¡A LEER!

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Capítulo 35.

35.

Emmett esperaba impaciente en una de las mesitas del café a que su cita llegara. Miraba la hora en su teléfono móvil cada minuto aguardando que el viejo jardinero que trabajaba en casa de la vieja Elizabeth apareciera en la puerta, el que para su tranquilidad, entró minutos más tarde mirando a su alrededor para divisarlo entre el gentío. Cuando lo hizo, alzo su mano y caminó derecho hacia él, saludándose ambos con un fuerte apretón de manos.

―Perdona el retraso—se disculpó Charles, sentándose frente a Emmett.

Era un hombre ya mayor, con su cabello totalmente blanco, el que siempre cubría con su gorra de béisbol. Desde el primer momento, cuando muchos años atrás conoció al pequeño Edward, sintió un profundo sentimiento de ternura por él, convirtiéndose en su único aliado en aquella casa, cuestión que perduró en el tiempo. Digamos que el jardinero era el soplón que le daba información relacionada con la vieja y sus movimientos, cuando Edward o cualquier de sus amigos lo solicitaba, como en esa oportunidad.

―No hay problema.

―Pero dime, cómo está Edward… ―con genuina preocupación preguntó el viejo jardinero.

―Bueno… —Emmett alzó sus cejas, recordando que hace dos días el mencionado por Charles había tenido uno de sus episodios después de oír a su padre—. Está mejor… dentro de lo que se puede. Está bastante cabizbajo, y se odia por llevar la misma sangre que la vieja esa.

―Y no culpo. Pobre Edward…

―Charles, dime qué tienes —dejando el tema de Edward en pausa, Emmett se adentró en lo que lo llevó a reunirse con el viejo Charles.

―Sobre la vieja y su estadía en la clínica… estoy completamente seguro que ella desapareció justo el día que mataron a la monjita, y no antes como ella lo asegura. Incluso el chofer que estaba de relevo esos días se fue de vacaciones con todo pagado el mismo días que ella desapareció.

― ¡Lo sabía…! ¿Sabes cómo se llama el chofer, a dónde se fue?

―Claro que se cómo se llama, incluso donde puedes ubicarlo, pero no te aseguro que lo encuentres. Él olió que algo malo pasaba con la vieja y seguro quiso desaparecer para que no lo vincularan con lo que sea que haya pasado.

―Necesito los datos de él, nosotros nos encargaremos de ubicarlo. Ahora, quiero saber si estás dispuesto a testificar cuando sea necesario. Con lo que me dices, la policía podrá levantar una orden en la clínica donde estuvo la vieja y corroborar la información.

― ¿Y cómo lo harán? Seguro la vieja compró al jefe allí.

―Los poli saben hacer su trabajo y con la orden pueden incluso hacer que le muestren las cámaras de seguridad y hablar con el personal de turno de esos días.

―O sea que la vieja sí mató a la monjita.

―Así es —escupió con voz llena de rencor—. Pero nos encargaremos que pague, ya verás.

―Dime entonces, cuándo y dónde debo presentarme. De cualquier forma comenzaré a hacer mis maletas, no tiene caso seguir en esa casa de locos. ¡¿Puedes creer que la vieja esa, está lista para celebrar su cumpleaños?! Toda la socialité de la ciudad está invitada…

―No me digas —comentó sin un ápice de gracia—. Espero que lo disfrute, porque será la última fiestecita que haga y seguro ya no aparecerá en la sección social del periódico sino en el policial… estoy esperando que llegue ese momento.

—Oye, ¿y es verdad lo de su empresa? Una de las muchachas del servicio lo leyó en el periódico, ¿la vieja está en la ruina?

—Su empresa quebró, Charles y está muy cerca de perderlo absolutamente todo. Ahora no tiene ni un tercio de todo el dinero que tuvo en el pasado.

—O sea que voy olvidándome de mi sueldo…

—No te preocupes por eso, mi amigo. No te faltará nada para vivir, y seguro Damian necesitará de tus servicios en su casa.

—Pero yo ya estoy para jubilar, Emmett…

—Como sea, no debes preocuparte. Lárgate cuanto antes de esa casa y espera mi llamado, ¿vale?

—Como digas… —dijo, extendiendo la mano hacia el joven Emmett, quien se la estrechó fuertemente— y dale saludos de mi parte a Edward. Dile que estaré encantado de patearle el culo a la vieja esa.

Emmett sonrió pues él y todo el resto de sus colegas también estaría encantado de hacerlo y disfrutarían del momento.

Las cosas sobre el esclarecimiento del asesinato de la hermana Gabriela iban viento en popa. La policía tomó la declaración de Damian, quien aseguró que ella había dado por hecho su participación en el asesinato y que de paso lo había amenazado a él y a su hija. Tomaron también declaración de Charles, el jardinero con quien Emmett habló días atrás, que fue lo que necesitaron para ir a la clínica y pedir informes médicos, citas con las enfermeras que estuvieron de turno en esos días, incluso las cámaras de seguridad con las grabaciones de esa semana fueron requisadas para la investigación.

