Aclaración:
- Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación
- La historia es una adaptación al Naruhina, la original se llama "La caída de un Libertino" de Raine Miller
Advertencias:
CATEGORIA "M"
AU - LENGUAJE VULGAR- VIOLENCIA SEXUAL
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
«La cólera y los celos no pueden perder de vista
que su objetivo es el amor».
GEORGE ELIOT, El molino del Floss
Hinata y Naruto se aproximaron a la puerta lentamente. La tensión que emanaba de él flotaba en el aire, inquietándola. La residencia de Mei Terumi era su objetivo, pronto sabrían lo que quería contarle a Naruto.
La casa estaba situada en el elegante distrito de Adelphi, en la otra orilla del Támesis, muy de moda. Un mayordomo los guio hasta una alegre sala decorada en tonos blancos y dorados, donde los esperaba la propia Mei sentada en un diván. Era evidente que estaba enferma. Si la vez anterior Hinata percibió en ella algunos signos de enfermedad, en esta ocasión su deterioro era innegable.
—Señor y señora Namikaze, bienvenidos a mi casa. Por favor, disculpen mi aspecto y lo inapropiado de mi saludo. Gracias por acudir a mi llamada. —Inclinó la cabeza con gracia y elegancia.
—¿Se encuentra bien, madame? —preguntó Naruto.
—No demasiado. Es posible que no vea otra primavera —repuso la mujer con suavidad. Tenía la piel tan pálida que parecía casi traslúcida.
—Lo lamento mucho, madame —convino Naruto.
—Le pido disculpas si no puedo atenderlos como debiera, señor Namikaze.
Le aseguro que lamento provocar desasosiego a cualquiera de ustedes dos. No es mi intención, pero mi salud es cada vez más débil. Sin embargo, tenía una razón para pedirle que viniera… Me queda poco tiempo y los médicos me han asegurado que no existen tratamientos ni terapias a estas alturas de mi enfermedad. Padezco un cáncer que acabará conmigo, sin duda alguna.
Colocó las manos en el regazo antes de seguir hablando.
—Tampoco debo quejarme demasiado. Mi vida ha sido completa en cierta medida. He amado y he sido amada. Disfruté de la maternidad a edad más bien tardía, pero no por ello menos deseada. Tengo una hija. Una niña maravillosa. Tiene doce años. ¿Lo sabía, señor Namikaze?
—No, no lo sabía. Créame que lamentamos mucho sus circunstancias, madame Terumi —prosiguió Naruto.
Aquella señora era la tranquilidad y la dignidad personificadas. Hinata notaba que, aunque su marido trataba de sentir simpatía por aquella mujer moribunda, en realidad se sentía, sobre todo, desconcertado e inquieto.
Naruto se aclaró la voz y se dirigió a la enferma.
—No sabía que tenía una hija, madame. —Movía la cabeza con pesar—. Pero ¿por qué me ha llamado? ¿Por qué me cuenta todo esto?
—Porque, a excepción de mí, usted es su única familia. Es de su sangre.
—No. —Naruto meneó la cabeza—. Es imposible que sea mi hija. Madame, nosotros nunca hemos… Usted y yo no hemos hecho… —Alzó la mano, irritado.
—Sabe tan bien como yo que no puede ser mío.
—No es su hija, señor Namikaze, sino su hermana. —Madame Mei subrayó su revelación con la cabeza, lentamente—. Su padre, Minato Namikaze es el padre de mi hija. Mi hija es su hermana. Comparten sangre y apellido. Se llama Karin. Karin Namikaze.
Hinata sintió que Naruto le estrujaba la mano con fuerza y contuvo el aliento. Su marido, desde luego, estaba asombrado, desconcertado. Nunca lo había visto en aquel estado de ánimo, y eso que había compartido con él momentos muy difíciles.
Al cabo de un momento, Naruto saltó como un resorte del sofá y comenzó a pasearse, al tiempo que se pasaba la mano por el pelo, en su gesto habitual, despeinándose.
—¿Es cierto eso? —Miró a Hinata y luego a Mei. Le temblaba el labio inferior—. Tengo una hermana…
Naruto se sentó antes de que le fallaran las piernas y acabara de bruces en el suelo.— ¿Una hermana…? ¿Cómo es posible? —logró balbucear.
—Conocí a su padre en Francia —repuso Mei con suavidad—. Era muy guapo, encantador y divertido. Lo amé, señor Namikaze. En lo que a mí se refiere…, mis sentimientos eran genuinos. Fue hace trece años. Siempre me consideré estéril, pero, para mi sorpresa, concebí a Karin. Minato pareció alegrarse por ello y fuimos felices. Bueno, al menos yo lo fui.
Madame Mei hizo una pausa mientras una expresión melancólica iluminaba sus delgados rasgos.
