XXXVI. Están intentando desacreditarlo.

«La lealtad está basada en el respeto, y el respeto es fruto del amor.»

Paulo Coelho.

Febrero de 2025.

Getty, sin venir a cuento, recordó que ese día era su cumpleaños.

Se preguntó a qué venía el pensar en eso. No era el mejor momento y normalmente, pensaba en celebrar hasta abril, porque así lo había hecho siempre. Sin embargo, su madre había tenido la ocasión de indicarle, entre otras cosas, que ella en realidad nació en febrero, ¿pero por qué en ese instante le venía el dato a la memoria?

Bien mirado, no creía que fuera a festejar nada ese año.

¡Diablos!

Rafael tenía toda la razón del mundo para preocuparse, pensó Getty. Ella también, claro, lo mismo que Liam, pero algo le decía que primero regañarían al mayor de los tres pues, en teoría, era quien debía ser el más responsable.

—Estoy esperando una buena explicación, Rafael Santiago Lightwood–Bane.

Ante la mueca de Rafael por escuchar su nombre completo, Getty estuvo a punto de reír.

—Ya se los dije, Livia, padre me pidió que viniera porque Al…

—En ese caso, ¿tanto te costaba decírnoslo? Sabes que por Al, Tiberius te hubiera dado el permiso. No entiendo esa manía tuya de actuar primero y pensar después.

—Normalmente, Al es el que piensa antes de actuar.

Livia suspiró, meneando la cabeza y echando un vistazo a su alrededor.

Se hallaban en el Gard, en una habitación que a Getty le resultó terriblemente familiar. Tras observarla con mucho cuidado, descubrió que era aquella en la que conociera a Rafael, más de dos años atrás, cuando apenas estaba sumergiéndose en el mundo de los cazadores de sombras y no se imaginaba todo lo que le tocaría vivir.

Por lo que la rubia entendió, ocurrió exactamente lo que supuso Alphonse: Jessamine los había delatado con Kit. El ser un fantasma, por lo visto, daba un montón de ventajas, aunque Getty no tenía ganas de llegar a descubrirlas. Jamás.

Unos pasos más allá, al fondo de la habitación, Tiberius y Kit estaban hablando con Alphonse en voz baja. Por las expresiones de los adultos, lo que el muchacho les estaba contando no debía agradarles en absoluto, porque sus rostros permanecían impávidos y lo único que podía delatar algo de su sentir eran sus ojos, fijos en Alphonse como pidiéndole que los mirara, cosa que éste no había hecho en todo ese tiempo.

—Getty, tendré que avisarle a Julie de esto.

Vaya, Livia había acabado con Rafael y ahora le tocaba a ella. La jovencita hizo un mohín, pensando que era una lástima que los hubieran pescado justo cuando llegaban al Gard.

—Sí, claro, avísale. ¿Qué más da? Ella no me habría dicho nada ni aunque preguntara.

—¿Qué te pasa? ¿Estás enojada con tu madre?

Getty se negó a responder. Era demasiado complejo desenmarañar sus sentimientos sobre lo sucedido, como para encima tener que intentar explicárselos a una adulta.

—Liam, también vamos a avisarles a tus padres, no creas que me he olvidado de ti.

—De acuerdo, Livia.

Apenada, Getty inmediatamente se puso un paso delante de Liam.

—Él no tuvo la culpa, Livia. Yo lo traje.

—¿En serio?

—¡No! —Replicó Liam, con los ojos muy abiertos—. Quise venir porque Getty venía.

—Liam, has sonado como un parabatai, ¿sabías? —Livia sonrió por un momento con cierta indulgencia, antes de regresar a su actitud seria—. Que se lleven tan bien, no significa que…

—¿Podemos ser eso? —Preguntó Liam, elevando su voz para ser bien escuchado.

—¿Qué? —A Getty la tomó por sorpresa—. Espera, ¿quieres que seamos parabatai?

—Yo… Sí. ¿Tú no?

Getty sacudió la cabeza, confundida.

