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CAPÍTULO 35
La luz.
Llegaron al apartamento unos minutos después. En cada esquina se detenían para besarse, para tocarse o para simplemente decir una y otra vez lo que sentían. Envueltos en esa deliciosa emoción que da el ser feliz, se dejaron llevar.
—Vaya, al fin aparecen. —Abrió la puerta Karen sin esperar a que ellos lo hicieran logrando de esa manera sorprenderlos en pleno beso ardiente, ahí, a un lado del marco. Los dos soltaron risitas pícaras mientras ella los observaba sacudiendo la cabeza y rodando los ojos—. ¿Dónde andaban? ¿Ya vieron la hora?—Terry aferró la cintura de Candy al ver su frescura, pues le dio un beso en la mejilla a su hermana de lo más serena y pasó con su novio detrás hacia el interior.
—¿Cómo sabías que estábamos juntos? —La encaró, pegándose de nuevo a él, radiante, con un brillo en su mirada que jamás le había visto.
Terry se sentía tan extraño con ese nuevo comportamiento, parecía más desinhibida, más relajada. Le gustó, le gustó bastante porque era su Candy, pero mejorada, más libre, definitivamente más segura. Besó su cabello sonriendo.
Al llegar, horas atrás, lo primero que hizo fue dirigirse a ese apartamento, por supuesto, sacarle la dirección a Laura le costó un poco, pero al hacerle comprender que de todas formas la conseguiría, logró que, a regañadientes, la soltara. Cuando escuchó los pasos del otro lado avanzar hacia la puerta prácticamente dejó de respirar. Karen abrió claramente asombrada, descolocada, era evidente que no tenía idea de qué hacía justo en su umbral.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó sin dejarlo entrar. Terry ladeó la cabeza, observándola fijamente.
—¿En serio? —refutó con sarcasmo. Esa chica no le caía mal, pero desde el principio fue evidente que no congeniaban. Karen entornó los ojos.
—Pasa… —dijo y sin mucho ánimo le permitió avanzar. Anduvo por aquel sitio reconociendo levemente el aroma de Candy. Casi cierra los ojos para poder identificarlo con mayor claridad. El lugar era pequeño, pero muy iluminado y agradable. Se detuvo a la orilla de un comedor de madera bastante casual. La tranquilidad en ese sitio era palpable. Sonrió.
—Escucha, no tengo idea de qué traigas entre manos, pero… —La puerta sonó. Terry rio bajito con indolencia.
—Me sentaré, te espero… —La chica rodó los ojos asintiendo. Dio dos pasos más hasta el sillón cercano. Una puerta abierta del lado derecho lo hizo girar, lo que vio justo al frente en aquella habitación lo dejó sin aire. En un enorme corcho, muchísimas fotografías y no le costó trabajo ni reconocer el lente, ni muchas las imagen que ahí estaban. Cerró las manos en un puño sintiéndose más nervioso aún y asombrado de poder recordar con una claridad increíble muchos de esos momentos, incluso sentirlos.
—Ah, eres tú. —Terry giró levemente y de reojo pudo ver a Karen dándole la espalda y, justo en frente, un chico muy alto, de facciones duras y cabello liso cayéndole por el rostro de forma desordenada. De inmediato, se sintió intrigado, así que no se movió de lugar.
—Sí, y necesito que me ayudes, Karen. Te lo suplico, sabes que me gusta… Lo de ayer fue un impulso, no debí besarla, pero es que no puede seguir así, debe abrirse. Tú puedes hacer algo, lo sé, no quiero que se aleje, me enamoré sin poder evitarlo y quiero luchar por ella… —Esa jodida voz se escuchaba claramente desesperada. Los vellos de su nuca se erizaron, cerró con mayor fuerza los puños y los ojos, respiró una y otra vez para tranquilizarse. Debía calmarse, eso le pasaba por imbécil, por ciego. Era evidente que esa chiquilla rompería el corazón de quien se le pusiera en frente, tenía esa personalidad que atraía a los hombres sin ni siquiera percatarse.
Juró por lo bajo, concentrándose. Él estaba ahí para recuperarla y si lo lograba, ni ese tipo, ni ningún otro tendría cabida.
Asombrosamente pudo, con calma, sentarse en el sillón. Le urgía saber dónde estaba su Estrellita para ir hasta ella de una maldita vez. El tiempo corría y sentía que iba contra reloj, urgía expulsar de su sistema lo que en su interior había, lo llenaba y consumía.
