CAPÍTULO 34
Baja del metro en la estación de Atocha y se dirige hacia una de las zonas reservadas para la llegada de trenes. En el panel de información, lee que el que le interesa acaba de estacionar en su andén. Sai camina hasta la puerta de salida de pasajeros y enseguida la ve. Viste una camiseta blanca con letras negras en el centro y una falda vaquera muy corta de color azul. En las manos sostiene una fina chaqueta a juego con la parte de abajo. Cualquier chico se sentiría atraído por aquel bombón adolescente. Konan también lo ve y acelera su paso para encontrarse con él.
Hace media hora, cuando le llamó, no tenía tan claro que fuera a ir a por ella:
—¡Sai! ¿Cómo estás?
—Medio dormido. Acabo de terminar la última clase del día.
—¿Te acostaste muy tarde ayer?
El chico recuerda que no puede contarle a nadie lo de la noche de los novatos, así que prefiere ocultarle la verdad.
—Más o menos. Me entretuve hablando con Kiba, uno de los chicos de nuestro pasillo. Pero después de comer me echaré una siesta para recuperar fuerzas.
—¡No! ¡No puedes dormir la siesta hoy! —exclama Konan nerviosa.
—¿Por qué?
—¡Porque estoy yendo en tren para Madrid ahora mismo!
—¿Cómo dices? ¿Que estás viniendo para Madrid?
—¡Sí! He terminado antes las clases y me apetecía mucho verte, así que he cogido el primer tren que salía para allá. Llego en media hora.
—¿Es una broma?
—¡No! Te prometo que estoy subida en un tren y que en un rato llego a Atocha.
—Pero ¿se lo has dicho a tus padres o a tu hermana?
—¡Qué va! A nadie. Solo lo sabes tú. Mis padres piensan que me quedo a comer en casa de una amiga y Sakura no tiene ni idea. Y tampoco quiero que lo sepa. ¿Me vienes a recoger a la estación, por favor?
Y a pesar de repetirle que aquello no era una buena idea y que debería avisar a su hermana, Konan había logrado salirse con la suya y convencer a Sai para que fuera a buscarla sin decirle nada a nadie.
Cuando lo tiene delante, le da dos besos y un gran abrazo que dura casi diez segundos. Al separarse, el chico le echa la bronca.
—¡Esto que has hecho es una locura! No puedes hacer estas cosas. Imagina que te pasa algo.
—Estoy contigo, solo me pueden pasar cosas buenas.
—Si tu hermana se entera, te mata y luego me mata a mí.
—Por eso no le vamos a decir nada de esto —responde muy sonriente.
—Me ha enviado un whatsapp, pero no le he contestado. ¡No sé qué decirle!
—Miéntele.
—No quiero mentirle.
—Pues no le contestes. Pero eso ya lo decides más tarde. Ahora llévame a comer algo. ¡Estoy muerta de hambre!
La pareja sale de la estación de Atocha y camina en dirección al paseo del Prado. Entran en el primer McDonald's que ven.
—¡Qué ricas! ¡Me las comería todas!
—En eso no te pareces a tu hermana —le dice el joven mientras esperan en la cola para pedir.
—¿En qué no me parezco?
—En vuestros gustos para comer. Sakura prefiere el brócoli a las hamburguesas.
La chica se ríe con el comentario del sevillano. Le da la razón y le cuenta lo que ya sabe: que a su hermana no le hace falta comer demasiado y que no es que haga sacrificios o dietas, simplemente, prefiere una ensalada o una menestra de verduras antes que una hamburguesa o una pizza.
—Es así de rara. Qué le vamos a hacer. Aunque tiene mucha suerte; la tía siempre ha tenido un cuerpazo y ni se esfuerza.
Ella no se queda corta de cuerpazo, piensa Sai. Ninguna de las dos hermanas puede quejarse de eso, a pesar de lo diferentes que son.
Les llega su turno y piden. Cuando les sirven, el chico lleva la bandeja con la comida hasta una de las mesas para dos que hay en el fondo del local y se sientan uno enfrente del otro. Konan no deja de sonreír.
