EPÍLOGO

Parte I

A pesar de la lluvia que caía a cántaros fuera del aeropuerto, la voz calma de la mujer anunciando el próximo vuelo a Nueva York se escuchaba con claridad a través de los amplios pasillos repletos de personas y tiendas de todo tipo.

Aspiré con ansias el humo del cigarrillo, antes de apagarlo y tirarlo a la basura. No se estaba permitido fumar dentro del aeropuerto… ¿pero realmente que era lo que estaba permitido en estos lugares?

-Malditas adicciones…-resoplé para mis adentros divisando a mi izquierda el conocido logo de una cafetería internacional.

Cigarro, y luego café. Esbocé una sonrisa irónica. Ciertamente mi estadía en el Japón había trastornado más mi vida de lo debido, o mejor dicho, cierta japonesa lo había hecho…

El teléfono repiqueteó dentro del bolsillo de mi chaqueta y me apresuré a atenderlo.

-¿Ya estás en el avión? – sonó la voz profunda y frívola de mi hermano al otro lado de la línea.

-No, pero pronto lo estaré, Klaus – respondí con voz un poco cansina.

Usualmente Klaus no solía ser muy expresivo, pero a pesar de ello sus acciones demostraban sus intenciones. Sentí un aguijonazo en el corazón al pensar que Kagome hubiese mencionado que esto era algo que corría en la familia.

-¿Kristen viene contigo?

-Sí –confirmé mientras observaba a la pequeña distraída en una librería cercana.

-Bien, enviaré a Schauss a recogerlos.

-Entendido.

Un corto silencio se hizo antes de colgar.

-¿Se encuentra todo bien?

Más que a la situación, supe que se refería a mí.

-Todo en orden – repliqué sin mayor ánimo, pagando por el café.

-Nos veremos entonces.

La llamada se cortó. Devolví el teléfono al bolsillo y caminé hasta Kristen. Ella me observó de manera curiosa y aceptó la bolsa de papel que le extendí.

-Mora azul…-confirmo hurgando dentro de ella- Gracias.

Curvé los labios en una suave sonrisa y le señalé unos asientos cerca de los ventanales.

-Estaré ahí.

-Iré pronto – contestó ella, dándose la vuelta para seguir examinando los libros y dándole un bocado al bizcocho directo de la bolsa.

A medida que observé alrededor y tomé asiento jugando con el ipad entre mis manos, sentí que mi cuerpo se movía por inercia. No lograba conseguirme a mí mismo por más que buscara dentro de este cuerpo vacío. Si hacía algunas semanas había creído que finalmente sanaba, ahora el dolor palpaba mi corazón por segunda vez, con mayor ardor que el de antes.

Cerré los ojos rememorando, ayudado por el aroma del café, los labios sonrosados de Kagome y sus hermosos ojos fijos fuera de la ventanilla del carro a medida que abandonábamos el paisaje rural de invierno en dirección a la ciudad, a la mañana siguiente de aquella tormenta de nieve que me otorgó uno de los momentos más preciados de mi vida. La garganta se me cerró en un nudo y me vi en la necesidad de aumentar el volumen de la música que sonaba sólo en mi cabeza. Ajusté los audífonos y me obligué a estudiar el estado de las acciones de la compañía, y leer las noticias. Mi estadía en Japón me había aislado por completo del mundo actual, lucía algo así como un maravilloso sueño distante, uno del que no sabía si jamás me recuperaría.

Hice mi mejor intento por comprender los números y gráficos que se reflejaban en la pantalla, pero estos habían pasado a ser solo eso, números y figuras sin ningún significado. Sentía que la cabeza me iba a explotar y oprimí la paca vacía de cigarrillos contra mi bolsillo. No sé cuantos llevaba ya en el día, pero sabía que no eran ni serían suficientes para anonadar la ansiedad y desolación en la que me había sumido.

