Cap. 34
Ojos de Plata, Parte II
El silencio reinaba en la espaciosa habitación mientras el sanador revisaba minuciosamente a Narcisa Malfoy, quien en aquellos momentos, se encontraba postrada en su bastante espaciosa cama, contemplando al vacío con gesto de incomodidad.
El hombre se enderezó y ajustó sus lentes, mientras a sus espaldas, Lucius se acercó con evidente prisa.
- ¿Y bien?
- No lo comprendo realmente, el embarazo marchaba bastante bien, pero ahora se ha vuelto realmente delicado.
- ¿Narcisa podría perder al bebé?
La desesperación teñía la voz del rubio, quien a cada segundo parecía a punto de explotar.
- Antes de poder dictaminar eso, me gustaría revisarla en privado.
- ¿Qué??
- Que necesito que salga un momento, Malfoy.
- ¿Y para que quiere estar en privado con mi esposa?
- El examen que voy a realizar no es algo que se haga en público.
Lucius torció el gesto.
- ¿Es idiota o qué?? ¿Quién diablos cree que la embarazó?? ¡Lo que vaya a hacerle yo…
- Lucius…
A la voz cansada de su mujer, el hombre calló de golpe.
- Déjalo hacer su trabajo.
La mandíbula de Malfoy cayó un par de centímetros, demasiado sorprendido por lo que acababa de escuchar, sin embargo, ante aquél pedido echo por su propia esposa, no le quedaba otra que obedecer.
Cuando la puerta se hubo cerrado, los ojos almendrados del sanador se posaron sobre los azules de Narcisa. Ninguno dijo nada, al menos hasta que el hombre chasqueó la lengua y movió su cabeza en obvia desaprobación.
- Te apareciste… ¿Cierto?
Ella sonrió y aceptó lentamente con la cabeza, haciendo suspirar al hombre.
- Te advertí de la peligrosidad que podía traerle a tu bebé la violencia de la aparición.
- Lo siento doctor.
- Eso no es suficiente. En todos los años que llevo de atenderles, pensé que tendrías más prudencia.
- Si la tuviera, no estaría al servicio del señor oscuro, ni me habría casado con Lucius Malfoy.
El hombre curveó sus labios en una casi imperceptible sonrisa.
Había atendido las heridas de Lucius y Narcisa durante muchos años, desde mucho antes de que se volvieran mortífagos, desde que sus heridas eran brazos rotos por corretear en los amplios jardines y maldiciones mal echas de la infancia.
Debido a su edad y a lo mucho que los conocía, él se sentía como una especie de abuelo para esos dos dementes, aunque sabía que el sentimiento no era devuelto, pues para ellos, él solo era el sanador de confianza.
- Lucius, ya puedes entrar.
La puerta se abrió rápidamente, y el rubio frunció el ceño al verlo todo tal y como lo había dejado antes de irse.
- ¿Eso fue todo? ¿Para eso me sacaron?
- Lucius, ya tengo la respuesta a tu pregunta.
Nuevamente les envolvió el silencio, y el hombre guardó la compostura en espera del veredicto.
- Si… Narcisa puede perder al bebé.
Los ojos azules de ella se cerraron con fuerza, de la misma manera en que se apretaron los puños de Lucius.
- En el mejor de los casos, el bebé nacerá prematuramente y puede o no sobrevivir, pero Narcisa si lo hará… eso podría darles la oportunidad de volver a intentarlo en el futuro.
- Y… ¿Y en el peor?
- Podría haber complicaciones… y no sobreviviría ninguno de los dos.
Los ojos metálicos de Malfoy viajaron de inmediato hacia su amada esposa, la cual contemplaba en aquél instante con angustiosa mirada su abultado vientre.
- Y qué… ¿Qué vamos a hacer?
- Yo sugeriría que desde este momento Narcisa sea internada en San Mungo y…
- Eso jamás.
La voz antes vacilante y cansada de la rubia brotó de repente dura y segura, mientras sus ojos centelleaban con el orgullo de la casa en la que había nacido y a la que se había vuelto parte.
- Yo no estaré en San Mungo… no con toda esa… esa escoria rondando por los pasillos.
- Sería la manera más segura para…
- Estoy de acuerdo con mi esposa. Mi hijo no va a nacer en el maldito muladar que es San Mungo.
- Pero…
- No voy a permitirlo. Múdese usted aquí hasta el momento del parto y cobre lo que se le pegue en gana, pero Narcisa no va a ir a ese lugar atestado de sangre sucias, traidores a la sangre y cuanta escoria se atraviese.
- Va a tener que hacerlo, por que yo me voy de viaje durante un mes.
El matrimonio Malfoy se quedó totalmente pasmado ante la noticia. Lucius fue el primero en reaccionar.
- ¿QUÉ??
- Tengo un viaje de suma importancia en una convención de…
- ¡No me interesa!
- Lucius, mi vida no gira en torno a ustedes, y lo sabes perfectamente.
- No permitiré que absolutamente nadie además de usted atienda a mi esposa.