—Y pensar que hace solo tres días que nos conocemos —comenta tras morder su Big Mac—. Qué suerte que seas compañero de residencia de mi hermana. No te hubiera conocido si ella no llega a decidirse por ir a...
—Konan —le interrumpe Sai—, esto que has hecho no lo repitas más.
—¿Por qué? Es divertido.
—No es divertido. Es peligroso.
—Anda, no exageres. No vengo desde Rusia. Toledo está aquí al lado.
—Ya. Pero nadie sabe que estás aquí.
—Lo sabes tú. Es suficiente.
—No, no es suficiente —la contradice el sevillano, que intenta que la chica entienda que no lo ha hecho bien—. Aunque Toledo esté muy cerca, debes avisar a tus padres y a tu hermana antes de venir.
—Si se lo dijera, no me dejarían. Mi madre se cree que aún me dedico a peinar a la Barbie. Joder, ya estoy en bachillerato y he salido con tíos. No soy una niña.
—Eso debes hablarlo con ella. Pero que no seas ya una niña no te da la razón.
Konan da otro mordisco a su hamburguesa y agacha la cabeza en silencio. En el fondo comprende lo que Sai le dice, pero se siente decepcionada. La está tratando como si fuera su hija o una hermana pequeña, no como alguien con quien empezar una relación.
—Vale, no lo haré más.
—Muy bien. Espero que sea así. ¿A qué hora tienes el tren de vuelta?
—A las seis y veintitrés.
—Bien, tenemos casi cuatro horas. ¿Qué te apetece hacer?
La buena predisposición de Sai devuelve la sonrisa a Konan. Por un momento creyó que el chico no querría pasar la tarde con ella. Le gusta mucho y le encantaría disfrutar de muchas tardes con él. Aunque sabe que eso no será fácil.
—No lo sé. No conozco mucho Madrid.
—Yo tampoco. Solo he venido dos veces antes de empezar la universidad. ¿Quieres que paseemos por el centro?
—¡Genial! Sí, me apetece mucho.
—Muy bien. Pues cuando termines de comer, nos vamos. Pero antes voy a escribirle a tu hermana.
—¿Le vas a decir que estoy aquí? —le pregunta Konan preocupada.
—No. Esta vez no. Pero será la primera y última vez que te encubro.
—Muchas gracias —dice, y le pega el último mordisco a la hamburguesa.
La chica se pone de pie y coge la bandeja para tirar las sobras a la basura, aunque antes se acerca por detrás a Sai y le regala un beso en la mejilla.
—Esto por ser tan bueno conmigo.
El joven no esperaba el beso de la chica y tarda un poco en reaccionar. La observa alejarse de la mesa con la bandeja en la mano y percibe como los chicos que están a su alrededor también la miran. Konan levanta pasiones por donde pisa. Sin embargo, le asusta lo que ella siente o cree sentir por él. Es una situación complicada.
Mientras regresa, Sai le whastapea a Sakura:
«Hola. No te preocupes, no he esperado porque no he ido a la última clase. Estoy en el centro con unos amigos que han venido de Sevilla. Nos vemos luego».
—¿Nos vamos? —le pregunta Konan, de vuelta.
—Sí. Le he escrito ya a tu hermana. Al final le he dicho que habían venido unos amigos míos de Sevilla y que estaba con ellos.
—Qué mentiroso —comenta la chica burlándose.
—He tenido que mentir por tu culpa.
—Pero ha sido por una buena causa. ¡Vamos a divertirnos!
Los dos intercambian una sonrisa. A Sai no le agrada tener que engañar a Sakura para cubrir a su hermana pequeña, pero ya está hecho y no hay marcha atrás. Hace un bonito día y pasear con aquella preciosa jovencita por las calles de Madrid no es un mal plan de viernes tarde.
—Bueno, ¿por dónde quieres ir? ¿Calle Atocha o paseo del Prado?
