Disclaimer: Saint Seiya no es mío, pero harto querría yo vivir en Atlantis. Por lo demás, Aimée y Eva son de mi creación y esfuerzo.

Avisos varios:

A Kari y Shadir, gracias por seguir esta historia y alegrarme el rato con sus comentarios. La verdad es que a mí las Marinas como personajes me encantan, y la atmósfera de Atlantis también, había que darles su merecido espacio para atara cabos y desatar otros, jajaja.

A Caliope07, ¡bienvenida a Crossroads! Amé que queiras darle cocotazos a todos en Atlantis, yo también querría, imaginate Aimée. Pero bueno, las Marinas también son jóvenes y con grandes responsabilidades, a veces se les funde la cabeza, vamos a ver cómo arreglan ese embrollo. Por cierto, es Poseidón quién quiere encontrar a su esposa, pero necesita la ayuda de Apolo, y por eso tuvo que cooperar, luego profundizaré en eso, no te preocupes.

A quienes leen sin comentar, también gracias por permitirme darle vida a las locuras de Aimée, ¡dsfruten!

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Capítulo 37: De Cara al Mar

El Ática estaba a reventar, sus enormes dimensiones tenían espacio para la totalidad de los habitantes del reino submarino. Los nuevos aprendices, llegados de todas partes del mundo, eran los primeros en hacer presencia en el gran Hipódromo y buscar las mejores gradas para observar el espectáculo que se les presentaba; sus maestros, casi todos Capitanes Marinos, se sentaban a su lado, manteniendo un ojo vigilante. La mayoría de los espectadores no tenían conocimiento de la historia pasada de Atlantis, ni de los detalles acerca de la guerra contra Atenea, así que para muchos, la batalla por la Escama de Dragón del Mar era sólo eso, una batalla más. No obstante, para los Generales, era la oportunidad de cerrar un capítulo desastroso que había puesto en evidencia su falta de experiencia y lo débil de los cimientos de la Atlantis en la que Kanon era el amo y señor.

Con el aforo lleno, Julián-Poseidón hizo su entrada desde el palco principal, momento en el que el dios de los mares tomó posesión completa de su cuerpo frente a todos sus súbditos, que se alzaron en vítores cuando sobre ellos el mar se agitó con furia. Se acercó al balconcillo, su voz grave llenando el lugar.

- Mis atlantes…- dijo, alzando ambas manos sobre su cabeza, portando su tridente en la derecha. – Este es un día especial para nosotros, daremos inicio a una nueva etapa en nuestro reino; los pecados cometidos por un impío Santo de Atenea en este lugar serán olvidados cuando un valiente y fiel guerrero tome la Escama del Dragón del Mar…

Tras Poseidón, los Generales y otras marinas de rango intermedio, como Tethys, escuchaban con atención a su señor, que tras la pausa continuó.

- El agua con que una vez tratamos de purificar la Tierra, limpiará ahora nuestro reino. – Acto seguido, se dio la vuelta. María junto a dos vestales más se acercaron a él portando un ánfora sagrada, decorada con los mitos que coronaban a Poseidón como dios del mar. Éste sumergió ambas manos en el líquido y encendió su Cosmo, haciendo que el agua resonara con él. Apagó su Cosmo y con el tridente señaló hacia la Escama de Dragón Marino, que brilló con fuerza, encegueciendo a los que estaban más cerca de su pedestal, ubicado en el centro de las gradas, debajo del palco en el que estaba Poseidón.

- Guerreros que disputaréis la sagrada Escama… recordad que ella escogerá al que más valor y templanza muestre entre vosotros, así que os invito a dar lo mejor de cada uno. ¡Y que empiece la nueva era de Atlantis!

Las Marinas volvieron a vitorear. María y las otras dos vestales salieron con una reverencia. María llevaba el ánfora, depositó el agua sagrada en un pequeño altar en la parte posterior del palco, para ungir con ella al vencedor. Los seis candidatos salieron hasta el centro de la pista, y junto se inclinaron ante Poseidón, ellos eran: Drake, candidato de Bian de Hipocampo; Idas, candidato de Eo de Escilla; Agní, candidato de Krishna de Crisaor; Meleah, candidata de Kaysa de Leúmnades; Irina, candidata de Isaak de Kraken y Otto, candidato de Sorrento de Sirena. Fue Drake quien tomó la palabra.