—Nuestro matrimonio duró menos de un año. Una noche no regresó a casa.
No sé lo que le ocurrió; si se metió en problemas por deudas con acreedores vengativos, si deseaba recuperar su libertad o si, sencillamente, se mezcló con gente equivocada. Encontraron su cuerpo en un callejón, detrás de un garito de juego, una semana después. No llegó a conocer a su hija. Mei se vio asaltada por un acceso de tos que interrumpió su historia. Los huesos de sus hombros se percibían con claridad debajo del liviano chal de seda amarilla.
Todo aquello tenía que ser una pesadilla, una alucinación, no podía ser real, pensó él, aturdido por toda aquella información que Mei acababa de darle.
—Tomé la herencia que me dejó mi padre y me trasladé a Inglaterra. Rehíce mi vida aquí. Karin está ahora en el colegio; no sabe nada de mí, salvo que soy su madre y que este es su hogar. Por supuesto, sabe que su padre está muerto, pero no que Minato tuvo otra familia anterior. El Cisne de Terciopelo y las transacciones que allí se realizan también son desconocidas para ella, y así deseo que siga siendo.
En cualquier caso, he vendido mi parte. Taruho y Shion ya se encuentran a salvo en Francia, Lee se fue con ellos y estoy ocupándome de buscar lugares seguros para el resto de los sirvientes.
—¿Por qué no me dijo nada antes? Usted me lo ha estado ocultando durante todos estos años. —Había un claro acento de reproche en su voz que Hinata entendió muy bien.
—Lo lamento, señor. Lo lamento mucho. Creí que usted podría albergar, de saberlo, algún tipo de resentimiento hacia Karin o que imaginaría que mis motivos para contárselo eran materiales, egoístas. Pero no quiero dinero ni nada de eso de usted, señor Namikaze, nada. Karin tiene la vida resuelta. Mi abogado se encargará de los detalles. Mi hija tiene asegurada su educación y heredará esta casa… —Se interrumpió, con la respiración jadeante por la emoción y por la debilidad.
Naruto alzó la mirada hacia ella, todavía aturdido, pero seguro de sus sentimientos.
—No siento ninguna clase de resentimiento por mi hermana. Por mi padre sí, pero jamás por una niña. —Notó que Hinata le apretaba la mano y la miró con los ojos enrojecidos—. Tengo una hermana, Hinata. —Suspiró y sonrió.
—Sí, Naruto. Es maravilloso.
—Lo es —susurró él con serena emoción.
Mei no pudo contener un sollozo.
—Perdone… Perdónenme, por favor. Ahora sé que cometí un error al no decírselo hace años. Pero desde que enfermé estuve muy asustada, señor Namikaze. Temía dejar a mi hija sola en el mundo. Tiene solo doce años y, cuando yo desaparezca, no le quedará nadie a quien llamar «familia». Nadie que cuide de ella o la guíe hasta la madurez. Nadie que… la quiera… —Se calló de golpe, incapaz de contener el llanto.
La vida presenta retos y, a veces, oportunidades. Naruto captó desde el primer momento que estaba ante una oportunidad como tal y la aceptó. A los pocos instantes de conocer que tenía una hermana ya sabía cómo iba a actuar.
Se había pasado años sintiéndose indigno, creyendo que le faltaba algo. Sí, de acuerdo, sus abuelos le habían amado, pero no su padre. A Minato Namikaze le había estorbado y jamás le había mostrado afecto. ¿Por qué? No conocía la respuesta. Nadie sabía por qué su padre no se había preocupado por su madre y él. Solo existía una dolorosa realidad: había sido un niño rechazado por el autor de sus días.
Pero él no era como su padre. Minato fue sin duda un tipo insensible y frío; pero él, su hijo, no lo sería. Tenía una vida llena de objetivos. Hinata lo ayudaría.
Sería un marido cariñoso y, algún día, si Dios quería, un padre que apreciaría a sus hijos como el regalo que eran. Y se aseguraría de que lo supieran. De que su propia carne conociera su amor, su vocación por la familia. Ahora, además, se le brindaba la oportunidad de ser un buen hermano mayor; el mentor, el guía que la pequeña Karin necesitaría cuando faltara su madre.
Se levantó del sofá y se acercó a Mei. Le puso la mano sobre el hombro tembloroso y esperó a que lo mirara. Cuando ella alzó la cara, la tenía mojada por las lágrimas.
—Mi hermana podrá contar conmigo —le prometió.
Sin luna que suavizara la oscuridad, solo las farolas iluminaban desde detrás del cristal las mojadas callejuelas de Londres. Era la noche perfecta para encargarse de cierto asunto.
En la esquina había un club de caballeros; su pesada puerta se abría y cerraba de manera regular según entraban y salían los miembros del mismo, bien cargados de dinero y de vino.