- Y yo la atenderé, no debes preocuparte por eso.
Lucius estuvo a punto de estallar en una rabieta bastante parecida a las que hacía cuando tenía diecisiete años y se peleaba con Severus, pero el sanador le tomó de la mano e hizo un complicado movimiento de varita, provocando un destello en el dedo del hombre.
El rubio levantó la joya en su dedo para poder contemplarla mejor.
- ¿Un anillo dorado con un rubí? Demasiado Gryffindor de tu parte doctor, ¿No se te ocurrió que sería mejor un anillo de plata con una esmeralda?
- Ustedes y sus niñerías de Slytherings.
- Lo dices por que tú fuiste a una casa mediocre como Ravenclaw hace casi cien años.
- Casi noventa años muchacho. No soy tan viejo como parezco.
- No importa. ¿Qué diablos es esto?
- El parto de Narcisa debe ser dentro de dos meses… para entonces ya debo haber regresado, pero si se adelanta, la piedra en tu anillo brillará lo suficiente como para dejarte ciego. No importa en donde te encuentres, sabrás lo que está ocurriendo, y podrías ir a buscarme. Entre mas pronto me encuentres será mejor. Te dejaré todos mis datos.
- ¿Y por qué no el anillo se lo pone usted?
Preguntó Malfoy quitándose el anillo y tendiéndoselo al sanador, el cual esbozó una burlona sonrisa al darse cuenta de que el rubio se sentía demasiado importante como para estarle buscando.
- Por que ese anillo tiene un enlace mágico, y solo funciona en el dedo del padre del bebé.
Lucius gruñó ante el irrebatible argumento y volvió a colocarse el anillo en el dedo, contemplando luego a su amada esposa, sintiendo un sudor frío bajar por su espalda ante la sola idea de perderla a ella… o a su bebé.
Y sin embargo, su destino parecía deseoso de cobrarle todas las atrocidades que había echo, tratando de arrancarle aquello que mas amaban.
Tan solo a unos días de aquella consulta, el matrimonio Malfoy desayunaba apaciblemente, disfrutando del regreso de la buena salud de Narcisa, la cual había estado realmente enferma el día anterior.
Los pasos cortos y apresurados indicaron al hombre de aquella mansión que su elfo doméstico había llegado con el correo. Sus ojos metálicos se mostraron fríos y llenos de asco al contemplar a la criatura que se acercaba a él con el envoltorio de cartas, contemplándole con sus enormes ojos verdes.
- Dobby le ha traído el correo al amo.
Lucius extendió su mano y le arrebató los sobres, para luego hacerle una señal con su mano libre para que se marchase lo antes posible de su vista.
Narcisa ni siquiera se dio por enterada de que la criatura había estado allí.
Lo que si pudo notar, fue la manera en que su esposo se enderezó en el asiento, contemplando con espanto la carta entre sus dedos.
- ¿Qué ocurre?
Preguntó ella obviamente interesada y un tanto asustada de que algo hubiese sorprendido en aquél grado a su marido, cuyos ojos temblaban al mirarla.
- El doctor fue asesinado.
- ¿QUÉ?
La señora Malfoy trató de levantarse de golpe ante semejante noticia, pero lo único que logró fue provocarse un espasmo de dolor que la obligó a dejarse caer nuevamente en la silla, mientras Lucius abandonaba la carta y corría a socorrer a su esposa.
- Cissy… mi amor…
- Estoy bien, estoy bien…
- Pero…
- Lucius, estoy bien, en serio.
Los brazos del hombre rodearon a su mujer mientras esta le acariciaba distraídamente, deseando con aquél simple acto reconfortarle.
- ¿Qué pasó?
- La carta no dice mucho… dice que lo asesinaron y que se está investigando. Encontraron nuestros nombres en sus pendientes de urgencia, y decidieron avisarnos.
- Pero como es posible…
Susurró ella, no dolida por la muerte del anciano doctor, sino llenándose de incertidumbre acerca de su parto, el cual se encontraba tan cercano.
Dirigió una mirada de ansiedad a su marido mientras presionaba una de sus manos sobre su vientre, el cual había empezado a aguijonearle tras aquél pequeño exabrupto.
- Tengo que encontrar a alguien que te atienda si algo ocurre.
Soltó él de pronto mientras se alejaba repentinamente de su esposa, la cual se quedó con los brazos en el aire en el lugar donde antes había estado su marido.
Sus ojos azules, antes llenos de incertidumbre, se llenaron de ese orgullo que tanto caracterizaba a su familia.
- No voy a permitir que ningún desconocido me toque.
- Narcisa…
- He dicho que no.
Y tras una vida entera de conocerla, sabía que estaba determinada en aquella respuesta.
- Narcisa…
Trató de buscar una excusa razonable, pero si ni siquiera la mas obvia podía convencerla, ¿Qué podría hacerlo?
Aún así lo intentó.
- Cissy… piensa en el bebé.
- Nuestro hijo no va a venir al mundo gracias a algún mediocre que se gasta la vida cuidando se la escoria.
