Severus – el verdadero héroe de la saga Harry Potter –, y los demás personajes de los libros aparecen por cortesía de su creadora, J. K. Rowling. El resto de personajes y la historia en sí, son sólo culpa mía :)

Muchísimas gracias a Sayuri Hasekura, Sely Cat, minerva91, GiotMalfoy, MoonyMarauderGirl, LilaSnape, dazedme, mordred6, dulceysnape, GabrielleRickmanSnape, seika, GemitaZeros, AnHi, Alehp, ES, LupinaSnape y DanySnape por sus comentarios.

Y muchas gracias también a todos aquellos que me leéis desde las sombras del anonimato.


Capítulo 37 – Demonios del pasado

Por vacaciones volvimos a nuestra casa en Londres y pasamos unos días agradables y tranquilos. Me encantaba disponer de tanto tiempo juntos, no lo hubiera cambiado por nada en el mundo, pero a pesar de que eran bastante largas, porque cerraba durante el mismo tiempo que el colegio, a mí siempre se me hacían demasiado cortas.

Comenzó el nuevo curso, y a pesar de que Severus solía volver a casa malhumorado por tener que lidiar con sus alumnos, no tardaba mucho en relajarse cuando me ponía a explicarle cómo me había ido el día y las ocurrencias de mis clientes. Al escucharme hablar de trivialidades como esas se instalaba en sus labios una sonrisa socarrona, su ánimo se distendía, y olvidaba todos sus problemas y preocupaciones.

Él, por su parte, me iba contando también todo lo que sucedía en el castillo y los sobresaltos que sufrían a causa de los incidentes provocados por el diario de Tom Riddle. Estaba claro que las aventuras se habían vuelto bastante más inquietantes por allí que durante el tiempo que yo fui estudiante en el colegio, cuando lo más emocionante que podía ocurrir era acertar una apuesta sobre cuántos chales se pondría la profesora Trelawney para la siguiente clase. Y hablar de ello siempre volvía a agriarle el humor.

-Desde que está Potter, ese mocoso no deja de crear problemas ni un solo instante – protestaba irritado.

Sin embargo, a juzgar por las historias que me explicaba, no era el muchacho precisamente quién creaba los problemas, sino que más bien intentaba solucionarlos. De lo único que se le podía acusar era de ser un imán para atraer los contratiempos, nada más, pero cuando se trataba del chico, Severus no era capaz de razonar con claridad. De vez en cuando intentaba hacerle coger un poco de perspectiva sobre el asunto, pero en cada ocasión estuvimos a punto de pelearnos, así que al final dejé de intentarlo.

-¿Tú también le defiendes? – Gruñía – ¡Claro, cómo no! El maravilloso Potter, el futuro salvador del mundo mágico, el célebre niño-que-vivió-y-al-que-se-le-ha-de-perdonar-todo. Da igual que sea un engreído y un… ¡mmmmmm…!

La única manera efectiva que había encontrado para hacerle callar cuando se enramaba de esa manera era besarle, y confieso que no me reprimía en absoluto a la hora de utilizar mi táctica. Le cogía del cuello de su túnica y le estampaba un largo y apasionado beso, y cuando me despegaba al fin de sus labios para tomar aire le decía:

-Ya te he dicho muchas veces que esa lengua tuya la puedes emplear mejor en otras cosas.

Y él nunca podía resistir que dijera esto, se ponía a mil, y enseguida me desnudaba allí mismo, con prisas, con desespero, dondequiera que estuviéramos, sin importar que fuera la cocina, la tienda, o en medio del pasillo. Me tumbaba sobre la mesa o el sofá, o me llevaba contra la pared, y me tomaba con ansia desenfrenada, olvidándose de todo lo demás.

Lo mejor era que justo después de hacer el amor se volvía dócil y complaciente, y hubiera podido conseguir de él casi cualquier cosa. Pero nunca intenté sacar provecho de esos momentos porque, de hecho, lo único que quería de verdad ronroneaba satisfecho entre mis brazos.

