En absoluta oscuridad, Leo recuperó la consciencia. No sabía dónde estaba ni qué había pasado. Lo último que recordaba era haber sido forzado a entrar en un auto. Una vez dentro, alguien le puso un paño húmedo en la nariz y la boca; el extraño olor que emitía hizo que el estadounidense perdiera el conocimiento.
En ese instante, Leo estaba sobre una dura y fría superficie. A pesar de tener una venda cubriendo sus ojos, era fácil saber que en el lugar donde se encontraba no llegaba ni un solo rayo de luz. Incluso el olor a humedad era extremadamente notorio. La mandíbula le dolía, pero no la podía mover a causa de la mordaza que aún le impedía hablar o gritar. Su corazón latía veloz y erráticamente a causa de aquella situación. No entendía qué estaba pasando, ni por qué aquellos hombres estaban cerca de la casa de Yuuri; solo rogaba para que el pelinegro y su familia estuvieran a salvo donde fuese que estuviesen.
Una puerta, a la que claramente le hacía falta aceite en las bisagras, se abrió emitiendo un horrible chirrido. Leo intentó levantarse, pero un par de grilletes en sus manos y otro en sus piernas, lo mantenían con las extremidades extendidas e imposibilitado para poder moverse.
Tras escuchar unos pasos que se hacían más fuertes cada vez, la venda fue retirada de sus ojos. Gracias a la oscuridad de aquel lugar, al castaño no le fue difícil que su vista se acostumbrara.
El lugar parecía una bodega abandonada o algo por ese estilo; Leo no podía estar cien por ciento seguro sobre el sitio en el que se hallaba. El sujeto que le quitó la venda y el otro que estaba a su lado eran los mismos que lo habían secuestrado cerca de la mansión de Yuuri. Si bien usaban lentes de sol para que no les pudiera reconocer por completo, las contexturas y características físicas eran las mismas.
Uno de los tipos se acercó a un mesón metálico que se encontraba cerca a la "camilla" donde yacía el estadounidense. Leo comenzó a temblar al ver los artefactos que había sobre este, imaginando lo peor. No era necesario ser un experto para darse cuenta de que aquellos objetos, como el mazo metálico, la pistola taser, los cuchillos cortos, la soga y la pistola, eran elementos de tortura.
Ninguno de los hombres volvió a moverse de su sitio hasta que un tercero ingresó al lugar. Leo abrió los ojos como platos al reconocer a aquel tipo; era la nueva pareja de su amigo Emil, Michele.
La confusión y un pequeño rayo de esperanza nacieron en el interior del estadounidense. Quizás sus amigos lo habían encontrado y habían venido a salvarlo. Tal vez Phichit, Emil y Michele habían venido con la policía cuando se enteraron del secuestro, pero... ¿cómo podrían haberse enterado ellos si no había ningún conocido alrededor cuando fue encañonado y forzado a subir al auto?
Michele se acercó al castaño.
―Me imagino la enorme sorpresa que debe ser para ti todo esto. Quiero que sepas que no tengo intención alguna de hacerte daño, así que, si cooperas con nosotros podrás irte de aquí sano y salvo, ¿entendido?
Aquellas palabras y el tono en el que fueron dichas le bastaron al castaño para entender que Michele estaba detrás de todo. Intentando mantener la calma, asintió con lentitud.
El italiano le quitó la mordaza de forma un tanto brusca.
―Muy bien. Te haré algunas preguntas y espero que contestes con la verdad. Si eres un niño bueno, todo saldrá bien para ti. Si eres un niño malo... ―Michele desvió la mirada hacia el mesón con los instrumentos de tortura, haciendo que Leo siguiera su mirada y captara el mensaje implícito―, supongo que entiendes. Primera pregunta, ¿dónde está Viktor?
Leo frunció el ceño sin poder evitarlo. ¿Quién diablos era Viktor?
―¿Quién? No conozco a ningún Viktor.
El hombre que se había acercado al mesón antes de que el italiano entrara, tomó el mazo y se acercó hacia Leo con una seguridad aterradora y una mirada de morboso júbilo. Michele estiró el brazo, cortando el camino de aquel sujeto.
―Espera un momento, cretino. El pobre chico no tiene idea que el verdadero nombre del ruso es Viktor ―miró a Leo nuevamente y relajó su expresión―. Es el nuevo esposo de tu amigo. Ustedes lo conocen como Vitya.
―Pero, ¡Vitya no es un diminutivo, es su nombre! ¡Se están equivocando de persona!
