CAPÍTULO 37
Damon apenas podía soportar la mirada de la gente que caminaba rodeando la plaza. Ninguno osaba a acercarse, ni siquiera les vencía la curiosidad, aunque sí la desaprobación y que Damon sentía sobre él, como si fuera a ser su mano la que soltaría la mortífera cuchilla sobre el cuello de Klaus.
Lógicamente no comprendían. Los había ayudado cuando Tyler los había sitiado y, sin embargo, ahora parecía ser el verdugo que fuera a condenar a un hombre inocente. Y es que muchos eran conscientes de esa verdad, aunque nada podía hacer con ella. Él mismo no podía hacer nada con esa realidad que le quemaba en las manos.
Uno de sus hombres se acercó para informarle de que el montaje de la guillotina había concluido, así que quedaba el último paso por dar. Ese mismo hombre le alargó un pliego enrollado, tomándolo él, tras lo que tiró de las riendas de su caballo y se posicionó en mitad de la plaza, con los hombros erguidos y la barbilla alzada. Seguía siendo un oficial francés después de todo, aunque en ese momento no se sintiera orgulloso de serlo, pero aquellos hombres y mujeres debían respeto a su uniforme, temor en el peor de los casos, y esa deferencia los hizo detenerse a escucharlo. Entonces Damon desenrolló el pliego. Apenas le hacía falta leer su contenido para saber lo que decía.
-Por orden del Capitán Tyler Lockwood –comenzó a recitar con alta voz, tratando con todas sus fuerzas de que no le temblase a causa de la rabia sentida, -se hace saber que mañana al alba, el Marqués Klaus Mikaelson será ejecutado al haber sido encontrado culpable de asesinato, entre otros delitos graves en contra de la Corona Francesa.
Un murmullo de condena se levantó a su alrededor. Manteniéndose firme, devolvió el pasquín al soldado quien se dispuso a colgarlo en la puerta de la iglesia. Y las miradas reprobatorias seguían lloviendo sobre él.
Hasta ahí llegaba la pantomima.
Se llevó la mano al bolsillo de su casaca, sintiendo contra su cuerpo el abultado saquito de joyas que había recuperado de manos de aquella muchacha, Sofía.
Sabía que era muy arriesgado, que ponía en juego ya no su carrera sino su vida, pero la de un inocente pendía de un hilo y su honor no le permitía dejarlo morir con los brazos cruzados.
De pronto, vio como Katherine se acercaba a él. Iba rodeando la plaza, no queriendo hacerlo de un modo tan directo atravesándola y él aguardó, rezando para que no lo culpase también. Ella sin embargo le lanzó una mirada llena de comprensión mientras se detenía cerca de su caballo y Damon supo que esa mujer se merecía que la adorara de por vida.
Katherine acarició con deje despreocupado el hocico del caballo mientras en su mirada flotaba una pregunta. Él se limitó a asentir, manteniendo ambos una conversación silenciosa en el que su entendimiento mutuo hacía innecesarias las palabras. Katherine supo que Damon podría intentar ayudar a Klaus de cualquier forma que le fuera posible, pero eso no significaba que triunfara en su propósito.
Llena de resignación, estaba a punto de retirarse cuando él se inclinó sobre ella, no queriendo que, lo que tenía que decirle, llegase a oídos de nadie más.
-Katherine –pronunció con gravedad, -Si tuviera que marcharme, ¿Me seguirías?
-Allá donde tú vayas –le respondió ella con valentía, sin mostrar sorpresa alguna por aquella petición. Amaba a Damon y confiaba en él plenamente, tanto como para encomendarle su vida sin un atisbo de duda.
Damon sonrió, con el corazón desbordante de felicidad y el espíritu lleno de coraje debido a las palabras de Katherine.
-Voy a hablar con el General Silas –le susurró decidido y ahora ella sí se sorprendió pues entendía el riesgo que eso podía suponer.
Sin embargo, Damon la miraba confiado, con una sonrisa de complicidad. Volvió a erguirse y, tirando con fuerza de las riendas, espoleó su caballo y puso rumbo a Turín.
Imaginaba que no le sería tan fácil acceder a su superior, así que le remarcó a la brigada que lo atendió que el asunto que le llevaba allí era de vital importancia. De camino a Turín había tratado de planificar la forma de abordar el tema sin salir perjudicado pero sabía que tenía todas las de perder. El General podía obcecarse, negarse a creer sus palabras así que apelaría al sentido común y de justicia de su superior, rogando que lo ayudasen a convencerlo de lo sucedido.