—Podemos hablarlo luego, ¿sí? —Pidió, sonriendo un poco—. Cuando ya no haya líos.

Liam se encogió de hombros antes de asentir, aunque algo le decía a Getty que no se olvidaría del tema fácilmente.

¡Por el Ángel! ¿De dónde habría sacado Liam semejante idea? No tenían ni dos meses de haberse conocido. Aunque, si no recordaba mal, Rafael le había contado que él no se demoró ni una semana en querer que Alphonse fuera su parabatai, aunque tardó meses en sacarle el sí.

¡Diablos! Lo que hace una runa, ¿eh, Liam? —Bromeó Rafael, sonriendo de lado.

Era obvia referencia a que la primera runa del niño Carstairs se la había hecho Getty, pero ella juraría que eso no era suficiente.

—Dejen ese tema por la paz —intervino Livia, con aire severo—. Les aviso que estarán castigados en cuanto volvamos a Londres. Ahora, sean buenos y vayan a sentarse, voy a enterarme de qué pasó con Al.

Los otros tres asintieron y fueron a ocupar unas sillas de madera, una junto a la otra, quedando de cara a donde los adultos rodeaban a Alphonse. Para sorpresa de Getty, el pequeño grupo bajó todavía más el volumen de su charla, cosa que consiguió frustrarla.

—A ver, Liam, ¿eso fue en serio? —Preguntó Rafael.

—¿Qué cosa?

—¡Eso que le dijiste a Livia! ¿De verdad quieres ser parabatai? Y de Getty, además.

El niño apenas tardó cinco segundos, más o menos, en asentir con la cabeza.

—En ese caso, piénsalo bien —recomendó Rafael, que sonreía de forma tenue, indicando así que estaba feliz por su amiguito y al mismo tiempo, era sincero en lo que decía—. Quitando que Getty acepte o no…

—¡Oye! —Soltó ella.

—… Sabes que un parabatai es para toda la vida. Si tienes dudas, pregúntale a tu padre.

—¿Tu padre fue parabatai? —Se interesó Getty, dejando de mirar a Alphonse.

—Sí, hace mucho, cuando conoció a mi madre. Antes de ser un Hermano Silencioso. Su parabatai se llamaba William, como yo.

Getty frunció el ceño. Había oído, por supuesto, parte de la historia de James Carstairs, pero en ese momento, no recordaba el haber escuchado de su parabatai. Sin embargo, si lo decía Liam, confiaba en que era cierto, más porque su amigo fue nombrado en honor de esa persona.

—De todas formas, no creo que ahora tengamos tiempo de pensar en eso —acotó Rafael, frunciendo el ceño y levantándose de golpe.

Por inercia, Getty lo imitó y Liam la siguió al instante siguiente. Los otros cuatro habían dejado de hablar y sus semblantes no invitaban a imaginar buenas noticias.

—Bien, les diré qué pasará —empezó Tiberius, adoptando ese tono de mando que Rafael solía llamar «modo Director»—. Al, tienes reunión con June, así que te quedarás. Rafael, como parece imposible que te separes de tu parabatai, te quedarás con él, así que procurarás ser de ayuda. Getty, te llevarás a Liam a casa de tu madre.

—¿Eso dónde es? —Quiso saber ella, antes de espetar—. Momento, ¿mi madre tiene una casa aquí, en Alacante?

—Al oeste. Es el número quince de Cherub Lane. Es la casa de los Beauvale en la ciudad, así que de cierta manera, es de tu madre. Livia, Kit y yo iremos a informarnos mejor acerca de ese intento de juicio en contra de Thorwyn…

—¿Intento de juicio? —Musitó Liam, confuso.

—No debe ser un juicio normal —aseguró Getty, también bajando la voz.

—… En cuanto acabemos, nos reuniremos en casa de Julie, antes de regresar a Londres.

Todos empezaron a asentir con la cabeza cuando llamaron a la puerta, lo cual desconcertó lo suficiente a Tiberius como para que Kit se apurara en decir.

—Adelante.