El italiano soltó una risilla burlesca ante aquella afirmación.
―Esto es realmente divertido. Verás, el verdadero nombre de Vitya es Viktor Nikiforov. Es un asesino perteneciente a una Bratva o una parte de la mafia rusa, como prefieras llamarle. Aunque algunos miembros, como Viktor o Chris, digan que no son mafiosos, sino que solo son asesinos a sueldo, trabajan para la mafia de todas formas. Viktor fue enviado aquí porque su misión era matar a Yuuri Katsuki, pero el muy idiota se enamoró de su víctima y debe morir por eso. ―Michele retiró un mechón de cabello que estaba en la frente de Leo y acarició su mejilla con el dedo índice―. Y ahora que sabes la verdad, ¿podrías decirme dónde está Viktor? No temas por Yuuri, no le haré daño a él ni a sus hijos.
El estadounidense no pudo detener a aquella solitaria lágrima que escapó desde la comisura de su ojo ante el miedo causado por la situación.
―Yo... ―Si bien intentó sonar convincente y no titubear, fracasó estrepitosamente, aun cuando estaba por decir la verdad sabiendo que no le iban a creer―. No sé dónde están. Se iban a casar en Las Vegas, pero no sé a dónde iban a ir después.
Leo vio con horror como el chico con el mazo se ganaba junto a la camilla y lo alzaba. Michele cerró los ojos y negó con la cabeza, suspirando con pesar.
―Mala respuesta.
El mazo de metal cayó a toda velocidad sobre la rodilla de Leo, destrozando por completo la articulación. Los gritos de dolor y agonía invadieron toda la bodega. El pobre castaño gritó hasta que su garganta no dio más, sin embargo, su cuerpo entero temblaba.
El tipo del mazo se colocó al otro lado de la camilla, junto a su pierna izquierda. Michele se rascó la barbilla antes de hablar.
―Este truco lo leí en un libro que una de mis víctimas me recomendó. De la saga de los cazadores oscuros, y veo que funciona. No quiero dejarte inválido, así que coopera conmigo. ¿Dónde mierda está Viktor?
No importaba cuánto luchara contra las lágrimas, estas seguían escapando. Intentando calmarse para no hipar mientras hablaba, Leo luchó por recuperar el control de su cuerpo.
―¡Te digo la verdad! ¡No tengo idea dónde están!
El mazo volvió a caer sobre su cuerpo, pero esta vez destrozó la articulación de la rodilla izquierda. Nuevamente la melodía que llenó por completo el lugar fueron los desgarradores gritos de sufrimiento del estadounidense.
Michele sacó de su bolsillo el celular de Leo, el cual sus hombres habían tomado cuando este estaba inconsciente en el auto, para luego agacharse un poco, lo suficiente para quedar a la altura de Leo.
―Vamos a hacer algo, llamaré a Yuuri y tú hablarás con él, le pedirás que te diga dónde está porque quieres ir a verlo, ¿de acuerdo? Así te dejaré ir. Podrás pasar un tiempo en una silla de ruedas, pero vivirás. ¿Qué dices?
A pesar del terrible dolor que sentía en su cuerpo, a pesar de la horrible agonía que lo invadía y, a pesar del miedo que tenía a morir, Leo no confiaba en ellos. Por eso, jamás traicionaría al amigo que le tendió la mano en el momento que más lo necesitaba. Leo solía ser un muchacho que, tras quedar huérfano, se vio obligado a robar para sobrevivir. Un día intentó asaltar a un joven Yuuri en aquel entonces. Sin embargo, el japonés, en vez de asustarse y darle sus pertenencias, lo miró, se acercó y puso una mano sobre su hombro.
"―Tienes la misma mirada que yo tenía hace poco. La mirada de estar solo y haber perdido algo que amabas. ¿Me permites ayudarte?"
En ese instante, el castaño sintió como si su alma hubiera sido puesta al descubierto por aquel chico. Al día siguiente, el pelinegro le prestó un traje, lo llevó a la empresa dónde trabajaba, y lo recomendó para un puesto. El dueño no dudó de su joven mano derecha y Leo fue contratado de inmediato. Todo lo que era en ese momento se lo debía a Yuuri. Por eso, prefería morir a traicionarlo y poner su vida en peligro.
―No. Puedes matarme si quieres, pero no conseguiré la ubicación de Yuuri para ti.
El italiano alzó una ceja al ver el cambio de actitud del chiquillo. Una parte de él sentía admiración por ese nivel de lealtad, pero la parte de él que quería derrotar a Viktor y ser el mejor ganó la partida.