El soldado se demoró unos minutos en hacerlo pasar al despacho de Silas y lo encontró rodeado de informes y reportes por revisar. Tenía el ceño fruncido, no se mostraba nada complacido por aquella visita inesperada y no tardó en hacérselo saber.
-Espero que lo que te trae aquí sea tan importante como le has hecho creer a mi guardia.
-Sí, mi General –se cuadró firme delante de él.
-Descansa –pronunció casi sin interés, aunque a la espera.
Entonces Damon se limitó a sacar el saquito de joyas y se las entregó. Con una mirada suspicaz, Silas vació el contenido sobre su escritorio y, por el cambio en la expresión de su cara, supo que las reconocía.
-¿De dónde las has sacado? –preguntó en tono acusatorio.
-Las he recuperado de un burdel de la zona.
-Pues buen trabajo –dijo con una nota punzante en su voz, -Pero no creo que esto sea algo tan…
-Con mis respetos, General –se apresuró en hacerse entender, -Lo grave del asunto es que uno de nuestros hombres entregó esas joyas como pago por los servicios allí prestados.
Silas enarcó una ceja.
-¿Pretendes que crea que alguien de los nuestros ha pagado los servicios de una fulana con las joyas de nuestra Corona?
-Puede hablar con la muchacha que…
-Yo no tengo porqué hablar con nadie –lo cortó con brusquedad. –Tú has venido a referirme esta historia y por Dios que lo vas a hacer rápido.
Damon tragó saliva y tomó aire a la vez que se infundía a sí mismo valor.
-Fueron Tyler y Shane los que, ayudados de otros hombres, atacaron aquel destacamento y asesinaron a los nuestros para repartirse después todo el botín.
Silas clavó los puños sobre la mesa y se puso en pie. Las facciones de su rostro se habían endurecido como la piedra y apretaba tanto la mandíbula que parecía a punto de estallarle.
-El Gavilán, es decir, Niklaus Mikaelson es el culpable de ese delito.
-Tyler lo ha dispuesto todo para poder culparlo. Se ha encaprichado de su prometida, la Condesa Caroline Forbes.
-Imagino que entiendes lo grave por no decir frívolo de tu acusación –le advirtió con dureza. –Además, nadie me garantiza que no fueras tú quien encabezara ese grupo de traidores, motivo por el que poseías esas joyas.
-Preferiría morir antes que levantar mí arma contra uno de mis compañeros –alegó Damon con voz poderosa y lleno de indignación.
-Pero no te importa levantar un falso testimonio contra un superior…
-No miento, Señor –se tensó entendiendo que perdía toda opción de convencer a Silas de la verdad. –Que sea mi cabeza la que ruede mañana en esa guillotina si les estoy mintiendo.
El desconcierto hizo aparición en el rostro de Silas.
-¿De qué guillotina hablas?
-De la que acabamos de disponer en la plaza para ejecutar mañana a Klaus Mikaelson, Señor.
Y de pronto todo pareció encajar en la mente de Silas o eso le pareció a Damon pues le tomó varios segundos volver a hablar.
-Ésa era la primera prueba que debías presentarme, muchacho. No se puede ejecutar a un prisionero sin un juicio, a no ser que quieras deshacerte de él.
Damon respiró lleno de alivio. Sabía que Klaus era culpable de robo y pillaje, pero se mantendría alejado de la guillotina.
-Imaginé que la orden no venía de vuestra mano.
-Lo que aún me hace más incomprensible que hayas obedecido tan alegremente la orden de tu Capitán.
-La orden no venía de mi Capitán –lo corrigió, -Sino del Prefecto de París.
La mirada de Silas se ensombreció. Tomó el sable que descansaba en el respaldo de su silla y se lo ajustó a la cintura.
-Veamos que le tiene que decir a un General –masculló entre dientes. Caminaba hacia la puerta con Damon siguiendo sus pasos cuando se detuvo y lo encaró con mirada dura. –Y creo que tú también tendrás mucho que decirme –le advirtió. –Entre tus funciones no consta la de investigar extraoficialmente a un superior.
-Lo sé –admitió con resignación y humildad. Estaba dispuesto a asumir todas las consecuencias de sus actos, incluso el hecho de haber dejado escapar a Klaus. Sabía que su carrera pendía de un hilo en esos momentos, pero lo más importante en ese instante era salvar la vida a Klaus y detener a Tyler. E imaginar que había estado a un paso de convertirse en Prefecto de París… Tanto poder en alguien de su calaña… le daba pavor el solo hecho de pensarlo.