Al abrirse la puerta, quien se asomó fue la Inquisidora en persona, arrugando la frente ante quienes había encontrado adentro.

—No sabía que era reunión familiar —dijo ella, entrando completamente en la habitación y al fijarse en Rafael, arqueó una ceja—. Vaya que tus padres te conocen, muchacho.

—¿Disculpe? —Rafael estaba sonrojándose al ser el objeto de atención de la Inquisidora.

—Alec me comentó que te pidió venir.

—¿Ves, Livia? ¡Te lo dije! —El muchacho se volvió hacia la adulta Blackthorn, quien lo miró con las cejas en alto.

—No voy a preguntar qué ha pasado aquí. Alphonse, ¿estás listo?

El recién nombrado, muy pálido según Getty, se limitó a asentir, adelantándose para quedar junto a June, pero con la distancia de un par de pasos entre ellos.

—Se los devolveré lo antes posible —prometió June, mirando a Kit y a Tiberius por turnos.

—Gracias. ¿Podrías decirnos dónde podemos hallar a los Centuriones?

—Sí, claro. Algunos están con Kyoushirou en su despacho y a los demás, los verán afuera, delante de la puerta. Parece que están esperando para atacar —añadió la mujer, despectiva.

—Muy bien. Si acaban pronto, Al, ya sabes dónde reunirte con nosotros.

Alphonse asintió, tragando en seco antes de seguir a June fuera de la habitación y seguido de cerca por Rafael, quien se despidió agitando una mano en alto.

Cuando Kit le hizo señas para que también saliera, Getty supo que por el momento, no se enteraría de nada más, así que rogó porque las cosas salieran mejor de lo que Alphonse esperaba.

—&—

El despacho del Inquisidor en turno, en este caso Inquisidora, ponía nervioso a Alphonse.

No era por el ambiente en él, que increíblemente, resultaba modesto e invitaba a confiar en su actual ocupante. Unos cuantos tapices narraban la Historia Nefilim, incluso la Contemporánea, si se fijaba en uno donde aparecía la familia de Rafael. Por cierto, notó a su parabatai sonreír con orgullo, lo más discreto que pudo, al distinguir la figura de su padre Alec en uno de los tapices.

El que Rafael estuviera con él, por más infantil que fuera, le daba valor. No tenía idea de que pasar por toda aquella situación acabaría con él, haciendo que no pudiera mantenerse en calma, pero debía agradecer que el Emisario… Que Alec le pidiera a Rafael que acudiera. Estaba tan acostumbrado a lidiar solo con ese tipo de cosas, que tendía a olvidar que ya tenía gente que podría y querría ser su apoyo, siendo el primero su preciado parabatai.

«Nunca voy a querer a nadie como te quiero a ti.»

La frase vino a su mente cuando se centró en Rafael. La había leído en uno de los diarios de su padre, indicando que se la había dedicado su propio parabatai, y no pudo dejar de darle la razón a Edward Longford. A un parabatai se le tenía un afecto que no comprendía nadie, ni siquiera otro que también tuviera parabatai, porque cada dúo era único, en una muy especial forma. Podía verlo a diario en Kit y Livia, y también en los que había conocido desde que tenía memoria. Además, trasladando la frase de Edward Longford a otro contexto, podía jurar que quería a cada persona en su vida de manera especial, sin demeritar a ninguna por ello.

—Buenas noches. Les agradezco que vinieran y lamento la demora.

June se dirigía a las personas sentadas en torno a una pequeña mesa redonda, a un metro de su escritorio. Reconoció enseguida el dorado cabello de Soleil Glace, la ancha espalda de Yves Roux y los acerados ojos de Claude Sangbleu.

—¿Estás bien?

La pregunta de Claude, acompañada de un inesperado mon fils que le dedicó sin usar la voz, hizo que Alphonse sintiera un repentino nudo en la garganta. Asintió a duras penas, de nuevo recordando ciertas anotaciones que su padre hizo respecto al vampiro y prometiéndose conversar a solas con éste en cuanto tuviera la ocasión.

