Disclaimer: Propiedad de M. Kishimoto
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Ayudadas por el aburrimiento que padecían los guardias, las tácticas de Ino resultaron efectivas a la hora de burlar la vigilancia. Casi sin quererlo se encontraron en el interior de la villa bajo las amenazantes sombras de los edificios.
La aldea se les antojaba ahora, distante y extraña, como si el escaso mes que habían pasado fuera les convirtiese en extranjeros de su propia tierra. Porque el aire no les olía igual, la luz era distinta y ni tan siquiera sus pasos eran los mismos. Pero es que tampoco ellos eran ellos mismos.
—Shikamaru... ¿a dónde...?
—Quería pasarme antes por... por casa – aclaró —. Bueno, ya sabéis... Será mejor que os vayáis ya... Será... Será mucho más sencillo así.
Se sentía cada vez más estúpido e irracional a medida que hablaba y estaba más nervioso mientras el grupo intercambiaba miradas de duda, mientras en silencio se daban la vuelta y comenzaban a alejarse. Se perdían sus pasos, se fundían en la oscuridad.
La última en hacerlo fue Ino. Si no se despedían ya, si no echaba a correr inmediatamente, la adrenalina y el instinto de supervivencia tomarían el control y huiría lo más lejos posible.
Pero ninguno de los dos se movió. Sus pasos, silenciados, ni siquiera existían. Los pies no se levantaban del suelo, fijados en él. Ni sus ojos se borraban de los propios.
Se acercó a su figura respondiendo a un impulso superior. Algo lo forzaba a aproximarse hasta que sus cuerpos se borraron. Protegía las manos, fuertemente apretadas, dentro de los bolsillos. Mantenía la cabeza ligeramente alzada, pero no despegaba su vista de ella mientras caminaba. El eco de sus pasos retumbaba atronador entre los edificios y dentro de él, estaba seguro de que cientos de sombras los veían, los oían respirar.
Frente contra frente, rozó su mejilla con su mano con la misma delicadeza con la que ella le enseño como tocar las flores con suavidad, con fragilidad y respeto. Su piel estaba caliente y seca, distinta a como siempre la imaginó y supo que todo era culpa suya. Y eso lo convenció un poco más. Observó sus párpados cerrados, cada una de sus pestañas moviéndose de manera imperceptible cuando la tocó.
—Tienes que entenderlo.
Se acercó sin que ella abriese los ojos y, lo más dulce que pudo, depositó un suave e inocente beso en labios que no le pertenecían a ella, ni a él, ni tan siquiera al mundo. Quería robarle toda la angustia, que ella le despojara de todo su miedo. Y que ambos se quedaran flotando en medio, sin afectarles a ninguno, sin pertenecerles a ninguno.
Pero lo único que consiguió fue que a su creciente miedo se sumara un irracional deseo de vivir.
Se separó y la observó solo un instante antes de voltearse y encaminarse hacia su casa. No llegó a ver la lágrima que resbaló por su piel para precipitarse al vacío.
Raspó la cerradura de la puerta con la llave varias veces sin acertar, hasta que se le escurrieron de la mano. El sonido metálico que produjeron no alteraron la quietud de la casa. Se agachó con un suspiro y las recogió del suelo. Abrió la puerta y con el corazón latiendo incómodamente en la punta de la lengua reconoció una familiar penumbra.
Tenía pánico a que con su presencia profanase el intimo ambiente (que tan sagrado le parecía) que lo acogía, no como a un extraño, si no como al hijo pródigo en que se había convertido. Y con ese terror se atrevió a dar un paso más.
La puerta cerrada a su espalda eliminaba cualquier posibilidad de huida. Se recostó contra ella, los ojos cerrados. El cuerpo vacío y el alma llena.
Respiró lo más profundo que le permitían sus endurecidos pulmones, inundándolos con el olor del curry frío. Lo sentía como un manto protector que lo rodeaba, lo abrazaba y que lo repetía una y otra vez hasta rozar la obsesión que aún era libre.
