Ladybug no sabía qué hacer. Todavía estaba procesando el hecho de que, si no había entendido mal, Adrián era Cat Noir. O tal vez no lo era, y simplemente estaba intentando engañar a su padre. O quizá Gabriel Agreste se había equivocado y el anillo que estaba tratando de quitarle a Adrián era solo una joya corriente.

En todo caso, si al final resultaba que Adrián era Cat Noir... estaban perdidos. París estaba perdido. Porque Ladybug era consciente de que no podía esperar que Adrián se enfrentara a su propio padre. No tenía derecho a exigirle su lealtad ni podía pedirle que eligiera entre los dos.

Y ella no se sentía capaz de luchar sin él.

Clavó la vista en Adrián; había inclinado la cabeza y su pelo, revuelto tras la pelea, le tapaba parcialmente el rostro. Entonces él, como si hubiese sentido su mirada, abrió los ojos y le dedicó un rápido guiño, un gesto de complicidad tan propio de Cat Noir que el corazón de Ladybug se detuvo un breve instante.

Pero, a pesar de su confusión, la heroína sabía muy bien qué significaba aquello.

Se preparó para intervenir, confiando en su compañero una vez más.

Gabriel Agreste tiró del anillo de Adrián para sacárselo del dedo. Pero entonces él cerró el puño y, con un súbito movimiento, lo estampó en la mandíbula de su padre, que se echó hacia atrás, sorprendido y dolorido.

–Esto por haber insultado a mi novia –masculló el chico, irritado, volviendo a ajustarse el anillo–. Y aún te debo otra por haber mandado a esa loca a secuestrarla.

Pero Agreste se alzó de nuevo ante él y le disparó una mirada irritada que lo hizo vacilar.

–¿Te has vuelto loco? –siseó, furioso–. ¿Cómo te atreves a golpear a tu padre?

Ladybug vio cómo Adrián se encogía literalmente ante la ira de Gabriel Agreste y fue consciente de pronto del enorme poder que aquel hombre tenía sobre su hijo... y de todo el valor que el chico había tenido que reunir para enfrentarse a él.

Se le encogió el corazón. Siempre había querido creer que el señor Agreste se preocupaba realmente por Adrián; que lo controlaba y sobreprotegía tanto porque no sabía expresar sus sentimientos de otro modo. Pero en aquel momento pensó, y no por primera vez, que un chico tan maravilloso como Adrián no merecía un padre como él. Incluso aunque no se hubiese tratado del supervillano más temido de París.

Y Cat Noir, por descontado, tampoco lo merecía. Si aquel hombre era realmente su padre...

Eso no era amor, concluyó. No podía serlo de verdad.

Agreste avanzó un paso hacia Adrián, pero Ladybug no permitió que se le acercara más. No podía consentirlo. De modo que lanzó el yoyó contra él y enrolló la cuerda en torno a su cuerpo para inmovilizarlo. Tiró de él con todas sus fuerzas, alejándolo de Adrián, y lo hizo caer al suelo de rodillas.

–Deja en paz a mi gato –le advirtió; sus ojos lanzaban chispas de indignación.

Agreste trató de liberarse, irritado, pero ella tiró con más fuerza y lo mantuvo quieto.

Adrián inspiró hondo; al ver a Ladybug enfrentándose a su padre pareció recuperar parte del valor que había perdido y se irguió un poco. No parecía dispuesto a volver a golpearlo, sin embargo. De hecho, al verlo allí, atado y de rodillas, vaciló un instante, inseguro.

Gabriel Agreste lo notó.

–Cometes un grave error, hijo –dijo con suavidad–. Puedo traer a tu madre de vuelta. Podemos volver a ser una familia. Aún estás a tiempo.

Adrián negó con la cabeza.

–¿Eres consciente de todo el daño que has causado, padre? –murmuró, con la voz quebrada por la emoción–. ¿De lo que habría sucedido si Ladybug y yo no hubiésemos detenido a los akumas todas las veces? ¿De las consecuencias que habrían tenido esos ataques si Ladybug no fuese capaz de arreglarlo todo después?

Agreste sacudió la cabeza.

–¿Cómo iba a imaginar que eras tú quien se interponía en mi camino? ¿Crees que habría permitido que los akumas atacaran a mi propio hijo? No me he esforzado tanto en mantenerte a salvo todos estos años para que tú te pusieras en peligro una y otra vez... disfrazado de gato –concluyó con disgusto.

