Pareja
David introdujo la llave de plata en la cerradura, y la giró con rapidez. La puerta del piso de abrió, y ante nosotros apareció una pared con una fotografía abstracta colgando en ella. A la derecha, había un pasillo diminuto, y luego; la sala de estar. Él cogió mi abrigo, el sombrero y el paraguas y lo colgó tras la puerta, haciéndo de igual manera con el suyo.
-Hogar, dulce hogar- anunció David lacónicamente en cuanto hubo entrado tras de mí y cerrado la puerta. Recorría la habitación con mirada atenta, deseosa de no perderme ningún detalle. Tanto el piso alfombrado como las paredes eran de tonos claros, estas últimas casi en su totalidad blancas. En alguno sitios, como en la esquina y en la entrada del pasillo, se atrevían a cambiar bruscamente de tono, dando espacio a tonos más saturados y cálidos, como marrón o el rojo terroso.
El living estaba tapizado en negro, y las patas hechas de algún tipo de metal relucían..., como todo en aquella casa. La mesa de centro era completamente de cristal y habían algunos papeles desparramados sobre ella. Había una estantería horadada en la misma pared de concreto, atestada de cuanto libro hubiera visto en mi vida. Parecía una librería.
Frente al gran sofa, a cierta altura en la pared, había un pantalla plana, y atravesando un costado de la habitación, había algo parecido a un minibar.
En el lado norte de la habitación, se ubicaban las ventanas, grandes, como las del piso de Richard. Las cortinas se resumían a visillos blancos. En ambas esquinas había un macetero con una planta, y varias fotografías similares a la que viera en la entrada decoraban las paredes. Como era aún de mañana, casi próximo al mediodía, la luz blanquecina del exterior penetraba por los ventanales, otorgándole una característica de irreal y relajante.
Me volteé, y me di cuenta de que la pared que me encontrara en la entrada no era más que un tabique para separar el comedor. Tanto la mesa como las sillas se veían de patas gruesas, rectas, perfectas en su inmaculada madera revestida en negro. Sobre la mesa, había un florero de cristal, con dos calas blancas. Pendiendo sobre ella, desde el techo hasta la pared, había un espejo de un metro de alto por algo más de ancho, reflejando la superficie de la mesa.
A mi izquierda, continuaba un corredor varios metros hacia el fondo.
-¿Qué piensas? – la pregunta de David me extrajo de mi escrutinio.
-¿Sobre qué?- contesté al vuelo y David reprimió una sonrisa- Ah, cierto..., es bonita y está más ordenada de lo que pensé.
-¿Qué esperabas? ¿Un desorden total?
-Tal vez...- convine y seguí observándolo el resto de la habitación..., parecía como si todas las pared fueran de más duro concreto.
-Bueno, no te mentiré..., no soy yo quien se encarga de orden. Para eso está el servicio de limpieza.
-Al menos, eres sincero- observé.
-No tanto como debería- señaló David por lo bajo, y no pude evitar quedarme mirándole. Me parecía demasiado curioso esa actitud tan..., falta de confianza de él. Pero de desconfianza en sí mismo...., seguro que no se tenía en buena estima.
-Bueno- intervino él- ¿no vas a conocer el resto?
Asentí. No me había atrevido a avanzar por el pasillo para no parecer tan desubicada e inoportuna. Lo cierto es que ni siquiera se me había pasado por la mente que David me dejaría conocer más allá que la sala.
Como no sabía muy bien sí obedecerle o no, Dave se me adelantó y pasó una mano por mis hombros, para guiarme. Me pregunté si aquel gesto tan cotidiano había despertado la misma sensación en él que en mí. Fue cuando me di cuenta de un detalle.
-Espera- dije enseguida.
-¿Qué?- respondió él, volviéndose hacia mí. Una vez más me vi obligada a mirarle hacia arriba para poder contestarle. Tenía los labios más sonrosados que de costumbre.
-¿Dónde está el árbol?- pregunté. Había pasado eso por alto..., en el pulcro salón no había ni rastro de adornos festivos. Ni botas, ni figuras, ni guirnaldas..., ni siquiera un árbol navideño, en contraste total con el salón de la casona de Steve.
-¿Qué árbol?- replicó Dave, desconcertado.
-El pino navideño, los adornos y eso.
-Ah, pues..., no suelo celebrar la navidad- confesó , encogiéndose de hombros.- sólo entrego presentes a ciertas personas, compromisos laborales.
