Título: La hanyou, el hanyou

Resumen: Al encontrar a una miko herida, el grupo decide ayudarla. Más tarde, por la noche, la miko va a junto de Inuyasha y le dice: "Por haberme ayudado, te voy a conceder un único deseo..." ¿Y qué es lo que desea? Que Kagome se convierta en hanyou. InuKag

Disclaimer: ¡NO ES MÍO! Pertenece a Rumiko Takahashi

Género: Romance/Acción/Aventura

Edades: Kagome: 16 - Inuyasha: 18

Nota de la traductora: los personajes y la historia no son míos. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de Wolf Blossom.

Capítulo 37: Historia Eterna


—Tendremos algunos nuestros.


Un fuerte chillido perforó el cielo nocturno y una muy cansada mujer hanyou gruñó mientras salía de su futón, su compañero presionaba sus orejas fuertemente contra su cabeza.

—Kagome… —se quejó mientras la buscaba a tientas pero suspiró, sabiendo que había salido de la cama y que ya estaba en la habitación de los niños, cuidando de su hijo, Muteki. Se incorporó y se puso sus hakamas, el sudor escurría por su cuerpo. Estaban a mitad del verano y su hijo de cinco semanas, Muteki, era más difícil de controlar de lo que nunca pensaron que sería.

Shippo se frotaba los ojos mientras entraba en la habitación de sus padres, bostezando. Había insistido en compartir habitación con su hermano pero ahora se arrepentía profundamente.

—Haz que se calle… —Shippo bostezó e Inuyasha lo acomodó.

—Ignóralo y vete a dormir —dijo mientras volvía a caer en su futón, su primer hijo estaba acostado a su lado.

—Es un poco difícil… —murmuró mientras oían que Muteki se callaba. El calor y el hambre estaban acosando al pobre niño y aunque Inuyasha lo quería, él también valoraba su cordura.

Kagome se sentó al lado de una ventana abierta en la habitación del niño, susurrándole una historia a su hijo. Lo abanicó mientras él chupaba de su pecho, bebiendo la cálida leche natural. Kagome sintió que los diminutos colmillos de su hijo se presionaban contra su pecho y sonrió mientras le acariciaba la cabeza. Miró por la ventana y vio una luna llena que resaltaba entre las estrellas.

—Había una vez una chica —susurró y los ojos dorados de Muteki alzaron la vista hacia ella, la cautela no entraba nunca en su ser—, y un chico —continuó mientras Muteki volvía a mirar el pecho de su madre, sus orejas se movían, señalando que estaba escuchando a su madre. Kagome hizo una pausa y Muteki frunció el ceño, sus orejas empezaron a moverse más rápido, diciéndole a su madre a su manera que quería oír su voz. Kagome sonrió mientras le acariciaba más el pelo.

—Un día, la chica cayó en un pozo mientras intentaba sacar a su gato Buyo, del pozo para su hermano, Souta —susurró, recordando lo último que vio de su hermano, su sonrisa infantil, su pelo revuelto, sus ojos brillantes… Sintió cómo se debió de sentir Sango cuando se fue Kohaku. Ya no tenía a su hermano pequeño, pero él estaba vivo en su propio tiempo y viviendo una buena y posiblemente increíble vida, ella era todavía parte de él, y él lo era de ella.

—Mientras caía en el pozo —susurró, abanicando a su hijo con una hoja grande—, una extraña luz azul empezó a engullirla y cayó en un mundo que no era el suyo.

Muteki arqueó una ceja, de forma bastante linda, para señalar que tenía curiosidad y que quería que su madre continuara. Kagome se rió suavemente mientras Muteki seguía bebiendo.

—Se paseó por allí y encontró a un chico clavado a un árbol, un árbol sagrado que significa mucho para ella, incluso hoy, llamado el Goshinboku. Era un árbol espiritual que la salvó en más de una ocasión. Conoció a un chico clavado allí, no se movía, ni vivía. Se encontraba en animación suspendida.

Muteki hizo un gruñido desde el fondo de su garganta, diciéndole a su madre que no entendía lo que fuera que acabara de decir.

Kagome arqueó una ceja antes de explicar:

—Animación suspendida, significa sin moverse pero vivo.

Muteki le dio una palmadita al pecho de su madre, diciendo que entendía. A Kagome le divertía lo listo que era este pequeño.

—Él estaba en animación suspendida y ella lo encontró extremadamente hermoso. En cómo el viento acariciaba sus mejillas, en cómo su pelo volaba en la dirección del viento. Él era uno con el bosque pero era como una luciérnaga, algo que resaltaba.