Adrián alzó una ceja, preguntándose de qué se disfrazaría un hombre que se hacía llamar Lepidóptero. Pero allí estaba de nuevo la sutil manipulación de su padre: dándole la vuelta a su argumentación para que pareciese que era el chico quien debía pedir disculpas.

–No habría tenido que disfrazarme de gato si tú no hubieses amenazado la ciudad en primer lugar –le recordó–. Pero, dime, padre..., si hubieses sabido que yo era Cat Noir, ¿habrías dejado de akumatizar a inocentes? ¿Habrías detenido tus acciones como Lepidóptero?

–Habría tratado de detenerte a ti. Para mantenerte a salvo, como siempre he hecho.

–Si no hubiese sido yo, habrían elegido a otro. Y tú no te habrías rendido, ¿verdad? Dices que te preocupas por tu hijo, pero no te importan nada los hijos de los demás.

Agreste se rió suavemente.

–Los hijos de los demás son responsabilidad de sus padres, no mía. Yo debo velar por el bienestar de mi familia. A cualquier precio.

Adrián lo miró un instante, pensativo. Finalmente suspiró con pesar.

–Ya veo. ¿Sabes?, creo que empiezo a entender por qué se marchó mamá.

Cruzó una mirada con Ladybug, que mantenía atado a Gabriel Agreste, sin atreverse a intervenir. Ambos sabían que se trataba de Lepidóptero y había que detenerlo..., pero no dejaba de ser también el padre de Adrián. Ladybug sentía que le debía al menos una explicación. Que aquel último duelo debía ser algo entre ellos dos.

–Estás a tiempo de arrepentirte –dijo entonces Adrián–. Reconoce que te equivocaste. Entréganos tu prodigio de forma voluntaria.

Su voz trataba de ser firme, pero sonaba implorante. Adrián deseaba creer que su padre sería capaz de renunciar a sus locos propósitos para no tener que enfrentarse a él.

Agreste resopló con impaciencia y se puso en pie para volver a mirarlo desde arriba.

–Eres un sentimental, hijo –le reprochó–. Y eso te vuelve débil. He intentado enseñarte a conseguir lo que deseas sin doblegarte ante nadie..., pero veo que no lo he conseguido. Es una lástima.

Ladybug entornó los ojos, alerta. Intuía que no se conformaría con simples palabras y que, si no conseguía convencer a Adrián de buenas maneras, lo intentaría por la fuerza.

El chico había bajado la cabeza, hundido ante la evidencia de que su padre no lamentaba nada de lo que había hecho.

Y entonces Gabriel Agreste trató de aprovechar aquella distracción.

–Nooroo, ¡alas...! –empezó; pero no fue capaz de concluir la frase que lo transformaría en Lepidóptero.

Ladybug tiró de la cuerda del yoyó para detenerlo, aunque sabía que de esa manera no lograría evitar que hablase; pero Adrián reaccionó mucho más rápido de lo que nadie había calculado: saltó súbitamente sobre su padre, lo agarró por la nuca y le cubrió la boca con la mano derecha. Mientras Agreste se debatía, Adrián ignoró la pequeña figura violeta que había emergido del interior de su chaqueta y pronunció su propia fórmula mágica antes de que él lo hiciera:

–Plagg, garras fuera.

Ladybug asistió a la transformación de Adrián Agreste con un nudo en la garganta.

«Es él de verdad», pensó, aturdida. «Cat Noir. Mi Cat Noir». Su cerebro había registrado aquella información hacía rato, pero no había terminado de asimilarla.

Gabriel Agreste vio cómo la mano de su hijo se volvía negra y sus dedos desarrollaban cinco uñas afiladas y muy peligrosas. Contempló su rostro, cubierto ahora por la máscara del superhéroe, las orejas que brotaron en lo alto de su cabeza y aquellos desconcertantes ojos felinos que lo observaban con irritación.

–Vas a quedarte quieto –susurró Cat Noir despacio–, porque tengo una palabra más en mente y estoy convencido de que no te gustaría oírla.

«Cataclysm», pensaron Agreste y Ladybug a la vez.

Pero el hombre sacudió la cabeza con un resoplido irónico.