En eso no podía contradecirla. Si algo tenía el anciano médico en quien habían confiado toda la vida, es que al igual que ellos, tenía dedicada su vida a perdurar y honrar la pureza de la sangre. Ni siquiera siendo practicante había atendido a un sangre sucia, mucho menos a un muggle.
Incluso a los mestizos, los cuales abundaban, les trataba de manera cortante, y el único que se había salvado de aquél trato desdeñoso había sido Severus, gracias a las relaciones que poseía.
- Narcisa…
- He dicho que no.
Era increíble que una mujer tan inteligente como ella se estuviese mostrando tan estúpida en algo como aquello, poniendo su orgullo por encima de la vida de su hijo. Ni siquiera el dolor en su vientre le hacía reconsiderar.
- Buscaré a alguien que…
- No busques a nadie.
Era caso perdido.
No teniendo ninguna otra alternativa, Lucius se fue a atender sus importantes negocios dejándola a ella sola.
Narcisa suspiró mientras sostenía su vientre y ejercía un poco de presión. Desde la mañana había comenzado a molestarle, pero conforme habían avanzado las horas, la molestia se había transformado lentamente en dolor, y el dolor comenzaba a provocarle pánico.
La testarudez que había demostrado por la mañana comenzaba a perecerle tan estúpida como cualquier Gryffindor.
Trató de ponerse de pié, pero fue en vano. Cada vez que se movía, su vientre se contraía provocándole punzadas de dolor, mismas que desaparecían muy lentamente al cabo de algunos minutos.
Paseó su mirada por la habitación y suspiró con fastidio al darse cuenta de que al menos hasta el momento en que naciera su hijo, aquellas cuatro paredes iban a ser lo único que observaría cada día.
No quería asustar a Lucius, pero cuando volviera tal vez y debía decirle de aquél dolor que la acosaba.
Todas sus dudas, todos sus miedos y los mil y un pensamientos que abarcaban su mente en aquél instante se fusionaron repentinamente en uno solo, el cual era terror completo y absoluto, el cual se liberó en un grito desesperado de dolor mientras sus manos se aferraban desesperadamente a su vientre y un líquido caliente brotaba entre sus piernas.
La puerta se abrió de golpe y apareció una elfina, la cual observó a su ama totalmente asustada al observarle convulsionándose en su cama, sin embargo, los ojos de Narcisa se desviaron hacia ella, y en medio del dolor y el miedo, apareció su maldito orgullo, el cual le impedía ser observada en semejante situación por una criatura tan patética como una elfina.
- ¡LÁRGATE, LÁRGATE DE AQUÍ!!!
- ¡Ama…!
- ¡LARGATEEEEE!!!!!!
La pequeña criatura se estremeció debido al miedo que le producía su dueña, lo que le llevó a huir tan rápido como le fue posible, dando un sonoro portazo con su retirada.
Narcisa por su parte había dejado de gritar, y sin embargo, el dolor continuaba ahí, su vientre se contraía con violencia, para luego dejarla por fin en paz.
La joven mujer pasó saliva varias veces mientras trataba de convencerse de que todo estaría bien, y sin embargo, una nueva oleada de dolor la hizo convencerse de lo contrario.
Comenzaba a sentirse débil y mareada, trató de levantar la cabeza para saber lo que ocurría entre sus piernas pero aquello solo le provocó un terrible vértigo.
- Lucius… por favor Lucius… ¿Dónde estás?
Era imposible que él no supiera lo que estaba ocurriendo, de la misma manera, era imposible que él no acudiese en su ayuda lo antes posible.
¡Por Merlín, se suponía que ella era lo que mas amaba! ¿Dónde diablos estaba?? El anillo encantado del doctor debería de haberle avisado que…
Narcisa sintió que la tierra se abría bajo su cuerpo y todas sus esperanzas se iban al infierno mismo.
El doctor había muerto, y posiblemente, el hechizo en el anillo de Lucius había muerto con él. El anillo no brillaría, y Lucius llegaría a la mansión solo para encontrar a su esposa y a su hijo no nato muertos.
Las lágrimas que fluían libres por sus mejillas se intensificaron mientras de sus labios emergían amargos gemidos de dolor.
Aquello era el final, era todo, ella moriría por su estupidez, y su bebé correría la misma suerte.
- ¡NARCISA, NARCISA!!!!
Aquella voz que le llamaba sonaba completamente desesperada, y los ojos de ella temblaron al sentir una flama de esperanza en su corazón.
Trató de hablar, trató de llamarle por su nombre, pero todo lo que logró articular fue un grito desgarrador ante el dolor que volvía a acosarle.
- ¡NARCISA!
La puerta se abrió de golpe, y las miradas de ambos se encontraron. A pesar de todo, ella sonrió y extendió su mano hacia él, sintiéndole a su lado solo un segundo mas tarde, sosteniéndola con fuerza.
- Severus…
El muchacho sonrió y aceptó lentamente con la cabeza, atrayendo su delicada mano de porcelana a sus labios para poder besarle.
