Disclaimer: Victorious y sus personajes no me pertenecen.


¿Conocen esa sensación de inseguridad que tienes cuando debes tomar una decisión y simplemente no puedes entender cuál de las dos es la mejor alternativa?

¿Te llevas la chaqueta de cuero negra con el cuello corto o la que es más clásica y lo tiene pronunciado hasta el borde inferior?

O tal vez cuando estás por contestar la pregunta de un examen y no sabes si usar una formula u otra para llegar al resultado.

¿Qué tal cuando tus padres te preguntan si quieres un auto nuevo o un viaje? Nah, mis padres no lo harían, pero si lo hicieran, ¿qué elegiría? ¿Un mes lleno de memorias o un pedazo de metal con el que pueda crearlas por mucho más tiempo?

Una de esas preguntas es: ¿qué hacer con Tori?

¿Estaba Beck en lo correcto cuando me confrontó y me dijo que estaba siendo egoísta con ella y debía dejarla recuperarse antes de volver a buscarla? ¿O estaba yo haciéndole más daño manteniéndome lejos?

Apenas ayer pensaba, antes de dormir, ¿cómo pasaron cinco semanas desde nuestra salida en Halloween a esto? A no hablarnos, a ignorarnos por completo.

Fue mi culpa.

Estaba molesta y me sentía traicionada por su falta de confianza, después de que le había demostrado que estaba con ella y que la apoyaría en lo que necesitara de mí.

Mi enojo era tal que, toda esa semana antes de la fiesta, ni siquiera le hablé.

Yo no diría que soy una persona iracunda. No me veo así, aunque mis padres podrían decir lo contrario. Siempre se andan quejando de mis enojos, dicen que llegan de la nada, que suelen durar demasiado para lo que en realidad pasó, que son berrinches que ya no debería tener a mi edad. Puede que tengan razón, más que nada, con ella.

El problema, no fue mi decepción por el error que Tori cometió al no creerme, eso era algo perdonable. Fue que yo no pude pasar la página lo suficientemente rápido como para arreglar las cosas a tiempo.

El día de la fiesta llegó. Meg me tenía harta con su insistencia. Yo no tenía ganas de ver a Ryder, lo detestaba, no quería pasar con él, mucho menos un viernes por la noche. Mi amiga, como último esfuerzo, me confesó que había hablado con Tori y la había invitado a la fiesta asegurándole que yo iría. Eso no significaba que ella lo hiciera, pero abrió la posibilidad.

Segundo error. El primero fue no hablar de frente desde un inicio.

—Está bien, iré —le dije—, pero ustedes tendrán que llevarme porque yo no quiero preocuparme por si me dan ganas de pegarme un trago.

Error número tres.

Mi única razón para ir era verla, corregir el error número uno y no sé, ¿quizá regresar a nuestra relación? Pero terminé tan intoxicada que no recuerdo como me sacaron de allí.

Esa tarde estaba tan nerviosa. Quería lucir agradable para nuestro encuentro y me vestí con ese buzo que a ella tanto le gustaba —me lo había dicho en repetidas ocasiones—, usé la fragancia que sabía que la hacía sonreír y ese dije que tijeras que se ve tan bien sobre mi pecho. Me vi en el espejo mil veces, dudando si el color de labial que había elegido era el mejor, si ir o no con chaqueta, si ponerme las botas negras o las rojas; hasta preparé algunas frases para romper el silencio al vernos.

«Te ves hermosa, como siempre». «¿Me regalas un baile? Uno nada más, una canción suave, Vega. No te enloquezcas». «Te extraño». «¿Qué dirías si te pido que regreses conmigo?» «Intentémoslo, ¿qué podemos perder».

En mi mente todas las respuestas eran las correctas. Quería tanto volverlo a intentar que, cuando vino el momento de afrontar la realidad, caí desde tan alto, que me hice mil pedazos.

Toda esa rabia que tenía por lo que sucedió antes, escaló y mientras la esperaba, parada en la puerta de esa casa, bebí… como idiota.

El despecho y el alcohol son los peores amigos.

No recuerdo haber entrado en mi casa, no tengo memoria de haber visto a Tori o abrazarla. Abrí mis ojos con los gritos de mi hermano y la encontré ahí, acurrucada a mi cuerpo. Mi brazo estaba amortiguado por la falta de flujo de sangre, lo sacudí y la miré extrañada porque no entendía si habíamos regresado juntas o habíamos hablado, no tenía idea de nada.

