36
—Lo siento, señora. Éste es el Tony's Place. No conozco a ningún Felix Moretti.
—¡Espere! —gritó Bella—. ¡No cuelgue! —trató de calmar su voz. Esto es urgente. Yo soy… una amiga de él. Me llamo Bella Swan. Necesito hablar con él ahora mismo.
Le dio el número de teléfono. Bella había empezado a tartamudear tanto que casi no podía hablar.
—Déle mi nombre y este número de teléfono.
—Mire, señora, ya le dije…
—Dí-di-dígale a-a él…
Le cortaron la comunicación.
Aturdida, Bella colgó el teléfono. Volvía a una de sus dos anteriores posibilidades. O las dos. No había ninguna razón para que Marco Di Silva y el FBI no unieran sus fuerzas y trataran de encontrar a Joshua. Lo que la estaba volviendo loca era que sabía las pocas posibilidades que tendrían de encontrar a Frank Jackson. No había tiempo. Lea los periódicos de mañana. En sus últimas palabras hubo algo de definitivo que hizo que Bella estuviera segura de que no iba a volver a llamarla, para no darle a nadie la posibilidad de seguirle la pista. Pero tenía que hacer algo. Debía intentar con Di Silva. Otra vez buscó el teléfono. Cuando lo tomaba empezó a sonar, alarmándola.
—Soy FelixMoretti.
—¡Felix! ¡Oh Felix ayúdeme por favor! yo… —empezó a llorar sin control. Dejó caer el teléfono, luego lo tomó rápido, aterrada de que él hubiera colgado—. ¿Felix?
—Estoy aquí. —Su voz era calma. —Conténgase usted misma y dígame qué es lo que anda mal.
—Yo… Yo… —Respiró profunda y rápidamente tratando de no tartamudear—. Es mi hijo Joshua. Lo secuestraron. Lo van a… matar.
—¿Sabe quién se lo llevó?
—Sí. Su no-nombre es Fr-Frank Jackson —su corazón le saltaba adentro del pecho.
—Cuénteme qué pasó. —Su voz era tranquila y daba confianza.
Bella se esforzó en hablar despacio, detallando la secuencia de lo ocurrido.
—¿Podría describir a Jackson?
Bella trajo a su mente la imagen de Jackson. Trasladó la imagen a las palabras y Felix le dijo:
—Lo está haciendo muy bien. ¿Sabe dónde cumplió la condena?
—En Joliet. Me dijo que él va a matar…
—¿Dónde queda la estación de servicio en donde trabajaba?
Le dio la dirección.
—¿Sabe el nombre del motel donde estaba parando?
—Sí. No —no podía recordar. Se clavó las uñas en el cuero cabelludo hasta que empezó a sangrar, forzándose a sí misma a pensar. Moretti esperaba con paciencia.
De golpe recordó.
—Es el Travel Well Motel. Es en la Décima Avenida. Pero estoy segura de que no está allí ahora.
—Ya veremos.
—Quiero que mi hijo regrese vivo.
Felix Moretti no contestó y Bella entendió la razón.
—¿Si encontramos a Jackson…?
Bella respiró temblorosa y profundamente.
—¡Mátenlo!
—Quédese al lado del teléfono.
Se cortó la comunicación. Bella colgó el teléfono. Se sentía extrañamente calma, como cuando algo ya se ha llevado a cabo. No había ninguna razón para sentir la confianza que ella tenía en Felix Moretti. Desde un punto de vista lógico, había hecho una locura, algo salvaje, pero la lógica no tenía nada que ver con esto. Era la vida de su hijo la que estaba en peligro. Deliberadamente había enviado a un asesino para que atrapara a otro asesino. Si no tenía resultado… Pensó en la niñita cuyo cuerpo había sido violado y sodomizado.
Bella fue a atender a la señora Mackey. Se ocupó de sus heridas y la hizo acostar. Bella le ofreció un sedante, pero lo rechazó.
—No podría dormir —lloró—. ¡Oh, señora Swan! Le dio pastillas para dormir a Joshua.
Bella la miró horrorizada.
Felix Moretti estaba sentado en su escritorio enfrentando a los siete hombres que había mandado llamar. Ya les había dado instrucciones a tres de ellos.
Se dirigió a Thomas Colfax.
—Tom, quiero que use sus conexiones. Vaya y vea al capitán Notaras y haga que maneje todo el asunto de Frank Jackson. Quiero todo lo que de él sepa.
—Estamos gastando una buena conexión, Felix. Yo no creo…
—¡No discuta! Simplemente hágalo.
—Muy bien —contestó Colfax secamente.
Felix se volvió hacia Alec Vito.