―Tus deseos son órdenes.
Sin tardar tomó la camisa de Leo por el cuello y la rasgó, haciendo volar todos los botones. Cuando el estadounidense quedó con el pecho al descubierto, el italiano tomó un cuenco con agua que había a los pies de la camilla y lo derramó sobre Leo. Sonriendo, Michele tomó la pistola Taser y, colocándose al lado del castaño, pero sin tocarlo, disparó directo al pecho y sin soltar el gatillo. Si bien los miliamperios aumentaban a medida que se mantenía funcionando la pistola taser, no eran suficientes para matar a una persona velozmente. Pero, al tener el pecho empapado, el agua condujo la electricidad mucho más rápido, haciendo que el estadounidense convulsionara y sufriera un paro respiratorio que lo llevó a la muerte.
Tras varios segundos sin soltar el gatillo para asegurarse de concluir su tarea, Michele liberó el cuerpo del joven de la corriente. Con cuidado, le tomó el pulso y se dio cuenta que ya no tenía. Georgi entró a la sala y vio el cuerpo sin vida del chico. Suspirando con cansancio, miró al italiano.
―¿Sabes? Es difícil que los muertos nos vayan a ser de mucha ayuda.
Michele se encogió de hombros.
―No iba a hablar. Fue leal a Katsuki hasta el final.
―En ese caso se ganó su muerte. ―La solemnidad gobernó a Georgi ante la mención de Yuuri Katsuki―. El problema es que ahora necesitamos a alguien más para interrogar.
―No te preocupes por eso. Ya tengo a alguien. ―El italiano apuntó con el pulgar hacia la pared, dando a entender que se refería a la habitación de al lado―. Mi actual objetivo, Emil, está aquí. Él será el siguiente. Si no habla, sufrirá el mismo destino que este.
―Perfecto. No olvides tomarle fotos al cuerpo. -Georgi le tendió su propio celular a Michele―. Quiero ver la cara del japonés cuando vea cómo terminaron sus amigos por su culpa y la de Viktor.
Mientras tanto en Siberia, padrastro e hijastro se reencontraban frente a frente. A pesar de las dudas que pudiera tener, Viktor se sintió bastante conforme al ver que Yakov había cumplido su palabra y había venido solo. Sin importar lo que se dijeran, sí o sí volvería a los brazos de su esposo; eso le había prometido a Yuuri y lo iba a cumplir.
"―Amor, necesito ir a ver el problema con mis bienes en Rusia. Te prometo volver mañana o pasado mañana a más tardar.
―¿Estás seguro que quieres ir solo? Podemos ir todos. O que al menos Chris vaya contigo. -Yuuri siempre se preocupaba por los demás. Cómo adoraba sentirse querido y amado por su ángel.
―Prefiero que Chris te ayude a ver a los niños. Además, cuando vuelva podremos tener un delicioso "reencuentro."
Yuuri sonrió y se sonrojó ante las lujuriosas ideas de su esposo.
―Está bien, pero júrame que volverás lo antes posible.
―Lo juro, mi amor."
Justamente por eso deseaba terminar lo antes posible. El encuentro fue fuera de la casa, cada uno apoyado en su propio auto. Yakov fue el primero en dar unos pasos adelante.
―Te ves bien, Viktor. El amor te sienta de maravilla.
Viktor avanzó hasta quedar frente a frente de su ex mentor.
―Basta de burlas disfrazadas de halagos. Me enamoré de Yuuri y no lo mataré. Tampoco puedo, ni quiero, seguir con esta vida. Deseo un futuro junto a mi esposo y mis hijos.
―¿Tus hijos? ―Yakov alzó una ceja con más burla que asombro―. Realmente me cuesta reconocerte. Me pregunto, ¿qué es que lo que tiene Yuuri Katsuki que logra hacer caer a los sicarios a sus pies?
―Corazón. Un corazón que te acoge y te repara a base de amor. Por cierto, me sorprende que no me informaras que la vez anterior que quisieron matarlo te contrataron a ti y tú enviaste a una asesina para matarlo, que también se enamoró de él.
Yakov se encogió de hombros.
―Iba a mandarte a ti aquella vez, pero tú estabas con otra víctima. Es por eso que mandé a mi segunda mejor asesina.
―¿Cuál era su nombre?
―Mila Babicheva.
Viktor entrecerró los ojos, intentando recordar su rostro. El nombre le sonaba.