Kagome volvió a mirar por la ventana, sintiendo que una fresca brisa de medianoche chocaba contra sus facciones. Vio que las ramas del árbol se inclinaban hacia el este, hacia donde soplaba el viento y sintió una agitación en su corazón. Aunque todos habían dicho que extrañaban aquellos días, el simple hecho de volver a contar la historia a su hijo a medianoche era un sentimiento diferente. Todo lo que les había pasado alguna vez a ella y a Inuyasha había sido cerca de la medianoche.

Cuando Kaguya secuestró a Kagome, era medianoche.

Cuando Inuyasha la salvó de Kouga y de las Aves del Paraíso, acababa de pasar de la medianoche.

Manten y Hiten, era medianoche.

El Ciempiés, medianoche.

La tinta ensangrentada del pintor infernal, era medianoche.

La batalla contra Sounga, medianoche.

El ataque sobre la isla Escarlata de Horai, era medianoche.

Este momento del ciclo de veinticuatro horas era especial para ella, principalmente porque todo lo remotamente romántico o trágicamente romántico pasaba a medianoche. Recordar el pasado con su hijo a medianoche era diferente, muy diferente.

—La chica portaba una perla especial en su interior —continuó Kagome, su hijo soltó su pecho. Kagome cerró su kimono y puso a su hijo en su hombro, frotando su espalda para que eructara—, una perla que todo demonio y medio demonio, e incluso humano quería. Un gran ciempiés la atacó, ella corrió hacia aquel chico clavado al árbol y lo liberó de su trampa. Para recompensarla, la salvó, pero mientras la salvaba, ella rompió la perla en cientos de trozos que se esparcieron por todo el continente.

Muteki ronroneó mientras se acurrucaba en la curva del cuello de su madre. Kagome ya no prestaba atención, tenía que decir algo de esta historia, e iba a hacerlo.

—De modo que esa chica y ese chico empezaron un viaje para encontrar la perla —susurró, más para ella, pero Muteki seguía escuchando. El sonido de la suave voz de su madre era relajante y dejaría su cuna para estar con su madre y el suave murmullo de su dulce voz en cualquier momento—, conocieron a muchos compañeros, incluyendo al hermano de él, a un monje libidinoso, a una taijiya más normal y violenta, a un kitsune un poco infantil y, por supuesto, a un lobo enfermo de amor —Kagome soltó una risita y Muteki se echó hacia atrás y la miró. Ella lo miró y sonrió suavemente, besando su mejilla antes de volver a poner su cabeza en su hombro.

—El lobo se enamoró de la chica pero al chico que había liberado no le gustó mucho. Estaba celoso, pero él también tenía una amante e iba a visitarla a menudo. Cada vez que iba a ver a su novia no-muerta, la chica del futuro se sentía tremendamente celosa. Así se formaba un ciclo. Pasaron por muchos obstáculos para encontrar los fragmentos de la esfera que se rompió, desde nubes, a valles y tumbas, y a islas misteriosas. Todo para encontrar y restaurar la perla que había roto hacía tanto.

Muteki bostezó mientras se acurrucaba contra su madre, el calor disminuía.

—Cada vez que encontraban un trozo que parecía un trozo de la esfera, les era robado y en más de una ocasión. Al final —Kagome recordó un evento de no hace tanto tiempo—, atraparon a su archienemigo. El chico y la chica se habían enamorado y también se habían apareado, marcándose como la propiedad del otro. Pero el tipo malo, usó esto como ventaja e intentó capturar a la chica, pero el chico no iba a dejar que eso pasara. Lo mató antes de que pudiera hacerle daño a su compañera. Ella era feliz y volvían a tener la perla, después de todo un año viajando, pero también llegó la pregunta de si iba a volver con su familia. Ella dejaba a su familia en un tiempo diferente para estar con el hombre que amaba y eso era todo un problema.

Ahora, Muteki estaba completamente perdido, pero no importaba. Él adoraba la voz de su madre. La amaba completamente.

—Así que fue a su tiempo y deseó que su mejor amiga volviera a la vida —susurró—, y luego volvió al pasado con su compañero. Descubrió que estaba embarazada y… bueno —Kagome miró a su hijo que estaba medio dormido y sonrió ligeramente mientras se levantaba de la silla de heno y caminaba hacia un futón cuna—, es una historia eterna —susurró mientras depositaba a Muteki—, nunca terminará. La historia de Kagome e Inuyasha continuará hasta el día que mueran… —murmuró mientras Muteki se abrazaba a un osito de peluche que Kagome tenía en su tan olvidada mochila del futuro. Miró el futón de Shippo y vio que no estaba.

