Paragus

Me dejé caer con pesadez en el borde de la cama dando un resoplido y me quité las botas apartándolas de mala manera con el pie. El entrenamiento de hoy había sido tremendamente agotador y lo único que quería era darme una ducha rápida y meterme en la cama lo más pronto posible. Me llevé una mano suavemente al costado y gruñí por lo bajo cuando un incómodo dolor agudo me traspasó la zona.

Esto no podía seguir así. Últimamente me encontraba en muy baja forma y no estaba obteniendo los resultados esperados en ninguno de los combates.

Uno de mis compañeros de juerga había estado entrenando conmigo en la sala y sin darme tiempo a esquivarlo me había propinado una patada tan fuerte que pensé que me partiría en dos. ¿Pero cómo diablos aquel idiota había conseguido mejorar tanto en tan poco tiempo?. Ya podía centrarme y dedicar todos mis esfuerzos a la lucha o de lo contrario cualquier desgraciado de clase baja me superaría tarde o temprano.

De repente escuché el sutil sonido de madera contra madera y levanté la vista observando a mi mujer que acababa de posar el cepillo sobre la mesa del tocador al lado del espejo ovalado. Me froté la cara con gesto cansado y salí de mi ensimismamiento como si justo ahora me hubiese dado cuenta que ella también se encontraba en la misma habitación que yo.

Se había peinado el abundante cabello, ahora se quitaría los pendientes y después cambiaría el vestido por la ropa de dormir tras el biombo que separaba el armario de la zona de la cama.

Era el mismo ritual todas las noches.

Las noches que pasaba con ella por supuesto… últimamente desde que estaba embarazada cada vez me parecía más tedioso compartir su lecho y había optado por dedicar mi valioso tiempo a descubrir nuevas y esplendorosas curvas mucho más apetecibles.

Todavía le quedaban unos meses para dar a luz, pero se la veía tan voluminosa y cansada que parecía que fuese a parir de un momento a otro.

Se puso de pie con lentitud y dedicándome una mirada glacial se dirigió hasta el armario para cambiarse de ropa. Yo no pude evitar sonreír bajando la vista al suelo al darme cuenta de que la muy estúpida se sentía protegida por el mero hecho de estar embarazada. Su actitud hacia mí era ahora bastante distinta, mucho más directa y atrevida en comparación con cuando estábamos recién casados. Se pensaba que por ese bebé que crecía en su vientre y que yo tanto anhelaba ahora era intocable. Que no podría doblegarla. Que no podría hacerla mía por la fuerza.

Niñata tonta… que equivocada estás…

- Y dime querida esposa… ¿qué buenas nuevas nos acontecen? – le pregunté con sorna alzando la voz.

Escuché el frufrú de la tela caer al suelo y vislumbré su abultada silueta a través del biombo, tenuemente iluminado por la luz de un candelabro anclado en la pared.

- No sé a qué te refieres…

- ¡Oh por favor no te hagas la inocente…! – dije poniéndome de pie y acercándome a donde se encontraba ella. Me quité la empapada camiseta que llevaba puesta durante el entrenamiento y la arrojé a un cesto de mimbre que había justo al lado del armario – ya sabes perfectamente a qué me refiero... creo recordar que algunos de los miembros del Consejo te han estado haciendo unas cuantas preguntas...

La muchacha salió descalza de detrás del biombo vestida tan solo con un sencillo camisón beige de manga corta y una fina bata que le llegaba por debajo de las rodillas. Aquellas prendas eran tan poco sugerentes que no pude evitar arrugar la nariz al verla de esa guisa.

Lhaya miró de reojo mi torso desnudo tan solo a unos centímetros de ella y bajó la mirada al suelo sonrojándose levemente. No podía evitarlo, pero a veces me encendía la sangre verla así, mostrando súbitamente esa sorpresa en el rostro de una forma tan inocente y virginal como si no hubiese visto un hombre en toda su vida.

Maldita hipócrita… a mí no me engañaba… a pesar de esa mirada melancólica y tener cara de no haber roto nunca un plato, estaba totalmente seguro que por mucho que lloriquease, la muy zorra se excitaba cuando la penetraba por la fuerza.

- Sí Paragus… me han "interrogado" – enfatizó recalcando con ironía la última palabra – y ahora si me disculpas me voy a acostar… estoy muy cansada por culpa del embarazo.

Cuando pasó a mí lado dispuesta a meterse en la cama, la sujeté con firmeza del brazo impidiéndole dar un solo paso. Su cuerpo se tensó bajo mi contacto y aunque ni siquiera me miraba percibí que estaba empezando a ponerse nerviosa.

- ¿Y qué les has dicho? – le pregunté con los ojos brillantes y un tono de voz en forma de velada amenaza.

- Les he… dicho la verdad…

- ¿La verdad…? la verdad es muy relativa…

Rodeé su cuello con mi mano y ascendí lentamente hasta alcanzar la mandíbula mientras sentía la calidez de su piel y el pulso de la arteria carótida palpitando en mi palma. Ella cerró los ojos con resignación alzando la cabeza y apretó los labios sin decir ni una palabra. Giré totalmente su cuerpo haciendo que me diese la espalda ya que con aquella voluminosa barriga era imposible atraerla hacia mí como pretendía.

Me excitaba verla temblar de miedo… tener ese tipo de control sobre alguien era sublime. Su calor… su respiración… todo aquello se tornaba completamente distinto cuando su envoltura femenina sentía el ansioso y ardiente roce de mis manos.

Moví su cabeza hacia un lado y la besé con rabia haciendo que se sobresaltase ante lo inesperado de mi gesto. Tenía que reconocer que al principio de la noche no se me había pasado por la mente hacer aquello, pero al darme cuenta de cómo me miraba algo en mi interior se removió inquieto, exteriorizando aquel impulso.

Inesperadamente después de unos segundos y tras recobrarse de la sorpresa inicial, ella me devolvió el beso colocando su mano sobre mi mejilla mientras me apretaba aún más contra sus labios.

Abrí los ojos completamente extrañado sin entender muy bien cómo es que aquella mujer me correspondía de esa forma a pesar de cómo la trataba. ¿Acaso intentaba desviar mi atención hacia su cuerpo para evitar la incómoda conversación que se avecinaba?.

Intensifiqué el beso sintiendo como empezaba a excitarme al notar su lengua explorando mi boca con avidez. Necesitaba desfogar un poco de acostarme… a pesar del extenuante entrenamiento todavía me sentía con fuerzas para disfrutar de su cuerpo y de paso relajar el mío. Deslicé dos dedos en el interior del cuello del soso camisón y segundos después ella pareció cambiar de opinión tras apartar la cara con un leve jadeo de protesta. Observé su rostro y me di cuenta que tenía las mejillas sutilmente sonrojadas y su pecho subía y bajaba al ritmo de la entrecortada respiración.

- Basta… Paragus… será mejor que vayas a ducharte… estás todo sudado después del entrenamiento – murmuró a escasos centímetros de mi rosto mientras intentaba apartarme de ella poniendo una mano sobre el pectoral.