–¿No me crees capaz? –siseó Cat Noir–. A lo mejor no me conoces tan bien como creías..., padre.

Gabriel Agreste se estremeció y se quedó muy quieto. Y algo se apagó en los ojos de Cat Noir, aunque solo Ladybug lo notó.

«No lo conoce», pensó ella con el corazón encogido. «Ni Adrián ni Cat Noir serían capaces jamás de hacer algo así. Ni siquiera contra Lepidóptero».

El hecho de que Agreste considerase siquiera la posibilidad de que su hijo pudiese asesinarlo a sangre fría la repugnaba y la horrorizaba a partes iguales. Miró a Cat Noir, insegura; acababa de ver a Adrián Agreste transformándose en su querido compañero y todavía no lograba asimilarlo. Pero él le devolvió una mirada pícara aderezada con una larga sonrisa.

–Todo tuyo, milady. Creo que esta molesta polilla ya no volará más.

Ladybug se esforzó por centrarse. Avanzó hasta Gabriel Agreste, que la observaba con odio, pero aún sin osar moverse, y le arrancó el broche del pecho.

–Durante nuestro primer enfrentamiento le juré a Lepidóptero que le arrebataríamos su prodigio –declaró–. Y he cumplido mi promesa. Se ha terminado el juego, señor Agreste. Ya no demonizará a más ciudadanos inocentes para saciar su sed de poder. Ya no volverá a crear el caos y el terror en las calles de París. Ladybug y Cat Noir han ganado, y Lepidóptero ha sido derrotado. Para siempre.

Cat Noir cerró los ojos un momento y exhaló un suspiro de alivio.

–Se acabó –murmuró, relajándose visiblemente–. Se acabó.

Retiró la mano de la boca de su padre, que lo observaba con evidente disgusto.

–Qué vergüenza –le espetó–. No sé ni cómo te atreves a llamarte hijo mío...

Cat Noir suspiró de nuevo, pero no se molestó en replicar; alargó el pie e hizo un barrido contra las piernas de su padre, haciéndolo caer al suelo. Después se sentó sobre él con la mano derecha alzada sobre su rostro. Agreste palideció y enmudeció de golpe.

–¿Qué sucede, señor Agreste? –se burló Cat Noir–. ¿Le ha comido la lengua el gato?

Habló con tono ligero e irónico, pero para Ladybug resultaba muy obvio el rastro de dolor que anidaba en su mirada. Quiso decir algo, pero no encontraba las palabras; de modo que desvió la vista para contemplar el prodigio de Lepidóptero que aún sostenía entre las manos, sin acabar de creer que lo hubiesen conseguido por fin.

–Gracias por liberarme –susurró una voz aguda cerca de ella; Ladybug descubrió entonces a Nooroo flotando a su lado.

–Ojalá hubiésemos podido hacerlo antes –respondió ella, dirigiéndole una alentadora sonrisa; se volvió de nuevo hacia Gabriel Agreste, que seguía inmovilizado y amarrado en el suelo, con Cat Noir sentado sobre él–. Y ahora, ¿qué? –se preguntó en voz alta.

–Ahora esperaremos a la policía –respondió Cat Noir–. Si Coralie ha hecho lo que le pedí, no tardarán en llegar.

Ladybug se sorprendió.

–¿Coralie? ¿Has convencido a Fangirl para que traicione a Lepidóptero?

Él sacudió la cabeza.

–El propio Lepidóptero le retiró los poderes, al parecer.

Ladybug no dijo nada. Se quedó mirándolo, y Cat Noir le devolvió la mirada. Fue entonces consciente de que aún quedaban muchas cosas por explicar.

Se aclaró la garganta.

–Ladybug, yo... –empezó.

Pero en aquel momento se activó el sistema de seguridad y las pantallas metálicas se retiraron, dejando de nuevo las puertas al descubierto.

La mirada de Cat Noir se centró en el mando a distancia que su padre había dejado sobre la mesa y que nadie había tocado.

Entonces se abrió la puerta principal y entró Nathalie, muy alarmada.

–¿Qué está sucediendo aquí? ¡Oh, Dios mío! –exclamó al ver a su jefe tendido en el suelo, amarrado con la cuerda del yoyó de Ladybug e inmovilizado bajo el peso de Cat Noir–. ¿Qué ha pasado? ¿El señor Agreste ha sido akumatizado?