—Escucha, ahora no puedo atenderte, pero te aconsejaré algo… Olvídala, creo que ella pronto tendrá lo que desea. Solo quiero verla feliz, Archie, y espero que eso al fin llegue. —Terry sonrió para sí, esperaba que hablara en serio porque, en general, siempre sintió esa reticencia a su relación. Un segundo después escuchó la puerta cerrarse—. ¿Y bien? ¿A qué viniste, Terry? Ayer te marcó y tú… —Ya estaba de pie frente a él con los brazos cruzados sobre su pecho, reclamando, en pose mandona. Casi rueda los ojos, se contuvo, si tenía suerte, pronto serían familia y debía llevar las cosas en paz.
—Dime dónde está, iré a buscarla… —zanjó, recargando los codos sobre sus rodillas, serio. Escuchar que aquel hombrecito la besó no lo tenía precisamente brincando de alegría, aunado a los nervios y demás jugos gástricos quemando su esófago debido a lo que deseaba hacer, pues no estaba para la envergadura de celadora que esa chica solía tener.
—¿Cómo supiste dónde encontrarnos?
—Laura, y, en serio, Karen, hablar contigo es interesante, pero necesito verla. —La joven lo miró penetrantemente. No daba aún crédito de lo que estaba ocurriendo y cuando le abrió a Archie, y soltó todo aquello, juró que Terty se acercaría y comenzaría una pelea encarnizada. Pero fue todo lo contrario, parecía decidido y calmado, diferente.
—No quiero que la lastimes, no quiero que ya nada lo haga —soltó un tanto amenazante, otro tanto ansiosa. Eso logró doblegarlo, al final ella lo hacía por su bien y eso jamás podría reprocharlo, esa chica era su hermana.
—Estamos del mismo lado, no lo olvides. —Ella asintió, suspirando. Se alejó y regresó con un papel en el que venía la dirección.
—Ahí trabaja, y te hago responsable de lo que sea… ¿Entiendes?—Terry se levantó, tomó lo que le interesaba y sonrió, divertido.
—Creo que te hace falta salir un poco más, no sé, ¿reírte, divertirte? —soltó con dolo.
—Ja, ja, ja. Eres la simpatía personificada, y sobre todo tú, Señor Sonrisas. Ahora vete, y más te vale que cuando la vea esté bien.—Terry no sabía qué ocurriría, pero rogaba que cuando se volvieran a topar, Candy ya estuviera como añoraba, a su lado.
De vuelta al presente se aplaudió por su autocontrol y reía internamente por la expresión de su, ahora sí, cuñada.
—¿De dónde crees que saqué que trabajabas ahí? —Con el dedo índice picoteó su vientre guiñándole un ojo. La chica abrió la boca asombrada.
—Ahí lo tienes, ayer te cuelga y hoy toca la puerta pidiendo que le diga dónde estás. —La más joven se carcajeó, divertida, bajo la mirada atenta de ambos.
—Así es él…, pero ven —dijo, restándole importancia y la jaló de la mano para que fueran hasta la sala mientras que, del lado opuesto, sujetaba a su prometido. Karen entornó los ojos mirando a Terry, intrigada, él ladeó la boca con prepotencia—. Siéntate, Karen. —Su hermana iba a hacerlo cuando vio el anillo en su dedo anular. Se llevó la mano al cuello sintiendo que se atragantaría. Alzó los ojos clavándolos en los de Candy, casi lívida. Terry se irguió listo para la letanía, no obstante, su novia ladeó la cabeza de forma traviesa aligerando el ambiente—.Respira —ordenó suavemente, empleando un tono dulce, tierno.
—¿E-es en serio? —soltó Karen con voz pastosa. Candy alzó la mano y la colocó frente a ella sin un ápice de recelo. Terry no sabía si reír o parpadear hasta que los ojos se le secasen. En serio era inigualable.
—Por supuesto que lo es. —La mayor iba a decir algo, pero la menor la acalló con un ademán ligero, elocuente—. Espera, entiendo que te preocupes por mí, que vayas a decirme eso de que soy muy joven, que tengo 19, que es absurdo si hace unas horas creía que él no sentía nada por mí, que todo es muy rápido y que para ti no tiene sentido.
—P-pues sí… —admitió, mirando ahora notoriamente molesta a Terry. Candy se ubicó frente a él con determinación. Notaba la tensión entre ambos, cosa que le causó gracia.
