoyada en la pared, mirando distraídamente a un lado y a otro cuando la cara de Severus Snape apareció rápidamente en su campo de visión.

Él pareció sorprendido también de verla allí aunque pasó de largo sin decir nada. Casey lo prefería, no tenía ánimos de aguantar los comentario hirientes del chico. Seguramente le recordaría que era hija de asquerosos muggles, como había hecho los últimos años en el colegio las pocas veces que habían cruzado más de dos palabras. Sin embargo, a ella lo que le sorprendió más no fue encontrarse casualmente con él, sino que él estuviera paseando por la calle tan tranquilo. A fin de cuentas, tras todos aquellos meses, él también estaba en la lista de sospechosos de la Orden.

Estaba dándole vueltas a aquello cuando la puerta de la cafetería se abrió y Peter y Eric salieron. Por la posición en la que Casey se encontraba ninguno de los chicos la vio, pero ella sí que podía verles. Hablaban en voz baja, ambos parecían nerviosos y, no sin cierto asombro, Casey vio como seguían el mismo recorrido que minutos antes había seguido Snape.

No sería de extrañar si no fuera porque la calle por la que se habían metido no era para nada concurrida. De hecho, era poco más que un callejón estrecho que acababa en una plaza diminuta. ¿A dónde irían Peter, Eric y Snape por allí?

Cuando llegó Remus no tardó en comentárselo.

- Perfectamente podrían haber ido a desaparecerse ahí, como hemos hecho nosotros tantas veces. – le respondía el chico mientras entraban en la cafetería.

- Ya, me parece a mí demasiada casualidad, qué quieres que te diga.

Remus no dijo nada. Sabía que Casey jamás pensaría bien de Peter, jamás, y aunque él mismo empezaba a sospechar de todo el mundo, a duras penas podía creer que alguno de sus amigos fuera el verdadero traidor. Ni siquiera cuando casi todos parecían apuntarle a él. Y Casey, tan empeñada en no soportar a Peter, no tardó en ser más clara.

- Pues me importa muy poco lo que digas, pero si vas a permitir que todos desconfíen de ti, tendrás que dejarme a mí pensar que es Peter el que nos está traicionando. – concluyó ella con voz firme y dura.

Remus la miró con el ceño fruncido, una repentina chispa de furia brillando en sus ojos.

- No es él. – masculló apretando los dientes.

- ¿¡Que no es él?! – Casey no salía de su asombro. - ¿Me lo estás diciendo en serio, Remus? De verdad, no te creía tan... tan...

- ¿Tan qué? – exigió él.

- Tan pelele. Te importa un pimiento si todos están pensando que tú eres el traidor, no dices una sola palabra, como si no fuera contigo... Pero digo algo sobre Peter y estás a punto de comerme. ¿Es que no tienes nada de amor propio?

Pero Remus no respondió. Le lanzó una mirada furibunda y salió de la cafetería desapareciendo calle abajo. Su amiga salió tras él aunque no fue capaz de alcanzarle.

- ¡Imbécil! – gritó Casey, frustrada.

No habían arreglado nada y por su culpa ahora todo estaba peor. Algo que no creía posible.

ooo

En la Orden todos sospechaban ya de que los mortífagos tramaban algo. Hacía semanas desde el último movimiento del que habían tenido noticias. Estaban a dos días de acabar el mes de agosto y lo último que se sabía de Voldemort y sus seguidores se remontaba a la primera semana del mes. Por eso todos permanecían en alerta permanente, a la espera de que estallara lo próximo. Y las guardias se intensificaban, aunque a duras penas podían cubrir una décima parte de los puntos que ellos creían peligrosos.

De hecho, uno de aquellos puntos ni siquiera estaba siendo vigilado, a pesar de ser uno de los que entraban en la escala de los cinco más importantes. Pero ni siquiera la influencia de Moody pudo conseguir que el Ministerio contara con una vigilancia especial. Según órdenes expresas del ministro aquello sólo crearía más caos del necesario y la gente, con toda probabilidad, dejaría de ir al trabajo si veían las fuertes medidas de seguridad que Moody solicitaba.