Ben volvió a gritar y salí corriendo en su búsqueda, después vino el sermón de mi madre, sus reclamos que tenían toda la justificación, pero que yo creía innecesarios en frente de Tori y, al regresar a mi habitación, ya estaba más molesta que hace unos días.

Le pregunté qué hacía ahí y ella me respondió que había ido a verme a esa noche para hablar.

¡Pero yo no quería hablar! Mi mamá me había mandado al diablo, hace nada, por llegar borracha a casa después de que fui a una fiesta a encontrarme con ella y ella nunca llegó.

La mandé a volar.

Error número cuatro, porque ese enojo me duró no menos de dos semanas y lo sé, lo sé, mis papás tenían razón con respecto a mis berrinches, son infantiles.

Yo nunca le quité mi atención. De lejos, pero estaba ahí.

Sus días se volvieron muy estructurados, llegaba, hacía lo que tenía que hacer, se reportaba con su tía: «sí, ya llegué», «sí, ya comí», «sí, entregué el trabajo», «sí, saliendo de aquí voy directo a casa».

A ella la habían castigado peor que a mí. Según lo que Cami me contó una tarde —y algo que tenía a Nya bastante contenta y a mí me sorprendió por demás—, en apenas dos semanas, Tori había logrado ajustar sus notas haciendo trabajos extra y parecía que, ese orden que había sido impuesto por su familia y su terapeuta, comenzaba a dar buenos resultados.

¡Dos semanas!

Era una locura, dos semanas es tan corto tiempo para asegurar que ella estaba mejor y me pregunté: ¿estoy siendo egoísta al querer volver a su vida?, si todo parece comenzar a caminar en el sentido correcto, ¿está mejor conmigo o sin mí?

Decidí dejar pasar un poco más de tiempo. No fue fácil ignorarla por completo cuando lo único que yo quería era decirle un hola. La veía siempre con los libros en la cara, con un bolígrafo en la mano haciendo alguna tarea, o luchando con sus demonios a escondidas en la hora del lunch.

Lo peor de todo es que yo no sabía si, acercarme para intentar sacarle una sonrisa, le haría más daño.

"Un par de semanas más", fue mi conclusión. Si iba en buen camino, lo sabría y la dejaría seguir. Yo quería recuperar nuestra relación, pero no a su costo, podía esperar.

Noticias de su mejoría, llegaron a mis oídos por medio los chicos del café. Según Cami y Nat —quienes habían hablado con ella al respecto— la terapia avanzaba, estaba preparándose para entablar un nuevo encuentro con sus padres, había subido de peso significativamente, sus calificaciones y participación en clase habían regresado a ser las de antes, todo iba viento en popa. Ya era un mes y en boca de sus allegados, mi ex-novia estaba cada vez mejor. Era un hecho, no me necesitaba a mí estorbándole.

Yo, en cambio, tuve que aplicarme bajo la amenaza de que, o me concentraba en la escuela nuevamente, o me quitarían el auto y mis privilegios. Lo que quería decir que no podría salir ni a la esquina si no era con ellos.

A ciegas y sin incluir detalles —si poníamos las cosas en una balanza—, tanto Tori como yo, producíamos más… apartadas.

Pero ahí estaba el problema, yo no me sentía bien así y, por lo que pasó hoy, ella tampoco.

Yo esperaba que sea un día como cualquier otro. Llegar a la escuela, ignorar a Tori y pasar con mis amigos, pero no lo fue.

Llegué atrasada y no encontré estacionamiento en mi lugar favorito. Tuve que conformarme con un puesto en el otro extremo, lejos de la entrada principal.

Por más que corrí hasta el aula, ya tenía minutos de retraso y mi maestro me disparó rayos láser al entrar.

Traté de disculparme contándole mi problema, pero era Flint, el ogro de ciencias, le importó un comino y me dijo que tenía que hacer un trabajo extra para compensar la «perturbación» que causé en su clase. Ya qué más daba, lo haría, prefería eso a detención el sábado con el vice-rector.

