Capítulo 36: Venganza

Cyrus y los demás descendieron de las montañas, completamente abatidos. Llevaba a Farah en brazos, incapaz de caminar por sí sola. Lloraba en silencio con la mirada perdida. Arsalan y Sindra iban con ellos, él, cargando con las espadas de Malik y Kaileena, lo único que quedaba de ellos … O eso pensaban.

Al adentrarse en el campamento, vieron las consecuencias de la batalla. Decenas de soldados sentados, tirados en el suelo, esperando a que los médicos, desbordados, pudieran atenderles. Otros eran transportados a Aresura para poder recuperarse. Los carruajes iban y venían. Poco a poco, el campamento iba quedándose vacío.

Estaban llegando a sus tiendas cuando, al levantar la vista, Cyrus vio una figura a lo lejos que le resultaba familiar. No pudo creerlo cuando se fijó en quién era.

No puede ser … - Dijo, llamando la atención de Farah. – Es … ¡Kaileena!

¿Qué? – Farah miró en la misma dirección y la vio allí, y, a su lado, reconoció a otra persona. - ¡Y también está Malik!

Automáticamente, Farah saltó de los brazos de Cyrus y ambos corrieron hasta ellos. Kaileena les escuchó acercarse y se giró levemente. Estaba tapada con una manta, encogida, tiritando de frío y con los labios morados. Malik estaba en una camilla, aún inconsciente.

¡Kaileena! – Exclamó Cyrus, llegando hasta ella y abrazándola. - ¡Gracias a los Dioses! ¡Estás viva! – La observó brevemente y vio que estaba pálida. – Por el amor de Ormazd, ¡estás helada! ¿Te encuentras bien?

Te … Tengo frío … - Dijo ella, tartamudeando. Trató de cubrirse más con la manta, pero no le servía de nada.

No está herido … - Dijo Farah, examinando a Malik.

¿Qué?

¡No está herido! Su camisa está rota y manchada de sangre, pero no hay herida. Sólo hay unos arañazos.

Eso no es posible … - Cyrus se acercó a Malik y comprobó que, efectivamente, no tenía ninguna herida grave. Se giró hacia Kaileena. – Kai, ¿qué ha pasado en los túneles?

El Simurgh ... – Respondió ella, sin mirarles.

¿Le ha curado? – Cyrus no se lo creía.

Su ropa está empapada. Voy a llevarlo dentro para que entre en calor. Con este frío no es bueno que esté así en su estado. – Explicó Farah, ordenando a varios soldados que llevaran a Malik a su tienda. – Deberías hacer lo mismo con Kaileena. No tiene buen aspecto.

Sí, no me gusta nada cómo tiene las manos y la cara. – Cyrus miró a Kaileena y se acercó a ella. - ¿Puedes andar?

Creo que sí … - Dijo ella, levantándose con su ayuda.

Tranquila. – Cyrus la sujetó. - ¿Quieres que te lleve?

No. Caminar me vendrá bien …

Arsalan, ¿me echas una mano? – Le preguntó Farah, alejándose.

¡Claro! – Arsalan miró a Cyrus. – Nos vemos luego.

Farah se retiró a su tienda, seguida de Arsalan. Los soldados ya habían llevado a Malik al interior. Sindra se quedó con Cyrus y Kaileena, sin saber qué hacer.

Bueno … - Dijo Cyrus. - ¿Queréis echarme una mano?

Claro.

Cuando Arsalan entró en la tienda de Farah y Malik se quedó maravillado. Sólo era una simple tienda, y sin embargo estaba llena de lujos y materiales de calidad. Era muy diferente a las muchas tiendas donde había buscado cobijo en sus aventuras, cuyas telas estaban agrietadas y dejaban pasar el aire frío al interior. Esa, en cambio, mantenía una temperatura agradable.

¡Vaya con la tienda del Principito! – Dijo, mirando a su alrededor, riéndose. - ¿Qué hay que hacer para conseguir todo esto?