- Ya estoy aquí… ya estoy aquí Cissy…
- Severus… Severus perdóname… perdóname por todo… yo… yo…
- Shh…
Una sonrisa sincera abordó sus labios, la sonrisa que solo reservaba para ella y que no había usado en tantos meses de separación.
- Yo te quiero Sev… aunque no lo creas…
- Yo también te quiero Cissy.
Ella se sintió desfallecer al escuchar aquellas palabras, trató de estirarse para abrazarlo, pero su situación se lo impidió por completo.
Fue por ello que Severus se inclinó sobre ella y la abrazó con fuerza, tratando de transmitirle un poco de la tranquilidad que a ella tanto le hacía falta.
En aquél instante, fue como si nada hubiera ocurrido entre ambos, como si todo el daño que se habían causado hubiera desaparecido, y aquél cariño que se tenían renacía intacto tras haber estado largo tiempo dormido.
El dolor la acosó nuevamente, lo que le llevó a sujetarse con fuerza de Severus, el cual cerró sus ojos tratando de encontrar una maldita manera de ayudarle.
Si, él había llegado, y ella se sentía mejor. Pero él no era sanador, no tenía ni la más mínima idea de cómo manejar un parto, y menos aún uno tan difícil como el de Narcisa.
Se enderezó cuando ella pareció calmarse, para luego retirar algunos mechones rubios de encima de su frente. Ella le observaba fijamente, tratando de desnudar su alma a través de aquél gesto, y sin embargo, se llevó una gran sorpresa al darse cuenta que la mirada de Severus se había vuelto completamente impenetrable.
- ¿Dónde está Lucius?
Era imposible no preguntar aquello, pues era la única forma en la que Severus podría haberse enterado.
- Está con el lord… los aurores descubrieron la mansión… y están luchando justo ahora.
Los ojos de ella temblaron con pánico, por lo que Severus sonrió.
- El estará bien… te lo prometo.
Era una promesa que tenía que cumplir, así tuviera que regresar a la mansión y matar a unos cuantos aurores con tal de que el esposo de aquella bella mujer regresara sano y salvo.
Severus trató de reconfortarla acariciando su mejilla, sin embargo, detuvo sus movimientos al darse cuenta de que la piel nívea y suave de Narcisa había adquirido la misma tonalidad cetrina de la propia.
El aroma de la sangre y fluidos comenzaba a marearlo, por lo que el joven emitió un fuerte suspiro y contempló a su compañera.
- Narcisa.
Ella giró a mirarle, pero al parecer no podía enfocar sus ojos correctamente. Snape tomó su rostro entre sus manos y la obligó a contemplarle.
- Narcisa… no soy experto en esto… pero te juro que haré todo lo que pueda.
No hubo respuesta, y Severus dudó que ella realmente le hubiese escuchado. Su mirada se desvió hacia sus piernas, donde el blanco camisón se había teñido de carmesí.
Había perdido demasiada sangre.
- Fregotego.
A un pase de su varita, todo quedó completamente limpio, sin embargo, aquella blancura no duró demasiado, pues la hemorragia continuaba.
- Merlín… Merlín… Merlín…
Y entonces, un rayo de esperanza llegó a su mente.
- Cissy, mi habitación. ¿Continúa ahí mi habitación?
Ella sonrió mirando al vacío mientras su cabeza se movía perezosamente.
- Es tu habitación… Sev… nadie puede mover nada… excepto tu.
Fue toda la información que necesitó escuchar antes de salir corriendo de la habitación, cosa de la cual Narcisa ni siquiera se dio cuenta.
La hemorragia le había echo demasiado daño, y ni siquiera podía darse cuenta del dolor por el cual estaba atravesando su cuerpo, tan solo podía vagar en sus recuerdos, y posiblemente enterarse de que comenzaba a sentir frío.
- ¡Ya regresé!
Era inútil decirlo por que ella ni siquiera se había dado cuenta. Severus la observó verdaderamente mortificado y se inclinó sobre la mesa de noche, lanzando con su brazo todo al suelo, para luego colocar mágicamente todas las pociones que había dejado guardadas en su habitación meses atrás.
- Cissy, Cissy, vamos despierta Cissy.
La tomó del rostro y la sacudió suavemente, sintiéndose aliviado al ver como sus ojos azules se abrían y le contemplaban confundidos, aparentemente ella ya no se daba cuenta de lo urgente de la situación.
- Bébete esto.
- No… no quiero…
- Vamos cariño bébete esto.
Ella emitió un suspiro al escuchar la manera dulce en que le hablaban y bebió la poción que le estaban ofreciendo, así como las siguientes tres.
Una vez echo aquello, Severus se deslizó hasta las piernas de Narcisa, levantando su vestido y retirando cuidadosamente su ropa interior, la cual lanzó al suelo procurando ignorar que se encontraba nuevamente manchada.
Los ojos oscuros del muchacho se abrieron con asco y sorpresa al observar como el cuerpo de Narcisa se preparaba para poder expulsar el cuerpo de su hijo, por lo que al menos en aquél instante decidió ignorar lo que iba a suceder y correr por un par de almohadas del otro lado de la cama, las cuales colocó bajo la cadera de la rubia, tratando de convencerse que aquello era bueno para lo que estaba haciendo.