Probablemente en mi habitación, pensó con arrepentimiento mientras se sentaba en el futón de Shippo, fijando la vista en la durmiente forma de Muteki.

—Mientras tú y Shippo estéis aquí —le susurró a Muteki—, esta historia no terminará…


Kagome se levantó temprano a la mañana siguiente y se encontró de vuelta en su propia habitación. Se levantó rápidamente, vio que nadie estaba allí y frunció el ceño. No podía oler ni a Shippo, ni a Inuyasha, ni a Muteki. Sus aromas todavía persistían y se movió.

—¿Dónde están mis chicos? —murmuró mientras salía de la cama y se recogía el pelo en un moño antes de salir lentamente hacia fuera. Tampoco estaban allí así que olfateó largamente y olió el olor de sus tres chicos que todavía perduraba. Lo rastreó, con su mejor habilidad y se encontró en un pequeño claro que nunca había visto antes. Había una pequeña cascada y unas aguas termales en la base. Las rocas poblaban el borde de la terma y más allá de las rocas había suave y húmeda hierba. Los árboles bloqueaban el paso a desconocidos y también proveían sombra. El agua brillaba con el sol que se alzaba mientras veía que Shippo flotaba en el agua, Inuyasha, sin la parte de arriba y con el hakama rojo puesto, estaba sentado en el agua, con su espalda contra una roca y Muteki en sus brazos. Metió perezosamente a Muteki en el agua, de forma que le llegara a la parte baja de su barriga antes de elevarlo y repetir sus acciones.

Esto le provocó una sonora risita a su hijo.

—Escondiéndoos de mí, ¿eh? —inquirió mientras caminaba hacia ellos. Muteki reconocería esa voz en cualquier parte y se lanzó instantáneamente en dirección a su madre.

—¡Gaannn! —dijo en el lenguaje que fuera ese y Kagome soltó una risita mientras cogía a su hijo de brazos de su compañero.

—¡Ven con mamá! —chilló mientras se sentaba en una piedra, abrazando fuertemente a su desnudo bebé—. ¿Cómo estás, Muteki?

—¡Burt! —chilló Muteki e Inuyasha arqueó una ceja.

—¿Burt? ¿Dónde aprende el niño estas cosas?

—¡Es que él es mi niño listo! —Kagome sonrió—. ¿A que sí Muteki? Eres listo, ¿verdad? —sonrió y sopló en el rechoncho estómago de Muteki, haciendo el sonido de un pedo. Shippo se rió junto con Inuyasha mientras Muteki bajaba la mirada a su estómago antes de sonreír mostrando todos los dientes. Con cinco semanas, al niño le habían crecido los colmillos, aunque sus otros dientes todavía no le habían crecido.

—Heredaste eso de papá, ¿no? —Inuyasha sonrió con suficiencia mientras se sentaba al lado de su compañera. Kagome puso los ojos en blanco.

—¡Oh dios! Lo heredó de mamá. Papá es un idiota desconsiderado.

—Sólo para ti —se rió mientras Shippo nadaba por las aguas termales, disfrutando del tiempo en familia.

—Apuesto a que Muteki es incluso más listo que Shippo-nii-chan, ¿no, Shippo-nii? —llamó Kagome y Shippo puso los ojos en blanco.

—Yo soy el mayor Okaa-chan —sonrió descaradamente—. Muteki necesita doscientos años para ser más listo que yo.

—Pero cuando Muteki tenga doscientos años, tú serás doscientos años más mayor —replicó Inuyasha.

—Exactamente.

—Shippo-nii es demasiado listo para su propio bien —remarcó Inuyasha secamente y Kagome golpeó a su compañero.

—Sólo porque nuestros niños tengan cerebros y tú no, por favor no los insultes. Salieron a Okaa-san, ¿verdad?

—Okaa-san no tiene cerebro en esa cabeza —golpeó la cabeza de Kagome—, tiene aire. Aire mugriento, oloroso, sucio y polvoriento.

—Esta cabeza llena de aire mugriento, oloroso, sucio y polvoriento sabe que la tierra gira alrededor del sol, que el espacio es continuo, que las matemáticas y la ciencia van de la mano, que los humanos evolucionaron de organismos unicelulares, y —los ojos de Kagome brillaron—, también sé que Inuyasha es un —carraspeó juguetonamente—, ¡cabeza dodo!