—Controla la estación de servicio donde Jackson trabajaba. Averigua si andaba por los bares de allí cerca, si tenía amigos.
A Laurent Fiore y a James Colella les dijo:
—Vayan al motel de Jackson. Seguramente ya se fue, pero quiero saber si anduvo con alguien. Quiero saber quiénes eran sus compañeros —miró su reloj—. Es medianoche. Les doy ocho horas para encontrar a Jackson.
Los hombres se detuvieron afuera.
Felix les dijo:
—No quiero que le pase nada al chico. Llámenme. Estaré esperando.
Feleix Moretti los miró irse, después tomó uno de los teléfonos de su escritorio y empezó a marcar un número.
Una de la madrugada:
El cuarto del motel no era muy grande pero era muy lindo. A Jackson le atraían las cosas de buen gusto. Sentía que era por haber sido educado correctamente. Las cortinas estaban bajas y cerradas así nadie podía ver dentro del cuarto. La puerta estaba cerrada con llave y además había puesto la cadena. Se acercó a la cama donde estaba Joshua. Frank Jackson había introducido por la fuerza tres pastillas para dormir en la garganta del niño y todavía seguía durmiendo. Sin embargo, Jackson se enorgullecía de ser un hombre que no corre riesgos, las manos y los pies de Joshua estaban atados juntos y con fuerza con el mismo alambre que había usado para la anciana en la casa. Jackson miró al niño dormido y se sintió invadido por la melancolía.
¿Por qué en nombre de Dios, la gente lo forzaba a hacer cosas terribles? El era un hombre amable, pacífico, pero cuando todo está en contra de ti, cuando todos te atacan, tienes que defenderte. El problema con todos era que siempre lo subestimaban. Se equivocaban al darse cuenta demasiado tarde de que él era el más inteligente de todos ellos.
Sabía que la policía vendría a buscarlo media hora antes de que llegaran. Estaba llenando el tanque de un Chevrolet Cámaro y vio a su patrón dirigirse a la oficina para contestar el teléfono. Jackson no podía oír la conversación, pero no era necesario. Vio las miradas de reojo que le dirigía su patrón y que susurraba por teléfono. Frank Jackson supo inmediatamente qué era lo que sucedía. La policía vendría por él. La puta de la Swan lo había traicionado diciéndole a la policía dónde podían buscarlo.
Ella era como todos los demás. Su patrón todavía hablaba por teléfono, cuando Frank Jackson buscó su chaqueta y desapareció. Le llevó menos de tres minutos encontrar un auto abierto en la calle, lo hizo andar y unos momentos después estaba en camino a la casa de Bella Swan.
Jackson realmente tenía que admirar su propia inteligencia. ¿A quién se le hubiera ocurrido seguirla para saber dónde vivía? Lo había hecho el día que lo sacó bajo fianza. Había estacionado en la vereda de enfrente de la casa y se sorprendió cuando Bella fue recibida por un niñito. Los había mirado a los dos juntos y sentido entonces que el chico podría servirle. Era una inesperada bonificación, lo que los poetas llaman un rehén del destino.
Jackson se rió para sí mismo de lo aterrorizada que estaba la vieja bruja del ama de llaves. Había gozado retorciendo el alambre en sus brazos y piernas. No, no había gozado en realidad. Estaba siendo demasiado duro consigo mismo. Había sido necesario. La mujer había creído que la iba a violar. Le desagradó. Todas las mujeres le disgustaban, excepto su santa madre. Las mujeres eran sucias, impuras, el mismo nivel para una prostituta que para una hermana. Los únicos puros eran los chicos.
Pensó en la última niñita que había tenido. Era preciosa, con largos rulos rubios, pero tenía que pagar por los pecados de su madre. Su madre había sido la culpable de que echaran a Jackson de su trabajo. La gente trata de impedir que uno se gane la vida con honestidad y después se queja si uno rompe sus estúpidas leyes. Los hombres eran bastante malos, pero las mujeres eran peores. Cerdas que tratan de mancillar el templo de tu cuerpo. Como esa camarera, Clara, que él iba a llevar a Canadá. Estaba enamorada de él. Creyó que era un caballero porque nunca la había tocado. ¡Si supiera! La idea de hacer el amor con ella lo descomponía. Pero se la iba a llevar con él fuera del país porque la policía estaría buscando a un hombre solo. Debería afeitarse la barba y recortarse el cabello y cuando atravesara la frontera se libraría de Clara. Eso le daría un gran placer.
Frank Jackson se acercó a una castigada valija de cartón que estaba en el estante para el equipaje, la abrió y sacó de ella un juego de herramientas. De allí apartó un martillo y clavos. Los dejó en la mesa de noche próxima a la cama donde dormía el niño. Después fue al baño y levantó dos latas de nafta que estaban en la bañera. Las llevó al dormitorio y las coloco en el piso. Joshua se iría entre llamas. Pero eso sería después de la crucifixión.