- ¡Salve, Poseidón, agitador de las olas y la tierra! Prometemos, honrando la confianza de nuestros superiores, luchar con todas nuestras fuerzas para complacerte y demostrar nuestra valía a la Escama de Dragón de Mar.

Con una reverencia, todos se pusieron en pie y salieron de la arena, al tiempo que un silbato daba la señal para que dos enormes hipocampos: Orión y Polífemo, entraran en la arena jalando dos carruajes de nácar pulido mientras que sus jinetes se alistaban para la carrera. Una trompeta dio la señal de salida y los dos animales iniciaron el galope; en cada vuelta los jinetes alzaban sus brazos saludando a su señor, que los recompensaba con una inclinación de cabeza. En las gradas, el bullicio era cada vez mayor.

- Siempre son el mejor espectáculo. – Dijo Bian con orgullo. – No me cansaré de repetir que son los mejores hipocampos que he criado jamás.

- Espera que Meleah le rompa las narices a Drake y no estarás tan sonriente- respondió Kaysa con algo de cizaña mal disimulada. Bian se encogió de hombros, restándole importancia.

- Sólo uno puede vestir esa Escama, Kaysa, y créeme, Drake no será el primero en caer.

Tethys se sentó entre ellos, evitando que continuaran discutiendo, y con una mirada reprobadora, miró a Poseidón, quién tenía la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Los dos generales agacharon la cabeza, apenados y su señor volvió su atención a la carrera justo cuando Polífemo cruzaba la meta, seguido por muy poco de Orión. En ese momento, Poseidón abandonó el cuerpo de Julián, quien tuvo que contenerse para no tomarse la cabeza y los ojos de dolor y perder la compostura. Sorrento y Tethys se acercaron a él discretamente.

- ¿Estás bien?- preguntó Sorrento, a lo que Julián asintió tratando de mirar al frente con la dignidad del monarca que era.

- Nunca va a dejar de ser molesto, Siren, pero ya comienzo a acostumbrarme.

- Podemos buscar una forma, mi señor…- insistió Tethys, pero él negó, tajante. Tethys se retiró un poco, y Sorrento la imitó para tomar su posición junto a Isaak, que no quitaba los ojos de la arena, tal vez tratando de disfrutar en verdad el espectáculo que ofrecían los enormes caballos.

Terminada la carrera, varios aprendices se lanzaron a la arena para presentarle a su dios una demostraciòn del Pankratio. Juliàn seguìa asintiendo y sonriendo de medio lado, como lo hacìa Poseidòn, aunque al tiempo hablaba por lo bajo con Tethys o Marìa, quienes se habìan apostado a ambos lados del trono, tratando de nivelar los niveles de su Cosmo para que no se indispusiera más ni perdiera el conocimiento. María lo ungió con un paño remojado en el ánfora consagrada por Poseidón durante unos minutos; el gesto no pasó muy desapercibido; pero supusieron que era algún ritual propio de dios, JUlián dejó que el agua mojara su cabeza y toda su cara, comenzó a sentirse mejor, hasta que con una levísima señal, le indicó a María que era suficiente.

- Puedes retirarte unos minutos si deseas, Julián, insisto.- Sorrento trató de convencer al joven Solo de que tomara un descanso, pero él insistió a su vez en quedarse.

- Esto lo veré una vez en toda mi vida, Sorrento, prefiero morir de jaqueca a perdérmelo. - El aludido sonrió, comprensivo, él tampoco se lo hubiera perdido de estar en el lugar y situación de Julián. Volvió a su silla y se inclinó un poco hacia Isaak.

- Hay algunos asuntos que debemos hablar con quién gane esa armadura, junto a nuestros pilares, son zonas estratégicas para Atlantis.

- Lo sé, espero qe gane el más competente...- suspiró con algo de cansancio.

- ¿Todo bien?- Inquirió Sorrento.

Isaak escaneò las gradas hasta encontrar a Katerina y frunciò el ceño, ¿què le habìa picado? Estaba claro que andaba sola y por eso lo habìa buscado, ponièndole los nervios de punta. De sòlo pensar en caer de nuevo, se le erizaba la piel; Katerina estaba junto a otros dos Marinos de su rango, hablando con la coqueterìa que la caracterizaba, ignorando a Sorrento de paso. Parpadeò un par de veces, no tenìa punto de comparaciòn con Aimèe, volviò la mirada a Siren que por poco y encuentra el recorrido de su mirada.