–El señor Agreste era el villano Lepidóptero –respondió Cat Noir; su voz carecía de emoción, como si estuviese recitando una lección aprendida, y Ladybug comprendió que era su forma de distanciarse de la dolorosa verdad–. Hemos hallado en el desván de esta casa pruebas de que se ocultaba allí para enviar los akumas a demonizar a los ciudadanos de París.

Ladybug lo miró con sorpresa. Aquello era nuevo para ella, pero si Cat Noir estaba en lo cierto resultaba un alivio. Porque de otra manera no tendrían modo de explicar por qué razón habían atacado al señor Agreste. Si no podían probar que él era Lepidóptero, muy probablemente la policía lo soltaría sin más, y él no tardaría en tratar de vengarse de ellos de alguna manera. Aunque ya no poseyera el prodigio, no dejaba de ser un hombre poderoso y encontraría la forma de hacérselo pagar.

Nathalie lanzó una exclamación de sorpresa y contempló a su jefe sin terminar de creer lo que estaba oyendo.

Justo entonces sonaron las sirenas de la policía, y Ladybug inspiró hondo.

¿Era posible que todo hubiese acabado por fin?


Momentos después, Ladybug contemplaba desde la puerta de la mansión cómo los policías se llevaban esposado a Gabriel Agreste. Todavía se sentía como en un sueño, sin poder creer que todo aquello hubiese sucedido de verdad.

Sintió entonces que Cat Noir se colocaba en silencio a su lado.

–¿Qué va a pasar ahora? –murmuró ella, oprimiendo contra su pecho el prodigio de Lepidóptero–. ¿Qué se supone que tenemos que hacer?

–Habrá que preguntarle a él –respondió Cat Noir.

Abrió las manos para mostrarle al pequeño kwami de color violeta acurrucado y profundamente dormido.

–¿Qué le pasa? –preguntó Ladybug en un susurro.

–Está agotado; creo que el hecho de haber sido esclavo de Lepidóptero durante tanto tiempo lo ha dejado sin fuerzas.

–Espero que se recupere.

–Yo también. –Dudó un momento antes de añadir–. Ladybug, yo... creo que voy a marcharme. No me siento con ánimos de responder a las preguntas de la policía, la prensa...

Ella lo comprendió de inmediato.

–Claro. No te preocupes, yo me encargaré. No tienes por qué pasar por esto.

Él le dirigió una larga mirada. Parecía que quería decir algo, pero no fue capaz.

Los dos se sentían extrañamente incómodos. Cat Noir sabía que Ladybug era su querida Marinette, pero le costaba trabajo hacerse a la idea al verla de nuevo con la máscara. Por otro lado, Ladybug deseaba abrazar a Cat Noir con todas sus fuerzas. Pero era también Adrián Agreste, y una súbita timidez la invadió por dentro.

–Gracias –logró decir él entonces.

Echó un vistazo al jefe de policía, que estaba interrogando a una muy afectada Nathalie, y retrocedió unos pasos cuando él le devolvió la mirada.

–Yo... lo siento, he de irme ya. Necesito estar solo.

Ella asintió y, ante la sorpresa de Cat Noir, le entregó el prodigio de Lepidóptero.

–Toma, llévatelo. Supongo que, cuando Nooroo despierte, te dirá qué debes hacer con él.

–Pero... pero... ¿por qué me lo das a mí? –acertó a decir él, abrumado–. Después de todo, soy el hijo de...

–Porque confío en ti –cortó ella, mirándolo a los ojos–. Siempre.

Cat Noir no supo qué decir. Tragó saliva, emocionado, y murmuró:

–Gracias, milady. Por todo.

–Gracias a ti, Cat Noir. Yo... si me necesitas..., si quieres hablar, yo... –empezó; pero se trabó y no fue capaz de continuar.

–¿Puedo ir a verte esta noche? –planteó él entonces.

Ladybug se mostró desconcertada. Cat Noir llevaba varias semanas visitándola todas las noches sin pedir permiso, porque a aquellas alturas ya no lo necesitaba. Pero él la estaba observando expectante, y ella comprendió entonces qué había cambiado: Marinette estaba saliendo con Cat Noir. Pero ahora sabía que se trataba de Adrián, y él necesitaba asegurarse de que aquella circunstancia no había cambiado la relación entre los dos.