Y lo peor de todo, es que sabía que no era su culpa… Ella no tenía la culpa de nada de esto. Kagome…

Cerré los ojos una vez más recordando los sonoros golpes de Kagome sobre la puerta de mi casa, alrededor de una semana después del incidente de la marioneta.

"¡Akihiko, Akihiko! Abre la puerta, se que estás ahí... ¡En el instituto me han dicho que te retiraste…! Comprendo si no quieres abrirme, sé que no he sido la mejor y todo esto ha sido mi culpa… ¡Pero por favor al menos contesta el teléfono!"

Su voz se resquebrajó y me pareció que sollozaba. Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no bajar a abrirle la puerta, besarla con furia y llevármela ahí mismo fuera del país. Sólo me había sentido de esta manera durante el funeral de mi madre, con las manos atadas, sin poder hacer nada al respecto más que observar como mi vida se desmoronaba ante mis ojos.

No había manera de que Kagome supiera que me encontraba en la casa en ese mismo momento, observándola desde los ventanales del segundo piso. Desde que permití a InuYasha llevársela luego de haber acabado con la marioneta, había procurado borrar cualquier rastro de mí mismo. Incluso la casa ahora lucía medio abandonada desde afuera. Ese mismo día, luego de nuestro último beso, tomé la decisión de desaparecer de su vida. Sería lo mejor para ella, pues finalmente me había asegurado de sus sentimientos. Ella no me amaba, al menos no tanto como a InuYasha. Sentí el rencor y los celos corroerme las venas. ¿Cómo era posible que yo fuese la reencarnación de ese mitad demonio? Aquél que se había llevado a Kagome de mi lado.

Enterré la cabeza entre las manos sabiendo que nada podía hacer. Ella era feliz junto a él. A mi lado la hubiese hecho miserable por el resto de sus días. Pero oh… Aunque ella ahora era feliz, las marcas ensangrentadas que había dejado en mi corazón aún dolían, ardían. Algo me dijo que eran heridas que solo el tiempo podría sanar. Afuera, la lluvia caía con mayor fuerza, y unos relámpagos retumbaron a lo lejos, haciendo eco de los alaridos de mi alma.

Parte II

Tres años pasaron desde que partí de Japón. No volví a poner un pie en ese país jamás y aún sentía pequeños pinchazos de dolor cuando alguien se refería a la nación de mi madre. Cada día había luchado por olvidar, y no pensar en la mujer que me había quebrado por dentro, a la que aún amaba en silencio. Caminé entre el bosque de altos y espigados árboles. Todo a mí alrededor refulgía de un brillante color verde. La naturaleza tupida y húmeda me embriagaba y hurgaba en las entrañas de mi alma. No me importó dejar que lo hiciera, pues no mucho quedaba de ella. Estaba vacía.

Las aves cantaban y el viento susurraba. Lo sentía, estaba cerca. Aparté unas lianas que caían como una cortina verde adornada de flores, y ante mis ojos se abrió la escena hermosa de un pequeño lago adornado por una cascada. Saqué el mapa rectificando las coordenadas, sino me equivocaba este era el lugar.

Dejé la mochila en el suelo con cansancio después de tantos días caminando a través del bosque y las montañas. Me saqué los zapatos y arremangué la camisa y los pantalones. Me quedé de pie con los ojos puestos sobre el lago y los árboles que se cernían alrededor. Tres años habían pasado desde entonces… luego de que Kagome me hubiese dicho que la perla de Shikkon no revivía a los muertos. Admito que en ese momento perdí toda esperanza de revivir a mi madre, pero luego de llegar a Alemania, mi hermano me iluminó la mente.

"Así que la piedra no se encuentra en Japón…" había susurrado Klaus para sí mismo, acariciando la barbilla con su mano, después de contarle lo acontecido omitiendo cosas como el pozo del tiempo, y la sangre demoníaca de… mi ser en una vida antigua.

