Twilight y sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer

Gracias a Isa por corregir este capítulo


NI-PARTE I

Detesta ese sentimiento persistente de culpa que nace cuando lo deja o cuando camina lejos de él, pero quedarse en su presencia es peligroso, más cuando habla de esa manera que habló en el baño; sus palabras la confunden y la dejan preguntándose qué tipo de hombre dice cosas tan siniestras y ciertas al mismo tiempo. A veces, piensa que Edward es el demonio mismo, alguien que está en esta tierra para tentar su alma y destrozarla. Huir, huir es lo único que le queda; sabe conscientemente que su inmadurez emocional la hace comportarse infantilmente y no la deja discernir entre actuar o simplemente irse. Sin embargo, esta vez ella se marchó de ese baño con la frente en alto, pero al entrar a su cuarto en lo único que podía pensar era en la cara de Edward al escuchar sus palabras: "No son los únicos hombres de mi vida", era como si lo hubiera herido irreversiblemente. Su afirmación es cierta, pero no por eso debe sentir que no está a merced de su padre o su esposo, ambos todavía son los más importantes hombres de su vida, y son capaces de hacerle un gran daño.

Edward siente una punzada en su mejilla, la pequeña cortada apenas si sangra; con su botiquín abierto saca el material de curación y termina el trabajo de su esposa. Al salir del baño se ve como una personaje cómico salido de una historieta; está lleno de pequeñas cintas adhesivas que cubren su mejilla y cuello, sus manos están cubiertas por vendas más anchas, pues es ahí donde más tuvo cortes.

Con un paso firme camina hacia el cuarto de Bella y se detiene unos segundos. En su mano trae el cheque semanal que le corresponde a su esposa; no sabe si pasárselo por debajo de la puerta, o bien, utilizar el mismo proceso de intercambio que la última vez. Decide por el último ya que realmente tiene algo que le quiere pedir a su extraña y dotada esposa.

Bella escucha el toque en su puerta que secretamente ha deseado escuchar estos días. El segundo toque le hace pensar que su persistencia es casi pretenciosa, como si él no tuviera tiempo que perder tocando a su puerta y ella debiera de abrir de inmediato. El tercer toque, sin embargo, es lento, como si hubiera perdido la esperanza; es ahí que ella abre la puerta.

Su esposo se ve gracioso con todas esas cintas en su cara, así que esboza una sonrisa y luego la cubre bajando su cara y cruzando sus brazos.

—Sé que me veo ridículo, ¿tal vez deberías dejar que Aro no me golpee en la cara? Eso afecta mi trabajo —él dice con una sonrisa torcida.

—Lo pensaré. ¿Qué quieres, Edward? —ella pregunta impaciente.

Edward extiende el cheque, pero ella no lo toma.

—¿No lo quieres? —él pregunta curioso.

Ella mira el papel y luego a él.

—Depende, ¿qué pedirás a cambio? —ella pregunta levantando una ceja.

Su esposo se mira algo consternado y pensativo, sin mirarla a los ojos y jugando con la orilla del cheque.

—Nada..., bueno te lo daré sin ningún tipo de condición, pero sí tengo un favor que pedirte, puedes aceptar o no, el cheque será tuyo de todas maneras —él dice levantando su mirada apenas para ser cubierta por sus largas pestañas.

Sus palabras dejan a Bella confundida y curiosa.

—¿Es decir que me vas a dar el cheque sin ninguna condición? —ella pregunta mordiendo su labio.

—Así es, ten, tómalo —dice Edward extendiendo el cheque.

Su esposa levanta la mano para tocar el papel, pero se arrepiente al último segundo.

—Esto no es una treta, ¿verdad?

Edward suspira y sacude la cabeza.

—Como te dije, esta vez no habrá condición, pero si te hace sentir mejor, no te puedo prometer que será así la siguiente semana —él dice molesto extendiendo el cheque insistentemente hacia ella.

Bella espera unos segundos y tentativamente toma el papel.

—Y ahora que te he demostrado mi buena disposición, espero puedas corresponder accediendo a un favor —él dice mirándola fijamente.

Bella bufa sarcásticamente mientras examina el cheque.

—No lo creo —ella dice cerrando la puerta de su cuarto, pero Edward la detiene con su mano vendada, haciendo que sisee de dolor.