Shippo se partió de la risa e Inuyasha arqueó una ceja.

—Qué coño, ¿cabeza dodo?

Kagome volvió a golpearlo.

—¡Sin maldecir!

—¡Pero me llamaste cabeza dodo!

—Eso no es maldecir —dijo Kagome juguetonamente—, sólo estoy expresando mis emociones a través de sinónimos de palabras que serían apropiadas para los oídos vírgenes de nuestros hijos. Si no entiendes y comprendes mis palabras, entonces te recomiendo encarecidamente que consultes un Tesauros o que busques a Miroku para que te descifre mis palabras y dialecto intelectual.

Inuyasha tenía líneas de estrés esparcidas por el rostro mientras trataba de entender qué había dicho Kagome.

—¿Repites eso? —preguntó—. Excepto que más despacio, claro y en un idioma que entienda.

—Estaba hablando en japonés, zoquete.

—Habla en japonés feudal, ¡no en un tipo de japonés moderno!

—Sólo eres un idiota —bufó Kagome mientras lanzaba a Muteki en el aire y lo cogía. Muteki se rió e Inuyasha frunció el ceño con fastidio.

—¡Tú eres la idiota!

—No me rebajaré a tus estándares —sus ojos bailaron con la luz—, para insultar a aquellos que son los idiotas sin cerebro y hacerme sentir más lista y más inteligente, cuando en realidad adquiero mucho más poder cerebral y resistencia de lo que tú nunca podrías en tus años de existencia.

—Voy a darte, niña.

—¡Veamos cómo lo intentas! —le desafió Kagome mientras sostenía a su hijo cerca de ella antes de fulminar a su compañero con la mirada, obviamente de forma juguetona. Inuyasha, calmadamente, sacó a Muteki de los brazos de Kagome y lo puso en su regazo. Kagome arqueó una ceja, confusa, e Inuyasha cerró una mano en puño y golpeó ligeramente la cabeza de Kagome.

—Toma —sonrió—, ni siquiera tenía que intentarlo.

Los ojos de Kagome se abrieron como platos.

—¡CULO DE BURRO!

Inuyasha bufó y Muteki y Shippo se rieron a carcajadas. Kagome se cruzó de brazos y se levantó, yéndose enfurruñada. Inuyasha se rió aún más alto, secándose una lágrima de su cara antes de levantarse.

—Vamos a engatusar a vuestra madre con nuestras habilidades chicos —sonrió liderando la marcha—, después de todo, ¡somos unos guapísimos taiyoukai!


—¡Miroku! —gruñó Sango peligrosamente—. ¡Dijiste rosas, no violetas! ¡¿Por qué ahora estamos usando violetas?

A Miroku le dio un tic. Las preparaciones para la boda habían puesto a Sango de mal humor y no era ella misma. No es que importara… era sólo, diferente; sí, eso es.

—¿Importa? —Miroku se frotó las sienes. Sango suspiró mientras se sentaba cruzándose de brazos.

—Supongo que no —admitió—, es sólo que… esta es la única boda que voy a tener y bueno —alzó la vista hacia Miroku con una sonrisa triste—, mi familia no está aquí y sólo quiero hacer de ésta la mejor boda que nadie, nadie pueda tener…

Miroku se sentó al lado de su prometida y envolvió su brazo fuertemente alrededor de sus hombros.

—Escucha —susurró—, tu familia está aquí —llevó su mano al pecho de ella y ya estaba preparada para lo peor pero se sorprendió cuando sólo señaló su pecho—, están en tu corazón —susurró mientras la miraba directamente a los ojos.

—Ellos viven en tus recuerdos y en tu corazón, y aunque Inuyasha, Kagome o yo no hayamos presenciado a tu familia, hemos visto a tu hermano y él también vive en nuestros corazones. Sus cuerpos se han ido, sí , pero sus almas, recuerdos y espíritus perduran en nosotros.

Sango miró a Miroku quien sonrió suavemente.

—Además —añadió—, ¿no somos ahora tu familia?

Sango sonrió, con un poco de alivio en su suspiro, mientras abrazaba a Miroku.

—Lo siento. Eso sólo que esto es… me voy a casar… esta vez sí.

Miroku se rió.

—No es una cosa extraña como con ese otro príncipe que quería casarse contigo porque te vio cuando tenías diez años.

—No —susurró con voz ronca—, esta vez es de verdad.