Dos de la madrugada:
A través de Nueva York y por todo el país la noticia se había expandido. Se detenía en bares y en lugares de mala muerte. Una palabra prudente aquí y allí estallaba en un ansioso escucha. Salía paulatinamente y se desparramaba por restaurantes baratos y ruidosas discotecas y en los puestos de diarios abiertos toda la noche. Era atrapada por taxistas y camioneros y las chicas que trabajan a medianoche por las calles. Era como un guijarro arrojado en un lago profundo y oscuro; las aguas que empezaban a agitarse se expandían. Dentro de un par de horas todos sabrían en la calle que Felix Moretti quería cierta información y que la quería rápido. No eran muchos los que tenían la oportunidad de hacerle un favor a FelixMoretti. Para alguno era la oportunidad dorada, porque Moretti era un hombre que sabía demostrar su agradecimiento. La palabra era que estaba buscando a un tipo rubio y flaco que parecía Jesús. La gente empezaba a revisar en sus recuerdos.
Dos y cuarto de la madrugada:
Joshua Edward Swan se revolvía inquieto en su sueño y Frank Jackson se acercó a su lado. Todavía no le había sacado el pijama. Jackson controló para estar seguro de que el martillo y los clavos estaban en su lugar y preparados. Era importante ser cuidadoso en esas cosas. Iba a clavar las manos y pies del niño en el piso antes de incendiar el cuarto. Lo podría hacer mientras el niño dormía, pero eso habría estado mal. Era importante que el niño estuviera despierto para que viera lo que pasaba, que supiera que era castigado por los pecados de su madre. Frank Jackson miró la hora en su reloj. Clara iba a ir a recogerlo al motel a las siete y media. Cinco horas y quince minutos. Tiempo de sobra.
Frank Jackson se sentó y observó a Joshua, y una vez más lanzó una mirada tierna y distraída al suave pelo del niño.
Tres de la madrugada:
La primera de las llamadas telefónicas llegó.
En el escritorio de Felix Moretti había dos teléfonos, y parecía que en cuanto atendía uno el otro empezaba a sonar.
—Tengo algo sobre el tipo, Felix. Hace un par de años trabajó en Kansas City con Joe Ziegler y Mel Cohén.
—Me cago en lo que hizo hace un par de años. ¿Dónde está ahora?
—Big Joe dice que no sabe nada de él desde hace unos seis meses. Estoy tratando de pescar a Mel Cohén.
—¡Hazlo!
El siguiente llamado tampoco fue productivo.
—Fui al cuarto de Jackson en el motel. Ya se había ido. Llevaba una valija marrón y dos latas que podrían contener nafta. El conserje no tiene idea de adonde pudo haber ido.
—¿Y en los bares del vecindario?
—Uno de los barman reconoció la descripción, pero dijo que no iba regularmente. Fue dos o tres veces después del trabajo.
—¿Solo?
—Por lo que dijo el barman sí. No parecía interesado en las chicas.
—Controla en los bares de homosexuales.
El teléfono sonó casi al mismo tiempo que Felix cortaba. Era Laurent Fiore.
—Colfax habló con el capitán Notaras. Entre los efectos personales de Frank Jackson la policía tiene una boleta de empeño. Tengo el número de la papeleta y el nombre de la casa de empeños. El dueño es un griego, Gus Stavros que trafica con piedras robadas.
—¿Fuiste a controlar?
—No podemos hacerlo hasta mañana, Felix. El lugar está cerrado. Yo…
Moretti estalló:
—¡No podemos esperar hasta mañana! ¡Muévete de una vez!
Hubo una llamada desde Joliet. Para Felix fue difícil el poder entender la conversación, porque el que lo llamaba tenía una laringeotomía y su voz sonaba como si saliera desde el fondo de una caja.
El compañero de celda de Jackson era un hombre llamado Mickey Nicola. Eran muy unidos.
—¿Tiene alguna idea de dónde puede estar Nicola ahora?
—Lo único que supe es que había vuelto a algún lugar del este. Es amigo de la hermana de Jackson. No tenemos la dirección de ella.
—¿Por qué estaba Nicola allí?
—Lo atraparon en un asalto a mano armada en una joyería.
Tres y treinta de la madrugada:
La casa de empeños estaba situada en la parte española de Harlem, en la Segunda Avenida y la calle 124. Estaba en un desagradable edificio de dos pisos con el negocio abajo y la parte de vivienda arriba.
Gus Stavros se despertó con una luz brillante en su cara. Instintivamente empezó a buscar el timbre de alarma al costado de su cama.