- No sè, supongo que sì, Sorrento.

- Eso espero. - Apoyò su mano derecha sobre el hombro de Kraken que lo palmeò de vuelta.

Una caravana de vestales llevaba en sus manos ramos hechos con algas y corales, adornados con finas perlas y otras piedras preciosas del fondo del mar como el cuarzo. Tras ellas, dos jòvenes traìan consigo una tea ardiente. La comitiva se abriò paso entre las gradas, hasta alcanzar el pedestal de Dragòn Marino, que brillaba liberando destellos dorados y anaranjados. Las vestales depositaron los ramilletes alrededor, mientras que los jòvenes ubicaron la tea frente a la Escama, que volviò a brillar.

Finalmente, los combates por Dragòn del Mar comenzaron. Cada uno de los postulantes saludò con respeto a su General, recibiendo un saludo de vuelta y la ovaciòn de sus compañeros de armas y Pilar. Uno a uno, se encaminaron hacia la arena. Yan logrò robar dos segundos a Irina para desearle suerte con un abrazo y un beso en la mejilla. Algo avergonzada, sigiò el camino tras sus compañeros y contrincantes.

Uno a uno, los Generales arrastraron sus sillas hasta el trono de Poseidòn, invitados por Juliàn, quién había comenzado a molestarlos a todos acerca de una recompensa para aquel cuyo candidato fuera el campeón.

- Ahora sí, Kaysa, prepárate para cerrar la boca. - Dijo Bian, dándole un codazo al General del Antártico.

- Serás tú quien calle primero, Bian... ya verás.- Respondió el otro, con una sonrisa de lado a lado. - Meleah fue entrenada personalmente por mí, jovencito.

Bian hizo una mueca al ser llamado "jovencito", pero se hizo el desentendido después. Eo había captado su atención, justamente, el primer combate se libraría entre Drake y Meleah. Los otros Generales se recostaron en sus sillas, esperando la definición del combates, mientras Kaysa y Bian miraban con el gesto contraído.

En la arena, Meleah, una joven de cabello castaño y ojos del mismo color, muy menuda y pequeña; la joven entró con la actitud de una ganadora, haciendo gestos de derrota a Drake, alto, rubio y de ojos negros. En el centro de la arena, ambos comenzaron golpeándose sin lanzar ningún ataque. Al principio, Meleah iba a la delantera pues había usado su estatura para escabullirse de los ataques de Drake, hasta que éste último comenzó a invocar su Cosmo, y con él, a mover los vientos bajo el mar. Meleah se camufló exitosamente con el suelo, mientras se arrastraba, buscando llegar a la zona desprotegida de Drake, sobre sus pantorrillas. Pero el candidato de Bian vio muy bien a través de su oponente, ya que en el último minuto, lanzó su masa de Cosmo hacia sus pies, aplastando a la joven y ganado el combate.

Bian saltó de su asiento mientras Kaysa maldecía por lo bajo. Se puso en pie y salió del palco, mientras Eo se reía a carcajadas. Isaak trató de reírse también hasta que vio a Irina saliendo al campo, acompañada del candidato de Krishna, Agní. El joven, de piel oscura y ojos hazel, contrastaba a la vista con la piel blanca, el cabello rubio y los ojos azules de Irina. Isaak echó una mirada rápida hacia las gradas, Yan se veía tenso y preocupado, sonrió con ironía cuando vio que hasta se mordía las uñas; Krishna, al otro extremo, lo miraba con cautela, mientras que Sorrento a su lado le palmeaba el hombro.

- Tengo plena confianza en Irina, Siren. Mantente en el asiento, te va a entretener.- dijo, confiado. No había escogido a Irina en vano, era la mejor, y si había alguien capaz de llenar los zapatos de Kanon, era ella, lo sabía. Además, parecía ser la única de sus hombres que no lo miraba con preocupación y lástima, la única vez que había mencionado a Aimée en todo éste tiempo, fue en una reunión técnica, ponderando la información que la Santa de Cetus podría poseer que perjudicara en el futuro a Atlantis. Siempre agradecìala discreciòn de la Marina acerca de ese tema, en el cual, ninguno de sus hombres parecìa tenerle respeto.