Así que durante ese curso tuvieron un problema en Hogwarts con la Cámara de los Secretos, como todo el mundo sabe ya, pero por fortuna se solucionó sin tener que contar ninguna baja, y Severus no tuvo ninguna nueva noticia sobre el paradero del Lord, de modo que se mostraba relativamente tranquilo en ese aspecto, y por lo tanto, yo también.

Sin embargo, el verano siguiente ocurrió algo que le trastornó sobremanera. Estábamos en casa, Severus leía El Profeta y yo una novela, cuando de pronto él se echó bruscamente hacia delante en su butaca y sus dedos se crisparon sobre el diario, arrugándolo por los extremos. Me asusté, pensando que quizá había alguna noticia sobre el Lord, de modo que me acerqué a él y leí por encima de su hombro, pero en las páginas que tenía abiertas sólo había una noticia sobre un preso que había escapado de Azkaban. Este hecho en sí era sorprendente, ya que no sabía de nadie que hubiera logrado huir de allí, pero no entendía el motivo de la reacción de Severus.

-¿Le conoces? – Pregunté.

No respondió de inmediato. Arrugó el periódico en una bola y la mantuvo apretada entre sus manos, que en ese momento parecían garras. Le toqué el hombro con suavidad.

-Severus, ¿quién es?

-Es el hombre que traicionó a Lily – contestó con voz lúgubre.

Al oír ese nombre retiré mi mano y di un paso atrás. Otra vez ella. Otra vez su pasado volvía para atormentarle.

-Oh, ¡Merlín! – Exclamó poniéndose en pie y empezando a caminar por la sala, presa de la excitación – ¡Cuánto desearía ser yo el que atrapara a ese bastardo! Daría lo que fuera por tenerle en mis manos unos instantes antes de enviarle a los dementores para que le den su cariñoso beso.

Me inquieté al verle así. Estaba tan lleno de ira que me dio la sensación de estar viendo al mortífago que había sido y no al hombre que era ahora. Dio varias vueltas por el salón apretando la bola de papel entre sus manos, retorciéndola, como si en vez del diario, se tratase del cuello del hombre al que odiaba. Me quedé detrás de su butaca, como si de manera inconsciente hubiera decidido ponerla entre los dos a modo de barrera de protección, y le vi deambular terriblemente alterado, hablando más para sí mismo que para mí, ya que no creía que fuera consciente siquiera de que me hallaba en la misma habitación que él.

-Si pudiera ser mío por unos minutos le borraría esa sonrisa arrogante del rostro para siempre. Solos él y yo, sin sus tres amigos para apoyarle como en los viejos tiempos.

No tenía ni idea de qué estaba hablando, pero estaba claro que no sólo le odiaba por la traición a Lily. Quería saber más, así que me atreví a preguntar:

-¿Sus amigos? ¿Quiénes son sus amigos?

-¡Potter y los demás, por supuesto! – rugió.

Me quedé pasmada, no podía entenderlo. ¿Ese fugitivo era amigo de los Potter y les había entregado al Lord?

-¿Potter? – Balbuceé, sin comprender.

-Claro, estúpida, Potter, ¿quién si no? James Potter.

Entiendo que estaba muy airado en ese instante, pero aún así, tengo que reconocer que me dolió mucho que me llamara así, no por el insulto en sí mismo, sino por el tono de desprecio en su voz. Me había llamado estúpida muchas veces cuando era pequeña, es cierto, pero no lo había hecho nunca desde que nuestra relación había cambiado, y mucho menos había vuelto a hablarme con tanto desdén. Pero él ni siquiera reparó en ello, porque estaba ofuscado dando vueltas y vueltas a la sala, y murmurando cosas que yo no entendía. Decidí dejar que se calmara solo y me fui a sentar a la cocina.

El motivo de que no supiera lo que estaba pasando es que hasta el momento yo sólo conocía la desafortunada parte que había tenido Severus en el asunto de la muerte de los Potter, pero él no había mencionado nunca a Sirius Black. De hecho, no sabía nada de él hasta que vi su foto en el diario, ya que cuando me había hablado de los Merodeadores, años atrás, no mencionó sus nombres, y yo sólo conocía el del propio Potter.