—Yo no lo haría —dijo una voz.
La luz de la linterna se movió y Gus Stavros se sentó en la cama. Miró a los dos hombres a cada lado de su cama y supo que le habían dado un buen consejo. Un gigante y un enano. Stavros pudo sentir que le venía un ataque de asma.
—Vayan abajo y tomen todo lo que quieran —jadeó con dificultad—. No pienso moverme.
El gigante, James Colella, dijo:
—Levántate. Despacio.
Gus Stavros se levantó de su cama, cuidando de no hacer ningún movimiento precipitado.
El hombrecito, Laurent Fiore, le puso un pedazo de papel delante de la nariz.
—Éste es el número de una boleta de empeño. Queremos ver la mercadería.
—Sí señor.
Gus Stavros se dirigió hacia abajo, seguido por los dos hombres. Stavros había instalado un complicado sistema de alarma sólo seis meses atrás. Había campanas que podría haber apretado y lugares secretos en el piso que podría haber pisado y la ayuda ya estaría en camino. No hizo ninguna de esas cosas porque su instinto le decía que podría morir antes de que llegara alguien a rescatarlo. Sabía que su única posibilidad consistía en dar a los dos hombres lo que querían. Por lo único que rezaba era para no morir de un maldito ataque de asma antes de librarse de ellos.
Prendió las luces y se trasladaron a la parte delantera del negocio. Gus Stavros no tenía idea de lo que pasaba, pero sabía que podría haber sido peor. Si esos hombres hubieran ido simplemente a robarle, podrían haber limpiado el negocio y haberse ido.
Parecía que sólo estaban interesados en una pieza de su mercadería. Se preguntaba cómo habían pasado las complicadas y nuevas alarmas de las puertas y ventanas, pero decidió no preguntar nada.
—Mueve el culo —dijo James Colella.
Gus miró de nuevo el número de la boleta y empezó a buscar en sus fichas.
Encontró lo que estaba buscando, movió la cabeza satisfecho y se dirigió a la puerta de entrada de una gran bóveda de seguridad, la abrió, con los dos hombres pisándole los talones. Stavros miró a lo largo de un estante hasta que encontró un pequeño sobre. Volviéndose a los dos hombres abrió el sobre y sacó un anillo de diamante que brillaba bajo las luces.
—Éste es —dijo Gus Stavros—. Le di quinientos dólares por él. —El anillo debía de costar por lo menos veinte mil dólares.
—¿Le diste quinientos a quién? —preguntó el pequeño Laurent Fiore.
Gus Stavros se encogió de hombros.
—Cien clientes caen acá por día. El nombre en el sobre dice John Doe.
Fiore sacó de algún lado un pedazo de caño de plomo y golpeó salvajemente la nariz de Gus Stavros. Cayó al suelo gritando de dolor, ahogándose en su propia sangre.
—¿Quién le trajo esto? —preguntó tranquilamente Fiore.
Luchando por respirar Gus Stavros jadeaba.
—No sé su nombre. No me lo dijo. ¡Lo juro por Dios!
—¿Qué aspecto tenía?
La sangre entraba por la garganta de Gus Stavros tan rápido que apenas podía hablar. Estaba empezando a desmayarse, pero sabía que si lo hacía antes de hablar, nunca más volvería a despertarse.
—Déjeme pensar —suplicó.
Stavros trataba de aclarar su mente, pero estaba tan confundido por el dolor que le resultaba difícil. Se forzó a sí mismo para recordar al cliente que entraba al negocio, sacando el anillo de una caja y mostrándoselo a él. Se estaba acordando.
—Él… era esa clase de rubios muy flacos —se ahogó por la sangre—. Ayúdenme a levantar.
Laurent Fiore le pateó las costillas.
—Sigue hablando.
—Tenía barba, una barba rubia…
—Cuéntanos sobre la piedra. ¿De dónde provenía?
Incluso con su terrible dolor, Gus Stavros dudó. Si hablaba, más tarde sería un hombre muerto. Si no lo hacía moriría ahora. Decidió posponer su muerte lo más lejos posible.
—Provenía de un trabajo en Tiffany.
—¿Quién más estaba en el trabajo con el tipo rubio?
Gus Stavros estaba teniendo dificultades para respirar.
—Mickey Nicola.
—¿Dónde podemos encontrar a Nicola?
—No sé. Él… él vive con su amante, una chica de Brooklyn.
Fiore extendió un pie y golpeó la nariz de Stavros. Éste gritó de dolor.
—¿Cómo es el nombre de la tipa? —preguntó James Colella.
—Jackson. Blanche Jackson.