Arsalan, échame una mano a quitarle la ropa, por favor. – Le insistió, cogiendo ropa seca para Malik. – A este paso acabará enfermando …

Vale, vale … - Se quitó el guantelete y sujetó a Malik, de modo que quedase sentado y así Farah pudiera quitarle la camisa. – Pues sí que pesa …

No tiene ni un rasguño … - Murmuró Farah.

Bueno … Tiene varios cortes muy hermosos, eh.

¡Me refiero a heridas de combate! – Dijo ella, molesta. – Es como si no le hubiera pasado nada. Esos arañazos son obra del Simurgh.

¿Y qué es ese Simurgh?

El pájaro gigante que iba con Karsham. Devolvió una vez a Kaileena a la vida y ahora lo ha vuelto a hacer con Malik …

Farah desabrochó los cinturones de Malik y le quitó las botas, que estaban llenas de agua. Después, tiró de los pantalones. Arsalan, fiel a su descarado humor, no pudo evitar hacer algún comentario.

¡Ah! – Exclamó, sorprendido. - ¡Ahora lo entiendo!

¿De qué hablas? – Le preguntó ella, confusa.

Menuda mercancía tiene el futuro Rey … - Y arqueando una ceja, añadió. – Por eso estáis casada con el, ¿eh?

¡¿Qué? ¡Eso no tiene nada que ver! – Protestó ella. - ¿Acaso crees que eso me importa?

Entonces, ¿cómo una mujer como vos está casada con un hombre con él? ¿Cuántos años os saca? ¿Diez? ¿Quince?

Diecisiete.

Más a mi favor … ¡Podría ser vuestro padre!

Le quiero, ¿qué más hace falta?

Pero, ¿qué habéis visto en él que os atraiga tanto?

Deberías aprender a mirar más allá del físico, Arsalan. – Respondió ella, vistiendo a Malik. – Es leal, tierno y …

También el futuro Rey. – Terminó él.

¿Qué quieres decir?

Oh, vamos … ¡No me digáis que no sabéis lo que pasa cuando un Príncipe se convierte en Rey! – Farah le miró con una mezcla de desconfianza y confusión. – El Rey se centra en su Reino, está todo el tiempo fuera, viajando a las diferentes regiones de su territorio y luchando en guerras. El papel de su esposa es darle descendientes y criarlos en su ausencia.

Él no es así.

Pero lo será.

¡No! – Farah notó que Malik comenzaba a moverse. – Ahora no quiero oír ni una palabra más al respecto. Está despertando.

Vale … Pero ya os digo que lo será.

La Princesa le dedicó una mirada de desagrado a Arsalan. Malik abrió los ojos, desorientado. Vio a Farah a su lado, observándole atentamente, y reaccionó.

¿Farah? ¿E … Eres tú? – Malik extendió el brazo, tratando de alcanzarla.

¡Claro que soy yo! – Farah cogió su mano y la llevo hasta su rostro. Estaba fría. - ¿Te encuentras bien?

¿Qué ha pasado? – Malik parecía no saber ni dónde estaba. Miraba a su alrededor una y otra vez. - ¿Cómo he llegado aquí?

¿No recuerdas nada?

Recuerdo que un Daeva estaba estrangulando a Kaileena y que me lancé sobre él … Luego, sólo vi oscuridad.

El Simurgh te ha devuelto a la vida. – Le explicó ella, sonriendo. – Te ha salvado.

¿El Simurgh? – Farah asintió. Malik la miró asombrado. - ¿Y Kaileena? ¿Cómo está?

Está viva.

Pero, ¿cómo se encuentra? ¿Está bien?

