Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.

Recordad que podéis pasaros por el blog del fic, al cual podéis echarle un vistazo en siemprequidditchfanfic . blogspot . com . es/ (quitando los espacios) o buscando el link en mi perfil.


37. Sean bienvenidos


La noticia de que Viktor Krum se retiraba a sus veintiséis años había conmocionado a todo el mundo del quidditch, y hasta había llegado a sectores que no tenían nada que ver con el deporte. Tras la final del Mundial, el equipo en el que jugaba el resto de la temporada, los Vratsa Vultures, le había suplicado que recapacitara (o eso decían los periódicos) y hasta el Ministro de Magia búlgaro había comentado en público que esa iba a ser la pérdida más importante del país en toda la década.

Bruce e Imala leyeron todo eso y muchas cosas más en los periódicos del martes, dos días después de la final. Habían pasado el lunes en el campamento, sin hacer nada mientras a su alrededor la gente se recuperaba por un lado de la resaca de la fiesta, y por otro, por la tristeza de la imprevista retirada de Krum. La mayoría de la gente se había marchado del campamento el mismo lunes, pero para evitar aglomeraciones, Bruce e Imala se marcharon el martes.

Bruce no podía coger un traslador que le llevara al otro lado del Atlántico hasta dentro de varios días. Conocía la norma que le impedía coger más de dos trasladores transoceánicos en un periodo de quince días, pero no la entendía. Cuando pidió explicaciones, le dijeron que estudios de los Inefables habían concluido que era perjudicial para la salud, aunque no le especificaron de qué manera. Por lo tanto, iban a volver a Estados Unidos en avión. A Bruce no le daban miedo (siempre que viera peligro de que algún aparato muggle fallara, podía desaparecerse, aunque fuera al mar debajo de él, e ir acercándose lentamente a algo sólido o a una costa), pero le molestaba bastante el tener que encerrarse durante horas en un espacio reducido sin mucho que hacer. En cambio, Imala estaba encantada con la situación.

El traslador les sacó del campamento y les llevó hasta Lisboa, en Portugal. Al menos, el mar Mediterráneo podía cruzarlo, y eso ya era un ligero consuelo. En el edificio del Ministerio de Magia portugués Bruce e Imala recogieron todos los periódicos nacionales e internacionales que encontraron, antes de que un empleado del Ministerio les llevara hasta el aeropuerto y, disfrazado de asistente, les guiara a través de todo el complejo y les ayudara hasta que fue el momento de subirse al avión, cuando se escondió detrás de una columna, se despidió de ellos y se desapareció.

Aunque en el avión vieron películas, repasaron todos los periódicos de arriba abajo, intentaron resolver todos los crucigramas y trataron de dormir un rato, el viaje se les hizo espantosamente largo. Ni siquiera era interesante mirar por la ventanilla, ya que desde el principio había sido una interminable sucesión de nubes y océano azul. Se aburrieron mortalmente, y cuando por fin aterrizaron en Nueva York, incluso Imala admitió que no había sido tan genial como esperaba (aunque tal vez cambiaría de idea si lo hacía otra vez, en un vuelo más breve).

Bruce la acompañó hasta el edificio de vigilancia de la reserva mágica, y tuvo que despedirse allí de ella porque no tenía permiso para entrar en el espacio. Imala lloró un poco y protestó por tener que despedirse, pero acabó obedeciendo y marchándose con un par de vigilantes de la reserva. Antes, se abrazó con fuerza a él y le prometió que hablaría con su padre para ir a Salem.

No sabía cuándo volvería a verla, y ni siquiera sabía si lo haría. Pero de verdad tenía la esperanza de seguir viéndola crecer, y de poder estar disponible para ella cuando le necesitara.

Tenía una debilidad por las chicas listas y fuertes, qué se le iba a hacer.


Jason ya estaba en el piso cuando él llegó a Nueva York, alrededor de las dos de la tarde. Llevaba muchas horas despierto pero en Estados Unidos aún era pronto, por lo que se preparó una buena taza de café cargada mientras Jason exigía saber todos los detalles de la final del Mundial y de la famosa retirada de Krum.

—Oye, ¿no se supone que tenemos dos compañeros de piso nuevos?—le preguntó Bruce de golpe, cayendo en la cuenta de que estaban los dos solos.

—Sí, los tenemos, aunque no aún—respondió Jason, impaciente porque siguiera contándole detalles de jugadas—. Le escribí a David para preguntarle cuando llegaban, y dijo que Austin Harding llegaría hoy a la hora de la cena, y Alex McCain mañana por la mañana, justo antes de la convocatoria en el estadio. Tenemos tiempo de ponernos al día antes de que lleguen, si no te andas por las ramas. Anda, continúa.

Bruce obedeció, y siguieron hablando de la final del Mundial durante horas. Más tarde, Jason le resumió qué había pasado durante los últimos días en la granja (por algunos comentarios que le había hecho Peter, el novio de su hermana Amelie, intuía que estaba pensando en proponerle matrimonio, pero por el momento no había sucedido nada), y comentaron algunos de los temas de actualidad de Estados Unidos mientras repasaban las noticias del Oracle. Jason también le preguntó, con toda la delicadeza de la que fue capaz, cómo llevaba el tema de las chicas.

—Lo de Gina ya lo sabes—tenía que acabar de hacerse a la idea de que volvería a verla a la mañana siguiente, después de más de dos meses alejados, pero se veía capaz de afrontarlo. Se había endurecido—, voy a ignorarla fuera del campo y dentro la trataré como a una más. Es más de lo que se merece. En cuanto a Eve…—decir su nombre le produjo una punzada dolorosa en el estómago, pero Jason se merecía algo más que las medias explicaciones que le había dado sobre el tema en los últimos meses—Dijo que no quería verme más, y que intentara olvidarme de ella, por el bien de ambos. No prometo nada, pero lo he estado intentando con todas mis fuerzas, buscando con qué distraerme. No funciona siempre, pero tal vez con el tiempo…

Jason asintió con la cabeza y le puso una mano en el hombro.

—Si necesitas alguien con quién desahogarte, a quien gritar, con quien despotricar, confesarte o lo que sea… Recuerda que me tienes aquí, Bruce. Para lo que necesites.


Llamaron al timbre de la puerta poco después de las seis y media, apenas unos minutos después de que el repartidor de pizzas se marchara, así que con la boca llena de pizza cuatro quesos Bruce fue el encargado de levantarse para abrir.

Al otro lado había un chico de aproximadamente su edad, con una mochila colgando de un hombro, una gran maleta de viaje que arrastraba con una mano y un trozo de papel que sujetaba con la otra. Cuando sus miradas se cruzaron, el chico sonrió y le mostró de cerca el papel, para que viera que estaba escrita su dirección.

—Bruce Vaisey, ¿cierto?—le reconoció el recién llegado.

—Sí—Bruce acababa de reconocer su cara—. Y tú eres Austin Harding. Nuestro nuevo compañero.

Austin asintió, sonriente.

—Exacto. Espero no ser una molestia para vosotros: no conozco Nueva York y David Smith me sugirió que sería una buena idea compartir piso con vosotros dos…

—No serás ninguna molestia, tranquilo—Jason había oído la conversación, y había llegado hasta ellos rápidamente—. Jason Lane, un placer. Adelante, pasa. Estábamos empezando a cenar. ¿Tienes hambre?