Y los labios de Miroku descendieron sobre los suyos.


Sesshomaru se sentó en su cama, pensando en cosas mientras el sol permanecía sobre su castillo. Habían pasado meses desde que su hermano le hubiera dado consejo y desde que Kagura estaba en su casa, casi hacía un año y tenía que admitir, más para sí que para los demás, que estaba unido a ella. Ella lo había cambiado, no había duda de eso, ahora más que nunca era abierto sobre sus sentimientos. Sentía compasión, culpa, ira (siempre sintió ira pero qué demonios), amabilidad, y más que nada, amor.

Él la amaba.

Ella, Kagura, tenía este aura de poder a su alrededor que lo atraía hacia ella. Especialmente su forma amable pero exigente de demostrar que se preocupaba. Trataba a Rin como si fuera suya y se llevaba bien con su hermano y su manada. La aceptación era crucial en el camino para aparearse de los perros y Kagura parecía dominar eso sin siquiera saberlo.

Sesshomaru se levantó finalmente, llegando a una conclusión en su cabeza. Salió de su habitación y se encontró a Rin chillando mientras Kagura creaba pequeños tornados de aire, persiguiendo a Rin por el castillo.

—Kanna —dijo Sesshomaru y la niña albina salió de las sombras.

—¿Sí?

—Lleva a Rin a la aldea y mantenla ahí todo el día…

Kanna arqueó una ceja pero hizo lo que le decía el taiyoukai. A Kagura simplemente le dio un tic mientras su hermana y su hija dejaban el castillo. Bajó los hombros.

—No te gusta que me divierta —lo acusó y se movía hacia el patio cuando Sesshomaru la cogió por la muñeca.

—Lo hemos pospuesto por demasiado tiempo —susurró, atrayéndola hacia él, alzando el brazo de ella mientras su corazón empezaba a latir con bastante rapidez. La puso delante de él, con una mano en su brazo, la otra en su hombro.

—Es hora de que escuche el consejo de Inuyasha —dijo con el mismo tono bajo y ronco, encontrando extraño, incluso él, que fuera capaz de tales actos—. Kagura —dijo, llevando su rostro terriblemente cerca del suyo, la caricia de su respiración se deslizaba por las mejillas de Kagura—, ¿te aparearás conmigo?

Kagura podría haberse desmayado e ido al cielo en ese momento pero Dios no era tan bueno. Fijó la vista en sus brillantes ojos dorados y sintió que se excitaba. Miró sus labios peligrosamente antes de regresar sus ojos hacia los de él.

—¿Tú qué crees? —murmuró mientras se inclinaba hacia delante y presionaba sus labios contra los suyos. Eso era todo lo que necesitaba Sesshomaru.

Envolvió su brazo alrededor de su cintura y profundizó el beso.

Kagura…


Kagome estaba sonriendo de oreja a oreja mientras tenía a su hijo de cinco meses sentado en su cadera. Era la noche de la luna nueva y los tres, Inuyasha, Kagome y Muteki estaban en forma humana. Muteki tenía el pelo negro de punta durante sus noches humanas y ojos marrones oscuros. Tenía orejas normales, sin garras y parecía bastante humano. Llevaba puesto un conjunto formal blanco que se parecía bastante al conjunto rojo de haori y hakama de Inuyasha, excepto que el de Muteki estaba mucho más planchado y se veía limpio y pulcro.

Inuyasha llevaba hakamas negros y la parte del haori era gris. Tenía puestos, por una vez, calcetines con sandalias y su pelo, gracias a Kagome, estaba peinado hacia atrás. Kagome llevaba un fino kimono de seda rosa claro que brillaba bajo las estrellas y contrastaba con su cabello negro azabache. Shippo vestía algo similar a lo de Inuyasha.

Pero, ¿por qué iban arreglados?

Era la boda de Sango y Miroku.

Inuyasha estaba al lado de Kagome, toda la familia descansaba al lado del Goshinboku. Sesshomaru y su nueva compañera (Sesshomaru no se lo había dicho a Inuyasha, pero Inuyasha había olido a Kagura en Sesshomaru, más de una vez. Inuyasha había sonreído para sí, modestamente, agradeciéndose haberle dado a su hermano tan maravilloso consejo), Kagura, habían decidido encontrarse con Kagome e Inuyasha, así como con los cachorros, en el Goshinboku. De ahí, irían a la aldea, donde todo el mundo se preparaba para la unión de un ex monje y una taijiya.