No sé qué decir … Cuando os vimos no tenía buen aspecto. – Respondió ella. – Kalim me ha dicho que os encontraron en la orilla del río. Tú estabas inconsciente, pero ella parecía exhausta. Seguramente nadó a contracorriente para sacarte de allí. – Farah, viendo la cara de preocupación de Malik, trató de suavizar la situación. – Pero seguro que se pondrá bien. Estará cansada, nada más. Cyrus se encargará de ella. Se recuperará pronto, no te preocupes.

Espero que sea como dices … - Malik vio a Arsalan junto a ellos. - ¿Qué hace él aquí?

Es Arsalan, un aliado nuestro. – Explicó Farah. – Salvó a Cyrus de sus soldados y ha luchado valerosamente a nuestro lado.

¿Y qué quiere? ¿Una recompensa? – Malik se estaba mostrando muy hostil ante él.

¿Por qué dices eso?

¿Para qué ha venido si no a nuestra tienda?

Me ha estado ayudando a quitarte la ropa mojada. Deberías mostrarte un poco más agradecido. Estuvo protegiéndome después de que TÚ me dejaras inconsciente.

Malik guardó silencio, recordando lo rudo que había sido con ella. Nada más despertar, había visto a su mujer acompañada por otro hombre. Lo cierto era que Farah había aceptado a Arsalan en el grupo bastante bien, sin importar que fuera un simple ladrón. Y eso le preocupaba. De la nada, aparece un hombre mucho más joven que él, despreocupado, sin ataduras, mucho más en forma, pues sólo había que ver su torso para comprenderlo, y que, curiosamente, había congeniado a la perfección con ella. Siendo Malik el hombre que era, tenía motivos para ponerse celoso.

Creo que será mejor que me vaya … - Dijo Arsalan, cogiendo sus cosas. – No quiero ser el motivo de una disputa conyugal.

No, la que se va soy yo. – Dijo Farah. – Voy a ver cómo está Kaileena. Tú quédate vigilándole.

¿Vi … Vigilarle?

¡¿Vigilarme él a MÍ? – Exclamó Malik, indignado.

Sí, estás débil y ambos sabemos tus puntos débiles. – Respondió ella, señalándole. – Así que estate quietecito y no hagas esfuerzos.

Farah se giró y abandonó la tienda. Arsalan se quedó mirando a Malik, que le miraba amenazante. Mientras tanto, Cyrus y Sindra habían logrado llevar a Kaileena poco a poco hasta su tienda. Apenas podía moverse. Al final, había tenido que llevarla en brazos, pues tropezaba y caminaba con mucha dificultad.

Le habían preguntado por el camino qué había pasado, pero apenas recordaba fragmentos sueltos. Eso preocupaba a Cyrus. Kaileena parecía estar empeorando. Utilizaba frases incoherentes y pronunciaba mal, como si fuera un bebé. Eso, definitivamente, no era normal.

Ya en la tienda, Cyrus dejó a Kaileena en manos de Sindra y buscó ropa de abrigo para que entrase en calor. La Princesa Daeva la estaba ayudando a quitarse la armadura para poder desvestirse, pero Kaileena se movía con mucha lentitud, como si su cuerpo no le obedeciera. Farah llegó para ayudarles, pero la situación no mejoraría mucho aún estando ella.

¿Todavía está así? – Dijo al entrar.

¡Pero si apenas se mueve! – Protestaba Sindra.

Os echaré una mano. – Farah se acercó a ellas y comenzó a quitarle la armadura mientras Sindra la sujetaba. – Kaileena, levanta los brazos.

¿Kaileena? – Repitió Sindra, pues Kaileena no se movía. - ¿Qué le pasa?

Esperad, esperad … - Dijo Farah, examinándola. – Tiene las manos y los pies morados …

Por eso debemos darnos prisa. Está pálida. ¡Miradle la cara!

Kaileena, ¿me escuchas? – Pero Kaileena no respondía. Parecía estar en su mundo. - ¿Kaileena?