Busqué un lugar. Irónicamente había uno a lado de Tori, pero eso significaba que debíamos hablar, saludarnos, no sé, comportarnos como gente. Vi otro puesto en la fila de enfrente y pesé de largo. Regresé mi vista a la ventana y, de reojo, la vi colocar su maleta en el asiento vacío, me arrepentí.

Estaba a punto de roncar por lo aburrida que estaba esta clase. Lo juro, Flint puede hacer que Kill Bill parezca Los Cuatro Fantásticos, por suerte sonó el timbre. Quería que me diera rápido el trabajo y poder irme de esa pesada clase, pero me pidió que lo esperara, quería hablar antes con otra de sus alumnas.

—Tori, me contó el consejero estudiantil que piensas abandonar la escuela.

Escuchar esta noticia, tan de repente, me heló la sangre. No regresé a verla, tan solo puse una extrema atención a su conversación.

—Sí, es lo más seguro.

—Entiendo —le dijo él con genuina pena—. Espero que recapacites, el último año de secundaria siempre es el mejor. No tanto por las materias, piensa en tus amigos, son buenos recuerdos. —Continuó, tratando de convencerla, lo que a mi me puso muy incómoda. Por lo que yo sabía, ella ya no frecuentaba a ninguno de nuestros antiguos amigos y, gracias a mi tajante decisión de mantenerme al margen, tampoco se veía conmigo.

"Bien, Jade. Esa es la forma de ser una buena amiga, ignorándola y ahora no tiene ni un razón para quedarse", pensé mordiéndome la lengua.

—Sea como sea, Tori. Quiero que sepas que me alegró mucho ver que recuperaste tus calificaciones y tu concentración en la materia. Siempre fuiste una buena alumna y te voy a extrañar —le dijo dándole una sonrisa y estrechó su mano—. Cualquier cosa que necesites, tienes mi número, me encantaría ayudarte con una carta de recomendación a la universidad si la necesitas.

—Gracias, maestro Flint. Lo aprecio de verdad.

Mi ex estrechó su mano y salió apurada.

Después de recibir mi castigo, decidí faltar a mi siguiente clase. Necesitaba saber qué pasaba y me senté afuera de la oficina de consejería académica, esperando que el asesor regrese de su reunión con la directora para preguntarle qué sabía.

Para mí todo era muy confuso. ¿Por qué dejaría Tori la escuela? ¿Se estaría mudando de casa? No tenía sentido, al ser una escuela privada no necesitaba vivir en el mismo distrito para estudiar en nuestro colegio, es más, así se mudara al otro extremo de Los Ángeles, podía seguir asistiendo, a menos que se fuera a mudar a otra ciudad. ¿Pero era eso o qué?

—¿Por qué no estás en clases, Jade? De lo que sé tienes cálculo ahora —me preguntó nuestro consejero al verme.

—Tenía que hablar contigo, es por Tori.

—¿Qué con Tori? —siguió, dejándome pasar a su oficina.

—¿Cómo qué? ¿Por qué va a cambiar de escuela?

—Jade, tu sabes muy bien que lo que está en el expediente de cada estudiante es privado y yo no puedo decirte qué es lo que pasa o por qué.

—Pero algo le pasa.

—Tori es tu compañera, puedes ir a preguntarle tú misma —me sugirió sin decirme absolutamente nada útil.

—Si vine a ti, es porque no puedo. ¡Solo dime!

—Lo siento, no puedo.

—¡Aj, ayúdame en esta, ¿sí?!

—De verdad lo lamento, Jade. Pero si no tienes algo que te concierna a ti exclusivamente, voy a tener que pedirte que vayas a tu clase de cálculo.

Bufando, antes de dar un pequeño portazo, salí por el corredor y fui a la biblioteca. No tenía sentido llegar tan tarde a mi otra clase. Igual no es como si tuviéramos un examen o algo.

No había nadie a primera vista, lo que quería decir que Tori debía estar en su clase de literatura. Me senté y saqué mi teléfono para evitarle un mensaje a Cat. Tal vez ella sabía algo, era una posibilidad muy remota, pero no perdía nada preguntando, ¿no?

No me contestó.

Dejé mi bolsa sobre la mesa y me senté de mala gana, no dejaba de hacerme miles de preguntas para las que no tenía respuesta. Había sido una tonta al creer que la situación era simple.

Me puse a ojear una revista de mecánica que alguien había olvidado en una de las mesas.