—No le haría ascos a buena comida ahora mismo—asintió Austin, y entró en el piso.

Bruce cerró la puerta tras él, y dejó que Jason llevara la voz cantante, fuera simpático y le enseñara el piso y su habitación mientras él se formaba una primera impresión de Austin.

Era prácticamente igual de alto que él mismo, aunque el pelo castaño oscuro peinado en un tupé le hacía parecer unos centímetros más alto (Bruce no pudo evitar preguntarse qué aspecto tendría en mitad de un partido de quidditch). Tenía los ojos color marrón claro, inquisitivos, una nariz recta y las cejas poco pobladas. Apenas tenía un ligero rastro de barba, pero en cambio, la voz era grave y profunda. Se le notaba muy en forma, y la ajustada camiseta de manga corta se le pegaba al cuerpo, marcando músculos. Tuvo que admitir que era objetivamente atractivo ("Pero no tanto como tú, querido Bruce" se iba a burlar más tarde Jason, cuando se quedaran a solas), y tenía un gesto decidido y confiado. Bruce decidió que de momento, parecía el típico jugador de quidditch presumido y orgulloso. Sin embargo, podría aguantarlo: en sus años en el equipo de quidditch de Slytherin había lidiado con especímenes similares y mucho peores.

Jason acabó de hacerle el recorrido turístico por la casa, y Austin dejó sus pertenencias en la que iba a ser su habitación antes de sentarse con ellos en el salón y compartir sus pizzas (habían pedido de más, como de costumbre, para tener para desayunar los días siguientes). Allí Jason y Bruce le interrogaron sobre su vida anterior, y Austin se explayó: había nacido en 1980, un año antes que Bruce, y había sido un Naranja en su época en Salem, en la que había jugado los últimos tres años en el equipo de quidditch; había nacido en Tennessee, y había crecido entre el centro de Nashville y una casa en el campo; había estado en tres equipos desde que había salido del colegio (un año en los Macon Mooncalfs, otro con los Erumpents y los dos últimos con los Willmar Bears); y cuando empezaron a bromear sobre el tema chicas, Austin comenzó a relatar montones de historias sobre chicas a las que había terminado rompiendo el corazón sin quererlo. Habló con tanta petulancia sobre ello que Bruce no creyó que ni la mitad de historias hubieran sido tal y como Austin las contaba, y él y Jason cruzaron algunas miradas divertidas sin que el nuevo se diera cuenta. A pesar de eso, Austin no estaba tan mal: solo era un idiota presumido con tendencia a la exageración, pero sin un ápice de maldad; podría vivir con ello, porque su forma de exagerar las cosas era graciosa.

Entoces Austin les preguntó si tenía alguna posibilidad con alguna de las chicas del equipo, y Bruce y Jason se miraron un instante antes de romper a reír.

—Déjame que repase—le pidió Jason, secándose las lágrimas de risa—: Elizabeth está casada con el capitán y bateador, así que no te lo recomiendo; Jeannette también tiene marido; Fiona está saliendo con el otro bateador; y Gina… creo que su fama le precede. Hará lo que quiera contigo.

—Puedo conseguir a Gina sin problemas. No me costará mucho—sonrió Austin con petulancia, pero entonces pareció recordar algo y se dirigió a Bruce con seriedad—. Siempre que tú no tengas ningún problema con eso, claro. He leído en la prensa…

—Manipulación mediática—le cortó Bruce—. No deberías creer nada de lo que digan fuera de información objetiva sobre quidditch. Tienes vía libre con Gina… si crees que puedes.

Aunque conocía lo suficientemente bien a Gina como para saber qué haría en cuanto un chico como Austin Harding se le insinuara: le miraría con cara de asco, soltaría algún comentario despectivo y se largaría dejándole plantado. Era lo que solía hacer, a excepción de cuando estaba de fiesta y quería tener un ligue de una noche: en esas ocasiones le valían hasta los tíos más idiotas, y Bruce ya entendía por qué. Solo los necesitaba para los celos, no para escucharles hablar.

—Podré. No podrá resistirse a mis encantos—comentó Austin, y Bruce se aguantó las ganas de reírse de nuevo—. Y cuando me canse de ella… La otra nueva, Alex McCain, también va a vivir con nosotros, ¿verdad? Para cuando haya acabado con Gina y vaya a por ella, va a estar tan colada por mí que se va a lanzar a mis pies enseguida. Pobrecita, lo que va a sufrir durante unos meses.


A la mañana siguiente conocieron a Alex McCain, y a Bruce le costó horrores aguantar las carcajadas al ver las caras de Austin cuando la chica no se mostró afectada en lo más mínimo por sus comentarios aduladores y sus intentos de ligue. Jason incluso se llevó aparte durante unos segundos a Bruce para comentarle con lágrimas en los ojos que aquello iba a ser mucho más divertido de lo que jamás se había imaginado.

Alex McCain llegó arrastrando un montón de maletas, bolsas, mochilas y demás, como si no supiera lo que era un hechizo de expansión. Físicamente era delgada y bajita (aunque no tanto como Elizabeth), y vestida con un ligero vestido rosa claro, parecía una muñeca delicada y frágil que se movía casi como si flotara. El pelo era una larga cascada de un color entre el castaño y el pelirrojo, los ojos eran enormes, verdes y curiosos, y la nariz era larga y puntiaguda encima de unos labios carnosos. Tenía un aspecto infantil, dulce e inocente, como si fuera una princesa salida de un cuento. Sin embargo, en cuanto abrió la boca todos recordaron de inmediato que era una prometedora jugadora de quidditch, y no una princesita débil. No hubo manera de que dejara de hablar.

—Madre mía, no me puedo creer que de verdad esté hablando contigo—le dijo Alex a Jason, cuando acabó de enseñarle la casa y los cuatro se sentaron en el salón—. Me sé todos tus registros, todas tus estadísticas de paradas y de goles evitados, todo. Actualmente estás en la posición número cuarenta y siete en el ranking de goles encajado por minuto jugado de todos los guardianes de toda la historia de la Liga de Estados Unidos. Es impresionante. Nunca había hablado personalmente con alguien que estuviera por debajo de la posición cincuenta—entonces se giró hacia Austin, y se le encendieron las mejillas con un gesto de culpabilidad—. Lo siento, pero tú estás bastante más abajo en la clasificación… Aunque el año pasado tuviste muy buenos registros, la verdad. Tuviste el cuarto mejor promedio, y eso que tu equipo quedó séptimo.

—Y todavía podría tener mejores registros si la persona adecuada me ayudara—le respondió Austin, dirigiéndole una sonrisa que Bruce llamó a partir de ese momento como "presuntamente seductora"—. Parece que tú dominas mucho el tema, así que tal vez podríamos quedarnos a entrenar juntos algún día, o tomarnos algo para hablar al respecto…

—Oh, no, qué va. Yo solo me sé los números, ni idea de cómo mejorarlos—repuso Alex, sin darse por aludida—. Pero seguro que el entrenador Johnson y los preparadores físicos pueden ayudarte a mejorar. Has venido al mejor equipo de la Liga—y entonces Alex se giró hacia Bruce, y le miró con los ojos brillantes de emoción—. Y por Merlín y Morgana, tú eres el mismísimo Bruce Vaisey. Hace dos años fuiste el novato que más goles marcó en un solo partido en toda la historia de la Liga, y eres el extranjero en activo con el segundo mejor promedio goleador de la Liga, solo por detrás de González, aunque en términos de la temporada pasada, tú estás por delante. Es impresionante. Y solo ha habido trece casos en toda la historia en los que un jugador estuviera en dos años consecutivos en el Equipo Revelación y en el Equipo Ideal de la Liga, y tú eres uno de ellos… ¿He dicho ya que no me creo que esté aquí? Es alucinante. No me lo creo.