Por eso aquella mañana la entrada externa del Ministerio fue tan vulnerable. Poco después de que la gente hubiera entrado al trabajo con prisas, varios grupos de mortífagos se fueron apareciendo por los alrededores. Los aurores no tardaron en reaccionar, pero eso no impidió que un par de grupos de mortífagos consiguieran entrar al hall del edificio mágico, llevándose con ellos la vida de varios magos y brujas a los que habían pillado desprevenidos.

Moody y todo el plantel de aurores salió a la lucha, pero no eran suficientes y lo sabían. Frank corría de un lado a otro esquivando a dos mortífagos que intentaban acabar con él, sin dejarle apenas respirar. El hombre rezó para que Alice o Moody tuvieran la oportunidad de avisar a la Orden o no saldrían vivos de allí.

Cuando se deshizo de uno de sus perseguidores y el otro desapareció de su campo de visión, Frank echó a correr hacia la salida siguiendo las indicaciones de uno de los jefes de escuadrón. No se paró a pensar que salir a la calle sería más peligroso ya que no sabían a cuánto se elevaba el número de mortífagos, él sólo corrió.

Voldemort no estaba allí, aunque sí la mayoría de sus mortífagos. Estaban masacrando a los aurores, a los que doblaban en número. Frank pensó por un instante que aquel sería su final... y se acordó de Neville, al que ya no podría enseñar a hacer tantas cosas... Y de pronto, como una lluvia repentina, apareció la Orden. Y no lo hicieron solos. Como pudo comprobar Frank más tarde, con ellos habían llegado una decena de personas a las que desconocía. Eran algunos de los colaboradores del grupo, que habían acudido a la llamada sin dudar.

Y tal como habían aparecido, los mortífagos se fueron. Sin razón aparente, puesto que habían dominado la lucha en todo momento y de haberlo querido, habrían podido acabar con todos los que allí estaban. Pero no lo hicieron; se esfumaron sin ni siquiera reparar en sus caídos.

Sin embargo, no todo podían ser buenas noticias. Habían caído también muchos aurores, varios magos y brujas que se habían unido a la batalla y todos los que no habían muerto estaban heridos en mayor o menor medida.

Y lo que era peor: los mortífagos se habían llevado rehenes.

Moody corría de un lado a otro, gruñendo y maldiciendo en voz alta. Repasaba uno a uno a todos los aurores, buscando poder especificar quiénes habían desaparecido.

Alice, Emmeline, Remus, Sturgis, Sirius y Hagrid estaban reunidos en un rincón, al final del callejón. Cuando Frank se acercó corriendo a ellos, preguntó con la respiración agitada cómo estaban los demás. Todos le miraron con rostros descompuestos. Sólo Emmeline se atrevió a hablar.

- Se han llevado a Dorcas.

ooo

- Hay que hacer algo. –replicó Sturgis con dureza.

- Nunca jamás hemos dado con la base o cuartel o lo que quiera que tengan para reunirse, Sturgis. – repuso Moody inclinándose sobre la mesa con el ceño fruncido. - ¿Qué te hace pensar que ahora sí podríamos hacerlo?

- No podemos dejar a Dorcas y a todos los demás que se han llevado. – intervino Emmeline con voz ahogada. Tenía un pequeño corte en la ceja que aún no se había mirado.

Habían pasado apenas tres horas desde el final de la batalla en el Ministerio y se habían reunido en casa de Sturgis para ver qué podían hacer. En aquella ocasión estaban presentes todos los miembros de la Orden, a excepción de Dorcas y de Peter, que había tenido que permanecer ingresado en San Mungo. Incluso James y Lily estaban presentes a través de la chimenea del salón.

- Podríamos dividirnos, rastrear todos los sitios posibles, usar métodos más o menos éticos y aún así, no daríamos con ellos en un plazo de días; semanas incluso. – aseveró Dumbledore, cuyo semblante estaba pálido.

