Disclaimer: Frozen es de Disney y sus asociados.
Gracias a A Frozen Fan, erika maria, y DaniiVongola (Bienvenida!, espero que te guste este capítulo)por sus reviews en el capítulo anterior.
37.
Los herreros entraron en tropel en Inverlandia, conscientes que se jugaban algo más importante que su vida. En esa batalla se decidía su libertad, su futuro, el futuro de sus mujeres…
En medio de la confusión que provocó su entrada, lograron decapitar a dos mujeres, antes que las brujas de hielo respondieran al ataque.
La batalla estaba lejos de perfilar un vencedor.
Freya estaba enojada, muy enojada. Aquello era un desastre. Los herreros no tenían por qué haber entrado. En primer lugar, ni siquiera deberían atacarlas. No eran más que un grupo de simples mortales que creían que podían ganar una guerra contra ellas. Sucios rufianes, ella les enseñaría quién mandaba.
Freya levantó sus manos. Las catapultas restantes se elevaron por los aires. Luego ella las dejó caer, causando un gran estrépito entre los herreros.
Herb masculló una maldición cuando las catapultas fueron destrozadas por aquella bruja de hielo. Oh, como le gustaría enfrentarse él mismo con la Reina de las Nieves.
Pero no podía. El dolor del brazo era insoportable.
—No me falles, Rudolph.
Rudolph, su cuñado, un hombre verdaderamente temible, asintió con la cabeza. Herb sabía que podía confiar en su capacidad.
Cuando las puertas cayeron, Elsa buscó al culpable. ¿Quién podría haberlo hecho? ¿Una de las mujeres? No, no podía ser. Elsa se resistía a creerlo, porque lo poco que había visto de Inverlandia, le había enseñado que era un reino unido, feliz, todas juntas por el bienestar común. No podía haber una traidora. ¿Entonces quién…?
No tuvo, sin embargo, tiempo de encontrar al responsable. Un herrero se puso en frente de ella, con su mirada feroz y una poderosa mandarria en sus manos. La empezó a atacar con todo lo que tenía, obligándola a responder aquellos golpes. Elsa se defendió con rayos de hielo, repentinamente asustada por su vida.
—¡No ganaran!—gritó el hombre, asestando nuevos golpes con su poderosa arma —. ¡No volverán a secuestrar a nuestras mujeres!
—¡Nosotras no secuestramos a nadie!
Pero el herrero no lo escuchaba. Estaba más allá del razonamiento, loco por el dolor y la ira, el hombre sólo pensaba en destrozar a todas las mujeres de Inverlandia que pudiera. Si después lo mataban a él, no importaba, al menos se sentiría satisfecho de haberles dado muerte antes de perecer en la tumba.
—¡Secuestraron a mi Anna! ¡Se la llevaron y jamás la volví a ver! ¡Pagarán por ello!
Elsa se agachó para esquivar la mandarria del herrero. Quería correr. Quería huir… Ya no le importaba demostrarle a las mujeres de Inverlandia que ella pertenecía a ese lugar. Ahora todo se trataba de salvar su vida. Por Odín, que no quería morir. No quería…
Unas palabras penetraron la nebulosa de miedo que se había concentrado en su cabeza.
—¿Anna?— preguntó la rubia, sin saber porque ese nombre sonaba tan familiar, tan lleno de recuerdos… —. ¿Dijiste Anna?
Pero el hombre no la escuchó. Elsa tomó las manos del herrero, sólo con el propósito de hacerle reaccionar.
El herrero gritó y trató de zafarse, pero sólo logró perder su arma. Ahora estaba indefenso, en manos de una bruja de hielo. Gritó de rabia. No le importaba. La mataría. La mataría con sus propias manos. Era lo suficientemente fuerte para hacerlo. Sólo tenía que tomar el delicado cuello y…
¡Zas!
Sintió el golpe de una espada cayendo sobre su cabeza. Se giró como un animal herido a punto de ser asesinado. Mataría a la que estuviera detrás, y luego mataría a la bruja de hielo con quien había luchado primeramente. Sólo sería un alto en el camino.
—¿Tú…?