—Karen, lo amo, me ama, quiero estar con él, en ningún otro sitio. Sé lo que siento, sé que es lo correcto. Casarse es algo serio, una responsabilidad, e implica muchas cosas, todas las queremos descubrir juntos y estamos dispuestos a asumir todo lo que conlleve esta decisión. Así que solo deseo que estés enterada de lo que haré. —Terry la observó embelesado, anonadado, poco le faltó para abrir la boca. De verdad le fascinaba, pues aunque tímida, esa fuerza que siempre vio, ese temple, estaba ahí, emergiendo para defender sus ideales, lo que deseaba. Fluía como el aire, como su propio aroma, ligero, sin complicaciones.
—Candy… —murmuró su hermana sin dar crédito a todo lo que estaba pasando.
—Escucha, Karen, si viajé hasta aquí es porque vine por ella. No espero que lo entiendas, ni tú, ni nadie, sin embargo, deberías saber lo que tenemos planeado. Nos casaremos…
—Mañana, en Las Vegas —anunció su novia, sin más, como si estuviese diciendo cualquier cosa. Terry casi suelta la carcajada al ver el rostro palidecer más aún de su cuñada. Apretó la mano de su prometida para que lo viese, esta lo hizo con esa ingenuidad muy suya. Era evidente que no veía nada de malo en decir las cosas, pues para ella eran los hechos. Así era Candy: literal.
—¡¿Qué?! —Terry se pasó las manos por el cabello ralo un tanto descolocado. Karen lo veía más que rabiosa, casi a punto del colapso.
—A ver… —soltó en tono conciliador buscando evitar un problema que veía venir con claridad.
—No, a ver nada, ¡¿por qué la prisa?! Embarazada no está, por qué no esperar…
—Porque no quiero —admitió con simplicidad Candy, observándola imperturbable, pero firme—, porque es mi vida, porque son mis decisiones y si me equivoco, también serán mis errores, pero no frenaré lo que siento, mucho menos lo que deseo. Quiero ser su esposa, quiero que sea mi esposo, quiero vivir esto con él. Hay personas que sienten esta certeza con el tiempo, cuando se es mayor… Yo la siento ahora, él también… Así queremos las cosas…
—¿O sea que te prestarás a una boda de ese tipo? Viene como si nada después de cuatro meses sin saber uno del otro y le dices que sí. ¿Así, sin más?
—Sí. —Karen se sentó en el sofá azorada por su simpleza, por su determinación que, adivinaba, era inamovible.
—Karen, no esperamos que nos entiendas, solo que nos apoyes—dijo él con mesura y muriendo por estar de una maldita vez a solas con esa mujer que de solo escucharla lo hacía vibrar como un jodido demente, y que después de verla así, tan desenvuelta, solo había logrado enardecer hasta lo más profundo de su ser, de su mente, de su alma.
En todos aquellos meses la vio surgir muy lentamente, pero nunca imaginó que el resultado fuera ese; un ser tan atípico como real, tan suyo y tan libre como nunca nada. Sentía su pecho bullir, la ansiedad brotar y es que en serio había sido un imbécil, uno de marca universal y eso casi le cuesta perder el motivo por el que sentía y vivía de nuevo.
—Podrían, no sé, irse a México, tú vivir con mi tía y luego…—propuso, conciliadora. Candy negó, pegándose al pecho de Terry, mientras este la recibía rodeándola por completo. Si en algún momento ella así lo quería, él no objetaría, a esa joven ya jamás le negaría nada, nunca.
—Llegaremos a México casados… Luego haremos la fiesta y esas cosas, pero es precisamente eso lo que queremos evitar. —Karen respiró hondo para, un segundo después, fulminar con la mirada a Terry.
—Espero sepas lo que estás haciendo, ella tiene 19.
—Lo sé yo, él no es responsable de mí, nadie lo es salvo yo… Él sabe lo que hace, pues es su vida, yo sé lo que hago, porque es la mía… —Guou, Terry iba de asombro en asombro y su corazón palpitaba como el de un toro en plena faena persiguiendo una telilla roja.
—Karen… —intervino para suavizar las cosas sintiéndose lleno de orgullo—, lo nuestro nunca fue normal. Sé que te pierdes de mucho y te comprendo. Solo confía en ella, en lo que te dice. Y, por mi parte, te juro que esta decisión es la más inteligente que he tomado desde que recuerdo. La quiero a mi lado de todas las formas posibles, con todo lo que implica… La conozco, me conoce… Ambos sabemos que lo lograremos. —Al escucharlo, suavizó un poco el gesto.
—Saben que allá se armará tremendo alboroto. ¿Cierto? —Terry besó la mano de Candy, asintiendo.
