― ¿Cómo...? ―carraspeé y ella me observó atenta, colocándose un mechón de pelo detrás de su oreja―. ¿Cómo sabes el nombre de mi madre?

Estaba completamente seguro de que nunca lo había mencionado, o al menos no directamente. Y lo confirmé en el momento en que Mikasa se tensó y apartó la mirada, susurrando una maldición por lo bajo.

―Responde. ¿Cómo lo sabes?

―Yo... ―jugó con sus dedos―. Una vez lo mencionaste...

―No, no lo he hecho ―la corté antes de que continuara excusándose―. Mikasa, ¿qué me estás ocultando? ―me inquieté de tan sólo imaginar que estaba mintiéndome.

―Lo siento, Levi. No puedo decírtelo ―suspiró y volteó a verme con la culpa plasmada en su rostro.

Tras su respuesta, me levanté del sillón y desordené mi cabello, perdiendo la paciencia.

―Joder, Mikasa. Mi madre está muerta y yo nunca te he hablado de ella. ¿Cómo coño la conoces? ―indagué, exasperado, en busca de alguna mínima contestación que tenga sentido.

Sin embargo, no me dio explicaciones y apartó la mirada, evitando mis ojos expectantes.

Ya había perdido la poca paciencia que me quedaba, pero no quería desquitarme con ella a base de gritos. Así que, simplemente, tomé mi chaqueta del respaldo del sofá y me encaminé a la puerta. No obstante, Mikasa me detuvo; sus manos apenas hicieron contacto conmigo, como si pensara que la rechazaría por el más pequeño toque.

―Es peligroso salir ahora ―me dijo quedamente―, y hace frío afuera; podrías enfermarte.

―Solamente... ―suspiré―, solamente quiero estar un rato a solas ―me solté suavemente de su agarre y salí por la puerta, pegando un portazo que destacaba en toda la tranquilidad que reflejaba mi rostro.

.

.

Observé la pequeña nubecita de vaho que salía de mi boca gracias a la fría temperatura de la oscura noche. No estaba al tanto de cuánto tiempo había estado sentado en la banca de aquella plaza. ¿Tres? ¿Cuatro horas? ¿Más? ¿Menos? No tenía idea. Tampoco llevaba mi celular a mano como para saberlo.

¿Estaba enojado? Sí, pero mi curiosidad podía competir bastante con aquella fuerte emoción. Aún no comprendía la situación ni un poco y había estado recapitulando si se me había escapado el nombre de mi madre en estos dos años que conozco a Mikasa, pero nada. Aunque, por la forma en que ella se incomodó, era evidente que me estaba ocultando cosas. Varias cosas por las cuales exigía una explicación.

Lo que sí me parecía un tanto egoísta de mi parte que le estuviera reprochando solo por haber dicho "Kuchel" cuando yo sabía una pequeña parte de su pasado.

―Maldición... ―me restregué los ojos, al tiempo que me ponía de pie, subiendo el cierre de mi chaqueta, y con intenciones de volver y hablar las cosas pacíficamente ahora que me encontraba mucho más tranquilo que antes.

Merodeé por las calles a paso lento, como si de alguna manera me cohibiera tener esa conversación con Mikasa. ¿A qué mierda le temía? Después de todo, era mi novia. Era ridículo. En algún momento ella me lo confesaría.

Mi vista se paseaba por las calles vacías y sin rastros de personas, por lo que supuse que en verdad era muy tarde. Las horas se me fueron volando en esa plaza. Y es que era imposible que no ocurriera eso. Mi madre era una de las personas más preciadas que tuve y, el simple hecho de que supiera su nombre sin que yo se lo haya dicho, me carcomía el cerebro.

Dejé de nadar en la laguna de mis pensamientos cuando escuché un ruido que me hizo sobresaltar. Con inseguridad, miré hacia un costado en un callejón y encontré...

―Sólo un jodido gato ―murmuré, tranquilizándome.

―Lástima que el gato no es tan lindo como yo, ¿cierto muchacho?

Me volteé y vi a un hombre de no más de treinta años, o eso es lo que noté a simple vista, ya que la poca luz no me facilitaba el poder ver sus facciones perfectamente. Lo que sí divisé es que vestía todo de negro y con una gabardina.

No se veía un mal tipo. Sin embargo, me mantuve alerta, dejando distancia entre nosotros e inspeccionándolo con ojo cínico.