—Yo tampoco puedo creerme que vayamos a tener la suerte de vivir juntos, Alex—volvió a intentarlo de nuevo Austin.

—¿Verdad que no?—exclamó Alex, y la esperanza se reflejó durante unos instantes en los ojos del chico, antes de que Alex continuara—¡Es increíble que vayamos a poder compartir piso con unos campeones de Liga como Jason y Bruce! ¡Es genial! Casi no me lo creía cuando David Smith me lo sugirió. ¡Fue la mejor noticia de mi vida!

Austin frunció el ceño, contrariado, y Bruce le echó un vistazo al reloj.

—Lo que será increíble será la bronca de David como lleguemos tarde a la convocatoria—dijo en voz alta—. Deberíamos partir ya, y puede que hasta lleguemos con un par de minutos de antelación.


El equipo al completo se reunió en una de las mayores salas del estadio de los Minotaurs. No solo estaban presentes los jugadores y el entrenador, sino que había muchos más empleados que trabajaban en una cosa u otra: Emily y Paul, David Smith, Jim, Rosalie y media docena más de oficinistas, y hasta Aaron Williams, el presidente del equipo. Cuando todo el mundo hubo tomado asiento, fue el mismo Williams quien se levantó y tomó la palabra para dar la bienvenida a todos, especialmente a los nuevos fichajes (hasta se había tomado la molestia de aprenderse los dos nombres), inaugurar oficialmente la pretemporada de los Minotaurs y anunciar lo orgulloso que estaba de que el equipo pudiera prepararse para la próxima temporada jugando partidos en Europa por primera vez en toda la historia del club. Después de los reglamentarios aplausos de cortesía, el presidente se sentó y no volvió a decir una palabra en toda la reunión, dejando que fuera David Smith quien llevara la voz cantante.

Lo primero que Smith hizo fue repasar la agenda que tendrían durante las próximas semanas: el día siguiente iban a realizar las pruebas médicas, se entregarían las equipaciones nuevas y, como sorpresa para los jugadores (Jim, el encargado de las escobas, fue el que se ocupó de darles esa noticia), iban a poder probar las nuevas escobas oficiales del equipo, las Saetas de Fuego VIII, presentadas en sociedad pocos meses antes y que, según los tests de la Liga de Quidditch de Estados Unidos, era la escoba que actualmente tenía el mejor rendimiento del mundo.

Casi no tuvieron tiempo para comentar y alegrarse por esa noticia; Smith continuó hablando, y les dijo que el viernes tendrían el primer entrenamiento, y los siguientes serían el lunes y el miércoles, antes de partir el jueves uno de agosto en traslador hacia Portugal, donde jugarían su primer partido el sábado. Se marcharían a la mañana siguiente de la ciudad en la que se alojaran, para irse hacia el próximo país (que era España), y harían lo mismo tras todos los partidos, teniendo el último el veinticuatro de agosto. El veinticinco, un domingo, volverían a Estados Unidos, y pasarían toda la semana entrenando antes de jugar su primer partido de Liga ese fin de semana.

Después vino la parte más aburrida, en la que hablaron sobre los presupuestos, el calendario oficial de la Liga y del TIAQ, y cómo tenían que organizarse las vacaciones. Hablaron sobre los últimos artículos de promoción del equipo (la última novedad era un peluche de un minotauro con la camiseta del equipo, que tenía una cara ligeramente menos horrorosa que todos los peluches de minotauros hechos hasta la fecha), y enseñaron una muestra de las nuevas camisetas: eran muy similares a las del año anterior, solo que la parte inferior, azul celeste, ocupaba más espacio de la camiseta, dejando la línea azul oscuro justo por debajo de las axilas y el fucsia solo por encima del pecho (aunque no lo admitiera en voz alta, la combinación de colores le parecía bastante fea, pero como había uniformes mucho peores en la Liga, no iba a quejarse), con lo que había mejorado un poco. Comentaron unas cuantas cosas más que a Bruce le dieron sueño, pero antes de que se despidieran, Smith anunció que tenía una última sorpresa. Los empleados que se sentaban a su lado se sonrieron disimuladamente, cómplices (Bruce sabía que al menos el bajito y moreno era ojeador del equipo), antes de que Smith dijera:

—Tenemos un nuevo fichaje—alzó una mano para acallar los murmullos y comentarios soprendidos que surgieron inmediatamente—. Se llama Erika Thompson, es buscadora y tiene dieciocho años. Hasta hace poco era la capitana del equipo de quidditch de la División Negra en Salem, que como puede que recordéis, ha ganado la última edición del campeonato escolar de quidditch. La observamos haciendo las pruebas para entrar en los Boise Bats, y decidimos que sería mejor ficharla ahora antes de que otros la vean jugar y puedan arrebatárnosla. Ha sido la gran sensación de los últimos años en Salem, y aquí puede aprender todavía más, para ser una de las grandes estrellas del futuro.

Todos asintieron, mostrándose de acuerdo, y entonces Smith les despidió recordando a los jugadores que fueran puntuales a la mañana siguiente. Ellos, por su parte, decidieron irse a comer todos juntos para ponerse al día con sus vacaciones e interrogar a los nuevos.

Alex les cayó bien a casi todos prácticamente de inmediato, y eso que se mostró muchísimo más tímida con todo el equipo que con ellos esa misma mañana; la razón era que, mientras que Bruce y Jason eran buenos jugadores que estaban haciendo las cosas bien, para la chica personas como Elizabeth, Donald, Robert y Gina eran como leyendas. La lengua se le trababa, se sonrojaba al hablar y era incapaz de expresar lo mucho que les adoraba y la de récords que sabía que poseían. Elizabeth fue encantadora con ella desde el primer momento, y Jeannette no dejó de sonreírle y de intentar ayudarla a sentirse cómoda con el grupo. Fiona se divirtió con su entusiasmo, y hasta se permitió bromear irónicamente con ella en alguna ocasión, y Gina se limitó a escucharla en silencio y a ignorarla la mayor parte del tiempo. Los Blackwell solo supieron ser simpáticos: Alex era casi como una niña, no podía caer mal, y como se mantuvo relativamente callada comparada con esa mañana, no aturdió a nadie con un torrente interminable de palabras y datos.

Entretanto, Austin también les dio motivos para morirse de la risa, aunque tuvieron que disimularlo para no herir su orgullo. Como Alex ni se había percatado de sus intentos de ligue por la mañana, lo intentó durante la comida con Gina: le soltó una clara insinuación al final de una historia en Salem sobre la que le preguntaron, y la reacción de Gina fue clavar su mirada fría como el hielo en él y decir con voz alta y clara, cargada de desprecio:

—Ni en tus mejores sueños, Harding.