Y fue entonces cuando Ladybug cayó en la cuenta de que llevaba varias semanas durmiendo junto a Adrián Agreste, y se puso roja como una cereza.

–Yo... yo... –balbuceó, sin saber qué más decir.

Se reprendió a sí misma por seguir perdiendo la compostura ante él. Pero no lo podía evitar.

Él detectó inmediatamente que se sentía incómoda, y un destello de desilusión asomó a sus ojos verdes.

–No pasa nada, no te preocupes –dijo sin embargo–. Lo entiendo. Te... te llamaré mañana y...

–No –cortó ella, tomándolo del brazo; tragó saliva–. Claro que puedes venir, gatito –dijo con suavidad–. Te estaré esperando.

Él sonrió y le devolvió una mirada repleta de cariño.

–¿Estás segura?

–Por supuesto. Y si... si necesitas contactar conmigo a lo largo del día por cualquier motivo... ya sabes dónde encontrarme.

Cat Noir sonrió de nuevo.

–Sí, ahora lo sé.

Se quedaron un momento callados, sin saber qué decirse y sin poder dejar de mirarse a los ojos. Ladybug quería abrazar a Cat Noir y besarlo allí mismo; pero, por alguna razón absurda, no sabía si tenía permiso para besar a Adrián Agreste. De hecho, una pequeña parte de su mente se sentía culpable por pensar en besar a Adrián porque estaba saliendo con Cat Noir. A pesar de que supiera ya que ambos eran la misma persona.

Por su parte, y hasta aquel mismo momento, Cat Noir había creído que se había tomado bastante bien la noticia de que Marinette era Ladybug.

Pero eso era porque se lo había dicho la propia Marinette. No obstante, ahora tenía enfrente a Ladybug y, a pesar de que ya conocía su verdadera identidad, aún le costaba verla como «su novia», por mucho que hubiese flirteado con ella en el pasado.

«Esto es muy raro», pensó. Ladybug había resultado ser su novia y Lepidóptero había resultado ser su padre. Sacudió la cabeza, confuso, creyendo por un momento que todo lo que había vivido en las últimas horas no había sucedido en realidad; que en cualquier momento despertaría y descubriría que todo había sido un sueño, que Marinette y Ladybug seguían siendo dos personas diferentes y Lepidóptero era un villano desconocido que no tenía nada que ver con Gabriel Agreste.

–Cat Noir, ¿te encuentras bien? –le preguntó entonces Ladybug, un poco preocupada.

Él se perdió un momento en la mirada de sus ojos azules.

–Sí, yo..., solo necesito pensar –acertó a responder por fin.

Apartó la vista y se dio cuenta entonces de que el jefe de policía se acercaba a ellos.

–Ya hablaremos –murmuró.

–Ladybug –saludó el policía muy serio–. Hemos detenido a Gabriel Agreste en base a vuestras acusaciones, pero espero que tengáis manera de demostrarlas.

La heroína asintió. Aunque ella no había estado en la guarida de Lepidóptero, Cat Noir le había dicho cómo llegar hasta ella.

–Acompáñeme y se lo mostraré –lo invitó.

Se volvió hacia su compañero, pero él ya se había marchado.


NOTA: ¡Ya nos acercamos al final! Calculo que faltan uno o dos capítulos más, depende de lo que tarde en escribir todo lo que estos dos tienen que decirse aún. Soy consciente de que no ha sido una gran batalla final ni ha habido una escena de acción especialmente brillante, pero he preferido que llegaran hasta Lepidóptero a través de su identidad civil porque me parecía una estrategia más inteligente que enfrentarse a él con todos sus poderes (aparte de que no sabemos cómo lucha Lepidóptero porque hasta ahora se ha limitado a enviar a "minions" a hacer el trabajo sucio en su lugar). Por otra parte, si Lepidóptero es Gabriel Agreste, tengo la sensación de que el impacto emocional sobre Cat Noir/Adrián prevalecería sobre la pelea en sí.

No sé. Son muchas incógnitas todavía. Esperamos que las resuelvan en la temporada 2 pero, mientras tanto, solo podemos teorizar :P.

¡Gracias por leer!