—¿Cómo van a hacer la ceremonia? —preguntó Kagome mientras dejaba que Muteki chupara su rosado dedo.

—¿Cómo sino, niña? —Inuyasha puso los ojos en blanco—. A la manera japonesa.

—Cuando vivía en mi tiempo —murmuró Kagome mientras miraba a Muteki que alzó la vista hacia ella de una manera muy linda—, mucha gente lo hacía a la manera cristiana.

—¿Cristiana? —Inuyasha arqueó una ceja.

—No importa —susurró en voz baja—, ¿entonces lo van a hacer tradicionalmente? ¿San-san-kudo, el sake y luego ofrecer las ramitas de Sakki?

—Algo así —Inuyasha asintió—, por lo que me dijo Miroku, van a cambiarlo un poco.

—¿Cambiar una ceremonia de matrimonio? —Kagome inclinó la cabeza a un lado—. ¿Cómo van a lograrlo?

—No lo sé —dijo Inuyasha impacientemente—, no especificó. ¿Dónde mierda está mi hermano?

Kagome se rió ligeramente, Inuyasha estaba controlando su actitud vulgar por sus hijos, qué lindo.

—Justo aquí, hanyou impaciente —respondió Sesshomaru estoicamente cuando llegó con Rin y Kanna delante de él y Kagura, con quien iba de la mano.

—¿No vas a infectarte con sus piojos, oh maestro y señor Sesshomaru? —se burló Inuyasha y Sesshomaru frunció el ceño.

—Cállate.

—Vamos —dijo Kagome impacientemente—, honestamente Kagura, si no fuera por nosotras, se habrían matado.

—Estoy de acuerdo contigo al cien por cien —Kagura sonrió mientras caminaba con Kagome, Kanna, Rin y Shippo en el medio e Inuyasha y Sesshomaru cerraban la marcha. Kagome le lanzó una mirada a Shippo.

—¿Vas bien, niño? —arqueó una ceja.

—Sí —ella asintió e Inuyasha suspiró.

—Shippo, camina con tu madre —instruyó y Shippo lo acató inmediatamente.

—¿Por qué fue eso? —Sesshomaru arqueó una ceja.

—Shippo lo tiene por Rin —le susurró a su hermano—, ella es su compañera.

Sesshomaru abrió la boca en un silencioso oh antes de menear la cabeza.

—Esto del apareamiento interno va a ser el fin para nosotros. Técnicamente son primos.

—Pero no tienen la misma sangre —contrarrestó Inuyasha—. Shippo y yo tuvimos esta misma conversación hace algún tiempo. Si Rin fuera tu hija de sangre y Shippo mi hijo de sangre, entonces lo golpearía por siquiera pensar en aparearse con ella. Ellos no están emparentados de ninguna manera sanguínea, así que sólo son primos de palabra.

—Veo que Kagome te ha dado cerebro.

—Me reiría si no estuviera ocupado caminando —murmuró Inuyasha secamente mientras seguían caminando.

—Veo que también ha muerto tu sistema de insultos.

—Cállate antes de que te haga daño.

—Ni siquiera tienes a tetsusaiga contigo, humano.

Inuyasha simplemente gruñó, sabiendo que su hermano tenía razón, y siguió caminando.

Algunas cosas nunca cambian, pensó internamente mientras que veía que Shippo caminaba entre Kagura y Kagome.


Kagome chilló al ver a su mejor amiga vistiendo un kimono blanco con un gran velo blanco. Toda la aldea se sentó ya que Kaede, la suma sacerdotisa de la aldea, iba a oficiar la ceremonia. Kagome acarició la espalda de Muteki mientras él se acurrucaba contra su hombro. Shippo se sentó al lado de Inuyasha, observando a su tía y a su tío contraer matrimonio. Habían pasado dos años, casi, y finalmente, se hacía realidad el vivieron felices para siempre.

Kagome sonrió mientras Inuyasha envolvía fuertemente su brazo alrededor de su diminuta cintura y la empujaba más cerca de su cuerpo. La ceremonia empezó y las estrellas brillaron hermosamente en la noche.

—Por fin —susurró al ver que sus dos mejores amigos se unían en corazón, alma, mente y espíritu—, le llevó más tiempo que a nosotros.

—Bueno —Inuyasha tomó la palabra—, nosotros nos hemos conocido durante más tiempo que ellos.

—Cierto…

Muteki se había quedado dormido y Shippo se acurrucaba contra su padre, roncando suavemente. La ceremonia del matrimonio había terminado y la aldea todavía estaba por allí, felicitando a la pareja de recién casados.