-¿Por qué?- me arrepentí hizo facto en cuanto mencioné la pregunta. El rostro de David se había descompuesto de tal manera, que sus ojos claros- ocultos tras los cristales de las finas gafas- jamás se habían visto tan melancólicos y perturbados.
-Este..., mi familia- respondió al fin, con voz claramente forzada- celebraban la navidad con bastante pompa. Creo que simplemente me saturé del espíritu navideño.
-Jamás me habías hablado de ellos- confesé, deseosa de que tal vez confiara lo suficiente en mí como para hacerlo. Si algo estaba claro, es que mencionar a su familia no parecía ser algo gratificante- ¿dónde están?
-Pues..., muertos- respondió el con voz ronca, y luego se aclaró la voz. Tuvo el especial cuidado de apartar sus ojos de vista cuando habló. Lo que dijo, fue suficiente para dejarme helada..., más de lo que estaba. El primer sentimiento que se apoderó de mí, fue el de compasión.
-Lo siento- dije de todo corazón.
-No, no hay por qué...- replicó él- no deberías.
Una sonrisa involuntaria se formó en mi rostro y exhalé aire sonoramente.
-Me mareas con tus palabras- dije, entrecerrando los ojos.
-¿Te mareo?
-Sí. A veces tienes algunas escapadas y ..., no lo sé. Me desconciertan. Cuando creo que por fin comienzo a conocerte...me doy cuenta de que no es así.
-Lamento eso- me aseguró él. Había recobrado por completo su actitud previa al tema de la familia.- pero sería bueno que no lo pasarás por alto.
Había tanta seriedad como cautela en su voz. No entendí ni por asomo lo que quiso decir.
-Lo estás haciendo otra vez- confesé riendo. La expresión de David se tornó solemne, y puso ambas manos suyas sobre mis hombros,buscando mis ojos evasivos.
-Eres tan buena, Elizabeth- musitó- tan buena...
Aquello fue más extraño aún. Era como si lamentara lo que estaba diciendo, como si que yo fuera buena fuera algo malo, una complicación.
-También lo eres- dije sin una gota de broma en la voz, porque lo creía en verdad. No me importó ver que me hallaba absorbida en el cielo de sus ojos otra vez, porque ahora ellos tenían un velo de alegría. El sentimiento de dicha estaba en la atmósfera, y se transmitía. Prueba de ello, fue que David esbozó una sonrisa, negándo sutilmente con la cabeza.
-Lo sé- reafirmé, y acto seguido inhalé aire profundamente. Lo que estaba apunto de hacer me hacía sentir vergüenza de ante mano, pero llevaba bastante tiempo anhelándolo como para no hacerlo. En un rápido movimiento, rodeé la cintura de David con mis brazos y lo abracé con fuerza..., tal vez, más de la necesaria.
Cerré los ojos, a causa de la vergüenza y esperé atenta a cualquier reacción que el pudiera tener. Pensé que la escena parecería bastante infantil para él. Pero pesar de eso, él me respondió el abrazo. No con tanta intensidad como el mío, pero hizo el intento. Quería conocer y sufrir todas las penas y lamentaciones que guardaba en su interior, para poder sufrirlas con él y así mitigar su dolor. Entonces, mi cerebro comenzó pensar una cosa tras otra a un ritmo vertiginoso.
Si él estaba triste, quería estar yo también y cuanto más mejor. Deseaba que supiera que estaría incondicionalmente allí, que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que él me pidiera, cualquier cosa que necesitara. Incluso, quise decirle que estaba dispuesta a dar mi vida a cambio de la suya, y en cuento lo pensé di un respingo por la enormidad de mis sentimientos.
Nunca me había sentido motivada a hacer aquellas cosas que habían pasado por mi mente hace unos instantes. Jamás creí que sería capaz de valorar tanto la vida de otra persona que no fuera la mía. Ni siquiera había pasado por mi cabeza la idea de pender en mi totalidad de alguien más, como me sucedía ahora con David. Cualquier cosa que le sucediera a él, también me sucedía a mí y me afectaba por igual.
Yo había permitido, durante los últimos meses, que se formara un vínculo tan grande entre David y yo, que sencillamente dependía de él. Me sorprendí de que realmente estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que viniera de él..., como si lo que él dijera, fuera algo sagrado para mí.
