En las tierras de Crewel la cosecha había comenzado. Pero Crewel no tenía un mayoral que que supervisara la labor de los aldeanos, y aunque Nina podía ocuparse de esa tarea, recordó la animosidad de los aldeanos hacia ella, y decidió que era mejor no intentarlo. De todos modos, designó a un mayoral suplente, el jefe de la aldea. Era una decisión inusual pero lógica, pues los vasallos se mostrarían dispuestos a escucharle.
Había adoptado la decisión ella misma, porque Charioce no estaba en la casa. Después del regreso de Londres se había marchado durante dos semanas completas.
Su ausencia fue sólo una de las dificultades a que Nina se enfrentó desde la noche en que Guy de Brent recibió sus veinte latigazos. Charioce partió directamente después del castigo para unirse al sitio de Warling, y desde ese momento no había vuelto. Warling estaba a unos veinticinco kilómetros al norte de Crewel. Es decir, una distancia considerable. Nina comprendía que él no podía regresar a casa, pero lo echaba de menos. A veces se sorprendía atenta al ruido de los caballos que se aproximaban, e incluso había contemplado la posibilidad de dirigirse a Warling, pero sabía que Charioce no aprobaría esa actitud.
Que echase de menos a Charioce no era lo único que le hacia sentirse infeliz. También estaba la presencia constante de lady Gabriel.
Una noche, durante la cena, sir Azazel fue llamado y tuvo que retirarse de la mesa; las dos mujeres quedaron solas, con la silla vacía de Azazel entre ellas.
Aunque Nina tenía la firme intención de mostrarse cortés con Gabriel, no era fácil adoptar esa actitud. Esa mujer irradiaba altivez y un sentimiento de superioridad. Nina estaba desconcertada ante tal actitud. ¿Cuál podía ser la razón de la altivez de Gabriel?
Esa noche, durante la cena, cuando sir Azazel se marchó, Gabriel le pidió a Nina un brebaje para calmar las náuseas.
—¿No deberías acostarte si te sientes mal? —preguntó Nina.
—¡Cielos, no! —dijo riendo Gabriel—. No estoy enferma, y en un mes más estas náuseas pasarán. Soporto este malestar sólo durante las comidas.
Nina comprendió entonces de qué se trataba.
—Lady Gabriel, estás insinuando algo. ¿Qué es?
Nina había decidido que no quería misterios en relación con ese tema.
—¡Creía que Charioce te lo había dicho! —Gabriel pareció sorprendida—. No es algo que pueda mantenerse en secreto.
—¿Estás diciéndome que llevas en ti un hijo de mi marido? —dijo Nina con voz neutra.
—Sí, el niño pertenece a Charioce —replicó Gabriel—. Él no lo niega.
En ese momento Nina entendió muchas cosas. Siendo así no le extrañaba que Charioce rehusara despedir a Gabriel. Casi le aliviaba entender la situación.
La mirada de Nina recorrió el cuerpo de Gabriel, tan patéticamente delgado como siempre, y dijo:
—¿Cuándo lo has concebido?
—¿Qué importa…?
—¡Contéstame, Gabriel!
Gabriel se encogió de hombros.
—Hace un mes.
Nina hizo un rápido cálculo. Había pasado un mes desde el día en que la había llevado a vivir a Crewel. Recordaba claramente la noche en que Charioce había sido irritado del dormitorio. A la mañana siguiente Gabriel había mostrado un humor excepcionalmente bueno.
Nina se separó de Gabriel sin decir nada más. ¿Qué podía agregar? Pero esa noche fue la más miserable de su vida. Sola, lloró, renegó, y maldijo la debilidad y las mentiras de Charioce. Pero también se maldijo a sí misma, porque le importaba, le importaba demasiado.
Cuando al día siguiente llegó otra nota de Alessand Visponti, Nina estaba demasiado abstraída para pensar en ello. La guardó con otros papeles y olvidó el asunto. El resto de la semana se sumió en una terrible melancolía, un sentimiento de infelicidad provocado por la sospecha de que también ella estaba embarazada.
El hecho de que los dos niños estuvieran destinados a nacer en la misma época era muy revelador. No era extraño que un señor pidiese a su nueva esposa que criara a los hijos bastardos, si los tenía. La esposa no tenía motivos para negarse, porque esos niños habían sido concebidos antes del matrimonio de la mujer legítima con el padre. Pero era una cosa completamente distinta aceptar hijos concebidos por otras mujeres después de la unión.
Nina no creía que Charioce le pidiese que criara al hijo de Gabriel. Pero no dudaba de que él desearía mantener cerca tanto al hijo como a la madre. No se trataba del hijo de una sierva. Podía esperarse que una sierva renunciara al hijo porque el padre podía asegurarle una vida mejor que la que ella estaba en condiciones de darle. Pero ése no era el caso de Gabriel. Ella jamás renunciaría a su hijo, y por lo tanto Charioce nunca renunciaría a Gabriel.
El futuro parecía cada vez más sombrío. Nina ya no alentaba la esperanza de que Charioce la alejara de su presencia, sobre todo porque estaba gestando su hijo. Charioce no le permitiría marcharse si conocía la noticia.