A Robert le hizo tanta gracia que a partir de ese mismo instante se declaró fan para toda la eternidad de Austin, y el resto se limitó a observar el comportamiento del joven con una mezcla de incredulidad y diversión. Austin era tan orgulloso que aunque hubiera sufrido una derrota tan clara, se negaba a admitirlo.

Ese año iba a ser entretenido.


Después de que los nuevos uniformes se ajustaran automáticamente a sus tallas, tuvieron que pasar por las pruebas médicas rutinarias. Como era costumbre, pusieron a los hombres en una sala y a las mujeres en otra, por lo que Bruce y el resto de hombres apenas tuvieron tiempo de echarle un ojo a la más nueva de las incorporaciones, Erika Thompson. A pesar de tener solo dieciocho años, era de la misma altura que Fiona (es decir, unos cuantos centímetros más baja que Gina) y su gesto serio la hacía parecer mayor. Era de piel negra, un poco más clara que la del entrenador Johnson, y el pelo liso y los ojos eran del mismo color negro como la noche.

Pasaron un tiempo que se le hizo eterno a las órdenes de los medimagos, que les mandaron hacer diversas pruebas y ejercicios (Bruce tenía la impresión de que cada año se inventaban algún ejercicio nuevo que les hacía parecer aún más estúpidos que los de años anteriores) antes de que por fin los medimagos dijeran que estaban listos, y les dejaran salir al campo a probar las nuevas escobas.

Paul, que había estado con ellos mientras habían durado los tests médicos, les condujo hasta el lado del campo en el que estaban el entrenador, David Smith y Jim, junto a una estantería flotante en la que reposaban las once escobas, nuevas y relucientes. Casi se abalanzaron sobre ellas, deseosos de estrenarlas, pero Smith les detuvo y, sonriente, les instó a esperar a que llegaran las chicas. Por suerte, no pasaron más de cinco minutos hasta que llegó Emily con el resto del equipo, y entonces Jim, como si estuviera entregando sus hijos recién nacidos a una panda de bestias salvajes, les fue dando sus escobas uno a uno.

—Tenéis una hora—dijo el entrenador Johnson—. Y aprovechadla, porque mañana empezaremos a entrenar en serio.

Bruce fue de los últimos en recibirla. Pasó los dedos con cuidado por encima del mango, donde estaba grabado su apellido en letras plateadas, y se admiró de lo ligera que era. La Saeta de Fuego VIII pesaba menos que su antecesora, pero parecía igual de resistente, y las ramitas de la cola eran de una madera más oscura y recortadas con una forma diferente. Montó y se elevó rápidamente, dirigiéndose hacia un lugar del cielo en el que no estuviera ninguno de sus compañeros; al igual que para él, los primeros momentos con una escoba nueva eran para descubrirla a solas.

Si dos años atrás ya le había asombrado la facilidad de la Saeta de Fuego para maniobrar, la VIII era impresionante. Solo tenía que desviar el mango medio centímetro para empezar a girar, y la escoba respondía a una velocidad pasmosa. Trató de acelerar y alcanzó la velocidad máxima de la Saeta de Fuego en casi la mitad de tiempo, y cuando trató de frenar en seco el impulso fue tan fuerte que por poco no se cayó de la escoba. Pero se detuvo exactamente donde había frenado.

Soltó todo el aire que le quedaba en los pulmones, sorprendido. No era una escoba para principiantes. Era difícil de controlar, y alguien poco hábil podría pasar más tiempo estampándose contra obstáculos o contra el suelo que en el aire. Sin embargo, en las manos adecuadas podía ser una maravilla.

Se detuvo en el aire unos momentos para observar cómo les iba a sus compañeros. Los Blackwell volaban juntos, comentando entre ellos sus impresiones, aumentando la velocidad poco a poco. Elizabeth estaba apartada, haciendo quiebros, maniobras y piruetas. Fiona, Jeannette y Gina, cada una por su lado, estaban probando las escobas a diferentes velocidades y en todas las direcciones imaginables. Jason y Austin estaban cada uno en una zona de postes, realizando casi los mismos ejercicios. Erika, la nueva, estaba en el centro del campo, habituándose lentamente al cambio; Bruce dudaba que hubiera tenido una escoba mínimamente parecida a una Saeta de Fuego en Salem, sino que como mucho una de las últimas Cloudsurfer americanas. Y por último, Alex estaba dando vueltas al campo por fuera de las líneas, volando a una velocidad sorprendente; incluso para esa escoba iba rápido, lo que contrastaba con su aspecto de muñeca. Cuando pasó cerca de él, Bruce la oyó chillar y reír. La siguiente vez que Alex pasó por allí, Bruce se unió a ella; la chica ralentizó el ritmo lo suficiente para que pudieran hablar, y sonriéndole, le retó:

—¿Una carrera?

—Diez vueltas—dijo Bruce, y cuando alcanzaron la línea de medio campo, ambos aceleraron.

Alex le ganó. Por solo media docena de metros, pero lo hizo. Se detuvo un poco más adelante para esperarle y le miró con una gran sonrisa; no presumiendo, sino simplemente alegre.

—No lo has hecho del todo mal, Bruce—comentó la chica—. En los Rockets dejaba a todo el equipo atrás en cinco vueltas.

—Ya veremos cuando haya una quaffle por en medio.

—Oh, ahí ganarás tú—rio Alex—. Te he visto jugar, y haces cosas alucinantes.

Alex se alejó, y entonces Bruce aprovechó el resto de la hora para aprender a controlar mejor la difícil escoba.


El día siguiente el entrenamiento fue casi todo físico, en tierra. Tenían que volver a ponerse en forma y rápido, puesto que en solo una semana tendrían su primer partido. Amistoso, sí, y de cuatro horas como máximo, pero eso no quitaba que siguiera siendo un partido y la intensidad fuera a ser altísima. Además, iban a jugar contra equipos europeos, y ya sabían que en el viejo continente el nivel de la competición era mucho más alto que en Estados Unidos. No podían mostrarse como los débiles americanos si querían dar una buena impresión, como mínimo. Por eso, Johnson, Paul y Emily les machacaron en tierra, y después les hicieron subirse a las escobas para hacer lanzamientos, recepciones, carreras y combinaciones. Solo al final, cuando ya estaban hechos polvo y sudando a mares, les dejaron un rato libre para que siguieran aprendiendo a dominar las nuevas escobas.

Aparte del hecho de que Bruce aguantó relativamente bien ese primer día (aunque hubiera estado haciendo ejercicio gran parte de las vacaciones acabó agotado, pero no tanto como alguno de sus compañeros), le alegró ver como Smith les pedía a Elizabeth, Donald y Gina si podrían grabar los anuncios de promoción del equipo la semana siguiente, antes de partir hacia Portugal. Gina era oficialmente la mejor jugadora de la Liga, y no podía faltar, y Donald y Elizabeth eran los capitanes del equipo, por lo que eran la mejor opción para acompañarla en los vídeos y fotografías.