—Es una de las razones por las que le pedí fuera así… Llegar casados evitará muchas situaciones —la hermana mayor asintió reflexiva. ¿Qué podía decirles? Candy brillaba, tanto que deslumbraba. Ambos generaban una luz cegadora imposible de eludir. Su felicidad estaba ahí y eso era lo único que deseaba para ese ser al que le falló por tanto tiempo.
—Y… Ya saben… ¿Ese tipo? —No deseaba hablar de él, pero la seguridad de Candy era esencial, lo primordial. Ella pareció recordar de pronto ese punto, giró dudosa y con ese maldito temor instalado en sus esmeraldas bicolores hacia Terry. El chico bufó, la arrastró a su lado en el sillón que tenía detrás y se sentó. Les narró a grosso modo lo que hizo sin ahondar mucho. Las dos lo escucharon atentas, aunque Candy, claramente más perturbada.
—Me dijiste que no lo habías buscado —le recordó de pronto en un susurro, con sus palmas sudorosas, pero sin tinte de reclamo.
Terry acarició su mejilla con dulzura.
—Te estabas recuperando de lo que pasó, estabas pegando con cuidado cada fragmento de tu alma que «ese»… Y tu madre rompieron. No era el momento, Estrellita, pero no podía quedarme cruzado de brazos… Debía hacer algo al respecto.—Candy bajó la mirada pensativa. Ambos aguardaron a que lo asimilara, aunque en los ojos de Karen, cuando volteó por un segundo, vio admiración y clara aceptación, con eso la había ganado, comprendió triunfante.
—Lo entiendo… —soltó de pronto alzando la vista—, lo entiendo, pero no quiero volver a saber nada de eso. Nunca. —Terry rozó sus labios dulzones, asintiendo.
—Ese tema se enterrará en este mismo momento entre nosotros y será así mientras tú lo quieras, pero debo decirte que no me quedaré solo con lo ocurrido ese día. Lo que hace es ilegal, y lo hundiré, encontraré la manera y lo haré, Candy. —Ella cerró los ojos por unos segundos intentando poner todo en perspectiva. Lo odiaba como jamás odiaría a nadie, y él tenía razón, la libertad era lo mínimo que podría perder por todo lo que hacía con esas chicas, por los años de miedo que la hizo pasar.
—Está bien, aunque ya no lo puedo denunciar estoy de acuerdo, no merece estar libre ni hacer más daño —soltó con decisión.
Karen sonrió un poco más relajada.
—Debes trabajar aún en eso, Candy —dijo con ternura su hermana. La joven viró más tranquila.
—Seguiré con mis terapias allá, sé que estaré bien. —Su rostro ya era el de siempre. Eso la asombraba pese a que creció a su lado; Candy era una chica que no permanecía dolida, dándole vueltas una y otra vez a lo ocurrido, a lo que le tocó vivir, a su desgracia, sino que lo procesaba y cuando se sentía lista, se levantaba con temple y seguía, así, erguida, decidida, a su manera.
—Y tú seguridad ahora es lo más importante… —comentó Terry, esperando su reacción. Su novia entornó los ojos mirándolo de esa forma tan penetrante.
—¿Escoltas? —Conjeturó. Terry acarició su mano, serio, asintiendo.
—Yo tengo, logré que me dejaran hacer esto a mi manera, sin embargo, es necesario, y ahora tendrás tú. Pero además, creo que mientras esté libre ese hombre todos estaremos más tranquilos si te sabemos segura, ¿no lo crees? —Candy siguió evaluándolo sin moverse. Esa sería su realidad, deseaba vivir lo que fuera a su lado y aunque la situación era extraña, ¿qué había sido lo normal con ellos?
—Está bien, pero ya te dije que no quiero depender de nadie—zanjó firme. El chico sonrió, negando en silencio. Acarició su barbilla con suavidad perdiéndose en su alma pura, tan frágil como fuerte, en su ingenuidad y certeza, en su esencia. Le importaba muy poco dónde se encontraban, definitivamente la amaba.
—Nunca, estaremos juntos, eso no obstaculizará nuestros caminos. Soy tuyo, Candy.
—Somos de los dos, Terry —Karen presenció ese intercambio de ternura sonriendo satisfecha. Se amaban, eso era más que evidente y ver la felicidad derramada en cada gesto de su hermana la hizo comprender que los apoyaría hasta el final pese a que eso podía ser una locura.
—Bueno, ya que esos son sus planes… Creo que debes empacar…—Candy se levantó de un brinco asintiendo entusiasmada, pues comprendió que Karen no se opondría. Él, de inmediato, la imitó sonriendo. Se sentía tan pleno, tan vital, tan libre, con ganas de gritar, de cargarla y girar con ella a cuestas.