Cuatro y treinta de la madrugada:
La casa estaba alejada de la calle, rodeada de una cerca de estacas blancas y un jardín muy cuidado en el frente. Laurent Fiore y James Colella pasaron sobre las flores y se dirigieron a la puerta de atrás. Les llevó menos de cinco segundos abrirla. Entraron y se dirigieron hacia la escalera. Desde el dormitorio de arriba les llegaban los ruidos de una cama que crujía y las voces de un hombre y una mujer. Los dos hombres sacaron las armas y subieron las escaleras sin hacer ruido.
La voz de la mujer estaba diciendo:
—¡Oh Dios! ¡Eres maravilloso Mickey!
—Soy todo para ti, querida, todo entero. Espera un poco.
—Oh, no puedo —gimió la mujer.
Levantó los ojos y gritó. El hombre se dio vuelta. Iba a buscar debajo de la almohada pero cambió de idea.
—Muy bien —dijo—. Mi billetera está en los pantalones sobre la silla. Sáquenla y váyanse a la mierda. Estoy ocupado.
—No queremos tu billetera, Mickey —dijo Laurent Fiore.
La ira en el rostro de Mickey Nicola se transformó en algo más. Se sentó en la cama, moviéndose con cuidado, tratando de explicarse lo que pasaba. La mujer había subido las sábanas sobre su pecho, y su cara era una combinación de ira y terror.
Nicola dejó colgar con cuidado sus pies a un costado de la cama, sentándose en el borde, listo para levantarse. Estaba mirando a los dos hombres, esperando una oportunidad.
—¿Qué es lo que quieren?
—¿Trabajaste con Frank Jackson?
—Váyanse a la mierda.
James Colella se volvió hacia su compañero.
—Dispárale en las pelotas.
Laurent Fiore preparó su revólver y apuntó.
Mickey Nicola gritó:
—¡Esperen un minuto! ¡Ustedes deben de ser locos! —miró a los ojos del hombrecito y dijo rápido—. Sí. Trabajé con Jackson.
La mujer gritó enojada.
—¡Mickey!
Él se volvió furioso.
—¡Cierra el pico! ¿Crees que quiero ser un padrillo castrado?
Laurent Fiore se dirigió a la mujer.
—¿Usted es la hermana de Jackson, no?
La mujer se enfureció.
—Nunca oí hablar de él.
Fiore gatillo el revólver y se acercó más a la cama.
—Tiene dos segundos para hablar o quedará desparramada por la pared.
Algo en la voz del hombre la dejó rígida. Él levantó el revólver y la sangre se retiró del rostro de la mujer.
—Dile lo que quiere saber —gritó Mickey Nicola.
El revólver se apretó contra el pecho de la mujer.
—¡No! ¡Sí, Frank Jackson es mi hermano!
—¿Dónde podemos encontrarlo?
—No sé. No lo veo. ¡Les juro por Dios que no lo sé! Yo… Los dedos del hombre jugaban con el gatillo.
La mujer gritó:
—¡Clara! ¡Clara debe saber! ¡Pregúntele a Clara!
—¿Quién es Clara? —preguntó James Colella.
—Ella es… ella es una camarera que Frank conoce.
—¿Dónde podemos encontrarla?
Esta vez no hubo vacilaciones. Las palabras salían solas.
—Trabaja en un bar llamado The Sharkers en Queens —el cuerpo de la mujer empezó a temblar.
Laurent Fiore miró a los dos y les dijo amablemente:
—Pueden volver a fornicar. Que tengan un buen día.
Y los dos hombres se retiraron.
Cinco y treinta de la mañana:
Clara Thomas (née Thomachevsky) estaba por cumplir el sueño de su vida. Se arrullaba alegremente a sí misma mientras llenaba la valija de cartón con las ropas que iba a necesitar en Canadá. Había hechos viajes con amigos antes, pero éste era diferente. Iba a ser su viaje de luna de miel. Frank Jackson no era como los hombres que había conocido. Los hombres que iban al bar, la manoseaban y le pellizcaban las nalgas, ésos no eran más que animales. Frank Jackson era diferente. Era un verdadero caballero. Clara se detuvo en lo que estaba haciendo para pensar en esa palabra caballero, gentil hombre. Nunca lo había pensado de esa manera; pero eso era Frank Jackson. Lo había visto sólo cuatro veces en su vida, pero sabía que estaba enamorada de él. Podía decirse que él se había sentido atraído desde el principio, porque siempre se sentaba en su lugar. Y después de la segunda vez la había acompañado a su casa cuando cerraron el bar.