Jacob, fue detrás del chofer a quien encontró en un pueblito lejano, prácticamente escondido, pues como aseveró el veterano jardinero, intuía que algo ocultaba Elizabeth Masen. Le pagó su silencio y lo mandó lejos para evitar que hablara, pero ella ciertamente no contaba con que su coartada sería echada a tierra.

Y mientras todos se movían por echarle una mano a la investigación policial, Edward se encontraba más deprimido que nunca en su apartamento, guardando reposo que el doctor Vulturi —su loquero— le había obligado a tomar. Habían sido cuatro días en estado vegetativo y sentía una mezcla de impotencia, dolor y vergüenza después de constatar los hechos que vinculaban a su abuela con el homicidio de una monja. El dolor era lógico por la pérdida de una persona a la que él quería mucho; impotencia porque mientras todo el mundo se estaba moviendo para poner pronto tras las rejas a la asesina, él estaba ahí, a cuerpo muerto, sin hacer nada. Y vergüenza… vergüenza porque por sus venas corría la misma sangre que la vieja desquiciada esa y le era inevitable pensar que sus genes y los de ella tenían mucho que ver.

Y Bella… Ella había estado cada momento desde su último episodio junto a él y le preocupaba su estado, pese a que el doctor Vulturi advirtió que Edward pasaba por un estado depresivo, pero que pese a todo estaba controlado, que simplemente ahora él estaba asumiendo los sentimientos que acarreaba enterarse de cosas como las que supo, desde la reaparición de su padre, pasando por la muerte de la monja, su sorpresiva e imprevista paternidad, el dolor de no recibir el perdón de su hermana Alice, y el odio que recaía sobre él cuando Elizabeth, su abuela, aparecía en acción. "Hay que dejarlo, sólo volverá a su estado habitual…"eso dijo Aro, pero Bella no estaba tranquila con eso. Quería ayudarlo y no sabía cómo hacerlo. Edward apenas le hablaba, apenas la miraba y se hundía en su retrospección y abstrayéndose de todo. Se entristecía, pues siempre recordaba que Edward aseguraba que era ella la que lo hacía olvidarse de todo alrededor, pero ahora, en ese momento, no era así. Ella, deseaba que su marido pudiera olvidar todo y seguir adelante, con ella y el pequeño que venía en camino. A veces se refugiaba en la sala, a oscuras, y lloraba pidiendo a Dios que le diera fuerzas mientras acariciaba su barriga que poco a poco iba haciéndose notar. "Tenemos que cuidar a papá, bebé" le decía al niño… o niña que acunaba en su vientre.

—Voy a traerte el desayuno—. Edward estaba acostado con su vista fija en la ventana, pensando en todo esto cuando su esposa apareció por la puerta.

—No tengo hambre —apenas susurró Edward, sin apartar la vista de la ventana. Bella tragó grueso y bajó la cabeza, poniendo las manos sobre su barriga, suspirando con pesar.

—Anoche no comiste nada, es imposible que no tengas hambre.

—Pues no la tengo.

Arrugó su entrecejo y sintió que la habitación se movía. La bilis subió hacia su garganta, por lo que tuvo que correr hacia el baño de la recamara e inclinarse sobre el váter. Los mareos y nauseas propios del embarazo, sumado a la preocupación por su marido, le estaban pasando la cuenta a su cuerpo, por eso cuando vació su estómago, bajó la tapa y afirmó su cabeza sobre esta, echándose a llorar, pues no sabía qué hacer. Ella se consideraba fuerte y optimista, pero a veces el peso de los hechos, eran más fuertes.

—Déjame ayudarte —la voz ronca de Edward se oyó por detrás, inclinándose y queriendo abarcar los hombros de su mujer, quien se sacudió evitando su toque. Se giró hacia él y secó con furia sus lágrimas. Bella estaba triste, cansada y enojada, y ese enojo fue el que afloró en ese momento.

— ¡Déjame! ¡No quiero tu ayuda! —gritó furiosa, dando Edward un paso atrás con sus cejas alzadas de la sorpresa. No esperaba esa reacción de Bella, quien continuó increpándolo, hincada aun sobre los azulejos del cuarto de baño—. ¡Así como tú rechazas mi ayuda, yo rechazo la tuya! ¿No es así como quieres hacer las cosas?

—No entiendes…

— ¡Pues lo entendería si hablaras conmigo! Pero no haces más que esconderte bajo tu caparazón… ¿Sabes? ¡Podrías decirme de una vez si te estorbo… si te estorbamos, para irnos de una vez de aquí…!

—No me dejes…

— ¡Tú eres el que me está dejando! —gritó.

Edward cerró sus ojos y se dejó caer de rodillas frente a ella, con su cabeza gacha, sacudiendo sus hombros. Estaba llorando. Ella tapó su boca y alcanzó el cuerpo de su marido, rodeándole los hombros. Esa era la primera reacción de Edward después de cuatro días en estado de mutismo. No le preguntó nada, sólo dejó que su hombre se desahogara hundiendo su rostro en su cuello durante mucho rato.