Al cabo de mucho rato, Severus entró también en la cocina. Estaba muy serio, pero ya no tenía la bola de papel en las manos y parecía haber vuelto a ser consciente de que había otras cosas en el mundo aparte de Sirius Black. No supe interpretar la expresión de sus ojos, que me miraban fijamente, así que desvié los míos hacia mis manos, que reposaban enlazadas encima de la mesa. Severus dio unos pasos hasta quedar a mi lado.

-¿Qué he dicho? – Murmuró – Se que he dicho alguna inconveniencia, pero no sé el qué.

Negué con la cabeza.

-No importa – musité.

Se inclinó sobre mí y puso una mano sobre mi hombro.

-Sea lo que sea, lo siento – susurró.

Seguí mirando mis manos.

-Al leer la noticia yo… – siguió con su torpe disculpa – he perdido los nervios. No podía dejar de pensar en ese maldito Black… te aseguro que no sé qué te he dicho, pero sabes que no quería herirte.

-Da igual, Severus, de verdad.

Pero todavía no podía levantar la mirada. No sé porqué me dolió tanto ese simple insulto, desde luego no era lo peor que le podían decir a una, pero a veces las cosas te afectan de manera desproporcionada y no puedes evitarlo.

-Era el mejor amigo de Potter, formaba parte de los Merodeadores, junto con Lupin y Pettigrew – empezó a explicar mientras alargaba el brazo para coger una silla y sentarse junto a mí.

Quizá pensó que si me contaba la historia entendería mejor su reacción y me sentiría más inclinada a perdonarle, y me conocía bien, porque cuando acabó de explicármelo todo pude comprender al fin el por qué de su rabia hacia ellos. Sabía que le habían hecho la vida imposible, él me había hablado de su enemistad con los Merodeadores desde el mismísimo primer día de colegio, pero nunca me había explicado las bromas y las humillaciones a las que solían someterle. Esos cuatro chicos le habían herido en uno de sus puntos más débiles: el orgullo.

Tras relatarme sus frecuentes enfrentamientos con ellos en el colegio, me explicó la historia de la traición a los Potter tal como ocurrió, o tal como él y el resto del mundo creían que había ocurrido, porque después se supo que Black no fue quién les entregó al Lord, pero en aquel momento eso sólo lo sabían tres personas, Black, el todavía desaparecido Lord Voldemort, y el verdadero traidor, Peter Pettigrew. Cuando acabó de hablar ya volvía a mirarle a la cara de nuevo. Su expresión era amarga y frustrada, y por un momento me pareció ver en su rostro los vestigios del atormentado niño que debía enfrentarse solo a los cuatro abusones del colegio. No podía seguir enfadada con él después de eso, así que llevé una mano a su mejilla.

-Pero si puedo atraparle – masculló entre dientes con furia intensa –, le haré pagar por todo lo que me ha hecho.

Retiré mi mano con rapidez sin poder evitarlo, ahí estaba otra vez el mortífago. No puedo negar que esos arrebatos me inquietaban sobremanera. Severus notó mi miedo y frunció el ceño.

-¿Te he asustado? – Preguntó – ¿Te has asustado de mí?

-No, claro que no – dije.

Y sin embargo me puse en pie, nerviosa. A él pareció afectarle mi reacción.

-Julia, no tienes por qué temer nada de mí. Jamás te haría daño, lo sabes, ¿verdad?

Estaba tremendamente serio, sus ojos eran dos negruras sin fin, y aún así creí ver en su fondo una silenciosa súplica.

-Sí, claro que lo sé – contesté, y su rostro se distendió ligeramente –. Claro que lo sé, Severus – repetí, y me abracé a él.

Me rodeó la cintura con un brazo y con la mano libre me acarició el cabello con ternura.

-Mi niña tonta – susurró –. Nunca podría hacerte daño, nunca, ¿es que no lo ves?