—¿Quién diablos lee esto? —me dije cerrando la tapa con indignación al ver de qué trataba y la empujé lejos de mí.

Cayó con un poco de ruido al piso y escuché un suspiro de susto. Alguien se escondía en uno de los pasillos.

Me levanté y despacio comencé a recorrer las hilas de libros.

Tori estaba allí, sentada en uno de los corredores entre las repisas. No lucía bien, trataba de leer, pero era evidente que tenía la mente en algo más, a menos que las páginas de ese libro estuvieran hechas de cebolla recién cortada y eso explicara las lágrimas que se limpiaba de sus mejillas.

Lloraba en silencio, escondida de todos.

—Yo también leí ese libro —le dije sorprendiéndola y me fui acercando de a poco hasta sentarme a su lado—… lo hice para martirizarme, es horrible.

Ella se limpió la cara lo más rápido que pudo y pretendió que no me había escuchado.

—Papá me dijo que para que se hiciera más ameno debía imaginar que la historia se desarrollaba en la actualidad y los diálogos tenían esa prosa antigua, como en la película de Romeo y Julieta con Leonardo Di Caprio.

Sonrió. Pero continuó así, con la vista en las páginas y sin hablar.

—Me costó un mundo terminarlo y ya casi ni me acuerdo de qué va.

—Guerra, amor prohibido, cosas que no entiendo… —Finalmente lo cerró y lo puso a un lado. Todavía sin verme.

—Pensé que tenías clases —resalté.

—Tú también.

—Sí, pues…, no quería otra tarea más por llegar tarde. Como sea, preferí venir aquí.

Asintió, acordando conmigo, había hecho lo mismo.

—Mis tías creen que es lo mejor… —me dijo sin esperar a que le pregunte—, que si dejo la escuela puedo sacar mi título equivalente estudiando desde casa y enfocándome más en mi tratamiento.

—Pensaba que todo iba… bien —le dije dejándole saber que había preguntado por ella—, Cami me contó que… Solo cosas buenas.

—Sí, pero… parece que nada es suficiente —se quejó—, no he hecho el «esfuerzo de reintegrarme en mi vida normal».

—Claro, entiendo. ¿Y lo más «normal» es que salgas de la escuela?

Echó su cabeza para atrás, arrimándose a la pared. Parecía cansada y confundida, insegura. ¿De dónde sacaban la idea de que Tori mejoraba? Estaba notablemente triste, decaída. Nada de eso era bueno.

Una alarma comenzó a pitar, tomó su teléfono celular de su maleta y la apagó. Se tomó la frente y ocultó sus ojos con su mano apoyando su codo en su rodilla.

Sus dedos iban y venían con dureza sobre su piel, debatía internamente y respiró muy fuerte, exhalando aún con más rigor.

—Tengo que comer —susurró con una voz quebrada y su quijada temblorosa—… No quiero comer… no quiero…

Comenzó a llorar a mi lado, sin poder controlarse, solo lloró por unos minutos. Yo no sabía si abrazarla, si tocarla siquiera, si decirle algo, porque… no tenía idea de qué decir y ella había aclarado que no quería que la tocara, no aun, aunque eso había sido hace semanas.

Se calmó sola y, abatida, se secó las lágrimas con la manga de su saco. Con dificultad sacó una bolsa de galletas junto con un jugo de frutas y las puso en el suelo contemplándolas.

Sus dedos presionaban las palmas de sus manos haciendo un puño, trataba de calmar la ansiedad que le provocaba lo que debía hacer. Respiró fuerte otra vez y me dijo:

—No necesitas quedarte, estaré bien.

Si eso era estar bien, estaba muy mal. En esa salida de Halloween ella había comido, seguramente con mucha dificultad interna, pero no tanto como esta vez. Se había acabado los nachos en la sala de cine sin problemas y presiones. ¡No estaba bien!

—No voy a ningún lado —le dije abriendo la funda de galletas por ella.

Lo sé, quién sabe si esa acción era correcta o no, pero fue un instinto. Lo hice y punto.

Se la acerqué y luego tomé el popote del jugo para introducirlo en el envase y lo tuve en mi mano hasta que ella estiró su mano y se lo entregué.

—Gracias —me dijo con un suspiro—, es la parte más difícil.