Ella emitió un quejido de dolor, lo cual era bueno, pues significaba que las pociones que le había suministrado surtían el efecto deseado.
Su sangre comenzaba a regenerarse y la hemorragia se había detenido, pero lo más difícil aún estaba por venir.
En los siguientes minutos, el dolor de las contracciones se volvió constante, casi no había intervalo alguno entre el inicio y el final de los espasmos. Narcisa apretaba las sábanas totalmente asustada, y en una mezcla de instinto y previos conocimientos, hizo un esfuerzo por pujar, conteniendo la respiración mientras intentaba aquello.
Severus se retiró el sudor del rostro con el antebrazo mientras conjuraba algunas mantas con las cuales recibir al recién nacido. Estaba mas nervioso de lo que recordara en toda su vida, y aquél molesto sentimiento aumentó cuando tras haberse distraído con un grito de ella, sus ojos regresaron al espacio entre sus piernas, contemplando con una mezcla de horror y alivio algo que definitivamente no estaba antes ahí.
- Ya viene Cissy, ¡Continúa!
- No pensaba… detenerme.
Respondió ella con una media sonrisa, a la cual Severus respondió con una idéntica. Si, había sido estúpido lo que había dicho, tan estúpido como desear decirle que sus cabellos eran rubios.
Con dos padres con el mismo tono de cabello, habría sido idiota decirle algo que ella ya debería de saber de antemano.
Acercó la manta en sus manos para poder tocar al pequeño que nacía en aquél momento, Narcisa había cesado de gritar, pues parecía demasiado concentrada en su labor de parto, en su instinto de mujer que le gritaba sin tregua que debía sacar de su cuerpo a su hijo.
Severus sintió que sus entrañas se retorcían sin piedad alguna y un vacío se creaba en su estómago.
La pequeña cabecita emergía con una lentitud asombrosa, y Severus se preguntó seriamente si existía alguna probabilidad de que ahí se quedase atorada.
No tenía ninguna experiencia con recién nacidos, y los únicos bebés que había visto en su vida habían sido en su niñez cuando alguna vecina tenía hijos.
Se preguntó si era normal que fuera tan extremadamente pequeño, tan frágil, tan…
No pudo pensar en absolutamente nada mas, Narcisa gritó con todas sus fuerzas y la pequeña cabeza emergió finalmente, dejando salir poco a poco el resto del cuerpo.
Severus se sintió un completo idiota mientras el pequeño cuerpo llenaba sus manos poco a poco, el asco inicial había desaparecido, y no regresó cuando tras emerger completamente, sangre y fluidos brotaron en demasía del cuerpo de Narcisa.
- Es un niño Cissy… es un niño.
Repitió él casi sin creerse que tenía a tan hermosa criatura en sus manos, Narcisa se llevó una mano al pecho y rió entrecortadamente mientras lágrimas se desbordaban por sus ojos.
Sin embargo, algo no andaba bien.
Severus contempló a la pequeña criatura en sus manos y se dio cuenta de algo completamente primordial… no estaba respirando.
Había escuchado que había que darle una nalgada al pequeño recién nacido, pero le parecía absurdo, sin contar que aquello fuera cierto o no.
Depositó al pequeño en la cama y se apresuró a rasgar un trozo de su ropa para poder amarrar el cordón umbilical tan cerca del cuerpo del infante como le fuera posible, utilizando luego la varita para hacer un corte limpio que rompió el lazo que aún unía al bebé a Narcisa.
- Quiero verlo… Severus por favor… por favor quiero verlo.
Severus observó a Narcisa un instante para luego contemplar al recién nacido.
Era diminuto y estaba cubierto de una mezcla de sangre y algo gelatinoso realmente desagradable, pero no respiraba, y su piel, pálida a pesar de todo lo que la cubría, comenzó a teñirse de un preocupante tono morado.
- Severus… Severus por Merlín, ¿Qué pasa? ¿Pasa algo malo? ¿Qué tiene mi bebé?
Severus se puso de pié de golpe con el pequeño en sus brazos, envuelto en una manta blanca de forma que Narcisa no podía verlo. Ella le contempló desesperada.
- ¡Severus!... ¡Severus!... ¡SEVERUS!!!
Pero él no respondía, su cerebro corría con desmesurada rapidez tratando de encontrar la solución a su terrible problema. Cada segundo que perdía, era un segundo que el infante podía perder la vida.
Su cuerpo se sacudió ante la sola idea de que el pequeño llegase a morir mientras estaba en sus manos.
Sus ojos se desviaron hacia sus pociones. Había cargado con todo lo que había encontrado, y mentalmente las repasó una a una con una velocidad impresionante, hasta que una idea llenó su mente.
El pequeño era prematuro, de eso no había duda, pues debía nacer hasta dentro de dos meses, si fuera más grande…
Con rapidez tomó una botella con un líquido azul cielo y la bebió de golpe, para luego inclinarse sobre el bebé y soltar apenas una mínima cantidad dentro de sus diminutos labios.