—¿Me ayudas? —preguntó con esa vocecilla maravillosa a la que jamás le podría negar nada ubicándose frente a él, aferrada a sus manos.
—Solo llamaré al piloto, debemos salir mañana temprano y luego hago lo que tú quieras. —Le guiñó un ojo sonriendo seductor. La joven parpadeó, asombrada por lo que acababa de escuchar y sin poder ocultar el sonrojo que le generó, pues conocía lo que implicaba ese tono.
—Piloto… Esto se pone interesante —murmuró Karen, rodando los ojos al ver que, en serio, emanaban chipas, que él la veía como lo único, y ella, como su todo y que el hecho de que Terry fuese lo que era, a ambos les daba lo mismo.
En realidad, no estaba muy de acuerdo con el arrebato y premura de la decisión, pero algo le decía que no estaban cometiendo una equivocación, no ellos, no después de todo lo que vivieron, no después de la valentía que su hermana le había mostrado todo ese tiempo, no cuando él la defendió de todos y de todo, incluso arriesgándose. Sí, Candy estaría bien con Terry.
Al entrar a la habitación después de planear el viaje, se detuvo observando de nuevo aquel collage. Candy iba atareada de un lado al otro al igual que Karen, pero al notar lo que hacía, se detuvo, siguió su mirada y de inmediato comprendió.
—Son las que más me gustaron —musitó ya muy cerca de su rostro sin una pizca de pena pero con su forma tímida, qué combinación tan perfecta. El chico rodeó su cuello con delicadeza y la atrajo hasta quedar a unos centímetros de esa exquisita boca.
—Quiero tener uno mucho más grande en nuestra casa… Fotos por todos lados, pero solo las tuyas…
—Y yo quiero que esa casa en la que vivamos, la construyas tú… Solo así aceptaré lo que me pides —Terry pegó su frente a la suya, maravillado.
—Eso es un trato, Estrellita.
—Sé que lo lograremos —musitó con suavidad, dejando su aliento cerca de la comisura de sus gruesos labios.
—De nada, he estado más seguro en la vida, a tu lado lo que sea, como sea…
Terminaron casi una hora después, entre risas y un ambiente más relajado, lograron empacar en dos maletas lo que deseaba llevarse. Karen le recomendó decirle a su padre que se iría unos días, tiempo después hacerle saber que no regresaría, y ya que la fiesta que tenían planeada fuera un hecho, entonces, le comunicaran su decisión. Se despidieron entre lágrimas y miles de promesas mientras él la observaba, comprendiendo que su relación esos meses las compenetró y que de alguna manera fue lo que ella necesitó y su cuñada siempre lo intuyó.
El equipaje ya descansaba sobre uno de los muros de la moderna y, a la vez, elegante habitación. Candy de inmediato se acercó a una de las ventanas y perdió la vista en las luces de la ciudad. Ese tipo de vistas siempre la maravillaban.
—Cuatro meses me perdí de tenerte por mis estupideces…—susurró Terry, cerrando la puerta después de darle su propina al botones. Observaba a Candy, como no había podido evitar hacer desde que la volvió a ver hacía unas horas.
Era hermosa, se movía de esa manera única, serena, apacible, pero también ágil, casi como si danzara. La joven giró, ladeando la cabeza con sus manos entrelazadas tras su cadera, infantil, ingenua, y mujer, demasiado en realidad.
—Quedamos que viviríamos el presente, Terry… Que construiríamos nuestro futuro. —El chico cruzó los brazos sobre su pecho, sonriendo de esa forma seductora que la aniquilaba, que hizo, desde el primer momento, desear no separarse de él.
—Debo decirlo, Candy. —Ella esperó atenta, acomodándose su mechón tras la oreja de forma ligera—. Te adoré desde el inicio, me enloqueciste con el primer beso, desde ese momento ya nada fue como debía. Siempre, desde ese instante fuiste tú, nada más, y no lograba hilar un pensamiento con coherencia, menos sin tu presencia. —La joven se acercó sonriendo con dulzura, ubicándose frente a él. Se sentía eufórica, feliz, completa.
—Para mí también, Terry, ocupaste mis pensamientos, mis días, mi locura y convertiste mis peores momentos en algo no tan espantoso, me hiciste sentir que podía emerger y eso solo podías hacerlo tú, nada más. Y te amo, te amo con cada parte de mi ser.—El chico alargó un brazo enredándolo en su delgada cintura para pegarla de una vez a su pecho. Candy soltó un suspiro coqueto.