Y de pronto, todo fue demasiado claro. Tan obvio, que me sentí estúpida de no haberlo descubierto antes.
El sentimiento que me unía a David era algo tan especial y particular, que nunca había tenido la oportunidad de experimentarlo antes. Y eso era algo lógico, porque sólo él era capaz de despertarlo en mí. Tenía miedo de las conclusiones a las cuales estaba llegando, y el corazón comenzó a latirme como un caballo desbocado. Enterré la cabeza en su camisa y quise quedarme allí para siempre.
Y por más que una parte de mí lo intentaba repeler, era inevitable. La respuesta a cada una de mis reacciones, a cada uno de mis deseos y mi forma de actuar y pensar, tenían que ver con una sola cosa. Una simple idea, pero que abarcaba tal inmensidad de aspectos, que su complejidad superaba cualquier otra cosa que hubiera tenido que concebir en mi mente. No era capaz de ver los límites de mi devoción por David.
Y todo era por aquel sencillo motivo. Me invadieron una ganas de reír inexplicables.
Inspiré profundo, llenando mis pulmones de aire, deleitándome con su atrayente esencia. ¡Yo le amaba!
No había verdad más grande que esa, que era más cierto que yo y él existíamos.
Entonces, sus manos me obligaron sutilmente a separarme de él, pero yo no podía simplemente obedecerle. No con esta nueva verdad que acababa de descubrir. Así que, en vez de apartarme, alcé los brazos hacia su cuello, con mi rostro cerca del suyo, mis ojos clavados en los de él.
-¿Qué estás haciendo, Elizabeth?- inquirió el con voz grave, con el claro fin de disuadirme. Inconscientemente, me eché a reír como una estúpida. Ya casi ni me importaba hacer el ridículo.
-No lo sé- admití y sentí como....se apoderaba de mi. Allí tan cerca y junto a él, me sentía presa de una profunda dicha que me recorría todo el cuerpo, mermaba todos mis sentido y llegaba hasta mis ojos, ahora húmedos.
-¿Estás llorando?- musitó él, maravillado, y sólo le atiné a asentir, con una sonrisa en el rostro.
-No lo hagas- me pidió, al cabo de unos segundos, cuando las lágrimas definitivamente se desbordaban con su caudaloso torrente por mi rostro.
-Pero no estoy triste- aclaré.- al contrario, nunca había sido más feliz.
-No quieres esto- se apresuró a advertirme, y creí que en ese momento lo único que estaba haciendo era reprimirse a sí mismo.
-Te equivocas..., sí lo quiero. Quiero todo lo que tenga que ver contigo, porque te quiero a ti- una nota amarga tiño el final de mi oración. Había acercado mis rostro más de lo permitido, y ahora David apenas podía mantener la calma aquella de la cual presumía. Me atreví a tocar su rostro, y se estremeció ante el contacto, cerrando los ojos. Recorrí su mejilla con la yema de mis dedos, hasta llegar a sus párpados, pasando por alto las gafas. Los capilares purpúreos se le marcaban especialmente en esa zona.
-Estás helada- observó el por lo bajo. Esa simple frase me clavó una puntada en el corazón, como si se tratara de una estaca.
Somos diferentes.
Me apresuré a retirar mi mano, pero David me detuvo, enlazándola con una de la suyas. Entonces, abrió los ojos.
-No te alejes- me pidió.
-No voy a ningún lado.- contesté, como si fuera algo que él tuviera que saber por que sí.
-Tampoco te apartes.
-No podré apartarme de ti..., nunca- reconocí con apenas un hilo de voz. No dejaba de sobrecogerme la realidad de mis palabras. Fue cuando David se quitó su máscara de aparente autocontrol, y por primera vez se atrevió a actuar como su corazón le indicaba que lo hiciese, olvidando cualquier jirón de razón.
David se inclinó, y con su mano libre sujetó mis rostro, casi sin ejercer fuerza. Entonces, sus finos labios se posaron en la parte baja de mi mejilla, dándome un tierno y prolongado beso. Cerré los ojos de manera involuntaria, y cuando los abrí, me di cuenta de la crispación de su semblante..., como si sufriera. Pero no podía sentirme mal por eso..., no en ese momento, en el que él estaba tan cerca de mío. A lo mejor, estaba siendo egoísta.