- Espero que sea como dices, Isaak.- Intervino Julián,- porque ya ves cómo terminó Kaysa. Krishna rió por lo bajo, Isaak lo miró de soslayo pero no hizo ningún gesto màs que encogerse de hombros, haciendo que su compañero se pusiera rojo de la ira. Antes de que comenzara el combate, cruzó miradas con Yan y le extendió el pulgar hacia arriba.

Agní usaba las mismas técnicas de chakra que Krishna, y creó una barrera entre él e Irina de la que ella tardó bastante en deshacerse. Su combate comenzó directamente con ataques de Cosmo, golpeándose con fuerza contra las paredes. Irina logró entrar a la defensa de Agní cuando este estuvo a punto de lanzar su ataque más poderoso, ella fue más lista y logró devolver la potencia y los daños de ataque a su dueño con un ataque similar al Gran Cuerno, valiéndose de mucha potencia cósmica para lograr que la masa de Cosma que viajaba hacia ella rebotara en sus manos y regresara por donde había venido. Irina remató al joven con una patada que lo dejó en el suelo, tomándose el abdomen.

Isaak no saltó de su silla pero Yan sí, junto a él estaba Andrei. Yan lo tomó de los hombros como si fuera un chiquillo y lo elevó en celebración.

- Te has salvado... por ahora.

- Es sólo el principio, Siren, no pierdas la cabeza que sigue tu candidato.- Sorrento y Julián rieron cómplices ante el comentario de Isaak. Pero era cierto, Otto tenía demasiados ojos encima, no por nada, era el candidato del jefe de las fuerzas de Poseidón, todo el mundo esperaba que él fuera más fuerte de lo que se veía. Cuando se paró frente a Idas, envió un saludo reverencial a Sorrento, que el General respondió desde donde estaba.

Idas tenía la misma estatura y contextura; y ambos dieron un combate a la altura en el que resultó vencedor Otto. Y de nuevo, Drake pasó a la arena, luchando contra Irina, quién le ganó por poco. Al final, Isaak y Sorrento se miraron, incapaces de disimular la diversión que les producía tener que sufrir juntos por sus subordinados.

- Ahora sí que se puso interesante.- Bian rompió el silencio, aunque su voz no sonaba tan alegre ni tan interesada en el combate.

- Te hacía lloriqueando en una esquina... me sorprendes, Bian.

- Guárdate el veneno para cuando Irina le patee el trasero a Otto, vas a ver. - Replicó Hipocampo. - Haz como Isaak, que no ha dicho nada.

- A mí no me metas en eso.

- Vamos, Kraken, de ésto si podemos hablar, ¿no?

Bian se arrepintió de haber dicho lo último, en el palco se hizo un incómodo silencio, sólo roto por el bullicio de la gente en las gradas que esperaba impaciente a que Irina y Otto entraran en la arena para ver quién de ellos tendría la Escama de Dragón del Mar. Isaak se concentró con más ánimo en la arena, mientras las miradas del resto lo taladraban por la espalda, hasta que suspiró, resignado.

- Terminé con Aimée sí, ¿y? ¿Era tan extraño?

Bian se la pensó antes de responder, Eo, Krishna y Kaysa lo miraron con curiosidad, Sorrento con asombro y Tethys con malicia; Bian estaba por disparar su dardo verbal, pero aprovechando la oportunidad, Julián se le adelantó.

- Sinceramente... ¿cómo dejas ir una mujer así, Kraken?

- ¡¿Qué?!- Isaak no salìa de su asombro al escuchar esas palabras de boca de Juliàn. Sintiò la indignación recorrerle la espalda hasta la cabeza y las mejillas sonrojàndosele de ira.

- Lo que oyes... Poseidón puede pensar unas cuantas cosas, y yo estar en desacuerdo. - dijo, con toda la seriedad del caso. Isaak lo miró con recelo unos minutos, coincidía con Julián en lo extraordinaria que era Aimée, pero no por eso iba a discutir su vida con ellos.

- De todos modos, eso no le importa a ninguno de ustedes.