—No tienes buen aspecto, querido —rebatió Soleil con suavidad.

—No se preocupe, madame. De verdad.

—En cuanto terminemos, deberías revisarlo, Yves.

—Por mí no hay inconveniente, Soleil. Es cierto que no se ve tan bien como en Año Nuevo.

Atónita, June paseó la vista de los subterráneos hacia Alphonse, antes de carraspear.

—Vamos a ocuparnos del asunto en cuestión, por favor. Tomen asiento, chicos.

Alphonse asintió, dando un paso hacia la primera silla vacía que localizó, pero Rafael lo tomó del brazo sin previo aviso, ocasionándole un respingo. No se calmó hasta que se dio cuenta que lo guiaba a dos sillas desocupadas y juntas, entre Soleil y Claude.

Gracias.

Cuando quieras.

Alphonse notó las miradas de extrañeza de los otros al oírlos hablar en español, pero no le preocuparon. En ese momento, apenas podía concentrarse en lo que se suponía que debía hacer.

Madame Inquisidora me dijo…

—June, Alphonse, si eres tan amable.

—Ah, sí, lo siento, es solo que…

—Por favor, solo June. Eso va también para ti, Rafael.

—Gracias, June. Al, ¿qué decías?

—¿Eh? Ah, lo siento. Madame… June, ella me dijo que necesitaban hablar conmigo.

Miró por turnos a los subterráneos más importantes de París, preguntándose por enésima vez qué requerían de él con tanta urgencia.

—Yo no lo diría así —indicó Soleil, dedicándole una mirada de reproche que, increíblemente, también contenía un deje de afecto—. Queremos hablar contigo, Alphonse. Hay una diferencia.

Sí, Alphonse lo sabía, pero eso solo consiguió que su concentración vacilara.

—Yo… ¿Y de qué quieren hablar?

—En primer lugar, nos estamos asegurando de que estés bien con el asunto de los Verlac.

Alphonse se giró hacia la derecha, donde encontró a Claude con una expresión que, para muchos, sería de frialdad absoluta, pero creyó entrever algo más en sus ojos, un destello de inconfundible odio que, por fortuna, no estaba dirigido a él.

—No supe que habían escapado hasta hace unos días, así que…

—Espera, ¿es en serio? —Yves Roux, de mostrarse sereno y atento, pasó enseguida a arrugar la frente y mirar a la Inquisidora—. ¿Por qué?

—Los Hermanos Silenciosos pidieron discreción en el asunto. Además, estos chicos son menores de edad, no están autorizados a estar enterados, no en este punto. Lo que por cierto, me tiene intrigada, ¿quién les dijo lo de los Verlac?

—Pues… —Rafael intentó no verse demasiado culpable, pero los nervios se le notaban.

—Escuché a père mencionándolo y luego a los Centuriones, antes de… de lo de Thorwyn.

Alphonse había inventado la excusa sobre la marcha, pero pareció funcionar, porque June no duró demasiado con el ceño fruncido.

—Un segundo, ¿Thorwyn? —Soleil arqueó las cejas, perspicaz.

—Es el padre de Alwyn —indicó Yves, lo que le granjeó miradas confusas hasta que él se encogió de hombros y aclaró—. Él me lo dijo una vez, hace un tiempo.

—Es un hada, ¿no? —Aventuró la bruja.

—Sí, Thorwyn es un hada. Un hada de la Corte Noseelie. Un integrante de la Cacería.

A una, los líderes subterráneos miraron a June con pasmo, para luego fijarse en Alphonse, quien se sentía más incómodo de lo normal atrayendo tanta atención.

—Debí suponerlo, con esos ojos… —masculló Claude, sin pensar—. ¿Qué le pasó a Thorwyn exactamente? Porque es por él que te ves así, ¿no?

Monsieur Sangbleu, eso no…

—Claude, Alphonse. Déjalo en Claude.

—Señora, caballeros, si pudiéramos concentrarnos en lo que hemos venido a discutir…

La petición de June fue atendida a regañadientes.