Entonces él se apartó con suma lentitud, quedando apenas a micra de distancia. Creo que la persona que actuó a partir de ese entonces, no era yo..., o era un versión muy trastocada de mí misma. Enredé mis manos en su pelo, por la parte de la nuca y prácticamente lo obligué a bajar la cabeza y acercarse a mí. Mi conocimiento de estas cosas se reducía a novelas y películas, algo muy alejado de la realidad, pero lo suficiente como para tener una noción básica de lo que estaba a segundos de hacer. Lo atraje hacia mí y posé mis labios sobre los tuyos, cerrando los ojos fuertemente. Lo único que era capaz de sentir ahora, eran nervios..., expectación, ¿por qué David no reaccionaba?
No me atreví a abrir los ojos, no quería ver su mueca de burla, que ya casi podía imaginar. Mas no fue necesario.
Sentí cómo él me devolvía la caricia con los labios, y su cálido aliento cerca de mí. Como si aquello me infundara confianza y seguridad, abrí los ojos, y me encontré con los suyos frente a los míos, con los cristales de las gafas como biombo.
Entonces, ya no fue necesario retenerlo, ni ejercer presión. David atrajo mi cuerpo hacia el suyo, cogiéndome por la cintura, y su boca se apoderó de la mía con vigor. Pronto, me vi acorralada contra la pared del corredor, pero no quería hacer nada para escapar. Me sorprendió ver que su fuerza superaba la mía. Pero todo era tan fácil, tan agradable..., sólo tenía que dejarme llevar, y David era un excelente conductor. Más que eso, incluso.
Era tanta la pasión que impulsaba sus actos, que no se detenía si quiera para respirar, quitándome el aire.
Pasión.
Eso era algo que nunca había experimentado con anterioridad..., ni por asomo. Y ahora, de pronto, tenía que aprenderlo de golpe.
Parecía como si toda mi cabeza fuera mi propio corazón, que me latía una y otra vez, como si fuera a explotar. Las caricias de David me turbaban, y no era capaz de pensar en nada lógico ni racional. Ni siquiera veí las consecuencias.
No existían los prejuicios, el qué dirán, Richard, Steve o los demás del instituto. ¡Yo amaba a David!..., todo en mí gritaba su nombre, y no había nada que pudiera opacar mi dicha por ser correspondida.
David, David, David...,
Sus labios eran tan suaves, tan seguros, que parecían que habían sido hechos para mí . En verdad, parecía que David lo había sido. Sus manos asiendo firmemente mi espalda me hacían estremecer. No tenía ni las más remota idea de los que estaba haciendo..., pero se sentía demasiado bien.
Pero tan rápido como vino, se fue, y David se apartó sin previo aviso de mí, dejándome sin airre. Me soltó, obligó a manos a retroceder y se alejó varios pasos.
-Lo siento- dijo, con voz ahogada, agitada.
Mi pecho ondeaba como un condenado, intentando recuperar el aire.
-¿Qué?- articulé, incrédula.
-No debí hacer eso, ni siquiera debí acercarme- continuó él, agobiado. Me alegré al comprobar que estaba tan exaltado como yo. – Te pido que me perdones.
-¿Bromeas?
-Encarecidamente, te ruego que olvides mi falta de respeto- David farfullaba, atropellándose con las palabras, moviendo las manos de un lado a otro. – No sé..., que lo que..., deberías...
-¡Pero no me has faltado el respeto!- exclamé, deseosa de hacerle ver lo equivocado que estaba.
-Si no quieres verme más, lo entenderé.
¿Pro qué tenía que ser tan testarudo? Di dos grandes pasos hacia él, antes de darle tiempo de que retrocediera , y prácticamente me arrojé en sus brazos, besándole, imitándole. Me aparté casi al vuelo, para ver su reacción.
-¿Qué haces? – preguntó.
-¿Es que no te das cuenta?- exclamé- Intento demostrarte que estás equivocado.
-No sabes lo que estás diciendo- replicó. Ya casi había recuperado por completo su voz normal...., la formal, la seria, la distante.
-Me estás subestimando...- señalé- pensé que me tenías en suficiente estima como para confiar en mi resoluciones.
Era increíble lo difícil que me resultaba hora estar junto a él y controlar mis deseos de besarle otra vez.
David parecía desconcertado..., sorprendido.
-Es decir que no debes disculparte por lo que hiciste, porque me agradó. No quiero que comiences a pedir disculpas, no viene a lugar- aclaré, con la cabeza más despejada.