¿Qué? – Balbuceó ella, mirándola. Al momento, apartó la cara y miró al suelo. – Estoy cansada. Mami, quiero irme a casa …

¿Mami? – Repitió Sindra. – Dioses, está perdiendo la cordura.

Hay que secarla y hacer que entre en calor. – Dijo Farah. – Vamos a quitarle la …

De pronto, Kaileena se desplomó, cayendo al suelo. Cuando Sindra y Farah la colocaron mirando al techo, tenía los ojos medio abiertos, pero no reaccionaba a ningún estímulo. Poco a poco, los cerró. Alarmadas, ambas mujeres trataron de reanimarla, pero no lograban nada. Cyrus acudió también, preocupado por ella.

¡¿Qué le pasa? – Preguntaba él, histérico.

Apenas tiene pulso y le cuesta respirar. – Dijo Sindra, examinando sus constantes vitales. Le levantó un párpado y vio si reaccionaba ante un objeto cercano, pero no funcionaba y, además, tenía las pupilas dilatadas. – No reacciona … ¡Tenemos que hacer que entre en calor ya!

¡¿Y qué hacemos?

Cyrus, quítate la ropa. – Le dijo Farah.

¡¿Qué? – Aquello pareció indignarle. - ¿Quitármela para qué?

En estos casos lo mejor para hacer entrar en calor a una persona es el contacto piel con piel. – Explicó Farah.

¿Y por qué no le damos un baño de agua caliente? Entrará en calor más rápido.

Porque eso la mataría. – Respondió Sindra. – Debe entrar en calor poco a poco. Un cambio brusco de temperatura acabaría con ella … ¡De modo que ya os estáis quitando la ropa!

Está bien, está bien …

Cyrus comenzó a desnudarse mientras Farah y Sindra despojaban a Kaileena de su ropa. Su cuerpo comenzaba a tener un tono azulado, y aquello, desde luego, no era buena señal. Ya no sólo eran las manos y los pies, sino el cuerpo entero.

Vale, ya estoy. – Avisó Cyrus, cubriéndose con un cojín. - ¿Ahora qué?

Ayúdanos a llevarla a la cama. – Dijo Farah. Cyrus cogió a Kaileena y la tumbó sobre los cojines, cubriéndola con una manta. – Bien, ahora, métete con ella.

¿Meterme con ella en la misma cama? ¿Desnudos?

¡Vaya! Veo que el frío no ha afectado a tu capacidad de pensar. – Le respondió ella. – Dentro, ¡vamos!

Avergonzado, Cyrus se tumbó junto a Kaileena. Farah y Sindra la acercaron a él, quedando completamente abrazados.

¡Por todos los Dioses! ¡Está helada! – Protestó Cyrus.

Precisamente por eso. Ahora tienes que transmitirle tu calor. – Explicó Farah.

¿Y qué se supone que debo hacer?

Manteneos cerca de ella, que esté en contacto con vos constantemente. – Explicó Sindra, echándoles más mantas encima y cubriendo a Kaileena prácticamente hasta los ojos. – Aseguraos de que tanto sus manos como sus pies entren en calor.

Sí, es lo que tiene más frío … - Protestó Cyrus, apretando los dientes.

Deja de quejarte. – Dijo Farah. – Ya verás como dentro de un rato estará mejor. Le diré a Arsalan que se quede con vosotros y que nos avise cuando despierte.

Está bien …

Yo voy a ver cómo están los míos. – Dijo Sindra, retirándose. – Adiós.

Las dos mujeres se marcharon, dejándolos solos. Cyrus acercó a Kaileena a él lo máximo que pudo, sosteniendo una de sus manos. Su cuerpo estaba frío, como un cadáver. Estaba completamente pálida y algunas partes de su cuerpo se habían vuelto azuladas. Apenas podía notar su respiración o su pulso. Temía por su vida. La veía tan débil, sucumbiendo a las inclemencias del frío … Tenía que hacerla entrar en calor como fuera. Preocupado y abrazándola con todas sus fuerzas, Cyrus le dio un beso en la frente, esperando que se recuperase.