—¡Mierda! Es que te amo con cada neurona, con cada célula, con cada pensamiento cuerdo y loco, y con cada parte de este jodido cuerpo que no sabe ni quiere vivir sin ti… —Candy alzó una mano delicada hasta posarla sobre su mejilla áspera por la barba incipiente. Sus ojos azul verdosos, clavados en los suyos bicolores, intercambiando algo más que palabras, el alma, la ilusión y las ganas de pertenecerse por siempre.
—¿Qué esperas?… —lo desafío con voz tierna, cargada de esa bruma que ambos conocían, surgía al sentirse tan cerca, eléctrica y peculiar desde que todo inició aquella tarde fría de enero. Él sonrió sacudiendo la cabeza.
—¿Ya te había dicho que me agradas?
—Podrías decirlo después y mañana, tal vez pasado, o en muchos años.
—Te lo diré toda la vida, Candy, tu luz solo aumentará y mi afición por ti, será mayor…
—Entonces, hazla brillar más… Cuatro meses es mucho tiempo, mi ogro preferido… —El chico rio sin poder defenderse, embelesado al sentir como lo agarraba por la camisa hasta hundir sus labios que añoraba con demencia. Su sabor amielado lo inundó todo de inmediato, sus sedosos custodios se abrieron dando paso a una invasión como tanto extrañó, esa que tanto rogó, que lo embrutecía y hacía tocar el cielo.
—Besas bien… —habló sobre su boca al tiempo que la iba arrastrando con frenesí hasta la cama. Una vez ahí, la tumbó con delicadeza.
—Supongo que tú también —murmuró con las mejillas encendidas al tiempo que él se deshacía de sus gafas con cuidado.
Terry sonrió, alzando una ceja.
—¿De qué hablas? —Ella lamió su comisura apenas, como si solo quisiera probar un poco. El chico dejó salir un gruñido, confundido.
—Tú me diste mi primer beso —abrió los ojos, atónito. Eso sí no lo sabía, no era que la hubiese imaginado besando a varios, pero uno por ahí, a más temprana edad, eso era lo lógico, ¿no? Además, ese chico la había probado. No obstante, le importó muy poco, ella estaba ahí y sabía que ese beso no fue consensuado, no después del tono que empleó con Karen. Sonrió con picardía guiñándole un ojo de forma sensual, indolente.
—A mí solo me interesa darte el último, Candy, sé que así será… Y ni siquiera lo lamento por los demás… Esa boca jamás experimentará otros labios… —advirtió con lujuria en cada facción.
—La tuya tampoco —le recordó, sofocada, al sentir su nariz viajar por su barbilla, absorbiendo su aroma.
—Soy tuyo, Estrella, es lo que más deseo, lo único que quiero, mi lugar es a tu lado. —Candy sonrió complacida, dejándose llevar.
Desprovistos de ropa, se amaron. Recorrieron cada centímetro de sus cuerpos, desperdigando besos, susurros y su aliento cálido por cada rincón que idolatraban. Terry la memorizó nuevamente, pasando su dedo índice con lento desgarbo por toda esa piel cremosa que lo hacía vibrar, enardecer, que lo hacía sentir él.
—Eres bellísima, Candy… —murmuró bajito, notando como ella lo observaba, desinhibida, absorta en su rostro, rozando con sus yemas cada parte de su facciones—. La mujer de mis pensamientos, de mis sueños, de mi realidad. ¡Y carajo! —sujetó su mano para mordisquear con dulzura, apenas si un poco—,estuve bastante jodido sin ti.
La chica sonrió al tiempo que se erguía un poco y tomaba su barbilla. Con decadentes movimientos fue dejando la estela de su aliento por cada expresión dura.
—Me devolviste a mí misma, Terry, me salvaste… Y amo que seas mi realidad, la única —El hombre sonrió lánguido.
—Bésame, Candy.
Y el mundo colapsó. Con cada urgente roce entregaron la última parte de sí, con cada gemido arrancado de esa dulce garganta se sellaba lo que las palabras significaban, y con cada profunda mirada, se abrió el último candado.
El fin era inevitable, y la sombra del pasado, del dolor vivido, de los errores cometidos, de los momentos lúgubres, de pensamientos oscuros, se iba consumiendo como si una ráfaga semejante a un tornado los fuera desentrañando para convertirlos en los cimientos de un nuevo futuro, de una manera distinta de vivir la vida, de enfrentar lo que viniera.
Sabían lo que hacían, lo que querían y, más aun, lo que vendría y no le temían, no después de tener existencias tan retorcida, tan llenas de vacíos, de infelicidad y soledad.