—Ya hablaremos de esto —prometió Claude, mirando a Alphonse con severidad, a modo de advertencia, antes de señalar—. Lo segundo que queremos es que nos confirmes si es verdad lo de Jean–Luc Beauvale.

—¿Si es verdad qué?

—Que no lo acusaste de nada en la investigación que se le hizo.

—No tenía por qué hacerlo. Se lo dije y le prometí…

Claude lo cortó con un ademán desdeñoso, en tanto Yves fruncía el ceño y Soleil se cruzaba de brazos, en actitud retadora, antes de dirigirse a June.

—Si Alphonse no acusó a Jean–Luc Beauvale de nada, nosotros solicitamos su renuncia al cargo de director del Instituto.

—¿Tienen idea de lo que eso significa? —June observó, detenidamente y por turnos, a cada uno de los subterráneos, como si quisiera descifrar si le estaban jugando una mala broma.

—No vamos a confiar en alguien que no veía lo que le hacían a un niño en su propio Instituto —sentenció Yves, mostrando parte de su lado licántropo al torcer la boca en una mueca de disgusto—. Un niño que, para más señas, es hijo de dos personas que los tres apreciamos.

—No pueden darme esa razón.

—Ah, entonces si hace unos años, hubiera venido diciéndole que tenía a uno de sus niños desangrándose en mi consultorio, ¿lo habría creído?

—¿De qué está hablando?

Monsieur Roux, Jean–Luc no tuvo nada qué ver en eso —intervino Alphonse, intuyendo a dónde quería llegar el otro e intentando por todos los medios que el conflicto no pasara a mayores—. Ni siquiera estaba en la ciudad en esas fechas.

—Puedes llamarme Yves, Alphonse. Tu abuelo y tu padre siempre fueron honorables conmigo, no lo olvido. Pero esto no tiene que ver únicamente contigo.

—Ya no confiamos en Beauvale, así de sencillo—aseguró Soleil, en tono severo y sin descruzar los brazos—. No después de todo lo que ha pasado. Si ustedes, cazadores de sombras —señaló a June con un gesto de cabeza—, no hallan que hizo algo mal, está bien, pero no pensamos volver a creerle.

Madame, eso…

—Eso lo comprendo —aseguró June, lo cual hizo que Rafael y Alphonse intercambiaran gestos de suspicacia—. Pasaré su solicitud a Kyoushirou. Créanlo o no, él ya había previsto que podía pasar algo así. El problema es que no tenemos a nadie adecuado que pueda reemplazar a Jean–Luc y, por si no lo sabían, tenemos el Instituto de París en gran estima, no queremos que se le descuide ni un solo día.

—Han tardado años en ver cómo nos tratan allí, ¿y ahora nos salen con que pondrán un director competente en la Cité? —Claude mostró un gesto de lo más fiero, que dejaba ver su naturaleza vampírica de forma escalofriante.

—Es todo lo que podemos prometer.

—Estaríamos dispuestos a confiar de nuevo en el Instituto si Alphonse está allí.

Soleil dejó caer la bomba sin previo aviso, cambiando su postura a una menos rígida, colocando ambas manos sobre la mesa y jugueteando distraídamente con los dedos, haciendo surgir diminutas chispas doradas.

—¿Es una broma? —En aquella ocasión, June no se preocupó en ocultar su estupefacción.

—No, no lo es. Creemos que es una petición legítima. En el hijo de Jérôme sí confiamos.

—¿No se están dejando llevar por algún tipo de…? Bueno, favoritismo. Estoy consciente de que este muchacho ni siquiera debería estar aquí…

—¿Qué cosa? —Se exaltó Yves, mientras que Claude se mostraba ofendido.

—… Porque según reportes de la Academia, destacó tanto que ahora mismo, podría ser uno de los mejores Centuriones de su generación…

—Eso es verdad —apuntó Rafael, dirigiéndose a Soleil.

—… Sin embargo, lo que ustedes están sugiriendo no lo va a aceptar nadie.

—¿Solo quieren que esté allí?