—Se nos van a acalambrar las piernas —susurró ella después que el llanto de su esposo se hubiera calmado. Entonces él en silencio se levantó con ella sobre sus brazos y caminó de regreso a la recamara, acostándola en la cama e instalándose él a su lado. Pasó sus brazos sobre sus hombros y besó repetidas veces el tope de su cabeza.

—Habla conmigo, Edward —se aventuró en decir ella, pasando sus brazos alrededor de la cintura de él, acercándose aún más a su cuerpo.

—No puedo creer que por mis venas corra la misma sangre que esa… mujer.

—Tú no eres como ella.

—Probablemente siento el mismo nivel de odio que ella y mis instintos oscuros… no sé.

—Tú no eres como ella, Edward —reiteró con vehemencia, poniendo énfasis en cada palabra. Él suspiró, pero no relajó sus músculos. Seguía en esa tensión constante que le provocaba todo aquello.

—Yo quería estar tranquilo contigo, con…con el niño, pero todo lo que hay alrededor de mí, es tan oscuro que… pensé que dejando la empresa podía estar en paz, creí que sentiría alivio cuando viera el imperio de esa mujer en el suelo, pero no siento eso. Y ahora, después de todo lo que me he enterado… escuché muchas cosas feas de esa vieja desde niño, ¿sabes? pensé que lo peor lo cometió con mi madre, pero… había mucho más. Quiero que pague por lo que hizo, que desaparezca de una vez…

—Pagará muy pronto, Edward. Tu padre, te ha mantenido al tanto de toda la investigación, y están muy prontos a obtener las pruebas que necesitan para meterla a la cárcel.

—No sé si eso sea suficiente…

— ¿Estás pensando en la muerte? Eso sería muy fácil, Edward, aunque vaya a caer derechito al infierno. Las deudas de la tierra las tiene que pagar en la tierra, eso al menos dice mi tía.

—Y las va a pagar.

—Lo hará —echó su cabeza hacia atrás y levantó su mentón con la idea de alcanzar la boca de su marido, la que estaba extrañando. Pero se detuvo de camino, removiéndose para que él la soltara.

— ¿Qué?

—Necesito lavarme los dientes —dijo, bajándose de la cama—. Tú debes quererme mucho para haber aguantado mi aliento —agregó corriendo hacia el baño. Él suspiró y se dejó caer de espaldas sobre la cama mientras su mujer se aseaba la boca. Lo que ella no sabía era que su esposo lo único que olía cuando ella estaba cerca, era su aroma a rosas, lo que evocaba en ese momento para relajarse de una vez. Por supuesto, sólo ella podía hacerlo salir de ese estado, y pese a que sus sentimientos de pesar seguían en él, podía estar tranquilo, pues cuando todo eso pasara, miraría hacia el lado y la vería a ella sonreírle. Era lo que necesitaba para aguantar hasta el final.

Se sentó entonces y saltó fuera de la cama, recordando que su mujer probablemente no había comido, cuestión por la que se culpaba, decidiendo ir hasta la cocina a encargarse de su desayuno.

—Alcánzame en la cocina, voy a preparar el desayuno —gritó, saliendo de la recamara.

Momentos después, cuando él estaba metiendo pan en la tostadora, apareció Bella rodeándole por detrás, aplastado su cara contra la ancha espalda sobre el algodón de la camiseta negra que cubría el torso de su esposo. Él, alzó la comisura de su labio y se giró, impulsando a su mujer desde sus nalgas, para que se colgara a él rodeándole el cuello con las manos y la cintura con sus piernas.

—Buenos días, demonio —dijo, y la besó como hacía días no lo hacía. Ella suspiró de placer y agradecía el reencuentro de sus bocas, que parecían tener vida propia, desesperadas por besarse.

—Buenos días, mi amor —respondió ella, cuando él se apartó. Ambos respiraban agitados y seguro de no detenerse, iban a ir de regreso a la recamara y no precisamente a dormir. Pero antes que eso sucediera, él interpuso el bienestar de Bella y el suyo propio, pues ninguno había comido y debían alimentarse para poner en marcha otras… actividades.

Ella con su sonrisa radiante, que en esos días se había visto opacada, reapareció con fuerza, encantada de haber ayudado a su marido a salir de su estado. De algo servía que ella se enojara, ¿verdad?

Después de un muy relajado desayuno como hace tiempo no lo tenían, el timbre de la puerta sonó, caminando Edward hasta allí mientras Bella dejaba los trastes sucios en el lavavajilla. Al abrir vio que el rostro de su padre se iluminaba al verle fuera de la cama y con mejor semblante que los días anteriores que había ido allí para verlo. Aferró la caja de regalo que tenía entre sus manos y le sonrió emocionado.

— ¡Ey, me alegra verte en pie! —lo saludó Damián, palmeando su hombro.

—Estoy mejor. ¿Qué es eso? —preguntó, indicando el regalo y los sobres en la mano del recién llegado. Él alzó las cejas y se las entregó a Edward.