Un solo vistazo le llegó para saber que las cosas habían cambiado. Las habitaciones se presentaban desordenadas, libres del escrupuloso orden propio de su madre. Sonrió con tristeza mientras recolocaba los cojines y su piel rozaba la suave tela. Se dejó guiar por una mano invisible hasta la cocina donde devoró la ración de arroz con curry que quedaba. Cada bocado le abría un mundo de recuerdos de olores y sensaciones, lo transportaba entre su infancia y su adolescencia, lo llevaba hasta los fogones de la casa de su abuela y lo traían de vuelta. Y su alma se revolvía alegre sabiéndose de nuevo en casa.
Tras cenar, limpió – todavía sonriendo – la cocina que tan desastroso aspecto mostraba antes. Al terminar, subió al piso superior tocándolo todo, recordando momentos sin importancia a través de las huellas dactilares. Llegó a su habitación. Normalmente su madre lo habría recogido para luego echarle en cara el trabajo extra que le daba. Pero esta vez no. Su cama estaba deshecha, las sabanas enrolladas al final, con la intención de que mantuvieran fresca su presencia. Mientras ordenaba la estancia sentía que esta desaparecía un poco más.
Tenía que luchar con el impulso que emanaba de cada célula de su cuerpo y lo forzaba a tirarse sobre la cama, cubrirse con sus mantas y dormir hasta más allá del despuntar del día. Pero no podía. No había vuelto porque echase de menos su cama. Todavía le quedaba algo por hacer.
Ordenada su habitación, se dirigió, con el corazón detenido a la otra punta de la casa. Abrió la puerta suavemente maldiciendo el leve chirrío que produjeron los goznes.
Un minúsculo haz de luz iluminó el interior del dormitorio sin que la claridad pudiese despertarla. Se adentró y se sentó en una butaca desde donde la observó descansar.
Notaba un peso en el pecho, que no supo identificar, al verla allí acostada, encogida sobre sí misma, bajo el pesado manto. Parecía más pálida de lo normal y su pelo lucía un poco menos brillante. No era ni la sombra de la mujer que lo crió.
Siempre la recordó como una mujer estricta y severa pero maternalmente protectora. Siempre que se caía, ella lo levantaba. Siempre que tenía una pesadilla, se refugiaba en sus brazos, pero esta vez era diferente.
Era él quien quería protegerla, tumbarse a su lado, refugiarse en su pecho y despertarla con un sonoro beso en la mejilla, como siempre hacía el día de su cumpleaños. Asegurarle que ya estaba aquí, prometerle que ya nunca se iría. Volver a ser su niño y no crecer nunca. Aunque eso le acarrease unas cuantas regañinas de más.
Pero no se atrevía a moverse, a mancillarla rompiendo la distancia que los separaba.
Oía su respiración lejana y lo calmaba como el sonido del oleaje calma a la playa. Aligeraba la pesadez del alma, el dolor de su corazón, la asfixia de su cerebro. Secaba las lágrimas amargas que todavía no habían llegado a nacer.
La puerta se abrió y un rayo de luz proveniente del pasillo inundó la habitación. No le hizo falta mirar para saber quien era.
—Creo que me he comido tu cena – saludó lo más animadamente que pudo. En silencio, el jounin cerró la puerta a su espalda para que la claridad no la despertase. Se deslizó hasta la pared donde se dejo caer hasta el suelo. La desesperación bloqueaba cualquier movimiento.
—Es demasiado pronto...
—O lo hago esta noche o... no lo haré nunca.
—No lo hagas.
—No quiero discutir, oyabe. Esta noche, no.
Hablaba tranquilo y sereno, casi aburrido, con la sangre helada por un sentimiento mal encaminado, como si de verdad creyese que iba a haber un mañana. La respiración femenina era el nexo que las unía a ambos, la cadena que les impedía morir.
—No lo soportará – no quería admitir ante si mismo que tampoco él lo haría.
—Es fuerte... No le digas que he estado aquí.