Por alguna extraña razón, sentía que lo había visto en algún lado, pero no sabía en dónde.

― ¿Qué mierda quieres? ―escupí las palabras sin emoción alguna

Traté de recordar quién era, pero cuando sentía que por fin lo sabría, el pensamiento se iba al demonio. Tampoco ayudaba el hecho de que la luz del poste no lo alumbraba.

―Depende ―se encogió de hombros y dio unos pasos hacia mí―. Sólo dame lo que tengas en los bolsillos si no quieres terminar mal.

Enarqué una ceja, sin una pizca de miedo, y retrocedí unos pasos más con un único propósito. En cuanto él volvió a adelantarse, quedó justo debajo de la luz que alumbró por completo su rostro.

Abrí los ojos, sorprendido. Y entonces, lo recordé.

«Sexo»

«Ese hombre está pensando en.…»

«Quiere violar a una niña»

Esas palabras estaban grabadas en mi cabeza como si Mikasa las hubiera dicho ayer y no hace dos años. Y, entonces, no pude evitar lo que dije a continuación.

―Más vale que tú no intentes nada si no quieres que atrapen al jodido violador que eres ―espeté con asco, observando cómo alzaba las cejas, atónito por lo que acababa de soltar.

No obstante, su expresión cambió en segundos; sonrió y largó una carcajada.

―Muy listo, chico, muy listo. Te lo reconozco ―metió ambas manos en los bolsillos de su abrigo, en un gesto despreocupado―. Pero si no existe un bocón, no podrán enterarse.

Sacó una de sus manos de la gabardina negra y mis ojos vislumbraron el destello de un cuchillo.

Mierda.

.

.

~Mikasa~

Kuchel se hallaba a mi lado, tratando de calmarme y decirme que todo iba a salir bien, pero yo sabía que no era así.

Hace unas horas que él había salido del departamento, y ya era tarde; malditamente tarde.

Entendía a la perfección que se encontraba enojado conmigo, y aceptaba aquello, pero no quería que saliera a las calles cuando estaba tan oscuro y la nieve te comía apenas colocabas un pie sobre ella. Sin embargo, la mueca de decepción que se escondía tras sus ojos al verme fue como una estalactita clavada en mi pecho y, por esa razón, dejé que se fuera.

En este tiempo que hemos estado juntos nunca discutimos. O, mejor dicho, nunca tuvimos una pelea fuerte que pasaba a mayores. Sólo pequeñas nimiedades que se solucionaban en minutos.

―Sólo debes darle su espacio ―me aconsejó Kuchel, quien había llegado una hora luego de que Levi se marchara. Mi gato también estaba a mi lado, ya que a veces se le daba por acompañarla cuando ella tenía ganas de venir a vernos a Levi y a mí―, tú sabes cómo es él. Cuando era más joven y se enojaba con su tío, pasaba horas y horas afuera. Es caprichoso y vuelve cuando él lo crea correcto.

―Lo sé, pero... ―jugué con las orejas de mi gatito y él se dejó hacer, pues entendía que me encontraba nerviosa con la situación―. Tengo un mal presentimiento. Hace cuatro horas que no vuelve, se ha hecho de noche y hace frío. Apenas se llevó una chaqueta que ni siquiera abriga ―me puse de pie―. Voy a ir a buscarlo, aún si eso provoca que se enfade todavía más conmigo.

―Entonces te acompañamos ―me informó cuando me dirigía a la salida.

Asentí y los tres fuimos en busca de Levi.

...

Ojalá hubiese sido tan fácil como decirlo.

Perdí la cuenta de los minutos en que usé mi velocidad para lograr dar con su paradero lo más rápido posible y, aun así, no servía de nada. Tampoco podía escuchar voces a pesar de que agudizaba mi oído lo que más se me permitía.

Cada vez la angustia en mi pecho crecía más y más a medida que pasaban los segundos. Me sentía demasiado culpable y ese presentimiento no desaparecía ni un poco. Tal vez podía estar exagerando y se encontraba bien, pero no lo creería hasta verlo sano y salvo frente a mí; no lo creería hasta tenerlo entre mis brazos.

Finalmente, me reuní con Kuchel y mi gato. Dada la expresión de la mayor y las orejitas bajas del otro, era obvio que no dieron ni con una pista.