- ¿No tiene ninguna idea?.¿Ningún truco o artimaña o lo que sea? – Sirius preguntó en voz alta lo que todos los demás estaban pensando.

Pero el director de Hogwarts negó en silencio, quitándose las gafas y dando muestras de cansancio. Todos se quedaron sorprendidos porque, por una vez, parecía derrotado. Eso no era buena señal.

- Nos dividiremos e intentaremos buscar lo que sea, cualquier pista será útil. Avisaremos a todos nuestros informantes y nos pondremos todos en ello. – Dumbledore se levantó de la silla y se dirigió a la chimenea. – James, Lily quiero que hagais como antes y aviseis a todos. Y vosotros, - se dio la vuelta de nuevo. – quiero que cualquier cosa, repito, cualquier cosa que encontréis, aviséis a James o a Lily. Ellos se encargarán de ponernos al corriente a mí y a Moody.

Todos asintieron en silencio y pocos minutos después ya estaban de nuevo en la calle. Tendrían que darse prisa si querían recuperar a los rehenes vivos.

ooo

Dorcas estuvo consciente todo el tiempo, desde que la hirieran en la pierna izquierda hasta que la llevaran con los ojos vendados y la arrojaran sobre un frío suelo de piedra. Pero en ningún momento escuchó nada, seguramente estaría bajo el efecto de algún encantamiento. Poco después, o quizás muchas horas más tarde (había perdido toda orientación posible), empezó a escuchar de golpe. Gente gimiendo a su lado, ruidos sordos de alguien golpeándose contra una pared y cayendo al suelo a pocos metros de donde ella estaba. Pero sobre todo oía risas, macabras, crueles y demasiado altas. Oía repetidamente cómo lanzaban maldiciones, imperdonables casi todo el tiempo además de alguna que jamás había visto u oído fuera de los libros.

Pensó por un instante que igual la daban por muerta y por eso no le hacían nada a ella, pero su esperanza duró poco tiempo. La golpearon látigos invisibles, se retorció de dolor contra una esquina de la habitación y las lágrimas le llegaban a la barbilla manchadas de la sangre de un corte profundo bajo el ojo derecho.

Intentó no perder la calma, pero era realmente difícil. Sabía que por mucho que alguien la buscara (y no dudaba que la Orden lo estaría haciendo) no lograrían encontrar aquel sitio. Ella no sabía dónde estaban, pero con toda seguridad los mortífagos estarían muy bien escondidos.

- Vaya, vaya... Con que tenemos una amiguita de Dumbledore entre nosotros. – al tiempo que la voz áspera sonaba con fuerza en la habitación, la venda de los ojos de Dorcas cayó y pudo ver la horrible escena en la que se encontraba.

Era una habitación pequeña de piedra, sin ventanas y con una robusta puerta de madera que estaba abierta en aquel momento. La mujer entrecerró los ojos y apartó la cabeza en cuanto distinguió al que otrora fuera Tom Riddle avanzando hacia ella. Los mortífagos que había a su alrededor tenían las máscaras puestas aunque de todas formas Dorcas no creía que pudiera salir de allí con vida como para acusar a nadie. Se hizo un ovillo en el rincón y pensó en su familia, cerrando los ojos con fuerza mientras esperaba el golpe final.

Pero no llegaba. Los segundos pasaban y sólo oía cómo Voldemort hablaba con uno de sus mortífagos en susurros apremiantes.

- No ha abierto la boca desde que la trajimos. – murmuró el más cercano a él, inclinándose de forma respetuosa. – Nos hemos divertido con ella, eso sí.

Voldemort asintió y con un gesto hizo que todos parasen. Se acercó a Dorcas y se agachó frente a ella a unos metros de distancia.

- Así que nuestra querida y educada señora Meadows no tiene intención de salvar la vida. Qué interesante.

El señor oscuro sacó su varita y la balanceó entre sus dedos mientras hablaba. Dorcas no quería abrir los ojos por mucho que en su interior se dijera que tenía que luchar, hasta el último aliento, que no podía morir llorando escondida en un rincón. Pero su voz no le respondía y no era causa de ningún encantamiento.

