XXXV
Claudia sus acompañantes escuchaban como la gente que vitoreaba y gritaba de admiración.
Cuando vieron que toda esa muchedumbre empezaba a bajar de las gradas, Claudia llamo a su tribuno.
Flavio, llama a tus hombres y coged a esos dos.
Flavio inclinó la cabeza y se dirigió a sus guardias para cumplir con las órdenes de la hija del César.
– Pero mi señora – dijo uno de los presentes acercándose a Claudia – ¿Que haremos con la esclava y el gladiador?
En los labios de Claudia se le formo una sonrisa mientras miraba la arena.
– Tranquilo mi querido Labius. Me encargare de esa furcia yo misma.
– ¿Y… el gladiador, mi señora?
Claudia aparto la vista de la arena y miró a Labius manteniendo esa sonrisa
– Se lo llevaremos a Appius. Él sabrá que hacer. Creo que no le gustara saber que uno de sus pupilos… deshonra el nombre de gladiador… sobretodo con la noticia que le voy a dar.
– Pero… su padre llegara muy pronto. Si se entera de todo esto no creo que le haga mucha gracia mi señora…
Claudia agarró la túnica del hombre de forma sensual – Por eso mismo mi querido Labius… nos habremos encargado de todo para cuando él llegue. – Labius miró con terror a la hija del César.
– Pero… ¿Y la criatura que lleva en sus entrañas esa esclava? ¡Si su padre se entera!
– Mi padre se enterara de una manera o de otra. Será él quien decida… pero como bien sabes, querido Labius, mi padre no tolera la traición o engaño…
– Si… mi señora – Dijo haciendo una reverencia para marcharse, pero antes que hubiera dado dos pasos Claudia lo interrumpió.
– Por cierto, Labius… Diles que encierren a esa furcia en una habitación alejada de las demás esclavas.
Labius continuaba mirando aterrado a esa mujer de ojos fríos, parecía que un demonio de los infiernos hubiera poseído a ese ser sin una pizca de sentimiento.
– Cla… claro mí… mi señora, lo que usted mande.
Los meses pasaron…
Hércules fue llevado por fuerza al Ludus, donde fue castigado severamente y obligado a realizar tareas inhumanas. Custodiado por guardias día y noche Hércules no tenía noticias de Meg, y cada día que pasaba era mas duro. Las esperanzas de verla o saber de ella eran nulas.
Meg había sido encerrada en una habitación mucho más pequeña que la que tenia, solo con una cama y una pequeña letrina.
Solo entraban a darle la comida y la cena. Luego se pasaba todo el día encerrada sin poder salir. Solo podía salir cuando Claudia le encomendaba alguna tarea…
Una noche Meg escuchó como la puerta de la habitación se abría. Alguien entraba atraerle la cena.
– ¡Meg!
Meg al escuchar esa voz se dio la vuelta. Era su amiga Vibia que traía una bandeja.
– Hola… ¿Como estas?
Pero Meg no contesto y volvió a girarse. Vibia observó que no había tocado la anterior bandeja de la comida. – Meg… ¿Por qué no comes? No puedes seguir así. Te pondrás enferma.
Meg hizo un pequeño quejido pero otra vez se sumergió en el silencio. Vibia se acerco a su amiga y se sentó a su lado.
– Meg… escúchame.
– No tengo hambre Vibia. Deja la bandeja y vete por favor.
Su amiga la miro con enfado – Pero no puedes dejar de comer, tienes que hacer un esfuerzo, luchar por ello, tienes…
– ¿Luchar? –dijo Meg interrumpiéndola mientras se giraba mirándole a los ojos – ¿Para qué luchar Vibia?
– ¡Por ti! ¡Por Hércules...! ¡Por tu...!
– ¿Sí? Dilo Vibia ¿Por quién? ¿Por mi hijo? – Dijo Meg secamente.
– Meg, escúchame, habrá alguna manera de… de poder hacer algo… seguro que podemos planear alguna cosa…
– ¿Planear? Vibia… Estoy encerada en esta habitación. ¡No me dejan salir y no sé nada de Hércules desde hace meses! Claudia me tiene así porque quiere verme sufrir… ¡Me conserva con vida hasta que nazca mi hijo!