Saberla en sus brazos, fue celestial, hacerla gritar, exigir y rogar por fundirse en él, no tuvo comparación con nada. Exhausta, yacía a su lado, emitiendo esos ruiditos únicos, inigualables. Besó su frente llenando de aire sus pulmones. Sería feliz, esa era una decisión, la única, la más importante y la haría feliz, esa era la razón por la cual la vida decidió que el continuara en este mundo, ahora lo entendía.
Dejaron ese hotel al amanecer, inmersos en su enamoramiento, radiantes y sonriendo cada dos segundos. Era tan exquisito dejarse llevar que ambos lo disfrutaban sin restringirse como dos niños.
Horas después salían incrédulos por lo que acababan de hacer. Ambos portaban unos anillos de utilería que les dieron en el establecimiento donde unieron su camino. Se miraban deleitados, corriendo, brincando y dejando correr la adrenalina del momento sin restricción. Candy tomó fotos de cada instante, y las enormes sonrisas de su decisión, los hacía sentir infalibles.
—Señora, ¿está lista para lo que vendrá? —Le preguntó mientras cenaban en un hotel lujoso ubicado en el bulevar principal. Candy sonrió encogiéndose de hombros. Ese día estaba resultando tan mágico como el anterior y ya solo podía pensar que su vida no podía ir mejor.
—Si no lo comprenden ahora, lo harán después. —Terry asintió, dándole un trago a su cerveza. Su ahora esposa dejó de pronto su tenedor y lo observó intrigada—. Ahora, dígame, señor, ¿cómo es que me colgaste y al día siguiente apareciste tan decidido?—Terry mostró sus dientes en una amplia sonrisa un tanto culpable. Entrelazó sus dedos por encima de las mesa deleitándose por su tacto y le narró lo ocurrido—. Creo que ya sabemos quiénes serán los padrinos de nuestra boda. ¿Cierto? —se burló apretando sus enormes dedos.
—Creo que sí, lo merecen por aguantarme, por lo que han hecho por mí, pero, sobre todo, por abrirme los ojos… —acercó sus dedos a su rostro y los besó sin dejar de verla.
—Todo ocurrió en muy poco tiempo, no te culpes —le pidió con las mejillas sonrojadas, con ese brillo alucinante en su mirada.
—Y lo cambió todo… —murmuró con voz ronca—. Te amo tanto…—dijo y cruzó la mesa para besarla con dulzura.
—Creo que estoy en el paraíso —soltó ella al verlo regresar a su lugar, sin percatarse de que los comensales estaban atentos a ellos.
—Y no te dejaré salir de ahí jamás…
Llegaron a México en la madrugada del lunes, su jefe de escolta ya lo esperaba justo en el hangar. Lo saludó y, de inmediato, le presentó a su esposa. El hombre asintió con formalidad dándole la bienvenida. Candy se mostró relajada respecto a ellos. Nada importaba salvo sus manos entrelazadas y las certezas que ahora experimentaba.
Se sentía agotados, pero felices. Ahí comenzaba su vida juntos y nada empañaría la magia que emanaba cada instante presente y futuro.
Entraron al apartamento entre risas, tropezando, y, sin perder el tiempo, colonizaron nuevamente todo el espacio. Cada hueco de ese lugar que ahora sería su hogar y que fue testigo mudo de lo que entre ambos se gestó meses atrás, de cómo los hilos de la atracción fueron convirtiéndose en acero, en indestructibles, en verdaderos.
El martes debía regresar a la empresa, no lo podía postergar. Así que, sin más, le habló a su tío. El silencio posterior a la declaración le hizo saber que lo dejó perplejo. Minutos más tarde Gina, su tía, le llamaba. Le informó que invitó a toda la familia de su padre, pues era para él la más importante. Debían dar la noticia como se debía y empezar como se lo merecían.
Observó a Candy enrollada en las sábanas, saciada, chispeante, expectante. Aceptó sin remedio. Nada importaba, solo la decisión que tomaron y de la que tenía total certeza, y que pese a lo que opinaran, para él era la adecuada y nada la cambiaría, nunca.
—Aquí vamos, chiquilla —soltó con seguridad, rodeando su cintura vestida por una blusa ligera, dulce. Candy asintió, pegándose un poco más a él. Ahí, entre sus brazos, nada la hacía titubear.
Al llegar, y después de que Gina los felicitara en secreto, notaron que todos los presentes se mostraban intrigados, aturdidos. Terry, con los dedos entrelazados de su esposa, avanzó hasta el jardín mientras Robert lo miraba sacudiendo la cabeza sin poder aún acomodar lo que había hecho. Parecía librar toda una batalla interna, no lograba descifrar su expresión.