Al escucharle, me apreté contra él con más fuerza, odiándome por haber tenido miedo de él por unos instantes. Todo el mundo temía a Severus Snape; todos los alumnos, e incluso algunos de sus compañeros profesores le evitaban siempre que podían; a Trelawney y a Sprout, por ejemplo, siempre se las veía incómodas en su presencia. Pero yo no podía temerle. No, yo no. Yo le conocía mejor que nadie, si yo mostraba miedo ante él le hundiría, y lo sabía perfectamente. Era en momentos como ese cuando él me necesitaba más que nunca, y yo había dudado. Me prometí que no volvería a suceder, pasara lo que pasara.

-Lo sé, mi amor – susurré, ignorando todas las veces que, de hecho, él me había hecho sufrir en el pasado –, sé que no me harías daño.

Unos días más tarde llegó una lechuza para Severus que volvió a ponerle de mal humor. Dumbledore le comunicaba que temía que Sirius Black se atreviera a acercarse a Hogwarts con el fin de asesinar a Harry Potter y que, por tanto, tendrían que extremar las precauciones para proteger al muchacho. Asimismo le informó de que había decidido contratar para el puesto de Defensa a Remus Lupin, ya que como había sido amigo de Black, quizás podría ser de ayuda si el fugitivo llegase a entrar en el castillo.

-¿Ese Lupin no era uno de los del grupo de Potter y Black? – Pregunté.

-Sí – gruñó –, y para más señas es un hombre-lobo. Ese viejo loco de Dumbledore cada vez pierde más facultades. ¡Contratar a un licántropo para enseñar a los alumnos!

-Bueno – dije, sin considerar que ese fuese un gran inconveniente –, pero tú podrías prepararle la poción matalobos. Que sea difícil de elaborar no supone ningún problema para ti.

-¡Claro que tendré que hacerle la maldita poción matalobos! Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que ese hombre casi me mata una vez por culpa de una broma de sus graciosísimos amigos.

Le miré pasmada, parecía que siempre hubiera algo más por explicar que yo todavía no sabía. Me relató el incidente del sauce boxeador y el túnel que conducía a la Casa de los Gritos y se mostró aliviado al comprobar que a mí tampoco me hacía ninguna gracia la dichosa broma. Creo que había esperado que me riera de la ocurrencia de aquellos muchachos, o que intentara restarle importancia, pero la verdad es que no me sentí inclinada a hacer ninguna de las dos cosas, en absoluto. Fue una broma cruel y peligrosa que podría haberle costado la vida, y no podía creer que hubieran podido hacer algo así y no les hubiera valido la expulsión inmediata del colegio.

-¿Dumbledore no les castigó? – Pregunté, asombrada.

-Dumbledore me dio unas palmaditas en la espalda a modo de consuelo y me prohibió que explicara a nadie que Lupin es un licántropo – gruñó con amargura.

"¿Y aún así le eres fiel?", pensé, y me quedé mirándole con una mezcla de admiración y perplejidad.

-¡Merlín! Y a mí quería enviarme a Durmstrang sólo porque quería estar contigo… – gruñí también, molesta – este hombre no tiene sentido de la proporción… ¡ni de la justicia!

El caso es que, con Black fugado, y Lupin de compañero de trabajo, ese curso se inició con un Severus de muy mal humor, y fue manteniéndose así durante los meses siguientes. Además, para colmo de sus males, el chico Potter parecía volverse más temerario con el paso del tiempo.

-Todos desviviéndonos por proteger al maldito crío y él burlando continuamente las normas de seguridad y escapándose cada dos por tres – protestaba –, incluso con Black buscándole para matarle él se va a Hogsmeade cuando no tiene permiso para hacerlo, y sale del castillo por las noches aunque esté prohibido… es lo que te he dicho siempre, las normas no están hechas para Potter, él está por encima de esas banalidades... es igual que su padre.

Después de tanto oír hablar de él sentía curiosidad por conocer al chico, pero a pesar de que me mantuve muy atenta cada vez que veía las riadas de estudiantes venir del colegio, y de la descripción que me había hecho Severus de él, no logré verle. Me había explicado que siempre iba acompañado de Ron Weasley y una amiga de ambos de la que decía que era "una insufrible sabelotodo", así que cuando vi al pelirrojo salí de la tienda para saludarle. Estaba con una chica de cabello castaño que supuse que se trataba de dicha sabelotodo. La muchacha se presentó como Hermione Granger, y me pareció una jovencita amable y muy educada.