-Supongo entonces que mis amigos podrán seguir divirtiéndose contigo, Dorcas. - se levantó y con una mirada uno de sus seguidores se aproximó a él. – Tengo mucho tiempo antes de que puedan encontraros. De hecho, tengo todo el tiempo del mundo.

El mortífago que se había acercado le pegó una patada en el estómago y después le lanzó un crucio. Dorcas se mordió el labio para no gritar, pero el dolor era cada vez menos soportable.

Y mientras se divertían con ella, Voldemort hizo entrar a varios mortífagos más a la habitación. Uno de ellos, el último en cruzar la puerta, se quedó todo lo atrás que le fue posible. Voldemort no podía ver su cara y lo agradecía, porque la visión de lo que estaba ocurriendo en aquella celda le horrorizó. De los diez rehenes que habían traído de la lucha, sólo vivía Dorcas. El resto estaba literalmente esparcido por toda la habitación. El mortífago cerró los ojos y trató de no pensar en el brazo que había visto justo al lado de sus pies.

- Sé que os habéis tenido que cambiar de escondite, Dorcas. – continuaba hablando Voldemort como si la persona a la que hablaba no estuviera siendo torturada. – Y sería tan interesante saber dónde estáis ahora... No es que no me divierta perseguiros uno a uno, pero no me gusta perder el tiempo.

- No-vas-a-sacarme-nada. – murmuró ella a duras penas.

- Bueno, tampoco es que te necesite a ti para saberlo. – rió despectivamente el señor oscuro. – Siento decirte que hay pocas cosas, más bien nada, que no sepa ya de vosotros. Ven aquí. – le indicó a uno de los mortífagos que habían entrado minutos antes. - ¿Sabes por qué no te necesito, Dorcas?

Ella evidentemente no respondió, aunque su torturador le había dado un descanso. O quizás había parado para que ella pudiera escuchar lo que Voldemort quería decirle.

- No te necesito porque éste que está aquí a mi lado, viéndote morir poco a poco, es parte de vosotros.

Peter se tensó aún más. Su máscara blanca ocultaba la mueca aterrorizada que le provocaba estar tan cerca de Voldemort. Tragó con dificultad y durante un instante su mirada paseó de Dorcas al mortífago que había entrado con él un momento antes y que seguía lo más lejos posible de la escena.

- Te descubrirán, maldito. – escupió Dorcas lo más alto que sus cuerdas vocales le permitieron. – Te pudrirás en el infierno pero antes, antes tendrás que soportar la ira de los otros. De todo el mundo.

- Vaya vaya, veo que a nuestra invitada le interesas. – le comentó con toda tranquilidad a Peter, que se obligaba a no mirar hacia donde estaba su compañera de la Orden. – Un traidor siempre es interesante, ¿no crees? Qué pena, que la señora Meadows no vaya a poder avisar a vuestros compañeros de la Orden.

Voldemort hizo a un lado al mortífago que estaba junto a la mujer y se agachó nuevamente junto a ella. Con una sonrisa malévola susurró las últimas palabras que Dorcas escucharía en su vida.

- Pettigrew.

Una luz verde invadió la habitación y Dorcas Meadows fue asesinada por el mismísimo Lord Voldemort.


N/A: Dos más, el epílogo y esto se acabó. Como veis estamos ya a punto de empezar septiembre y tampoco es que pudiera alargarme demasiado. Como veis, el mismo Voldemort se ha encargado de asesinar a Dorcas. Imagino que en realidad tenían que tener una conexión más "profunda" para llegar a este punto, pero el tiempo no me ha dejado desarrollar más esta trama. Además, que habría sido irme por la tangente y a la altura que estamos tampoco es plan. Tengo el siguiente capítulo medio escrito, así que si no hay problemas, publicaré dentro de una semana, como vengo haciendo habitualmente.

Dar las gracias a las que seguís ahí, aguantando el tipo y no aburriéndose (demasiado) con el fic. Sobre todo a Sara y Biank, que me apoyan muchísimo y son las dos un encanto :)

Nasirid