Por su gesto realmente no parecía muy convencida con lo que me estaba diciendo… más bien mostraba una actitud anhelante hacia mis besos y mis caricias y no parecía querer moverse de donde estaba.

Sonreí con perversidad y poco a poco avancé hacia la cama con ella aun de espaldas a mí sin dejar de agarrarla por el brazo y el ángulo de la mandíbula.

Con un rápido movimiento la obligué a doblar la parte superior del cuerpo y ella ahogó un chillido mientras apoyaba las manos sobre el mullido colchón para evitar caerse.

Asustada, volteó la cabeza hacia atrás cuando le levanté el camisón, y sin ninguna sutileza aparté con los dedos la infantil ropa interior de algodón dejando al descubierto la zona de su cuerpo que en estos momentos me interesaba de ella.

- Paragus… ¡no!…¡basta!… - gimió poniéndose colorada intentando soltarse de mi agarre – no sigas por favor… me da verguen…

- A mí no me puedes engañar mujer… tu propio cuerpo me invita claramente a que continúe…

Mocosa estúpida… con tan solo dos dedos pude comprobar lo mucho que me deseaba ella también, y yo estaba tan duro y dispuesto que por ningún motivo iba a desaprovechar esta magnífica oportunidad.

Esbocé una sonrisa perversa y entré en ella bruscamente con un certero movimiento de cadera. Sentí un espasmo de placer recorriéndome el cuerpo mientras escuchaba las protestas de Lhaya entremezcladas con leves jadeos de deseo. La muchacha arqueó la espalda para que la pudiese penetrar más profundamente y yo cerré los ojos durante unos segundos deleitándome en aquellas sensaciones que me nublaban la mente y sofocaban mi cuerpo. Noté como una de sus manos estirada hacia atrás buscaba a tientas la pernera de mi pantalón corto y tiraba hacia abajo para poder percibir mejor el roce de piel contra piel.

No… algo estaba fallando aquí… ese comportamiento receptivo y bien dispuesto de la mujer no era para nada habitual. Aunque a veces sí que me correspondía de forma pasional intentando ganarse patéticamente unas migajas de mi afecto, últimamente con el embarazo se encontraba siempre mareada y de bastante mal humor, por lo que me sorprendía enormemente este cambio repentino de actitud hacia mí.

- ¿Acaso crees que eres más lista que yo niñata? ¿acaso piensas que no me doy cuenta de lo que pretendes? – susurré peligrosamente aquellas palabras inclinándome un poco sobre su cuerpo y observé como apretaba la mandíbula con fuerza evitando mirarme.

Como respuesta ahora fue ella la que empezó a moverse de manera frenética y tuve que hacer un esfuerzo titánico para no dejarme llevar por la lujuria e intentar mantener la cordura. Enredé la mano en su largo y abundante cabello oscuro elevándole la cabeza hacia atrás para sostenerla a la altura de mi rostro y poder así mantener el contacto visual.

- Eres patética… ¿acaso crees que vas a conseguir desviar mi atención haciendo uso de tu vulgar cuerpo de embarazada? ¡si te la estoy metiendo es nada más por pura cortesía! – le embestí con más ansia clavando con rabia mis dedos en la suave piel de sus caderas y la escuché gemir haciéndome esbozar una sardónica sonrisa.

- Sí… eso es… me encantaba someterla por la fuerza aprovechándome de mi superioridad física, pero sobre todo, me excitaba aún más saber que eran mis palabras las que realmente herían su orgullo, lo que en realidad más la humillaba desde lo más profundo de su ser.

- ¡Habla de una vez! ¿acaso es motivo de interés en la Corte saber si la reina comparte con sus amistades masculinas, algo más que bailes y paseos por los jardines? ¿hay algo que me puedas contar sobre ese tema…? ¡vamos… contéstame! – le grité dándole un repentino tirón de pelo.

- No creo… que sea el momento para hablar de esto – contestó entrecortadamente entre jadeos.

- ¡Yo decidiré si es el momento y el lugar maldita sea!

- Yo… no… no quiero hablar de ella…

- ¡¿Qué has dicho?!

- ¡Que no quiero hablar de Bergine mientras hacemos el amor!

Le solté el cabello haciendo que cayese de nuevo sobre la cama y observé como apretaba los puños estrujando el edredón con los dedos hasta que le temblaron las manos. Intentó darse la vuelta para ponerse boca arriba pero yo se lo impedí sujetándola por la muñeca para evitar salir de su cálido interior. Ella soltó un gruñido de protesta y yo me apreté aún más contra su cuerpo para que supiese de una vez por todas quien mandaba aquí.

- No seas ilusa mujer… métetelo bien en esa cabecita tuya llena de pájaros… los Saiyans no hacemos el amor, y desde luego Paragus… ¡NO hace el amor…!. Yo simplemente estoy fornicando contigo… llámalo como quieras, pero solo estoy utilizando tu cuerpo para sentir placer. Y ahora… quiero que contestes a mis preguntas, para en función de las respuestas poder sentir otro tipo de placer...

- No lo entiendo… ¿se puede saber por qué la odias tanto? ¿por qué disfrutarías viéndola caer de esa forma tan deshonrosa? ¿qué es lo que esa mujer te ha hecho? ¿acaso tu rencor es incluso más grande que el deseo que sientes por ella?

- ¡Cállate! ¡aquí las preguntas las hago yo! – apreté los dientes e intensifiqué mis embestidas haciendo que el corazón me latiera desbocado en el pecho. Con una mano tiré bruscamente del escote redondo del camisón dejando uno de sus pechos al descubierto que apreté toscamente sin ningún tipo de delicadeza - ¡quiero saber quien acude a sus aposentos, con quien baila en las fiestas, quien la observa, una mirada, un roce fortuito… cualquier cosa!

A medida que iba diciendo aquellas palabras no podía evitar imaginarme el hermoso cuerpo desnudo de Bergine, de espaldas, envuelta en una sutil oscuridad, mientras un hombre la observaba a unos metros de distancia con un gesto de absoluto anhelo en los ojos. Ella giró la cabeza hacia atrás e inclinándola un poco de lado con una mirada coqueta, esbozaba una sonrisa lenta y provocativa cargada de sensualidad. No podía distinguir muy bien quien era aquel hombre que la miraba embelesado… ¿Moses? ¿tal vez Turles?... no… ¿acaso el rey Vegeta?... tampoco…

Entrecerré los ojos intentando agudizar la vista y tragué saliva al verme a mí mismo contemplando a lo lejos los movimientos de la muchacha.

¡Era yo! ¡era yo aquel hombre misterioso que deseaba ese cuerpo de proporciones perfectas! ¡era yo el que ansiaba tocarlo, acariciarlo, saborearlo… poseerlo hasta quedarme son fuerzas totalmente satisfecho!

Los gemidos entrecortados de Lhaya me hicieron reaccionar y casi instantáneamente me vine dentro de ella con un profundo grito gutural. Una oleada de espasmos sacudió mi cuerpo una y otra vez durante unos segundos mientras la mente se me quedaba casi en blanco por el gran placer que estaba experimentando. Permanecí pegado a su cuerpo durante unos segundos intentando que mi respiración se normalizase, y poco a poco empecé a sentir como se relajaban todos los músculos de mi cuerpo.

