Hola hola mis fieles jeje ke tal van? todo biien? spero ke siii

Recuerden de que nada me pertenece. La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capitulo 37

Edward no se consideraba un quejica, y, habida cuenta de lo bien que toleraba a su familia, creía ser uno de los hombres más pacientes y benévolos del mundo. Sin embargo, estaba seguro de que, si Rosalie le hacía mover un solo mueble más de un extremo al otro del enorme salón, se derrumbaría y se echaría a llorar.

—Queda genial.

—Mmm... —ella estaba parada con una mano en la cadera y los dedos de la otra tamborileando sobre sus labios.

El brillo de sus ojos bastó para que Edward se asustara.

—De veras, está fantástico. Al cien por cien. Trae la cámara de fotos. Esto es como una portada de House and Garden.

—No seas pelota, Edward —dijo ella distraídamente—. Tal vez el diván quede mejor mirando hacia el otro lado —él dejó escapar un gemido lastimero, pero Rosalie se limitó n curvar los labios—. Naturalmente, eso significaría que habría que mover la mesita baja y esos otros dos muebles. Y la palmera, ¿no es una preciosidad?, tendría que ir ahí.

La preciosidad debía de pesar por lo menos cien kilos. Edward renunció a su orgullo y empezó a gimotear.

—Todavía tengo puntos —le recordó a Rosalie.

—Bah, ¿qué son unos cuantos puntos para un hombre tan fuerte como tú? —Rosalie se acercó a él, le dio una palmadita en la mejilla y observó cómo luchaba su ego con su espalda dolorida. Luego dejó escapar una larga carcajada—. Te lo has tragado. Está bien, querido. Está perfecto. No tienes que mover ni un cojín más.

—¿En serio? —los ojos de Edward se llenaron de esperanza—. ¿Se acabó?

—No sólo se acabó, sino que ahora vas a sentarse y a poner los pies sobre la mesa mientras yo te traigo una de las cervezas bien frías que guardo en la nevera para detectives privados tan altos y guapos como tú.

—Eres una diosa.

—Eso dicen. Ponte cómodo. Enseguida vuelvo.

Cuando Rosalie regresó llevando una bandeja, vio que Edward se había tomado muy a pecho su invitación. Estaba recostado sobre los gruesos cojines azul cobalto de un nuevo sofá, con los pies encima de la mesa baja de ébano y los ojos cerrados.

—Vaya, parece que te he dejado agotado de verdad, ¿eh?

Él lanzó un gruñido y abrió un ojo. Luego abrió los dos, lleno de contento al ver que ella dejaba la bandeja cargada sobre la mesa.

—Comida —dijo, incorporándose de un salto.

Ella no tuvo más remedio que echarse a reír cuando él aceptó de buena gana las uvas verdes y lustrosas, el queso de Brie y las galletitas saladas que le ofrecía, junto con el montoncillo de caviar frío con tostadas.

—Es lo menos que puedo hacer por un mozo de mudanzas tan atractivo —acomodándose a su lado, tomó la copa de vino que se había servido—. Te debo una, Edward.

Con la boca medio llena, él observó el cuarto de estar y asintió.

—Ya lo creo que sí.

—No me refiero sólo al trabajo manual. Me diste un refugio cuando lo necesitaba. Y, sobre todo, te debo una por Bella.

—No me debes nada por Bella. La quiero.

—Lo sé. Y yo también. Nunca la he visto tan feliz. Sólo estaba esperándote —inclinándose, le dio un beso en la mejilla—. Siempre quise tener un hermano. Ahora, con Jasper y contigo, tengo dos. Una familia instantánea. Ellos también encajan, ¿no crees? —comentó—. Alice y Jasper. Como si siempre hubieran formado equipo.

—Se pican el uno al otro. Es divertido observarlos.

—Sí. Y, hablando de Jasper, pensaba que iba a venir a echarte una mano con nuestro pequeño proyecto de redecoración.

Edward puso una cucharadita de caviar sobre una tostada.

—Tenía que seguirle la pista a un fugitivo.

—¿Qué?

—Un tipo que había violado la condicional. Jasper tenía que ir en su busca. Me dijo que no tardaría mucho —Edward tragó y suspiró—. No sabe lo que se está perdiendo.

—Le daré la oportunidad de averiguarlo —ella sonrió—. Todavía tengo planes para un par de habitaciones de arriba.

Aquello le dio pie a Edward para sacar a relucir el asunto que lo preocupaba.

—¿Sabes, Rose?, no sé si no te estarás precipitando un poco. Va a costar algún tiempo volver a poner en orden una casa tan grande. A Bella y a mí nos gustaría que te quedaras en nuestra casa una temporada.

Su casa, pensó Rosalie. Ya era la casa de los dos.

—Aquí se puede vivir perfectamente, Edward. Alice y yo estuvimos hablando de eso —continuó—. Jasper y ella se van a ir a su apartamento. Ya va siendo hora de que todos volvamos a nuestras vidas de siempre.

Pero Alice no iba a estar sola, pensó Edward, y bebió pensativamente su cerveza.

—Ahí fuera sigue habiendo alguien que maneja los hilos. Alguien que quiere las tres Estrellas.

—Yo no las tengo —le recordó Rosalie—. No puedo apoderarme de ellas. No hay razón para que ahora se moleste conmigo.

—No sé si la razón tiene algo que ver con esto, Rosalie. No me gusta que estés aquí sola.

—Igual que un hermano —ella le dio un apretón en el brazo—. Mira, Edward, tengo un sistema de alarma nuevo, y estoy pensando en comprarme un perrazo enorme y feroz —iba a mencionar la pistola que guardaba en la mesita de noche, pero pensó que eso sólo aumentaría su preocupación—. No me pasará nada.

—¿Qué piensa McCarthy al respecto?

—No se lo he preguntado. Se pasará por aquí luego. Así que no estaré sola.

Satisfecho con eso, Edward le dio una uva.

—Le tienes preocupado.

Los labios de Rosalie se curvaron mientras se metía la uva en la boca.

—¿De veras?

—No lo conozco muy bien, ni creo que nadie lo conozca. Es... Supongo que la palabra para describirlo sería «reservado». No demuestra lo que siente. Pero ayer, cuando me lo encontré en casa, después de que tú te fueras arriba, estaba allí parado, mirando hacia el lugar por el que te habías ido —Edward sonrió—. Había bajado la guardia y fue muy revelador. Emmett McCarthy, un ser humano —hizo una mueca y apuró su cerveza—. Lo siento, no quería...

—No importa. Sé exactamente lo que quieres decir. Tiene un dominio de sí mismo casi aterrador, y una especie de impenetrable aura de autoridad.

—Tengo la impresión de que tú has conseguido abrir una brecha en su armadura. En mi opinión, eso era justamente lo que necesitaba. Tú eres lo que le hacía falta.

—Espero que Emmett crea lo mismo. Resulta que él también es lo que me hacía falta a mí. Estoy enamorada de él —con una media risa, sacudió la cabeza y bebió un sorbo de vino—. No puedo creer que te esté contando todo esto. Rara vez les cuento mis secretos a los hombres.

—Con los hermanos es distinto.

Ella le sonrió.

—Sí, es cierto.

—Espero que Emmett se dé cuenta de la suerte que tiene.

—No creo que Emmett crea en la suerte.


ohh jeje esto se pone kada vez mas interesante no creen? jejej

bueno espero sus reviews

byee