Normalmente lo habría echo con un gotero, pero dadas las circunstancias, cualquier opción era buena.
Al instante, el pequeño comenzó a tomar un color sano y Severus cerró los ojos agradecido, girando el rostro para escupir toda la poción que aún estaba dentro de sus labios.
Poción para los ahogados, la cual penetraba en el sistema y disolvía toda el agua que se encontrase en algún lugar impropio dentro del cuerpo al cual le estuviese haciendo daño.
Era bastante común que la utilizaran años atrás, cuando sus juegos en el lago casi los mandan a la tumba mas de una vez.
Sin embargo, el pequeño no lloraba, no abría los ojos ni hacía ningún movimiento aparte del de su propia respiración. Severus extendió su mano y acarició su diminuta mejilla. El bebé estaba aletargado, posiblemente por que el efecto secundario que tenía la poción era tranquilizar a la persona que lo ingería.
Narcisa dejó de gritar cuando observó la desesperación evaporarse de la mirada de Severus, y no le quedó otra que esperar su contundente veredicto.
Y fue entonces cuando ocurrió.
Los diminutos ojos del infante se abrieron, y una sonrisa iluminó el rostro del joven de negros cabellos al observar aquellos preciosos pozos de plata líquida que le contemplaban en silencio.
Se giró a observar a Narcisa, la cual le observaba totalmente inquieta y esperanzada.
- Está bien… él está bien Cissy…
Sujetando al pequeño con una mano y a la rubia con la otra, Severus logró enderezar a la nueva madre y colocar un par de almohadas tras su espalda, aquello no la dejaba muy cómoda, pero si la mantenía recta para que pudiera recibir a su pequeño hijo en sus brazos.
- Oh por Merlín Severus… es idéntico a Lucius.
- Si… pobrecito.
Ella le miró con divertido reproche reflejado en su mirada, para luego observar a su adorable bebé.
- Hola amor… hola…
El niño le contempló con atención.
- Soy tu mamá…
Severus se mantuvo de pié contemplando la escena, y todo su mundo se sacudió.
Sus ojos se negaban a contemplar otra cosa que no fuera Narcisa sosteniendo a su pequeño recién nacido.
Estaba empapada de sudor y su cabello estaba desordenado en distintas direcciones, sin embargo, su sonrisa era la más radiante que pudiera haber contemplado, y sus ojos brillaban de tal forma que las estrellas se sentirían avergonzadas de su pobre brillo.
Severus recordó por un instante la única ocasión en la que había estado cerca de hacer el amor con una mujer, o más bien, con la mujer que tenía enfrente.
Ella sufría al creer que no era correspondida por Lucius, y él atravesaba por un cargo de conciencia hacia la memoria de su madre.
Se habían encontrado en el corredor, acompañándose en la mutua soledad, y de alguna extraña manera, habían terminado besándose en la habitación de invitados.
Recordaba aquél día con una claridad asombrosa, recordaba los besos suaves y las manos gentiles, los gemidos placenteros y la ausencia total de la lujuria que normalmente reinaba sobre sus íntimas acciones.
Pero por sobre todo, la recordaba a ella, recostada bajo su cuerpo, sosteniéndole por los hombros mientras sus cuerpos se volvían uno solo, sus miradas encontradas, y en aquél instante, la había encontrado hermosa, mas hermosa que cualquier mujer que nunca hubiera conocido, incluso mas hermosa que ella misma en cualquier otro instante que la hubiera visto.
El pensamiento de proponerle matrimonio a aquella escultural ninfa cruzó su mente, sus labios se abrieron para decir las palabras que seguramente habrían terminado con todo, pero ella le besó con ternura, haciéndolo olvidar la idiotez que había estado cercano a pronunciar.
Severus sonrió, y descubrió que la belleza que había contemplado aquél día, nada tenía que ver con la belleza que contemplaba ahora. No tenía comparación, por que Narcisa lucía totalmente radiante en este instante, como la estrella más bella del universo.
- Cissy, ¿Estás bien?
Ella aceptó lentamente.
- Tengo que llevarte a San Mungo.
- A…
- No te estoy preguntando.
Narcisa se calló por completo. Ya había experimentado su estupidez una vez, y le gustase o no, Severus tenía la razón. Debían revisar que todo se encontrase bien con ella, pero por sobre todo, debían revisar al bebé.
- De acuerdo.
Agradeciendo mentalmente que no se comportase de manera obstinada, Severus se giró a observar todo el desastre que se había producido que el nacimiento del nuevo Malfoy, para luego fruncir el ceño, ya que a diferencia del cuadro de Narcisa y su hijo, lo que contemplaba en aquél momento no era nada bonito.
Con un pase de varita desapareció la suciedad embarrada en las sábanas y en la ropa de ella, aunque el aroma impregnado en el aire persistía. Los elfos tendrían mucho trabajo.
Una vez echo aquello, se agachó sobre Narcisa y la levantó en sus brazos, aquello le llevó a sentir algo que se movía de manera extraña en su costado.