No sé cómo esperaba que fuera, pero tendría que haberme imaginado que la descripción de Severus sería demasiado subjetiva. La joven se interesó por mi tienda y pareció satisfecha de ver que había un lugar donde podría adquirir los ingredientes que necesitara para sus trabajos. Charlé un rato con Ron, hacía dos años que no le veía, aunque los gemelos y Percy sí que habían entrado algunas veces en mi establecimiento para saludar y comprar alguna cosa. Le di recuerdos para sus padres y le pregunté por Charlie, me dijo que estaba todavía en Rumanía y que se había quedado con un dragón que le había enviado Hagrid para criarlo, y después nos despedimos. Sin embargo, durante toda la conversación, los dos se mostraron algo nerviosos, y cuando se marcharon y les vi alejarse, tuve la extraña sensación de que hablaban con alguien más a quien yo no podía ver.

Durante esa temporada, Severus leía el diario con más atención que nunca, siempre en busca de alguna noticia sobre el paradero de Black, siempre con las manos crispadas y la mirada dura como el acero, siempre murmurando por lo bajo.

-Que venga, que venga… que se atreva a venir ese maldito cobarde traidor.

Estaba preocupada, tenía miedo de lo que pudiera ocurrir si Severus llegaba a encontrarse con ese hombre. Según las noticias, había asesinado a varias personas a sangre fría, y, aunque no dudaba de que Severus era muy capaz de defenderse, no por eso dejaba de temer que algo saliera mal, y además, Black era un fugitivo, lo que significaba que era un hombre desesperado y sin nada que perder, y esa siempre era una combinación peligrosa.

Me preguntaba cómo habría logrado escapar de Azkaban, todo el mundo aseguraba que era imposible huir de allí, y nadie se explicaba cómo lo había hecho.

-Debe ser un mago muy poderoso – murmuré para mí mientras leía un reportaje que hablaba de las hipótesis que las autoridades barajaban sobre su fuga.

Últimamente, no sólo Severus había cogido la costumbre de murmurar mientras leía el diario, sino que yo también empecé a hacerlo, supongo que debido a la inquietud.

-¿Poderoso? ¿Black? No me hagas reír – rugió.

-¿Y entonces cómo explicas que haya podido escapar?

Severus se enfurruñó y emitió un gruñido irritado. Estaba claro que no tenía ni idea de cómo lo había hecho, y eso le enfurecía aún más. Me enterneció verle tan ofuscado, dejé el diario, me acerqué a él, le di un suave beso y me puse detrás suyo para masajearle los hombros. Los tenía muy tensos y noté claramente cómo poco a poco los nudos se aflojaban bajo la presión de mis dedos.

-Mmmmmm…

Sonreí al oírle. Sabía que le encantaba que le hiciera masajes, aunque él jamás los pedía. De hecho, él nunca pedía nada, no sé si lo hacía por orgullo o porque lo consideraba una debilidad por su parte; o quizá se debiera a toda una vida de no depender de nadie, de no pedir nada porque sabía que nadie iba a hacer nada por él. Pero aunque no lo dijera, sabía que cada vez que hacía presión sobre sus músculos, él se relajaba y ronroneaba como un gatito, o mejor diré como un tigre dormido, porque si él estuviera aquí ahora y me escuchara llamarle gatito, seguro que se enfadaría y me dirigiría una de sus famosas miradas asesinas.

Luna Lovegood ríe, y su risa es sutil como el aleteo de una mariposa.

-Podría entender que él se enfadara – dice, risueña –, la idea de asociar al profesor Snape con un gatito ronroneando es, como poco, chocante.

Río también, pensando en esto. Claro que esa imagen ha de resultar chocante, sobre todo para quien no le conoce como yo. Y sin embargo él tenía mucho de felino, sus maneras sigilosas, su carácter arisco y solitario, su agilidad, su habilidad para caer siempre de pie aunque las circunstancias no le fueran favorables… sin olvidar su rapidez en sacar las uñas.