―No puedo recordarla.
―Nunca te interesaste mucho en los otros asesinos, salvo en Chris y Seung-Gil. Tienes el instinto de proteger a los que ves débiles y solos. ¿Tal vez te recuerdan a ti después de matar a tu padre y ver morir a tu madre?
―¡Cállate! Ese tema no viene al caso. Vengo a proponerte un trato y dudo que lo quieras rechazar. ¿Cuánto te pagaron los Yakuzas esta vez por la muerte de Yuuri?
―Me ofrecieron cinco veces más de lo normal. Cobro cinco millones de dólares por casos internacionales, así que me pagaron veinticinco millones.
―Muy bien. ―Viktor se acercó al maletero de su auto y sacó seis maletines negros. Horas antes había averiguado, a través del sur-coreano, la cifra que Yakov había recibido, por lo que fue preparado para una contra oferta―. Te ofrezco el triple de eso a cambio de que dejes a Yuuri y a los niños en paz. Son setenta y cinco millones de dólares distribuidos en estos maletines.
Aquello interesó de sobremanera al líder ruso. Él se movía por dinero solamente.
―Muy bien, acepto. Pero si los Yakuzas ofrecen más volveré a enviar un asesino tras tu esposo.
Viktor soltó una suave risilla cargada de burla.
―No lo harán. Dejaron el rubro de la mafia. Ahora están dedicados al cien por ciento al área médica. Forman parte de un hospital.
―¿De qué diablos estás hablando? ¿Se infiltraron en un hospital?
―No. Literalmente, sus huesos son parte de la infraestructura del hospital.
Yakov abrió los ojos como platos ante aquella revelación.
―¿Mataste a los yakuzas de la prefectura solo por tu esposo?
―Sí, y lo haría de nuevo.
―¿Y el padre del chico? Ellos lo tenían vivo para hacerlo sufrir viendo la muerte de su familia.
Fue el turno de Viktor de encogerse de hombros.
―Ni idea. Al parecer lo mataron hace tiempo.
Recobrando la compostura, Yakov guardó de dos en dos los maletines dentro del maletero de su auto antes de acercarse a Viktor nuevamente.
―La vida de tu esposo y sus hijos ya no son mi problema. Pero, ¿sabes? Supongo que enamorarse de ese japonés es de familia.
Aquello hizo que Viktor frunciera el ceño. ¿De qué carajos hablaba Yakov?
―No sé a qué te refieres.
―Me lo imagino, jamás te lo dije. ¿Sabes por qué Mila decidió convertirse en asesina?
―No.
―Ella cambió su apellido a Babicheva después de ingresar a la bratva únicamente para que nadie la asociara a su familia. Además, así no levantaría sospechas si se acercaba a las personas que buscaba para recuperar a ese familiar que moría por conocer.
―No entiendo de qué diablos hablas. ―Viktor tenía un mal presentimiento sobre todo esto―. ¿A quién buscaba?
―Te contaré la historia, pero empezaré por el final. —Yakov sacó un papel de su bolsillo y se lo ofreció a Viktor. Este lo tomó y se dio cuenta que era una foto de una preciosa mujer de cabello hasta los hombros, pelirroja y bellos ojos azules―. Ella es Mila.
―Es muy linda. Entiendo por qué Yuuri se enamoró de ella.
―A mí no me extraña que se enamorara de ella y luego de ti. Supongo que lo primero que ve el japonés son los ojos. Y ustedes tienen los mismos ojos.
Sin poder ocultar su sorpresa, Viktor volvió a mirar la foto y, en efecto, el color de ojos era muy similar. Si bien no era el mismo tono de azul, la forma de los ojos y algunas facciones también coincidían.
―No entiendo.
―Mila se cambió el apellido para que las personas que tuvieran al familiar que ella buscaba con desesperación no los relacionaran y así no se pusieran sobre alerta.
―¿Familiar?
―No me extraña que Yuuri Katsuki se enamorara de ambos, ni que ustedes dos se enamoraran de la misma persona. Supongo que los hermanos comparten gustos también. ―Sin poder creerlo, Viktor retrocedió unos pasos hasta quedar apoyado en su auto para no perder el equilibrio mientras digería aquello. Yakov se acercó a él y sonrió una vez que estuvo frente a frente a Viktor―. El verdadero apellido de Mila era Nikiforova. Ella era tu hermana mayor, que entró a la organización para encontrar a su hermano menor, aquel que su tío escondió. Ella te buscaba a ti.