Bruce agradeció enormemente el hecho de que ese año no le tocara a él con Gina. De momento habían coincidido poco, pero estaba evitando mirarla todo lo posible y trataba de ignorarla. Gina, por suerte, se lo estaba poniendo fácil. No se dirigía personalmente a él, aunque cuando estaban todos juntos seguía soltando sus habituales comentarios sarcásticos, o bien se aislaba de todo el mundo. Como Brian ya no estaba para meterse con ella, solo Robert intentaba pincharla de vez en cuando, aunque estaba más ocupado en prestarle atención a Fiona. Gina se relacionaba principalmente con Elizabeth y Jeannette, aunque en el campo seguía siendo igual de agresiva y competitiva que siempre. Y la verdad, de momento eso era lo mejor que Bruce hubiera podido soñar: que no tuviera que preocuparse por Gina fuera del campo, y que todo continuara igual dentro.


Los entrenamientos del lunes y el miércoles fueron los más largos que habían tenido nunca, de la duración de casi dos entrenamientos habituales: Johnson no quería que dieran vergüenza ante los portugueses.

—Y por eso nos hace esto, para que muramos de agotamiento antes de llegar y no demos vergüenza allí—se quejó Robert en el vestuario, lejos de oídos indiscretos.

En el piso no estaban mucho mejor. Austin, a pesar de que presumía de que tenía unos abdominales perfectos (se los enseñó a Alex, que le miró atentamente, le dio la razón y después continuó leyendo su revista como si nada) se estiraba en el sofá toda la tarde a mirar la televisión y a quejarse de lo mucho que le dolía todo el cuerpo. Jason se quedaba en uno de los sillones, demasiado cansado para reírse de Austin y hacer algo más que no fuera leer, contestar cartas o ver la televisión. Alex, que les había llenado la nevera de zumos de todas las frutas imaginables y la despensa de toneladas de chocolate, había elegido la gruesa alfombra como su lugar favorito del salón, y se tendía allí junto con unos cojines y revistas en las posiciones más extrañas que se le pudieran ocurrir, mientras iba convocando con su varita chocolate y zumos (para recuperar energías, según decía) y comentaba en voz alta lo que iba leyendo. Bruce, por su parte, u ocupaba el último sillón, o se ponía en pie y proponía ir a dar una vuelta por el parque, ganándose miradas incrédulas de sus compañeros.

—La mejor manera de librarse de las agujetas es hacer más ejercicio—se defendió Bruce.

—Si no te desmayas del esfuerzo antes—comentó Jason.

—Prefiero el chocolate, gracias—opinó Alex, y siguió leyendo—. ¿Habéis visto lo que ha descubierto este tipo estudiando gorilas? Os leo…

Alex, a parte de ser una habitualmente hiperactiva Amarillo, era hija de muggles. Entre sus múltiples revistas que trataban los temas más variados, había algunas sobre ciencias y que hablaban de cosas bastante interesantes. Sin embargo, a Bruce no le interesaban los gorilas desde que en una clase de Transformaciones su compañero Rud Harper había convertido un ratón en uno por equivocación, y casi había destrozado el aula. Por eso dejó a los tres vegetando en el salón de casa, y él se marchó a caminar a paso rápido (no estaba tan loco como para echarse a correr) por Central Park.


El día que se marcharon hacia Portugal para iniciar su gira europea, estaban todos emocionados. Incluso Gina parecía inquieta, y Erika, que se había mostrado tan fría como un bloque de hielo desde su llegada y solo se había relacionado mínimamente con Elizabeth y Donald (no parecía tímida, sino que simplemente no tenía ningún interés en ellos), tenía los ojos brillantes de la expectación. Le preguntaron al respecto, y la chica tuvo que admitir a regañadientes que lo más lejos de Estados Unidos que había ido alguna vez en su vida había sido Canadá.

Luke iba a viajar con ellos, y la elfina doméstica de Donald y Elizabeth, Weena, también. Aunque para que la elfina pudiera ir con ellos a todos lados del mundo muggle, había adoptado el disfraz de una anciana menuda y arrugada, con una cantimplora llena de poción multijugos colgada del cuello. Sin embargo, la poción no parecía muy capaz de conseguir disfrazar del todo la naturaleza de la elfina, y se le notaban los ojos grandes y saltones y la nariz más puntiaguda de lo habitual. Pero aunque parecía una abuelita algo inquietante, serviría para engañar a los muggles.

El marido de Jeannette también iba a acompañarles. Se llamaba Arnold, y Bruce apenas lo había visto en un par de ocasiones anteriormente. Era muy alto y desgarbado, pelirrojo y con unas gafas de pasta que le ocultaban media cara. Saludó a todos educadamente por turnos, pero después de eso casi no abrió la boca y se limitó a permanecer junto a Jeannette y a hablar en voz baja con ella.

El traslador les dejó en el Ministerio de Magia en Lisboa, la capital del país. En la sala de espera de la Oficina de Trasladores, había una representación del país preparada para darles la bienvenida: el embajador de Estados Unidos y su asistente, el subdirector del Departamento de Deportes Mágicos y dos encargados organizadores del partido, un representante de Portugal del Departamento de Relaciones Internacionales, un fotógrafo y dos reporteros (uno de la sección de Deportes y el otro de Internacional) del periódico mágico más importante del país, y un encargado de relaciones públicas del equipo contra el que iban a jugar, el Braga Broomfleet. En total, diez personas que acompañaron a la delegación de los Minotaurs durante diferentes partes del trayecto, desde que aterrizaron hasta que estuvieron cómodamente instalados en un hotel muggle en la ciudad de Braga.

El embajador estadounidense, su asistente y el subdirector del Departamento de Deportes Mágicos estuvieron con ellos mientras duró la visita guiada por el Ministerio; después de eso, la representante portuguesa de Relaciones Internacionales les hizo de guía en un rápido recorrido de los lugares más icónicos de la capital, mientras los periodistas les fotografiaban y les hacían algunas preguntas de poco interés; a continuación, los periodistas se marcharon, y los que quedaban les acompañaron a través de la red Flu hasta Braga y el hotel en el que se alojarían.

La ciudad era la tercera mayor del país, por lo que era animada y llena de gente. Tenía una pequeña zona mágica, solo un puñado de tiendas y bares alrededor de una plaza de adoquines, invadida por las terrazas de los bares, que peleaban por cada centímetro de suelo libre; eso fue lo único que pudieron visitar de la ciudad aquel día, puesto que ya era tarde y debían descansar para ir a entrenar la mañana siguiente.

La representante portuguesa, el hombre de los Braga Broomfleet y los dos empleados organizadores se iban a quedar con ellos todo el tiempo que estuvieran en el país, para ayudarles, guiarles y asegurarse de que tuvieran todo lo que necesitaban. Y lo que necesitaban, por lo visto, era irse a dormir a las diez de la noche a pesar de que, gracias a la diferencia horaria entre Nueva York y Braga, habían tenido un día inusualmente corto. Sin embargo, Johnson estuvo de acuerdo con los portugueses, por lo que todos acabaron yéndose entre protestas a la cama.

Bruce, que compartía habitación con Jason, estaba escuchando a su compañero quejarse de que no tenía sueño y de que era una tontería mandarles a dormir tan pronto, mientras iba pasando canales en la pequeña televisión sin entender ni una palabra de lo que decían, oyó de pronto cómo alguien llamaba a la puerta.

Jason se calló de golpe, y cruzando una mirada de curiosidad, ambos se acercaron a la puerta y abrieron. Al otro lado estaba Robert, sonriendo misteriosamente.