Y antes de que alguien más respondiera, se puso en pie y salió hasta las gradas junto a Yan, quién le hizo espacio y lo miró espantado.

- ¿Malas noticias para Irina?- Isaak negó sin decir nada. Bian había logrado quitarle todo el buen humor que había tenido hasta el momento, y Julián, ¿cómo se atrevía a decirle eso? Cerró los ojos y respiró hondo para calmarse.

El combate comenzó por fin. Le preocupaba ver que los movimientos de Irina eran más lentos, pues acababa de salir de un combate, y aunque era muy fuerte; sabía que no la tenía fácil contra Otto que estaba menos cansado y con mayores presiones encima; aùn asì, no hizo ningùn comentario, Yan tenìa el cabello revuelto y a duras penas parpadeaba, Andrei lo miraba preocupado y de vez en cuando trataba de abanicarlo con sus manos o Cosmo.

Otto era un experto en el combate cuerpo a cuerpo, mientras que Irina tenía bases más fuertes en los combates a distancia, de los que se valía de su Cosmo para usarlo a modo de arma o extensiones de su brazo; a pesar de ello, Otto logró arrinconarla e inhabilitar sus movimientos. Comenzó a golpearla con velocidad hasta que enterró su cara en el suelo, tomando unos minutos para respirar por su cuenta.

Irina se levantó con las manos temblorosas y escupiendo sangre. Se sostuvo contra uno de los extremos del Ática mientras recuperaba el aire y concentraba su Cosmo alrededor de sus manos para lanzarlos con fuerza. Otto la miraba con despreocupada indiferencia, creyéndose vencedor hasta que le golpe de Irina lo alcanzó por los pies y su cara fue a dar al suelo. Cuando levantó la mirada, se encontró con una Irina, cuyas manos estaban enterradas en la arena: había hecho viajar su Cosmo a través del suelo.

En el palco de Poseidón, Sorrento apretaba su antebrazo con los dedos, sin hacer mayores gestos para no delatar su ansiedad. Isaak y Yan miraba con frialdad la arena, analizando los ataques de ambos contrincantes.

- ¡No voy a permitir que una mujer me gane!- Gritó Otto con la cara contraída de ira.

Irina se limpió la boca con el borde de su camiseta mientras sonreía con cierta molestia.

- Deja esas babosadas para El Santuario, zopenco. Nuestro señor busca guerreros fuertes, y también inteligentes... ¿qué pensaría Herr Sorrento si te escuchara tantas estupideces?

Otto se puso lívido e Irina sonrió todavía más, había dado en el blanco. Rápidamente se preparó para atacar y recibir el contra ataque de Otto, quien ya se había recuperado del golpe en su ego. Ambos elevaron sus Cosmos nuevamente, y en las gradas el bullicio se volvía más insoportable; cada Marina escogiendo su bando y otros tantos apostando entre sí por el resultado de la pelea. Los Cosmos de Irina y Otto chocaron con violencia, enviandolos a ambos hacia la pared y levantando una enorme nube de polvo.

- Pero, ¿qué demonios?- Yan saltó de su sitio y salió corriendo hacia la arena. Tras él iba Isaak, también con prisa, pero sin correr. En el camino se encontró con Sorrento, quién asintió antes de continuar su camino hacia el extremo opuesto del campo donde Otto yacía inconsciente. A medida que la nube de polvo se despejaba, las figuras de los participantes fueron identificables, pero ambos estaban inconscientes en el suelo. Yan trataba de despertar a Irina dándole golpes leves en la mejilla y zarandeándola hasta que el mismo Isaak lo quitó de un empujón del camino y se agachó junto a ella.

Yan balbuceaba cosas ininteligibles mientras Isaak revisaba los signos vitales de Irina.

- ¡Yan!- gritó al fin, sobresaltando al otro. - Es ahora cuando debes mantener la calma, de otra forma no podrás ayudar a Irina.