—¿Puedes al menos escucharme antes de ignorarme? —él pregunta molesto.

Bella abre la puerta, mirando la mano vendada de Edward. Se reprende a sí misma por culparse cada vez que ve sus cortes, no es como si ella le hubiera dado la orden a Aro.

—Conociéndote no creo que sea algo que esté interesada —ella dice.

—Sólo escucha y luego toma tu decisión —él refuta.

—Bien, ¿qué es ese dichoso favor? —ella pregunta condescendientemente.

Edward traga saliva y toma aire.

—Me gustaría que me acompañaras este martes a un lugar…

—No —responde Bella inmediatamente interrumpiendo a su esposo.

—No es lo que imaginas, este favor no es para mí…, bueno sí lo es, pero no me beneficia directamente, es una de mis pacientes —aclara Edward.

—No entiendo, ¿una paciente? —pregunta Bella.

Edward suspira.

—Meredith tiene ciertos... problemas y me gustaría que me ayudaras a decidir mi diagnóstico. He arreglado una visita a su casa este martes y esperaba que pudieras acompañarme.

Bella descruza los brazos y lo mira confundida.

—¿Qué clase de problemas tiene esta chica Meredith? —ella pregunta desconfiadamente.

—Ella ha mencionado haber escuchado voces y haber presenciado cosas extrañas en su casa..., cosas de las que tal vez tú entiendas mejor que yo.

Bella sacude la cabeza en incredulidad.

—Edward, no entiendo bien, ¿quieres que vaya a casa de esta chica y ver si ve fantasmas?

Su esposo asiente.

—Okay... realmente no le creí a Irina cuando me dijo que estabas convencido, supongo que Alice sí hizo bien su trabajo —comenta Bella con burla.

Edward la mira expectante y se muerde el labio sin saber cómo contestar eso.

—¿Lo harás entonces? —él pregunta impaciente.

—No lo sé... no soy experta, Edward. Además, ¿no crees que sería algo raro traer a tu esposa a una visita médica?

—No es una visita médica, técnicamente —él dice un poco avergonzado—. Le dije que te llevaría porque bueno... le dije de pretexto que...

—¿Qué? ¿Qué le dijiste de mí, Edward Masen? —ella pregunta molesta poniéndose las manos en la cintura.

—¡Nada! ¡Nada malo, lo juro! —él dice defensivamente—. Sólo que tal vez podrían ser amigas... no sé, tal vez ella podría hablar contigo desde una perspectiva femenina; Meredith dice que no tiene muchas amigas —termina Edward su explicación como un niño tímido.

—Ya veo, pero no me gusta mucho la idea de ir como tu esposa, no es correcto.

Edward endurece sus facciones y levanta el mentón.

—¿Por qué no? Eres mi esposa —él dice con voz dura.

Bella bufa en molestia y vuelve a cruzar sus brazos.

—Tú sabes que es sólo cuestión de tiempo...

—Muchas cosas pueden pasar en un año, Bella, incluso...

—¿Incluso qué? —ella pregunta desafiante.

Edward toma aliento y sacude la cabeza.

—Nada. Entonces, ¿irás? —él pregunta insistente.

—Iré, pero creo que no podré ayudar mucho —dice Bella desganada—. Soy nueva en esto, Edward, a veces no puedo controlar mi propio don, es... complicado —ella dice insegura.

—Lo entiendo, pero si lo que Meredith dice no es real... es decir, si realmente… tú sabes...

—¿Es acosada por un fantasma? —complementa Bella.

—Sí, eso... pues si es eso, tengo que saberlo, ¿podrías intentarlo por lo menos? Es importante, de lo contrario significaría que tiene un serio problema y necesitaría internación psiquiátrica.

Bella se tensa ante sus palabras.

—Eso no te importó conmigo, y ¿ahora te importa que a una extraña le suceda la misma injusticia? —reclama Bella.

Edward da un paso hacia adelante, tan cerca como puede estarlo sin tocarla, baja su cabeza y la mira directamente a los ojos.

—Sé la injusticia que cometí contigo, es por eso que no quiero repetir el mismo error, no si puedo evitarlo.

Bella lo mira, sus ojos de arrepentimiento se ven tan sinceros y este acto... esta manera de resarcir sus errores se ve tan genuina; casi puede creerle, casi, si no fuera porque sabe perfectamente que hubo un tiempo que esa misma mirada de sinceridad y gestos nobles una vez la convencieron de que era un hombre íntegro. En el fondo sabe que no puede confiar en Edward, pero tampoco puede dejar que una chica sufra su mismo destino.