Después de esto y tras el duro entrenamiento de hoy estaba casi seguro que sería capaz de dormirme incluso de pie en la ducha. Con el dorso de la mano me sequé el sudor que perlaba mi frente y vi que Lhaya se bajaba la falda del camisón con una mano temblorosa para cubrir su desnudez. Rápidamente recompuso sus ropas mientras se acariciaba el abultado vientre dejándose caer pesadamente en el borde la cama.

Al observarla ahora con más detenimiento ya no me parecía tan desafiante ni altiva como se había mostrado antes. No había sido capaz de contenerme al verla así, pero al menos no parecía que le hubiese hecho daño por la total inexpresividad que mostraba su rostro. Tenía la mirada perdida sobre un punto indefinido del suelo y se aferraba al colchón con los labios apretados como si estuviese haciendo todo el esfuerzo del mundo por reprimir el llanto.

Lancé un profundo suspiro cogiendo aire y me puse frente a ella de cuclillas mirándola con intensidad a los ojos.

Tenía que reconocer que aunque no fuese Bergine, la muchacha poseía una belleza propia, con un rostro dulce y redondeado y una boca pequeña que incitaba a ser besada.

A pesar de que su anodino carácter no era precisamente lo que más me atraía de ella, su actitud hacia mí esta noche me había excitado mucho más que las veces anteriores.

- ¿Hay algo… que quieras contarme… Lhaya? – le pregunté suavemente con fingida amabilidad – vamos… eres mi mujer, deberías tenerme confianza.

La muchacha me miró de reojo con un gesto de total extrañeza en su dulce semblante, como si le sorprendiese enormemente mi renovada actitud hacia ella. Estaba seguro que no se fiaba de mí en lo más mínimo…

- El rey… el rey Vegeta - comenzó a decir mientras unos breves sollozos sacudían su cuerpo – ha… ha ordenado su expulsión del planeta…

- ¿Expulsión? ¿de quién? – puse mi mano sobre las suyas que se retorcían nerviosas encima del regazo animándole a continuar – ¿a quién te refieres…?

Mi paciencia tenía un límite… y ya me estaba empezando a cansar de tantas absurdas contemplaciones. Aunque si me mostraba demasiado brusco con ella entonces quizá no hablase.

Estaba claro que las mujeres eran todas unas sentimentales. Al parecer lo más efectivo eran unas palabras amables para poder persuadirlas y conseguir lo que uno quería de ellas.

- Estoy hablando… del soldado Turles, ya no está aquí, en el planeta…

Me quedé paralizado durante un breve instante intentando asimilar esta magnífica revelación que encandilaba mis oídos. ¿Cuánto tiempo llevaría el rey rumiando esa idea en su cabeza?. ¿El desencadenante de aquello habría sido algún suceso reciente? ¿algo de lo que yo no estaba enterado…? La verdad es que no tenía ni idea…

Tras recobrarme por la grata sorpresa bajé la cabeza intentando ocultar la enorme sonrisa que adornaba mi cara.

Turles… aquel estúpido muchacho deslenguado… aquel idiota que se había atrevido a desafiarme insultando a mi propia sangre deshonrando a mi hermana pequeña… aquel mocoso descarado que se las daba de gran guerrero pero que en el fondo no era más que el perrito faldero de la reina.

¡Cómo me alegraba que precisamente esa relación tan estrecha con Bergine fuese el motivo que le había conducido a la ruina! ¿quién sabe? a lo mejor aquello no era más que una vulgar mentira… quizás estaba bien muerto y enterrado en lo más profundo de un agujero, en algún lugar olvidado de la mano de Dios donde nadie pudiese encontrar jamás su cuerpo. La sola idea de que eso pudiera ser así me llenaba de esperanza y me hacía regodearme en mi mezquina felicidad. ¡La inmensa desazón que debería estar sufriendo la vanidosa de Bergine!. Saber que por su causa uno de sus más fieles adoradores ya no regresaría nunca y además que tendría que estar vagando por el espacio buscándose la vida con una mano delante y otra detrás!.

Me puse de pie lentamente intentando disimular la gran alegría que sentía en aquellos momentos y observé el apesadumbrado semblante de Lhaya mostrando una expresión extraña que bien se podía confundir con culpabilidad. Todavía se mantenía con la vista fija en el suelo y el cabello alborotado por nuestro candente encuentro anterior.

- Buena chica… - dije con una leve sonrisa.

Acaricié su mejilla con suavidad y le besé la frente demorando varios segundos aquel inesperado gesto de cariño. Ella cerró los ojos tragando saliva y agachó la cabeza visiblemente afligida por lo que acababa de contarme.

Si algo me había demostrado la vida es que no existían personas buenas ni malas… solo útiles o no, y desde luego yo prefería rodearme de las que me ayudaban a conseguir mis metas.

Caminé hacia el baño y cuando me metí bajo los potentes chorros de la ducha sentí como el agradable frescor del agua calmaba mi dolorido cuerpo y renovaba mi mente.

No sabría decir que era lo que más me satisfacía en este momento… si la inesperada marcha de Turles, o las gruesas lágrimas silenciosas que surcaban las mejillas de mi esposa demostrándome lo que era capaz de hacer por mí.

Rey Vegeta

Varias naves esféricas despegaron desde la explanada de la zona lanzamiento y surcaron rápidamente el cielo anaranjado para perderse en la infinidad del espacio. Alcé la vista y durante unos segundos un destello fugaz me hizo entrecerrar los ojos para acostumbrarme al brillante atardecer que se extendía ante nosotros.

Mi hijo se cruzó de brazos observando con detenimiento a través del cristal, como los operarios de la pista de despegue impartían instrucciones a los guerreros de otro escuadrón que partirían justo después.

Nos encontrábamos en una de las salas más elevadas del palacio cubierta por una cúpula rosada y con una enorme cristalera que recorría todo el ancho de la habitación proporcionándonos unas espectaculares vistas.

Poco a poco y con una rapidez sorprendente el príncipe iba a empapándose de todos la información necesaria para algún día, sucederme a mí como soberano de todo el planeta. A pesar de su edad ya era capaz de leer cartas estelares, tenía conocimientos básicos sobre reparar naves en el caso de sufrir un percance durante alguna misión, e incluso varias veces me observaba hacer los balances y llevar la contabilidad de ciertos asuntos del reino. Aunque el principal talento de nuestra raza fuese sobre todo la lucha, un príncipe necesitaba ser algo más que un gran guerrero.

Él era mi auténtico orgullo, mi alegría, y por supuesto unos de los mayores éxitos que había conseguido en la vida. No podía esperar el momento en que se hiciera mayor y llevase a nuestro pueblo a alcanzar la gloria derrotando a ese idiota de Freezer. Sabía perfectamente que el tirano tenía a mi hijo en su punto de mira, que lo quería para combatir entre sus filas, y que si yo me negaba, el muy desgraciado se vengaría de nosotros de la manera más cruel posible. Pero Vegeta no era un niño fácil de controlar ni de manipular, y eso Freezer lo sabía, por lo que todavía no estaba muy claro como pretendía aquel maldito que mi hijo "colaborase" con él. Era por todos sabido que el tirano recelaba de nuestra raza y temía la leyenda del Súper Saiyan… quizás facilitar que el príncipe se hiciese cada vez más poderoso sin tenerlo completamente sometido le perjudicaría a largo plazo en vez de ayudarle. ¡A saber qué diablos estaría pasando por su retorcida cabeza…!