Abrí los ojos desmesuradamente y me reí ante lo idiota que había sido al omitir la obviedad del asunto. Por supuesto que la perla de Shikkon no era el único mito que había allá fuera sobre la piedra filosofal. Lo único que logró darle un poco de sentido a mi vida entonces fue continuar con la búsqueda de la piedra. Dejé a mi hermano provisionalmente a cargo de la compañía de autos y le hice prometer que cuidaría bien de Kristen. A partir de ahí, me dediqué de lleno a recorrer los recónditos de este mundo que ya no había recorrido previamente con la meta de hacerme con la piedra. Tres años… tres años en esta incansable búsqueda que no sabía por cuánto tiempo más mantendría.

Un sonido entre los árboles me alertó, y enfoqué mis ojos probablemente ya oscurecidos en el sitio. Como si fuese posible, a lo largo de estos años mis poderes se habían agudizado, y ahora era capaz de utilizarlos con mucha mayor rapidez. Una creatura alada extraña, delgada y blanca como la nieve, salió volando de los arbustos y se sumergió a gran velocidad dentro del lago a una impresionante velocidad, causando un chapoteo cristalino. Ésta era la señal que había estado esperando, la primera que encontraba en muchísimo tiempo.

No lo pensé dos veces antes de lanzarme también dentro del lago. La seguí hasta el fondo del mismo, conteniendo el aliento. Ella no parecía haberse dado cuenta de que la seguía. Se internó dentro de un estrecho túnel que se abría dentro de la roca, y nadé detrás ella a través de él. Por un momento pensé que el animal no haría más que guiarme hasta aguas más profundas, pero finalmente salimos del túnel y vi que unos pocos metros hacia arriba de nosotros, se encontraba la superficie.

Asomé la cabeza con cautela a través del agua y observé que se trataba de una cueva. Reprimí mis poderes de inmediato y busqué esconder mi presencia; la cueva era iluminada por varias antorchas y en el medio de ella se alzaba una especie de altar. La creatura que me guió hasta aquí se asemejaba bastante a un tigre blanco, con la diferencia de que unas curiosas alas salían de su lomo. Salió del agua y se sacudió salpicando todo a su alrededor.

Sonreí aún medio oculto dentro del agua ante el magnífico animal. Había tantos tesoros mágicos ocultos en la Tierra… pero el escepticismo de la sociedad moderna había cegado a la humanidad. Ellos buscaban en el espacio, cuando ni siquiera sabían lo que se ocultaba en las profundidades del océano, o bosques tan apartados como este, dentro de su mismo planeta.

Consideré el salir al encuentro del tigre mítico, pero el altar que se alzaba pegado a la pared frente al agua me decía que esperara. Justo como lo preví, alguien más salió de las sombras al encuentro del animal.

Sentí que el corazón se paraba dentro de mi cuerpo, y mi alma se sacudía dolorosamente. La hermosa figura de una mujer, vestida con una túnica blanca, se acercaba y acariciaba al tigre con alegría.

-Dumia…Regresaste… A ver, ¿Qué conseguiste? – el timbre de su voz era exquisito, suave.

Mis pies reaccionaron antes que mi cabeza, pues aún me encontraba en shock. Salí con lentitud del agua, y así empapado mi cuerpo me llevó hasta ella, la extraordinaria ilusión de mi mente. ¿Era posible? Quizás había muerto ahogado, y ni lo había notado…

Ella alzó su mirada atónita al verme.

-¿Qui…quien eres humano? ¿Qué buscas?

Sentí que había perdido la voz en algún lugar de mi cuerpo. No pude más que acercarme a ella, ignorando el ronroneo amenazante que salía de la boca del animal a sus pies. Levanté la mano con extrema lentitud hasta su rostro, y lo acaricié con extrema delicadeza. Temeroso de que ella desapareciera como una ilusión frente a mí. Observé sus achocolatados ojos que me miraban incrédulos, ella se había quedado de piedra.

-¿Kagome…?- susurré bajito con la voz ronca.

Ella pareció salir de la impresión y sacudió mi mano de su rostro con un manotazo.