Recordé que me había dicho esa noche que me confesó tantas cosas que una forma para hacer la comida más pasajera era distraerse con algo, una conversación por ejemplo, así que comencé a hablar.

—Benny va a jugar su primer partido oficial con la selección de la primaria este sábado. —Le conté y ella pareció entender lo que hacía, sin mucha más protesta siguió comiendo—. ¿Sabías que el muy bobo dio las pruebas para ser portero? Y además es bueno, pero con su brazo roto, solo espero no verlo con un yeso otra vez.

Rió.

¡Dios, cuánto extrañaba esa sonrisa, su voz… todo!

Seguí hablando de mi hermano como si fuera lo más interesante del mundo y pronto nos dimos cuenta de que había terminado esa tarea tan ardua. No menos de dos minutos después sonó su teléfono. Nya la llamaba para asegurarse de que había terminado su refrigerio.

—Sí, ya comí —Le dio la misma respuesta robotizada de siempre, la que había escuchado tantas veces cuando la espiaba en la terraza a la hora del almuerzo—. Lo sé… sí, yo también.

Colgó la llamada y guardó su libro en la mochila, tomando la bolsa vacía y el empaque del jugo en sus manos para botarlas en la basura al salir. Nos pusimos de pie y dimos unos pasos cuando me preguntó:

—¿Así que ya me hablas?

—Quería hacerlo desde antes, pero todos me decían que estabas tan bien que yo… no quise… —largué un suspiro que tenía atorado por lo idiota que me sentía y me disculpé—. Lo siento, Tori. Debí saber que… Nada, debí ser menos imbécil, de verdad lo siento.

—Yo también lo siento —me respondió y continuamos caminando a la salida—. Debí confiar en ti e ir a esa fiesta. Me hubieran castigado igual y no habríamos perdido el contacto.

—Nada de eso importa ya… ¿verdad?

Ella sonrió acercándose, apoyó su mano en mi hombro y se inclinó hasta mi mejilla.

Sus labios se sentían fríos, su piel en general. Fue un corto y muy suave toque que lo cambió todo.

—No, ya no importa.

—¿Hablamos más tarde entonces?

—¿Me acompañas a almorzar en la terraza? O… tal vez quedaste de verte con tus amigos…

—¡No, no! Estaré ahí —le aseguré y cada una tomó su camino a la siguiente hora de clase.

Lo gracioso de tomar una decisión con la que debates entre el sí y el no, es que, cuando la respuesta es incorrecta, siempre te persigue la culpa. Debí elegir la chaqueta con cuello corto, debí usar el binomio cuadrado perfecto en el examen, debí irme de viaje… debí hablar con Tori.

Cuando tomas la correcta, te ganas el alivio, ese beso en la mejilla, un cruce de miradas, un almuerzo agradable y unas manos entrelazadas.

Tori y yo somos novias otra vez, porque yo no quiero seguir esperando a que las cosas regresen a ser como antes, a que la vida vuelva a enderezarse. No quiero perderla en el camino y ella tampoco quiere estar del otro lado.

Estamos juntas y espero que la gente lo acepte cuando decidamos contárselo, porque, a pesar de lo que ellos creen, solo nosotras podemos saber cómo nos sentimos y si de verdad nos estamos haciendo daño.

Solo hicimos una promesa: no correr. Iremos lento pero seguro, como la tortuga y, por el momento, no le diremos nada a nadie. No necesitamos que nos impongan una voluntad ajena que solo construye una casa de naipes que se destruirá con un soplido.

En todo caso, estoy feliz, ella también por la infinidad de smilies que acaba de enviarme por mensaje de texto. Todavía no podemos hablar por teléfono, sería demasiado evidente, la vigilan como si estuviera en libertad condicional. Aunque, esto, es suficiente. Por lo menos es algo.

—Jade, baja a comer por favor. —Mamá me grita desde la cocina—. Y trae tu celular que hasta el viernes sigue confiscado por las noches. —Me recuerda que mi castigo está por terminar.

Me despido de mi novia y bajo, se siente tan bien decirle mi novia a Tori otra vez.

Tan, pero tan bien.


Nota de autor:

¡Wachu, wa, wa, wa!

Llegamos a 400 reviews, gracias a todos los que se pasan por aquí y siempre dejan una que otra palabrita. Gracias por aguantarme los abandonos también. Y por eso otro capítulo mañana, siiiiiiiií.