Toda la presión del universo sobre su cuerpo, todo el aire de la atmósfera aplastando sus órganos. Se acercó hasta que pudo admirar su belleza enferma pero por más que la buscaba no encontraba la sonrisa que enamoró a su padre y que él nunca supo ver. Sentía sobre si la desesperada mirada de su padre. Él entendía pero se negaba a comprender.
Intentó decir algo, pero cerró la boca sin pronunciar palabra. No podía despedirse, comportarse como si ese fuera el último día de su vida. Por ello, pasó a su lado sin mirarlo, sin derrumbarse. Quería salir corriendo en cuanto desapareciese de su vista, pero su sombra y su cuerpo estaban presos.
—Asuma está abajo. Si tú quieres, no te verá. Nadie lo hará. Falta poco para el amanecer... pero hay tiempo – su voz sonaba grave y apagada, muriendo a los pocos segundos de nacer, entrecortada por algo que le superaba —. Todavía puedes...
—¿Huir? No, oyabe. No huiré. Así que, por favor... – suplicó teñidas sus palabras por el miedo y la angustia – No hagas esto. No lo hagas más problemático.
La sombra que lo apresaba, tembló un instante antes de desaparecer por completo, más por falta de fuerzas que por voluntad de ejecutante. El hombre ocultó el rostro entre sus brazos, como días atrás había hecho su hijo. Era un niño desprotegido cuando lo oyó bajar las escaleras. Era un niño abandonado cuando lo oyó salir de casa.
El ruido de la puerta o quizás el cambio del ambiente cada vez más pesado, provocaron que ella despertase. Se incorporó y lo buscó desesperada. "No puede ser un sueño" se repetía. "Otra vez no". El ver a su marido, encogido en el suelo se lo confirmó y el universo que la aprisionaba terminó por venirse abajo.
—¡Shikamaru! – susurrar el nombre de su hijo hasta ese entonces había sido tabú en esa casa pero ahora sonaba a música, a alegría y a risas. Corrió hacia la puerta, pero la grave voz de su marido, rota por el adiós, hendió el aire.
—Yoshino, él... él ya se ha ido.
Nunca el respirar le había resultado tan doloroso, ni las lágrimas escocieron tanto sin necesidad de llegar a nacer. Se abalanzó contra la barandilla de la terraza, buscándolo en las desiertas calles. No le importó el dolor en las costillas ni que la fina lluvia que empezaba a caer empapase su ropa; el dolor la abrasaba. Lo vio a lo lejos, mucho más pequeño de lo que en verdad era. Alejándose de la vida, de su regazo, de su protección.
Quiso gritar pero su voz no se oía. Quiso llorar pero no tenía lágrimas. Quiso correr pero sus piernas no respondían.
Cayo hasta el suelo, con las manos aferradas a la baranda y la frente apoyada con el metal. Sin respirar, sin vivir, sin sentir.
—¿Por qué? – preguntó destrozada con una voz ajena.
—Yoshino...
—¿Por qué lo has permitido? ¿Por qué le has dejado irse?
—Era su decisión... yo no podía impedírselo – se arrodilló a su lado e intentó abrazarla pero ella se resistió.
—Es tu hijo... ¡Es tu hijo! ¡Es tu hijo! – Shikaku cerró los ojos y se mordió el labio para no llorar, para no gritar. Luchaba por mantener una calma demasiado ridícula – Márchate. No vuelvas...
—Yoshino...
—¡Márchate! ¡Vete!
Obedeciendo a un impulso superior, se levantó y se marchó de la habitación, abandonando la casa sin saber a donde ir. Algo en su interior lo obligaba a alejarse de ella, buscando en la soledad la solución al vacío, a la desesperación, al desprecio personal que le ardía por dentro. Todavía escuchaba su voz repitiendo su nombre bañado en lágrimas. Su mundo tocaba a su fin desde el mismo instante en que las dos personas que más quería, abandonaron su vida.
Sabía que ahora ella estaba ahogándose en un pozo del que podría no salir, queriendo protegerle, pero si fuerzas para hacerlo. Y lo sabía, porque él se sentía exactamente igual.