-Nunca haría algo que tú no quieras- me aseguró.
-Pues entonces quiero me beses..., ahora- le pedí, con la mirada suplicante clavada en la suya, y la expresión mariposas en el estómago nunca fue más cierta para mí. David continuaba en móvil, indeciso, con mil interrogantes en los ojos. Decidí que tendría que comenzar yo..., otra vez, y le di un beso en la mejilla. Y luego otro, y otro, y pronto me di cuenta de que había llenado su rostro y parte de su cuello de besos. Ni me di cuenta cuando él comenzó a hacer de la misma manera conmigo, ni cuando mis labios hallaron los suyos.
No fui consciente de lo que sucedía en el exterior, y mucho menos del paso del tiempo, hasta que David me obligó a retirarme, algo que no me parecía en lo absoluto.
-Suficiente por hoy- dijo, sosteniéndome las muñecas, con el fin de mantener mis manos alejadas. Tenía una expresión dulce y divertida en la faz, y que acompañada de una de sus sonrisas, lograron aplacar mi insistencia. Sabía que de ahora en adelante sería un suplicio pasar tiempo con Dave, porque estaría queriendo besarle en todo momento. Pero ahora, era tiempo de normalidad.
-Tengo hambre- admití al cabo de un rato.
-Sí, yo también...,- reconoció él- yo me encargo.
Por u n momento, me imaginé que se pondría un delantal de cocina y se pondría a prepara alguna cosa. Por segunda opción, supuse que tal vez iríamos a comer afuera. Pero nunca creí que David se limitara a tomar el teléfono y hacer un pedido.
-Pizza no es lo que tenía en mente- confesé mientras mordisqueaba el primer trozo. Las veces que la había comido en mi vida eran contadas.
-Es la comida del siglo veintiuno- dijo él, engullendo un gran trozo. Tenía un apetito feroz. Él sólo ,prácticamente devoró los tres cuarto del pedido..., si no es que más.
Luego de la improvisada comida sobre la mesa de centro, le pedí a David que me indicara dónde estaba el cuarto baño, que resultó ser privado, por lo que tuve que pasar por su propio cuarto antes de poder entrar. En realidad, mi petición no pasaba de ser una excusa para revisar mi aspecto en el espejo.
La habitación de David quedaba al final del pasillo, después de dos puertas a la derecha y un a a la izquierda.
Era bastante espaciosa, ordenada, y la cama doble reposaba en el medio con algo de clase. Una fotografía en blanco y negro de algún puente adornaba su cabecera, y un escritorio de patas finas se ubicaba cerca de la ventana, atestado de libros, carpetas y papeles. Incluso, un tazón de café a medio servir reposaba en una esquina. Parecía el único lugar de la casa que pertenecía a Dave del todo. Había también en la habitación, un enorme clóset de puertas blancas y una pequeña cómoda. Sobre el velador, había una lámpara de figura estilizada, una pila de cajas pequeña y un libro. Me acerqué hasta él, y me senté en el borde de su cama.
David aún no se movía de la entrada del cuarto, expectante, esperando algún comentario de mi parte. La expresión de su rostro solo denotaba curiosidad..., curiosidad por lo que yo estaba pensando.
Cogí una de las pequeñas cajas. Mi experiencia me supo decir muy bien ante qué me hallaba. Eran cajas de fármacos.
-¿Tomas esto?- le interrogué enseñándole tan sólo una de las varias que yacían sobre el velador. Nadie que consumiera tantos psicotrópicos podía ser llamado normal. De hecho, lo más probable es que si alguien tomara una grajea de cada uno, no quedaría entero.
David se acercó con paso lento, dubitativo. Bordeó la cama, ante mi mirada atenta, y me arrebató delicadamente la caja de la mano.
-Sólo a veces- respondió al fin, encogiéndose de hombros.
-¿Tienes problemas de sueño?
-Bastante frecuentes, reconoció- pero nada grave.
Dejó la caja que me había quitado junto a las otras, las cogió todas juntas y las metió en el cajón del velador. Cuando abrió el cajón, me di cuenta de que adentro de éste, había otro montón de fármacos, casi todos desinflamatorios o analgésicos. No me atreví a comentar nada respecto a eso. En vez, busqué algún otro tema del cual habalrle. Entonces, me fijé en el título del libro que reposaba encima del pequeño mueble.