—Ese encantador compañero de piso vuestro, y mi reciente compañero de habitación, propone hacer una breve escapada a algún bar cercano. ¿Os apuntáis?

No necesitaron ni una palabra para ponerse de acuerdo, y pocos minutos después se escabullían del hotel a hurtadillas. Fiona y Alex también se les habían unido, y Austin estaba exultante por haber conseguido que le siguieran. Cuando llegaron a un bar (no estaban alojados muy lejos de una de las calles principales) lo primero que hicieron fue brindar a la salud de Austin, y brindar una segunda vez por sus buenas ideas.

—Parece que en esa cabezota tuya tienes algo más que paja—comentó con burla Fiona.

—Eso sí, como el entrenador se queje, diremos que tú nos obligaste a ir contigo—apuntó Robert, y todos rieron, incluido el aludido.


Cuando a la mañana siguiente el entrenador Johnson le pidió a Bruce que se quedara un momento para hablar con él cuando finalizaron el entrenamiento en el estadio que les habían prestado, temió por un instante que hubiera descubierto lo de la salida nocturna y le fuera a echar la bronca. Habían regresado a las doce de la noche, se habían aparecido directamente en sus habitaciones y no se habían emborrachado, pero aún y así… Sin embargo, rápidamente se dio cuenta que de haber sido ese el caso, no le habría llamado solo a él. Por lo tanto, debía ser algo relacionado con el quidditch.

—Vaisey—le saludó cuando echaron a andar lentamente por encima del césped, alejándose de oídos indiscretos—, aún no habíamos tenido ocasión de hablar en privado desde la vuelta al trabajo. ¿Qué tal estas vacaciones?

Johnson no era muy aficionado a las charlas privadas, sino que solo daba las estrictamente necesarias. También solía mantenerse apartado de sus vidas propias y de lo que hacían sus jugadores en su tiempo libre, por lo que Bruce sabía que era una simple cortesía; por eso respondió con brevedad y sin muchos detalles:

—Bien, entrenador. He estado en Inglaterra, Italia, Rumanía y en el Mundial. Moviéndomen de un lado a otro.

—Interesante. Dime, Vaisey, ¿habías estado antes en Portugal? ¿Habías visto jugar al Braga Broomfleet antes?

—No y no, entrenador.

—Entonces, mañana vas a tener la oportunidad de verles en acción—Johnson le dirigió una mirada seria que no admitía réplica—. No jugarás mañana en el partido, Vaisey.

Le enfureció. Había estado entrenando duro, más duro que nadie, desde que habían vuelto a empezar, esforzándose al máximo para que Johnson le tuviera en cuenta y, tal vez, se diera cuenta de que podía ser incluso mejor que Gina. Y ahora, iba y le decía que no iba a jugar en el primer partido que jugarían los Minotaurs en Europa. Apretó los puños y trató de tragarse su rabia, intentando no ser muy expresivo; a Johnson le desagradaba.

—¿Puedo preguntar por qué, entrenador?—masculló con los dientes apretados.

—Esperaba que lo hicieras—repuso Johnson, y casi sonrió—. Vaisey, este va a ser un mes bastante ajetreado. Tendremos ocho partidos para prepararnos, pero se nos han ido dos jugadores y han llegado tres nuevos: son grandes cambios a los que tenemos que adaptarnos todos. Mi voluntad es que todos, incluida Thompson, juguéis algún partido de este mes. Los cazadores sois cinco, y quiero probar diferentes combinaciones en cada partido… Y sabiendo lo que te, digamos, desagrada no jugar, he preferido decírtelo ahora y explicártelo a tener que aguantar tus miradas resentidas mañana. No jugarás mañana: los Broomfleet son un buen equipo al que seguro que te gustaría enfrentarte, pero es nuestro primer partido tras apenas una semana de entrenamiento y nos destrozarán juegue quien juegue, Vaisey. Además, imagino que preferirás estar en el banquillo mañana y jugar el próximo partido. Como sabrás, los Segadors son los vigentes ganadores de la Liga de Campeones de Quidditch.

Bruce asintió con la cabeza, tranquilizándose poco a poco y comprendiendo a Johnson, porque en el fondo tenía razón. Le seguía dando rabia no jugar el primer partido de la historia de los Minotaurs en suelo europeo, pero el entrenador le acababa de prometer que iba a jugar contra uno de los rivales más vistosos de los ocho a los que se iban a enfrentar: los Segadors de Barcelona, el equipo español de su gira, había ganado en mayo la final de la Liga de Campeones de Quidditch (lo que todo el mundo conocía como LCQ), el equivalente europeo del TIAQ, donde solo participaban los campeones de las ligas europeas de quidditch. Y aunque fuera el equivalente del TIAQ, su nivel y su prestigio estaban a un nivel muy superior, solo por debajo del mismo Mundial de Quidditch. Enfrentarse a los tipos que habían ganado ese torneo era casi un sueño.

—Gracias, entrenador. Haré todo lo posible para ganar cuando sea mi turno de jugar.

—Sabes que es imposible que les ganemos a los Segadors, ¿verdad, Vaisey?—Johnson llegó hasta a sonreír burlonamente.

—Imposible no, solo altamente improbable, entrenador—replicó él con una media sonrisa, aunque fuera más por llevarle la contraria que por realmente creer que podrían plantarles cara de verdad a ellos.

—La esperanza es lo último que se pierde, o eso dicen—dijo Johnson, conteniendo un bufido—. Esto es todo, Vaisey. Puedes irte.

Bruce se dio la vuelta para marcharse, dejando a Johnson solo sobre el campo, pero entonces recordó que había algo que había decidido que quería decirle desde hacía varias semanas, pero que aún no había tenido ocasión de exponerle.

—Entrenador—le llamó, y Johnson se giró hacia él con una ceja alzada. Bruce continuó sin darse tiempo a pensar cómo quería expresarse—, quiero ser el Mejor Jugador de la Liga. Puedo conseguirlo, sé que puedo.

Johnson le miró en silencio durante unos instantes con esa ceja alzada, evaluándole, y Bruce se quedó quieto, esperando una respuesta que parecía que no iba a llegar nunca.

—¿Quieres conseguirlo?—le preguntó Johnson finalmente, pero no le dio tiempo a contestar—Pues consíguelo, Vaisey.


Por la tarde sus acompañantes portugueses les guiaron en una visita turística por Braga, y un par de periodistas deportivos del periódico aparecieron para hacerles entrevistas a algunos de ellos: les tocó a Gina y a Donald. David Smith ya les había advertido que la gira no iba a ser solo para entrenar y jugar contra equipos europeos, sino que principalmente iban a establecer buenas relaciones con sus compañeros europeos (por eso, Smith no había dejado de hacerle la pelota al relaciones públicas del Braga Broomfleet y de reírle todas las gracias) y a promocionarse y hacerse conocidos. Por eso, no podían negarse a las fotografías, los reportajes y las entrevistas, ya que todo eso era básico para lograr sus objetivos. Por mucho que a Bruce le molestaran los periodistas, no pudo hacer menos que estar de acuerdo con Smith: él también quería ser reconocido más allá de Nueva York y Estados Unidos (y principalmente en Inglaterra, para qué mentir), y quería que su nombre sonara en todos los lugares posibles. Por eso, intentó sonreír en las fotos, contestar educadamente a las preguntas, y recordarse que cuando le tocara una entrevista más larga debía ser amable con el periodista; y si por si acaso le preguntaban por su vida privada, debía responderle mejor que a Melissa Cooper.

