El parto de Lola era difícil, su mujer resultó ser fértil, increíblemente fértil solo que había una única duda: no sabía si de verdad ese niño que iba a venir en ese hermoso día soleado era en verdad suyo o de Francisco. Estaba harto de ser señalado por la corte, de ser la burla de todos. Pero también estaba consciente de que Francisco no pudo haber planeado mejor su venganza: Dejarlo salir de una cárcel apestosa como La Bastilla para después casarlo con la dama de la mujer que aún seguía amando con todas sus fuerzas. Porque si algo había sido cierto de todo ese mar de mentiras en el que se veía inmerso era que él Luis de Condé amó, amaría y amaba profundamente a María Estuardo.

Habría querido ser un poco más valiente e irse con ella a Escocia como planearon al principio pero ya como iban de avanzadas las circunstancias sabía que ya no había vuelta de papel. Únicamente quedaba seguir adelante con lo poco que quedaba de su orgullo en alto. Un último grito más fuerte que los anteriores se escuchó por todo el pasillo. Seguido de ello múltiples llantos se dejaron escuchar dentro de la puerta.

Como cada que se embarazaba Lola y cada que terminaban los partos era inevitable que la emoción le corrompiera cada parte del ser, tal vez en un rincón de su mente estaba seguro de que cada semilla que plantaba dentro del cuerpo de Lola era suya. Para prueba el parto gemelar anterior conforme fueron pasando los meses se había dado cuenta de múltiples parecidos con su familia. Eso le hacía detestarla un poco menos.

Finalmente se adentró en la habitación de su mujer y en efecto nuevamente había sido un parto gemelar dos hombrecitos. Que no dejaban de berrear con buen pulmón. En medio de la cama ya cambiada de sábanas estaba la madre observando triunfante sus nuevos y pequeños retoños.

—¿Cómo te sientes?

Era más que obvio se veía pálida, ojerosa y acabada los partos siempre terminaban cansándola pero a los tres días siempre estaba como nueva. Esa mujer era fuerte tanto de cuerpo como de mente.

—Como siempre, cansada pero feliz.—una sonrisa le iluminó el rostro al ver a los niños que dormían tranquilos en sus brazos.—¿Y tu? Con sospechas, ¿Cierto?

Si era cierto, no obstante trataba de pensar en otras cosas, en otros detalles por ejemplo en la invasión de Montmercy a Francia con un ejército protestante. Parecía que la guerra civil entre protestantes y católicos iba a azotar nuevamente Francia con puño de hierro, no bastaba el hecho de saber que todos los súbditos del rey tenían permiso de adorar al Dios que quisieran. Siempre habría fanáticos como Montmercy que echaran a perder el buen avance de la situación.

Ahora Francisco estaba armando un ejército lo bastante fuerte para ir a su encuentro, y se encontraba con que quién lideraría tales tropas en nombre de su majestad. Sería él. Lo peor del asunto era que cuando se enteró tuvo un terrible presentimiento, parecía que esa era la última vez que vería a Lola y a los niños.

—¿Te preocupa Montmercy verdad?

Los ojos de Lola se posaron sobre los suyos, se les veía claramente preocupados.

—Te juro que hice cuanto estuvo en mis manos para evitar que Francisco te diera ese nombramiento.

Sin embargo, él negó.

—Sabemos que tu siempre has sido objeto de deseo para Francisco, cuando no me he interpuesto yo, se ha interpuesto su nueva esposa escocesa. Va a acabar conmigo Lola. Está decidido a barrer estorbos de una vez por todas.

Ante tales confesiones era natural que su joven esposa escocesa se sintiera intimidada. Tal vez, que las culpas que por meses se había encargado de enterrar volvieran a ella con el fin de atormentarla un poco justo como hacían con él.

Lola por su parte recordó que siempre había anhelado el amor, no el amor arrebatado, egoísta y pasional que Francisco le ofrecía cada vez que pasaba por sus sábanas sino el amor romántico que solamente pudo tener con aquel muchacho que viajó a Francia por ella. Y en medio de intrigas por parte de Catalina de Médicis perdió la vida tratando de deshonrar a María para que no se casara con Francisco.

Pero, justo como le dijo a Leith el día en que ambos se encontraron frente las tumbas blancas de Greer y Kenna en la vida para triunfar se necesitaba sacrificar algo, ella había sacrificado la oportunidad de enamorarse; de sentir vibrante un amor que pudiera arrasarla. Cambió todo eso por el poder que Francisco le daba a cambio de que se acostara con él diez noches.

No obstante se revelaba ante la sola idea de que tal vez quisiera deshacerse de Luis para estar libremente con ella.

Simplemente no lo concebía.

—Volveré a hablar con Francisco, verás cómo no te vas a la guerra como temes.

Luis negó.

—El caso es Lola.—se humedeció los labios con la lengua—Que quiero ir.

Fue entonces cuando ella comprendió que de verdad todo estaba perdido. Francisco había pujado con fuerza.

—¿Vas a dejarte vencer?

—¿Que remedio me queda?

—Tal vez suene hipócrita, pero ¿Y los niños?

—A ellos les sabrás educar tu. Siempre quisiste ser reina Lola, lo sabías y al mismo tiempo le tenías miedo a la idea de verte coronada.

Si habría de ser sincera consigo misma. Luis tenía razón quizás en el fondo de ella siempre ambicionó la corona de consorte solo que era demasiado cobarde para admitir cuán bajas eran sus propias ambiciones, tan mundana era, que se conformó con representar el papel de una nueva Diana de Poitiers sin imaginar siquiera que estaba siendo una reina sin corona precisamente.