Uno de los socios fue observado con especial atención al abandonar el local. Él ignoraba tal hecho, por supuesto, cuando se dirigió al carruaje que lo esperaba.
Los que aguardaban en la oscuridad permanecían escondidos en silencio.
Cuando Kakashi Hatake dio un paso adelante para abrirle la puerta, el hombre se detuvo en seco al ver su cara, extraña para él.
—¿Quién demonios es usted? ¿Dónde está mi chochero? ¡Usted no es!
—No, milord. Soy Hatake, trabajo para su vecino. Su cochero se puso enfermo de repente y me pidió que lo reemplazara. Yo lo llevaré a casa, milord.
—Kakashi representaba su papel con facilidad, al tiempo que abría la puertecilla y le ofrecía el brazo para ayudarlo a subir—. ¿Me permite?
Superada ya la sorpresa inicial, el caballero asimiló la extraña información y se encogió de hombros, amoldándose a las circunstancias sin problemas. ¿Para qué iba a entrar en consideraciones sobre trivialidades de sirvientes enfermos que eran sustituidos por otros? No tenía costumbre de desperdiciar su tiempo en esas cosas, un tiempo demasiado valioso y escaso.
—Espero que conozcas la manera más rápida de llevarme a casa, Hatake.
—Por supuesto, lord Hamura. No debe usted preocuparse —respondió Kakashi con prontitud.
En el mismo momento en que Hamura Otsutsuki entró en el carruaje, Hiashi y Neji Hyuga cayeron sobre su presa. Lo dominaron en cuestión de segundos. Se resistió lo que pudo y sus gritos fueron ahogados por el estrépito de las ruedas del coche. Eso sí, antes de rendirse logró impactar con el sello que llevaba en el meñique sobre el pómulo izquierdo de Hiashi Hyuga.
Al poco rato estaba atado como un pavo para la cena de Navidad, amordazado e inmovilizado sobre el suelo del carruaje.
—Hola, Hamura. ¿Qué tal marchan tus actividades de violación y asalto? ¿Te tienen muy ocupado? Imagino que tu trabajo se amontona ahora que tu socio ha desaparecido. Es tu sobrino, ¿verdad? Ya sabes…, ¡el que violó a mi hija! —Hiashi volcaba todo el rencor acumulado durante mucho tiempo en aquellas palabras.
Otsutsuki negó con la cabeza.
—No, Hiashi —dijo con la voz ahogada por la mordaza.
—¡Silencio, cerdo! —Neji le dio una patada en las costillas—. Vas a escucharnos sin decir nada.
—Volviendo a tu sobrino, Hamura… —Hiashi procuró adoptar un burlesco tono conciliador—Creo que debemos hablar sobre él. ¿Qué opinas? He oído por ahí que ha desaparecido. Debes de estar loco de preocupación por él. Pobre muchacho, ¿qué le habrá ocurrido?
Hamura se encogió de miedo y cerró los ojos.
—¿Sueles leer The London Times, Hamura? Imagino que sí, siendo un par del reino, tienes que estar al tanto de las últimas noticias. Imagino que es necesario para un hombre como tú.
Hiashi subió la llama de la lámpara interior del carruaje para que pudiera ver el periódico que sostenía en alto mientras le lanzaba una mirada afilada.
—Ahí tienes, es el artículo más intrigante de hoy. Bueno, en realidad ni siquiera es un artículo, es solo una nota. Tuve que leer con atención todo el periódico para encontrarla; estos periodistas de The London Times son muy desconsiderados. Es apenas una reseña en la página trece. —Se aclaró la voz—.Veamos lo que dice la noticia, ¿de acuerdo, Hamura? Hamura gimió como un bebé y Neji le dio otra patada en el costado.
—«Cuerpo mutilado encontrado en el mar».
Esa frase es el título, Hamura. ¿No quieres saber qué más pone? Desde el suelo llegaron unos sollozos sordos.
Hiashi escudriñó el artículo antes de arrojarle encima el diario con un teatral gesto de repugnancia.
—¡Santo Dios! ¡Esto es asqueroso! ¿Adónde vamos a llegar? No quiero ni imaginármelo. Según dice ahí, unos pescadores encontraron el cuerpo de un hombre en el Canal, ayer al amanecer. Pelo blanco, estatura media, no llevaba identificación, salvo una chaqueta roja con las iniciales T. O. bordadas. Calculan que ese pobre diablo llevaba en el mar por lo menos dos semanas; estaba casi congelado por las bajas temperaturas del agua.
Hamura se quedó inmóvil y cesó de lloriquear. Escuchaba.
Hiashi continuó dando explicaciones a su enemigo.