-Inteligencia Emocional- repetí en voz alta- ¿lees a Goleman?
-Es una propuesta bastante interesante- admitió él, al tiempo que se sentaba junto a mí, con las manos aferradas al borde de la cama- ¿lo conoces?
-Casi nada- confesé- A Richard le fascinan estas cosas. Tiene una colección completa, creo. Ahora está con la inteligencia emocional infantil..., como si conociera a tantos niños.
-¿Y tú?
-¿Yo?- exclamé, contrariada- ¿es que acaso aún me sigues tomando por una niña?
-Bueno...
-Te mostraré que no- sentencié, y me giré hacia él, apoderándome de su boca en un intentó fugaz. David no se dejó engañar y una vez más me cogió por las muñecas, bajándome los brazos.
-No hace falta demostrar nada- señaló pausadamente. Me contenté con tan sólo esa frase y mi entusiasmo creció aún más. David volvió a detenerme.
-¿Qué sucede contigo?- espeté, derrotada- ¿es que no quieres que te bese?
La vida era injusta. Acababa de descubrir la cosa más hermosa y emocionante del mundo y David se creía con el derecho de negármelo.
-No, no es eso- aclaró- pero no hay por qué ir tan rápido.
-¿Qué quieres decir?
-Elizabeth, debes entender lo difícil que esto resulta para mí. No puedo simplemente de un momento a otro pretender que no tienes tan sólo quince años. Y aunque te molesté que lo diga, y que lo piense, creo que aún eres una niña a mi lado.
Definitivamente, cualquier resquicio de entusiasmo, desapareció. Dejé caer mi manos, inertes sobre el regazo y supe que mi rostro se tornó inexpresivo. ¿Sería acaso que se estaba arrepintiendo?
-¿Qué debo hacer para demostrarte lo contrario?
-No puedes- sentenció- esto es como las matemáticas; no puedes cambiar las cosas a tu antojo.
-Sinceramente, no logro comprenderte- le dije- siempre he sido la misma persona; el dia en que me conociste, cuando insististe en buscarme, allá afuera en el pasillo y ahora. ¿qué es lo que ha cambiado?
-Nada.
-¿Entonces? No es posible que me trates de una manera y luego de otra completamente distinta..., tienes que definirte.
-Acabo de hacerlo- afirmó él, con toda la seriedad del mundo. Le envidié por ser capaz de disimular tan bien la situación.
-No te creo. Si pensarás de la forma en la que dices pensar, jamás te hubieras atrevido a acercarte a mí..., no de esa manera.
-Puede que lleves algo de razón- convino David.
-Tengo la razón- le expliqué- porque sentí que tenías el deseo de besarme en ese momento, tal como yo lo poseía.
-Siempre tengo el deseo de besarte, de...- él suspiró profundamente- pero tengo que controlarme, como lo he hecho durante todo este tiempo. No perdonaría nunca ser yo el que te corrompa a tan tierna edad...,no lo mereces.
-¿Corromper?- repetí, incrédula.
-Sí, no te hagas la desentendida.
-Pues eso es lo bastante ridículo como para ofenderme- dije resentida.
-Por favor, no seas infantil- eso fue más de lo que pude soportar; era la segunda vez que alguien me acusaba de tener una actitud infantil...!en el mismo día! Me aparté de un tirón de David y me puse de pie, encaminándome hacia el pasillo.
-No fue mi intención molestarte...- farfulló él, pero hice caso omiso a sus palabras.- Vaya, no puedo creerlo; nuestra primera discusión de pareja.
Había una palabra en la oración de David que tuve tal fuerza que logró clavarme como una estatua al suelo, justo antes de salir del cuarto. Él había dicho pareja. Dos personas..., él y yo..., una pareja; un todo.
Me volteé en su dirección, aún estupefacta.
-Has dicho pareja- musité y no era una pregunta. Estaba segura de que mis oídos no me engañaban.
-Por supuesto- respondió él. Se puso de pie y caminó en mi dirección , hasta llegar al punto en el que mis pies seguían clavados al piso de la impresión.- ¿Es que acaso me tomas como alguien poco serio?
-No, pero...
-Después de lo de esta mañana no puedo simplemente seguir siendo tu amigo, ¿o sí?
-No, creo que no, aunque...