—Es tu correspondencia. Se estaban acumulando allá abajo y el encargado me pidió que te las diera. Y esto, es un regalo que Beatriz envió para ti.

— ¿Un regalo para mí? —arrugó su frente, mientras caminaba hacia la sala, lanzando los sobres de correspondencia sobre la mesita de café, poniendo su atención en el regalo que su hermana pequeña, le había enviado. Sabia por Bella que todos los días llamaba preguntando por él y deseando que pudieran volver a pasar —al menos— un día juntos. Cuando descubrió la tapa de la caja plana, se encontró con la portada de un libro que como título decía: "La aventura de ser papa" con la caricatura de un hombre todo despeinado y desesperado, cargando a un niño que lloraba.

—Está encantada con la idea de ser tía. El domingo se quedó dormida transmitiendo sobre su sobrinito… te agradezco que le hubieras contado, la hizo sentir importante para ti.

—No fue nada —respondió Edward hojeando muy interesado el libro aquel. Bella apareció en ese momento, derecho a saludar a su suegro.

— ¿Qué es? —preguntó a su marido cuando lo vio concentrado.

—Un regalo que Beatriz me envió.

— ¿Esta es la correspondencia? —se inclinó hacia la mesa y tomó los sobres, pasando uno tras otro hasta que se detuvo en uno que le causó extrañeza, mientras Damian comentaba algo con Edward sobre la pequeña Beatriz. Abrió el sobre que en su frontis decía: "Señor Edward Masen y esposa" encontrando con algo que ella calificó como una broma de mal gusto.

"La señora Elizabeth Masen extiende la presente invitación para invitarlo a usted y esposa a la celebración de su cumpleaños, la que se realizará en su residencia, el día 8 de agosto…"

— ¿Bella?

— ¿Uhm?

—Damián te hizo una pregunta.

— ¿Qué? —Miró a Edward y a Damian, que al parecer estaba esperando la respuesta a la pregunta que ella no oyó—. Perdona, no te oí…

— ¿Qué estás leyendo?

—Esto…una broma de mal gusto…

Edward arrebató la carta que Bella intentó esconder bajo el resto de los sobres, y leyó frunciendo su entrecejo. Inspiró hondo e irritado la invitación que lo hizo querer lanzar improperios a diestra y siniestra.

— ¿De qué se trata, Edward?

—Elizabeth va a celebrar su cumpleaños y nos envió una invitación —contó, extendiéndole la tarjeta a su padre, quien negó mientras leía.

—Vieja desquiciada… ¿qué pretende?

—Pretende aparentar, qué más. Mejor dime, qué hay sobre la investigación respecto a ella.

—Bueno, llamarán a declarar al chofer que la acompañó ese día hasta el lugar. Jacob dio con él y juró colaborar. Además hay un jardinero que aseverará que la vieja no estuvo en la clínica los días que dice, además de los informes de la misma clínica y de enfermeras que estuvieron esos días… en resumen, ya tenemos pruebas concretas, digamos que echamos a tierra su coartada. Y ahora con esto de la fiesta, seguro ella no está enterada de nada, digo porque se nos pasó por la cabeza la idea que ella pudiera arrancar antes de poder agarrarla.

—Vieja estúpida

—Según el jefe de la policía a cargo de la investigación, en el transcurso de la semana se le hará llegar la notificación para declarar.

— ¿Y qué pasa si no va? —preguntó Bella, rascándose la cabeza.

—Estará obstruyendo una investigación que la inculpa directamente. Pueden ir incluso a su casa a detenerla si se comprueba fehacientemente que es ella la asesina.

— ¿Y el agente de la policía que estaba vinculado con ella?

—Lo trasladaron de distrito y está bajo investigación interna por la institución. Lo mismo que al director del hospital, que firmó el ingreso de Elizabeth, por falsificación.

—Bueno, pues… me alegro que por fin la hagan pagar por todo —comentó ella, tomando la tarjeta que Damian había dejado sobre la mesa—. Yo no sé qué pretende demostrar enviándonos esta invitación, si sabe que no iremos…

—Claro que iremos —dijo Edward, comenzando a trazar un plan rápido en su cabeza—. Por supuesto que iremos, no me perdería por nada esa fiestecita.

— ¡Qué dices, Edward! ¿En qué estás pensado?

—Ya verán.

Como Bella vaticinó, cuando la señora Elizabeth Masen recibió la notificación de la fiscalía, decidió hacerse la desentendida y dejar que su abogada —Rosalie Hale— se hiciera cargo de esa situación. Sin duda se puso en alerta, preparándolo todo para que después de la celebración de su cumpleaños partiera en un avión privado hacia un destino lejano, el que ella escondía bajo siete llaves. No podrían agarrarla, eso al menos pensaba ella.

Que Elizabeth hubiera decidido hacer aquel viaje, era perfecto para los planes de Edward. Ya que no se sentía conforme con haberle arrebatado su empresa, pues ella, seguía tan campante como si nada sucediera, intuía que esa sería como la guinda de la torta, que el disfrutaría con mucho gusto.