—Bien, lo haré —dice Bella exhalando.

X*-*-*X

Tres pagos más y podrá sacar el auto de la agencia y al fin podrá empezar sus lecciones con Lloyd; cree que está flotando en las nubes mientras camina por la calle de Vine y Hollywood. Pasa frente a un aparador y mira un lindo conjunto de joyas que le recuerdan la amatista que Edward le regaló; son unos hermosos aretes y una pulsera que hace juego, complementada con un anillo. Suspira fantaseando con ellos, hasta que recuerda que tiene una fantasía más grande: poder conducir por ella misma su propio auto… bueno, tan propio sea el auto que compró con el dinero que Edward le da. Paso uno para ser independiente, su siguiente paso es conseguir un trabajo.

Camina las tres calles hacia el Café Tasse á Thé y se sienta en una pequeña mesa del fondo. Son apenas las 3 pm y ella a quedado de verse con el en su consultorio a las 4 para ir a casa de Meredith. Está un poco nerviosa por el encuentro, no sabe cómo será o qué es lo que le esperará en esa casa; Irina le ha dicho que hay espíritus malignos y otros que sólo necesitan guía, espera que en el mejor de los casos sea un simple caso de un mal entendido celestial. No puede estar segura que sea lo mismo con Aro, es posible que lo controle, pero ¿cómo podrá deshacerse de él? Necesita ir con Irina y preguntarle.

Su taza de té llega y al mismo tiempo ve a Edward entrar al café. No sabe cómo la ha encontrado, se han quedado de ver en su consultorio a unas cuadras de ahí, pero al parecer Edward no la ha notado. Lo ve sentarse en una mesa que está fuera y pedir algo a la mesera. Bella tiene el impulso de huir de ahí lo más rápidamente posible, pero no hay forma de salir sin ser vista por él. No tiene caso huir, se dice; tal vez si se queda ahí quieta él no la note. Minutos después ve llegar a la última persona que se le podría ocurrir en este mundo: a Irina. La clarividente trae su excéntrica ropa holgada y de colores intensos, con alhajas llamativas y su peinado rimbombante, haciendo que el resto de la clientela la note. La mujer se sienta frente a Edward y estos dos empiezan a hablar amenamente. Irina no tarda ni cinco minutos, cuando se va de ahí.

Bella tiene curiosidad, tanta curiosidad que no le importa esta vez confrontar a Edward. Se levanta, olvidando su taza de té y dejando un puñado de billetes suficientes para pagar el triple de la cuenta.

Edward la nota de inmediato y sonríe como si no le sorprendiera verla.

—¿Qué hacías hablando con Irina? —Es lo primero que pregunta antes de sentarse en voz lo suficientemente alta para que algunas personas volteen.

—Siéntate por favor —él ofrece amablemente.

Bella accede gracias a que es demasiado educada y no es digno de una dama hablar así en público.

—¿Qué hacía Irina aquí? ¿Qué estás tratando de hacer, Edward? —ella pregunta molesta, desconfiada de las acciones de su esposo—. ¿Lo de Meredith es sólo un juego, una treta para hacerme creer que realmente me crees sobre... sobre los fantasmas? —ella pregunta en voz baja lo último.

Edward toma de su taza de café y la baja lentamente, luego la mira ladeando su cabeza y pone su mano en su mentón, contemplativamente.

—Te propongo algo; ve con Meredith, y si realmente ella no ve fantasmas tendrás todo el derecho de dudar de mí sobre este asunto en particular.

Bella sacude la cabeza confundida.

—¿Qué? No... no caeré en tu trampa. ¿Convenciste a Irina en ayudarte con todo esto? No lo puedo creer, no de ella —dice Bella molesta.

—Hey, mandé llamar a Irina porque necesitaba su consejo, no la metas en esto —él dice defensivamente.

Bella lo mira extrañada de que Edward se vea tan ofendido y esté defendiendo a Irina ni más ni menos.

—¿Qué consejo? —ella pregunta desconfiada.

Edward se ve renuente a contestar mientras juega con la boca de la taza.