― ¿En un bar no estará? ―propuse como último recurso, aunque sabía que no era probable.

―Lo dudo ―me respondió Kuchel―. Él no es así. Cuando no controla sus emociones, prefiere estar solo en un lugar apartado. Ya sabes lo que pasa cuando lo molestan.

Recordé la escena de esta mañana con los dos alumnos de primer año. En cómo uno no podía respirar y el otro intentaba inútilmente de tapar la sangre que salía a mares de su nariz rota.

Resignada, le di la razón.

Al final, acordamos que yo y mi gato de nuevo iríamos a buscar por las vacías calles y Kuchel regresaría al departamento por si Levi había vuelto.

Pero, cuando estuvimos a punto de separarnos, un susurró imperceptible llegó a mis oídos, como si el viento se hubiese encargado de traerlo. Me detuve y parpadeé confundida, preguntándome si no había sido producto de mi imaginación.

Mikasa...

Miré a mi gato y él ya me estaba dando una mirada afirmativa, indicándome que también lo había escuchado.

― ¿Qué? ¿Qué pasó? ―preguntó Kuchel al ver que nos habíamos quedado agudizando el oído para percibir de qué dirección provenía su voz, hasta que por fin la localizamos.

―Es Levi.

No di más explicación y tampoco tardamos en usar nuestra habilidad para llegar lo más rápido que podíamos. Mi gato iba al frente, guiando el camino, pues él era mucho más ágil que yo.

Mi mente iba nublada y mi pecho ardía al repetir en mi mente cómo Levi me llamaba tan desesperadamente, con la esperanza de que lo encontrara.

Cuando el animalito negro se detuvo, pude divisar que esas calles eran un tanto peligrosas y, a continuación, un ruido dentro de un callejón llamó mi atención. Entré apresuradamente, sin importarme si era riesgoso.

Mas lo que encontré fue algo que me dejó completamente helada. Levi en el piso, moribundo y sin poder moverse. Un hombre se encontraba encima suyo y clavaba un cuchillo mediano lentamente en su abdomen.

―M-Mikasa... ―susurraba ahora apenas audible. Me di cuenta de que sólo estaba pensando en mí en ese momento.

Y, entonces, mi mente estalló; sentí cómo mis ojos cambiaban de color y abría la boca inconscientemente, mostrando los colmillos. Un sentimiento de ira se apoderó de mí, algo indescriptible que hace mucho no me ocurría.

― ¿A quién llamas? ―dijo el sujeto, riendo y pasando el filo del cuchillo por su mejilla, cortándola levemente y dejando un camino rojo en la blanquecina piel de Levi―. ¿Crees que alguien va a escuchar...?

Una patada en su rostro le cortó la mierda de palabras que salían de su boca, logrando que cayera al piso, y con él unos cuantos dientes. Si no me equivocaba, y para mi buena suerte, su mandíbula se había descolocado.

Me puse en cuchillas a su lado y sonreí, largando una pequeña risa sádica sin poder evitarlo.

No me reconocía en ese momento y no podía importarme menos; hace mucho que no me percibía estas sensaciones de esa forma, y la sensación era regocijante.

Tenía un solo propósito en ese momento: destrozarlo hasta que su corazón dejara de latir. Por lo tanto, lo tomé del cuello y lo elevé, levantándolo completamente y separando sus pies del piso. Trató de apuñalarme la cara en un intento desesperado, pero yo esquivaba el cuchillo como si fuera lo más sencillo del mundo. Y lo era.

―Ya veo, así que tú eres aquel tipo ―ladeé la cabeza y lo observé divertida. Lo reconocí al instante. Era el hombre que pensaba violar a una niña, al cual no pude hipnotizar por falta de sangre. Y, por lo poco que pude ver de sus pensamientos, era el tipo que buscaba la policía―. Qué pena por ti, de verdad.

El tiempo parecía estar deteniéndose, todo pasaba en milisegundos y mi ira crecía tanto, tanto...

Mis dedos se clavaron en su garganta y me vanaglorié por completo al escucharlo gritar de dolor. La sangre escurría de su cuello a cántaros y manchaba mis manos y brazos, como si fuera un simple tarro de pintura cayéndome encima.

Me sentía bien, satisfecha, y no porque quisiera tomar su sangre, sino porque su sufrimiento me fascinaba...

― ¡Levi! ―el grito de Kuchel me devolvió a la realidad y parpadeé un par de veces cuando un mareo me invadió de repente.