De camino a la salida, el General pidió a algunos soldados que los escoltaran y, junto con Damon, encabezó el pequeño destacamento que puso rumbo al pueblo. El propio Silas quería encargarse de ordenar la retirada de aquella guillotina y, tras ello, seguirían hasta el Fuerte, donde se encargaría de Tyler.
Ya atardecía cuando entraron en la plaza y muchos pueblerinos volvían de finalizar sus labores en el campo, sorprendidos todos al ver aquel artefacto en mitad del pueblo que no se encontraba allí cuando de madrugada habían dejado sus casas para acudir a sus huertos. Sin embargo, tanto ellos como los que habían observado con estupor su instalación, respiraban aliviados al ver que se procedía a su desmantelado. Por suerte, Aro había llevado algunos hombres con ellos pues, habiendo concluido las tareas de montaje, solo habían quedado dos soldados de guardia mientras el resto había vuelto al Fuerte.
El primero en hacerles saber su complacencia fue el Padre Kieran, quien se acercó al General con la intención de asegurarse de que no ejecutarían a Klaus. Silas se prestó afablemente a aclararle al sacerdote lo sucedido, eso sí a grandes rasgos, mientras Damon, por su parte, deseaba poder ser él el primero en contarle a Katherine que todo había salido mejor de lo esperado.
Como si la hubiera llamado con el pensamiento, en ese preciso instante, ella cruzaba la plaza y se acercaba a él. Sin embargo, no percibió tranquilidad en sus ojos conforme se le iba aproximando, la notaba preocupada, mortificada y, sin importarle la posible censura por parte de su superior, desmontó de su caballo a esperar su llegada.
-Todo ha ido bien –le susurró imaginando que ésa era su inquietud.
-Ya me he dado cuenta –respondió Katherine sin que aquello pareciese tranquilizarla.
Damon tomó sus manos que sintió heladas.
-¿Qué sucede?
-Al ver que estabas retirando la guillotina, he corrido al cuarto de Caroline para darle la buena nueva pero no estaba allí, ni tampoco en ningún otro lugar del mesón.
-¿Cómo?
-Los muchachos han ido en su busca pero yo estoy casi segura de dónde…
-¿Y esta jovencita tan linda? –se acercaba a ellos Silas, quien se percató del detalle de sus manos unidas.
-Es mi prometida –declaró Damon ya sin tapujo alguno.
-Mi nombre es Katherine –se presentó ella haciendo una leve reverencia.
-Te felicito –sonrió Silas con picardía a Damon quien miraba a Katherine con orgullo. –Es muy hermosa aún con ese semblante afligido.
-Me estaba informando de la desaparición de la Condesa Caroline.
-¿Desaparición? –se esfumó de repente su gesto bromista.
-En realidad tengo la sospecha de que ha ido hasta el Fuerte San Bartolomé –respondió Katherine con su dulce vocecita casi infantil.
-¿Para?
-Con la intención de sacrificarse por el Marques Mikaelson –repuso Damon. –Imagino que consentirá casarse con Tyler si ordena detener la ejecución.
-Esa ejecución no va a tener lugar –le aclaró Silas a la joven.
-Lo sé, General, pero es ella la que no tiene conocimiento alguno –puntualizó Katherine.
-Nosotros nos dirigíamos ya hacia el Fuerte –la tranquilizó Damon. Buscó con la mirada la aceptación de Silas quien asintió. –Tyler no se saldrá con la suya y yo me ocuparé personalmente de Caroline.
-Gracias –repuso con una sonrisa de alivio. –Pero ten mucho cuidado –le pidió con sincera preocupación, acariciando con timidez su mejilla.
Damon creyó que nunca se acostumbraría a la agradable sensación de sentirse tan amado. La besó intensamente, sin preocuparle que Silas y el resto de los soldados estuvieran delante. Se despidió de ella con una sonrisa, tras lo que montó su caballo.
De camino al Fuerte, Damon pensaba en que los planes de Tyler finalmente habían visto la luz. Por ese motivo Klaus aún seguía con vida. Con aquella guillotina en mitad de la plaza, a vista de todo el mundo, Tyler había dado el golpe de efecto apropiado para hacer que la misma Caroline fuera a él, sin necesidad de mover un solo dedo. Porque ella nunca permitiría la muerte de Klaus, sobre todo siendo consciente de cuánto la deseaba Tyler. Sería suya a cambio de la vida de su amado, sin que su ingenuidad le hiciera ver que Tyler se desharía de él en cuanto pudiera.