-En fin – prosigo, cuando consigo deshacerme del sentimiento de añoranza –, la cuestión es que ese fue un año bastante tenso. Las vacaciones navideñas las pasamos en Hogsmeade, como el año anterior, porque desde que Potter iba a Hogwarts, Dumbledore había insistido en que Severus permaneciera en el colegio el mayor tiempo posible, y ponía especial énfasis en que asistiera el día de Navidad, como si temiera que esa fuera una buena fecha para que el chico se metiera en problemas y tuvieran que evitarlo a toda costa. Pero las fiestas navideñas solían transcurrir apaciblemente, y a mí me daba igual estar en Hogsmeade o en Londres siempre que pudiera pasarlas con él.

Las noticias sobre Black eran abundantes y contradictorias, pero el rumor más extendido era que merodeaba por Hogsmeade. A mí empezó a darme algo de miedo salir a la calle, pero no quise decirle nada a Severus, porque ya tenía bastante con tener que proteger a Harry Potter a su pesar, como para que tuviera que temer por mí también.

Yo seguía leyendo las noticias con gran interés, deseando que atraparan al fugitivo para dejar de tener miedo de una vez, y porque si le detenían, Severus no tendría que enfrentarse a él, cosa que me daba más miedo todavía; pero no parecían tener ninguna pista fiable de dónde encontrarle, y los meses fueron pasando sin novedades.

De vez en cuando, los dementores volaban sobre Hogsmeade, y una pequeña ola de desesperanza nos sobrecogía a todos los que vivíamos allí. Por suerte no duraba mucho, y las criaturas seguían su camino hacia Hogwarts. A mí me parecía espantoso que hubieran puesto a esos seres a vigilar por si Black quería acceder al castillo, y además no le encontraba ninguna lógica, ya que si el mago había logrado escapar de ellos en Azkaban, bien podía ser capaz de burlarles otra vez para entrar en el colegio si quería, pero el Ministerio parecía tener una fe inquebrantable en esos seres horrendos. A Severus, en cambio, el tema de los dementores le traía sin cuidado.

-Si se atreve a pisar el colegio, no será a ellos a quienes deba temer – rezongaba.

Y por fin llegó el día en que Black salió a la luz y, tal como yo había predicho, los dementores no fueron ningún obstáculo para que el hombre entrase en el colegio.

Severus se apareció en casa pasadas las doce de la noche. Ya me había ido a dormir cuando oí un tremendo alboroto procedente de alguna parte de la vivienda y me asusté. Salí de mi habitación varita en mano y vi luz en el cuarto de Severus, que era el lugar que él siempre escogía para aparecerse, a pesar de que ambos dormíamos siempre en mi habitación.

Me acerqué temerosa, creyendo encontrarme allí por lo menos a Sirius Black con un hacha en la mano y ojos asesinos que se había colado en mi casa para matarme, lo cual era bastante absurdo, porque teniendo varita no necesitaba un hacha para nada, pero el miedo, la mayoría de las veces, es absurdo e irracional.

Cuando me asomé al umbral, no obstante, sólo vi a Severus dándole patadas a todo lo que encontraba a su paso, maldiciendo con amargura y soltando hechizos a diestro y siniestro con su varita.

Me quedé allí parada, mirándole con asombro, tenía una gran herida en la cabeza que sangraba profusamente, ¿qué podía haber ocurrido? ¿Se habría encontrado a Black? ¿Habría sido él quién le había herido? Me puse a temblar.

De pronto Severus me vio allí quieta en el umbral y pareció recobrar un poco el sentido. Tiró su varita a un lado de la habitación con hastío, se dejó caer en la cama, puso los codos sobre las rodillas y escondió la cabeza entre sus manos. Me acerqué a él despacio, sin decir nada, y traté de pasar mi varita por su herida para curarle, pero él me agarró de la muñeca, impidiéndomelo. Me miró con ojos inyectados en sangre.

-No – dijo –, ya lo haré yo. Después.

