PARTE 36
Ross se despertó debido al ringtone de su celular que sonó en su mesita de noche. Su cuerpo relajado, fue recobrando la conciencia poco a poco, la imagen de Demelza desnuda sobre su cama lo primero que le vino a la mente. Ross estiró su mano sobre la cama, hacia donde ella había dormido, pero no la encontró allí. Abrió los ojos, Demelza ya se había levantado. La luz del día se colaba por la ventana iluminando la habitación que había sido testigo de la pasión desatada durante la noche, pero sin duda deseada desde hacía tiempo.
Ross se acomodó de nuevo bajo las sábanas y respiró profundo. ¿Qué locura había cometido anoche? Recordó los pechos de Demelza, lo firme y suaves se sentían en sus manos, sus gemidos cuando tomó sus pezones entre sus labios y los lamió con su lengua. Recordaba los dedos de Demelza enredados en su pelo, como acariciaba sus hombros y desplazaba sus manos por su espalda haciéndolo temblar. Ross cerró los ojos, la culpa que no sintió la noche anterior lo invadía ahora. Ross la besaba, su cuerpo recostado sobre ella cuando ella colocó su mano en su mejilla, recordaba sus ojos tímidos, brillantes e intensos cuando le dijo que esa era su primera vez. Ross la besó con más pasión aún, envuelto en un sentimiento posesivo que lo satisfacía de una forma que no llegaba a comprender. Que él fuera el único hombre que ella había conocido, lo había excitado más si es que eso era posible. Ahora Ross pensaba como Demelza había llegado virgen a el… su padre era estricto y luego se había dedicado a sus estudios hasta que Julia había llegado. No sabía porqué, pero a Ross le alegraba que fuera así.
Ross se recostó de lado. Demelza se había quedado dormida junto a él y el también, satisfecho, se había dormido sin más. Cuando se volvió a despertar la luz del velador aún encendida creaba un alo dorado sobre la blanca piel de Demelza. Su cabello desparramado sobre la almohada, su trasero y su espalda hacia arriba. Ross la observó durante un rato, a esa extraña que dormía a su lado. Pero el la conocía, a su amiga, Demelza. Esto era sólo una nueva faceta que conocía de ella y, a decir verdad, Ross estaba más que contento con ella. Su cuerpo era esbelto y su piel suave, el ya lo sabía. Había visto su piel sonrosarse bajo el sol de Hendrawna pero cuando fue él quien la hizo sonrosar ella le parecía aún más bonita. Su cintura era extremadamente pequeña, sus caderas generosas, sus piernas infinitas y sus pechos perfectos. Ross llevó su mano a su espalda, con cuidado de no despertarla corrió su pelo a un lado y descubrió su espalda. Muy suavemente comenzó a acariciarla, sus dedos dibujando círculos en su espalda, de arriba a abajo. Demelza se movió sobre las sábanas y Ross se acercó aún más y dio tiernos besos en su hombro. Demelza entreabrió sus ojos al sentir sus caricias y se dio vuelta en sus brazos. Aún media dormida ella le regaló una sonrisa perezosa y mientras él seguía dando ligeros besos desde su cuello camino a sus labios, ella abrazó sus hombros con sus brazos y sus caderas con sus piernas. Ross sonrío oculto bajo su mentón y acarició su cuerpo una vez antes de tomarla de nuevo. Se habían quedado dormido abrazados… El celular volvió a sonar en la mesita de luz, esta vez era una llamada.
Demelza se había despertado temprano, el brazo de Ross rodeando su cintura. Al principio no supo con certeza adonde estaba. La cama mullida y cómoda, el calor que sentía en su espalda placentero. Era el cuerpo de Ross, desnudo detrás de ella, ahora lo recordaba todo. ¡Judas! ¿Qué diablos se había apoderado de ella anoche? ¿De ambos? Nunca se había creído capaz de algo así. Tampoco nunca había deseado tanto que eso sucediera. ¿Y qué ocurriría ahora?, eso era lo que más le preocupaba. Ella debía seguir trabajando, ¿debía actuar como si nada hubiera sucedido? En menos de veinticuatro horas todo había cambiado.
Ella nunca había hecho el amor antes, y estuvo muy avergonzada cuando se lo dijo, quizás lo debería haber dicho al principio y no cuando Ross ya estaba completamente desnudo sobre ella prestando especial atención a sus pechos con su lengua. Demelza no pudo descifrar la mirada en sus ojos cuando se lo dijo. El se quedó un momento observándola, el peso de su cuerpo apoyado en sus antebrazos al costado de su cabeza. Luego dio un pequeño beso en su nariz, en su mejilla y en sus labios "Seré cuidadoso contigo." - le dijo y volvió a su tarea en sus senos. Y así lo había sido. Dulce y gentil al principio. Le había preguntado si estaba segura antes de penetrarla por primera vez. Demelza ya estaba ardiendo de pasión, su "Si" sonó afónico y desesperado. Ross la llevó a un éxtasis que ella nunca habría imaginado posible. Habían hecho el amor otra vez durante la noche. Ross la había despertado, pero no se habían dicho otra cosa. Sólo suspiros y gemidos y el sonido de sus cuerpos convirtiéndose en uno.
Demelza miró la ventana por debajo de las sábanas, una tenue luz rojiza indicaba que el amanecer estaba cerca. Debía ir a ver a Julia. Sin querer despertar a Ross, Demelza se deslizó sobre el colchón. La mano que envolvía su cuerpo se tensó un momento en su cintura y ella se quedó quieta un instante pero el pareció relajarse de nuevo y Demelza pudo levantarse de la cama. Le tomó un momento encontrar su ropa interior y la remera que tenía puesta la noche anterior había ido a parar debajo de la cama, ella no entendía como. Con un último vistazo desde la puerta lo dejó a Ross dormido y fue a ver a su hija. La niña también dormía pacíficamente.