Haciendo memoria, recordó que tenía tres costillas rotas.
- Sujétate con fuerza.
- Pero… ¿La aparición no…?
El negó con la cabeza y soltó uno de sus brazos, para luego ondear la varita a su alrededor y crear un escudo circular, bastante parecido al que utilizara en su primera misión como mortífago.
Un momento más tarde, los tres habían desaparecido.
Cerca de dos horas mas tarde, el natural sonido de la aparición estremeció la sala de estar del hospital de San Mungo. Algunas personas se giraron con interés hacia el nuevo caso de enfermedad mágica que habría llegado, pero muy pocos habrían esperado que la persona que apareció en aquél lugar fuera ni mas ni menos que Lucius Malfoy, el renombrado empresario.
Nunca nadie se habría imaginado a aquél atractivo hombre que siempre aparecía muy elegante en las fotografías de El profeta pudiera verse tan alterado como en aquél momento.
Lucius ni siquiera se dio cuenta de que diablos ocurría a su alrededor. Estaba demasiado desesperado por encontrar a su esposa, desesperación que había aumentado cuando llegó a la mansión y la encontró vacía, lo que lo forzó a arreglarse para poder acudir a San Mungo.
Estaba seguro de que lo ocurrido en la mansión del lord sería muy pronto noticia, y que lo observaran a él totalmente despeinado y lleno de heridas no era buena idea.
No fue necesario demasiado tiempo para que el rubio lograse conseguir toda la información sobre su esposa, y en lo que a él le pareció un siglo desde el instante de su llegada, abrió la puerta de una de las habitaciones, donde encontró finalmente a la persona a la que buscaba.
- Cissy…
Narcisa de giró a mirarle y una encantadora sonrisa surgió en sus labios.
- Lucius…
El hombre se acercó rápidamente y envolvió en sus brazos a su mujer, la cual le abrazó con fuerza sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas que trataba de contener.
Severus le había prometido que su esposo volvería sano y salvo, y así había sido.
Unos suaves sonidos de queja atrajeron la atención del matrimonio, por lo que los ojos plateados de Lucius se giraron en dirección al pequeño bulto que se mecía entre las mantas celestes a un lado de Narcisa.
El simple color fue suficiente para hacerle saber que tenía un hijo, un varoncito que habría de llevar orgullosamente el apellido Malfoy.
Narcisa sonrió y tomó al pequeño bebé entre sus brazos, descubriendo su rostro para que su padre pudiera admirarlo.
Aquello fue de los instantes que la bella mujer jamás olvidaría en el resto de su vida. El rostro de Lucius no tenía comparación alguna, la forma en que sus manos temblaban cuando tocó la mejilla del recién nacido, el cual abrió sus ojos de plata para poder contemplar por primera vez a su padre.
Malfoy tomó lentamente al bebé de brazos de su madre y lo sostuvo contra su pecho, sintiendo como su pecho explotaba ante la agradable sensación de sostener a su primogénito en sus brazos.
- Draco…
Narcisa parpadeó al escuchar la voz de su esposo.
- Draco Malfoy.
Ella sonrió, ya que aquél era el nombre que a ella le gustaba. Nunca habían discutido sobre el nombre que el pequeño heredero llevaría, y la última vez que ella lo había mencionado había sido muchos años atrás, cuando se habían llevado aquél susto con Severus cuando este tenía catorce años.
Severus…
- Draco Alexander Malfoy.
Completó ella, haciendo que Lucius le mirase.
- ¿Alexander?
Narcisa aceptó lentamente con la cabeza, y Lucius no necesitó de ninguna otra palabra para saber en honor a quien había sido colocado aquél Alexander en el nombre de su hijo.
Los ojos del rubio temblaron al comprender la razón por la que su esposa había decidido llamar Alexander a su pequeño hijo, por lo que se apresuró a devolver al bebé a brazos de su madre y salió de la habitación.
Tan solo a un par de metros, Severus se acercaba llevando un ramo de flores en la mano.
El mas joven se detuvo al encontrarse frente a frente con Lucius, el cual se había petrificado de igual manera al verle ahí.
Ninguno dijo nada. Los ojos del rubio se entrecerraron con furia al comprender que Severus si había acudido en ayuda de Narcisa, dejándolo a él sufriendo una terrible agonía en el campo de la batalla que pudo haberle costado la vida.
Los ojos e Severus reflejaron un odio intenso, un odio que ni siquiera todos los recuerdos de la feliz adolescencia pudieron opacar.
Lucius le contempló de igual manera, sin recordar que aquella misma persona a la que contemplaba con odio había sido alguna vez su mejor amigo.
¿Cómo fue que así terminamos?
¿Por qué no fuimos capaces
De ver todas las señales
Que se nos presentaron
Severus deseó desviar la mirada, pero sabía que aquello sería un acto de cobardía frente a alguien como Lucius.
Sus puños se apretaron y Severus deseó nunca haberle conocido, nunca haber caído en sus trampas, por que si así hubiera sido, él no estaría viviendo lo que vivía ahora.