— ¡¿Estás seguro de lo que vas a hacer, Edward?! —le preguntó Emmett, que sería uno de sus principales cómplices. Iba a darle una lección a la vieja esa que le sería difícil olvidar.

— ¿A caso no quieres meterla a la cárcel? ¡Mató a la hermana Gabriela!

— ¡Claro que quiero, maldita sea! pero los policías lo harán de todos modos, en cuestión de horas…

—Oye, es Elizabeth Masen, ¿lo olvidas? Hay que hacerlo con estilo —dijo, anudándose a corbata de seda negra que había elegido para acompañar su traje con el que acudiría aquella misma tarde al cumpleaños de su abuela.

— ¿Y Bella?

—Le dije que no fuera, pero es terca. De todas formas prefiero tenerla a mi lado, estaré más tranquilo.

Bella había tratado de convencer a Edward de dejar aquella idea absurda de ir hasta la fiesta, pero él se negó rotundamente, advirtiéndole que era mejor que se quedara en casa mientras él finiquitaba el asunto con Elizabeth, pero como le comentó a Emmett, Bella se negó, advirtiendo que la invitación iba para ambos, por lo que si él iba, pues ella también lo haría.

—Espero que haya reporteros en la fiesta, Edward, porque será épico —asintió Emmett, imaginándose lo divertida que estaría la fiesta—. ¿Estás listo para el final, amigo?

—He esperado esto por mucho tiempo, Emmett. Así que, sí, estoy listo.

—Bien. Nos encontramos en la casa de la vieja en una hora. Yo pasaré por casa a ver a mi hija, a ducharme, ponerme lindo, ya sabes. Enseguida iré por el otro invitado… que espero esté listo.

—Lo está. Estará encantado de volver a ver a Elizabeth.

Cuando Emmett se fue del apartamento, Edward fue hasta el dormitorio principal, encontrándose a Bella sentada sobre la cama, cepillándose el cabello mientras miraba distraídamente.

— ¿No estás lista aún, demonio?

— ¿Eh? Sí… me pongo el vestido y ya está… —dijo ella, saliendo de su trance, con la intención de caminar hacia el closet y sacar su vestido, pero él la retuvo. Se sentó al filo del colchón y ubicó a su esposa sobre sus piernas.

—Hueles delicioso, demonio.

—Huelo igual que siempre.

—Delicioso —besó su cuello y ella soltó una carcajada por la cosquilla que le provocó—. Hay dos cosas que tengo que contarte.

— ¿Qué cosas? ¡Dime, qué es!

—Calma, demonio —con sus dedos estiró el entrecejo que se había arrugado en el hermoso rostro de su mujer, que estaba maquillado delicadamente para la fiesta—. No es nada malo. Lo primero es que mañana mismo, un corredor de propiedades nos estará esperando, porque quiere mostrarnos un par de casas.

El rostro de Bella se iluminó de sorpresa — ¡¿De verdad?!

—Claro que sí, además, tienes una semana para dejar todo en orden porque nos vamos de viaje de luna de miel.

— ¿De viaje? ¿De luna de miel?

—Es lo que dije.

— ¡¿Y a dónde?! ¡¿Cuándo?! ¡¿Por cuánto tiempo nos iremos?!

— ¡Oye, calma! El lugar es una sorpresa, nos iremos el próximo fin de semana, y al menos estaremos fuera de servicio por dos semanas.

— ¡Oh Dios! ¡Me encanta, me encanta! ¡Gracias, gracias, gracias! —besó todo el rostro de su marido en agradecimiento, feliz por las noticias que le estaba dando. Él sonrió y disfrutó de la efusividad de su mujer, que siempre lo llenaba de placer. Adoraba verla sonreír.

—Nos merecemos este viaje, nena, lo sé. Nos relajaremos y pensaremos en nosotros —se aventuró entonces a poner su mano sobre el vientre de su mujer, deseando ella al instante ponerse a llorar de la emoción.

—Seremos sólo nosotros —acotó ella, poniendo su mano sobre la de Edward que aun descansaba sobre su barriga.

—Sólo nosotros.

**OoO**

La alta alcurnia que rodeaba a Elizabeth Masen llegó aquel día a la fiesta de cumpleaños y probablemente más que por el hecho de celebrar junto a ella su cumpleaños cuyo número se mantenía en secreto, lo hacía más bien para enterarse de primea fuente sobre lo que los periódicos y las revistas de economía decían acerca de la quiebra que la empresa "Masen & Co" debió enfrentar.

Había perdido gran parte de su fortuna, que se había visto reducida a menos de un tercio, pero aun así, seguía perteneciendo a los estratos más aristocráticos de la sociedad. Lo importante, según su percepción, era seguir aparentando, manteniendo la calma, dando a entender que tenía reservas sobre las que descansar. De cualquier forma, montó toda una teleserie respecto a la ruina de su empresa, diciendo que Damián Brandon, metió sus sucias manos y quiso destruirla, malogrando su empresa, cuestión que según ella, él no consiguió. Toda la culpa residía sobre él; Damián era el verdugo y ella era la víctima, pero el destino ya se encargaría de hacer justicia, decía ella.