- Algún día tú llegarás a ser el rey de todos los Saiyans, Vegeta, la raza más poderosa del universo entero. Recuérdalo bien hijo mío… eres un guerrero de la más alta élite, y estoy seguro que tarde o temprano serás tú el que se convierta en el legendario Súper Saiyan.

- ¿En serio… lo crees…? – alzó los ojos hacia mí mirándome ilusionado como si mis meras palabras le infundiesen la mayor de las esperanzas - ¡seguiré entrenando tanto como hasta ahora y juro que me superaré cada día más!

- ¡Por supuesto que sí! además tú naciste con un don Vegeta… desde el momento en que empezaste a respirar tu potencial guerrero fue registrado como el más alto de todos los niños. Como ya habrás oído, tan pronto como venimos al mundo se examinan concienzudamente las aptitudes para el combate del recién nacido. Los bebés que no alcanzan el potencial mínimo son enviados a planetas donde los enemigos no son muy fuertes. Una vez que tengan éxito en su misión regresarán al planeta Vegeta para seguir fortaleciéndose y llegar a ser unos soldados de provecho para nuestra raza.

- Y si esos niños… ¿no logran su objetivo y no consiguen exterminar a toda la raza de ese lugar?... ¿qué pasa con ellos?...

- Entonces… no sobrevivirán… y evidentemente nunca podrán regresar a nuestro planeta.

El niño asintió levemente con la vista fija al frente y se quedó pensativo durante unos segundos como si estuviese asimilando poco a poco mis palabras. Yo sabía perfectamente "a quien" se estaba refiriendo diciéndome aquello, pero permaneció callado sin decir nada con aquel gesto enigmático tan característico suyo. Vegeta era un muchacho de pocas palabras y bastante reservado, pero siempre se mostraba muy atento a todo lo que sucedía a su alrededor y se daba cuenta de las cosas como si fuera un adulto.

Precisamente esa era una de las cualidades que más apreciaba de mi hijo… nunca me hacía preguntas incómodas que sintiese la obligación de responder. Todo era mucho más fácil de ese modo... sería demasiado complicado de explicar, y además… no lo entendería… ni yo mismo me entendía a veces…

- Escúchame bien Vegeta… - le dije poniendo una rodilla en el suelo para estar a su altura. Él me miró fijamente a los ojos sin pestañear y colocándole las manos sobre las hombreras de la armadura lo acerqué un poco hacia mí para enfatizar aún más lo que le quería expresar – ¡el más fuerte es el que sobrevive, el más poderoso, el más listo! ¡los demás deben desaparecer! ¿supongo que sabrás que es la selección natural, verdad…?

Él volvió a asentir con un gesto indescifrable en el rostro y exhalando un profundo suspiro me puse de pie intentando evitar sentirme como un auténtico hipócrita.

¿A quién pretendía engañar diciéndole aquello? yo mismo había quebrantado mis propias normas entregando a mi hijo menor para que lo criase una buena familia en un planeta remoto.

No podía evitar que la culpabilidad me carcomiese por dentro al ver sufrir de esa forma a Bergine tras la marcha del bebé. Aunque no quisiera reconocerlo aquella mujer me importaba demasiado, y a pesar de que yo intentaba disimular, darme cuenta del dolor que le producía la ausencia de Tarble me hacía sentir mal conmigo mismo. ¡Maldita sea! ¡¿desde cuándo me había vuelto tan blando…?!

Quizás cuando el mocoso fuese más mayor su poder de pelea se incrementase y de esa forma podría regresar con nosotros al planeta Vegeta como digno hijo mío que era.

Aunque… tenía que reconocer que me daba vergüenza…

Vergüenza al saber que el vástago del rey había nacido con una fuerza tan miserable como la de un guerrero de clase baja. Por eso en un primer momento había considerado al niño como si fuese un bastardo… un desliz cometido por su madre para justificar el porqué de tan ridículo poder. Pero reconocer aquello habría sido más humillante aún.

Delante de mi hijo debía mostrarme como un hombre frío e implacable si lo que pretendía de él era que se convirtiese en el Súper Saiyan de la leyenda. Debía aprender a no tener piedad de sus enemigos e incluso a comportarse en su vida ordinaria como una persona calculadora y astuta… así era la esencia de los guerreros de nuestra raza… o al menos así es como debería ser…

Mi mayor error y el más imperdonable de todos, había sido caer en las redes de una maldita hembra… una hembra que me volvía loco solo con su cuerpo y su sonrisa y que me hacía parecer como un completo estúpido cuando la tenía cerca.

Yo… el rey de todos los Saiyans idiotizado por una vulgar mujer que se había infiltrado en mi corazón y en mi alma sin que yo pudiese evitarlo a pesar de mis esfuerzos por hacerle la vida imposible. Necesitaba herirla desesperadamente… lastimarla… hacerle daño… tenía que apartar de mi mente todos esos sentimientos absurdos hacia ella y empezar a considerarla tan solo como un cuerpo apetecible para darme placer y parirme niños sin ninguna pretensión más por mi parte.

Pero no podía… era incapaz de hacerlo. Definitivamente creo que me estoy volviendo loco…

Aun así, todavía no era demasiado tarde para evitar que mi hijo cometiese mis mismos errores. Con el paso de los años yo le enseñaría que nunca debía fiarse de una hembra por más hermosa que fuese…

- "Cuídate de una mujer bella e inteligente… ella sabrá perfectamente cuál es tu punto débil y te hará caer de cabeza en su juego…" – pensé con amargura.

La puerta de la sala se abrió de pronto y fruncí el ceño girando levemente la cabeza hacia un lado importunado ante aquella brusca interrupción.

- ¡¿Pero quién demonios entra sin lla…?!

- ¿Acaso la reina de los Saiyans necesita anunciarse o llamar a la puerta si quiere entrar en una habitación?

Hablando del diablo…

La sensual silueta de Bergine se materializó a unos metros de distancia de nosotros y arqueé una ceja cruzándome de brazos al escuchar aquellas palabras llenas de impertinencia.

Entró en la sala con la cabeza bien alta y pude comprobar con satisfacción que la acompañaban dos soldados que yo mismo había seleccionado como parte de su guardia personal, los cuales al vernos al príncipe y a mí hicieron una leve inclinación de cabeza como muestra de respeto.

- ¿Qué es lo que quieres Bergine? ¿a qué has venido? – le pregunté secamente

- A buscar a mi hijo… ¿acaso no recuerdas cuando te dije que hoy quería entrenar con él…?