-Así que lo correcto es que de ahora en adelante me veas como a tu novio- conluyó él, y no upo lo feliz que me hizo con esas simples palabras. ¿Qué si yo era una niña con actitudes infantiles? ¡Detalles!
-¿Me comprometí sin darme cuenta?- pregunté, sin creerme lo que estaba sucediendo. David me abrazó por la cintura y cualquier actitud de broma desapareció de su faz. Ahora, hablaba de manera solemne, educada.
-Aún no has aceptado- señaló. No podía creer que dijera eso. Estaba más que claro que mi respuesta sería un rotundo sí.
-Pensé que tenías miedo de corromperme- le recordé. Quería asegurarme de que tuviera todo cuanto había dicho muy presente, para que después no se arrepintiera de lo que estaba proponiendo.
-Trato de no hacerlo- respondió de forma pausada- estoy haciendo las cosas de la mejor manera posible. Pro lo demás, no me pidas milagros.
Sonreí ante su respuesta..., no podría haber sido más alentadora para mi exaltado corazón.
-Entonces claro que acepto- dije al fin. David esbozó una sonrisa y luego habló.
-Pero no olvides lo que pienso respecto a esto; no voy a profanar tu mente. Eres una persona demasiado virtuosa, y no permitiré que sea yo el que cambie eso. Aún eres joven, más que yo y te quedan miles de cosas por vivir..., no quiero que te pierdas la locura y la exaltación propias de la adolescencia por mi causa. ¿Estamos de acuerdo?
No sabía en qué hechos concretos se iban a traducir las condiciones de David, pero si quería estar con él, no tenía otro remedio que aceptar. Después de todo, no podía ser algo tan grave y tortuoso...,
-De acuerdo- convine y el se mostró satisfecho.
-No estarás sola nunca más- musitó con lentitud, apartándome el cabello del rostro, para observar mejor mi cara.- Nadie te hará daño.
No entendí que quiso decir con aquello último, pero poco importaba cuando estaba tan cerca de él Entonces me abrazó y de pronto, sentí como mis pies dejaban de tocar el suelo, de mantener mi peso y David me alzaba hasta encontrarme a su altura. Me mantuvo así bastante rato, envuelta en su abrazo, hasta que al fin me dio un beso en el cuello y me soltó.
-Estás pálida- observó- ¿te sientes bien?
-Sí, sólo un poco cansada- admití. Lo cierto es que también se había apoderado de mí un fuerte dolor de cabeza.
-Tal vez necesites recostarte- sugirió y estuve de acuerdo. Involuntariamente me llevé una mano a la cabeza y David se apresuró a guiarme hasta la cama. Una vez allí me recosté, y él me cubrió con una manta. No la necesitaba, no sentía frío; eso a pesar de que afuera la temperatura bordeaba los ceros grado celsius. Apoyé la cabeza en la almohada, impregnada en su aroma y cerré los ojos, para ver si el malestar desaparecía.
-Voy por un vaso de agua- anunció él, pero le detuve. No necesitaba el agua.
-Dijiste que me dejarías sola- le recordé.
-Tienes que descansar....-señaló.
-No importa.
-¿Quieres que me quede?- preguntó, pero él ya conocía la respuesta. Sólo para confirmar, asentí y entonces él se recostó a mí lado. Apoyé mi cabeza en su hombro y me adueñé de su brazo, como si se tratara del cojín que abrazaba todas las noches para dormir, sólo que esto era cien veces mejor.
-Tienes que ir al médico- dijo él después de un rato. Sonaba preocupado.
-Richard dice lo mismo- añadí.
-Pues tiene razón, deberías hacerle caso.
-No estoy enferma- objeté.
-No he dicho que lo estés..., pero será mejor tener certeza absoluta.- me explicó. La sola idea de estar enferma me hacía sentir inútil, torpe, un estorbo. No em di cuenta cuando comencé a perder el hilo de nuestra conversación, cuando dejé de prestar atención a sus palabras y los ojos comenzaron a cerrarse lentamente.
Cuando lo noté, intenté mantenerlos abiertos, porque no quería perderme en la fantasía de los sueños. Por primera vez en la vida, quería quedarme en realidad, pues era mejor que cualquier sueño que mi mente fuera capaz de mostrarme. David yaciendo junto a mí, y yo junto a él..., no podía desear ninguna otra cosa. Mas pronto su presencia fue difusa y no fui capaz de volver a la realidad por voluntad propia.