Ataviada de un traje largo, gris claro, lleno de pedrería con un discreto escote, luciendo una gargantilla de diamantes sobre su cuello, recibía en la entrada de la casa a cada uno de los invitados con dos besos, agradeciéndole su asistencia, y prometiéndoles que sería una noche inolvidable para todos.

Y claro que lo sería.

A los lejos, y mientras hablaba con una matrimonio amigo, Elizabeth divisó que por el camino de piedra se acercaba nada menos que su nieto Edward del brazo de su esposa. Inspiró profundamente y dejó que las personas que hablaban con ella siguieran su camino hacia el interior de la casa a la vez que Edward se acercaba donde ella estaba.

— ¡Pero qué linda sorpresa! —exclamó, poniendo teatralmente las manos sobre su pecho. Edward profirió un gruñido ronco cuando vio a la vieja acercarse primero a su mujer, y abrazarla, besando sus mejillas, desviando luego sus ojos hacia el vientre de su esposa, que iba cubierto discretamente con su vestido negro, muy simple, pero que la hacía verse estupenda, por supuesto, con su cabello suelto y brillante sobre su espalda.

— ¿Pensaste que nos perderíamos semejante evento? —preguntó Edward, ironizando, apartando a su mujer de las garras de la vieja, apretándola a su costado por la cintura. Sus músculos estaban tensos, aguantándose las ganas de gritarle allí todo lo que tenía atragantado en la garganta, pero debía contenerse. Debía dejar su de increparla para más adelante… o arruinaría la sorpresa.

— ¡Oh, Edward! Espero que no te moleste que no haya invitado a tu padre… —respondió a la ironía de su nieto con el mismo tinte en su voz, como burlándose de él. Edward simplemente, se tragó la respuesta que podría haberle dado, decidiendo seguir su camino hacia la casa—. ¡Por cierto, Isabella, te ves hermosa! Ni se te nota el embarazo.

—Gracias —apenas susurró ella, aferrándose a su marido. Estaba temblando, la idea de regresar a esa casa ahora no le parecía tan buena, no después de rememorar cómo había llegado hasta allí la última vez y cómo era que había tenido que arrancar de allí, como una ladrona.

—No nos quedaremos mucho rato, ¿verdad? Esta casa me da nauseas —comentó ella en el mismo momento que estuvieron fuera del alcance de la vieja, y mientras ella recibía a otros invitados.

— ¿Te sientes mal? ¡Te dije que no era necesario que vinieras! —le regañó él en voz baja, mientras besaba su sien.

—Ya hablamos… y estamos bien, pero no creo soportar ni siquiera hasta la cena…

—No lo haremos.

— ¿Me vas a decir qué pretendes?

—No quiero arruinarte la sorpresa, demonio mío. Pero tranquila, todo saldrá bien —aseguró, mirando su reloj de pulsera, encaminándose por los pasillos de la casa hacia el jardín, donde se desarrollaba la fiesta.

Había mucha gente pululando por todos lados, algunos de los cuales saludaron a Edward al pasar, respondiéndoles él apenas con un asentimiento de cabeza. Por más hermosa que fuera esa casa, por más gente ilustre que estuviera en ese momento allí, a él esa casa seguía pareciéndole un infierno, donde guardaba los peores de sus recuerdos.

Agarró una copa larga cuando un camarero pasó junto a él, volcando el contenido en su boca de una sola vez. Necesitaba alcohol para aguantar hasta el final. Estaba ansioso de que el momento finalmente llegara.

Después de al menos cuarenta minutos, Elizabeth se dignó a aparecer entre el gentío, en medio de aplausos, dirigiéndose hacia el sector donde una banda tocaba música orquestada. Edward supo que su momento había llegado. Mientras la vieja subía al escenario, él sacó su móvil y envió un mensaje a Emmett, indicándole que el show estaba por comenzar, recibiendo una respuesta al instante, donde le decía que los artistas invitados estaban listos para salir cuando él lo ordenara.

—Bueno… ¿me escuchan, verdad? —preguntó Elizabeth por el micrófono, recibiendo una respuesta a coro que confirma su pregunta. Cuando los murmullos se acallaron, y cuando estuvo segura que todo el mundo tenía una copa en su mano, comenzó con sus palabras de agradecimiento—. Quiero agradecerles que estén conmigo hoy, celebrando mi cumpleaños. Ahora que estoy pasando por momentos un poco complicados, me llena de dicha que ustedes, mis amigos, sigan estando a mi lado.

Un camarero se apresuró en subir hasta donde ella se encontraba, entregándole una copa de cristal con champaña importada, la que alzó con su rostro lleno de satisfacción, viendo como todo el mundo estaba allí con ella, y por ella.