Alphonse había analizado lo que Soleil y los otros pedían y creía haber hallado una solución que, tal vez, ayudaría a ambas partes. Solo esperaba no haberse equivocado en sus conclusiones.

—Si te refieres a que vuelvas a ser parte del Instituto de París, sí, eso queremos.

La respuesta de Soleil lo calmó, por lo cual asintió.

Madame… Lo siento, June…

—No te disculpes, Alphonse. ¿Qué pasa?

—Si lo que quieren es que esté de nuevo en el Enclave de París, eso puedo hacerlo.

—¿Al? —Rafael lo miró como si le hubiera aparecido otra cabeza.

—No prometo quedarme para siempre —aclaró Alphonse, tragando saliva y colocando las manos en su regazo, por debajo de la mesa, para que no notaran el temblor en ellas—. Casi toda mi familia está en Londres y la de mi parabatai, en Nueva York —alcanzó a captar un gesto de gratitud y orgullo de Rafael, antes de seguir—, pero puedo estar allí una temporada, en lo que todo esto… —sintió otro nudo en la garganta, pero uno muy desagradable, antes de poder hablar de nuevo—, en lo que las cosas se calman. No sé si realmente eso ayudará, pero intentaré que sea así, al menos mientras se decide si van a reemplazar a Jean–Luc o no.

—¿No quieres ir a París? Dinos la verdad.

Alphonse observó a Claude, que ya no parecía ni remotamente enfadado. Su rostro reflejaba una paciencia infinita y se preguntó, sintiendo una punzada de añoranza, si habría puesto esa cara cuando Perenelle era niña… cuando él mismo era niño, de haber sabido quién era su padre.

—Al Instituto no quiero volver —indicó con cautela—. Ir a París… eso es distinto.

Para los subterráneos, eso pareció ser suficiente. Cada uno, a su modo, le dedicó una sonrisa de ánimo, como diciéndole que apreciaban muchísimo lo que estaba haciendo. Sabía, por supuesto, que el recuerdo de su padre estaba influenciándolos, pero Alphonse no pudo evitar sentir que, además, los tres lo querían a él, aunque sinceramente, no había hecho gran cosa para ganarse su aprecio ni su aprobación.

—Si llegamos a un acuerdo, Alphonse será nuestro enlace con ustedes —prometió June.

—Y yo —acotó Rafael, siendo él ahora quien se cruzara de brazos de manera obstinada.

—Rafael, no creo que…

—June, si esperas que deje a mi parabatai ir solo a París, voy a creer que estás loca.

La aludida, lejos de ofenderse por semejante respuesta, suspiró con resignación.

—Tendré que hablarlo con sus respectivos padres, ya que todavía son menores de edad. Mientras tanto, ¿podemos contar con su apoyo en París?

June se dirigió a los subterráneos, quienes intercambiaron miradas antes de asentir, uno por uno, con toda la prudencia que eran capaces de mostrar. Alphonse, de ese modo, supo que estaban confiando en la Inquisidora porque él parecía confiar en ella, lo que aumentó el peso sobre sus hombros. Cerró las manos con tal fuerza, que los nudillos casi se pusieron blancos, al tiempo que intentaba, sin éxito, no acordarse de Thorwyn y aquello que le esperaba.

—¿Ahora sí podemos saber qué pasa con Thorwyn? —Preguntó Yves inesperadamente.

—Thorwyn de la Cacería Salvaje ha sido acusado de asesinato y secuestro en perjuicio de cazadores de sombras. El Escolamántico planea ejecutarlo mañana.

La respuesta de June causó revuelo, pero Alphonse apenas fue consciente de éste. Bien sabía que tendría que escoger algún día, pero no creyó que iba a sentirse así.

—¿Sin juicio? —Soltó Soleil, sin nada de su habitual control de sí misma.

—Juicio ha tenido, aunque si fuera por mí, habría durado más y se habrían presentado más pruebas, por ambas partes. Los procedimientos del Escolamántico…

—No vamos a confiar en el Escolamántico si no hay un juicio justo —advirtió Claude.