—Después de que accediste a ir con Meredith tuve mis dudas, sobre lo que dijiste en no estar preparada en ser nueva con tu don —él dice mirándola—. Estaba preocupado que pudiera pasarte lo mismo que con Aro...

—¿A qué te refieres? —ella pregunta.

—Lo que pasó esa noche... cuando no eras tú —él dice entre dientes, recordando esa noche.

—¿Sabías que Aro había tomado posesión de mi cuerpo? —pregunta Bella asombrada—. ¿Hace cuánto? ¿Te lo dijo Irina?

—Lo insinuó y realmente lo creo. No te pude reconocer, cuando te vi a los ojos sabía que no eras tú y hasta mucho tiempo después supe qué significaba —él dice tragando saliva—. Creo que nunca estuve más asustando en mi vida, era tan... aterrador saber que no estabas ahí —él dice con temblor en su voz.

Bella se queda callada un tiempo, asimilando lo que su esposo le acaba de decir.

—Edward, no entiendo, ¿por qué haces todo esto? ¿Qué quieres ganar con esto? ¿Quieres demostrarme que me crees? ¿Es eso? —ella pregunta angustiada y confundida.

Edward baja la mirada y luego levanta sus ojos.

—No lo sé, realmente no lo sé, pero te creo, Bella, hace mucho tiempo que lo hago—él confiesa.

—¿Y qué te dijo Irina? —pregunta Bella después de un tiempo.

—Me dijo que el don que tienes debe ser usado para el bien y que Dios no te lo daría si no confiara en que puedes controlarlo —dice Edward volteando los ojos, como si lo que la mujer le dijera fuera ridículo. Eso no lo hizo sentirse mejor o más confiado de llevarla con Meredith.

—¿Tú qué crees? —ella pregunta.

—¿Sobre qué? —él responde.

—¿Crees que puedo controlarlo? —No sabe por qué le pregunta esto a él, pero necesita saber esa respuesta, es tan importante como que le crea que tiene un don.

Edward asiente firmemente levantando su mano y poniéndola sobre la de su esposa, ella afortunadamente no la retira, pues está expectante de su respuesta.

—Confío ciegamente en ti, Bella, y sé lo increíblemente fuerte que eres.

Bella retira la mano lentamente y asiente.

—Creo que es hora de irnos —ella dice con voz baja sin mirar a su esposo.

El camino es extraño y callado; Edward no puede dejar de pensar en que Bella tal vez no esté lista y ella no puede dejar de pensar en sus últimas palabras donde él admitía confiar en ella ciegamente. Bella voltea con él de reojo y contempla su perfil. Tantas memorias se le vienen a la mente: la primera vez que lo vio esa vez en la lluvia, cuando fueron a recorrer L.A. y esa vez en su auto a la orilla de la carretera. Sus mejillas se ruborizan y aprieta sus piernas en memoria, luego se reprimenda a sí misma porque técnicamente no debería desear a un hombre como Edward, pero lo hace y ése es su mayor pecado.

—¿Cómo es ella? —pregunta Bella para quitar loa malos pensamientos de su cabeza.

—¿Quién? —pregunta Edward distraído.

—Meredith, ¿es bonita? —Bella dice arrepintiéndose inmediatamente de su pregunta.

Edward voltea con una sonrisa torcida y la mira con curiosidad.

—¿Por qué quieres saberlo?

Como es de esperarse ella contesta con una encogida de hombros.

—No lo sé, supongo que es bonita, es mi paciente, no la veo de esa forma —él responde con una sonrisa.

—Oh —dice Bella mordiendo su labio—, supongo que no. Pero...

—¿Sí? —él pregunta curioso.

Ella cierra los ojos; odia, odia ser tan débil.

—¿Y las demás? —ella pregunta odiándose a sí misma por sucumbir a su estúpida curiosidad.

Edward se ríe y voltea con ella.

—No son mujeres para mí, Bella, no como lo piensas. Son personas perturbadas... almas perdidas, si quieres ponerlo en tus términos.

—Pero debe haber mujeres guapas entre ellas, es decir la gran mayoría son mujeres de sociedad —ella comenta.

—Sí, son muy hermosas, incluso algunas son modelos o actrices —él dice volteándola a ver de reojo.

Bella no contesta.

—¿Bella? —él pregunta de pronto.

Ella voltea distraídamente con él en respuesta.