No muy lejos de allí, Malik continuaba mirando a Arsalan con mala cara. El joven ladrón se sentía incómodo ante la mirada asesina del Príncipe. No le había caído bien, de eso estaba seguro. Debía cuidar sus palabras. Un error, y podía darse por muerto.

¿A qué has venido? – Le preguntó Malik, desconfiado.

¿Perdón?

¿Qué es lo que quieres? No me digas que has luchado a nuestro lado por simple lealtad a mi padre.

El Daeva que os traicionó también causó estragos en mi grupo de ladrones. Mató a varios de mis mejores hombres y nos humilló.

Entonces habéis luchado por venganza.

En parte. – Admitió Arsalan, mostrándose serio. – Pero cuando supimos lo que se rumoreaba sobre los traidores al Rey Shahraman, no dudamos en acudir. Cualquier ayuda es poca en esta situación.

¿Situación? – Malik se levantó, sorprendido e indignado. - ¡¿Qué sabrás tú de la situación por la que estamos pasando?

¡Eh! No debéis levantaros.

¡Tú a mí no me das órdenes! ¡Responde a mi pregunta!

Sé que los leales a Saman se han estado ocultando en la ciudad durante años, y cuando supimos lo que hicieron en Palacio, la gente a la que asesinaron … Nos pareció una atrocidad.

Tú no sabes por qué lo hicieron.

Querían venganza por la muerte de Saman y todo lo que conllevó aquello. Eso lo sabe toda Persia.

¿A qué te refieres?- Malik ya comenzaba a cambiar su actitud hacia el joven ladrón, sorprendido por lo que parecía saber.

Los traidores estaban repartidos por muchas ciudades. Se reunían en tabernas frecuentadas por ladrones y asesinos … Allí, los espías de Palacio informaban a los diferentes líderes de cada ciudad. – Explicó Arsalan. – Lo último que supimos fue que planeaban asesinaros a vos en esta batalla y capturar al Príncipe Cyrus como trofeo para exponerlo en la plaza del mercado. Pretendían esclavizar a vuestras mujeres y asesinar a vuestros hijos.

Y han estado a punto de conseguirlo … - Dijo él, sentándose de nuevo y cubriéndose con una manta para combatir el frío.

Príncipe Malik, vuestro padre cometió un error. Pero dudo que planeara desde un principio usurpar el Trono de vuestro tío. Esa gente pretendía hacer cosas peores a los leales a Shahraman, hacer pagar a gente inocente por sus errores. ¡No merecen la victoria! Vuestro padre ha dirigido un Reino siendo justo con su pueblo.

¿Justo?- Malik se sorprendió. - ¿Hablas de justicia cuando eres un ladrón, un hombre despreciado por la sociedad? Mi padre os persigue a ti y a los tuyos, ¿cómo puedes hablar de justicia siendo quien eres? ¡Podría ordenar tu ejecución ahora mismo!

No lo haréis.

¡¿Qué? ¿Cómo puedes ser tan confiado? ¿Qué te hace pensar que no lo haré?

Primero, le he salvado la vida a vuestro hermano. Segundo, he luchado junto a vos y vuestro ejército sin tener por qué hacerlo. Y tercero, descendéis de un hombre bueno y justo. Tenéis sentido del honor.

Hablas con sabiduría para ser un ladrón.

Las calles pueden enseñar cosas que no se encuentran en los libros de vuestra biblioteca.

Ya … Lo sé.

Farah llegó y se sorprendió de ver a ambos hombres hablar tranquilamente sin insultarse o amenazarse.

¡Vaya! – Exclamó ella al entrar. - Los dos seguís de una pieza.

La batalla ha terminado. No veo motivo para seguir peleando. – Se rió Arsalan.

Me estaba explicando por qué ha venido a luchar a nuestro lado. – Dijo Malik.