Entonces me percaté de que el sujeto al que sostenía había soltado el cuchillo y trataba inútilmente de zafarse de mi agarre con sus últimas fuerzas.

Sin pensarlo, lo arrojé y su cuerpo se golpeó fuertemente contra la pared de ladrillos. Tal vez lo hice con un poquito más de fuerza, ya que algunas partes de la pared se desmoronaron y el tipo cayó inconsciente al piso.

―Mikasa, haz algo ―pidió Kuchel, tratando de tocar inútilmente a su hijo, pues no podía concentrase para poder sentir el tacto.

Me arrodillé en el piso e inspeccioné su cuerpo, tratando de que las lágrimas no se derrumbaran y me nublaran la vista.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho puñaladas...

Y la cuenta seguía y seguía...

La desesperación aumentaba al descubrir cada apuñalada. Hubo un momento en donde me perdí y no pude seguir contando y ver qué tan grave era la situación. Además, había una insertada en su hígado que era la que más sangraba y, por lo que pude notar, fue una de las primeras.

Como último recurso, intenté levantarlo en mis brazos para llevarlo a un hospital, pero se quejó repetidas veces entre balbuceos; decía que no iba a aguantar y que le dolía mucho, que las heridas se le abrían más con cualquier movimiento.

Sabía que sería inútil llevarlo, pues con cada segundo su respiración se volvía más lenta y no llegarían a salvarlo. Solamente me quedaba una opción; una opción que no estaba dispuesta a escoger.

―No puedo... ―finalmente dejé mis lágrimas caer, las cuales se deslizaban y golpeaban en la mejilla cortada y amoratada de Levi.

― ¡Mikasa! ―Kuchel gritó desesperada, abrazando el cuerpo de Levi―. Maldita sea, conviértelo.

―Yo...

―Sé que es doloroso ―tocó el rostro de Levi, quien se veía aturdido y hacía esfuerzos por mirarme―. Pero no puedes dejarlo morir... No te lo perdonaría...No lo haría.

Miré a Levi y escuché el latido de su corazón disminuir.

Le faltaba muy poco...

Temblorosa, dirigí mis colmillos a mi antebrazo y los incrusté ahí, absorbiendo mi propia sangre y dejándola en mi boca. A continuación, tomé el rostro de Levi entre mis manos y me acerqué a sus labios, percibiendo lo secos, rotos y pálidos que estaban. Y, simplemente, lo besé, obligándolo a que bebiera del líquido carmesí.

Perdóname, Levi...

Cuando me separé, noté cómo sus ojos se oscurecían y se cerraban. Kuchel se alarmó ante ese hecho, así que me apresuré a calmarla.

―Está bien ―limpié las lágrimas de mis mejillas―. Murió por unos segundos luego de tomar la sangre; ahora está en un estado de inconsciencia. Depende de la situación puede que despierte o no ―Kuchel me miró sin entender a qué me refería―. Tiene que completar la transición.

Sólo espero que elijas la opción correcta.

.

.

.

Pasaron tres horas y Levi no daba señales de vida. Su cuerpo estaba pálido y cubierto de sangre seca. Si bien la sangre dejó de brotar de su cuerpo, sus heridas no sanaban todavía y se mantenían abiertas, dejándome verlas con mayor precisión y confirmándome que los médicos no habrían podido hacer nada con él y su delicado estado.

Lo había recostado en su cama y quitado su camiseta y abrigo apenas llegamos. Luego llamé a la policía para que se hicieran cargo del tipo que debía estar aún tirado en el piso y con heridas graves gracias a mí. Pero no sentía culpa; se merecía todo eso y más. Mucho más.

Después de terminar la llamada, dejé a Levi al cuidado de mi gato y de Kuchel. Mientras yo cargaba un frasco conmigo e iba a buscar un poco de sangre humana, ya que era necesaria para completar la transición. De suerte encontré a un chico saliendo de un bar, medio borracho, y no dudé en dejarlo inconsciente y llenar el frasquito de vidrio. Claro que tuve que leerle la mente para saber su ubicación y dejarlo en su hogar para que nada más le ocurriera.

Cada cosa que realicé me pesó en demasía. Lo que menos quería era que Levi se convirtiera en vampiro; no me perdonaría el hecho de que él volviera a sufrir por la muerte de sus seres queridos.