Uno de los hombres de confianza de Damon fue quien los recibió cuando cruzaban las puertas de Fuerte. Se le notaba confuso, y casi molesto cuando se cuadró ante ellos a modo de saludo.
-Buenas tardes…
-¿Dónde está el Capitán? –preguntó Damon sin dejarlo hablar.
-Se ha marchado –les informó.
-¿Cómo dices? –exclamó Silas.
-Llegamos tarde –lamentó Damon por lo bajo.
El soldado comenzó a caminar hacia el interior del Fuerte y les instó a ambos a acompañarlo, supuso Damon que para tratar el asunto en un lugar más privado.
-Se ha presentado la Condesa Forbes –comenzó a explicarles mientras llegaban al despacho de Tyler y que encontraron vacío. Y ya no solo por la ausencia de Tyler sino porque también habían desaparecido sus pertenencias.
-Tal y como él esperaba –masculló Damon entre dientes. -¿Y qué sucedió después?
–Tyler se encerró con ella aquí en su despacho pero, al cabo de unos minutos, salió ordenando que cargasen un par de baúles en una de las carrozas y se marchó, llevándose a la Condesa Caroline con él.
Silas murmuró una imprecación.
-Habrá que ir en su busca. Organiza a los hombres –le ordenó el General.
La brigada se disponía a obedecer pero Damon lo detuvo.
-¿Dónde está el Sargento Shane? –preguntó con suspicacia, como si una idea le hubiera venido a la cabeza.
La brigada los miró con extrañeza.
-Cumpliendo sus órdenes.
-¿Qué orden? –inquirió Silas.
–Poco después de la marcha del Capitán, el Sargento se ha llevado en custodia al Marqués Mikaelson, asegurándonos tener órdenes expresas suyas. El prisionero debía ser trasladado a Turín, ante vos, para ser juzgado.
-¡Yo no he dado semejante orden! –alzó Silas la voz, estupefacto a la vez que indignado por los límites que Tyler se había atrevido a sobrepasar y lo grave de la situación. Porque a ninguno de los tres hombres les pasaba inadvertido que, si no hacían algo rápido, la vida de Klaus corría peligro, si es que no había muerto ya.
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Caroline recostó la cabeza contra la pared de la carroza, obligándose a no separar la vista de la ventanilla. Apenas podía soportar la presencia de Tyler junto a ella en aquel pequeño habitáculo y mucho menos tener que mirarlo y ver en sus ojos y en la mueca de sus labios la amplia satisfacción que sentía.
Finalmente había vencido, finalmente tenía tanto su vida como la de Klaus en sus manos, ambos a su merced, como dos títeres a ser manejados a su antojo.
La aceptaba aún sabiendo que no lo amaba, incluso le había asegurado, tras prometerle que alejaría a Klaus de la guillotina, que tendría paciencia con ella. Pero Caroline sabía que, por mucho que Tyler esperase, ella jamás lo amaría. Y, por otro lado, visto lo canalla que podía llegar a ser, dudaba de su comprensión y gentileza para con ella. Al menos confiaba en que mantuviese su palabra y librase a Klaus de la muerte.
Ahora comprendía que el destino la obligaba a vivir sin él; o moría en la guillotina o lo alejaba de él para siempre con tal de salvarlo. Su vida ya no tendría sentido sin Klaus a su lado así que ojalá esa vida vacía sirviera para algo.
Aún atravesaba su pecho la última imagen que tenía de él y se apresuró en enjugar una lágrima que cayó peregrina por su mejilla.
Creía que saldrían por la puerta principal, por la misma que ella había accedido al Fuerte. Sin embargo, Tyler la condujo hasta un patio en el que aguardaba una carroza y no se habría extrañado de aquello si no hubiera sido porque en uno de los muros que circundaban aquel patio habían algunas ventanas casi al ras del suelo y provistas de barrotes: los calabozos. Creyó que el corazón se le iba a salir del pecho imaginando que Klaus podría encontrarse tras una de aquellas ventanas hasta que casi se sintió desfallecer cuando escuchó la voz de Klaus, inconfundible y atormentada.
-Caroline –había pronunciado primero con incredulidad. -¡Caroline! –gritó después con desesperación.
Caroline había mirado con disimulo hacia el origen de aquella voz, alcanzando a ver a Klaus agarrándose con fuerza a los barrotes de una de aquellas ventanas, con expresión desencajada debido a la rabia y el estupor.