Todavía debo de tener algo, pensó Clara con presunción, si puedo conseguir un joven buen mozo como éste. Dejó de empacar y caminó hasta el espejo del armario para mirarse. Quizás estaba un poquito gorda y su pelo estaba demasiado rojo, pero una dieta se encargaría de los kilos de más y podía ser más cuidadosa la próxima vez que se tiñera el pelo. Teniendo en cuenta todo, no estaba demasiado disconforme con lo que vio. La vieja yegua todavía tiene su presencia, se dijo para sí. Sabía que Frank Jackson quería acostarse con ella, a pesar de que nunca la había tocado. Era realmente especial. Había algo casi —Clara frunció las cejas buscando la palabra— espiritual en él. Clara se había educado como una buena católica y sabía que era sacrílego pensar una cosa así, pero Frank Jackson le hacía acordar un poco a Jesús. Se preguntaba cómo sería en la cama. Bueno, si era tímido, le enseñaría una o dos trampitas. Le había dicho que se casarían en cuanto llegaran a Canadá. Su sueño iba a ser verdad.
Clara miró su reloj y decidió que era mejor apurarse. Había prometido a Frank que lo recogería en su motel a las siete y media.
Los vio en el espejo mientras caminaban entrando a su dormitorio. Habían aparecido desde ninguna parte. Un gigante y un enanito. Clara observó a los dos que se le acercaban.
El hombre grande miró su valija.
—¿A dónde vas, Clara?
—No es asunto tuyo. Tomen lo que quieran y váyanse de aquí. Si encuentran en esta inmundicia algo que cueste más de diez billetes, me lo comeré.
—Yo tengo algo que puedes comer —dijo el gigante Colella.
—Eso es cosa de ustedes, chicos —contestó bruscamente Clara—. Si este trabajo es una violación, quiero que sepan que el médico me está tratando porque tengo gonorrea.
—No queremos hacerte daño —dijo Laurent Fiore—. Sólo queremos saber dónde está Frank Jackson.
Pudieron ver el cambio que se produjo en ella. Su cuerpo de golpe se puso rígido y la cara se le convirtió en una máscara.
—¿Frank Jackson? —había una nota de profundo desconcierto en su voz—. No conozco ningún Frank Jackson.
Laurent sacó el caño de plomo de su bolsillo y dio un paso hacia ella.
—No me vas a asustar —le dijo Clara—. Yo…
El brazo del hombre le cruzó la cara y en medio del dolor que la enceguecía, pudo sentir sus dientes desmenuzarse como pequeños granos de arena. Abrió la boca para hablar y le empezó a salir sangre. El gigante levantó el caño de nuevo.
—¡No, por favor, no! —balbuceó.
James Colella le preguntó con amabilidad:
—¿Dónde podemos encontrar a Frank Jackson?
—Frank está… en…
Clara pensó en su encantador, en su hombre amable en manos de esos dos monstruos. Iban a lastimarlo e instintivamente sabía que Frank no resistiría el dolor.
Si sólo encontrara un modo de salvarlo, se lo agradecería para toda la vida.
—No sé.
Laurent Fiore se movió hacia adelante y Clara oyó el sonido de su pierna al quebrarse y al mismo tiempo un dolor terrible. Cayó al piso, incapaz de gritar por toda la sangre que tenía en la boca.
James Colella se puso delante de ella y le dijo con tranquilidad.
—A lo mejor no me entendiste. No queremos matarte. Solamente seguiremos rompiendo cosas. Cuando terminemos contigo, vas a quedar como un poco de basura que ni el gato toca. ¿Me crees?
Clara le creía. Frank Jackson no iba a querer mirarla nunca más. Lo había perdido por esos dos hijos de puta. Ningún sueño se haría realidad, no habría casamiento. El enanito estaba moviendo el caño de nuevo.
—No. Por favor no lo hagas. Frank está… en el motel Brookside en la avenida Prospect. Él…
Se desmayó.
James Colella se dirigió al teléfono y marcó un número.
Contestó Felix Moretti.
—¿Sí?
—El motel Brookside en la avenida Prospect. ¿Quiere que lo agarremos?
—No. Yo los encontraré allí. Asegúrense de que no se vaya.
—No irá a ninguna parte.
Seis y treinta de la mañana:
El niño empezó a agitarse de nuevo. El hombre vigilaba mientras Joshua abría los ojos. El niño se miró el alambre en sus brazos y piernas, después miró para arriba y vio a Frank Jackson y los recuerdos acudieron a su mente.
Éste era el hombre que le había metido esas pastillas en la boca y lo había secuestrado. Joshua sabía todo sobre los secuestros por la televisión. La policía vendría a salvarlo y se llevaría al hombre a una celda. Joshua estaba decidido a no demostrar su miedo, porque quería poder decirle a su madre lo valiente que había sido.
—Mi madre vendrá aquí con el dinero —aseguró Joshua al hombre— así que no tiene necesidad de lastimarme.