Estando de nuevo a su lado, tomé su mano, la cual también había sido apuñalada por ese bastardo.

Cuatro horas...

Diablos.

Cinco horas...

Trataba de tranquilizarme de todas las maneras posible, ya que su despertar estaba tardándose más de lo normal y comenzaba a tener mis dudas sobre si lo lograría o no.

Los minutos se perdían y, con ellos, la adrenalina que había estado sintiendo todas estas horas. Estaba consciente de que mi lado vampiro había salido a la luz en el momento en que vi a Levi siendo apuñalado, y ahora eso lo estaba pagando.

Lentamente cerré mis párpados, con nuestras manos aún entrelazadas.

.

.

.

~Levi~

Si pudiera describir cómo me sentía en ese momento, sería vacío y confundido. Muy confundido.

No tenía idea de dónde mierda estaba y qué había ocurrido. Lo último que recordaba claramente era a aquel hijo de puta apuñalándome como si le divirtiera aquello. Luego todo era borroso, sólo pequeñas escenas venían a mi mente. Recuerdo haber llamado a Mikasa; no quería dejarla y en ese momento nuestra pequeña pelea me había parecido lo más absurdo.

Quería verla, tocarla y sentirla conmigo. Y, al final, pensé haber cumplido lo primero. Tal vez fue producto de mi imaginación o el simple hecho de que me estaba desangrando como un desgraciado, ya que después todo se volvió negro y sólo sentí un tacto cálido en mis labios.

¿Había muerto? Lo más seguro era que sí.

Pero, ¿qué lugar de mierda era este?

Ahora mismo me hallaba en la completa oscuridad, literalmente. Hace rato que había intentado salir de ese sitio, pero con cada paso que daba, la nada misma me recibía a gusto.

Wow, y yo imaginé que iría al cielo.

Creo que debí decir menos groserías.

Ironicé mil palabras y maldije otras dos mil más, tentando a la mala suerte que me cargaba encima.

Iba por el insulto número 666 cuando tuve que parar la frase a la mitad al encontrar algo que me hizo dudar de mi salud mental, si es que aún la conservaba intacta.

Flotando en el aire había una cruz dorada que sobresalía en toda la oscuridad, brillando e invitándome, por alguna razón, a que la tocara. Y, antes de alcanzar ese cometido, otro objeto apareció a un lado del crucifijo.

Bien, es un hecho: estoy loco.

Al principio pensé que era una goma roja de mascar, pero cuando me acerqué bien y estuve a unos cuantos centímetros de esa cosa, pude apreciar que era un... corazón. Un corazón humano, latiendo y derramando sangre, la cual nunca caía al piso, como si fuera una especie de fuente. La sola imagen me repugnó y me alejé de eso al instante.

«Elige».

Una voz oscura resonó por todos lados, haciendo eco en el lugar. Me sobresalté y el corazón se me aceleró. Al mismo tiempo, el corazón que flotaba como si fuera una exposición de arte, también comenzó a latir frenéticamente.

―Qué mierda.

«Elige. Vamos, no tienes mucho tiempo, humano tonto»

Su tono era maligno y causaba escalofríos de sólo escucharlo, hasta podía decir que llegaba a intimidarme. Pero, al mismo tiempo, era burlón; como si se estuviera mofando de mí y de la rara situación en la que me encontraba. De más está decir que dejé pasar ese apodo que me puso, ya que no tenía ganas de discutir con una persona a la cual no podía ver. Aunque dudaba que fuese una persona. Era más que obvio que no lo era, tonto.

Tragué duro y sentí mi boca secarse.

Me hallaba 99% seguro de que debía escoger la cruz, pues el corazón me daba mala espina, muy mala espina. Sin embargo, el otro 1% me decía lo contrario.

«Da un paso hacia adelante y escoge una opción, sin arrepentimientos. No te equivoques, humano tonto. Luego atente a las consecuencias».

Ni siquiera me paré a pensar de dónde coño provenía esa voz o de quién era, ya que las cosas flotando frente a mí me parecían aún más extrañas como para preguntar una nimiedad así.

Me encontraba nervioso, pero quería salir de ahí a toda costa.

Por lo que, con convicción, estiré el brazo hacia la cruz y percibí el ambiente más liviano y cálido a medida que mis dedos acortaban la distancia con el objeto. Sí, me sentía bien, pero algo me decía que esa elección no era la correcta.