– Meg, haré todo lo posible para que ese bebé no sufra. Te lo prometo…
Pero fue acallada por otro quejido de Meg.
– Meg… ¿Es... estas bien? ¿Te traigo algo?
– No tranquila, a veces pasa. Será que se esta moviendo y da alguna que otra patada. – Otro quejido se le escapo, esta vez retorciéndose de dolor.
– Meg, creo que esto no es solo una patada…
Meg se puso pálida como el mármol – No puede ser. Faltan tres semanas para que nazca, no puede venir ahora…
– Querida, estas de parto. Tranquila, tú respira profundamente y relájate.
– ¿Cómo quieres que me relaje Vibia? – gruño Meg
– Bueno… tú inténtalo. Ahora dime… ¿Cuando empezaron las contracciones?
– Empezaron esta mañana. Pero no eran tan fuertes. Como ya te dije creía que era el bebé al moverse. No les des más importancia.
– Bien, pero que ha llegado el momento…
– No quiero Vibia, no… si Claudia… Oh dioses… ¡Como me gustaría que Hércules estuviese aquí conmigo!
Vibia vio la cara de tristeza y desolación de su amiga. Sin esperar más cogió a Meg y la puso cómoda, con las rodillas dobladas y las piernas abiertas para facilitar el camino a la criatura. Meg al ver lo que pretendía su amiga la detuvo.
– ¿Vibia no hiciste nunca esto, verdad?
– No, pero hay que hacerlo. No tenemos otra opción. Estas muy dilatada y en cualquier momento vas a dar a luz.
No dijo nada más. Otra contracción más fuerte que las demás empezó. Los suplicios del parto habían comenzado mientras los gritos que Meg intentaba retener se hacían insoportables.
– Venga Meg, un poco más.
Meg volvió a empujar mientras escuchaba los ánimos de su amiga. Algo salía y Meg noto como Vibia comenzaba a estirar.
Vibia, al ver la cabeza del retoño, empezó ayudarle a salir hasta que aquel cuerpecito recubierto de babas espesas y sanguinolentas acabó entre sus manos. Después le dio unas palmaditas en las nalgas, haciendo que el bebé empezara llorar. Poco después Vibia cortó el cordón umbilical, lo limpio y, tan rápido como pudo, cogió una sabana y lo envolvió para darle calor.
Meg entre jadeos contesto – ¿Qué es Vibia?
Pero antes que pudiera contestar una de las esclavas entró en la habitación.
– ¿Que es esto? – Dijo la mujer al ver las sabanas ensangrentadas.
Vibia no contesto, pero no pudo acallar los berridos del recién nacido.
– ¿Que es? – Insistió Meg agónica.
– Es… es una niña, Meg. – Dijo con una sonrisa a Meg.
La otra mujer se acercó y le arrebato a la criatura, que empezó a llorar más fuerte.
– ¡Cállate, estúpida! – respondió la mujer – Es mejor que no sepa nada sobre la criatura. El dolor no será tan grande cuando se lo lleve domina.
– Por favor, acérquenmela. Solo verla una vez… tengo derecho a ver a mi hija. – Suplico Meg
– Es mejor así querida, lo se muy bien. – Dijo la mujer con tristeza en los ojos.
– Pero ten piedad por ella. ¡Déjasela ver! Tiene derecho. Es su madre– Dijo Vibia con enfado intentando agarrar a la criatura.
– No, se lo que se siente al perder un hijo Meg. Si lo ves el vinculo será mas fuerte y cuesta mucho más la separación. Lo hago por tu bien chiquilla.
– No me importa. Soy su madre – Dijo Meg con enfado.
La niña lloraba lastimosamente, con la carita enrojecida, la boca bien abierta y sus ojitos cerrados y alargados.
– Quiero ver a mi hija – volvió a exigir Meg esta vez mas alto.
Pero se interrumpió de golpe porque en ese preciso momento vio a Claudia apoyada en la puerta que miraba la escena con una sonrisa.