La calma del amanecer envolvía a toda la casa. No había ningún ruido más que la rápida respiración de su hija y Demelza sentía mucha paz a pesar de la ansiedad de la circunstancias. Se recostó junto a Julia, también intentando no despertarla, y se había vuelto a dormir hasta que sintió ala niña moverse en la cama. Julia le dio los buenos días con una gran sonrisa. Más allá de todo, de lo que fuera a ocurrir a partir de ahora, ella tenía a su hija. Ver su sonrisa todas las mañanas era lo que daba alegría a su vida.
Julia y Demelza no tardaron en levantarse, las dos estaban acostumbradas a comenzar su día temprano. La niña siempre tenía un cambio de ropa en su bolso pero Demelza debió ponerse la misma ropa que la noche anterior. Por un momento consideró usar otra de las remeras de Ross, pero no le pareció que fuera apropiado pasearse por la casa con su ropa después de lo que habían hecho. Prudie se les unió luego de unos minutos, Demelza ya estaba en la cocina preparando el desayuno. Si la vieja señora sabía o no lo que había pasado entre su jefe y su enfermera, no lo dijo.
Ya eran casi las once de la mañana y no había noticias de Ross, quizás estaba dándole tiempo a ella para que se fuera, tal vez no quería volver a verla. Poco probable, pero era una posibilidad. Demelza trataba de disimular su inquietud frente Jud y Prudie. Se había puesto a ordenar un antiguo mueble en el que había encontrado varios juegos de vajillas sin usar y que quedarían lindos expuestos en una de las repisas de la cocina. De repente el sonido del teléfono retumbó en toda la casa, Demelza casi deja caer un plato del susto. Nunca desde que ella estaba allí habían llamado al teléfono de línea, se preguntaba quién podía ser. Fue Prudie la que contestó, también curiosa. "¿Nampara?" La cara de Prudie se puso agria como una cebolla, "Si señor. Todavía no se ha levantado, no señor… Sí señor. Ya lo comunicó señor." Prudie miró a Demelza atemorizada mientras se dirigía en dirección a las escaleras, el inalámbrico en la mano.
Unos momentos atrás Ross había estirado el brazo y agarrado su celular. Tenía varios mensajes de Verity y una llamada perdida.
Ver: Buen día primo
Ver: Siento molestarte pero me pidieron que te pregunte si vas a venir hoy a la boda.
Ver: Francis y Elizabeth aún no han recibido tu confirmación y papá también desea saber si vendrás.
Ver: Ross?
Ver: A decir verdad, papá quiere que vengas, que esté toda la familia…
Ver: Sé que no es fácil para ti, pero papá insiste. Ya sabes cómo se pone cuando se le mete algo a la cabeza.
Ver: Ross, contéstame.
Ver: Llamada perdida. 11:36 hs
Se le hizo un nudo en el estómago. Se había olvidado por completo de que ese día era la boda. Ross de ninguna manera había considerado ir, era ridículo. Y era absurdo que ellos insistieran, ¿para qué rayos lo querían allí? Ross no tuvo mucho más tiempo para pensar en ello. Mientras leía los mensajes se había sentado en el borde de la cama y se había puesto unos boxers y se estaba poniendo un pantalón jogging cuando alguien golpeó la puerta. "Teléfono, señor. Es su tío…"
Ross maldijo por lo bajo. Se puso una remera antes de abrir la puerta y tomar el teléfono de la mano de Prudie, que lo sostenía temblorosa.
"¿Tío?" dijo sin cerrar la puerta.
"Muchacho, ¿A qué hora te esperamos hoy? La ceremonia empieza a las siete…"
"No voy a ir, tío."
"¿Qué dices? Claro que vendrás…" – Ross había salido de su habitación mientras hablaba y bajaba las escaleras – "Es tu deber para con tu familia."
"¿Mi deber?! Pero que cosas dices Charles, de seguro no necesito recordarte…"
"¡Ya deja atrás el pasado muchacho! Debes venir, hoy toda la familia debe estar unida. Debemos recordarles a todo Cornwall quienes son los Poldark."
¡Al demonio los Poldark! Pensó Ross.
"Demuéstrale a todo el mundo que ya lo has superado, dales tu bendición. Sabes que es importante para Francis…"
Ross emitió un bufido de indignación. Su tío al parecer lo había escuchado porque se había quedado callado. Luego, en un tono más mesurado, le dijo: "Piensa en tu padre. Tu padre y yo estuvimos distanciados durante mucho tiempo. Hermanos, separados. No es lo correcto. Francis y tu han sido como hermanos desde que eran pequeños, ¿crees que a él le gustaría que a ti te pasara lo mismo por culpa de una mujer?"
Ross se había detenido al pie de las escaleras. Desde la puerta del living la veía a Julia jugar en la alfombra. La televisión encendida, pero sin volumen, con dibujos animados. Su tío tenía algo de razón, el quería lo mejor para Francis, y para Elizabeth también, a pesar de lo que le habían hecho. Y el podía actuar como si lo hubiera superado. Podía aparentar, y sabía que si tío no lo dejaría tranquilo y se lo haría pagar si no iba.
"Está bien tío, iré."
Ross dejó el teléfono en su lugar y sacó el celular de su bolsillo.
Ross: Ver, ya hablé con Charles
Ross: Iré. Cuéntame a mí y a un invitado más.