- Tengo demasiadas cosas en la cabeza como para acordarme de todo mujer… - mascullé con un gruñido

- Muy bien… pues ahora ya lo sabes… - dijo con arrogancia poniendo los brazos en jarras – pero primero necesito hablar contigo…

Cogí aire para la posible futura discusión que se avecinaba y le hice un gesto a Vegeta alzando la barbilla para que esperase fuera. El niño asintió con la cabeza y cuando pasó al lado de Bergine ella le sonrió cálidamente dándome a entender que por mucho que odiase al padre, el cariño que sentía por su hijo adorado era incondicional.

- No tardaré mucho… - le dijo en voz baja.

A pesar de mis esfuerzos por mantenerme impasible tenía que reconocer que la muchacha estaba muy sensual con aquel traje de entrenamiento color rosado, que contrastaba perfectamente con su tono de piel morena. El pantalón corto de algodón atado con una lazada se ajustaba a su cintura a la perfección, y la camiseta sin mangas dejaba al descubierto gran parte de su vientre liso. La zona del cuello tenía un escote en forma de pico que dejaba entrever muy sutilmente el nacimiento de su pecho y por un momento desee sugerirle que practicase conmigo otro tipo de "entrenamiento". Iba calzada con unas botas grises de caña corta que apenas le cubrían los tobillos y llevaba unas muñequeras de tela del mismo color que le llegaban hasta los codos.

Enroscó la cola alrededor de su fina cintura y me observó durante unos segundos con los ojos entrecerrados como si estuviese cavilando la manera en que iba a formular las palabras, que según ella "necesitaba" decirme. Como se le ocurriese reclamarme lo de Turles le ordenaría marcharse por donde había venido. Habían pasado varias semanas desde aquella confrontación y de momento no me había sacado el tema. No sabía si en algún momento se decidiría a hacerlo pero por su bien esperaba que no. La respuesta siempre sería la misma… ¡aquel estúpido niñato no regresaría por aquí jamás! ¡de eso me encargaría yo…!

- Ha llegado a mis oídos… - dijo acercándose lentamente hacia mí permaneciendo a unos metros de distancia – que el tirano Freezer pretende incorporar a nuestro hijo en su propio ejército. ¿Es eso cierto…?.

- Todos los Saiyans formamos parte de sus tropas, ¿o es que acaso se te olvida para quién son esos planetas que conquistamos durante las misiones?

- ¡No te hagas el loco Vegeta maldita sea! – gritó comenzando a alterarse – sabes bien a qué me refiero… ¡ese miserable quiere que el príncipe luche exclusivamente bajo sus órdenes directas! ¿no te das cuenta? ¡lo único que pretende es utilizarle y de paso alejarlo de nosotros! ¡de sus padres! ¡y lo más grave de todo es que tú lo vas a permitir!

- ¡¿Y qué quieres que haga yo?! – me enfurecí sin intentar negárselo - ¡ese bastardo me tiene completamente contra las cuerdas! ¿es que no lo ves? ¡con un solo dedo podría hacernos desaparecer a todos!

- ¡¿Y para evitarlo YO tengo que sacrificar a mi hijo para satisfacer los caprichos de ese tirano y que no tome represalias contra nuestro pueblo?! ¡por supuesto que no! ¡me niego rotundamente!.

Se situó frente a mí alzando la barbilla desafiante y con el ceño fruncido mientras sus ojos ardían por la furia. Decían que no había una ira más grande en el mundo que la de una madre luchando por proteger a su vástago, y estaba seguro que conociendo a Bergine ella no iba a ser una excepción.

- ¡Ya me imaginaba que esto iba a terminar pasando! – gritó dándose la vuelta mientras apretaba los puños. Desenroscó la cola de la cintura y observé como la movía inquieta de un lado a otro como una fiera dispuesta a saltar sobre su presa - ¡durante nuestros encuentros con Freezer él siempre ha tratado a nuestro hijo con suma amabilidad y condescendencia! ¿y por qué? ¡para intentar ganarse su confianza desde el primer momento!

- ¡El niño no es estúpido mujer! ¡por supuesto que sabe perfectamente cómo se las gasta ese monstruo!

- ¡Solamente tiene cinco años Vegeta!

- ¡Él es el príncipe de los Saiyans! ¡no es ningún bebé! sabrá cuidarse solo sin ningún problema…

Sentí como la sangre me hervía por dentro al oírle hablar como si nuestro hijo fuera un niño de pecho. Ya estaba más que harto del sentimentalismo del sexo femenino.

Casi podía escuchar cómo le rechinaban los dientes cuando se volvió a dar la vuelta para encararse conmigo. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su agitada respiración y por unos momentos pensé que intentaría golpearme.

¡Pobre niña…! qué ilusa era si pensaba que cualquier agresión física por su parte iba a resultar efectiva contra mi gran poder…

- ¡Escúchame bien Vegeta! – exclamó mirándome a los ojos completamente enajenada - ¡si le ocurre algo malo a nuestro hijo TÚ serás el único responsable! ¡y te juro por lo más sagrado que no descansaré hasta hacértelo pagar!

Hablaba con tanta pasión y rabia que en ningún momento dudé de que intentase llevar a cabo su amenaza… solo bastaba que yo permitiera semejante estupidez.

- ¿Acaso crees que tengo miedo de tus absurdas provocaciones mujer? – dije agarrándola por la cintura atrayéndola hacia mí – soy tu rey y cualquier cosa que me hagas no va a poder conmigo… que no se te olvide con quien estás hablando…

- Ya no me haces ningún daño… Vegeta… - murmuró entre dientes echando la cabeza hacia atrás mientras apoyaba las manos sobre mi pecho haciendo presión – así que ni siquiera trates de esforzarte…

Sabía perfectamente que se estaba refiriendo a la marcha de nuestro hijo Tarble, también a Turles... y a todas las atrocidades que había cometido contra ella intentando herirle, para desquitarme por la obsesión que esa maldita hembra provocaba en mi cuerpo y en mi cabeza.

Sonreí levemente y le acaricié la mejilla con suavidad bajo la atenta mirada de sus ojos color avellana. Se veía tan sumamente hermosa cuando se enfadaba de aquella forma ardiente e impulsiva, que me daban unas ganas locas de arrancarle la ropa y poseerla tan violentamente hasta hacerla gritar de placer y dolor. No lo podía evitar… esa mujer despertaba en mi interior unos instintos tan primarios que hasta yo mismo me sorprendía. Aquel gesto de desconcierto en su bonito rostro me hacía querer besarla con toda la rabia que era capaz de exteriorizar.

Y eso fue lo que hice.

Devoré con ansia ciega esos labios sensuales y deliciosos haciendo que Bergine soltase un ronco gemido de sorpresa ante mi apasionado gesto. Le sujeté la nuca con firmeza para que no intentase soltarse mientras que con la otra mano la estrechaba cada vez más contra mi cuerpo. Ella intentó resistirse durante unos segundos y dio un leve respingo cuando sintió mis dedos pellizcando sutilmente una de sus respingonas y bien formadas nalgas. Emitió un quejido de protesta y con los puños me golpeó el pecho con languidez dándome a entender que no estaba ofreciendo demasiada resistencia para librarse de mí.