Quien lo había golpeado no era otro que un hombre. Un hombre pelirrojo, que estaba sucio de inmundicias y sangre, y que vestía uno de esas ropas que uno usa en prisión.
—Sí, yo. Esta mujer ya está ocupada, búscate a otra.
Aquello era tan absurdo que el herrero sintió ganas de reírse. En primera, no conocía a ese tipo. Y en segunda, él sólo seguía órdenes de Herb, su cuñado, no de un principito de quinta que había llegado como si tal cosa, a interrumpir su propia batalla.
—¿Pero quién te crees que eres?
—Alguien que tiene cuentas pendientes con ella… — Hans se atrevió a mirar a Elsa, sin perder de vista la temible figura del herrero — Hola, su alteza. ¿Cómo está todo?
Elsa no respondió. No podía haberlo hecho. Había enmudecido repentinamente.
—¡El que se va a buscar otra serás tú! —gruñó el herrero, yéndose sobre el pelirrojo.
Hans esquivó aquel corpachón, y asestó un mandoble en la espalda del hombre. El herrero se dobló de dolor, y Hans aprovechó la circunstancia.
Elsa no podía dejar de observar el combate que se cocía a sólo centímetros de ella. Aquello era un duelo en toda regla, con enemigos formidables, que estaban a la par. Qué hermosa era la danza de sus movimientos, las armas que cortaban el viento, que parecían silbar antes de golpear.
Elsa se sentía hipnotizada, encandilada por la luz del sol que arrancaba destellos al cabello de Hans, lo que le daba un aspecto irreal y glorioso. El pelirrojo era algo más que una cara bonita. Era un príncipe, ahora Elsa no albergaba dudas sobre ello. Era el príncipe más atractivo que había visto.
Y temía por él. Hans tenía una espada de hielo con la que se defendía muy bien, pero aquel herrero tenía su propio odio y sus propios rencores, era una masa de músculos, y Hans parecía estar en clara desventaja.
¿Era inconcebible que quisiera que Hans le ganara al herrero?
No seas tonta, Elsa, ahora que puedes, sal de aquí. ¡Vete antes de que ellos descubran tu presencia!
¿Pero a dónde iría? Por todos lados veía escenas de combate. Su tía Freya peleaba con dos herreros a la vez y no parecía necesitar ayuda, ella solita se bastaba para hacerles frente a aquellos imbéciles. ¿Por qué ella no podía hacer lo mismo?
Porque no eres de sangre fría como ella. Porque todavía tienes una humanidad y unos valores que no te permiten asesinar sin más.
Hans se lo estaba pasando en grande. No importaba que estuviera en medio de una batalla que no era suya. Que únicamente tuviera una espada para defenderse. Y que su enemigo fuera tres veces más grande que él. Hans estaba descargando toda su furia. Todas las humillaciones pasadas en ese calabozo. Se estaba vengando de todos aquellos que lo habían creído un débil, un estúpido… Que probaran ahora manipularlo, que nada más se atrevieran a hacerlo, se iban a llevar una buena sorpresa.
—¿Qué asunto puedes tener con esa bruja de hielo que no puede ser resuelto con otra? ¡Mi batalla no es contigo!
—Lo siento, hombre, pero te metiste con la chica de la que me he querido vengar por años. ¡No puedo dejar que salgas ileso!
El herrero gritó y se lanzó nuevamente contra Hans. El pelirrojo perdió el equilibrio. Esquivó primeramente un golpe de mandarria. Y luego otro, y otro… Desde el suelo era más complicado defenderse, pero no imposible.
—¡Se llevaron a mi Anna! ¡A mi esposa! ¡Cualquier asunto que tengas con esa bruja no puede compararse con mi pérdida!
—¡Te equivocas! Ella es la responsable de mi desgracia. Ella es la culpable de todo. Lamento mucho tu perdida, pero es mi honor el que está en juego, ¡y ese me importa mucho más que una mujer que no conocí jamás!
—¡Miserable canalla! ¡Yo te voy a enseñar lo que vale para mí tu honor!
Hans gruñó y se lanzó contra el herrero. Él no era ningún canalla y no permitiría que nadie lo llamara de esa forma.
Elsa no aguantó más. Tenía que hacer algo. No podía quedarse de brazos cruzados mientras aquellos dos hombres peleaban a muerte.