—¿A ustedes por qué les importa la suerte de ese caballero hada?

—¿Lo está preguntando en serio? —Soleil vio a la Inquisidora como si pensara que tenía la perspicacia de una piedra.

—Es el padre de Alwyn —repitió Yves, esta vez moderando su voz grave todo lo que pudo—. Por si no lo sabe, Alwyn es nuestro contacto hada. Si podemos hacer algo para no perjudicarlo, lo haremos. Ustedes tampoco deberían perjudicarlo, es el contacto hada del Instituto desde hace años, pero como allí no lo ayudaron, no se ha reportado desde que regresó a este plano.

—¿Ayudarlo a qué?

Yves apretó los labios, clara señal de que estaba conteniendo la respuesta que tenía en la punta de la lengua, hasta que suspiró e indicó.

—Eso no me corresponde decirlo. Deben tenerlo registrado. Alphonse, ¿Jean–Luc o alguien en el Instituto no te dijo qué pasó con Alwyn hace unos treinta años?

Alphonse sintió que se le secaba la boca. Sabía de qué hablaba Yves, pero no estaba seguro de que debiera decirlo. Había sido complicado digerirlo, junto con todo lo que había descubierto recientemente, así que no se veía capaz de repetirlo.

—Alphonse, si sabes algo, te pido que lo digas —June se expresaba con corrección, al mismo tiempo que procuraba ser amable. El muchacho podía jurar que la Inquisidora no se tomaba esa molestia cuando alguna de sus funciones estaba en juego.

—Lo siento, es que… Únicamente sé lo que mencionó Jean–Luc y lo que Alwyn me contó.

—¿Qué fue?

—Alwyn tuvo problemas con… La Cacería Salvaje lo quería para algo. No sabía para qué. Fue al Instituto, pero allí no quisieron ayudarlo, así que desapareció, porque amenazaron… Dieron a entender que si no aceptaba, le harían daño a… Fue antes de que naciera mi madre.

—¿Cuándo fue eso? ¿Tienes una fecha más exacta?

—Eso… Fue antes del Levantamiento.

—Alphonse, ¿no estarás pensando que…?

El muchacho negó con la cabeza.

—No, June. El proyecto de Regeneración de las hadas es reciente. Al menos, eso es lo que saben Thorwyn y Alwyn. Podrían averiguar más, ellos y Perenelle, si van de nuevo a Feéra, pero…

—¡No digas eso, Al! ¿Sabes lo que les podría pasar si…?

—Lo sé, Rafe. Pero piénsalo, ¿quiénes mejor que hadas para andar entre hadas?

—Pues si ejecutan a su padre, Alwyn no estará nada dispuesto a ir en nuestro nombre.

—¿Qué dices de Perenelle?

—Nelly tal vez quiera, por la amnistía que le concedieron, aunque no me guste, pero como se ve que se ha encariñado con Thorwyn, si lo ejecutan…

Alphonse se encogió de hombros, conteniendo a duras penas el inconveniente que había detectado en las palabras de su parabatai.

En ese momento, llamaron a la puerta. June, con un suspiro cansado, miró su reloj y frunció el ceño, poniéndose de pie.

—¿Quién será a esta hora? —La oyeron mascullar, antes de asomar la cabeza fuera del despacho—. ¿Quién…? ¡Alec! ¿Qué pasa ahora?

—Cambio de planes, June —indicó el nombrado, al que no veían los que permanecían sentados—. Sobre el hada Thorwyn, necesitamos a todos los del Salón de los Acuerdos y a su hijo, si acepta regresar.

—Se fue a París, ¿no? Le enviaré un mensaje de fuego, pero ¿por qué la prisa?

—Julie Beauvale solicitó que Thorwyn presente una defensa antes de ser ejecutado y exigió saber las circunstancias que rodearon el asesinato de su hermana.

Al oír eso, Alphonse se preguntó, con un deje de esperanza, si acaso Thorwyn podría haberse equivocado con su último vistazo al porvenir.