―Tsk, al diablo.

Me arrepentí en el último momento y mi mano se desvió, yendo a la derecha y tomando el corazón. Tuve el presentimiento de haber elegido mal cuando la voz comenzó a reír y el corazón en mi mano dejó de latir, al igual que el mío.

.

.

Abrí los ojos de repente y lo primero que vi fue a Mikasa tomando mi mano, pero ella estaba dormida.

Confundido, bajé la mirada y observé mi cuerpo, esperando ver todas las puñaladas. Sin embargo, el asombro no tardó en llegar cuando mis heridas comenzaron a sanarse a una velocidad moderada, cerrándose cómo si nada hubiera pasado. Mi piel, que de por sí era muy blanca, comenzó a palidecer aún más.

Asustado, me solté del agarre de Mikasa y ella se despertó, viéndome directo a los ojos.

.

.

.

~Mikasa~

Mis ojos se quedaron congelados en un sólo punto, viendo atónita el cambio que sufría su cuerpo, a pesar de que ya estaba al tanto de lo que posiblemente ocurriría.

Su piel pálida, sus ojos teñidos de carmesí, sus colmillos comenzando a crecer y afilarse...

Hace mucho que no apreciaba una situación así con mis propios ojos, y seguía asombrándome como la primera vez.

Sus músculos se marcaron más, sin rozar lo exagerado, y pude notar cómo él crecía unos centímetros. De más estaba decir que sus heridas desaparecieron, junto con las de esta mañana, y la única sangre que quedó fue la de su ropa.

Su mirada roja reflejaba lo desesperado que se sentía. No obstante, sólo atinó a decir algo que yo sabía que diría; era inevitable.

―Tengo sed... ―su voz salió en un susurro ronco que me erizó la piel.

Me observó intensamente y, de un segundo a otro, me tomó de la nuca, largándome bruscamente contra el colchón y encerrándome con su cuerpo. Intentó morderme el cuello, pero reaccioné justo a tiempo y lo esquivé a toda costa. La transición no iba a completarse si bebía mi sangre, ya que debía tomar la sangre 100% humana o no funcionaría.

Usé mi fuerza para controlar la situación y lo di vuelta, tomando sus manos e impidiendo que me poseyera. La cama crujió debajo de nosotros, producto de la fuerza que estábamos ejerciendo.

―Contrólate ―hablé firmemente, pero su respiración seguía agitada y trataba de zafarse de mi agarre―. Te daré sangre, pero no la mía; no conseguirás nada con eso ―volvió a forcejear, su vista clavada en mi cuello, reflejando el deseo que albergaba de tomarme―. Levi, por favor...

Cerró los ojos como si le estuviera costando horrores controlar su instinto y cumplir con lo que dije. Aproveché eso y agarré el frasco con sangre ―que anteriormente había preparado y colocado dentro de mi chaqueta― y lo puse frente a él, destapándolo.

Me lo arrebató en un santiamén y no tardó en vaciarlo. Sus párpados se cerraron por unos instantes y, al abrirlos, los irises volvieron a ser de ese azul que amaba tanto. Acto seguido, su cuerpo se relajó completamente.

―Qué puta mierda... ―maldijo, viendo el tono de su piel y tocando con su dedo índice uno de sus colmillos―. ¿Soy un jodido vampiro?

Asentí, culpable de la situación. Y es que en serio todo era mi culpa.

Me bajé de su cuerpo y me deslicé hasta el piso, abrazando mis rodillas y hundiendo mi rostro en ellas.

―Lo siento... ―susurré bajito, sabiendo que él podía escucharme perfectamente―. Si tan sólo...

―Mikasa, ¿cómo está Levi...? ―Kuchel ingresó a la habitación, atravesando la pared.

Tras ella, entró mi gato y, con las orejitas bajas, me hizo saber que intentó detenerla para que ella no entrara, pero que no lo consiguió. Me golpeé la frente levemente con la palma de mi mano y cerré los ojos, preparándome para las maldiciones que soltaría Levi.

Más grande fue mi sorpresa cuando comenzó a reír, todo lo contrario a lo que imaginé que pasaría. Volteé a verlo: se restregaba los ojos y una sonrisa irónica adornaba su rostro.