-¿Kagome? ¿A quién llamas Kagome, humano? Mi nombre es Sarai

- Sarai… - repetí sin poder creer lo que veía ante mis ojos.

Escruté su mirada indagando dentro de su alma, ¿de verdad no me reconocía? La verdad me golpeó devolviéndome a la cruda realidad. Esta joven mujer con poderes espirituales, de pie delante de mí, no era Kagome. Debía de ser… No… ¿Su reencarnación?... Entonces esto significaba que la verdadera Kagome debía de haberse quedado para siempre en la época feudal. ¿Se habría cerrado también el pozo…? Ese era el único modo que diera paso a su reencarnación en este mundo, pues no era posible que una persona reencarnada se encontrara en la misma era que su antiguo yo… Sólo yo me pude reencontrar con mi ancestral forma de hanyou debido a la grieta en el tiempo provocada por el pozo.

Retrocedí dos pasos sumamente dolido. Ella no era Kagome, definitivamente era…su reencarnación. El solo pensamiento me dolió de modo inigualable. Kagome ya no existía en mi tiempo, ella había regresado quinientos años atrás en el tiempo para quedarse junto a InuYasha, la esencia de mi alma en una época más antigua, lo que significaba… Lo que significaba que ahora ella estaba muerta…

Sentí que las piernas se me debilitaban y las fuerzas abandonaban mi cuerpo. Entonces tuve unos deseos locos de huir de ahí, de esa maldita cueva que me había mostrado esa dura realidad, y de los hermosos ojos que me miraban sorprendidos. Aquellos ojos que tanto añoraba, y que ya no le pertenecían a mi amada Kagome.

Estaba a punto de girarme para lanzarme al agua nuevamente, cuando capté una nueva y poderosa energía. En el altar, a mi derecha, una uniforme roca de un profundo color púrpura, y del tamaño de la palma de mi mano se alzaba sobre una cúspide de oro. Abrí los ojos desmesuradamente, y me aproximé a ella. No podía creer lo que veía… La piedra…Pero antes de que pudiese siquiera rozarla con los dedos, un rugido salvaje me alertó a mis espaldas.

Creé una pared protectora en cuestión de un segundo, y el tigre blanco rebotó cayendo a los pies de la mujer. Ella me miró furiosa, y juntó sus manos, lanzándome un poderoso hechizo que me costó contener pero que logré esquivar.

No pude evitar reflejar la sorpresa en mi rostro ante su ataque. Esta chiquilla planeaba darme batalla.

-Esa piedra no te pertenece –dijo con voz segura y amenazadora- Yo soy su custodia.

La sangre se me bajó a los pies sin poder creérmelo. Su delicado cuerpo escondía bajo la piel un enorme poder espiritual. Enfoqué la mirada en ella con autosuficiencia, y Sarai me la devolvió con serenidad, dispuesta a defender la piedra. Le sonreí arrogante, y la encaré. La historia se repetía.

Parte III

-¡Mamá, mamá!

Observé con amor al pequeño que corría a las manos de Sango. Miroku observaba la escena desde atrás enternecido.

-¡Mamá, mamá, mira lo que Akira hizo!

-Vamos, vamos Aito, sabes que tienen que compartir las cosas…- respondió Sango con voz conciliadora. El niño hizo un puchero y subió a manos de su madre. En tanto, Akira continuó jugando con su hermana gemela a través de la pradera, llamando a su hermano menor con voz angelical.

Suspiré enternecida, y quise dejar a la pareja disfrutar junto a sus hijos.

-¿Te vas Kagome?- preguntó Sango curiosa.

-Sí, daré una vuelta no muy lejos de aquí.

-No se aparte mucho, señorita – me advirtió Miroku con amabilidad.