-Pero estás sangrando – protesté.

-¿Qué más da? – Dijo con amargura.

Me senté en el suelo frente a él, sobre mis talones, y le pedí que me explicara lo que había pasado.

-Le tenía – masculló, cerrando el puño con rabia frente a su cara –, por unos instantes estaba en mi poder. Hubiera podido llamar a los dementores para que acabaran lo que habían empezado, pero quise portarme como un mago civilizado y llevarle al castillo para que el Ministro decidiera. Y cuando el Ministro decidió, él ya se había vuelto a escapar. Y yo sé quién le ha ayudado a huir, ¡claro que lo sé! Y Dumbledore también, aunque no quiera reconocerlo.

Como siempre que estaba enfadado, hablaba como si yo ya supiera de qué iba todo, y por lo tanto sus primeras palabras me resultaron confusas. Pero después de tantos años ya había aprendido cuáles eran las preguntas adecuadas y cómo hacerlas para que su inconexo monólogo cobrara sentido para mí.

-¿Has encontrado a Black? ¿Fue él quién te hizo esa herida?

-No, fueron los chicos, Black les hechizó, está claro, les hizo creer que era inocente. ¡Y ellos se lo creyeron! ¡Potter se tragó ese cuento! Decían que Pettigrew sigue vivo, ¿te lo puedes creer? ¡Y ese maldito Lupin! Llevo todo el año haciéndole el favor de prepararle la poción matalobos y el muy bastardo estaba ayudando a Black todo el tiempo a colarse en el castillo…

Tras mucho rato, muchas preguntas bien dirigidas, y mucho odio rezumando de cada palabra que pronunciaba, pude acabar entendiendo todo lo que había ocurrido. Al menos, todo lo que Severus creía que había ocurrido, que tiempo después se descubrió que no había sido exactamente como él pensaba, pero en su defensa diré que estuvo mucho rato inconsciente por el expelliarmus conjunto que le lanzaron los chicos y no llegó a ver en ningún momento a Peter Pettigrew.

Me impresionó mucho cuando me explicó que Black había vuelto a escapar, ese hombre era escurridizo como una anguila; y también cuando me dijo que a pesar de que Lupin había sido su cómplice, no le habían interrogado siquiera, ni tampoco sería llevado ante la justicia. Según dijo Severus con gran amargura, Dumbledore se había creído la versión de los hechos contada por Potter y sus amigos.

-Siempre se cree sin rechistar todo lo que le cuenta ese mocoso, por inverosímil que sea – masculló.

En ese momento recordé que una vez me había dicho que Dumbledore era como un padre para él, y por un momento Severus me pareció el hermano celoso de las atenciones que su progenitor depara a su otro vástago. Puede que no estuviera muy desencaminada.

El caso es que el anciano siempre había respetado la opinión de Severus, pero Potter parecía ser su ojito derecho, y le perdonaba todo lo que hiciera. Y, de hecho, lo mismo había ocurrido con su padre. A pesar de las constantes bromas de mal gusto que James Potter y sus amigos le gastaban a Severus, el director siempre acababa perdonándoselo todo.

Me enojé de nuevo con Dumbledore por su actitud partidista, pero en ese momento, lo que más me urgía era convencer a Severus para que me dejara curarle. Tras insistir un poco y rogarle un poco más que no se portara como un crío, me permitió que le hiciera un hechizo curativo sobre la herida.

Para conseguir que se desvistiera y se metiera en la cama tuve que insistir y rogar aún mucho más, pero al final lo conseguí, aunque sabía que de todos modos estaba demasiado furioso como para poder dormir. Se giró de medio lado, dándome la espalda, y me abracé a él susurrándole palabras tiernas, intentando aplacar su ira lo máximo posible. Estuvimos así durante muchas horas, yo acariciándole el cabello y hablándole en voz baja en tono cariñoso, él con todo el cuerpo en tensión, escuchándome, pero sin decir nada, incapaz de relajarse. Como era de esperar, cuando los primeros rayos de sol se colaron por la ventana, ninguno de los dos había podido pegar ojo en toda la noche.