―Me estoy volviendo loco... ―carcajeó y se recostó en la cama, tapando su rostro con su antebrazo―. ¿Qué más va a pasar ahora? ¿Kenny entrará al cuarto también?

Suspiré y observé a Kuchel, quien miraba con pena a su hijo.

―No te estás volviendo loco ―me puse de pie y tomé la cristalina y fría mano de Kuchel, para luego tomar la mano del pelinegro, igual fría―. Tu madre está aquí, Levi. Sigue entre los vivos. Es por eso que sé su nombre; los vampiros pueden ver y escuchar a los espectros.

Junté sus manos, comprobándole que ella era real. Levi ejerció un poco de fuerza sobre la mano de Kuchel y no pude adivinar cuál era su expresión; parecía que estaba sintiendo muchas cosas a la vez.

―En serio, lo siento por no decírtelo ―me alejé un poco de ellos, dándoles el espacio que merecían.

―Déjanos solos ―ordenó tajante. Noté su voz rara, como si estuviera tratando de no llorar.

No repliqué y accedí a su petición, saliendo del cuarto junto a mi gato, quien se enredó en mis piernas para darme cariño y apoyo.

No pude describir lo que sentí al escuchar a Levi romperse en llanto.

.

.

.

No supe cuánto tiempo estuve llorando de esa manera. La garganta me dolía y los ojos me ardían, nublándose por las lágrimas que no obedecían cuando trataba de detenerlas. Abrazaba al espectro de mi madre como si fuera un peluche, negándome a soltarla. Además, disfrutaba de cómo ella acariciaba mi cabello con parsimonia.

Recordé entonces todas aquellas veces en donde sentía un tacto frío y reconfortante.

Así que siempre estuviste conmigo, mamá.

―Sigues siendo sentimental, aunque no lo quieras admitir ―mi madre levantó mi rostro y secó mis lágrimas.

―No es cierto ―refunfuñé, alzando la vista y encontrándome con su sonrisa―. Te extrañé.

Ella rio ante mi cambio de humor y me apretujó todavía más.

―Yo también. Aun estando contigo, no era lo mismo si no podía hablarte y no podías verme.

―Así que todo este tiempo, Mikasa y tú...

―Sí ―continuó acariciando cada hebra azabache con suma delicadeza―. No puedo irme de aquí hasta que cumpla con lo que quiero. Por lo tanto, todo este tiempo he estado con ella. Es la única que puede verme. Claro, además de su tierno gatito.

― ¿Por qué nunca me lo dijo? ―apreté la sábana entre mis manos, molesto, a pesar de que no debía estarlo cuando me acababa de salvar la vida.

―No te enojes con ella, Levi ―me reprochó, tirando de mi oreja y usando ese tono autoritario que tanto eché de menos―. Ponte en su lugar. ¿Qué hubieras hecho tú? ¿Le habrías dicho que sus padres muertos estaban aún entre los vivos? ¿En serio lo harías?

Guardé silencio.

Si procesaba bien todo, de seguro ella pensaría que estaba alucinando.

―Mierda, está bien... ―suspiré derrotado, dejando de apretujar la cobija.

―Ese vocabulario, hijo ―me dijo y yo reí sin poder evitarlo.

―Que sepas que no voy a disculparme ―me defendí. Yo era boca sucia desde joven y ella lo sabía.

―Si serás... ―trató de no reír y se dedicó a examinarme con la mirada―. Te ves... diferente. Muy diferente ―pasó sus manos por mi rostro―. Creciste también.

― ¿De verdad? ―con cuidado, me puse de pie y, cuando me empeciné en ir al espejo, ya estaba frente a este en menos de un milisegundo―. Eh, genial ―exclamé por mi nueva velocidad. Entonces, levanté la vista y vi mi reflejo―. Nada genial ―mi madre empezó a reír―. ¿Es una jodida broma? No puedo verme.

― ¿Qué esperabas? Eres un vampiro.

Bufé y observé que las prendas que llevaba me quedaban un poco apretadas. Así que con eso pude confirmar que de verdad había crecido. Los músculos de mi cuerpo estaban más definidos y eso me gustaba; me veía bien. Con mis dedos volví a tocar mis colmillos sin poder impedirlo, percibiendo lo pinchosos que eran al tacto.

Aún me era extraño procesar que mi cuerpo había cambiado en cuestión de minutos.

―Mamá ―ella volteó tras mi llamado―. ¿Qué es lo que tienes que hacer? Es decir, ¿qué es lo que te mantiene aquí?