—¡Basta!—gritó, y acompañó esa única palabra con un casquete de hielo que hizo aparecer entre ambos combatientes —. No tengo ni idea de quién es Anna, y estoy bien segura que yo no tuve nada que ver con eso…
El herrero no le respondió. Sentía tanta rabia. Había estado tan cerca. Tan cerca… Y ahora un pelirrojo imbécil le iba a robar su venganza. Pero esto no se quedaría así. El hielo no lo detendría, y cuando lograra soltarse, entonces atacaría al principito.
—Puesto que parece que tiene algo personal contra mí, Hans… Voy a encargarme de ello. Su lucha es conmigo.
Hans esbozó esa sonrisa torcida que tanto lo caracterizaba y fue al encuentro de Elsa.
—Al fin, su alteza — le dijo cuando estaban frente a frente —. Al fin tendremos una verdadera pelea. Esta vez sin su hermana en medio.
—¿Mi hermana?
—Ajá.
Hans creyó ver un atisbo de duda en aquellos ojos azules, pero pasó tan rápido que decidió que lo había imaginado. Elsa se mostraba fría, inexpresiva, muy diferente a la Elsa apasionada y llena de vida que él conocía.
Un rayo de hielo salió velozmente en su dirección. Hans lo esquivó alzando la espada.
—Yo no tengo hermanas.
Hans lanzó una carcajada —. Eso díselo a Anna. No a mí.
Y empezó la batalla entre ambos. Con hielo yendo y viniendo. Con mandobles de espada esquivando los rayos. Cuando Hans descubrió que según que fuerza utilizara para escudarse de los rayos de hielo, podía empujarlos de vuelta a Elsa, usó eso a su favor para obligar a la rubia a retroceder hacia la pared.
—Así debió ser hace cinco años, ¿no, su alteza? Pero su hermana se metió en medio… una lástima…
A Hans sólo le interesaba hacer hablar a Elsa, que no se diera cuenta que la estaba llevando a dónde quería.
—¿Quieres hacer el favor de luchar y callarte?
—Qué fría… ¿Estás segura que eres la misma Elsa?—se burló el pelirrojo, esquivando un rayo verdaderamente peligroso.
—Estoy segura que eres Elsa… ¿Y tú estás seguro que quieres seguir jugando a que me conoces?
Hans lanzó una carcajada.
—No tengo que jugar a nada. Yo te conozco.
—Tú no sabes nada de mí, Hans—masculló Elsa, lanzando lejos un proyectil de hielo.
¿Por qué no se callaba?, se preguntó. ¿Por qué con el pelirrojo todo parecía un juego? Nada más que un ajuste de cuentas, no verdadera lucha a muerte. Como si él buscara que ella también se defendiera. O quizás es que Hans no quería ganar fácilmente. Sea la razón que sea, la estaba poniendo de los nervios. Hans era un combatiente duro, que la obligaba a atacar, a defenderse, y a formular respuestas ingeniosas, todo al mismo tiempo.
—Se equivoca, alteza. Yo conozco todo sobre ti. Te conozco mejor de lo que tú te conoces, ¿sabes?
—No es cierto. ¡No es cierto!
Hans una carcajada cruel.
—Sí, que lo es. A ver, ponme a prueba.
Elsa le dedicó un pensamiento a la situación tan absurda que estaban viviendo. Estaban en medio de una batalla, por Merlín, pero aquel pelirrojo tenía ganas de hablar.
—¿Qué edad tiene mi hermana?
—Veinticuatro años. Está casa con un rubio que es un idiota, y a estas alturas si no me equivoco debería tener un hijo. Así que ea, otra cosa que sé de ti, eres ahora tía.
Aquellas palabras provocaron un aluvión de imágenes en su cabeza. Una niña de trenzas pelirrojas buscándola para jugar… Un accidente… Un mechón blanco… Una discusión en un salón de trono… Su cara de miedo mezclada con un profundo amor…
Elsa sacudió la cabeza para alejar esas imágenes.
—¡Estás loco! Yo no tengo hermanas. Y aunque las tuviera, ¿a ti qué rayos te importa?—masculló, lanzando un casquete de hielo contra el pelirrojo con todas sus fuerzas.