No perdió el tiempo, no se detuvo. Se posicionó con determinación frente a todos, solicitó su atención sin el menor temor, con una convicción apabullante.
—Gracias por venir…, por estar aquí —pegó a Candy a su cuerpo rodeándola por la cintura ya que sabía, se sentía demasiado expuesta, asombrada por la cantidad de gente que los miraba, curiosos, pues por ahí asomaban también familia de su madre que hacía mucho tiempo no veía. Por muy segura que estuviera del paso dado, no dejaba de ser ella y la propia situación no dejaba de ser imponente—. El motivo de esta reunión es uno que me llena de satisfacción y alegría, la mejor decisión que sé, he tomado en los últimos años. Es un placer hoy presentar a mi esposa… —Los gemidos, silbidos y suspiros de asombro, no se hicieron esperar—. Candy y yo nos casamos ayer en Las Vegas y en unos meses celebraremos las cosas como se deben. Lamento que se enteraran de este modo, pero era lo que deseábamos, lo que queremos, así que elegimos no esperar. —El silencio de varios segundos fue lo que permeó el ambiente mientras él se mostraba impertérrito, de nada había estado más seguro en su vida.
—Hijo… —murmuró con los ojos bien abiertos su abuela paterna que se encontraba en una de las sillas de aquella terraza amueblada.
—Lo siento, abuela, sabía que se opondrían si los hacía partícipes antes y no estoy dispuesto a ceder ni una decisión más de mi vida, a nadie, nunca. —La mujer se abrió paso, avanzó sin dejar de verlo a los ojos fijamente. Se ubicó frente a ellos con lágrimas resbalando por sus mejillas y, con un gesto que distaba mucho de asemejar tristeza, al contrario, lo contemplaba con orgullo, como si esa noticia lo hubiese estado esperando.
—Son tan parecidos… —admitió, elevando su mano arrugada hasta su barbilla, sujetándolo con cariño, temblando un poco.
Luego miró a Candy con dulzura, con franca aprobación—. Son muy jóvenes y curiosamente tienen la misma edad que ellos cuando hicieron exactamente lo mismo… Y funcionó. —Terry sacudió la cabeza sin comprender, tensándose al notar que Candy también se desconcertaba—. Mi niño, tus padres también se casaron sin decirlo, presionamos tanto que fue lo único que atinaron a hacer y no puedo creer cómo las historias se repiten, que por otros errores tuvieron que hacerlo de esta manera, que no aprendiéramos nada y que tomaras las riendas de tu vida sin titubear. Esto, hijo, es una gran lección para mí y para todos.—Con los ojos acuosos Terry alzó la vista hasta su tío Robert que asentía evocando a su hermano con una lágrima solitaria resbalando.
Richard siempre fue fuerte, de convicciones férreas, y lo que sentía, lo hacía. Ahora ahí, frente a él, veía cómo era que ese hombre con el que creció dejó en ese muchacho al que adoraba, algo más que su esencia, dejó su fuerza, su fiereza y esa garra indiscutible que lo hacía casi indestructible para todos, menos para su mujer y sus dos hijos—. Serás lo que quieras ser, eres fuerte y esta niña… —Con la otra mano acarició el rostro de Candy con cariño—… Esta niña también. Iluminaron sus mundos, lo sacaste de las sombras y, por eso, siempre tendrás aquí, en todos nosotros, una familia, Candy… Bienvenida a la familia Graham, jovencita. —La mujer los rodeó en un solo abrazo que selló formalmente ese enlace ante los ojos de todos los presentes.
—Gracias… —musitó la chica con lágrimas en los ojos, sintiendo la mano segura de su esposo aún torno a su cintura.
Puertas se cerraban y otras se abrían. Y ellos, pese a las enormes pérdidas con las que lidiaban, tenían ya mucho más de lo que alguna vez creyeron pudiesen alcanzar. La vida era caer y levantarse, temer y no paralizarse. Escalar y escalar sin detenerse en ese momento tuvo sentido, la cima estaba ahí, bajo sus pies, y ambos ya estaban disfrutando de jamás retroceder, de no rendirse, de seguir, luchar y decidir avanzar pese a que dolió, a lo que implicó, pese a que todo a su alrededor en algún momento se extinguió y la luz era un sueño enterrado en los sentimientos de la aflicción, pues comprendieron que vivir era una decisión.
CONTINUARA
Proximo capitulo..
Epilogo.
Aby.