Con su Cosmo, juntò un poco de aire frìo con el que la ayudò a refrescarse. Irina parpadeò levemente, y luego tosiò hasta que sintiò que el le fallaba el aire otra vez. Isaak le tendiò la mano, y Yan tambièn, hasta que pudo ponerse en pie, con las piernas fallando. Al otro extremo de la arena, Otto no lograba ponerse del todo en pie, Irina se soltò del agarre de sus compañeros y avanzò hacia el centro, momento en el que la Escama de Dragòn Marino cubrió su cuerpo, y su Cosmo se vio repotenciado y sus heridas sanadas; Yan estuvo a muy poco de abrazar a Isaak, y èste sonriò complacido. Su mirada encontró la de Sorrento que nuevamente volvió a asentir, aunque en sus ojos había cierta luz, que no supo identificar; asintió de vuelta y le dio las gracias mientras Otto salía de la arena junto a èl y otros dos de sus subordinados que se habìan acercado a ayudarle.

La Escama dejò de brillar, mostrando por fin a Irina con ella puesta. El casco le cubría buena parte del rostro, pero resaltaba sus ojos azules. Yan estaba a punto de dar saltitos, Isaak le dio una palmada en la espalda y subió todo el camino de vuelta hasta el palco de Poseidón. Allí, Julián lo esperaba de pie.

- Te saliste con la tuya, ¿no?- Isaak se encogió, no muy seguro de cómo responder. Julián se acercó al balcón y alzó ambas manos sobre su cabeza, como hiciera Poseidón en principio. En las gradas los gritos, las risas y las conversaciones se escuchaban con mucha fuerza.

- Un nuevo General se une a nuestras fuerzas, los valientes guerreros que lucharon por la Escama de Dragón del Mar han demostrado su valía, e Irina ha vencido sobre todos ellos. Los Guerreros del Atlántico Norte serán comandados por ella de ahora en adelante, ¡celebremos ésta victoria!

Y con una última ovación de los atlantes, se retiró del Ática seguido de todos los Generales. En la arena varias bailarinas y músicos entraron para animar el lugar con flautas y liras, invitando a los presentes a bailar al compás de los viejos himnos. En la cámara posterior, Irina se presentó ante Julián y con una reverencia presentó sus votos y juramento de fidelidad, para luego ser ungida con el agua sagrada del ánfora que llevaba María en las manos. El Cosmo de Poseidón ayudó a sanar el resto de las heridas que quedaban de la batalla, pero el cansancio seguía ahí. Uno a uno, los demás Generales la saludaron y estrecharon su mano, hasta que fue el turno de Isaak que le dió la mano y luego la despeinó más de lo que ya estaba, haciendo que ésta soltara una maldición en su natal húngaro.

- ¿Ves que tenía razones para estar tranquilo?- Dijo al fin, de nuevo de buen humor.

- Gracias, Isaak. Aunque, no puedo negar que los extrañaré...- dijo, esbozando una sonrisa tímida y agradecida, y mirando luego a Yan.

- Lo extrañarás a él, puedes ser sincera...

- ¡Oh, vamos! Estoy presente...- Protestó Yan antes de tomarla de la mano. Isaak aprovechó el momento para excusarse con ellos y salir huyendo nuevamente. De todos modos, debía reunirse con sus compañeros, luego se uniría por unos minutos a la celebración en su propio Pilar. Dio un último vistazo a las gradas, todo Atlantis se veía unido, feliz y rebosante, sonrió con amargura, él no lograba compartir del todo esa emoción, pero confiaba poder reponerse.

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Desde la tercera planta de la Casa de Tauro, el océano se veía movido, pero la solas no eran fuertes ni violentas como cuando había tormentas ni como aquellas enviadas por Poseidón cuando ayudó a Apolo para presionar a Marah. Me eché a respirar un poco del aire con salitre, a veces extrañaba visitar Atlantis, estar allà abajo era relajante, el lugar hermoso y siempre había alguna novedad para descubrir, mientras que en El Santuario, con los últimos sucesos, no era mucho lo que pudiera hacerse por la seguridad reforzada, y Santos de un lado para otro gritàndo órdenes e improperios a los incautos aprendices que se cruzaban en su camino durante los toques de queda.

Una nueva tanda de aprendices griegos habìan llegado unos dìas atràs traìdos por Milo y Camus de las islas aledañas. Una de ellas era la isla de Melos, misma de la que era oriundo MIlo, a quien tuve que escucharle màs de treinta minutos de retahìlas e historias acerca de sus años de entrenamiento como santo y su dieta basada en escorpiones, para que, segùn su maestro, se volviera inmune y pudiera portar la sagrada armadura con màs honor. Para varias, Camus habìa permanecido en silencio todo el tiempo, moviendo a duras penas las cejas cuando Milo comentaba algo que sonaba exagerado y a todas luces fuera de proporción.