—Quiero que hagamos un brindis por…

— ¡Un momento! —la voz de Edward retumbó entre el gentío, apartándose de Bella, que lo miró como si estuviera loco, no quedándole otra que soltar su mano cuando él se zafó de su agarre y caminó hacia el escenario. Los murmullos de los invitados se hicieron más altos y Elizabeth intentaba no demostrar el pánico que la invadió, tensando su sonrisa, obligándose a que no desapareciera de su rostro cuando lo vio acercarse a donde estaba ella. Discretamente la hizo a un lado y tomó lugar tras el micrófono.

—Creo que como heredero de Elizabeth, me toca hacer los honores del brindis, ¿no creen? —miró a la vieja a su lado con una sonrisa macabra. Ella tensó aún más su rostro e intentó empujar a Edward hacia atrás, como haciendo ver que no era necesario, pero en ese momento ni las fuerzas especiales sacarían a Edward de allí. No antes de hablar.

—Quiero que alcen sus copas, y me acompañen a brindar por esta mujer —la indicó con su mano, sin dirigirle la mirada—, que me sacó del orfanato cuando yo era pequeño, arruinándome la vida —cuando dijo eso, hubo un silencio que duró al menos dos segundos, seguido de murmullos para nada discreto de los asistentes. Elizabeth tenía los ojos abiertos, y miraba a los invitados con pavor, mientras Edward continuaba con su discurso—. Porque sepan ustedes que esta mujer a mi lado, fue capaz de apartarme de lo que más amaba. Fue además, capaz de meter a su propia hija al manicomio y dejar que muriera sin prestarle ayuda alguna. Clarisse era su nombre, seguro más de alguno la conoce y la recuerda.

— ¡Basta, Edward! —Elizabeth había perdido la compostura y jalaba a Edward por el brazo para sacarlo, pero nada que él cedía, ante la mirada impactada de sus invitados.

—¡Esta mujer a la que han venido a celebrar hoy, que se jacta de ser de alta alcurnia y regodearse con personas de la nobleza y que va cada domingo a misa a pedir piedad por los pecadores, fue capaz de apuntarle a una monja con un revólver y matarla a sangre fría! Y para esconder su culpa, fue capaz de acudir al tráfico de influencias en la policía de esta ciudad.

Los asistentes soltaron un jadeo colectivo y mascullaron entre ellos sobre lo que Edward estaba diciendo, mientras la cumpleañera ponía una mano sobre su frente, como si estuviera a punto de desmayarse, perdiendo los colores en su rostro.

— ¡Perdónenlo! Está drogado y ha bebido más de la cuenta… —gritaba ella, tratando de llamar la atención de los invitados, mientras alzaba las manos y trataba de apartar a Edward a la vez, pero ellos estaban más pendientes de lo que el nieto estaba hablando por el micrófono. Realmente era todo un espectáculo que pocas veces se daba en aquellos estratos sociales.

—Pero como hoy es su cumpleaños y esas cosas no me toca juzgarlas a mí, no he querido dejar la oportunidad para traerte un lindo regalo, abuela.

Esa fue la señal para que Emmett, —que se escabulló hasta allí— para ingresar a la fiesta, acompañado nada más y nada menos que por el buen Benjamin Town, que miraba hacia todos lados sin entender mucho lo que pasaba.

—Les presento a Benjamín Town —levantó Edward la mano hacia donde Emmett venía acercándose, dirigiéndose todas las miradas hacia donde él apuntaba—, esposo de Elizabeth, mi abuelo, quien hasta hace poco estuvo encerrado en un manicomio, como mi madre Clarisse, y quien no ha querido perderse esta oportunidad para saludar a su querida esposa.

El aire abandonó los pulmones de Elizabeth Masen, quien dejó caer su copa de champaña, tambaleándose hacia atrás, cubriéndose la boca con ambas manos. No podía negar ante los asistentes lo que Edward estaba diciendo, porque primero no le salían las palabras y segundo, más de un invitado allí era viejo conocido de la familia Masen y recordaba a Benjamin Town, quien se supone estaba muerto después de un trágico accidente, cuando su hija Clarisse aun era muy pequeña.

— ¡Lizzie, Lizzie, Lizzie! —comenzó a gritar Benjamín, alegremente, extendiendo sus manos hacia Elizabeth. El hombre no entendía muy bien lo que pasaba a su alrededor, sólo se sentía feliz por estar en un jardín tan lindo con tanta gente y reencontrarse con el único gran amor de su vida, su querida Lizzie, como él solía llamarla.

— ¡Sáquenlo de aquí, sáquenlo de aquí! —gritó Elizabeth a los hombres que se acercaron rápidamente hasta donde estaba Emmett con el invitado sorpresa, empujándoles hacia la salida sin muchas consideraciones, mientras el viejo Benjamin seguía gritando el nombre de su Lizzie. Habiendo perdido cualquier resquicio de compostura, olvidándose dónde estaba y la cantidad ojos que la miraban, se acercó hasta Edward, propinándole una dura cachetada en su rostro, agarrándole enseguida por las solapas de su traje. Su rostro estaba rojo de ira, y su pecho subía y bajaba pesado producto del mal rato que acababa de pasar, mientras que Edward sonreía con ironía, satisfecho consigo mismo.