El matrimonio significaba luna de miel.

El sol empezó a alzarse y Kagome, Inuyasha y Muteki pulsaron tres veces antes de que volvieran sus rasgos demoníacos. Esto era normal para los aldeanos así que no prestaron atención a la transformación. Sango se acercó a Kagome, Inuyasha, Sesshomaru, Kagura y a los dormidos Muteki, Shippo y Rin, con Miroku tras ella.

—¡Felicidades Sango! —susurró Kagome y vio que la oreja de su hijo se movía. Sango y Kagome se abrazaron por un lado, para no aplastar a Muteki, mientras Sango sonreía alegremente.

—¡Soy tan feliz! —inspiró.

—Deberías —asintió Inuyasha, con voz calmada—, los dos os habéis estado cortejando durante demasiado tiempo.

Miroku sonrió con suficiencia.

—Finalicemos todo el ritual de cortejo con una unión propia.

Sango sonrió mientras se inclinaba hacia Kagome.

—¿Te digo algo?

Kagome arqueó una ceja.

—Estoy esperando con ansias… lo de más tarde.

Kagome reprimió un risita horrorizada cuando Miroku levantó a Sango al estilo nupcial.

—¡Os veremos más tarde!

—Qué hentais —Kagura meneó la cabeza.

—Así son Miroku y Sango —Inuyasha frotó la cintura de Kagome.


70 años más tarde…

Un Muteki de (aparentaba) siete años y una Inume de un año, junto con un Shippo adolescente estaban sentados delante de dos lápidas, sus palmas presionadas firmemente (pero Inume estaba en los brazos de Kagome… sin estar arrodillada delante de la lápida…). Kagome, que no había envejecido un solo día, sollozaba mientras presionaba su cabeza contra la de su compañero. Tres adultos también sollozaban mientras se aferraban a su marido o mujer.

Miroku y Sango habían fallecido seis y cuatro días atrás. Sango había muerto hacía seis días e, incapaz de soportar el dolor, Miroku había muerto cuatro días atrás. Estaban enterrados el uno al lado del otro junto a su casa en las afueras de la aldea.

Makato, Serenity y Chiiho, las dos hijas y el hijo de Sango y Miroku sollozaron mientras se arrodillaban frente a las lápidas. Los maridos de Serenity y Chiiho intentaron consolarlas mientras que Makato abrazaba fuertemente a su mujer, intentado contener las lágrimas.

—Esto es lo que apesta de ser un demonio —susurró Kagome.

—Tienes que dejar ir a tus mejores amigos…


Los años se convirtieron rápidamente en centurias y Kagome, Inuyasha, un Muteki de diecisiete años, una Inume de once años y un Ryujin de siete años, junto con un Shippo de veinticuatro años, con su compañera de veintitrés años Rin vivían felizmente en el futuro, la época original de Kagome.

Como Rin se emparejó con un demonio, se fusionó con su período de vida. Rin y Shippo vivían en su pintoresca casita situada en la zona rural de Japón. Sesshomaru, su compañera Kagura y sus seis cachorros, Aya, la mayor, que tenía dieciséis años, los gemelos, Daichi y Daisuke, que tenían catorce años, otra hija, Hikari que tenía doce años, y luego otro hijo, Hikaru que tenía once años, y por último, Ken, todos vivían en el corazón de Tokyo, Japón, en su gran mansión de cuatro pisos. Dirigían juntos la Empresa Taiyoukai, Aya ayudaba a su padre cuando podía. Rin todavía era considerada la hija mayor de los Takahashi, así que técnicamente Sesshomaru y Kagura tenían siete niños.

A lo largo del tiempo, Inuyasha y Sesshomaru necesitaron apellidos para poder ir eficientemente por la vida. Eligieron Takahashi principalmente porque, a finales del siglo XVII, una mujer llamada Rumiko Takahashi había descubierto que en realidad eran demonios y los había ayudado en vez de descubrirlos. Ella era como una madre tanto para Inuyasha como para Sesshomaru, así que para respetarlo, adoptaron el nombre Takahashi.

Inuyasha, Kagome, Muteki, Inume y Ryujin vivían en una pequeña casa de dos pisos a las afueras de Tokyo, cerca de los barrios periféricos. Kagome había dominado el camuflaje así que ocultó los rasgos demoníacos de su familia y de la familia de Sesshomaru. Y en este mismo momento, Kagome e Inuyasha estaban de pie en la base de un grupo de escaleras altas.