Asentí con la cabeza e inicié una caminata, internándome en el bosque. Hoy era el cumpleaños de mi madre, y no podía evitar sentirme un poco triste al no poder estar con ella. Había abandonado todo en la época moderna al venir acá. Fue una decisión que me llevó alrededor de tres años tomar, y que finalmente acepté, cuando el pozo se abrió nuevamente para mí. Recordé la hermosa mirada de InuYasha al recibirme sorprendido en el pozo, y un suspiro se me escapó. No podía vivir sin él.

Llegué hasta un río cercano de aguas claras y cristalinas. El sol brillaba espléndido en el cielo, y sentí la necesidad de sumergirme en el agua. Tenía tiempo que no disfrutaba de un buen nado de ese modo, así que no lo pensé dos veces antes de desvestirme y entrar en el rio.

-Ah… que bien se siente…- suspiré, sacando la cabeza del agua.

Cerré los ojos y disfruté de la corriente acariciar mi cuerpo durante un tiempo. Pensé en la cena, y sorteé los posibles manjares que podía preparar esa noche. Sonreí alegre al pensar que se me antojaba algún platillo con calabaza. Escurrí el cabello, y me dispuse a salir del río contenta. Haría crema de calabazas y estofado con papas. Sin embargo, cuando salí del agua refrescante me encontré de cara con un sublime hanyou de ojos dorados que me observaba con reproche.

-¿Acaso crees que eres la única que ronda por este lugar? – me increpó, extendiéndome una toalla.

La recibí enseguida, sintiendo que se me encendían las mejillas. Aunque InuYasha era ahora mi esposo, igual no pude evitar sentirme un poco avergonzada frente a él, así en paños menores y empapada de agua como estaba. Acabábamos de celebrar la ceremonia matrimonial hacía unas cortas tres semanas.

-Gracias...- le sonreí, apretando la toalla contra mí pecho.

-Toma –me dijo, ofreciéndome las ropas secas que descansaban sobre la hierba.

Las acepté y fui a cambiarme rápidamente tras unos arbustos. Una vez lista, salí y me encontré con sus ojos fijos en mí.

-¿Vamos a casa? – le pregunté.

Él asintió, sonriéndome, y tomó una bolsa del suelo que traía consigo, la cual no había notado hasta ahora. Le miré curiosa echarla sobre su hombro, y de repente llegó hasta mí con una velocidad sobrehumana. Me tomó entre sus brazos, y solté una carcajada. Usualmente viajaba sobre su espalda, pero parecía que hoy iría abrazada a él.

-Sujétate bien, pequeña –me indicó divertido.

Después de unos minutos saltando de árbol en árbol noté que no nos dirigíamos a nuestra cabaña.

-Oye, ¿A dónde me llevas?

-Es una sorpresa –me confesó.

Lo miré sorprendida, y él me sonrió.

-Hoy no llueve, así que llegaremos dentro de poco…

Lo miré sin comprender, ¿Qué tenía que ver la lluvia? Me encogí de hombros y enterré la cabeza en su pecho, deleitándome en aquél escondite personal que tanto me gustaba.

-Llegamos…- me informó él al cabo de unos quince o veinte minutos.

Alcé la vista curiosa, y me encontré con aquél templo de las flores, en el que admitimos y sellamos nuestro amor por primera vez. Sentí que lágrimas de felicidad acumulárseme en los ojos.

-Los monjes me dijeron que estarían ausentes por una semana, y me parecía que era hora de tu merecido descanso como niñera de Sango…

Lo miré embelesada, sin poder creérmelo aún. La situación no podía ser más perfecta.

-¡Gracias! –me abalancé sobre él, e InuYasha rió recibiéndome con los brazos abiertos.

-Vamos- me ofreció su mano. La acepté y entramos al pacífico lugar.

Después de preparar la cena con el contenido de la bolsa que había traído InuYasha, que había resultado ser hortalizas, frutas, y unos cuantos pescados frescos, ambos cenamos tranquilos con el hermoso escenario de las montañas a nuestros pies.

-InuYasha…- le llamé, me parecía que este era el momento ideal- Tengo algo importante que decirte…

Él dejó los palillos en el plato sobre la mesa, y me miró curioso.