Aunque en Portugal no le prestaron mucha atención, y se quedó en las gradas esa tarde de sábado junto a Austin, Alex y Erika mientras el resto de sus compañeros jugaban su primer partido de pretemporada. Era algo deprimente que estuviera él allí, rodeado de los novatos del equipo, pero se consoló pensando en el próximo partido. Él iba a jugar contra los Segadors, actualmente el mejor equipo del continente. Sabiendo eso, podía aguantar no competir contra los últimos ganadores de la Liga Portuguesa.

Johnson había tenido razón: estaban muy verdes y les faltaba entrenamiento. Contando el de esa misma mañana, solo habían tenido cinco, y aunque el equipo que había salido había sido titular varias veces la temporada pasada, se notaba que les faltaba ponerse en forma. Las vacaciones habían hecho que todos estuvieran muy lentos, y que se olvidaran de conectar fácilmente con los compañeros; ni siquiera las nuevas Saetas de Fuego VIII podían remediar eso, y de hecho, la difícil maniobrabilidad de las escobas empezó a jugar en su contra durante la última hora de partido, cuando ya empezaban a cansarse. Sus rivales del Braga Broomfleet también llevaban pocas semanas entrenando y se les notaba, pero era obvio que eran un mejor equipo. El nivel del quidditch que se jugaba en Europa, la cuna de ese deporte, era mucho mayor que en la mayoría de países americanos, y claramente superior al de Estados Unidos. Nadie atrapó la snitch en las cuatro horas de partido (aunque no fue porque Elizabeth no le pusiera ganas), y el marcador acabó con un rotundo 160-40 a favor de los portugueses. Incluso a medio gas, dos de los tres cazadores del equipo eran temibles, y solo Gina había sido capaz de marcarle a la guardiana, que lo había parado prácticamente todo.


Tanto si Johnson se había enterado de su escapada nocturna del otro día o no, les puso una nueva norma al acabar ese partido: a partir de ese día tenían permiso donde fuera que estuvieran para salir por la noche, siempre que no se emborracharan (al que se quejara de un dolor de cabeza en un entrenamiento lo mandaría de vuelta al hotel y no jugaría el próximo partido), estuvieran en sus respectivas habitaciones de hotel antes de las doce de la noche y no se llevaran a nadie a la cama. Por eso, aunque el partido había sido un desastre salieron a tomar algo: todavía podían celebrar que habían jugado, y hasta que habían marcado. Algunos estuvieron hasta la hora límite (como Bruce, Jason, Alex y Austin; Robert y Fiona se marcharon media hora antes para aprovechar la habitación vacía) y otros se marcharon casi de inmediato: Erika bebió un refresco y se largó, diciendo simplemente que no le apetecía estar con gente; el resto se fue en algún momento de la noche.

Así comprobaron que aunque a Austin no le hicieran ni caso las chicas del equipo, no pasaba lo mismo con la gran mayoría del resto de mujeres del mundo. Había que admitir, a regañadientes, que era guapo y con una gran confianza en sí mismo, y un poco de coqueteo con la camarera del bar hizo que la joven estuviera nerviosa y sonrojada toda la noche; dos chicas en una mesa cercana no pudieron contener las risitas cuando Austin les sonrió y les guiñó un ojo, y el chico tuvo que esforzarse para recordar que les habían prohibido explícitamente subir a alguien a sus habitaciones.

Además, también descubrieron que Alex se sabía un montón de datos, estadísticas e información relacionada con el quidditch de memoria, desde cuántas Ligas había ganado cada equipo hasta qué buscador tenía el porcentaje más bajo de atrapar snitchs en toda la historia.

Echaba de menos a Brian y Amanda, claro que sí. No había nadie que fuera tan naturalmente gracioso y absurdo como Brian, y ni siquiera con Jason podía compartir las miradas y momentos cómplices que tenía con Amanda. Era extraño estar con el resto del equipo, pero que ellos dos no estuvieran allí. Sin embargo, los nuevos habían aportado un aire fresco al grupo: Alex y Austin eran simples, alegres y fanáticos del quidditch, cada uno a su manera. No parecían conflictivos, y su buen humor contribuía a aligerar el ambiente espeso del final de la temporada anterior (culpa suya, además). Brian ya no estaba y no podía meterse con Gina ni desesperarse, Bruce había decidido definitivamente que no volvería a tener nada con ella, y Gina parecía haber decidido encerrarse en su mundo e ignorarles todo lo posible. Esas decisiones, sumadas a lo que aportaban Alex y Austin, hacían que Bruce abrigara la esperanza que lo que había imaginado ese verano podría ser posible: dejar las dudas atrás, tratar de olvidar o al menos, sobreponerse a lo malo, y dedicarse completamente al quidditch.

Y quizá, hasta ser feliz.


Después de Braga, su siguiente destino era Barcelona. Sin embargo, tuvieron que pasar antes por Madrid, la capital de España, para que al salir de la chimenea un comité les diera la bienvenida oficialmente al país. Al igual que cuando llegaron a Lisboa, eran diez, y sus ocupaciones eran exactamente las mismas que las de sus compañeros portugueses. El subdirector de Deportes Mágicos solo les acompañó en la breve visita alrededor del edificio del Ministerio, pero el resto se les unieron en el viaje a través de la red Flu hasta Barcelona (y dieron gracias por no tener que usar trasladores; la red Flu era mucho más cómoda).

Barcelona era una ciudad suficientemente grande como para tener una delegación aceptablemente grande del Ministerio de Magia del país, oculta en un edificio de impresionante fachada. Era una ciudad muy turística y, obviamente, en un caluroso domingo de agosto como ese estaba a reventar de visitantes extranjeros. Aunque en teoría era el representante español el que iba a hacerles de guía turístico esa mañana, lo cierto fue que la embajadora estadounidense tomó la palabra la mayor parte del tiempo; por lo visto, esa era su ciudad preferida en el mundo, y se había aprendido montones de detalles históricos, arquitectónicos, culturales y demás que les fue explicando a medida que iban recorriendo las bonitas pero atestadas calles.

Se alojaron en un hotel pequeño pero elegante, cerca del casco antiguo de la ciudad, donde precisamente entre sus retorcidas callejuelas se escondía la calle mágica, que consistía de un estrecho callejón en el que pequeñas tiendas y bares se apiñaban casi uno encima del otro. Para variar, incluso eso estaba lleno de turistas magos, disfrutando de cervezas de mantequilla, vinos de elfo y comida local en las terrazas protegidas por sombrillas que ocupaban casi toda la calle. Todo era alegre, bullicioso y multicultural. Austin señaló disimuladamente por el camino varios bares que le llamaban la atención para ir a visitarlos "más tarde", y cuando uno de los organizadores del partido que les acompañaba se dio cuenta (el más joven, y casualmente nacido en la ciudad), se le acercó con una sonrisa y le escribió en un papel sus recomendaciones personales.