No se lo diría. Podía alentar la esperanza de abandonarlo antes de que su cuerpo la de la clase. Quizá se encerrara en Pershwick para esperar allí el nacimiento de su hijo. Decidió que no le ofrecería una excusa para retenerla.
Nina podía compartir ciertas formas del amor, y también sus conocimientos en el arte de la medicina, pero no podía compartir el marido con otra mujer. Siempre había alimentado la esperanza de que Gabriel se marchará, pero ya no pensaba que eso fuera posible. Le parecía que su corazón estaba destrozado, pues sentía en el pecho una punzada que no se atenuaba, ni siquiera con el paso del tiempo.
Sir Bertrand y su hijo mayor, Reginald, llegaron a Crewel al final de la tarde con la noticia de que Charioce les había dicho que se reuniesen con él en Crewel. Bertrand esa vasallo de Nina en Marhill, uno de los dominios que ella poseía. Pero no tenía la menor idea de la razón por la cual su marido había pedido ver a Bertrand.
Sólo pudo pensar en que Charioce llegaría poco después a la residencia. Consiguió formular las preguntas apropiadas acerca de Marhill y la cosecha en esas tierras; pero después no pudo recordar lo que le habían contestado. Su mente estaba completamente confundida a causa de Charioce.
Había mucha actividad. Agasajó lo mejor posible a los huéspedes, con la ayuda de sir Azazel. Felizmente, Gabriel no apareció en el salón. Era tarde, y Charioce aún no había llegado. Nina preparó habitaciones para los hombres, pero ellos prefirieron permanecer en el salón, porque tenían curiosidad por conocer el motivo de la llamada de Charioce.
Finalmente se oyó el ruido de los cascos de los caballos y Nina se excusó rápidamente y se retiró a su habitación. Había llegado finalmente a la conclusión de que no podía ver a Charioce sin que su propio resentimiento estallase, y permitir que eso sucediera en presencia de su propio vasallo era inconcebible. Allí, en la seguridad de su habitación, no necesitaría disimular sus sentimientos.
Sin embargo, no tuvo tiempo de prepararse para lo que suponía que sería una disputa tremenda. Charioce se reunió inmediatamente junto a ella, con tal rapidez que Nina comprendió que sin duda había dedicado apenas un instante a saludar a los huéspedes. ¿Qué podía disculpar un comportamiento tan grosero? Después de todo, él había invitado a los dos hombres. Nina frunció el ceño, en un gesto suspicaz.
—Mi señor, ¿no me has avergonzado, verdad?
—¿De qué modo?
Charioce arrojó a un lado el yelmo y los guantes pero sus ojos no se apartaron de Nina. Ella se mantuvo junto al hogar con su cuerpo erguido.
—Has mandado llamar a sir Bertrand y su hijo. ¿Qué pensarán si ahora los ignoras?
Charioce sonrió, y acortó la distancia entre ambos.
—Les dije que estaba fatigado, y que les hablaría por la mañana. Lo han entendido.
—¿Cómo has podido hacer eso? —preguntó Nina—. ¡Debes bajar al salón y hablarles ahora mismo!
—Querida, ya se han retirado y…
Charioce calló cuando Damián entró en la habitación. Nina reprimió su furia y se volvió mientras Damián ayudaba a Charioce a quitarse la pesada armadura.
El joven escudero no necesitó mucho tiempo, y unos instantes después Charioce dijo amablemente.
—Muchacho, vete a dormir.
Con un gesto de sorpresa, Damián salió de la habitación. Charioce jamás le había hablado con tanta simpatía. Era asombroso comprobar cómo su actitud cambiaba totalmente cuando veía a su esposa.
Nina esperó únicamente a oír el sonido de la puerta que se cerraba, antes de volverse, dispuesta a decirlo todo en un instante. Pero se interrumpió al ver a Charioce casi desnudo. Los gruesos músculos tensos sobre las piernas largas, la amplitud del pecho siempre sorprendente pues parecía igualmente ancho después de quitarle la armadura, los rizos desordenados sobre la cabeza… todo destacaba en él simultáneamente al hombre y al jovencito. Era terrible que todo eso pudiera afectarla de un modo tan intenso que ni siquiera conseguía recordar lo que se había propuesto decir.
—Querida, ¿me has echado de menos?
—De ningún modo, mi señor —dijo ella con expresión dura.
—Embustera. —Se acercó a ella antes de que Nina pudiese evitarlo. Su mano levantó el mentón de Nina, y él la miró a los ojos—. Estás enfadada porque me he ausentado mucho tiempo.
—Mi señor, muchas cosas me molestan, pero ésa no.
—Nina, puedes decírmelas mañana, porque éste no es el momento apropiado para la cólera.
Ella trató de apartarse, pero Charioce la acercó y la besó.
—Te eché de menos, Nina. Dios mío, ¡cuánto te he hecho de menos! —exclamó Charioce mientras sus labios se deslizaban de la mejilla al cuello de Nina.
Ella se sintió casi perdida. No podía permitirle que volviera a hacerlo, pero ya se había encendido su deseo, a pesar de todo el sufrimiento y la amargura.
—Si… necesitas una mujer… busca a la otra mujer… yo no puedo…
—No tengo otra mujer.
Se inclinó hacia él, sumisa. No podía rechazar la pasión que los unía, y por el momento no lo intentó.