Cuando pude escaparme, bajè hasta mi cabaña, no deseaba incomodar más a Camille, que aunque lo negara, se intimidaba y no se mostraba tan afectuosa con mi maestro como cuando, segùn èl, estaban a solas, y asi me lo habìa dicho una vez en el comedor, sospecho, con el propósito de que yo hablara con ella acerca de eso para que lo dejara; con lo que no contaba mi maestro, era que a las dos nos daba la más grande de las vergüenzas tocar ese tema. Ya habìa sido complicado cuando Camille me había preguntado si había continuado tomando el té de Sylphium.

Me había pillado insomne cazando galletitas para echar al té que acaba de prepararme, en pijama, medio dormida, y encaramada a la alacena cual ardilla buscando nueces. Cuando encendiò la luz, me dio el susto de la vida y me dejó ciega por unos segundos.

- Pàis, lo siento mucho.- se apresurò a decir, acercándose a la alacena y tendiendome la mano para que bajara mientras yo tapaba la luz con la palma de las manos puesta sobre las cejas.

- No te preocupes, sólo buscaba algo dulce. - Sonreí apenada, Tauro ya no era mi casa, y me sentía como una ladrona capturada en flagrancia. Camille me ayudó a poner bien los pies en el suelo y leugo tomó una caja de galletitas de un estante diferente.

- Estas son especiales.- Guiñó el ojo y estiró la caja hasta que estuvo frente a mis ojos. Casi lloro de emoción, eran galletas de mantequillas, mismas que ella solía dejar por ahí cuando Aldebarán me castigaba para alegrarme los días de amonestación, sobre todo cuando Marah y yo fuimos descubiertas lanzando cuervos a diestra y siniestra sobre Shaina.

- Kiitos, Camille, kiitos, kiitos, kiitos...- dije mientras la abrazaba con la caja en la mano y dando saltitos de alegría.

- Ahora, tómate ese sylphium antes de que se enfríe o probarás el infierno.- Dijo, mientras apagaba la luz principal y encendía una lámpara que nunca había notado antes.

- Camille, yo...- dije, agachando la cabeza y mirando hacia arriba para pillar su mirada.

- ¿Qué? Bébetelo.

- Es que he dejado de tomarlo, ya sabes, ya no...- La cara de Camille se puso lívida.

- ¿Hace cuánto dejaste de tomarlo?- preguntó, quitándome las galletas de la mano y haciéndome sentir como un niño al que le quitan su chupo, su biberón o su juguete.

- Pues... desde que terminé con Isaak.

- Y antes de eso, ¿cuánto tiempo pasó desde la última vez que estuviste con él?- Me rasqué la cabeza, si las cuentas no me daban mal, casi dos semanas o una semana y media antes. Nos la habíamos pasado peleando por el matrimonio de Marah, por si debía decirle o no a Poseidón ese hecho, entre otros asuntos que no llegaba a recordar. La última noche ni siquiera había querido dormir junto a mí. Le dije a Camille lo que recordaba y luego hizo sus propias cuentas con los dedos, haciendo más presión en su índice cada vez que cambiaba de semana. - Van dos meses... niña, ¡por los dioses! No puedes dejar de tomarlo así.

- ¿Ah, no?

- ¡No!- Dijo, tratando de no alzar la voz. - Podrías llevarte un susto terrible, y no creo que estés para eso.

Y no lo estaba.

- ¿Quién te enseñó a tomar el té, Aimée?

- ¿Eh?

- ¿Quién te lo dió? No fui yo.- Camille me miraba inquisitiva e impaciente, tal vez le había vuelto el sueño.

- Fue Eva.- Y luego tuve que escucharla perjurar y enumerar los jalones de orejas que le daría a la española por darme la información a medias, de lo irresponsables que habíamos sido las dos, de que debía haberle preguntado a ella en primer lugar; que si Aldebarán se enteraba se iba a poner histérico y otras tantas frases en griego que no pude entender en absoluto.