¿Ya te cae mejor? – Malik asintió, avergonzado. – Me alegro. Pero no deberías estar sentado. Necesitas descansar. Voy a curarte las marcas del Simurgh y después te acuestas un rato a dormir, ¿vale?

Está bien …

Sí señor, eso es una esposa entregada con amor y devoción a su matrimonio. – Dijo Arsalan, sonriendo. – Pocas mujeres se preocupan tanto por el bienestar de su esposo. Podéis sentiros afortunado.

Así es como me siento todas las noches cuando me tumbo a su lado. – Admitió Malik. – Pocos Príncipes tienen la suerte de conseguir una esposa como Farah.

¿En serio? Teniendo la libertad de elegir a tantas esposas como gustéis …

No. Con Farah, ¿para qué quiero más?

¡Bueno! Creo que me iré para dejaros algo de intimidad. Veo que esto se está volviendo muy … "sentimental".

Arsalan, espera. – Le detuvo Farah. – Necesito que vayas a la tienda de Cyrus y Kaileena y te quedes con ellos hasta que ella despierte.

¿Despierte? ¿Ocurre algo? – Preguntó Malik, extrañado.

El frío le ha afectado más de lo que creíamos y ha perdido el conocimiento. Apenas respira y su pulso es muy débil. – Explicó Farah. – Cyrus está intentando hacerla entrar en calor.

¿Tan mal está? – Malik, sorprendentemente, estaba preocupado por ella. – Pero … Se recuperará, ¿verdad?

Eso espero … - Farah se giró de nuevo hacia Arsalan. – Por eso necesito que estés con ellos y ayudes a Cyrus con lo que necesite. No conviene que se separe de Kaileena. ¿Podrías hacerlo?

¡Claro! Con tal de ayudar a una dama, lo que sea. – Arsalan caminó hacia la salida. – Os avisaré cuando haya alguna novedad.

Gracias.

El joven ladrón abandonó la tienda para dirigirse a la del otro Príncipe. En cuanto se quedaron solos, Malik se dejó caer sobre Farah, buscando tanto su afecto como su calor. Cerró los ojos, suspirando, apoyándose en el pecho de su esposa. Ella estaba de pie, frente a la mesa donde le habían tumbado previamente para cambiarle la ropa mojada.

¿Qué te ocurre? – Le preguntó Farah.

Nada …

¿Seguro?

Malik volvió a suspirar, se alejó de ella y le apartó el pelo de la cara, dejando ver la herida que le había provocado tras tirarla bruscamente contra aquella roca. Furioso consigo mismo, apartó la mirada, mordiéndose el labio inferior.

Soy un monstruo …

No lo eres.

Sí que lo soy. No debí tratarte así.

Tampoco debiste regresar a la batalla. ¿Por qué estabas tan empeñado en morir?

Porque no quería que siguieras sufriendo por mi …

¿Y crees que sacrificando tu vida no sufriría aún más? – Malik no supo qué responder. – Malik, te quiero, y estaré a tu lado siempre. Para lo bueno y para lo malo, ¿recuerdas?

En la salud y en la enfermedad … - Continuó él.

Hasta que la muerte nos separe. – Terminó ella. – No seas tú quien lo haga. El Simurgh te ha resucitado, ¿no debería servirte de señal para que no te des por vencido?

Supongo … - Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. – Oye, estoy helado … ¿Y si nos tumbamos juntos en la cama y me ayudas a entrar en calor? – Le preguntó, sonriendo.

Necesitas descansar, Malik. – Respondió Farah, sabiendo a lo que se refería.

Bueno, yo puedo descansar … Ya me has demostrado que sabes llevar las riendas de la situación.

No, Malik. – Se negó de nuevo, riéndose. – Recupérate, y luego haremos lo que quieras. Por favor …

Está bien … ¿Por qué siempre acabo cediendo yo?