—Voy a encargarme de hacerte la vida imposible, me encargaré de meterte en el manicomio donde estuvo tu madre y me iré lejos, me llevaré a tu hijo y…

—Elizabeth, no harás tal cosa.

Y en ese momento, el siguiente grupo de invitados sorpresa, ingresaba a la fiesta que en ese momento era un completo revuelo, todos murmurando y comentando lo que acababa de pasar, delineando todas las teorías. Los 4 hombres vestidos de negro, con sus gorras y la insignia característica del caminaba a paso firme hacia donde la mujer se encontraba, sujetando a su nieto con odio, lanzándole amenazas.

Elizabeth desvió sus ojos hacia donde Edward miraba con diversión, soltándolo enseguida cuando vio de quien se trataba, intentando salir de allí. Pero no le fue posible, ya que su nieto la agarró del brazo, apretándole fuertemente.

— ¿Señora Elizabeth Masen? —Preguntó el jefe a cargo de la operación—. Es usted, ¿verdad?

—¡Quienes son ustedes, qué hacen en mi casa!

—Señora Elizabeth, usted está acusada del asesinato de la ciudadana Gabriela Fly, por lo tanto desde este momento queda usted detenida, a la espera de ser juzgada e imputada por este delito. Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga puede ser usado en su contra en el tribunal. Tiene derecho a realizar una llamada y a un abogado que la defienda, en el caso de no tenerlo, el estado le asignará uno de forma gratuita.

— ¡No! ¡Es un error! ¡Yo no hice nada, yo no hice nada! —Gritaba mientras otro de los oficiales ponía sobre sus muñecas las esposas y la flanqueaban para salir de allí hasta las afueras, donde dos carros policiales la esperaban—. ¡Ellos me odian, por eso me están culpando! ¡Suéltenme!

Así se fue gritando Elizabeth mientras iba siendo sacada de su propia casa frente a los ojos asombrados de al menos un centenar de gente. Edward, que no se había movido de ese lugar, observó fijamente la escena, dejando escapar el aire de sus pulmones. Se aflojó la corbata y acabó de beber el champaña de un tirón, desviando su vista hacia el lugar donde había dejado a su mujer… y su pánico se disparó cuando no la encontró. Saltó del proscenio y corrió hasta allí, viendo la silla vacía donde ella había estado sentada.

— ¡¿Bella?! —Gritó, mirando hacia todos lados—. ¡¿Bella?!

— ¡Ey, cálmate! —La voz femenina de Rosalie Hale lo sorprendió por la espalda—. Salió con Emmett, no aguantó más…

— ¡Joder!

— ¿Y qué va a pasar con los invitados y todo esto…?

— ¡Me vale lo que pase! Salgamos de aquí.

Y ambos corrieron hacia la salida, corriendo derecho hasta el coche de Emmett, donde Edward a lo lejos vio a su esposa sentada en el asiento del acompañante, con la puerta abierta, como necesitando de todo el aire necesario para respirar. Cuando ella lo divisó, saltó fuera del vehículo corriendo hacia él y llegando a refugiarse en sus brazos.

— ¡Dios, Edward…!

—Ya acabó, nena. Se acabó.

Bella tomó el rostro de su marido entre sus manos y se concentró en mirarle y ver cualquier atisbo de odio, furia, rabia o lo que fuera que lo hiciera estallar, pero contrario a eso, halló en sus ojos brillantes un halo de calma, que la calmó también a ella. Suspiró y volvió a apretarse al torso de su marido, descansando en él.

— ¿Y Benjamín?

—Está en el coche, parece que no entiende nada.

—Vámonos, regresémoslo al hogar para que descanse.

Al otro lado del vehículo, Rose se abrazaba a Emmett con igual fuerza, pero este con su rostro escondido en el cuello de su mujer, lloraba porque finalmente se haría justicia con la muerte de la monja a quien él quería como una madre, y juró por su vida, que se encargaría de refundir a la vieja en una fea y fría celda de la cárcel, sin beneficios, hasta que la muerte la encontrara allí.


¡Joder! El ogro haciendo las cosas muy a su estilo, no creen? ¿Pero será el final de la vieja Elizabeth?

Ay mis niñas, dos capítulos y le decimos chao a este ogro, a quien hemos odiado y amado, ¿verdad? Estoy muy contenta por el cariño que le han profesado a él y a los suyos, y de pasaditas a mi, que me siento llena de cariño y agradecimiento hacia ustedes. No saben cuanto las quiero.

A mi super equipo en quien me apoyo, Maritza Mx en la edición, Gaby Madriz la voz de mi conciencia, y miss Manu de Marte en las alertas de adelanto que entrega en el grupo de facebook, donde todas son bienvenidas para que pasen y comenten. =)

¿Nos reencontramos las próxima semana?

LAS QUIERO DE AQUÍ A LA LUNA, IDA Y VUELTA DIEZ VECES

;-)

Cata!