Hans esquivó aquel nuevo proyectil y contraatacó:
—¿A mí qué rayos me importa?
—¡Sí! Jamás te he visto. Sólo ayer por la noche… ¡Pero no te conozco! ¡No sé quién eres! ¡Y tú actúas como si me conocieras de toda la vida! ¡Ya deja de fingir!
—¡La que finge es usted, alteza! ¡No yo! ¡Yo sé perfectamente quién soy, usted es la que parece haberse olvidado de su pasado!
Por fin, se dijo Rudolph, por fin estaba libre del hielo.
Tomó su mandarria y empezó a acercarse a donde el pelirrojo y esa bruja de hielo, estaban luchando. En el camino, se llevó por delante a todas las mujeres con las que se topaba.
No quedaría ninguna viva.
Al verse acorralada, Elsa trató de buscar salidas, pero no había ninguna. La guerra se desarrollaba a su alrededor. Había cuerpos decapitados, estatuas de hielo, sangre y ciertas partes del cuerpo humano que Elsa podría haber vivido sin verlas. Contuvo las ganas de vomitar y miró directamente a Hans.
—¿Y qué espera, principito? ¿Mi permiso? ¡Termine con esto de una buena vez!
Termine con esto de una buena vez… Sí, eso es exactamente lo que debía hacer. Aquí se acababa todo. Recuperaría su honor. Elsa de Arendelle desaparecería de la faz de la tierra…
¿Por qué eso no le gustaba? ¿Por qué esa posibilidad le dejaba con un mal sabor en la boca?
Porque la amas. Porque no has dejado de amarla. Porque para dejar de amar a Elsa tendría que arrancarte el corazón.
—¿Por qué me odias?
—¿Odiarte?
—Ya sé que hice mal. Te juro que si pudiera cambiar ese hecho del pasado, lo haría. Pero no puedo. No puedo, y lo lamento.
Elsa no entendía nada. Hace segundos ese pelirrojo quería matarla, realmente quería hacerlo. Ella había visto su odio y había temido por su hija. Pero ahora él se disculpaba. ¿Por qué? ¿Y por qué todo su ser parecía aceptar esa disculpa? ¿Cómo si fuera correcto…?
—No sé de qué me hablas…
—¡Ya deja de fingir, Elsa! Ódiame, lastímame, véngate por todo lo que hice… ¡Sólo deja de fingir que no es importante!
Elsa iba a contestarle que no entendía nada, que él se había vuelto loco, que quizás estaba confundiéndola con otras personas. Pero esas palabras enmudecieron en su garganta al ver al herrero con el que había estado luchando. El hombre estaba detrás de Hans, a punto de asestarle con su mandarria.
Elsa gritó y le lanzó un rayo al herrero. El hombre lo esquivó, pero no pudo escapar del golpe que le dio Hans, que hizo que su cabeza rodara por el suelo.
Hans se volvió hacia ella.
—Me salvaste…
Elsa se dijo que sí, que lo había hecho.
—No sé por qué…
—¿En serio no me recuerdas, verdad?
—No—susurró Elsa —. Lo siento.
Aquello era sorprendente, se dijo Hans. ¡Elsa no lo recordaba! ¡No sabía quién era! Y tampoco parecía saber de Anna, es más, no la recordaba. La nueva situación tenía muchas posibilidades. Podía comenzar desde cero con Elsa. Un nuevo inicio. Llevársela lejos de Inverlandia y de Arendelle, y comenzar una vida nueva, juntos los dos, como debía ser.
—Está bien, no hay problema.
¿Cómo convencería a Elsa? ¿Cómo la convencería de seguirlo? Era un perfecto extraño para ella. Y Elsa no era de las que confiaba en los desconocidos. Pero él lo intentaría. Tenía que hacerlo, se lo debía a los dos.
¡Zas!
Hans cayó de rodillas. Y al girarse, vio la figura hermosamente terrible de Freya de Inverlandia.
—Buen trabajo, Elsa.
Hans supo que estaba perdido.
Notas de la autora:
¡No me maten por dejarlo así! Todavía queda mucho helsa por delante. No desesperen.
Hasta el próximo capítulo!