Porque eres incapaz de negarle algo a tu mujercita. – Tras darle un beso, le ayudó a ponerse en pie. – Vamos, te ayudaré a caminar hasta la cama.

Con cuidado, Farah condujo a Malik hasta su cama y le ayudó a tumbarse. Después, se quitó la ropa y se tumbó a su lado, abrazándole. No podía ser más feliz. Su marido estaba vivo. No sabía cómo podría agradecérselo al Simurgh. Ahora, sólo le quedaba rezar para que los médicos hallaran una manera de solucionar sus problemas de corazón.

En las afueras de Babilonia, el Rey había llegado ya al antiguo Templo de Ormazd. Siguió a Yashar por los túneles subterráneos, escoltado por su guardia personal. La situación no podía ser más tensa. Llegaron a la sala donde, años atrás, Shahraman ocultó el cuerpo de su hermano.

¿Por qué me habéis traído aquí? – Preguntó Shahraman, desconfiado.

¿Qué pasa? ¿Hay algún problema? – Se burló Yashar. - ¿Os incomoda estar aquí?

Exijo una explicación de inmediato.

No creo que estéis en posición de exigir nada … - Mientras Yashar decía esto, los soldados se colocaron tras él, mirando amenazantes a su Rey. – Entregad vuestra espada.

¡¿Qué?

Entregad vuestra espada y seremos compasivos con vos … Puede que hasta os perdonemos la vida.

Antes la muerte que rendirme ante vos. – Se negó Shahraman.

Sigues siendo un estúpido …

Cuando Shahraman escuchó aquella voz, su corazón pareció detenerse. Conocía esa voz, le era horriblemente familiar. No quería creerlo cuando lo vio, pero, efectivamente, entre los soldados, apareció un hombre algo más mayor que él, con la barba recortada alrededor de la boca, el pelo recogido con una coleta, y los ojos azules, como los suyos.

Aquel hombre le miraba sonriendo, pero no era una sonrisa de felicidad, sino de triunfo. Había caído en su trampa sin saberlo. Shahraman esperaba ponerle punto final a la situación, pero jamás imaginó que aquello acabaría así.

¿Saman? – Shahraman no podía creerlo. – No … No puede ser.

Estoy aquí, ¿no?

No … ¡Te vi morir! ¡Te quedaste atrapado bajo los escombros!

Me quedé inconsciente, cierto … Pero cuando te marchaste, mis hombres de confianza me rescataron. – Explicaba Saman, caminando por la sala. – Puesto que intentaste asesinarme, me alejaron de ti tanto como pudieron. Pero cuando me recuperé, ya te habías encargado de usurpar mi Trono y arrebatarme a mi esposa … Aunque eso ya lo habías hecho antes, ¿eh?

Yo jamás quise tu Trono, Saman … Tenía que proteger a Mehri de …

¿A Mehri? ¡Por favor, Shahraman! ¿Realmente lo hiciste por ella? – Saman se reía. – Admítelo, lo hiciste únicamente para protegerte a ti. En lugar de contar la verdad, te inventaste una historia inverosímil. Algunos te creyeron, pero no pudiste convencer a todo el mundo … Y te dedicaste a eliminar a todo aquel que se declarase leal a mí, ¿verdad?

Shahraman no respondió, únicamente bajó la mirada.

Me he visto obligado a ocultarme durante casi cincuenta años. Una vida de Rey reducida a la de un fugitivo, huyendo de los soldados que se suponía que debían defenderme. Pero, por suerte para mí, no te deshiciste de todos mis aliados … - Saman continuó su discurso. – Y ahora, tras décadas de planificación, al fin puedo reclamar lo que me pertenece por derecho. ¡Arrodíllate ante tu Rey!

A pesar de que Saman habló con un tono realmente intimidatorio, Shahraman no se movió. Ante su negativa, Saman golpeó a su hermano pequeño en el estómago, haciéndole caer.