Frank Jackson caminó hasta la cama y sonrió al chico. Era un chico precioso. Deseó haber podido llevar al chico a Canadá en lugar de Clara. Desganado, Frank miró su reloj. Era tiempo de tener las cosas listas.
El chico levantó sus muñecas atadas. La sangre se había secado.
—¿Le importaría sacarme esto, por favor? —pidió cortésmente—. No me voy a escapar.
A Frank Jackson le gustó que el chico hubiera dicho «por favor». Demostraba buena educación. En esta época los chicos no tenían buenos modales. Andaban por las calles como animales salvajes.
Frank Jackson fue al baño donde había vuelto a poner las latas de nafta en la bañera para que no mancharan el piso del hall. Se enorgullecía de detalles como ése. Llevó la lata al dormitorio y la dejó. Se acercó a un costado del niño, levantó el cuerpo atado y lo colocó en el suelo. Después tomó el martillo y dos largos clavos y los dejó cerca del niño.
Joshua Swan lo miraba asombrado.
—¿Qué va a hacer con eso?
—Algo que te hará muy feliz. ¿Has oído hablar de Jesucristo? —Joshua asintió. — ¿Sabes cómo murió?
—En la cruz.
—Muy bien. Eres un chico inteligente. Nosotros no tenemos una cruz aquí, así que lo haremos lo mejor que podamos.
Los ojos del niño empezaron a demostrar miedo.
Frank Jackson lo tranquilizó.
—No hay que tener miedo. Jesús no tenía miedo. Tú no tienes que tener miedo.
—Yo no quiero ser Jesús —gimió Joshua—. Quiero irme a casa.
—Voy a mandarte a casa —le aseguró Frank Jackson—. Voy a mandarte a casa con Jesús.
Frank sacó un pañuelo de su bolsillo y lo acercó a la boca del chico. Joshua juntó los dientes.
—No me hagas enojar.
Frank Jackson apretó con sus dedos las mejillas de Joshua y lo forzó a abrir la boca. Colocó el pañuelo en la boca del niño y lo aseguró con una cinta para que quedara en su lugar. Joshua estaba luchando contra sus ataduras que empezaron a sangrar de nuevo. Frank Jackson pasó sus manos por las heridas frescas.
—La sangre de Cristo —dijo suavemente.
Tomó una de las manos del niño, la dio vuelta y la colocó contra el suelo. Después tomó un clavo. Apoyándolo contra la palma de Joshua con una mano, Frank Jackson tomó el martillo con la otra. Clavó la mano de Joshua en el suelo.
Siete y quince de la mañana:
La limusina negra de Felix Moretti estaba detenida en la autopista BrooklynQueens en medio del tráfico de la mañana temprano, donde un camión de verdura les impedía el paso. El tráfico estaba atascado.
—Métete por el otro lado de la ruta y pásalo —ordenó Moretti a Alec Vito.
—Adelante hay un auto de la policía, Felix.
—Anda y dile al que esté al mando que quiero hablar con él.
—Bien, jefe.
Alec Vito se bajó y se apuró a llegar al auto. Unos pocos minutos después volvía con un sargento de policía. Felix Moretti abrió la ventanilla del auto y sacó la mano. Tenía cinco billetes de cien dólares.
—Oficial, estoy muy apurado.
Dos minutos después, el auto de la policía con las luces rojas prendidas iba abriendo camino a la limusina. Cuando el tráfico estaba más liviano, el sargento se bajó de su auto y se acercó a la limusina.
—¿Quiere que lo escolten a algún lado, señor Moretti?
—No, muchas gracias —contestó Moretti—. Venga a verme el lunes —y dirigiéndose a Vito—: ¡Apúrate!
Siete y treinta de la mañana:
El cartel de neón decía:
BROOKSIDE MOTEL
HABITACIONES SIMPLES Y DOBLES
PRECIO POR DÍA Y POR SEMANA
en inglés y en español.
James Colella y Laurent Fiore estaban en el auto frente al bungalow número 7.
Unos pocos minutos antes habían oído un golpe y por eso sabían que Frank Jackson todavía estaba allí.
Deberíamos entrar y calmarlo, pensó Fiore. Pero Felix Moretti les había dado órdenes.
Tenían que estar allí y esperar.
Siete y cuarenta y cinco de la mañana:
Dentro del bungalow número 7, Frank Jackson estaba haciendo sus preparativos finales. El chico había sido una desilusión. Se desmayó. Jackson hubiera querido esperar a que Joshua recobrase el conocimiento antes de poner los otros clavos, pero se le estaba haciendo tarde. Tomó la lata de nafta y roció el cuerpo del chico, cuidando de no tocar la preciosa carita. Miró el cuerpo debajo del pijama y deseó tener tiempo; pero no, era una locura. Clara podría llegar en cualquier momento. Debía estar listo para salir en cuanto ella llegara. Buscó en su bolsillo, sacó una caja de fósforos y los dejó al lado de la lata de nafta, el martillo y los clavos. La gente simplemente no se daba cuenta de lo importante que era ser exacto.