-¡No debes hacerlo! ¿Me oyes? –siguió gritando al comprender que el hecho de verlo no le hacía cambiar de opinión. -¡Prefiero la muerte a saberte de ese bastardo! ¡Caroline!
-¿Qué preferís? –le había susurrado entonces Tyler con total malicia mientras continuaban hacia el carruaje.
Ciertamente era un bastardo y habría disfrutado diciéndoselo a la cara.
-¿No se humilla saber que no lo amo? –le había dicho ella sin embargo, alzando la barbilla y acelerando el paso.
-Todo lo contrario –sonrió él con suficiencia. –Eso demuestra que sabes amar y algún día conseguiré que esos sentimientos me los dedique a mí.
Jamás, pensó Caroline mientras la vista se le nublaba frente al cristal, difuminando la imagen del bosque que atravesaban. Su corazón había quedado encerrado tras aquellos barrotes, junto a Klaus, y rogaría cada noche de su vida porque consiguiera olvidarla y seguir su camino sin ella.
De pronto, la carroza comenzó a detenerse así que supo que habían llegado al palacio. Rose fue la que, tratando de disimular su sorpresa, los condujo hacia un saloncito en el que se encontraba Elijah en compañía de Elena. Se les veía contentos, felices. Se hacían confidencias al oído y luego empezaron a reír, aunque sus risas pronto se apagaron al darse cuenta de la presencia de Caroline en tan indeseada compañía. Ambos se levantaron con premura del diván en el que se encontraban.
-Caroline –caminó su hermano hacia ella. -¿Qué haces aquí con este canalla?
-Debería contenerse, Conde, ahora que vamos a ser familia –se burlo Tyler.
-¿Familia? –Elijah miró de modo exhortativo a su hermana, esperando que negase aquella aberración.
-He aceptado ser la esposa de Tyler –le confirmó ella tratando de parecer firme y resuelta.
-¡No! –exclamó él lleno de incredulidad. –¡Eso no puede ser! Era Hayley la que iba a marcharse con él.
-Digamos que ella solo ha sido un medio para alcanzar un fin –intervino Tyler con una mueca mordaz en su boca.
-Bastardo –farfulló Elijah con la rabia que comenzaba a arrebolarse en sus ojos.
-Vamos, Conde –le lanzó una sonrisa sardónica. –Debería alegrarse de que me haya deshecho de ella por vos. De hecho ya los veo festejando –le lanzó una mirada impertinente a Elena. -Y, aunque Hayley siga siendo su esposa, la humillación ha sido tal que nunca se atreverá a volver pisar este palacio.
-¡Eres despreciable! –bramó Elijah lleno de ira. –Y jamás permitiré que mi hermana se case con vos.
-Elijah, está decidido –intervino Caroline. –De hecho, en estos momentos vamos camino de París. Nos hemos detenido sólo porque Tyler ha consentido en permitirme venir a despedirme de ti.
-Consentido –repitió Elijah apretando la mandíbula. -¿Consentido? ¿Quién se cree que es? No es nadie para manejar nuestras vidas a su antojo y está muy equivocado si piensa que voy a permitir que pizote a mi familia de ese modo.
-Elijah…
Elena trataba de contener el ímpetu de Elijah pero él le hizo un gesto con la mano pidiéndole silencio.
-Lo reto a duelo –pronunció con mirada desafiante. –Escoja armas y lugar.
Elena suspiró cabizbaja, sin haber podido impedir precisamente aquello, mientras Caroline negaba con la cabeza. Tyler, sin embargo, lo miraba con un divertimento insultante.
-¿Y que lo hiera y Caroline me odie el resto de su vida por ello? –inquirió con irónica conciliación. –Y tampoco puedo permitir que me hieras. Su hermana merece un marido de cuerpo entero.
-¡Eso jamás! Deberás pasar por encima de…
-¡Matará a Klaus si no lo hago! –finalmente Caroline puso fin a aquella discusión dialéctica.
Elijah calló manteniendo la mirada sobre su hermana y después sobre Tyler.
-¿Es que no es lo suficientemente hombre que debe valerse de semejante bajeza para conseguir a una mujer?
-En el amor y en la guerra todo vale –le rebatió contrariadamente orgulloso, -Y yo soy bueno en ambos. Por otro lado, me temo que esta visita se está alargando más de lo que deseaba así que… querida –extendió su mano, ofreciéndosela a Caroline.