Mocosa descarada… cualquiera que nos viese desde fuera pensaría que era yo el que la estaba forzando a aquello… pero una persona a la que le obligas a hacer algo no te corresponde de esa forma ni te explora la boca con la lengua.

- Vegeta… para… debo irme a entrenar… tu hijo me está esperando fuera… déjame marchar…

Qué hembra tan sumamente sensual… todo su ser provocaba en mí los pensamientos más lascivos que había tenido jamás. Sus gemidos de placer me animaban a seguir y lentamente deslicé unos de mis dedos recorriendo la piel de su suave muslo hasta llegar al borde de la pernera del pantalón corto.

Todo su cuerpo se estremeció bajo mi contacto y continué explorando aquella zona tan cálida hasta llegar a esa humedad tan excitante que comenzaba a formarse entre sus piernas.

Bergine abrió los ojos de repente y echó la cabeza hacia atrás lanzando un jadeo mientras me empujaba para que me apartase de ella.

Cuando vi su rostro me di cuenta de que tenía las mejillas totalmente arreboladas y se cubrió la boca con la mano mientras me miraba no sabría decir si con furia o con vergüenza.

Inesperadamente y sin darme tiempo a reaccionar me dio una bofetada dejándome perplejo y acto seguido se puso de puntillas atrayéndome con ímpetu hacia ella sujetándome por el borde del cuello de la armadura.

Me besó con tanta rabia y desesperación que yo mismo me sorprendí y me mordió el labio inferior haciéndome sentir un leve aunque excitante dolor. Aquella mujer nunca dejaría de sorprenderme…

Tan repentinamente como se había acercado me empujó con firmeza hacia atrás mientras retrocedía lentamente hasta la puerta sin apartar la mirada de mí ni un segundo. Tragué saliva e intenté recuperar la compostura con la mayor dignidad posible para no quedarme observándola de arriba abajo con cara de idiota.

¡Maldición!... ¿al final quién era el que se había burlado de quién?

- Será mejor que me vaya… Majestad… - dijo con la voz entrecortada por el deseo – ya he dicho todo lo que tenía que decir.

Se alisó dos veces aquellos pantalones cortos que le sentaban tan bien y se dio la vuelta mientras salía por la puerta de la sala dejándome dolorosamente excitado.

Permanecí pensativo durante unos minutos aun sorprendido por lo que acababa de suceder… aquella mujer todavía seguía siendo un verdadero misterio para mí. Me había amenazado de muerte, me había agredido y después se abalanzó sobre mis labios con una pasión completamente desmedida.

Una lenta sonrisa adornó mi rostro mientras rememoraba aquellos glúteos perfectos con forma de melocotón enfundados en aquellos ridículos pantalones… de buena gana le habría dado un mordisco para que supiese de una buena vez quién era el que mandaba aquí.

Desde la "partida" de aquel niñato de Turles, Bergine seguía manteniéndose muy fría y distante conmigo. Casi todas las noches después de aquello se había negado a compartir mi cama y mucho menos había aceptado algún acercamiento físico que viniera de mí. Aquella era su manera velada de vengarse… de castigarme por lo que le había hecho a su querido amigo. Bergine sabía perfectamente que el sexo con ella era una de las cosas que a mí más me fastidiaba perder y por eso últimamente hacia todo lo posible para evitar quedarse conmigo a solas.

Muy bien… si aquella mocosa seguía comportándose así no me iba a quedar más remedio que obligarla a que cumpliese como mi esposa que era. Me daba exactamente igual tener que doblegarla en contra de su voluntad. Sintiéndolo mucho con esa actitud suya era lo único que iba a terminar consiguiendo… no me daba otra opción.

- Pobre inocente… - sonreí cínicamente con los ojos brillantes – a veces pienso que no me conoces todavía mujer… por mucho que te escondas seguirás siendo solo mía y te lo voy a demostrar cueste lo que cueste… nadie le dice "no" al rey de los Saiyans…

Bergine

Apreté los dientes con rabia mientras cerraba los ojos intentando calmarme. No sé qué diablos estaba ocurriendo hoy pero parecía tener a todo el mundo en mi contra.

Nada más levantarme, había tenido que acudir a una audiencia donde se discutía el reparto de unas tierras provenientes de una herencia entre dos importantes familias de la Corte. Ninguno de ellos había dado su brazo a torcer y fue imposible llegar a un acuerdo. El rey se puso furioso y a gritos echó de la sala a todas aquellas personas amenazándoles casi de muerte. Después, a la hora de la comida, me vi obligada a bajar a las cocinas para hablar con los responsables después de probar la peor carne que había tomado en mi vida. ¿Tanto costaba hacer bien un asado sin tener que quemarlo?. Segunda bronca del día…

Más tarde, mantuve un acalorado encontronazo con las dos costureras encargadas de diseñar la gran mayoría de mis vestidos. Últimamente aquellas mujeres conseguían sacarme de mis casillas realizando unos diseños tan horrorosos y estrafalarios como si de golpe se les hubiese esfumado toda la creatividad y la inspiración. Ambas se deshicieron en disculpas y reverencias pero a mí no me servían de nada… ¿cómo se suponía que iba a caminar con libertad con aquellas telas que eran como armaduras de hojalata?.

¡Ya estaba más que harta de todos ellos! ¡ojalá se fueran al diablo! ¿es que acaso nadie sabía hacer bien su trabajo?

- Majestad… lo sentimos mucho… pero intentaremos solucionar el problema lo más rápido posible…

Ahora mismo me encontraba en la sala de mandos desde la que se programaban todas las salidas y llegadas de los escuadrones encargados de participar en las misiones. Llevaba allí más de media hora y aquel inútil me seguía diciendo exactamente lo mismo que cuando había llegado.

- ¡Escúchame bien insecto…! – le grité al hombre apuntándole con el dedo – ¡llevamos tres horas de retraso con la partida de los escuadrones cinco y doce! ¡me importa muy poco que estéis faltos de personal!. ¡Aquí hay suficientes ingenieros contratados para arreglar los problemas técnicos de las naves en el caso de que fallen! ¿no?

- Por supuesto mi Señora… pero es que varios de ellos no se han podido presentar porque están enfermos o porque han doblado el turno con el día anterior!

- ¡Me da igual! ¡no es mi problema! ¡aquí no pagamos a nadie por hacer el vago!

Aquel hombre, apenas un muchacho, tragó saliva haciendo una inclinación de cabeza mientras que con la mirada imploraba ayuda a uno de los trabajadores con aspecto de lagarto que iba de un lado a otro tecleando en los ordenadores de la sala.

Estaba claro que aquel chico llevaba poco tiempo empleado allí, por mucho que le gritase lo único que iba a conseguir era que se asustase más.

- Quiero hablar inmediatamente con la persona que está al mando. ¡¿Quién es hoy el responsable de todo este maldito caos?!

Escuché una carcajada a mis espaldas y me di la vuelta al reconocer aquella inconfundible voz.