Ese día no entrenaron. Tras acabar la visita exprés por los puntos clave de la ciudad, los periodistas y la embajadora y su ayudante se fueron, dejándoles con los dos organizadores, el representante español y la relaciones públicas de los Segadors de Barcelona, tal como había sido en Braga. En lugar de entrenar, se fueron a la playa, y todos, desde el primero al último, agradecieron poder bañarse en el Mediterráneo durante unas cuantas horas y olvidarse por un rato del agobiante calor (a pesar de que las aguas eran mucho más cálidas que las de Sicilia en mayo, seguían siendo refrescantes).

A la mañana siguiente sí que entrenaron en el estadio que les cedieron, y por la tarde les tocó atender a los medios y preparar el partido. Ese día, a Bruce le tocó conceder una entrevista al periódico, igual que a Elizabeth, y desde el momento en el que se enteró que le iba a tocar hablar se mentalizó de que tendría que responder educadamente, le preguntaran lo que le preguntaran.

Fue un alivio que la entrevistadora que habló con él solo le pidiera que hablara un poco de él, sus expectativas con los Minotaurs para ese año, qué le parecía esa gira europea que estaban haciendo y su opinión sobre los Segadors (que se tuvo que inventar a partir de reseñas que había leído, porque nunca les había visto jugar). Sin embargo, la curiosidad le venció y no pudo evitar preguntarle a la periodista:

—No me has hecho ninguna pregunta ni mínimamente privada. ¿Es cortesía porque somos extranjeros o es que nunca las hacéis?

La periodista soltó una carcajada breve y después se rascó el cuello con nerviosismo, como si la respuesta que fuera a dar le pareciera algo tonta.

—Verás, Bruce… ¿Puedo llamarte Bruce? La verdad es que nunca solemos hacer preguntas personales a deportistas, desde que pasó el "Escándalo Aguirre"—al ver que Bruce no sabía a que se refería, la joven continuó—. Hará unos seis años, jugaba precisamente en los Segadors un tipo llamado Aguirre: era un bateador excelente, pero solía cambiar de novia, ya fuera bruja o muggle, con más frecuencia que de calzoncillos. Hubo una periodista que, la verdad, se puso muy insistente con él y con ese tema, así que el día que le preguntó demasiado al respecto tras un partido, Aguirre le contestó literalmente: "como no te calles ya te voy a meter por donde yo me sé la varita, y la escoba va a ir después". Y bueno, Aguirre no era alguien que hiciera amenazas a la ligera, y encima rápidamente muchos jugadores de la Liga se pusieron de su parte… Así que lo más sensato por parte de los periodistas fue dejar de preguntar a todos los jugadores al respecto.

Consiguió no reírse mientras la reportera le contaba la historia, y se guardó las risas para cuando la repitiera esa noche con los del equipo, ya fuera en la cena o en el bar.

—Las ventas de revistas del corazón deben haber bajado mucho desde entonces—opinó Bruce.

—Oh, qué va. Siguen teniendo tantas historias y teorías como siempre, solo que sin contrastar. Como si antes se hubieran detenido a contrastar mucho—la mujer se encogió de hombros, resignada—. Además, ahora cuando un jugador se acerca voluntariamente a alguien de una revista del corazón para confirmar o revelar algo, es todo un bombazo. Hay que saber aprovechar lo que hay, Bruce.


Su entrevista apareció en el periódico local al día siguiente, y Bruce la leyó después de comer, mientras se preparaba para el partido.

Jugó con Gina y Fiona como cazadoras, los Blackwell de bateadores, Jason como guardián y Elizabeth de buscadora, lo que había sido el equipo titular en los grandes partidos de la temporada anterior. Y Bruce se esforzó todo lo posible para que se notara que ese era su mejor equipo, la mejor versión que existía de los Minotaurs, pero pronto se dio cuenta de que ante un equipo con el poderío de los Segadors de Barcelona, casi cualquier cosa se quedaba en nada.

Sus rivales eran veloces, potentes, hábiles y estaban perfectamente coordinados. El guardián era tan enorme que de lejos parecía cubrir dos aros a la vez, los bateadores parecían tener el control de las bludgers en todo momento, los cazadores parecían multiplicarse y el buscador parecía desaparecer de lo rápido que iba. Bruce intentó construir jugadas con Fiona y Gina, sobre todo con la última, pero solo les salió durante la primera media hora. Después, el control de los Segadors sobre el partido fue tan abrumador que no hubo mucho que hacer. Fiona fue la primera en bajar los brazos, derrotada por la evidente superioridad, y aunque Gina no dio muestras de querer rendirse, se puso tan furiosa que empezó a fallar como nunca. Ante ese panorama, Bruce apretó los dientes y trató de aprender todo lo posible sobre sus rivales: si no podían vencerles, al menos sí que podría ver cómo jugaban, aprender de ellos y hasta tratar de imitarles. De hecho, Bruce hizo eso en tres ocasiones: copió jugadas individuales que habían hecho los cazadores, ya fuera minutos u horas antes, y las puso en práctica. Dos de esas imitaciones acabaron en gol, y la tercera, en un pase que dejaba a Gina sola frente a los aros y que no acabó en gol por cuestión de milímetros.

El buscador de los Segadors hasta atrapó la snitch, apenas quince minutos antes de que se cumplieran las cuatro horas estipuladas. El marcador final fue tan abultado que hasta les dio vergüenza mirarlo, pero Bruce trató de alegrarse pensando que de los cinco goles marcados por los Minotaurs, cuatro habían sido suyos. Su papel no había sido tan malo.

Y además, esos eran los ganadores de la Liga de Campeones de Quidditch: sus nombres habían estado en todos los periódicos del mundo hacía tan solo unos meses, y varios de ellos eran mundialmente reconocidos incluso antes de eso. Bruce hasta intercambió su camiseta con la cazadora estrella de los Segadors, que era una figura mundial e incluso le felicitó por el partido.

Ese ya era suficiente premio.


¡Hola de nuevo!

En este capítulo le hemos dicho adiós a Imala, aunque a cambio hemos conocido a los nuevos fichajes de los Minotaurs: Alex, Austin y Erika. Aún no han tenido tiempo de hacer gran cosa, pero imagino que ya os podéis empezar a formar una opinión respecto a alguno de ellos...

Y por otro lado, ¡la gira europea ha empezado! Ya han jugado en Portugal y en España, y aunque los resultados hayan sido desastrosos, las sensaciones son buenas; y además, Bruce y compañía pueden hacer turismo y aprender muchísimo sobre quidditch y costumbres en el resto del mundo, así que el viaje vale la pena.

Respecto a cosas que no tienen que ver con el fic, tengo que reconocer que aunque este último mes he estado de vacaciones, he andado muy liada con otros temas y apenas he podido escribir, y eso que quería avanzar mucho. Aunque de momento, no hay de qué preocuparse: hay cinco capítulos más terminados, y solo tengo que ir encontrando tiempo para subirlos y seguir escribiendo, para no quedarme sin margen.

Y en fin, como siempre, millones de gracias a los que estáis ahí al otro lado de la pantalla, leyendo este fic. Recordad que cualquier duda, sugerencia, comentario, opinión o lo que sea podéis dejarla en un review justo aquí debajo. No os llevará más de unos minutos y estaré encantada de contestaros.

¡Hasta la próxima!