Ella dudó un momento antes de correr hacia su hermano para encontrarlo en un efusivo y desesperado abrazo tras lo que Elena se acercó a ellos, besando la mejilla de Caroline que empezaba a humedecerse por las lágrimas. No queriendo dilatar más aquel momento que le quebraba el corazón, Caroline se deshizo del agarre de su hermano y, con un último beso, se apartó y se apresuró en tomar la mano de Tyler que aún aguardaba extendida.
No se volteó ni una sola vez. No quiso que la visión de su hermano le impidiese abandonar aquel palacio. Debía cumplir con su palabra, por Klaus y por todos pues, con Tyler lejos, habiendo obtenido lo que deseaba, se habrían acabado sus inquietudes.
Todo había empezado con ella y con ella acabaría.
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El sonsonete de esa canción que Shane silbaba una y otra vez le martilleaba en las sienes. Conocía aquella melodía popular. Hablaba de cómo engañar al inocente y al incauto y Klaus se preguntaba cuál de los dos sería él.
Tyler se había salido con la suya, y de qué manera. No solo había conseguido a Caroline sino que se iba a deshacer de él de una vez por todas y para siempre. Sabía perfectamente que aquello no era un simple paseo para contemplar la belleza del bosque. Sabía que Shane se había convertido en su verdugo y que lo ejecutaría, lo que no entendía era porqué tardaba tanto.
Ciertamente ya no le importaba morir. No había mentido cuando le había gritado a Caroline que prefería la muerte a saberla de Tyler. Pero Caroline había seguido caminando, ni siquiera se había girado a mirarlo una vez más y sabía que esperaba fervientemente salvarlo con aquel sacrificio. Inocente ingenuo amor. Aún no había terminado de asentarse el polvo que había levantado aquella carroza al alejarse cuando Shane había ido al calabozo en su busca.
-No sabe lo que he disfrutado del espectáculo.
Habría preferido que siguiera silbando…
-Vos pidiéndole a su amada que no se sacrificase y ella convencida de que le estaba salvando la vida.
Dio una risotada tratando de provocar a Klaus pero él no se inmutó, y no porque no ardiera de rabia por dentro, sino porque ésa era una satisfacción que no pensaba concederle. Supo que ése era el motivo de la demora, quería mortificarlo, torturarlo, hacer que se preguntara a cada paso del caballo en el que estaba subido maniatado cuándo llegaría el momento de su muerte.
Shane se giró desde su montura para mirarlo y comprobó la expresión impasible de Klaus, cosa que le hizo volver a reír.
-Quiere hacerse el duro, ¿eh? –continuó con aquella maniobra de provocación. –Pues quizás le gustará saber cuál va a ser el regalo de bodas que el Capitán le tiene preparado a su Caroline –hizo una pausa melodramática. –La noticia de su muerte –apuntilló, aderezándolo con otra de sus irritantes risas.
Mas Klaus no reaccionó, luchando con todas sus fuerzas para que aquella rabia e inquina que le corría por la sangre no se vieran reflejadas en su rostro. Y Shane no dudó en mostrar su decepción chasqueando la lengua al volver a mirarlo. Se encogió de hombros y de nuevo comenzó a silbar aquella maldita melodía que le taladraba los oídos.
-Sabe, me cuesta creer que haya sido El Gavilán –volvía a insistir. –Si así fuera, queda muy poco de él en vos.
-¿Esperabas que opusiera resistencia y darte así la ocasión para matarme? –habló Klaus por fin, a lo que Shane respondió con una risotada.
-Simplemente para que tuviera algún aliciente –se mofó. –Así, poco interés tiene mi tarea –se volvió para observarlo un momento. –Confieso que he estado tentado de soltarlo para darle caza como a un conejo pero no puedo arriesgarme a que escape bajo ningún concepto o será mi cabeza la que se separe de mis hombros. De hecho, creo que ya he demorado demasiado cumplir con mi cometido.
De pronto se detuvo, deteniendo también el caballo en el que montaba Klaus y desmontó. Lo agarró de la cuerda que ataba sus muñecas y lo hizo descender con brusquedad, dando con sus rodillas en el suelo. Fue entonces cuando Shane se posicionó tras él.
-¿Es así como piensas hacerlo? ¿Por la espalda, como un cobarde?
Shane rió por lo bajo.
-Pues sí que eres valiente, sí.
Con un par de pasos, Shane se colocó frente a él y Klaus le mantuvo la mirada, firme, incluso cuando percibió que sacaba su pistola de la cincha de cuero. No pestañeó, ni siquiera cuando oyó el chasquido del martillo y sintió el frío metal del cañón sobre su frente.
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