- Vaya… veo que alguien se ha levantado con mal pie…

- Bardock… ¿qué estás haciendo aquí? – le pregunté con el ceño fruncido mirando hacia los lados. No me hacía mucha gracia que me tratasen con tanta familiaridad delante de mis súbditos

- Será mejor que dejemos a toda esta gente trabajando a su propio ritmo…

Alcé la barbilla desafiante cuando rodeó mis hombros con el brazo y me sacó sutilmente de la sala a pesar de mis protestas. ¡Lo que me faltaba por ver! ¡un maldito guerrero de clase baja llevando a su reina casi a rastras fuera de una habitación!.

- Los gritos se escuchaban desde un piso más abajo Bergine… y sinceramente la cara de ese pobre muchacho lo decía todo… no me extrañaría que solicitase dentro de poco una baja psicológica – dijo en tono burlón.

- ¡Suéltame! ¡déjame en paz! – exclamé zafándose de su agarre - ¡soy tu reina! ¡no puedes aparecer de repente y…!

- Con razón se comenta en la Corte lo irascible que está últimamente su Majestad… - me interrumpió cruzándose de brazos y alzando una ceja.

- ¿Ah sí? ¿y desde cuando haces caso a las habladurías que corren por aquí? es más… ¿qué hace alguien tan "sencillo" e "íntegro" como tú en un sitio como éste… nido de víboras lo llamaste la última vez?

- Vine a alistarme para una de las próximas misiones que comienza en dos días. Créeme que si no… aquí no se me ha perdido nada.

- Muy bien… pues entonces… ha sido un placer saludarte Bardock – dije con la cabeza alta – ya nos veremos en otro momento.

Cuando pasé por su lado dispuesta a marcharme me di cuenta que una leve sonrisa adornaba su rostro y negó con la cabeza poniendo los ojos en blanco.

- ¡Espera…! ya que he venido hasta aquí… todavía no me apetece tener que regresar a mi casa…

- Vaaaya… ¿problemas en el paraíso? – dije cínicamente.

- Bergine… no seas así… ¿vas a obligarme a que te suplique?

Me encogí de hombros con una sonrisa inocente e hice un ademán con la mano restándole importancia. Le propuse que fuéramos a la zona trasera del palacio cerca de las salas exteriores de entrenamiento donde probablemente pasásemos más desapercibidos. Yo misma iba vestida con ropa de combate así que no sería tan extraño. Gracias a Dios hoy no tenía a ninguno de esos odiosos escoltas que me había impuesto Vegeta pisándome los talones.

Decidí continuar caminando mientras hablábamos en vez de sentarnos en alguno de los bancos de la zona, de esa forma parecería que nos habíamos encontrado por casualidad y nadie malinterpretaría nada. ¡Ya estaba más que harta de tener que diseñar estrategias para no levantar sospechas! ¡harta de tener que calcular cualquier movimiento que me relacionase con el sexo masculino!. Pero sabía perfectamente que Bardock también estaba en el punto de mira del rey… si no por qué razón le habían preguntado a mis damas sobre mi "relación" con él…?

- Y dime… ¿cuál es el motivo que te mantiene alejado de tu perfecto núcleo familiar? – le pregunté arqueando una ceja

Él miró hacia otro lado dando un resoplido y me di cuenta que se estaba empezando a poner nervioso. Era evidente que aunque se parecieran mucho en el físico, Bardock no era como Turles… él no me contaría sus problemas ni se desahogaría conmigo con tanta facilidad.

- ¡Oh, disculpa…! ya casi ni recordaba que eras un hombre muy reservado y que no te agrada tener que hablar de tus cosas…

- Así es… - contestó escuetamente.

- ¿Y qué tal lleva el embarazo tu mujer? Tenía entendido que últimamente no se estaba encontrando muy bien…

Me negaba en redondo a no saber qué diablos le pasaba. Así que si le tenía que tirar de la lengua sonsacándole poco a poco con preguntas nada me iba a detener hasta conseguirlo.

- Ahora ya se encuentra mejor. Le quedan pocos meses para dar a luz.

Fruncí el ceño con fastidio al ver que volvía a sumirse de nuevo en ese silencio tan característico suyo cuando quería evitar una conversación incómoda. Parecía mentira que todavía que no me conociese…

- Al que he visto hace poco es a tu hijo mayor. ¡Es increíble lo alto y lo cambiado que está! ya lo he encontrado varias veces en el palacio. Claramente en eso no ha salido a ti, que evitas venir a la Corte a toda costa. Además… se ha convertido en un muchacho muy guapo – le dije con una sonrisa pícara dándole un codazo - ¡ya sé que hay unas cuantas muchachas suspirando por él! ¿eh?

De repente se paró en seco y soltó un resoplido negando con la cabeza. Su semblante cambió por completo y durante unos segundos pensé que quizás había dicho algo que le había molestado.

- Raditz ya no vive con nosotros… - dijo de repente – me refiero… en la casa familiar. Se trasladó a la Corte justo hace unos meses.

- ¿De verdad? no sabía nada… - aseguré con gesto extrañado – y tú… ¿qué opinas al respecto? ¿no te parece bien? ¿por eso estás tan disgustado?

- Tampoco es así… aunque… ¡días de gloria que nos estaba dando últimamente el chaval!

- ¿Y eso? ¡pero si a mí siempre me ha parecido un chico muy amable conmigo y además con muy buen carácter!

- ¡Ja! eso es porque eres una mujer y además de eso eres… bueno… eres… atractiva… - dijo esto último girando la cabeza y ruborizándose levemente como si se sintiera culpable por decirme aquellas palabras teniendo esposa.

No pude evitar enternecerme ante aquel gesto y durante unos segundos envidié el matrimonio sólido y sincero que Bardock mantenía con su mujer. Yo nunca sería capaz de olvidar las infidelidades del rey… pensar en ello hacía que me doliese el corazón de una manera tan horrible que no era capaz de expresarla con palabras. Quizás me estuviera equivocando, pero mi amigo no parecía de ese tipo de hombre que engañaba a su pareja con otras mujeres.

- Sé de buena fe que le gustas. Créeme que si no fueses la reina también intentaría engatusarte a ti – me dijo totalmente convencido – incluso a pesar de tu edad…

- ¡Oyeeee! – le di un suave golpe en el pecho totalmente indignada por lo que acababa de escuchar - ¡no seas exagerado! ¡si ni siquiera le saco diez años! ¡hablas como si fuese su abuela!

Él hizo un ademán con la mano como restándole importancia y yo me crucé de brazos frunciendo el ceño recordando lo primero que me acababa de decir.

¿Qué yo le gustaba a Raditz? ¡ay por Dios! ¡si la primera vez que lo vi no era más que un niño travieso al que le faltaba un diente!. Enrojecí de repente llevándome las manos a las mejillas como si el muchacho se me acabase de declarar allí mismo delante de todo el mundo.

Vi de reojo que Bardock me observaba con gesto extrañado y carraspeé varias veces intentando recobrar la compostura.