—Bien, Hamura, bien. Me alegro de que te interese la historia. Estoy a punto de llegar a la parte más bonita. El periódico explica que el cuerpo estaba mutilado, abro comillas: «Los órganos genitales masculinos habían sido seccionados y tenía el ano empalado con una gruesa vara de madera», cierro comillas.
—Señaló el punto exacto que ocupaba el artículo en el diario que había dejado sobre su regazo.
—¡Ay, Dios! —Neji soltó un silbido—. Suena muy desagradable. —Sonrió, mirando fijamente a Hamura—. De hecho, ha debido de ser muy doloroso.
Pensar que ese tal T. O. tuvo que ver cómo le cortaban la verga y las pelotas antes de que lo sodomizaran, metiéndole en el culo una vara bien afilada. ¡Joder! Imagino que ese tipo solo quería morir después de eso.
—Ese lenguaje, Neji —lo amonestó Hiashi.
—Discúlpame, papá. —Neji meneó la cabeza—. No puedo quitármelo de la cabeza. T. O. tiene que haber hecho algo terrible para acabar como comida para los peces sin su… pene.
—Sí, hijo, tienes razón. —Hiashi miró a Otsutsuki—. ¿Qué opinas, Hamura? ¿Estás de acuerdo con Neji en que T. O. hizo algunos enemigos muy peligrosos? Hamura asintió con la cabeza. Había aparecido una mancha oscura en la parte delantera de sus pantalones.
—Me alegro de que pensemos igual, Hamura, porque es muy importante que entiendas lo que los padres, hermanos y maridos son capaces de hacer para vengar a sus hijas, hermanas y mujeres.
Hiashi golpeó el techo para advertir a Kakashi.
—Temo que nuestra visita llega a su fin, Hamura. Mi hijo y yo tenemos un compromiso esta noche; una fiesta de Navidad en casa de mi hija, acompañados de la familia de su buen esposo. De hecho, debemos apresurarnos para llegar puntuales. Allí dentro habrá al menos cincuenta personas; aristócratas, políticos… La crème de la crème de la sociedad se dará cita allí y todos serán testigos de nuestra presencia.
El carruaje dobló una esquina y aminoró la marcha.
—Lo siento, Hamura, pero no estás invitado. De todas maneras, debes hacer el equipaje, amigo mío. Bueno, en realidad ya no somos amigos; a decir verdad, creo que nunca lo fuimos o no habrías conspirado para hacer daño a mi hija o abusar de ella. Mi Hannah sabía cuál era tu calaña, Hamura. Ella vio muy claro lo que había detrás de la fachada educada tras la que ocultabas ese monstruoso corazón tuyo. Ella te odiaba a ti y me amaba a mí.
El carruaje se detuvo.
—Si quieres seguir vivo, Hamura, irás directo a tu casa y empaquetarás todas tus pertenencias. Luego abandonarás Inglaterra para no regresar jamás. Quiero ser muy sincero contigo: si vuelves a pisar suelo británico, tu destino será similar al del infeliz T. O. Recuerda las palabras de Hamlet en la obra de Shakespeare:
«Reza para evitarlo».
Hamura abrió los ojos como platos, aterrorizado por la amenaza.
—¿Sabes, Hamura? Encontrar a un padre y a un marido que vengaran a una dulce joven no fue problema. Creo que la chica en este caso se llamaba Konan su prometido es bien conocido en la ciudad. Posee un negocio de curtido de pieles y, por lo que he escuchado, es el mejor manejando el cuchillo, aunque no lo conozco personalmente. Te regalo un poco de tiempo; puedo imaginar que será fácil localizar a muchas damiselas ofendidas y a parientes provincianos buscando venganza.
Hamura volvió a lloriquear.
Hiashi y Neji se pusieron en pie.
—Neji, haz el favor de despojar a nuestro pasajero del dinero que lleva en la bolsa, así como del reloj y el sello. Toma también su abrigo y los zapatos. Sé de un buen lugar donde dejar estas prendas en acto de caridad. Haremos la donación a nuestro regreso.
—Será un placer, papá.
Neji hizo lo que le pedía su padre con rápida eficiencia mientras se le escapaban algunas patadas y golpes adicionales. Después se aseguró de que las ataduras siguieran apretadas.
—Adiós, Hamura. Nuestro carruaje aguarda para llevarnos a la fiesta. Te dejaremos en Whitechapel. Estoy seguro de que acabará por aparecer alguna alma servicial que te eche una mano. Sin embargo, te aconsejo que tengas cuidado; es un barrio conflictivo y allí tu carruaje llamará la atención como un joyero abandonado sobre un montón de harapos.
Hiashi Hyuga lanzó una última mirada al tipejo que se retorcía en el suelo.
—A partir de ahora serás un desconocido —sentenció, antes de escupirle en la cara.
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Proximo el capitulo Final :3
los subire esta noche, junto al epilogo
saludos