Abrí la boca para explicarle pero justo en ese momento mi cuerpo me traicionó. Un mareo profundo me entró y sentí que me iba a desmayar. InuYasha me atrapó con rapidez antes de que diera con el suelo.

-¡Kagome, Kagome! ¿Qué te ocurre?

Me sentía un poco débil aún para responder. El me levantó entre sus brazos, consternado, y me llevó hasta la habitación preparada para nosotros. Noté maravillada que se trataba de la misma habitación donde le había confesado que lo amaba.

-¡Kagome! ¿Cómo te sientes?... ¡Responde! – sus manos aferraron mis hombros con delicadeza.

-Estoy bien…- le sonreí, acariciando su mejilla.

-Entonces, ¿Qué te paso? –Su ceño se arrugó, y bajó la mirada – Desde hace días que tu aroma ha cambiado, es algo distinto, Kagome… y eso me trae preocupado. Creo que deberíamos ir a ver a Kaede ahora mismo.

-No seas tonto… Kaede ya lo sabe…

-¿Sabe qué cosa? – me interrogó curioso.

-Qué estoy embarazada…- respondí con suavidad.

InuYasha se quedó observándome por unos segundos, asimilando lo que acababa de decir.

-¿Qué tú…? – comenzó a repetir, y de repente la información pareció entrar su cabeza.

-¡Kagome!- exclamó, encerrándome en un repentino y fuerte abrazo.

-¿Estás feliz? –pregunté algo ansiosa, atrapada en sus brazos sin poder ver bien su expresión.

Su rostro salió de mis cabellos y se alejó un poco de mí para mirarme bien.

-¿Qué si estoy feliz? –Sonrió –Mi pequeña… ¿Cuándo lo supiste? ¿Por qué esperaste hasta ahora para decírmelo?

-Quería hacerlo algo especial…- admití como una niña pequeña.

-¿Querías hacerlo algo especial? Oh, Kagome… El hecho de que esperes nuestro cachorro ya de por sí es algo especial. No hay nada que sea más especial o me cause más dicha que ello.

Arrugué un poco el ceño, algo divertida, ante la palabra "cachorro." Pero igual supe que lo decía con el mayor amor y que después de todo, era esa su naturaleza, un hanyou. Me pregunté si nuestros hijos tendrían las adorables orejitas de su padre.

-Mi hermoso hanyou… - le sonreí, tomando sus orejas entre mis manos.

-Me has hecho increíblemente feliz - me sonrió de vuelta, y sus labios se juntaron con los míos en un beso lleno de dicha. –Te prometo que te protegeré a ti y a nuestra familia por el resto de nuestros días, y los que sigan…Mi amada Kagome.

Fin.

Hola... pues aquí el Epílogo... Espero les haya gustado... No se si es normal que un epílogo tenga tres partes, pero así me salió. Las primeras dos son narradas por Akihiko y la última por Kagome... Espero de todo corazón que esta historia haya pasado a ser una de sus favoritas. Signifia muchísimo para mi que hayan llegado hasta aquí conmigo. Muchas gracias por sus previas felicitaciones y espero con muchísimas ansias sus reviews para este epílogo!

Miles de besos,

Eli.

Sígueme a través de Tumblr (alwaystokiohotel) , Twitter (Eli_IK) o Facebook (Eli Novels) Visita mi página de perfil para los links completos, gracias!

P.S.: Este no es el fin de mis historias. Planeo poder escribir muchas más, con el favor de Dios. Ya tengo dos más en mente, pero no se si serán fanfics de Inu (y en tal caso serían Universos Alternos), aunque igual no pienso dejar escribir sobre él. Me encantaría que me acompañen a través de estas otras historias por venir. Asegúrense de "seguirme" como autora, o visitar mi perfil para que se mantengan al tanto de las nuevas historias ;) Por favor siéntanse libres de enviarme mensajes privados a través de aquí o postear en mi blog y preguntarme cualquier cosa! =D