- Bueno… volviendo al tema… me refería a que Raditz siempre se ha portado muy bien con mi familia. Al menos lo que yo he podido ver. Mi hermana está encantada de tenerlo en su casa, la pequeña Kauri lo adora y además siempre ha sabido manejar muy bien a mi hijo a pesar de… bueno… a pesar del carácter que tiene…

Admití esto último en voz baja asumiendo por completo que Vegeta muchas veces tenía un genio de los mil demonios. Para nadie era un secreto que sus arranques de ira eran totalmente desproporcionados y justificados o no, él se creía con todo el derecho de hacerlo solo por ser el príncipe. No era la primera vez que Bardock se refería a mi hijo como "el pequeño dolor de cabeza" y aunque a mí me molestase tenía que reconocer que el carácter del niño era bastante impredecible.

- Ya sé que con los tuyos nunca ha tenido problemas, Bergine. Pero últimamente hacia lo que le daba la gana, llegando a casa solo cuando le convenía e incluso ahora… solo aparece de vez en cuando para que "le demos de comer". Se excusa diciendo que la comida que sirven en los comedores del palacio no está tan buena como la que le hace su madre. ¡No es listo ni nada!... menuda cara tiene…

- ¡Jajaja por Dios Bardock… eso a mí como madre me halagaría! y más en mi caso que yo soy un desastre de las tareas domésticas. Mi hijo se moriría de hambre a los dos días si dependiese de lo que yo le cocinase…

- ¡Pero lo peor no es eso! – aseguró mirándome desesperado – el otro día se presentó en la puerta de casa una muchacha. Él estaba en ese momento con nosotros y fue quien abrió la puerta. Lo único que oí fueron unos gritos histéricos por parte de ella llamándolo "mentiroso" y después mi hijo recibió una bofetada tan fuerte que su madre y yo nos quedamos perplejos. A los pocos minutos y sin saber cómo, consiguió apaciguar a la chica que se fue de allí completamente transformada en otra persona distinta.

Le miré en silencio sin saber muy bien qué decir intentando actualizar en mi cabeza la imagen anticuada que hasta ahora tenía de Raditz. ¿Por qué crecerán?... esa era mi pregunta… cada vez me estaba dando más miedo el pensar en la temida adolescencia. Si Vegeta era un niño difícil en varios aspectos… ¿cómo se comportaría cuando llegase a aquella espeluznante edad?.

- Bardock… si me permites opinar… yo creo que ahí sois vosotros los que debéis manteneros más firmes y cada vez que se presente a comer le dejáis las cosas claras.

- Ten por seguro que lo he intentado… pero su madre siempre termina ablandándose y no me apetece tener que discutir con ella otra vez por lo mismo. Durante el embarazo de Raditz siempre se encontró estupendamente bien, pero ahora es distinto.

Asentí con la cabeza mirando hacia el suelo sintiendo no poder ayudarle más. Ahora que el muchacho estaba viviendo en la Corte tendría muchas más distracciones que antes, pero evidentemente no dije nada… no sería yo quien echase más leña al fuego…

- No sé a quién habrá salido este chico… es camelador, embustero… pero lo hace con tanta naturalidad que hay personas, sobre todo muchachas por lo que veo, que eso les parece descarado y encantador. Yo ya no entiendo nada… ¡y mucho menos a las mujeres!

Muchas veces tampoco yo entendía muy bien a mi propio género… ¿cómo éramos tan tontas de fiarnos de los hombres por decirnos cuatro palabras amables, fogosas o divertidas? Yo misma me sentía como una estúpida por caer una y otra vez en el juego del rey después de cómo me había tratado. Mi orgullo y mi dignidad habían sido pisoteados hasta límites insospechados, pero parecía que por mucho mal que Vegeta me hiciese… yo seguía irremediablemente unida a él. Ya no por nuestro hijo, ni por la pasión que evidentemente sentíamos el uno por el otro, sino por algo mucho más fuerte… algo que no sabía bien explicar y que me gustaría arrancarme del corazón de una vez por todas y para siempre.

Últimamente sentía que me ahogaba en un agujero oscuro y negro del que no era capaz de salir. Desde que ya no tenía a Turles para apoyarme, con sus ocurrencias y su irónico sentido del humor, me daba cuenta que lo echaba de menos mucho más de lo que me habría imaginado. Ya no tenía con quien hablar… con quien desahogarme… él me escuchaba sin juzgarme y me entendía como si fuera mi alma gemela.

¡Odiaba al rey por lo que me había hecho… por lo que nos había hecho a los dos! ¡nunca se lo iba a perdonar…! ¿acaso era tan extraño que un hombre y una mujer se llevasen bien sin tener que llegar a nada más?

Muy brevemente le conté a Bardock las circunstancias que habían desencadenado la partida de Turles. Necesitaba ser sincera y ponerle al corriente de los últimos acontecimientos ya que él también corría peligro, incluso su hijo, por el mero hecho de tratarme, también podía llegar a entrar dentro de la lista de "sospechosos" que el rey parecía haber elaborado.

- La verdad es que lo siento mucho, Bergine… debe resultar bastante… agobiante… tener que vivir siempre bajo vigilancia.

- No te preocupes por mí… al fin y al cabo yo solita he sido la que me he metido en esto… ¿verdad? – dije con una falsa sonrisa poniéndome a la defensiva.

Bardock bajó la mirada hacia el suelo pero no dijo nada.

¿Para qué molestarse? Yo ya sabía perfectamente lo que opinaba sobre mi matrimonio con el rey… lo mismo que había pensado mi madre en su momento, y que por supuesto también coincidía con lo que me decía mi hermana. Para todos ellos yo me había vendido como una mujer vulgar a cambio de vivir rodeada de lujos y comodidades… a cambio de salir de aquella mugrosa vida de penurias y carencias. ¿Acaso eso era un delito?.

Pero me daba exactamente igual lo que creyesen de mí… solo yo sabía lo que necesitaba... solo yo… sabía cómo me sentía…

Si hay algo que no podía soportar en esta vida era que me tuviesen lástima, pero sobre todo, que me recordasen que por mis propias y erróneas decisiones, yo era la única responsable de haber cavado mi propia tumba.

Pero esto no se iba a quedar así…

Ya estaba más que harta de dejarme manipular. Harta de que el rey hiciese conmigo lo que quería y que me tratase peor que a un perro. Una posible idea llevaba fraguándose en mi mente desde hacía varias semanas. Ya era hora de llevar a cabo mi plan…

Algo… que debería haber hecho hace mucho tiempo…

- "Créeme Vegeta… te has cansado de humillarme una y otra vez hasta la saciedad. Pero ten por seguro que te vas a arrepentir por todo lo que me has hecho… ¡te lo juro!"


Zira3000: aquí quería especificar un poco el carácter de Raditz intentando asemejarlo a lo escaso que se ha visto en la serie/manga haciendo referencia a la vez que intentó camelar a Goku para que le soltase cuando él le dejó sin fuerzas agarrándole por la cola.

Está claro que su forma de ser, así como la de Nappa están bastantes suavizadas teniendo en cuenta el calvario que debieron pasar a las órdenes de Freezer lo cual les endurecería bastante más añadiendo a eso su carácter típico de la raza Saiyan.

Bueno... muchas gracias por leer e intentaré actualizar lo más pronto posible!