—Aquí estamos —susurró ella—, donde empezó todo…

Inuyasha la abrazó desde atrás.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto?

—Tenemos que hacerlo… he esperado quinientos años para encontrarme con mi madre…

Inuyasha se dio la vuelta para encontrarse con su Lexus negro aparcado unos metros más abajo. Miró a sus hijos y los condujo hacia allí. Se volvió hacia el templo y empezó a subir, con su compañera detrás de él.

—¿Estamos seguros? —Kagome se detuvo. Inuyasha sonrió suavemente mientras llamaba al timbre—. Sí lo estamos, niña —susurró y se abrió la puerta de bambú.

—Kagome… —susurró ella. Kagome tragó saliva mientras le llegaba una extraña oleada de valor.

—¡Hola mamá! —Kagome sonrió mientras abrazaba a su madre. Korari, todavía con los ojos abiertos como platos, abrazó lentamente su espalda antes de apartarse. Inuyasha sonrió con suficiencia mientras observaba cómo se desarrollaba la dura prueba. Después de tanto, tantos años… esto tenía que ser lo más duro a lo que se enfrentaba Kagome. Volver a encontrarse con su madre…

—Pero tú… en la época… cómo… eh… —Korari se frotó las sienes mientras conducía dentro a Kagome. Kagome se rió mientras entraba en el templo, su físico era el de su forma humana, pelo negro, orejas normales, sin colmillos… nada demoníaco. Detrás de ella estaba su compañero, Inuyasha, que también estaba en su forma humana, con el pelo negro recogido en una coleta, sin orejas de perro…

—No parecéis haber crecido —dijo Korari, no muy segura de cómo habían llegado allí.

Kagome se rió mientras se daba la vuelta.

—Muteki, Inume, Ryujin… ¡venid! ¡Conoced a vuestra abuela! —llamó.

—Pero… ¿y si…? —empezó a hablar el más mayor.

—Muteki —repitió Inuyasha con voz severa. El chico con pelo plateado revuelto recogido en la nuca suspiró mientras entraba en el templo. Tenía pequeñas orejas de perro sobresaliendo de su cabeza y se cruzó de brazos, haciendo un puchero, sus colmillos sobresalían por detrás de sus labios. Tenía ojos dorados como la forma hanyou de su padre y garras creciendo desde sus dedos.

—Oh dios mío —exclamó Korari, su corazón se estaba acelerando.

Muteki sonrió mientras entraba en la casa. Éste iba a ser un día fenomenal. Su hermana y su hermano lo siguieron y se sentaron todos en el sofá de su abuela.

—Cómo… —Korari parpadeó mientras todos se sentaban en los sofás. Muteki miró a Souta quien lo miraba a él y a sus hermanos. Volvió a mirar a su madre que estaba sentada con Ryujin en su regazo.

—Bueno… no somos los Inuyasha y Kagome que conocéis —dijo Inuyasha mientras Inume se sentaba a su lado, acurrucándose entre su madre y su hermano Muteki.

—¿Eh? —Souta arqueó una ceja—. Vosotros sois como… ¿clones o algo así?

—Sigues siendo un panoli —Kagome puso los ojos en blanco—, no niño —sonrió—, somos los mismos Inuyasha y Kagome pero hemos vivido durante quinientos años —se volvió hacia Korari—. Tu Kagome está en la Época Feudal, probablemente embarazada como un globo de Muteki. Yo soy esa misma Kagome pero he pasado por todo eso y ahora estoy aquí, con más de 500 años…

Después de muchas explicaciones, Souta había entendido, más o menos, cómo Kagome e Inuyasha, junto con su sobrina y sobrinos habían llegado ahí.

Inuyasha y Kagome habían pasado por tantas cosas que los habían llevado a este punto que saborearon el sentimiento. No todo les era concedido a todos, pero aún así, tenían que ganar ese derecho.

Inuyasha y Kagome se habían ganado el derecho a vivir felices.

Después de todo, justo como Kagome había dicho cientos de años atrás cuando Muteki sólo era un bebé…

"Esta es una historia eterna… hasta el día en que muramos…"


Pensamientos de Kagome, última línea.

Y hemos llegado el final (sniff, sniff), me da tanta penita... pero bueno, aún tengo más traducciones esperando y tenemos que acabar El salto del demonio. Me alegro de que os haya gustado, me habéis apoyado muchísimo.

Muchas gracias. Como siempre, estoy abierta a cualquier sugerencia.

Nos vemos, besoos. ^^