El nunca se habría convertido en mortífago, no habría cometido atrocidades, y no sería espía, por lo que no…
Se detuvo en sus pensamientos… si no hubiera vivido todo aquello, lo mas probable es que ya lo hubieran mandado llamar para apoyar a Voldemort, y él se habría negado… para aquél instante, él ya podría estar muerto.
Deja de apretar los puños,
Desarma tu equipaje
Esto ya es cosa de niños
Tranquilo, aún no es tarde
Lucius se sintió humillado por Severus, sintió que él se había burlado nuevamente de él, y sin embargo, le debía la vida de su esposa y la de su hijo.
El rostro de su precioso hijo se reflejó en su mente, y no pudo dejar de pensar que si no fuera por Severus, probablemente su esposa habría muerto.
Además, no podía culparlo… le habían echo demasiado daño, y a pesar de todo, había acudido en su ayuda.
No está mal,
Piensa que yo algún día…
Lucius suspiró y se acercó un par de pasos, extendiendo su mano hacia Severus, el cual extendió la propia, apretando sus manos con una fuerza innecesaria. Las miradas de ambos continuaban clavadas la una en la otra en un silencioso duelo.
Algún día, todo estará claro
Mas no hoy
Sé que te preguntas cuándo
(Sólo tú lo estás pensando)
Algún día, todo estará claro
Mas no hoy
Sé que te preguntas cuándo
Severus se preguntó si Lucius le habría extrañado en aquellos meses de abrupta separación, mientras el rubio se preguntaba si su compañero desearía tanto como él volver a aquellos viejos días en que todos eran juntos felices.
Esperaba que estando aquí,
Pudiéramos decirnos
Lo que hemos evitado oír
Y sin cadenas irnos
- Tengo un hijo.
Soltó Malfoy como tema de conversación sin soltar la mano de Snape, el cual esbozó una media sonrisa.
- Algo así escuché.
Ambos sonrieron con ironía.
Hoy la historia termina así,
Cuan libro deprimente
Vamos a otro fin escribir,
No un terror hollywoodense
Lucius se preguntó si realmente lo odiaba, y por primera vez deseó no ser tan orgulloso para poder… ¿Disculparse? No sabía, pero algo tenía que decir. Sus ojos se desviaron hacia sus manos unidas, y se dio cuenta de que no deseaba dejarle ir. No importaba cuanto lo odiara en aquél instante, no quería que Severus se fuera, por que cuando se fuera, sería para siempre.
No está mal,
Piensa que yo algún día…
- ¿Quieres ir a tomar un trago para celebrar?
Susurró Malfoy fallando patéticamente en esconder los sentimientos que se revolvían en su interior, Severus enarcó una ceja.
- Mi poción inhibidora expira en treinta minutos. Solo venía a entregarle esto a Narcisa.
Dijo él mientras mostraba con su otra mano el arreglo de flores, Lucius no se movió.
- ¿Tal vez otro día?
Algún día, todo estará claro
Mas no hoy
Sé que te preguntas cuándo
(Sólo tú lo estás pensando)
Severus entrecerró sus ojos. Eran ideas suyas, ¿O Lucius le estaba suplicando por que se quedara?
Finalmente sonrió, retirando lentamente su mano, y notando perfectamente que el rubio parecía no desear soltarle.
- Otro día estaría bien.
Lucius sonrió sin poder evitarlo, y se dio cuenta de que el día que él y Severus fueran a tomar una copa, no sería la última vez que hicieran aquello, sino un simple reinicio de aquello que habían abandonado tiempo atrás.
Algún día, todo estará claro
Mas no hoy
Sé que te preguntas cuándo
(Sólo tú lo estás pensando)
- ¿Severus?
- ¿Umm?
- Salvaste a mi esposa… y a mi hijo.
Snape se encogió de hombros restándole importancia. Lucius le contempló firmemente.
- Pídeme lo que quieras, y será tuyo.
Un pesado silencio cayó sobre ambos, y Severus consideró que Malfoy era un imbécil por ofrecer un pago por haber echo lo que había echo. Sin embargo, oportunidades como aquella había pocas, y él no iba a desperdiciarla.
Después de todo, hacía mucho tiempo que había dejado de ser el pequeño niño asustado del que Malfoy había abusado alguna vez.
- Quiero la cabeza de Wilkes y Rosier.
Los ojos metálicos de Lucius se abrieron con sorpresa. Severus se mantuvo estoico.
- ¿Qué?
- Quiero que me ayudes a matar a los que asesinaron a Lupina.
TBC…
Hola!! Quedó un poco largo el capi, lo se, pero espero que les haya gustado.
Tal vez y piensen que el nacimiento de Draco debió de ser un poquito mas dramático por ser un bebé prematuro, pero la verdad es que yo no tengo ninguna experiencia en esos temas y no sabía muy bien como escribir la escena, así que di mi mejor esfuerzo.
Cuídense mucho, y nos veremos muy pronto!!
Besos!!
Lady Grayson