Una sonrisa triste se dibujó en sus labios y supe entonces que la respuesta no me gustaría.

―Yo ya cumplí con lo que quería ―se levantó de la cama y caminó hasta estar a mi lado. Ahora ella era mucho más baja que yo; la sensación era extraña―. Hijo, ¿tú quieres a Mikasa?

―Sí ―respondí, confundido por la pregunta.

― ¿Sólo la quieres? ―indagó, tomando mi mano.

―No... ―titubeé. No era bueno demostrando mis sentimientos y menos diciéndolos―. La amo... demasiado.

Ella rio y yo me indigné, pues me costaba decir todo eso. Pero antes de que me dejara protestar, comenzó a llenarme de pequeños besos en mis mejillas.

―Entonces no tengo nada más que hacer ―alarmado, vi su cuerpo comenzando a iluminarse de a poco―. Lo que yo quería era verte feliz otra vez con alguien que ames, y que ese alguien te ame a ti. Que ambos sean felices juntos ―hizo una pausa―. Yo sabía que mi instinto no me fallaba.

―E-ey ―me aferré a ella, como si así pudiera evitarlo―. No te vayas... No de nuevo.

―Levi. Hace unos años no me pude despedir de ti adecuadamente ―temblé cuando la escuché decir eso―. Quiero que sepas que siempre te voy a amar, no importa dónde esté ―ladeó la cabeza, viéndome bastante curiosa―. También quiero que sepas que quiero nietos, muchos si es posible.

Reí y las lágrimas se me volvieron a caer al ver que ella se hacía más y más luminosa a medida que corrían los segundos.

―Creo que eso no será problema ―carcajeó con mis palabras―. Te voy a extrañar mucho, mamá.

―Yo también, mi niño ―besó mi frente―. No lo olvides.

Asentí contra su hombro.

―Puede que Mikasa esté escuchando porque tiene un oído del demonio, así que debo aprovechar para agradecerle por todo. No pude haber pedido una mejor nuera.

Oí un pequeño sollozo proveniente de la sala y supe que sí estaba escuchando.

―Y un mejor compañero de complot como ese gatito tampoco podía pedir ―rodé los ojos ante la mención de la bola de pelos y un Tsk salió de mi boca―. Tú no hagas esa cara porque ese gato es igual a ti en versión pequeña y con pelaje. Además, tienen el mismo nombre.

Escuché una risa de la mocosa y una protesta del gato, bastante malhumorado porque lo compararon conmigo. Y yo me hallaba igual.

―De verdad los voy a extrañar a los tres ―volvió a decir―. Me gustaría quedarme, pero temo que no se puede; yo ya no pertenezco aquí.

―Entiendo... ―la abracé fuertemente, quebrándome con cada palabra.

―Le voy a enviar un saludo tuyo a Kenny ―me aseguró, correspondiéndome.

―Si es que se encuentran ―bromeé. La voz me salía entrecortada.

Kuchel volvió a reír y me abrazó por última vez con mucha fuerza. Su cuerpo cristalino y luminoso cegaba la vista, no obstante, yo hacía lo posible para no cerrar los ojos, aunque era algo complicado.

Dejó un beso en mi mejilla y, a continuación, me susurró algo al oído, tan bajito para que solamente yo escuchara lo que salía de sus labios.

Entonces, como si fuera un cristal partiéndose y estallando en fragmentos, la esencia de mi madre fue desapareciendo.

Mis brazos se dejaron caer a los costados y miré hacia arriba, donde los pedacitos luminosos se desvanecían lentamente.

Hasta entonces...

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Holi :3 Lean la nota, es obligatorio :v xD.

Bueeeno, como prometí, iba a subir los capítulos seguidos. Y, como yo soy una persona que no tarda en actualizar, lo cumplí (?

Si no recuerdan la escena donde hablo del violador y sus pensamientos, aparece en el capítulo 9. Vayan a checarlo así se acuerdan :v

También menciono detalles de un violador en el capítulo 33, cuando Hanji le ayuda a Levi a buscar trabajo, y este la acompaña a su casa por esa razón.

Ay, bueno, tengo que decir que no quedan muchos capítulos :'v
Pero bueno xD. Nos vemos en el próximo. Seguramente de subirá en un rato :3

~Akane Shiraoka~.