Shahraman se llevó la mano al estómago. Estaba sangrando. Su herida estaba abierta de nuevo. Ahora se encontraba en un lío aún mayor, en desventaja numérica y herido.

Siempre has sido un cobarde … No eres digno de llevar la espada de nuestro padre. ¡Entrégala!

No …

Es inútil que te resistas, Shahraman. – Saman se arrodilló frente a él. – Ya hemos vencido. Estás solo.

Cuando mis hijos regresen, te matarán … - Advirtió él.

¿Tus hijos? ¡Ja! Tu hijo Malik ya estará muerto, y Cyrus es fácil desmoralizarle. Es patético que pienses que regresarán.

¿De qué te sirve convertirte en Rey ahora? Eres viejo para gobernar. ¡Tu Reinado durará poco!

Oh, querido hermano. ¿Crees que en todo este tiempo no he tenido oportunidad de yacer con ninguna mujer? – Entonces, el capitán de la Guardia Real, Ardashir, se acercó hasta ellos. – Te presento a mi hijo, aunque creo que ya os conocéis.

¡¿Ardashir es hijo tuyo? – Shahraman no podía creerlo. Había estado rodeado de traidores todo el tiempo.

Sí, lo que le convierte en mi heredero.

¿Por qué has esperado tanto tiempo?

Planificar estas cosas lleva lo suyo. Además, estaba esperando la ocasión adecuada, y Karsham nos brindó una oportunidad de oro. – Saman se paró a observar triunfante a su hermano. – Dime, Shahraman, ¿qué se siente al perder todo aquello a lo que amas? ¿Rabia, impotencia, dolor? Así es como me sentí yo … Y ahora voy a hacerte pagar por todo lo que he sufrido … A ti, y a tus seguidores.

¿Crees que haciendo esto serás mejor que yo? ¡Te rebajarás a mi nivel o aún peor!

¿Crees que eso me importa?

No … Después de todo lo que has hecho, ¿por qué iba a importarte?

¡Bien! Eres listo … Seré generoso contigo. Ya que no quieres entregar la espada de nuestro padre, te concederé una oportunidad de defenderte. ¡Levanta!

Shahraman sacó fuerzas y, con mucho dolor y mucha dificultad, logró ponerse de pie. Apenas podía sostener su espada. Saman sacó la suya y se colocó en posición. Su hermano trató de hacer lo mismo. Pero en su estado, era algo imposible. Antes de poder hacer ningún movimiento, Saman se movió con rapidez, atravesando con su espada a Shahraman.

El Rey destronado cayó sobre su hermano. Su cara reflejaba su sufrimiento. Sin mostrar piedad, Saman sacó su espada con la misma rapidez con la que se la había clavado y tiró a Shahraman al suelo de una patada.

No contento con eso, lo arrastró hasta una pared y encadenó uno de sus brazos a una columna, dejándole sin escapatoria. Shahraman se llevó las manos a la herida, tratando de frenarla. Saman se arrodilló a su lado y le habló al oído.

Ahora, te vas a quedar aquí atrapado, muriendo lentamente. Me voy a marchar a reclamar mi Trono. Para cuando regrese, espero que ya estés cadáver.

¡No puedes dejarme aquí!

¿Qué no? – Saman comenzó a caminar hacia la salida. – No hay nada que me lo impida … ¡Adiós, hermano!

Y entonces, la puerta se cerró. Allí quedó el antiguo Rey Shahraman, despojado de su honor, su Trono y herido gravemente. Saman ordenó a los soldados de la Guardia Personal del Rey que se repartieran por los diferentes túneles, por si alguien osaba ir en busca de su hermano.

Por más que tiraba de la cadena, Shahraman no podía liberarse. Utilizando su turbante como venda, lo colocó sobre su herida y presionó tanto como pudo. Así aguantaría más tiempo. Lo único que podía hacer era rezar para que alguien fuera a rescatarle.