- Bueno, bébete ese té y toma tus galletas. - Dijo, calmándose a medias y caminando hacia la puerta. - Mañana vuelves a tomarte el sylphium, ¿me oyes?- Y salió, pagando la luz dejándome a oscuras en la cocina otra vez.

Resoplé tratando de aguantar la risa, Camille tenía días en los que ni ella misma se soportaba, menos mal, el día que regresé a mi cabaña no había sido uno de esos, pues me empacó dos cajitas de galletas y un tarro enorme de té de sylphium que miraba con desprecio cada vez que iba a beberlo sin ninguna clase de endulzante, como me lo preparaba Isaak.

El polvo y las arañas se habían tomado mi casa por asalto, así que no más entrar, tuve que ponerme manos a la obra a sacudir, barrer y trapear. Terminé hecha un bultito rubio, ennegrecido y lleno de hollín. Tuve que meterme a la tina después de eso, ùes comencé a estornudar sin descanso hasta que estuve limpia y desempolvada. Mis camisas y toda mi ropa estaba tal cual la había dejado, incluso las dos camisetas de Isaak que, a este paso, nunca le iba a regresar. Tomé una de ellas y me la puse con unos shorts. Me encerré otra vez en el cuarto de baño, comencé peinarme el cabello, que ya estaba por bajarme de la cadera, lo dividí en dos e hice cálculos de cuanto podría cortarlo. Me lo até en la coronilla tanteando la idea de cortarlo por completo, pero no me sentí capaz de cortar siquiera hasta los hombros.

Saqué unas tijeras de la cocina y tomé la mitad de mi cabello, y sin demasiado tiempo para pensar, comencé a cortarlo; mechón por mechón, iba perdiendo centímetros. Una vez terminé, tomé una peinilla y comencé a pulir los cadejos de cabello desiguales. Me eché el cabello hacia atrás y el aire me hizo estremecer de frío. Me enrollé en las cobijas, y sin darme cuenta, abrazada a la almohada que usaba Isaak cuando solía quedarse conmigo.

...

Tenía los ojos encharcados mientras Mu reparaba en su templo los restos de una armadura plateada y azul turquesa. Kiki revoloteaba pasándole martillos, cinceles y frascos con polvo de estrellas mientras él mismo tomaba pequeños pedazos y los pulía con los mismos materiales, preparando la pieza para el trabajo exhaustivo de Mu. Al principio, no logré ver de qué armadura se trataba, pero cuando varios pedazos se unieron débilmente gracias al polvo de estrellas, reconocí a Corona Boreal: la armadura de Marah.

Me acerqué lo más que pude antes de que Mu me indicara con el brazo estirado que no me acercara más. Sentí lástima de la armadura, estaba hecha pedazos.

- ¿Es reparable, Mu?- pregunté con timidez, no fuera que en un acceso de ira, Mu me aventara un cincel en la cabeza y llegara la fin de mis días.

- Fue destruída por completo, seguramente por Apolo... el golpe la ha dejado muy malherida, pero con algo de paciencia podremos repararla, no te preocupes.

Me llevé ambos brazos al pecho, sintiéndome aliviada: una parte de Marah estaría a salvo e intacta después de un tiempo de tratos cariñosos y considerados departe de Mu, que seguramente la repararía a una versión mejor y más resistente.

- Debe estar lista pronto, para que su nuevo dueño pueda vestirla.

- ¿N-nuevo dueño?- Pregunté, preocupada de inmediato triste otra vez. Kiki asintió con pesar.

- Las armaduras no pueden estar mucho tiempo guardadas, Aimée. - explicó el chico. - Por eso Mu ha convertido una prioridad el repararla. Si el guerrero muere, debe pasar a otro, ellas no guardan luto...

- Ya veo...- no me gustó esa costumbre, sentía como si estuvieran mandando el recuerdo de Marah al olvido en un santiamén, como si su sacrificio hubiese sido en vano. O tal vez seguía muy sensible, y no era para menos: Eva llevaba una semana fuera del Santuario y a duras penas habíamos hablado, Aldebarán tenía un nuevo estudiante por el cual velar y Marah e Isaak ya no estaban en mi vida.

Tenía por consuelo que pronto estaría de nuevo en Asgard trabajando por recuperar los acuerdos con Hilda, lejos de todo lo que me recordara la ausencia de mi mejor amiga.