Frank Jackson miró su reloj otra vez y se preguntó qué habría retenido a Clara.
Siete y cincuenta de la mañana:
Fuera del bungalow número 7, la limusina se detenía y Felix Moretti bajaba del auto. Los dos hombres que estaban en el sedán se reunieron rápidamente con él.
James Colella señaló al bungalow 7.
—Está allí dentro.
—¿Qué saben del chico?
El gigante se encogió de hombros.
—Nada. Jackson tiene las cortinas bajas.
—¿Podemos ir y agarrarlo? —preguntó Laurent Fiore.
—Esperen aquí.
Los dos hombres lo miraron sorprendidos. Él era el capo. Tenía soldados para hacer las cosas mientras él permanecía atrás y a salvo. Y ahora quería hacerlo él. No estaba bien.
James Colella le dijo:
—Jefe, Laurent y yo podemos…
Pero Felix Moretti ya se estaba acercando a la puerta del bungalow 7, con un revólver con silenciador en su mano. Esperó un segundo para escuchar, después dio un paso atrás y abrió la puerta con un poderoso puntapié.
Moretti vio la escena en un segundo aterrante: el hombre barbudo arrodillado en el piso al lado del niñito, las manos del niño clavadas en el suelo, la habitación regada de nafta.
El barbudo se dio vuelta hacia la puerta y miró a Moretti. Sus últimas palabras fueron:
—Usted no es Cla…
La primera bala de Felix le dio en el centro de las cejas. La segunda bala estalló en su faringe y la tercera en el corazón. Pero para ese entonces ya no sintió nada.
Felix Moretti se dirigió a la puerta e hizo señas a los dos hombres que estaban afuera. Entraron rápidamente. Felix Moretti se arrodilló al lado de Joshua y le tomó el pulso. Era débil, y tenue pero estaba vivo… Se volvió hacia James Colella.
—Llama al doctor Petrone. Dile que vamos para allá.
Nueve y treinta de la mañana:
En el instante que el teléfono sonó, Bella lo tomó, apretándolo con fuerza.
—¡Hola!
La voz de Moretti dijo:
—Le llevo su hijo a casa.
Joshua estaba quejándose en sueños. Bella lo abrazó, acunándolo dulcemente.
Cuando Moretti lo trajo a la casa estaba dormido. Cuando Bella vio el cuerpo inconsciente de Joshua, sintió que se tambaleaba, que sudaba de angustia, casi se volvió loca. Felix había traído con él al médico y éste tardó media hora en convencer a Bella de que Joshua iba a estar bien.
—Sus manos van a cicatrizar —le aseguró el doctor—. Quedará una pequeña cicatriz, pero por suerte no ha dañado ni nervios ni tendones. Las quemaduras son superficiales. Cubrí su cuerpo con aceite mineral. Vendré a verlo todos los días. Créame, va a estar bien.
Antes de que el médico se fuera, Bella hizo que atendiera a la señora Mackey.
Joshua estaba en cama y Bella estaba a su lado, esperando tranquilizarlo cuando despertara. Se despertó y abrió los ojos. Cuando vio a su madre dijo con cansancio:
—Sabía que ibas a llegar, mamá. ¿Le diste al hombre el dinero del rescate?
Bella asintió, sin poder hablar.
Joshua sonrió.
—Espero que compre muchísimos caramelos y se enferme del estómago. ¿No sería divertido?
—Muy divertido, querido —susurró Bella—. ¿Sabes lo que vamos a hacer tú y yo la semana que viene? Te voy a llevar a…
Joshua se durmió de nuevo.
Horas más tarde Bella bajó al living. Se sorprendió al ver que Moretti todavía estaba allí. De alguna manera, le recordó la primera vez que se encontró con Edward, cuando él la había esperado en su pequeño departamento.
—Felix… —Era imposible encontrar las palabras adecuadas. —No… no puedo decirle lo agradecida que estoy.
Felix la miró e hizo un gesto con la cabeza.
Bella se forzó para preguntarle:
—¿Y… y Frank Jackson?
—No va a molestar a nadie más.
Entonces todo estaba terminado. Joshua estaba a salvo. Nada más importaba.
Bella miró a Moretti y pensó: Le debo demasiado. ¿Alguna vez podré pagárselo?
Moretti la miraba, envuelto en su silencio.