—Ninguna de ellas tiene ojos eternos como los tuyos —él dice mirándola directamente.

Bella no vuelve a abrir la boca en todo el camino.

X*-*-*X

La casa de Meredith Dwight es grande y lujosa, sin embargo es vieja; para Edward es como regresar el tiempo hacia la época de las colonias Británicas. Es extraño que entre tanto modernismo de esta ciudad él siempre termine en casas antiguas, como ésta o la de Jasper.

La mucama de Meredith abre la puerta diciendo que son esperados y los hace pasar hacia una pequeña sala que es adornada con un candelabro ostentoso. Bella levanta la cabeza y frunce su ceño.

—¿Qué pasa? —pregunta Edward en su oído.

Bella sacude la cabeza.

—No lo sé...

—Dr. Masen, señora Masen, bienvenidos —comenta una linda joven de más o menos la misma edad de Bella. Tiene cabello castaño claro y ojos verdes increíblemente grandes, parece una linda muñeca de porcelana. Bella se siente incómoda e insegura de inmediato, pero recuerda lo que le ha enseñado Rose e insiste en su pose elegante y segura que tanto ha practicado.

—Mucho gusto, Meredith, mi esposo me ha hablado de ti. Dime Bella —dice Bella amablemente.

—Yo igual, el doctor Masen no para de hablar sobre su encantadora y hermosa esposa —comenta Meredith con una sonrisa.

—¿En serio? —pregunta Bella curiosa hacia Edward.

Edward, nervioso, traga saliva. Meredith se ríe y toma a Bella de la mano.

—Es broma, el pobre apenas habla en nuestras sesiones.

Bella se ve un poco decepcionada, pero sigue a Meredith hacia el interior de la casa. Edward camina detrás de ellas.

Inmediatamente Bella siente una extraña presencia y se detiene en seco. Meredith voltea con ella extrañado y Edward corre hacia su esposa.

—¿Qué pasa? —él pregunta preocupado.

Bella se mira confundida mirando a todos lados, podría asegurar que hay alguien más, pero no lo puede ver.

—¿Te importa si me retiro unos momentos al tocador, Meredith? Creo que me cayó un poco mal la comida —dice Bella rápidamente.

—Claro, el tocador está a la izquierda, la puerta verde —contesta Meredith preocupada.

Edward comenta que Bella está sólo un poco indispuesta y se excusa con su paciente para seguir a su esposa.

En el baño Bella está hiperventilando; algo no está bien aquí, puede sentir alguien que no le gusta la presencia de ella en este lugar.

—¿Bella? ¿Estás bien? —pregunta su esposo detrás de la puerta.

Bella abre la puerta, se ve pálida y temblorosa.

—¿Qué sucede? —pregunta Edward preocupado.

—Creo que hay algo aquí que no quiere que esté yo aquí, es... ¿celos? ¿Ira? No lo sé —dice Bella sacudiendo su cabeza.

Edward la toma en sus brazos y ella no puede negarse, en este ambiente tan hostil necesita todo el consuelo y protección que pueda sentir. Inmediatamente en los brazos de Edward el sentimiento de opresión desaparece. Ella lo mira extrañada ladeando su cabeza.

—¿Qué?

—Nada, es que... ya me siento mejor —ella dice con un mejor color en su semblante.

Al salir del baño el sentimiento vuelve, y de forma inconsciente, casi primitiva, toma la mano de Edward, comprobando nuevamente que el simple contacto con su esposo hace cualquier sentimiento molesto desaparecer.

Edward está más que sorprendido por la iniciativa de su esposa de tocarlo, pero no lo rechaza; está esbozando una sonrisa estúpida de oreja a oreja. Al mismo tiempo, su esposa se queda quieta en un rincón del pasillo, pues frente a ella está ese mismo ente que la está hostigando. Entiende entonces que su poder se intensifica cuando toca a Edward; es algo extraño, como si él fuera una antena que amplifica su señal.

—¿Bella, qué pasa? —él pregunta nuevamente.

—Shhh, no hables —ella dice en voz baja y luego apunta a la mujer frente a ella—. Nos puede ver.

Edward efectivamente levanta la mirada y tan fácil como si viera a un ser vivo, puede ver el espectro frente a él.


NOTA DE AUTOR:

ohhh Edward, no quisiera ver tus calzones ahora mismo.

Saludos,

Eve