(...)

Monsieur Montmercy tenía puesto su campamento en Dreux no terminaban de convencerlo las prácticas liberales de Francisco de Valois pensó que al tener una reina a medias de religión protestante como Elizabeth Burson, Francisco renegaría de su fé católica y por supuesto del papa. Pero sufrió gran desengaño al notar que el rey seguía siendo tan católico como siempre, un canalla, un simple títere papista en el trono no era lo que él y sus allegados habrían deseado.

Los De Guisa siempre fueron enemigos de los suyos sin embargo ahora la enemistad estaba sobre los pendencieros Borbón. Contra Luis, que con tal de recuperar sus títulos de nobleza agachó la cabeza para permitir que lo casaran con una escocesa de cascos livianos como era esa lady Lola y contra Antonio por lo débil que era de carácter, prefería al igual que su hermano Luis ganarse el favor de Francisco a base de lamisconerías. Orgulloso miraba a sus hombres en sus tiendas de campaña todos ellos prepárandose para la batalla que tendría lugar en cuestión de días.

Todo era cuestión de esperar las respuestas de su carta que mandó al líder del ejército de Francisco: precisamente Luis de Condé. Cuando se metió de nuevo en su tienda lo estaba esperando la hermosa Madeleine una mujercita bella como un amanecer, de ojos verde musgo y cabellos negros como la noche. Madeleine su joven amante caminó hacia él con una sonrisa en los labios y un par de copas en las manos. Confiado tomó la de la mano izquierda precisamente la que tenía unas cuantas gotas de veneno que para ser exactos era cicuta.

Madeleine servía dentro del escuadrón volante de Catalina de Médicis estaba con Montmercy por orden de la propia reina madre y del rey se encargó de seducir al viejo Montmercy, el error del general fue creer en sus palabras dulzonas. Esa misma tarde iba a morir pensando en que podría obtener una victoria para su causa.

La muchacha se quedó expectante viendo como su acompañante poco a poco comenzaba a doblarse; se ponía las manos en el vientre y en el cuello. Aunque la escena era un tanto tétrica Madeleine lo disfrutaba. Aunque iba a extrañar un poco los mimos con los que el general la agasajaba. El hombre anduvo hasta ella dando sendos traspiés.

Pues poco tiempo tardó en descubrir que ella su amante,era una servidora más de aquel miserable Valois que no tenía el coraje para enfrentarse del todo a España. Los ojos de Montmercy comenzaron a cerrarse luego de haber sufrido terribles convulsiones en el piso, Madeleine miró todo, procuró grabarse cada gesto del gentil hombre pues tenía órden directa de la reina madre de reproducir cada detalle de su muerte.

Sin omitir nada, fueron tales sus últimas instrucciones.

(...)

Tras dos meses de tortuoso viaje a travéz del mar Francis estaba nuevamente en Escocia, fue recibido en Stirling el castillo en el cual nacía su primera esposa María. Siempre le fue tétrico, nunca le gustaron las miradas de aquellos hombres y mujeres de hoscos gestos. Mientras avanzaba hasta el castillo se iba fijando en los rostros que se angolomeraban en las calles para saludar al rey de la reina Elizabeth un muchacho gallardo, de ojos azules, tez blanca y cabellos rubios un gentil hombre de esos perfumados. Que usaban la espada que llevaba al costado derecho de la cintura más de adorno que de arma de defensa.

Al verle pasar frente a ellos regio con toda su majestad encima se ponían a cuchichear y entonces, Francis los aborrecía con ganas eran los súbditos de su esposa más no los suyos.

Jamás lo fueron.

Y jamás lo serían los odiaba a muerte y el odio era recíproco.

Pero aún cuando no se soportaban debían aguantarse tanto al rey como a los vasallos escoceses y viceversa. Conforme iba avanzando el rey procuraba no mirarles a los ojos para Francis esos hombres de las montañas del aire gélido eran quimeras que le revolvían las tripas nada más verles los ojos.

Avanzaba pesarosamente en medio del colosal silencio de las calles en Francia era vitoreado, más amado que un mismísimo de Guisa pero en Escocia la gente necesitaba a quién amar y a quién odiar justo escogieron amar a Elizabeth y odiarlos a María Estuardo junto con él.

Regresó solamente por insistencias de su madre si por él hubiese sido se habría quedado el resto del año en Francia no obstante Catalina de Médicis, la reina regente le hizo una promesa que le pareció jugosa: se desharía de Luis de Condé haría de Lola una viuda respetable.

Pero mientras él estuviera casado con Elizabeth siempre sería un estorbo, Lola sería la nueva Diana de Poitiers mientras que Elizabeth recaería en el papel de su madre.

Las puertas del castillo se abrieron, a pesar de no ocupar el trono del país formalmente el águila de los Burson adornaba cada balcón del mismo los heraldos hicieron sonar las trompetas y el mayordomo al cargo estaba en la puerta principal para recibirlo.

—Majestad—inclinó la cabeza a modo de saludo Francis no tenía en buena estima a Thomas Ohara, pero reconocía que el hombre le debía un que otro favor.—La reina está esperando.

Ya sabía a lo que iba en Francia Elizabeth era su reina, la encargada de darle un hijo varón pero en Escocia él hacía el papel de semental cosa que no le agradaba mucho.

—Gracias Thomas, no, no te esfuerces en mostrarme el camino lo conozco perfectamente quiero que sea sorpresa.